Después de nosotros
Ray Garraty
Hace ya 1000 años que la humanidad se las ingenió para autodestruirse. El mundo exterior, según me contó mi padre, no es muy diferente de como lo fue antes del desastre. Se podía respirar, el agua no estaba contaminada, los animales, que por suerte nunca conocieron a los humanos, vivían libres y el odio había desaparecido. Los macabros recuerdos del antiguo mundo solo existen en los escritos que nuestros antepasados nos han guardado.
Lleva un mes ahí fuera. No creo que vaya a volver después de informarme de que saldría tan solo unas horas. Lo más probable es que ni siquiera haya establecido contacto con la base B. Aquellos pobres niños y niñas criados bajo tierra no durarían mucho en las condiciones en las que los textos dicen que se encuentran. Aquí, en la base A, se mataron entre todos pese a contar con más suministros, espacio e información. Ahora la única persona real que he conocido en este mundo ha desaparecido. ¿Seré yo el último ser humano de la Tierra?
He de salir a la superficie. Tengo que ver con mis propios ojos el mundo del que hablan mis libros favoritos. Quiero ver y tocar animales, plantas, rocas y minerales... Deseo bañarme en el mar que refleja el cielo azul. Necesito aplicar la ciencia en la propia naturaleza. Me encantaría ver el Sol, que este toque mi piel, caliente mi cuerpo y me obligue a refugiarme bajo la sombra refrescante de un árbol. Hay algo en mi interior que hace que me emocione hasta el punto de llorar con toda mi alma. La curiosidad por el mundo exterior que siempre he tenido, esa belleza oculta tras esa escotilla maciza de acero, esa confianza en lo que funciona incluso cuando no se comprende del todo, y ese amor por descubrir la verdad poco a poco mediante la prueba y el error… He de reconstruir el mundo.
Parece un sueño. De hecho, siempre lo ha sido. Por primera vez puedo caminar en línea recta todo lo lejos que quiera. La inmensidad del mundo me maravilla; quién hubiera dicho que el mundo es una esfera; quién podría tener suficiente imaginación como para plantearse que nuestro mundo es infinitamente pequeño comparado con lo que hay más allá de esta cúpula anaranjada repleta de nubes púrpuras. Es hermoso cómo diminutas luces se van encendiendo en el mismo cielo que ahora es oscuro, y saber que están tan lejos que la luz que nos llega de ellas fue emitida hace milenios.
Ahí los vi. No tenía la menor duda. Eran los que no dejaron que volviera mi padre a casa aquella vez. Me habían estado observando y, ahora que sabían que tenían la situación bajo control, no me dejarían siquiera pensar que podía escapar de ellos. Eché a correr siguiendo el camino en dirección a la base B. La mortífera luz del fuego de sus antorchas se aproximaba por detrás, a la derecha del camino. Vociferaban y aullaban como fieras rabiosas. Al ritmo al que iba llegaría en media hora a la condenada base B, si no tropezaba con nada ni me disparaban ningún proyectil.
De un momento a otro, noté una sacudida poderosa y fugaz que me desplazó varios metros hacía la izquierda del camino, haciendo que cayera y me fundiera entre la maleza. Entonces entendí que alguien me había capturado. Me estaba tapando la boca con su mano y, mientras me observaba con curiosidad, acercó su rostro al mío, haciendo que su pelo creara una cortina entre nosotros y el mundo, y me susurró con su voz femenina:
—No te preocupes, confía en mí. Tú conoces la verdad, ¿no es así?
Esa misma noche indiqué el camino de vuelta a casa, la base A.
—Si nos descubren hablando nos liberarán el alma, ¿sabes?— me confirmó, como si no supiera a lo que se refería.
Me seguía de cerca por detrás, analizando mis movimientos, sin hacer más ruido que el provocado por su respiración. Era consciente de que, si intentaba huir, sería mi final.
Pensaba que no volvería jamás, pero regresé a mi hogar. Nunca me atreví a girar la cabeza y contemplar su rostro. Era arriesgado. Me limitaba a responder sus preguntas. Le mostré con detalle cada libro, fotografía, máquina… Le revelé todos los secretos y enigmas que guarda este mundo. Creo que pasaron horas, días… No se cansaba de cuestionarse lo que la rodeaba. Notaba su fascinación con cada respuesta que le daba. Esas viejas galerías contenían toda la verdad a la que la humanidad había logrado llegar.
—Gracias. Eres mi primera amiga. —logró decir sollozando mientras ensartaba mi cuerpo débil con su lanza.
