EL ABISMO
Adán Borrego
El motor chilla como un recién nacido, que respira por primera vez. Un único berrido agudo, que se apaga a medida que se queda sin aire.
Las piezas de metal que forman la nave se van desmontando violentamente. Somos una bola de fuego a punto de reventar.
La presión tira de mi cuerpo, intentando separar mi organismo con precisión quirúrgica.
Percibo lo que está sucediendo, pero mi mente no es capaz de comprenderlo. Soy como un niño pequeño, que aun no tiene consciencia para asimilar lo que le rodea. Un niño que aún no se ha planteado la posibilidad de la muerte como algo real.
Tantos años temiendola y ahora que la tengo delante, no soy capaz de entenderla tanto como para tenerle miedo. Ni siquiera puedo gritar.
Las estrellas nos observan como mil ojos atentos. El universo ha venido a vernos morir.
No explotamos. No nos estrellamos. Simplemente nos detenemos. Nuestros cuerpos ni siquiera sienten un latigazo de frenada.
Mi primer pensamiento es irracional; que ha sido un milagro. Pronto me doy cuenta de que es justo lo contrario.
Hay piezas de la nave esparcidas por el lugar. Carrocería superficial en mal estado. No hay agujero de entrada, ni marcas de impacto. Como si simplemente nos hubiéramos materializado aquí.
Exploramos el lugar, sin quitarnos los trajes de protección. Es completamente blanco, de un material parecido al plástico, pero más resistente. No suena hueco al golpearlo.
No hay lámparas, ni ningún tipo de fuente de luz; pero está perfectamente iluminado.
Todas las salas son parecidas, pero con pequeñas diferencias; algunas son más anchas, otras más largas. No hay controles, ni muebles de ningún tipo. No hay nada más que salas vacías.
Caminamos lo que parecen horas. Hace mucho que se nos debería haber acabado el oxígeno, pero seguimos respirando.
Mi reloj de pulsera no marca ninguna hora. Le doy cuerda, pero las agujas siguen sin moverse.
Una de las habitaciones parece tener un final. No es una puerta, ni ningún tipo de ventana. Tampoco tiene borde; simplemente se acaba.
El exterior es completamente negro. No es el espacio; no hay estrellas, no hay nada.
Se puede pisar, como si aún hubiese suelo, pero a medida que nos alejamos de la fuente de luz, vemos menos de nosotros mismos. Preferimos volver.
Nos quedamos cerca del final, esperando a que vengan a buscarnos, mientras intentamos no mantener la mirada hacia la oscuridad.
De pronto las paredes comienzan a mostrar imágenes con interferencias, como si fuera un televisor estropeado. Vemos a líderes mundiales hablando en sus respectivos idiomas. Vemos guerras. Vemos el pasado y lo que creemos ser el futuro.
Acaba pronto, pero ha dejado mella en nosotros. Quien fuera al que perteneciera este lugar nos estaba observando.
¿Ángeles? Nos planteamos la posibilidad de haber muerto. ¿Si es el cielo porque estamos tan perdidos? Quizá en nuestro camino al cielo, la accidentada ciencia del hombre acabó con ellos. ¿Podría dios morir?
Quizá aquellos que habitaban este lugar lo abandonaron hace mucho. O quizá algo superior acabó con ellos. La idea hace que sienta un miedo paralizador que recorre mi sistema nervioso, y esta vez soy plenamente consciente de él.
Uno de nosotros salió a explorar el lugar. No sabemos cuánto ha pasado desde que se fue, ni cuanto estuvo a nuestro lado, pero sabemos que no ha vuelto.
No recuerdo su nombre, ni el nombre de los dos que me acompañan. Tampoco recuerdo el mio. Y lo peor es que ni siquiera me afecta.
Quedamos tres. Uno llora desconsolado incapaz de reaccionar ante la situación.
La otra se queda inmovil. Como si el sentir hubiera abandonado su ser.
Veo mi propio cuerpo tirado frente a mi. El impacto en el cristal de mi casco me permite ver la herida de mi cabeza. Veo mi reflejo en una versión fría de mis propios ojos. Me cuesta apartarle la mirada; es la única forma de recordar mi aspecto.
Uno de ellos va a matarme. No se como ni porqué, pero se que no puedo impedirlo porque ya ha sucedido. Ni siquiera sé si me importa.
La realidad no tiene sentido aquí. Hemos traído lógica a un sitio que no la conoce, y eso nos ha condenado.
Cruzó el umbral que nos separa de la oscuridad. Doy varios pasos para alejarme, pero no los suficientes para desvanecerme dentro de ella.
Y miro a la nada. No es fría, ni es silenciosa; no es nada. No hay nada en ella que me de miedo y eso me aterra.
