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LA AVERÍA QUE MARCÓ UNA PROMESA

Adriana Tortosa Mariscal

“Mamá, de mayor quiero ser físico. Espero poder aplicar la ciencia como tú lo haces. Quiero seguir tus pasos…” - dijo César con seis años mientras su madre le daba un beso de buenas noches.

“Gracias por demostrarme tu afecto, Cesitar” - añadió la madre con dulzura a la vez que acostaba al risueño niño.

“¡Te prometo que no te defraudaré!” - exclamó César con especial ilusión mientras se arropaba rápidamente con la cálida sábana.

Aquella promesa empezó a cobrar otro sentido tras la muerte de Marta, la madre de César. La difunta había sido física y un ejemplo a seguir para él.

Años más tarde, en 2007, César se graduó como periodista; pero habiendo estudiado también física. A él no se le hubiera ocurrido romper la promesa que tenía con su madre. Aún así, sentía que aún le faltaba una parte por cumplir.

De este modo, el 18 de julio de 2012, fue cuando el sueño de aquel alegre y jovial niño se cumplió. Éste fue seleccionado para participar en los reportajes de los juegos olímpicos de 2012, en Londres. Su corazón palpitaba con tal energía y entusiasmo que le costaba respirar. Seguidamente, recordó a su madre, y afirmó hacia sí mismo que éste era el momento que llevaba tanto tiempo esperando.

Aún así, a la mañana siguiente, los nervios seguían presentes en la boca de su estómago.

“Estoy preparado” - asintió frente al espejo mientras se afeitaba y preparaba para uno de los momentos más importantes de su vida.

Unas horas más tarde, se encontraba sentado en una butaca negra de cuero liso frente a la carretera perfectamente asfaltada.

“Fernando Gómez Saiz y Maximiliano Tucci Lorine, prepárense en la salida que la carrera va a comenzar” - escuchó César por el ruidoso megáfono.

Su emoción fue interrumpida, sus pensamientos fueron alterados, su reportaje se vio afectado por el retraso de la salida de Maximiliano tras una avería en el motor. Pensó en todo lo que había estudiado en la carrera y en todo lo que había aprendido y valorado de su madre. Se preguntó a sí mismo cómo afectaba el tiempo de retraso de salida de un móvil y su velocidad al tiempo que tarda en encontrarse con otro a menor velocidad. En su inquieta mente estaba presente una gran cuestión y un profundo fundamento científico. Si Maximiliano va a doscientos cincuenta kilómetros/hora, pero tarda 10 segundos más en salir (tras sufrir una avería), ¿cuánto tiempo tardará en alcanzar al piloto español, que va a doscientos kilómetros/hora?

Teniendo en cuenta que se trata de un movimiento rectilíneo uniforme, si se calculan ambas velocidades en metros/segundos tendríamos como resultado que Fernando lleva una velocidad de cincuenta y cinco con seis metros/segundos y que Maximiliano lleva una velocidad mayor de sesenta y nueve con cuatro metros/segundos. Lo primero a tener en cuenta es establecer un punto de referencia, en este caso el metro cero; y señalar los vectores de movimiento, que ambos se presentan hacia la derecha. En este tipo de problemas vamos a seguir la siguiente fórmula para resolverlo: la posición en función del tiempo equivale a la posición inicial más la velocidad por el tiempo.

Es importante saber que la posición en función del tiempo de Fernando equivale a cero metros más cincuenta y cinco con seis metros/segundos por el tiempo; y que la posición en función del tiempo de Maximiliano equivale a cero metros más sesenta y nueve con cuatro metros/segundos por el tiempo.

Al igualar las ecuaciones y despejar la incógnita tiempo, obtenemos como resultado que se chocan después de cincuenta con treinta y cinco segundos tras la salida. Asimismo, si deseamos averiguar el punto en el que se cruzan, deberemos despejar la siguiente ecuación: la velocidad equivale a distancia entre tiempo; por lo que la posición de Fernando en función del tiempo equivale a la velocidad por el tiempo. Si multiplicamos cincuenta y cinco con seis metros/segundos por cincuenta con treinta y cinco segundos, nos da como resultado que la posición inicial de Fernando equivale a dos mil setecientos noventa y nueve con cuarenta y seis metros. Eso serían dos con ocho kilómetros aproximadamente.

Habiendo resuelto el problema planteado, lo redactó en su libreta patrocinada por “NIKE”. Sus dedos fluían por la ligera hoja, ya que la emoción de haber incluido los conocimientos de su madre en una cuestión física había sido una experiencia enriquecedora. Fue una sensación indescriptible. Fue la avería que marcó una promesa.