Lo que será el ser humano

Un mundo nuevo había llegado. Los humanos habían sabido arreglar sus errores pensando en las futuras generaciones.
La contaminación desapareció a partir del 2110, cuando se eliminaron todos los coches gasolina y se implementaron los eléctricos o los que utilizan un combustible alternativo como el agua o la energía solar. Además, en el año 2080, las fábricas emisoras de CO2 fueron cerradas o convertidas en unas más limpias.
Ahora se encontraban en el año 2155, y Sina Rose, una de las inventoras más destacadas de la década, se disponía a presentar su nueva invención: un dispositivo capaz de conectar los cerebros de las personas a Internet, llamada Cerebrus. Sin duda, esto supondría un gran avance para la humanidad, puesto que, cada vez más, se necesitaba disponer de más tecnología para vivir: las casas estaban totalmente compuestas por aparatos inteligentes; los coches, aunque tenían una autonomía total, requerían de un control por parte del piloto; la educación estaba dominada por la tecnología y los robots, etc.
En la presentación, Sina fue aclamada por la prensa y su cara apareció en todos los periódicos y revistas digitales. Sin embargo, lo que no sabía el público era que Sina pretendía controlar a la población con la implementación del chip. Ella, con sus propios ojos, había visto lo que era la sociedad antes, ya que, gracias a sus progenitores, pudo renovar las células viejas y transformarlas en jóvenes, permitiéndola vivir mucho más de lo establecido. Vio cómo sus padres morían a manos de los ingobernables y cómo éstos sometieron a la mayoría del mundo al caos y al desastre. Así que la única solución que encontró para que no volviera a pasar aquello fue controlarlo todo.
Casi un año después, el 4 de enero de 2156, se anunció la inauguración de un centro donde se instalaban los dispositivos, supervisado, claro está por la empresa de Sina Rose: Inn&Tech. La mayoría de las personas del país acudieron el mismo día aprovechando las vacaciones de Año Nuevo. A partir de ese momento, todo sucedió rápidamente: se abrieron mucho más centros por todo el mundo, las actualizaciones de Cerebrus hicieron que se apareciesen nuevas funciones que camuflaban su verdadera función.
Unos meses más tarde, el 98% de la población mundial ya tenían conectados Cerebrus, Sina Rose, en la oficina principal, disponía de un panel con diferentes opciones entre las que estaban eliminar determinadas intenciones malignas para que no ocurriesen eventos inesperados e innecesarios. Por la noche, cuando ya casi todos estaban dormidos, hizo una pequeña pausa para dar un paseo por un parque cercano. Metida en su mundo, vio a lo lejos a una chica de unos trece años sentada en un banco debajo de la única farola en 25 metros. Se acercó y pudo observar que estaba leyendo un libro de los antiguos: de papel, uno de esos que hacía años que no se producían en ningún sitio. Se sentó a su lado observante.
—¿Qué lees? —preguntó mirando de reojo el libro.
—Lo que será el ser humano de Jack Smith —respondió pasando las páginas hacia atrás para mostrarla el título y el autor.
—¿Y de qué va? —cuestionó con curiosidad.
—Pues como el título bien dice, Jack plasma en este libro sus pensamientos sobre el ser humano del futuro, teniendo en cuenta los avances presentes en el 2099, año en el que lo publicó.
—¿Y tú qué piensas al respecto?
—Su percepción era muy diferente a como es ahora el mundo: él quería que fuésemos libres de la tecnología, es decir, que no nos convirtiésemos en seres dependientes de ella y eso es justo lo que somos. —Hizo una pausa cerrando el libro y mirando a Sina—. Yo quiero que nos dediquemos a buscar esa libertad que anhelaba Jack. Los aparatos electrónicos no hacen más que controlar nuestras vidas y eso no es libertad. —Acompañó sus palabras con un gesto de negación con la cabeza.
—¿Y si es mejor que seamos controlados para no provocarnos daño? —preguntó intentando saber su opinión con respecto a sus intenciones con Cerebrus.
—El ser humano es así, es parte de su naturaleza y por tanto, no es posible cambiarla —argumentó segura. De repente, su reloj empezó a sonar, lo miró y se levantó del banco—. Me tengo que ir, ha sido un placer conversar contigo —se despidió corriendo con el libro en la mano hacia un edificio lejos de allí.
Volviendo a su oficina pensó en la conversación. Tenía razón. Su padre también leyó ese libro y la había inculcado el mayor deseo del humano. Se sintió culpable por intentar quitar ese derecho al mundo entero. Así que, cuando llegó al panel de control, eliminó todos los programas instalados para el control de las mentes y se centró en nuevas ideas para evitar o minimizar futuras confrontaciones.
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