LA HISTORIA DE LARRY
Amanda Pike
Larry es un neutrón que durante mucho tiempo ha sentido que su existencia es bastante banal. Quién nos iba a decir que hay desasosiego también a nivel cuántico. Simplemente sentía que su presencia en el átomo no aportaba mucho.
Es una verdad universalmente reconocida que algunos neutrones tienden a sentirse poca cosa. A lo mejor es por no tener carga; pero Larry, además, tenía la sensación de ser trivial, común. Insustancial.
Estaba triste y a veces hablaba de ello con otras partículas subatómicas.
Los electrones, irónicamente, le decían que pensara en positivo, que para reemplazables estaban ellos, que se los arranca fácilmente del átomo. Y sin embargo, ahí estaban ellos, tan felices en sus orbitales. Los electrones, vaya panda. Larry disfrutaba con ellos. Le daba envidia que no llevaran mal esa incertidumbre (la de poder ser arrancados de su capa en cualquier momento; no la otra incertidumbre. La de no saber a la vez dónde y a qué velocidad les da bastante igual, la verdad). Lo que le daba envidia es que los electrones siempre parecían felices, en constante movimiento, de aquí para allá, molestando, creando el espacio en que habita el átomo.
A quien no soportaba era a los protones. Esos pomposos, engreídos. Siempre presumiendo de que le dan identidad al átomo. Larry no perdía la ocasión de defender que no es así, que el átomo es quien es porque hay un número determinado de protones. ¡Es el conjunto el que hace al átomo, no uno sólo! (Excepto con el hidrógeno, claro). Pero el Litio no es Litio si no hay tres protones exactamente. Dos hacen Helio. Cuatro hacen Berilio. Si quieres Litio, son tres.
Pues nada; ellos como si nada, que si son los que verdaderamente importan, que si sus quarks son más “top” que los de los demás… la élite cuántica, vaya.
Larry soportó mucho tiempo la molestia de aguantar a los protones y la angustia de no tener un propósito. Hasta que un día decidió cambiar. Hacer algo. Y salió.
Salió de su átomo. Se fue en busca de respuestas.
El primer átomo al que visitó fue al Carbono-14. El isótopo mayoritario de carbono es el 12, así que tenía mucha curiosidad por saber cómo lo llevaban los “neutrones extra” de ese átomo.
Cuando llegó descubrió que no había ningún neutrón extra. Que el carbono-14, que tan útil resulta para la datación geológica, es en realidad un átomo de Nitrógeno al que se le ha despojado de un protón en las capas altas de la atmósfera terrestre. Y claro, como él siempre ha sabido, un cambio en el número de protones cambia la identidad del átomo. Así que el nitrógeno sin el protón, se convierte en carbono ¿y cómo ocurre eso? ¡Porque el Nitrógeno colisiona con un neutrón, precisamente!
Este hallazgo cambió algo en Larry, que decidió seguir su viaje, estimulado ahora por la curiosidad y la esperanza de encontrar más neutrones con historias que contar.
Su siguiente escala en el camino fue un átomo de Tritio. Este átomo es un isótopo del hidrógeno, que tiene un protón y dos neutrones. ¡Dos! El núcleo del hidrógeno normalmente tiene sólo un protón. Por eso hablar con los dos neutrones del Tritio fue algo catártico para Larry.
- Nosotros llevamos aquí ya 11 años, y sabemos que el átomo está a punto de desintegrarse.
- ¿Desintegrarse? - Larry no lo podía creer.
- Sí, pero no pasa nada. La vida media del Tritio es de unos 12 años. A medida que el núcleo transmute, pasarán varias cosas: emitirá un electrón, liberará una cantidad gigante de energía, y se formará un nuevo núcleo de Helio. Ya hemos pasado por esto. Y por más … ¿qué pasa, que tú siempre has formado parte del mismo átomo?
-... Sí..., yo sí.
- Ay… ¿no te das cuenta, Larry? Las partículas subatómicas formamos parte de unos u otros átomos. Pero somos la base de todo. ¿No has oído que, en el fondo, todo está hecho de polvo de estrellas? ¡Ese polvo de estrellas somos nosotros, Larry! Y digo más: ¿no te has parado a pensar que nosotros, los neutrones, somos el pegamento silencioso? Le damos estabilidad al núcleo. Sin nosotros, la materia tal y como la conocemos, no existiría. Larry, vuelve. Vuelve a tu átomo y compruébalo tú mismo.
Con una nueva perspectiva, Larry volvió y lo que encontró, tuvo que admitir que le alegró en cierta manera.
En su ausencia, la tensión electrostática entre protones se había vuelto insostenible. Los neutrones no daban a basto para aliviar la repulsión extremadamente intensa del núcleo.