Miró fijamente al abismo y nada me devuelve la mirada.
Las piezas de metal que forman la nave se van desmontando violentamente. Somos una bola de fuego a punto de reventar.
La presión tira de mi cuerpo, intentando separar mi organismo con precisión quirúrgica.
Percibo lo que está sucediendo, pero mi mente no es capaz de comprenderlo. Soy como un niño pequeño, que aun no tiene consciencia para asimilar lo que le rodea. Un niño que aún no se ha planteado la posibilidad de la muerte como algo real.
Tantos años temiendola y ahora que la tengo delante, no soy capaz de entenderla tanto como para tenerle miedo. Ni siquiera puedo gritar.
Las estrellas nos observan como mil ojos atentos. El universo ha venido a vernos morir.
No explotamos. No nos estrellamos. Simplemente nos detenemos. Nuestros cuerpos ni siquiera sienten un latigazo de frenada.
Mi primer pensamiento es irracional; que ha sido un milagro. Pronto me doy cuenta de que es justo lo contrario.
Hay piezas de la nave esparcidas por el lugar. Carrocería superficial en mal estado. No hay agujero de entrada, ni marcas de impacto. Como si simplemente nos hubiéramos materializado aquí.
Exploramos el lugar, sin quitarnos los trajes de protección. Es completamente blanco, de un material parecido al plástico, pero más resistente. No suena hueco al golpearlo.
No hay lámparas, ni ningún tipo de fuente de luz; pero está perfectamente iluminado.
Todas las salas son parecidas, pero con pequeñas diferencias; algunas son más anchas, otras más largas. No hay controles, ni muebles de ningún tipo. No hay nada más que salas vacías.
Caminamos lo que parecen horas. Hace mucho que se nos debería haber acabado el oxígeno, pero seguimos respirando.
Mi reloj de pulsera no marca ninguna hora. Le doy cuerda, pero las agujas siguen sin moverse.
Una de las habitaciones parece tener un final. No es una puerta, ni ningún tipo de ventana. Tampoco tiene borde; simplemente se acaba.
El exterior es completamente negro. No es el espacio; no hay estrellas, no hay nada.
Se puede pisar, como si aún hubiese suelo, pero a medida que nos alejamos de la fuente de luz, vemos menos de nosotros mismos. Preferimos volver.
Nos quedamos cerca del final, esperando a que vengan a buscarnos, mientras intentamos no mantener la mirada hacia la oscuridad.
De pronto las paredes comienzan a mostrar imágenes con interferencias, como si fuera un televisor estropeado. Vemos a líderes mundiales hablando en sus respectivos idiomas. Vemos guerras. Vemos el pasado y lo que creemos ser el futuro.
Acaba pronto, pero ha dejado mella en nosotros. Quien fuera al que perteneciera este lugar nos estaba observando.
¿Ángeles? Nos planteamos la posibilidad de haber muerto. ¿Si es el cielo porque estamos tan perdidos? Quizá en nuestro camino al cielo, la accidentada ciencia del hombre acabó con ellos. ¿Podría dios morir?
Quizá aquellos que habitaban este lugar lo abandonaron hace mucho. O quizá algo superior acabó con ellos. La idea hace que sienta un miedo paralizador que recorre mi sistema nervioso, y esta vez soy plenamente consciente de él.
Uno de nosotros salió a explorar el lugar. No sabemos cuánto ha pasado desde que se fue, ni cuanto estuvo a nuestro lado, pero sabemos que no ha vuelto.
No recuerdo su nombre, ni el nombre de los dos que me acompañan. Tampoco recuerdo el mio. Y lo peor es que ni siquiera me afecta.
Quedamos tres. Uno llora desconsolado incapaz de reaccionar ante la situación.
La otra se queda inmovil. Como si el sentir hubiera abandonado su ser.
Veo mi propio cuerpo tirado frente a mi. El impacto en el cristal de mi casco me permite ver la herida de mi cabeza. Veo mi reflejo en una versión fría de mis propios ojos. Me cuesta apartarle la mirada; es la única forma de recordar mi aspecto.
Uno de ellos va a matarme. No se como ni porqué, pero se que no puedo impedirlo porque ya ha sucedido. Ni siquiera sé si me importa.
La realidad no tiene sentido aquí. Hemos traído lógica a un sitio que no la conoce, y eso nos ha condenado.
Cruzó el umbral que nos separa de la oscuridad. Doy varios pasos para alejarme, pero no los suficientes para desvanecerme dentro de ella.
Y miro a la nada. No es fría, ni es silenciosa; no es nada. No hay nada en ella que me de miedo y eso me aterra.
Miró fijamente al abismo y nada me devuelve la mirada.