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La prueba del punzón

Agapanto

Agapanto

Patán me avisa que hay alguien en la puerta. No, no es mi perro. Es el nombre que elegí para la inteligencia artificial que administra mi casa, esa voz que en algún tiempo se llamó Alexa, o Google.
Maldigo. Debe ser la heladera que otra vez se conectó con el supermercado para pedir algo. Ya la reprogramé mil veces pero igual sigue pidiendo las cosas de a una, en cuanto los sensores le indican que casi no hay más. Y está repleta de alimentos de la categoría saludable, esos que nos entregan compulsivamente. Me tengo que deshacer de ellos, algo se me ocurrirá, ya cavé demasiados pozos en el jardín.
Cuando oprimo el botón y la puerta se abre, en vez del dron del reparto hay una mujer desconocida. El silencio se prolonga hasta que finalmente la extraña dice soy su nueva empleada, pedido número 367239. Pestañea. Lento, cada tanto, y me mira fijo.
Cuando abro más la puerta para dejarla pasar, no se mueve. No puedo entrar hasta finalizar el proceso de reconocimiento, declara. Su voz es neutra, pero cálida. Ya no me acuerdo qué especificaciones puse en el formulario de pedido, pero sé que el tema de la voz era crucial para mí, allí me explayé con ganas. Debía tener inflexiones, terminar las oraciones con el tono alto, como si hablara francés. Y reír cada tanto, mucho.
Consulto la secuencia en mi dispositivo: 1) corrobore que el número de pedido sea el correcto. 2) Revise las características y funciones de la unidad y asegúrese de que corresponden a sus requerimientos. 3) Antes de dejar entrar la unidad a su hogar, compruebe que es una máquina.
El tercer ítem lo habían agregado hacía poco; las noticias dieron cuenta de varios episodios en que humanos se habían hecho pasar por robots para entrar en las viviendas y desvalijarlas.
Mi nueva empleada sigue pestañeando con baja frecuencia, pero eso lo puede emular cualquiera. Entonces extiendo la mano y ella me entrega el punzón. Tiene unos quince centímetros de largo y la punta es filosa como una aguja. Dudo un instante, porque me acuerdo de la conversación con el de Repuestos. Como sigo inmóvil, con el estilete en alto como si fuera una batuta, la nueva empleada se ríe. Debe clavarlo en mi estructura para confirmar que no sangro, me recuerda.
El de Repuestos se llama Leandro. Lo conozco poco, como a todos. Es un hombre inmenso, a lo alto como a lo ancho, no hay una fibra de delicadeza en su cuerpo. Aquella noche insistió en que lo acompañara, los dos nos acodamos sobre la barra y él habló sin parar mientras bebía una cerveza tras otra. Pasaba, sin pausa, de un tema al siguiente: de su infancia desgraciada a las fallas en el Sector de Baterías. Del control gubernamental a la inexistencia de amigos verdaderos.
Interrumpe mi recuerdo la voz afrancesada de la nueva empleada que sigue ahí, del lado de afuera. ¿Ha encontrado usted algún inconveniente, señor?
Leandro había bebido demasiado. Y de repente cambió de tema. Nunca quise gastar en un robot, me confió, pero me harté de hacer todo en casa y me pedí uno. Su voz era un susurro: y cuando llegó el momento del punzón, se me ocurrió clavárselo donde estaría el corazón. No sabés, es una sensación muy particular, como asesinar a alguien. Es tremendo, nunca sentí nada así.
Vació su botella de cerveza y pidió otra. ¿Vos nunca tomás nada? Permaneció en silencio mientras esperaba que la trajeran, los ojos encendidos con aquel recuerdo. Me quedé como enganchado, ¿viste? Como que tenía que hacerlo de nuevo. Entonces devolví el robot, le inventé una falla— Che, ¿no me vas a denunciar, no? Me miró con ojos vidriosos, repentinamente desconfiados. Sos un pescado frío, vos, ¿sabías? Nah, no creo que te importe un carajo lo que yo haga.
Siguió. Tenía que contarlo, como si al relatarlo lograra revivirlo una y otra vez. Cuando llegó el nuevo robot se lo introduje en el cuello, pero no una vez, muchas. Y a ese también lo devolví. Y a tres más. Hizo una pausa y me miró, esperando una reacción. Después pidió más bebida.
Cuando me fui cerca de la medianoche, él quedó allí, la cabeza inerte sobre la barra.
La voz metálica de Patán informa que la puerta del frente hace mucho que está abierta, y vuelvo al presente. Miro a la mujer frente a mí, levanto muy despacio la mano con el punzón y, sin desviar la mirada de los ojos de ella, lo clavo en mi brazo, atravesándolo de un lado a otro. Ni siquiera pestañeo.
La mujer se ríe y entra en la casa. Yo la sigo, y ordeno a Patán que cierre la puerta.