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El susurro del gen

Mario Manuel

En un rincón de tamaño microscópico del planeta, vivía G-27, un gen escurridizo y astuto, en su morada citoplasmática. Este no disponía de órganos desarrollados como los humanos aunque su propósito era claro: permanecer con el paso del tiempo.

Durante un plazo de millones de años, G-27 había habitado y traspasando una cantidad indefinida de cuerpos de diferentes orígenes, ya fuese un pez primigenio, un reptil que se arrastraba entre un mundo de gigantes depredadores o un mamífero peludo que sobrevivía a base de escondrijos subterráneos. Era un ciclo constante de nacimiento, lucha y muerte de materia viva, pero este gen se mantenía firme. Era como si esos organismos funcionasen como sus vehículos.

Un día rutinario, G-27 se estableció dentro de un nuevo huésped: un ser humano llamado Lucas. Este se desarrolló al igual que otros críos, aprendiendo maneras de desplazarse eficientes, comunicarse y expresar sus emociones internas, aunque detectó una anomalía: una fuerte necesidad de ayuda humanitaria prevalecía en su mentalidad. En la práctica, se manifestaba como apoyo emocional y defensa de aquellos afectados en un mayor grado. G-27 observaba detenidamente el comportamiento de su huésped, llegando a la conclusión de que se trata de una estrategia evolutiva. Resultaba que al esparcir esa ayuda a personas cercanas a Lucas, la probabilidad de la supervivencia de copias de genes similares a G-27 aumentaba al compartir entre ellos genes parecidos.

Los años transcurrían y Lucas se formó profesionalmente como un científico especializado en la evolución. Mientras realizaba estudios de células epiteliales, se encontró un libro del biólogo Richard Dawkins y decidió echarle una ojeada. Se produjo entonces un cambio de perspectiva en Lucas a medida que pasaba las páginas al fundamentar que los organismos son verdaderamente máquinas de supervivencia elaboradas por genes con el único fin de replicarse y permanecer en la línea temporal. Lucas cerró el libro lentamente y aplicó esa información en un razomaniento bastante complejo: “si ellos me construyeron para sobrevivir, a su vez me han otorgado un cerebro para ser capaz de comprenderlos”. G-27 se quedó extrañado ante esto al no poder aumentar directamente la reproducción de su huésped a base de acciones. Ahí es cuando asimiló algo sorprendente: los genes crearon un órgano tan complejo que podía rebelarse contra la lógica génica.

A partir de ese suceso, Lucas fue transmitiendo a la gente el conocimiento detrás de aportar apoyo a desconocidos sin parentesco al ser un hecho cultural y no un impulso egoísta según la perspectiva de los genes. “Los seres humanos disponemos de un factor exclusivo: decidir qué clase de sociedad podemos fundar”. G-27 había pasado por millones de años y cuerpos, y por primera vez en la historia de la vida, un organismo había descubierto al verdadero escritor del guión biológico y seguidamente había optado por improvisar.