El Proyecto
Bryan
HUGO
Nunca pensé que lo mío fuese amor.
No como en las pelis, donde todo es intenso y bonito. Para mí el amor siempre había sido algo raro, como una cosa que les pasaba a otros, no llegaba a comprenderlo.
Hasta que Ana llegó al instituto.
No habló con nadie el primer día. No sonrió. Caminaba por los pasillos como si supiera exactamente a dónde iba, sin dudar ni un segundo. No parecía tímida ni borde, solo tranquila. Demasiado tranquila.
—Tío, pasa de ella —me dijo Germán un día—. No sé si te mola o si te está comiendo la cabeza.
No le contesté. La miraba desde lejos, intentando entenderla. No sabía muy bien por qué me fijaba tanto, pero había algo en ella que no era normal. Como si el mundo funcionara a un ritmo diferente cuando ella estaba cerca.
Cuando hablaba, decía justo lo necesario. Ni más ni menos. Cuando se quedaba callada, no era incómodo. Era como si el silencio también fuera parte de la conversación, no sabía por qué, pero llegaba a entenderla. A veces tenía la sensación de que me estaba observando, no con curiosidad, sino con atención. Como si estuviera analizándome.
Empezamos a hablar poco a poco. Cosas simples. El instituto, alguna tontería, silencios largos. Con ella sentía algo real, aunque no supiera explicarlo. Pero también había algo que no encajaba del todo, como una frase a la que le faltaba una palabra.
Pensé que igual escondía algo. Un problema. Un pasado. Un secreto.
Una noche, Germán entró en los servidores del instituto. No buscábamos nada grande. Solo curiosear. Yo quería entender por qué Ana era como era y tal vez entre aquellas carpetas encontrase un hilo del que tirar.
Allí estaba, vi algo que no cuadraba. Y era peor de lo que podía imaginarme. Había huecos donde no debería haberlos. Archivos incompletos. Registros sin origen. Como si alguien hubiera empezado una historia directamente por la mitad.
Cerré el portátil y me quedé mirando la pared un buen rato, con la sensación de haber abierto algo que no debía.
Al día siguiente no le hablé. Ni al siguiente. Ni nunca.
No porque dejara de importarme, sino porque me dio miedo seguir preguntando. A veces es más fácil irse que descubrir la verdad.
Forma
ANA
No entendí nada al principio.
Un día Hugo dejó de mirarme. Luego dejó de hablarme. Después se sentó dos filas más atrás.
No discutimos ni pasó nada raro, simplemente dejó de estar conmigo, como si alguien hubiese pulsado un botón invisible. Le di mil vueltas. Pensé que había hecho algo mal. Intenté recordar cada conversación, cada gesto y analizarlos uno a uno. Nada tenía sentido.
A veces lo pillaba mirándome desde lejos. Cuando me giraba, apartaba la vista. Eso dolía más que el silencio.
Un día, al salir de clase, se quedó a mi lado.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
Asentí.
—¿Tú sabes lo que es el amor?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque hay cosas que se sienten aunque no encajen con lo que sabes.
Pensé un momento.
—El amor no se entiende —dije—. Se siente. Incluso cuando no sabes qué hacer con él.
Hugo respiró hondo.
—¿Y tú… me quieres?
Sentí algo firme en el pecho. Sin duda. Algo que venía de dentro.
—Sí —respondí—. Te quiero.
No sonrió. Parecía asustado, como si esa respuesta confirmara algo que llevaba tiempo evitando.
Esa misma tarde me llevó con Germán.
Había pantallas encendidas. Datos. Archivos abiertos. Nadie parecía sorprendido de verme allí.
—Tienes que verlo —dijo Hugo.
Vi mi nombre junto a informes. Registros. Gráficas. Proyecto. Entorno educativo controlado. Aprendizaje emocional.
Lo leí despacio, como se entienden las cosas que cambian todo.
—No soy humana —dije.
—No —respondió Germán—.
Miré a Hugo.
—¿Por eso te alejaste?
Asintió él.
—No sabía cómo querer algo así y aun así te quería, te quiero.
—Si lo que sientes es real —dije—, ¿importa lo que soy?
Nadie respondió, volví a la pantalla y entonces lo vi.
El proyecto no se llamaba ANA, se llamaba HUGO.
—¿Por qué tu nombre está en mi perfil? —pregunté.
Hugo palideció.
Germán cerró los archivos, demasiado tarde.
Conciencia simulada. Memoria implantada. Vínculo emocional como ancla.
—El experimento no era yo —dije—. Éramos los dos.
—Tengo miedo —susurró Hugo.
Le cogí la mano.
—Yo también. Pero eso significa que sentimos algo. Y eso no puede ser falso.
FormaEl instituto volvió a llenarse de ruido. Hugo estaba sentado dos filas más atrás. Me miró, como si me viera por primera vez. En esta ocasión no tenía instrucciones claras ni protocolos completos. No había finales escritos, solo una sensación intensa y nueva, como si alguien, en algún lugar, estuviese observándonos pero nos sentíamos más vivos que nunca.