La miré a los ojos. Era divinamente preciosa. Su dorado cabello brillaba como debía hacerlo el Sol.
—Aprovecha todo este conocimiento. Construye un mundo mejor, querida amiga.— pensé.
Lleva un mes ahí fuera. No creo que vaya a volver después de informarme de que saldría tan solo unas horas. Lo más probable es que ni siquiera haya establecido contacto con la base B. Aquellos pobres niños y niñas criados bajo tierra no durarían mucho en las condiciones en las que los textos dicen que se encuentran. Aquí, en la base A, se mataron entre todos pese a contar con más suministros, espacio e información. Ahora la única persona real que he conocido en este mundo ha desaparecido. ¿Seré yo el último ser humano de la Tierra?
He de salir a la superficie. Tengo que ver con mis propios ojos el mundo del que hablan mis libros favoritos. Quiero ver y tocar animales, plantas, rocas y minerales... Deseo bañarme en el mar que refleja el cielo azul. Necesito aplicar la ciencia en la propia naturaleza. Me encantaría ver el Sol, que este toque mi piel, caliente mi cuerpo y me obligue a refugiarme bajo la sombra refrescante de un árbol. Hay algo en mi interior que hace que me emocione hasta el punto de llorar con toda mi alma. La curiosidad por el mundo exterior que siempre he tenido, esa belleza oculta tras esa escotilla maciza de acero, esa confianza en lo que funciona incluso cuando no se comprende del todo, y ese amor por descubrir la verdad poco a poco mediante la prueba y el error… He de reconstruir el mundo.
Parece un sueño. De hecho, siempre lo ha sido. Por primera vez puedo caminar en línea recta todo lo lejos que quiera. La inmensidad del mundo me maravilla; quién hubiera dicho que el mundo es una esfera; quién podría tener suficiente imaginación como para plantearse que nuestro mundo es infinitamente pequeño comparado con lo que hay más allá de esta cúpula anaranjada repleta de nubes púrpuras. Es hermoso cómo diminutas luces se van encendiendo en el mismo cielo que ahora es oscuro, y saber que están tan lejos que la luz que nos llega de ellas fue emitida hace milenios.
Ahí los vi. No tenía la menor duda. Eran los que no dejaron que volviera mi padre a casa aquella vez. Me habían estado observando y, ahora que sabían que tenían la situación bajo control, no me dejarían siquiera pensar que podía escapar de ellos. Eché a correr siguiendo el camino en dirección a la base B. La mortífera luz del fuego de sus antorchas se aproximaba por detrás, a la derecha del camino. Vociferaban y aullaban como fieras rabiosas. Al ritmo al que iba llegaría en media hora a la condenada base B, si no tropezaba con nada ni me disparaban ningún proyectil.
De un momento a otro, noté una sacudida poderosa y fugaz que me desplazó varios metros hacía la izquierda del camino, haciendo que cayera y me fundiera entre la maleza. Entonces entendí que alguien me había capturado. Me estaba tapando la boca con su mano y, mientras me observaba con curiosidad, acercó su rostro al mío, haciendo que su pelo creara una cortina entre nosotros y el mundo, y me susurró con su voz femenina:
—No te preocupes, confía en mí. Tú conoces la verdad, ¿no es así?
Esa misma noche indiqué el camino de vuelta a casa, la base A.
—Si nos descubren hablando nos liberarán el alma, ¿sabes?— me confirmó, como si no supiera a lo que se refería.
Me seguía de cerca por detrás, analizando mis movimientos, sin hacer más ruido que el provocado por su respiración. Era consciente de que, si intentaba huir, sería mi final.
Pensaba que no volvería jamás, pero regresé a mi hogar. Nunca me atreví a girar la cabeza y contemplar su rostro. Era arriesgado. Me limitaba a responder sus preguntas. Le mostré con detalle cada libro, fotografía, máquina… Le revelé todos los secretos y enigmas que guarda este mundo. Creo que pasaron horas, días… No se cansaba de cuestionarse lo que la rodeaba. Notaba su fascinación con cada respuesta que le daba. Esas viejas galerías contenían toda la verdad a la que la humanidad había logrado llegar.
—Gracias. Eres mi primera amiga. —logró decir sollozando mientras ensartaba mi cuerpo débil con su lanza.
La miré a los ojos. Era divinamente preciosa. Su dorado cabello brillaba como debía hacerlo el Sol.
—Aprovecha todo este conocimiento. Construye un mundo mejor, querida amiga.— pensé.