La Hipótesis Álvarez
Mateo Gamboa
De nuevo se encontraban frente a esa línea gris, casi plateada. Destacaba entre el naranja y el marrón oscuro que la rodeaba, una extraña pincelada apocalíptica en el lienzo del tiempo. La mujer pasó la mano por encima de la franja, acariciando millones de años, buscando sentir su importancia también a través del tacto.
Era julio, y el sol de Nuevo México caía sobre ellos de lleno. Ella llevaba un sombrero de paja y él una pequeña gorra. Un Nissan Patrol cubierto de polvo y arena del desierto aguardaba bajo la exigua sombra de un álamo. Solo el rítmico sonido de un lejano extractor de gas metano les recordaba que no habían dejado atrás la civilización por completo.
Él se ajustó las gafas y se limpió el sudor de la frente mientras ella terminaba de tomar notas en un pequeño cuaderno. Con un leve asentimiento, se alejaron de la pared y se sentaron a la sombra del coche.
—Es igual que en Italia.
Él simplemente asintió mientras desenroscaba el tapón de su cantimplora medio vacía. El agua que se echó a la boca estaba ya templada, pero calmaba la sed.
—¿También estaba ahí en Dinamarca? —preguntó ella.
Él tardó en contestar, pasando la lengua por sus secos labios.
—Sí. Era distinta. Las capas a su alrededor eran blancas, de caliza. —Dejó la cantimplora en el suelo y la mirada perdida. —Se veía mejor aún. Gris oscuro.
—Entonces tiene que ser verdad.
Su frase era una afirmación, pero había una pregunta detrás. Él se encogió de hombros.
El sol seguía su curso por el horizonte y la sombra del coche iba devorando metros de desierto. Sacaron su comida —dos bocadillos envueltos en papel de aluminio— y la última cantimplora y se sentaron a comer en silencio. Parecía que el entorno se había acostumbrado a su presencia y algún animal había salido de su guarida a observarlos. Comieron en silencio. La pared, y la línea gris, les devolvía la mirada cuando alzaban la vista.
—Dicen que han encontrado el cráter. Tenemos que verlo.
Ella sacó el cuaderno de notas y lo abrió por una página en blanco. Comenzó a escribir, comentando el camino a seguir desde Nuevo México hasta Yucatán, los posibles problemas en la frontera, dónde parar a dormir… Él seguía mirando la pared, la línea saturada de iridio y cuarzo de impacto, el fin del mundo.
—Habría llovido cristal fundido durante días —dijo, y suspiró.
Era julio, y el sol de Nuevo México caía sobre ellos de lleno. Ella llevaba un sombrero de paja y él una pequeña gorra. Un Nissan Patrol cubierto de polvo y arena del desierto aguardaba bajo la exigua sombra de un álamo. Solo el rítmico sonido de un lejano extractor de gas metano les recordaba que no habían dejado atrás la civilización por completo.
Él se ajustó las gafas y se limpió el sudor de la frente mientras ella terminaba de tomar notas en un pequeño cuaderno. Con un leve asentimiento, se alejaron de la pared y se sentaron a la sombra del coche.
—Es igual que en Italia.
Él simplemente asintió mientras desenroscaba el tapón de su cantimplora medio vacía. El agua que se echó a la boca estaba ya templada, pero calmaba la sed.
—¿También estaba ahí en Dinamarca? —preguntó ella.
Él tardó en contestar, pasando la lengua por sus secos labios.
—Sí. Era distinta. Las capas a su alrededor eran blancas, de caliza. —Dejó la cantimplora en el suelo y la mirada perdida. —Se veía mejor aún. Gris oscuro.
—Entonces tiene que ser verdad.
Su frase era una afirmación, pero había una pregunta detrás. Él se encogió de hombros.
El sol seguía su curso por el horizonte y la sombra del coche iba devorando metros de desierto. Sacaron su comida —dos bocadillos envueltos en papel de aluminio— y la última cantimplora y se sentaron a comer en silencio. Parecía que el entorno se había acostumbrado a su presencia y algún animal había salido de su guarida a observarlos. Comieron en silencio. La pared, y la línea gris, les devolvía la mirada cuando alzaban la vista.
—Dicen que han encontrado el cráter. Tenemos que verlo.
Ella sacó el cuaderno de notas y lo abrió por una página en blanco. Comenzó a escribir, comentando el camino a seguir desde Nuevo México hasta Yucatán, los posibles problemas en la frontera, dónde parar a dormir… Él seguía mirando la pared, la línea saturada de iridio y cuarzo de impacto, el fin del mundo.
—Habría llovido cristal fundido durante días —dijo, y suspiró.