Así que eligió permanecer allí, en el núcleo de su átomo. Aceptando que era posible que le esperara una existencia aburrida, pero llena de significado. Aceptó porque, al fin y al cabo, ¿qué podría pasar en su hogar, un núcleo de Uranio?
Es una verdad universalmente reconocida que algunos neutrones tienden a sentirse poca cosa. A lo mejor es por no tener carga; pero Larry, además, tenía la sensación de ser trivial, común. Insustancial.
Estaba triste y a veces hablaba de ello con otras partículas subatómicas.
Los electrones, irónicamente, le decían que pensara en positivo, que para reemplazables estaban ellos, que se los arranca fácilmente del átomo. Y sin embargo, ahí estaban ellos, tan felices en sus orbitales. Los electrones, vaya panda. Larry disfrutaba con ellos. Le daba envidia que no llevaran mal esa incertidumbre (la de poder ser arrancados de su capa en cualquier momento; no la otra incertidumbre. La de no saber a la vez dónde y a qué velocidad les da bastante igual, la verdad). Lo que le daba envidia es que los electrones siempre parecían felices, en constante movimiento, de aquí para allá, molestando, creando el espacio en que habita el átomo.
A quien no soportaba era a los protones. Esos pomposos, engreídos. Siempre presumiendo de que le dan identidad al átomo. Larry no perdía la ocasión de defender que no es así, que el átomo es quien es porque hay un número determinado de protones. ¡Es el conjunto el que hace al átomo, no uno sólo! (Excepto con el hidrógeno, claro). Pero el Litio no es Litio si no hay tres protones exactamente. Dos hacen Helio. Cuatro hacen Berilio. Si quieres Litio, son tres.
Pues nada; ellos como si nada, que si son los que verdaderamente importan, que si sus quarks son más “top” que los de los demás… la élite cuántica, vaya.
Larry soportó mucho tiempo la molestia de aguantar a los protones y la angustia de no tener un propósito. Hasta que un día decidió cambiar. Hacer algo. Y salió.
Salió de su átomo. Se fue en busca de respuestas.
El primer átomo al que visitó fue al Carbono-14. El isótopo mayoritario de carbono es el 12, así que tenía mucha curiosidad por saber cómo lo llevaban los “neutrones extra” de ese átomo.
Cuando llegó descubrió que no había ningún neutrón extra. Que el carbono-14, que tan útil resulta para la datación geológica, es en realidad un átomo de Nitrógeno al que se le ha despojado de un protón en las capas altas de la atmósfera terrestre. Y claro, como él siempre ha sabido, un cambio en el número de protones cambia la identidad del átomo. Así que el nitrógeno sin el protón, se convierte en carbono ¿y cómo ocurre eso? ¡Porque el Nitrógeno colisiona con un neutrón, precisamente!
Este hallazgo cambió algo en Larry, que decidió seguir su viaje, estimulado ahora por la curiosidad y la esperanza de encontrar más neutrones con historias que contar.
Su siguiente escala en el camino fue un átomo de Tritio. Este átomo es un isótopo del hidrógeno, que tiene un protón y dos neutrones. ¡Dos! El núcleo del hidrógeno normalmente tiene sólo un protón. Por eso hablar con los dos neutrones del Tritio fue algo catártico para Larry.
- Nosotros llevamos aquí ya 11 años, y sabemos que el átomo está a punto de desintegrarse.
- ¿Desintegrarse? - Larry no lo podía creer.
- Sí, pero no pasa nada. La vida media del Tritio es de unos 12 años. A medida que el núcleo transmute, pasarán varias cosas: emitirá un electrón, liberará una cantidad gigante de energía, y se formará un nuevo núcleo de Helio. Ya hemos pasado por esto. Y por más … ¿qué pasa, que tú siempre has formado parte del mismo átomo?
-... Sí..., yo sí.
- Ay… ¿no te das cuenta, Larry? Las partículas subatómicas formamos parte de unos u otros átomos. Pero somos la base de todo. ¿No has oído que, en el fondo, todo está hecho de polvo de estrellas? ¡Ese polvo de estrellas somos nosotros, Larry! Y digo más: ¿no te has parado a pensar que nosotros, los neutrones, somos el pegamento silencioso? Le damos estabilidad al núcleo. Sin nosotros, la materia tal y como la conocemos, no existiría. Larry, vuelve. Vuelve a tu átomo y compruébalo tú mismo.
Con una nueva perspectiva, Larry volvió y lo que encontró, tuvo que admitir que le alegró en cierta manera.
En su ausencia, la tensión electrostática entre protones se había vuelto insostenible. Los neutrones no daban a basto para aliviar la repulsión extremadamente intensa del núcleo.
Así que eligió permanecer allí, en el núcleo de su átomo. Aceptando que era posible que le esperara una existencia aburrida, pero llena de significado. Aceptó porque, al fin y al cabo, ¿qué podría pasar en su hogar, un núcleo de Uranio?