La máquina cc

Hace mucho tiempo, por allá en 2024, se creó un artefacto extraño que marcó un antes y un
después en la humanidad. Era una máquina, muy misteriosa, de la cual muy pocas
personas sabían cómo funcionaba o qué hacía: casi nadie conocía su existencia. A medida
que fueron pasando los años, esta máquina ganó más y más fama, siendo mejorada cada
año. En 2056 ya había más información que antes y el conocimiento sobre la máquina era
más accesible. Un científico ruso me dio a conocer esta obra de la ingeniería en el 2076,
cuando yo tenía veinte años. Me considero una persona muy curiosa, así que no dudé nada
en empezar a investigar sobre ese tema. Descubrí que nadie sabía exactamente lo que
hacía ese aparato, solo lo sabían quienes la habían usado, que desaparecieron y nunca
más volvieron.
La máquina era un cilindro enorme de color blanco con piezas de color azul cielo. No
aparecía mucha más información en internet, ni en los archivos de la universidad en la que
Mikhail trabajaba, así que quise saber más sobre este artefacto. El científico ruso, Mikhail,
me ayudó bastante en eso. Me puso en contacto con gente que tenía contacto acceso
directo a esa máquina y llegué a ella con facilidad. Después de veinte días buscando como
llegar a ese hito tecnológico, ahí estaba con Mikhail, en un búnker alemán aislado y
protegido perdido de la mano de Dios. Pasamos por unos cuantos registros para ver que no
llevábamos nada que pudiera revelar información confidencial, armas o cualquier cosa
mínimamente sospechosa o peligrosa. Después de eso, estábamos delante de la enorme
máquina, con los ojos abiertos como platos y una expresión de ilusión, fascinación y
emoción. No me lo creía. Mikhail tampoco.
— Esta máquina es el mayor invento del ser humano —dijo entusiasmado Mikhail—
¿Cómo funciona?
Un científico nos miró de arriba a bajo y gritó algo en búlgaro que no entendí, y cuatro
guardias nos agarraron a Mikhail y a mí, luego sentí un pinchazo y no recuerdo nada de lo
que pasó justo después.
Despertamos en una sala pequeña, en forma de cubo. Las paredes eran de un blanco
impecable y todo estaba muy limpio. Miré un reloj y marcaba las seis y media de la tarde, y
la última vez que miré la hora, antes de entrar, eran las doce en punto. A mi lado, estaba
Mikhail, aún inconsciente, atado de piernas y brazos en una silla enorme de hierro, solo
cuando vi eso me di cuenta de que yo también estaba atada. De repente se oyó un ruido
muy fuerte en la puerta del lugar y entraron seis personas; dos doctoras, tres hombres de
traje y una mujer con un vestido rojo. Una de las doctoras abrió el maletín que llevaba un
hombre de traje, y ahí empecé a gritar que me soltaran. Lo último que recuerdo después de
los gritos es un pinchazo de nuevo, y luego despertarme en una plataforma vertical, atada
de todo el cuerpo a ésta, con una seguridad inquebrantable. Empecé a gritar nuevamente,
pero no me quedaba voz. Tragué saliva con dificultad y estuve tres minutos intentando
gestionar todo lo que sentía, porque sentía que me iba a morir y hasta me costaba respirar.
De repente, la plataforma vertical donde me habían atado empezó a girar, solo entonces
supe donde me encontraba; estaba en la máquina. Estaba en el interior de la máquina que
había investigado durante mucho tiempo, y sin mi consentimiento. Jamás pensé que me
iban a usar como un mísero objeto de pruebas científicas, cual rata en un laboratorio…De repente, se empezaron a oír ruidos extraños provenientes de la máquina cuenta
cuentos. Un silencio devastador cuando los ruidos cesaron llenó esa enorme sala llena de
personas esperando el final de la historia.
— Jacob, Jacob —dijo una de las encargadas por el walkie—. El cuentacuentos está roto.
No podemos continuar la historia
— Depender de una máquina es horrible. Que continúe Jane. —respondió Jacob, bastante
cabreado.
— No se la sabe, nadie sabe el final. Era un cuento nuevo, salió ayer… —comentó a
mucho pesar susurrando mientras salía de la sala.
— Pues nada, invéntate tú un final.
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