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Fermi y sus paradojas

Draven Aikan

Cuando despertó, el alienígena todavía estaba allí.
Fermi se pasaba toda la noche mirando las estrellas. A veces no dormía preguntándose si alguien parecido a él habitaba un planeta lejano, perdido en esa inmensa oscuridad del espacio. Por más que miraba con su telescopio, le era imposible encontrar señales de vida en el sistema solar. Cuando lograba enfocar un cuerpo tan brillante por más de cinco minutos, celebraba como si se tratase de un gran descubrimiento y anotaba cada detalle en su bitácora de viajes espaciales. Pese a su esfuerzo, nunca conseguía avistar un objeto diferente a los cometas y galaxias de antaño, hasta el día cuando aceleró el tiempo.
Las noticias siempre anunciaban la inexistencia de otra forma de vida. Con los avances tecnológicos, finalmente se había comprobado que estábamos solos en el universo y la extinción de nuestra raza marcaba el fin de la única civilización pensante. La cosmovisión de los investigadores se redujo al estudio de energías nucleares para abandonar el planeta y poblar tantos como fuera posible, pero Fermi no creía en tal ideología. Desde su punto de vista, los alienígenas existían. Se rehusaba a considerarlos como un mito.
Para su corta edad, ya había estudiado los fenómenos más extraordinarios del espacio observable: la formación de agujeros negros, explosión de supernovas, dilatación del tiempo. Sin embargo, el pequeño Fermi siempre caía en la misma paradoja una y otra vez: “¿Dónde se esconde todo el universo? ¿Por qué no vemos a nadie si hay una alta probabilidad de repetición? ¿Cuál es el patrón adecuado para el contacto?” A estas preguntas, Fermi les dio un ultimátum: avanzar en el tiempo. Si sacaba provecho de la inevitable expansión del universo, tarde o temprano se formaría por azar un mundo que albergara vida.
La última noche, Fermi preparó un sencillo plan para su travesía: meterse debajo de la cama, envolverse en una cobija y esperar a que le ganara el sueño. Antes de quedarse dormido, debía realizar su modelo de contacto: un dodecaedro de origami impulsado por un efecto túnel. Necesitaba dejarlo al descubierto, fuera de la sombra. Cuando lograra el contacto, despertaría de su infinito sueño y hablaría con el ser que levantara su figurita de papel. Nada podía fallar, tenía todo calculado. Al regresar, sus padres se sentirían orgullosos de él por haber encontrado vida en otro espacio y en otro tiempo.
Se despidió de cada uno de sus peluches y se metió debajo de la cama. Construyó el dodecaedro, se envolvió en una manta y durmió por mucho tiempo. Unas pisadas lo despertaron de su profundo sueño. Al abrir los ojos, se encontró con su figurita aplastada, llena de tierra mojada. Cerca de la ventana, donde él solía mirar las estrellas, vio una criatura aterradora: era de color ocre, muy pequeña. Caminaba a dos patas y sus manos tenían cinco dedos cada una. Llevaba un traje de tela con dibujitos de monstruos. Sus dos ojos veían a través de un objeto que parecía un telescopio.
Con sus cuatro piernas y sus cinco manos, Fermi escondió todo lo que había traído de su mundo: el dodecaedro aplastado, su cobija y el código escrito en una gota de agua. No creía en lo que sus tres ojos estaban viendo. Quería escapar de esa ilusión tan tenebrosa a la que había viajado. Él era consciente de que, si lo encontraban por la mañana, lo torturarían o, peor aún, experimentarían con su composición física. Había adelantado el tiempo y no podía escapar de él, mucho menos revertirlo porque el núcleo del dodecaedro estaba roto.
Su más grande sueño se había convertido en una pesadilla. Ante la presencia de esa criatura inimaginable, se arrepentía de su hallazgo. Ya no quería establecer comunicación, tampoco contarles a sus amigos lo que había visto, si es que encontraba una forma de volver. Por primera vez, se convenció a sí mismo de que quizá algunas cosas deberían de mantenerse ocultas porque no estamos preparados para afrontarlas o, al menos, observarlas en su estado puro. Al final, el miedo a lo desconocido también es un instinto de supervivencia.
Fermi aceptó su destino desde la mente de un ser pequeño, curioso, de corta edad a partir del inicio del universo. Viviría debajo de su cama, pero en otro tiempo y espacio, bajo una figura aterradora que, paradójicamente, lo llamaba monstruo y le pedía a sus padres que se aseguraran de que no hubiese nada en esa oscuridad, ese vacío infinito que conectaba planos de diferentes realidades. Muy en el fondo, Fermi sabía que no volvería a ver a sus padres ni a sus amigos porque cuando despertaba, ese alienígena seguía allí.