Sin corazón no se puede amar

Luces de hospital. Sangre. Médicos. Gritos. Más sangre. Solo escucho las voces de los médicos y de las enfermeras. Los latidos de mi corazón, cada vez son más lentos. Y, de repente, todo se apagó.
Un mes antes
Sonó el despertador por la mañana y con voz alta y clara dije: “Niki, apaga la alarma”. Me levanté y le di otra orden a mi dispositivo de confianza, Niki,: “Niki, sube las persianas”.
Me dirigí a la cafetería que hacía esquina en mi barrio, esa de las galletas de chocolate que tanto me gustan. Fui a la máquina y encargué mi desayuno de todos los días: café con leche y mis galletas favoritas. Ese día decidí pararme un rato y disfrutar de mi desayuno en la cafetería. Lo que no esperaba era todo lo que conllevó esa decisión.
Vislumbré a lo lejos el robot camero con mi desayuno, pero, antes de que alcanzase mi mesa, un hombre alto, moreno y despistado tropezó con él, tirando mi desayuno y el suyo. Acto seguido, me levanté para ayudar. El robot se desconfiguró y tuvieron que llevarlo a fábrica.
Yo me centré en el hombre que tenía a mi lado en el suelo y, cuando fui a asistirlo, este se giró y me sonrió. Vi algo en su mirada que hizo que me ruborizase. Le ofrecí tímidamente mi ayuda y, tras aceptarla, me invitó a un café. Charlamos durante horas y, cuando quise darme cuenta, no había hecho ninguno de los recados que tenía pendientes. Fue por eso por lo que tuve que despedirme de Marco, aquel chico que se cruzó con mi desayuno. Ese fue nuestro primer café de muchos.
Salí de la cafetería, me puse los cascos y le pregunté la hora a Niki. “Son las doce y media de la mañana, hoy es 4 de mayo y hace sol”, me dijo. Siempre que le preguntaba por la hora me decía todo de carrerilla. Me divertía.
No paraba de pensar en Marco, en su sonrisa y en sus ojos. Quería volver a encontrármelo, pero no sabía si pasaría o lo de ese día sería una de esas casualidades que solo ocurren una vez en la vida.
Como ninguna de mis amigas estaba disponible en ese momento, decidí hablar con Niki un rato y le conté mi casual encuentro con Marco. Era como hablar con una persona más. Cuando la noche llegó a su cumbre, Niki me dijo: “Valeria, es hora de dormir”.
Al día siguiente, Niki volvió a despertarme y, al igual que el día anterior, volví a mi cafetería. Marco estaba allí. Se acercó y hablamos como si nos conociéramos de siempre. Repetimos esa rutina durante semanas hasta que un día nos organizamos para quedar por la noche y cenar.
En nuestra primera noche yo estaba muy nerviosa y tenía miedo de llegar tarde. Por eso le había programado a Niki avisos a cada momento que recordaran mi encuentro con Marco. En nuestra primera cita nocturna, me decanté por un vestido azul marino corto, con una pequeña apertura por la que mi pierna asomaba.
Llegué al restaurante y lo saludé. Se acercó, me miró y resaltó lo guapa que estaba. Antes de entrar, le pedí que no se tropezase con ninguno de los camareros robots. Se acercó a mi oído y me dijo: “Valeria, haré que esta velada sea inolvidable.” Lo consiguió. No olvidé esa noche nunca. Sobre todo, recordaba fácilmente ese primer beso que nos dimos delante de nuestra cafetería, la que pasó de ser “mi cafetería” a “nuestra cafetería”. Estábamos verdaderamente enamorados.
Y así, un día Marco se arrodilló y me dijo: “Valeria, ¿quieres casarte conmigo?". Le contesté un sí rotundo. Con la alegría del momento nos subimos al coche, encendí el GPS y dejé que este nos guiase a mi lugar favorito. El dispositivo daba a Marco las indicaciones necesarias pero, en un instante, todo se volvió borroso.
Lo único que recuerdo de aquel momento es la voz de Niki avisando a asistencia en carretera y a emergencias. Lo siguiente fueron luces de hospital y gritos de médicos y enfermeras. El latir de mi corazón se hacía cada vez menos notable. Y, de repente, todo se apagó.
Cuando desperté habían pasado varias semanas y tenía a mi lado a Marco. Algo había cambiado. Lo vi, pero no sentí nada. Mi corazón no reaccionó ante el contacto de nuestras manos. Fue entonces cuando el médico me explicó mi reciente operación de trasplante de corazón y que, ahora, tenía uno artificial.
En ese momento, comprendí que mi nuevo corazón me hacía vivir, pero no sentir. Tras una larga discusión con Marco dejamos nuestro romance y, como era de esperar, mi corazón no sintió pena, no sintió nada, porque sin corazón no se puede amar.
  • Hits: 151