¿Y si el Universo no fuera en realidad lo que pensamos que es?

Todo comenzó con un nombre: Gaia. Una simple palabra había hecho que yo me encontrara presente en un bucle temporal, avanzando cada vez al mundo de lo microscópico, atrapado en aquello que llaman el mundo cuántico.

Pongámonos en contexto, la primera cosa que recuerdo es estar en clase de biología, ese día estábamos hablando de la reproducción celular, dícese, mitosis y meiosis. Cuando, derivando en otros temas llegó a mis oídos una palabra: Gaia. Me sonaba familiar, pero no permanecía en mi memoria recuerdo alguno que me ayudase a descifrar el significado de esta. Así que, llevado por mi curiosidad me dispuse a averiguar su procedencia. En primer lugar decidí consultarlo en internet. Resulta que era una teoría que afirmaba que la Tierra era un ser vivo -“Qué tontería”- pensé yo. Pero tras una leve reflexión se me abrió la mente, ¿podría ser nuestro planeta en realidad un organismo vivo?. Decidido a llegar a una conclusión, cavilé: “qué mejor forma que analizarlo desde un punto crítico”. Para que algo sea considerado vida, debe poder cubrir las funciones vitales de nutrición, relación y reproducción.

En cierta medida, la Tierra se alimenta de los restos biológicos que dejamos los animales y personas al morir, eso posibilita la existencia de plantas y en consecuencia que estas realicen la fotosíntesis y liberen oxígeno por los estomas a la atmósfera. En cuanto a la función de relación, quedé ojiplático al descubrir que desde hace miles y millones de años la Tierra ha permanecido con una temperatura constante de 20ºC, mientras el resto de planetas iban aumentando en temperatura con el crecimiento respectivo de nuestra estrella solar. Eso supone que La Tierra es y ha sido capaz de recibir un estímulo y en consecuencia elaborar una respuesta en forma de termorregulación, manteniendo así la temperatura idónea para la existencia de vida.

Por otra parte, recordé una noticia que leí hace tiempo, esta comentaba que hace cien años, antes de tener la pandemia de Sars-2, Europa había sido asolada por otra pandemia, la denominada gripe española (cabe mencionar que esta enfermedad es originaria del continente asiático y no de España, el nombre fue acuñado erróneamente). Anteriormente a esta, la humanidad había sufrido millones de muertes a causa de la propagación de la peste. Y no hablar de catástrofes naturales… Así que llegué a la conclusión de que los humanos podríamos ser un parásito y que la Tierra trata únicamente de defenderse de nosotros a base de enfermedades, terremotos, maremotos, plagas, etc. Y de igual manera que los microorganismos patógenos evolucionan y son capaces de sobrevivir a nuestros medicamentos, el ser humano se las había ingeniado para hacer frente a las defensas del planeta.

Dicho esto, procedí a examinar cómo podía relacionar la reproducción de una célula con un planeta, parecía impensable, pero como siempre, la realidad supera a la ficción. Me bastó con observar imágenes del telescopio Hubble para confirmar mi teoría.

En ciertas imágenes del universo podía observarse dos polos que recordaban a los ciclos de anafase y telofase de la división celular. Eso explicaría el distanciamiento entre galaxias causado por el Big Bang, ya que unas serían copias de otras y ambos núcleos se estarían alejando entre ellos igual que lo harían los de una célula. Además, los microtúbulos del huso que tiran de cada una de las cromátidas durante la anafase equivaldría al tejido espaciotemporal. Una vez entendido esto, si es que hay forma de hacerlo, llegué a la conclusión de que si una galaxia tiene la misma forma que una célula, tal como dicen otras teorías muy curiosas, nuestro universo podría ser meramente parte de un organismo superior, y que nosotros fuéramos, por ejemplo, una célula hepática . Extrapolando esta idea, que el universo es parte de una célula de un organismo, apliqué la lógica para llegar al siguiente razonamiento: “Yo soy un organismo vivo, entonces, mis células tal como propone esa teoría, están formadas de universos”.

Una vez planteada dicha teoría sólo tenía que demostrar su existencia. Durante los próximos seis meses me dediqué íntegramente a pensar en cómo podía hacerme tan pequeño, reducirme tanto, como para entrar en una célula humana. La respuesta llegó de manos de la física cuántica.

A partir de ese momento desarrollé diferentes prototipos de trajes, vehículos y máquinas empequeñecedoras. Pero no siempre salen las cosas como queremos. Desgraciadamente hubo un fallo que repercutió en una prueba, y accidentalmente empecé a encogerme tanto y tanto que llegué a entrar en la célula epitelial de una muestra de tejido, pero, ¿sabéis que encontré dentro?. Un universo alternativo al nuestro: ¡mi teoría se había confirmado y había descubierto la existencia de multiversos! El lado negativo era que el proceso seguía sin cesar, entrando en nuevas células descubriendo así más universos alternativos y empequeñeciendo hasta la eternidad.
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