Crónica de un descubrimiento
Frej Jarmark
¿Dónde está el límite?
Se pregunta un grupo de científicos estudiando la edición genética, y no son los únicos: desarrolladores de IA generativa, redes neuronales... Y la lista sigue. Nuestros científicos se preguntan si lo que están haciendo está bien una y otra vez.
Paula Torregrosa, técnico de laboratorio, se dice a sí misma que van a salvar vidas, que harán más bien que mal.
Pablo García, auxiliar, cree que no es su responsabilidad plantearse la eticidad de sus descubrimientos, que, al fin y al cabo, es el resto del mundo el que decide el uso que se le da a la ciencia.
Candela Navarro, jefa del proyecto, mira atrás y piensa “¿que no era un límite usar antibióticos?, y ahora son parte de la vida cotidiana”.
Antonio Pérez, ayudante de laboratorio, tiene miedo de que las cosas salgan mal, de que el trabajo que le está dedicando a la genética acabe por no salvar vidas, sino por estar sometido al capricho de los ricos y poderosos.
Jorge Moreau, técnico en prácticas, se fascina ante las posibilidades que les brinda la ingeniería genética, no solo a nivel humano, sino también agrícola.
Todos y cada uno de los miembros de este equipo se plantean cada día las mismas cuestiones, todos tienen una opinión, y todos forman parte del debate global de la ética. Todos tienen entre sus manos algo que podría cambiar para siempre el curso de la humanidad, para bien o para mal.
Décadas después, Diana, madre de tres niños y policía retirada, vuelve a abrazar a sus nietos tras curarse de Alzheimer.
En otro lugar del mundo, Céline, diagnosticada con una enfermedad degenerativa grave antes de nacer, se gradúa del instituto a los 18 años, cuando su pronóstico de vida era de 12.
Mientras tanto, un hombre gasta millones en alterar las características de su bebé nonato, quiere que sea excepcional, lo hace más inteligente, le pone ojos violetas y rizos perfectos. Esta tendencia no tarda en popularizarse entre los ricos, y pronto crea un sesgo social antes de nacer.
En un distrito suburbano de la antigua China, Guang Zheo es capaz de permitirse comer pescado por primera vez en años. El aumento de la oferta en alimentos causada por la aparición de alimentos sintéticos ha mejorado cuantiosamente la calidad de vida de su familia.
Pocos años después, las nuevas tecnologías permiten aumentar la esperanza de vida de aquellos que se lo pueden permitir, mientras el resto sufre cada vez más desigualdades sociales.
Entre tanto ruido, estalla una guerra mundial, en la que la mayor amenaza no son las bombas nucleares, sino las nuevas armas biológicas en desarrollo. La carrera por diseñar la más letal corre como corrió en la década de los 40 y a estas alturas cabe preguntarse...
¿Dónde estaba el límite?
Se pregunta un grupo de científicos estudiando la edición genética, y no son los únicos: desarrolladores de IA generativa, redes neuronales... Y la lista sigue. Nuestros científicos se preguntan si lo que están haciendo está bien una y otra vez.
Paula Torregrosa, técnico de laboratorio, se dice a sí misma que van a salvar vidas, que harán más bien que mal.
Pablo García, auxiliar, cree que no es su responsabilidad plantearse la eticidad de sus descubrimientos, que, al fin y al cabo, es el resto del mundo el que decide el uso que se le da a la ciencia.
Candela Navarro, jefa del proyecto, mira atrás y piensa “¿que no era un límite usar antibióticos?, y ahora son parte de la vida cotidiana”.
Antonio Pérez, ayudante de laboratorio, tiene miedo de que las cosas salgan mal, de que el trabajo que le está dedicando a la genética acabe por no salvar vidas, sino por estar sometido al capricho de los ricos y poderosos.
Jorge Moreau, técnico en prácticas, se fascina ante las posibilidades que les brinda la ingeniería genética, no solo a nivel humano, sino también agrícola.
Todos y cada uno de los miembros de este equipo se plantean cada día las mismas cuestiones, todos tienen una opinión, y todos forman parte del debate global de la ética. Todos tienen entre sus manos algo que podría cambiar para siempre el curso de la humanidad, para bien o para mal.
Décadas después, Diana, madre de tres niños y policía retirada, vuelve a abrazar a sus nietos tras curarse de Alzheimer.
En otro lugar del mundo, Céline, diagnosticada con una enfermedad degenerativa grave antes de nacer, se gradúa del instituto a los 18 años, cuando su pronóstico de vida era de 12.
Mientras tanto, un hombre gasta millones en alterar las características de su bebé nonato, quiere que sea excepcional, lo hace más inteligente, le pone ojos violetas y rizos perfectos. Esta tendencia no tarda en popularizarse entre los ricos, y pronto crea un sesgo social antes de nacer.
En un distrito suburbano de la antigua China, Guang Zheo es capaz de permitirse comer pescado por primera vez en años. El aumento de la oferta en alimentos causada por la aparición de alimentos sintéticos ha mejorado cuantiosamente la calidad de vida de su familia.
Pocos años después, las nuevas tecnologías permiten aumentar la esperanza de vida de aquellos que se lo pueden permitir, mientras el resto sufre cada vez más desigualdades sociales.
Entre tanto ruido, estalla una guerra mundial, en la que la mayor amenaza no son las bombas nucleares, sino las nuevas armas biológicas en desarrollo. La carrera por diseñar la más letal corre como corrió en la década de los 40 y a estas alturas cabe preguntarse...
¿Dónde estaba el límite?