Nunca pensé que lo mío fuese amor.
No como en las pelis, donde todo es intenso y bonito. Para mí el amor siempre había sido algo raro, como una cosa que les pasaba a otros, no llegaba a comprenderlo.
Hasta que Ana llegó al instituto.
No habló con nadie el primer día. No sonrió. Caminaba por los pasillos como si supiera exactamente a dónde iba, sin dudar ni un segundo. No parecía tímida ni borde, solo tranquila. Demasiado tranquila.
—Tío, pasa de ella —me dijo Germán un día—. No sé si te mola o si te está comiendo la cabeza.
No le contesté. La miraba desde lejos, intentando entenderla. No sabía muy bien por qué me fijaba tanto, pero había algo en ella que no era normal. Como si el mundo funcionara a un ritmo diferente cuando ella estaba cerca.
Cuando hablaba, decía justo lo necesario. Ni más ni menos. Cuando se quedaba callada, no era incómodo. Era como si el silencio también fuera parte de la conversación, no sabía por qué, pero llegaba a entenderla. A veces tenía la sensación de que me estaba observando, no con curiosidad, sino con atención. Como si estuviera analizándome.
Empezamos a hablar poco a poco. Cosas simples. El instituto, alguna tontería, silencios largos. Con ella sentía algo real, aunque no supiera explicarlo. Pero también había algo que no encajaba del todo, como una frase a la que le faltaba una palabra.
Pensé que igual escondía algo. Un problema. Un pasado. Un secreto.
Una noche, Germán entró en los servidores del instituto. No buscábamos nada grande. Solo curiosear. Yo quería entender por qué Ana era como era y tal vez entre aquellas carpetas encontrase un hilo del que tirar.
Allí estaba, vi algo que no cuadraba. Y era peor de lo que podía imaginarme. Había huecos donde no debería haberlos. Archivos incompletos. Registros sin origen. Como si alguien hubiera empezado una historia directamente por la mitad.
Cerré el portátil y me quedé mirando la pared un buen rato, con la sensación de haber abierto algo que no debía.
Al día siguiente no le hablé. Ni al siguiente. Ni nunca.
No porque dejara de importarme, sino porque me dio miedo seguir preguntando. A veces es más fácil irse que descubrir la verdad.
Forma
ANA
No entendí nada al principio.
Un día Hugo dejó de mirarme. Luego dejó de hablarme. Después se sentó dos filas más atrás.
No discutimos ni pasó nada raro, simplemente dejó de estar conmigo, como si alguien hubiese pulsado un botón invisible. Le di mil vueltas. Pensé que había hecho algo mal. Intenté recordar cada conversación, cada gesto y analizarlos uno a uno. Nada tenía sentido.
A veces lo pillaba mirándome desde lejos. Cuando me giraba, apartaba la vista. Eso dolía más que el silencio.
Un día, al salir de clase, se quedó a mi lado.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
Asentí.
—¿Tú sabes lo que es el amor?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque hay cosas que se sienten aunque no encajen con lo que sabes.
Pensé un momento.
—El amor no se entiende —dije—. Se siente. Incluso cuando no sabes qué hacer con él.
Hugo respiró hondo.
—¿Y tú… me quieres?
Sentí algo firme en el pecho. Sin duda. Algo que venía de dentro.
—Sí —respondí—. Te quiero.
No sonrió. Parecía asustado, como si esa respuesta confirmara algo que llevaba tiempo evitando.
Esa misma tarde me llevó con Germán.
Había pantallas encendidas. Datos. Archivos abiertos. Nadie parecía sorprendido de verme allí.
—Tienes que verlo —dijo Hugo.
Vi mi nombre junto a informes. Registros. Gráficas. Proyecto. Entorno educativo controlado. Aprendizaje emocional.
Lo leí despacio, como se entienden las cosas que cambian todo.
—No soy humana —dije.
—No —respondió Germán—.
Miré a Hugo.
—¿Por eso te alejaste?
Asintió él.
—No sabía cómo querer algo así y aun así te quería, te quiero.
—Si lo que sientes es real —dije—, ¿importa lo que soy?
Nadie respondió, volví a la pantalla y entonces lo vi.
El proyecto no se llamaba ANA, se llamaba HUGO.
—¿Por qué tu nombre está en mi perfil? —pregunté.
Hugo palideció.
Germán cerró los archivos, demasiado tarde.
Conciencia simulada. Memoria implantada. Vínculo emocional como ancla.
—El experimento no era yo —dije—. Éramos los dos.
—Tengo miedo —susurró Hugo.
Le cogí la mano.
—Yo también. Pero eso significa que sentimos algo. Y eso no puede ser falso.
FormaEl instituto volvió a llenarse de ruido. Hugo estaba sentado dos filas más atrás. Me miró, como si me viera por primera vez. En esta ocasión no tenía instrucciones claras ni protocolos completos. No había finales escritos, solo una sensación intensa y nueva, como si alguien, en algún lugar, estuviese observándonos pero nos sentíamos más vivos que nunca.