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Donde el espacio y el amor se encuentran

Kian

Desde pequeño siempre tuve la costumbre de mirar al cielo antes de dormir. Sin importar si estoy cansado, si tengo sueño o si el día fue difícil. Siempre abro la ventana unos minutos porque siento que las estrellas me están esperando. Levanto la vista y veo que hay algo en las estrellas que me hace sentir tranquilo.
–¿Qué tanto miras allá arriba?– me preguntó mi madre una noche.
–No lo sé –respondí.– Es como si el cielo tuviera respuestas.
Ella sonrió y me dio un beso en la frente. Mientras otras personas solo ven puntos brillantes, yo veo preguntas. Me gusta mucho pensar que cada estrella que hay en el cielo guarda una historia durante años para que yo pueda verla solo unos segundos. La ciencia explica que esas estrellas pueden estar separadas por millones de kilómetros aunque desde la Tierra parecen formar dibujos perfectos.

En el colegio aprendí que los seres humanos estamos hechos de polvo de estrellas, cambiando algo dentro de mí. No era solo una frase bonita sino que era real. Mi profesor dijo que los elementos que forman nuestro cuerpo, nuestra sangre y nuestros huesos nacieron a partir de estrellas antiguas que explotaron hace millones de años. El universo dejó de parecerme lejano, ya no era algo distante, ahora era parte de mí.

Una noche fui al parque y me tumbé en el césped. Mientras observaba las constelaciones escuché una voz al lado mio.
–Esa es Orión –dijo alguien señalando el cielo.
Era él. No lo conocía mucho pero era un compañero de clase. Miraba el cielo con mucha curiosidad.
–Sí –respondí.– Aunque en realidad sus estrellas no están juntas, solo lo parecen desde aquí.
Me miró sorprendido.
–Entonces es como una ilusión.
–No exactamente –dije sonriendo.– Es cuestión de perspectiva.
Nos quedamos un rato en silencio. El aire era fresco y el cielo estaba más claro que nunca.
–¿No te da miedo lo grande que es todo?– me preguntó después de un rato.
Miré hacia arriba antes de contestar.
–A veces, pero también me hace sentir especial porque entre tanto espacio estamos aquí.
Él asintió lentamente.

Desde esa noche empezamos a coincidir más veces bajo el mismo cielo. No hablamos demasiado, a veces bastaba con señalar una estrella fugaz o reconocer una constelación. Un día mientras la luz del atardecer desaparecía y las primeras estrellas comenzaban a verse, lo miré sin que se diera cuenta. Y mientras lo miraba pensaba si había constelaciones inspiradas en sonrisas como la suya. Sentí que el corazón latía más rápido, como si quisiera salir de mi pecho. Pensé en la gravedad porque la gravedad mantiene unidos a los planetas alrededor del Sol. Es invisible, pero poderosa. Sin la gravedad todo podría salir despedido al infinito y al vacío. Creo que el amor funciona de manera parecida. No se ve pero nos sostiene.
–¿Sabes?–dijo él de repente.– Me gusta mucho pensar que todo en el universo está conectado.
–Yo también–respondí.– Como si nada estuviera realmente solo.
–Exacto.

Desde ese momento cuando miré el cielo, ya no pensé en galaxias lejanas o en estrellas que explotan sino que pensé en cómo en medio de un universo tan inmenso pueden encontrarse dos miradas bajo las mismas constelaciones y por otra parte en conexiones invisibles que sostienen el mundo.
La ciencia me enseñó cómo nacen y mueren las estrellas, y que el universo está en constante movimiento, que nada está quieto. Todo gira, cambia y evoluciona. Y yo entendí que el corazón también. Quizá por eso, el universo me parece menos frío.
Comprendí que existe un punto invisible, imposible de medir con los telescopios.
Y donde en algún punto silencioso del infinito, el espacio y el amor se encuentran y comienzan a brillar juntos.