EL TIEMPO ES ORO

Todo empezó cuando tenía 17 años e iba a primero de bachillerato. Una mañana, a mediados del curso, me desperté con dolor de cabeza y con la nariz sangrando abundantemente, pero puesto que la noche anterior había salido con mis amigos, no me asusté y opté por pensar que era algo normal: así que decidí ir al instituto como de costumbre. La mañana transcurrió con normalidad. Tras el descanso tenía clase de lengua castellana. Cuando el profesor apareció por la puerta, lo hizo con una especie de cronómetro o cuenta atrás sobre su cabeza. Al verlo me extrañé y me giré a ver las caras de mis compañeros, pero no percibí sorpresa en sus expresiones. Pregunté a mi compañera de mesa qué era aquello que tenía el profesor sobre la cabeza, pero su respuesta fue una mofa sobre el pelo, así que entendí que no lo estaba viendo. Entonces, me fijé en lo que ponía: “4 días, 2 horas y 14 minutos”. Lo ignoré por completo.
Al día siguiente aquel profesor no vino, pero como lo ocurrido el día anterior había pasado completamente por desapercibido para mí, lo pasé por alto. A los pocos días recibimos la noticia de que aquel profesor había fallecido, fue entonces cuando me paré a pensar detalladamente en lo ocurrido el primer día. Aquello había sucedido hacía 5 días y justamente coincidia con el tiempo que indicaba aquella especie de cuenta atrás. Me asusté, pero quise pensar que era algún tipo de coincidencia o incluso alucinación.
Poco después de todo lo sucedido me volvió a aparecer otra cuenta atrás en una de mis amigas y compañeras de clase, Olivia, pero esta vez indicaba menos tiempo: “1 día y 7 horas”. Como tenía confianza con ella, la invité a mi casa a pasar la noche y tratar de averiguar si ocurría algo o no. Accedió. Quedamos después de comer en mi casa y pasamos la tarde hablando y viendo películas. De vez en cuando miraba la cuenta atrás y veía cómo se iban descontando las horas. Cuando llegó la noche, Olivia me dijo que al día siguiente debía despertarse pronto porque había hecho planes. Mi mente, retorcida quizás, pensó que lo mejor sería que no acudiera a aquella cita por precaución, así que decidí poner la alarma una hora más tarde para ello. A la mañana siguiente me levanté y vi que Olivia no estaba a mi lado durmiendo y me asusté, pero de pronto escuché el exprimidor y me relajé. Cuando vino, lo primero en lo que quise fijarme fue en la cuenta atrás: ¡había cambiado y había aumentado el tiempo!
A partir de aquel día me di cuenta de la habilidad que había adquirido, la misión que tenía y la responsabilidad que todo ello comportaba.
Poco a poco, y a medida que lograba aumentar la esperanza de vida de ciertas personas, iba creciendo el número de las cuales debía ayudar. Hasta entonces había logrado salvar la vida de todas las personas de las que tuve oportunidad, pero eso suponía mucho estrés para mí. Mi calidad de vida empeoraba a medida que la de los demás mejoraba gracias a mi pequeña ayuda. Mi pelo se caía, mis ganas de comer se esfumaban y dormir me suponía imposible debido a la responsabilidad que conllevaba en mí saber que una persona podía morir si yo no hacía nada al respecto.
Hace dos días me desperté temprano tras haber tenido una pesadilla. Fui al baño a lavarme la cara, y al mirarme en el espejo no pude creer lo que veían mis ojos: tenía una cuenta atrás sobre mi cabeza . Me quedaban solamente 1 día y 14 horas de vida. Tenía que aprovecharlo. En primer lugar, pensé en mi familia, así que decidí ir a verlos. Comí con ellos y disfruté al máximo de la que era la última vez que iba a verlos. Decidí pasar la tarde con mis amigos, mi segunda familia. Y por último, fui a casa a darme tiempo a mí, y aprovechar las pocas horas que me quedaban. A disfrutar y darme placer, ver lo que yo quería, hacer lo que yo quería. Durante mucho tiempo, por tal de ver disfrutar a los demás de su vida y su tiempo, he estado dejando de lado a los míos y he dejado de hacer lo más importante: cuidar y preocuparme por mí.
Había sido uno de los mejores días de mi vida. Había podido descansar y disfrutar de lo que más me gustaba hacer. Antes de acostarme quise refrescarme. Me dirigí al baño, encendí la luz y me miré en el reflejo del espejo: la cuenta atrás había aumentado.
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