Fiebre
Vanesa Moliner Beltrán
Otra vez ese calor excesivo bajo mis labios. Casi podía intuirlo; la cuchara que se quedó llena, la apatía, más tiempo en brazos, el cuerpo demasiado inquieto... Detalles que ya no me pasaban desapercibidos a mis ojos. Su respiración indicaba una ligera congestión, pero estaba tranquila.
Le di otro beso en la frente a mi hija con suavidad y toqué su espalda. Era probable que rondara los 38 grados de temperatura, pero no quería encender la luz para no despertarla, así que esperaría a que ella sola lo hiciera para tomarle la temperatura y darle la dosis correspondiente de medicación.
Sería una noche larga, pero la pediatra decía que dormir también cura y, que a su edad, su sistema inmune era como un álbum de cromos vacío que debía ir llenándose con cada nuevo virus, hasta los dos o tres años, para entonces ya sería bastante competente.
—¿Es por eso que la OMS recomienda mantener la lactancia materna hasta al menos los dos años de edad?—pregunté.
—Así es, porque su sistema inmunitario no nace terminado, sino que aprende y tu leche le ayuda a acelerar y reforzar ese proceso.
Si este virus era como los anteriores, la fiebre forzaría al pequeño y frágil cuerpo de mi hija a dos o tres días de aprendizaje.
El calor dificultaba que los virus pudieran multiplicarse para invadir a mi pequeña, por eso el cuerpo recurría a esta medida para contenerlos. Sin duda una señal de que todo estaba funcionando correctamente; ella se defendía.
Poco a poco, produciría los anticuerpos específicos que acabarían con esa invasión y, una vez superada la infección, parte de ellos permanecerían en su cuerpo durante años, como una memoria de la victoria, como ese nuevo cromo que ofrecería una respuesta mucho más rápida la próxima vez que ese mismo virus hiciera su aparición.
Sin embargo, no todo lo que entra en un cuerpo es necesariamente un enemigo vital, por eso no todo produce una reacción así en nosotros, de lo contrario, estaríamos agotados.
Aunque, si lo pienso bien, creo que yo sí que he reaccionado a todo durante años, como si algunas palabras fueran virus, como si los desacuerdos fueran amenazas o como si el mundo necesitara tener fiebre.
Durante años encendí la fiebre por todo, pero sin una invasión real.
Por suerte el sistema inmunitario aprende a distinguir esas cosas y no lo elimina todo, solo lo que compromete la supervivencia del cuerpo y quizá todo consistía en eso, en no encender la fiebre por cada estímulo, en aprender.
En ese momento mi pequeña se movió, apoyando su mejilla contra mi brazo, buscando el contacto.
El calor seguía ahí, pero ya no me asustaba.
Apagué todos esos pensamientos innecesarios para centrarme solo en su respiración.
Dos o tres días de fiebre y una memoria nueva.
La próxima vez su cuerpo no tendrá que improvisar.
La observé dormir, tan preciosa y apacible. Y rememoré la idea de que defenderse no es atacar a todo lo que se nos acerca. A veces, madurar es aprender a no reaccionar, aprender que no todo merece fiebre.
Le di otro beso en la frente a mi hija con suavidad y toqué su espalda. Era probable que rondara los 38 grados de temperatura, pero no quería encender la luz para no despertarla, así que esperaría a que ella sola lo hiciera para tomarle la temperatura y darle la dosis correspondiente de medicación.
Sería una noche larga, pero la pediatra decía que dormir también cura y, que a su edad, su sistema inmune era como un álbum de cromos vacío que debía ir llenándose con cada nuevo virus, hasta los dos o tres años, para entonces ya sería bastante competente.
—¿Es por eso que la OMS recomienda mantener la lactancia materna hasta al menos los dos años de edad?—pregunté.
—Así es, porque su sistema inmunitario no nace terminado, sino que aprende y tu leche le ayuda a acelerar y reforzar ese proceso.
Si este virus era como los anteriores, la fiebre forzaría al pequeño y frágil cuerpo de mi hija a dos o tres días de aprendizaje.
El calor dificultaba que los virus pudieran multiplicarse para invadir a mi pequeña, por eso el cuerpo recurría a esta medida para contenerlos. Sin duda una señal de que todo estaba funcionando correctamente; ella se defendía.
Poco a poco, produciría los anticuerpos específicos que acabarían con esa invasión y, una vez superada la infección, parte de ellos permanecerían en su cuerpo durante años, como una memoria de la victoria, como ese nuevo cromo que ofrecería una respuesta mucho más rápida la próxima vez que ese mismo virus hiciera su aparición.
Sin embargo, no todo lo que entra en un cuerpo es necesariamente un enemigo vital, por eso no todo produce una reacción así en nosotros, de lo contrario, estaríamos agotados.
Aunque, si lo pienso bien, creo que yo sí que he reaccionado a todo durante años, como si algunas palabras fueran virus, como si los desacuerdos fueran amenazas o como si el mundo necesitara tener fiebre.
Durante años encendí la fiebre por todo, pero sin una invasión real.
Por suerte el sistema inmunitario aprende a distinguir esas cosas y no lo elimina todo, solo lo que compromete la supervivencia del cuerpo y quizá todo consistía en eso, en no encender la fiebre por cada estímulo, en aprender.
En ese momento mi pequeña se movió, apoyando su mejilla contra mi brazo, buscando el contacto.
El calor seguía ahí, pero ya no me asustaba.
Apagué todos esos pensamientos innecesarios para centrarme solo en su respiración.
Dos o tres días de fiebre y una memoria nueva.
La próxima vez su cuerpo no tendrá que improvisar.
La observé dormir, tan preciosa y apacible. Y rememoré la idea de que defenderse no es atacar a todo lo que se nos acerca. A veces, madurar es aprender a no reaccionar, aprender que no todo merece fiebre.