Hijos de hierro.

En el año de nuestro Señor ****, seguramente no muy lejano de aquel en qué juré dormir para no despertar, conseguí vislumbrar en la lejanía de esta luz de estrella agotada que invade el campo de cadáveres en el que me encuentro, un hombrecillo con ínfulas nobiliarias, vestido de acuerdo a la misma, que gustosamente ofrecía su mano en respuesta a mis desesperados gritos de ayuda sin esperar nada a cambio. Al menos esa era la impresión que el gesto causó en mí.

(Se preguntarán quién soy yo, el mismo que les habla.

Soy la planta que busca la oscuridad, alguien que por momentos quisiera anular todo rastro de su existencia: convertirme en el narrador omnisciente del fin del mundo. En otros desearía que tal magnitud fuera el centro de millares de concilios de sacamuelas. Un espécimen extraño cuanto menos. El caso es que una tarde de agosto de la década de los veinte, con el cielo camino del anochecer, acordamos, y así hicimos, reunirnos los más distinguidos habitantes de las tribus selváticas que durante siglos estas zonas han reinado a fin de hallar estrategia alguna para la búsqueda de un refugio que nos protegiese de nuestros enemigos. Merecemos ser llamados humanos. Al final del día somos lo único que queda del hombre, descendientes de lo que digan, no importa. Cuando esas bestias sin corazón que lata ni cabeza que piense, de ojos no aptos para ser albergados en el estómago del cuervo, y cuya piel como algunos llaman es fruto de las minas que los seres primitivos de la ciudad explotaron, cuando esas cosas miran y encuentran la oportunidad de seguir imponiéndose, somos los únicos que las enfrentan. Enfrentamos a aquello que se supone que creamos, a nuestros hijos. A nuestros hijos de hierro. Sensata sería la rendición ante esos brazos herculianos que no sangran, sacudidos al son de sus felinas piernas que al cansancio no se rinden.

El mundo de día y noche que de niño conocí no se molestaba por ocultar todos aquellos signos de la tragedia por avecinarse. Mi padre, cuyo rostro no hay quien recuerde, solía decir que hemos de buscar en dirección norte, ¿sur?, ¿este?, oeste o fuera de órbita si se considera necesario, un destino llamado comodidad. Y yo digo, ¿en qué nos ha ayudado? Todo comenzó cuando quisieron perfeccionar el museo de autómatas. Hicieron a esos bichos sin oficio que les quedase por adueñar más grandes en detrimento de su amplitud. Palos calvos que han seguido una evolución parecida a la del hombre, quien ha jugado a ser Dios creando fieras a su imagen y semejanza por motivos que no alejados del disfrute sigo sin comprender. Les fueron dotando de peligrosas habilidades en habitaciones inaccesibles para todo buen mortal que en busca de la verdad se encaminara. Actuaban a modo de ordenador, cobijando grandes laberintos de microscópicos transistores, sabedores de tener que reaccionar ante los impulsos eléctricos que por sus circuitos rondan y que provienen de todo lo que en el exterior capta su atención. Y llegó el día en el que una especie en decadencia comenzó a desaparecer de un hogar que hacía poco que habitaba. No era difícil de prever. Regresamos a la primigenia bola de fuego cuando encendimos la mecha de la destrucción, haciendo del mundo un desierto inhóspito y nos convertimos en la débil presa de aquellas máquinas creadas para soportar todo tipo de condiciones a las que fuese sometida.

Todo desierto tiene su oasis. En él creo haber empezado el relato de este mundo. Si bien el verde se reduce a pasos agigantados, jamás imaginé estar aquí para contaros el día en el que pudiera alcanzarse el cenit de su desaparición.

Acabando con mi carta de presentación: aquella veraniega reunión de la que he comenzado hablando se vio interrumpida por el estruendo de las sombras y el ataque de nuestros depredadores.)

Se presentó a mí como Ted. Me preguntó si veía. Sí, veía. Pidió permiso para vendar mis ojos. Acepté, probablemente no fui yo sino mi temor. Ted guió mi camino. Minutos después me encontraba ascendiendo por un plano inclinado en treinta grados. Minutos después la inclinación apenas era notable. Me detuve. Algo se cerró, mis oídos no me mentirían. Ted me devolvió la vista. Lo observé, esta vez sin la ceguera que creía no tener cuando me encontró. Dicen que la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido. Lo que a mí me horrorizó fue ver en él mi más parecida criatura. Un espejo no alcanzaría a hallar diferencia. Me horrorizó lo que creía conocer. Yo no había luchado tanto tiempo eso. Contra eso no. ¿Podía estar equivocado? ¿Cuánto tiempo había dormido?
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