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Te vienes a mi casa

Otra jornada más volvía a sonar el despertador a las seis de la mañana.
Se duchaba, desayunaba, se despedía de su mujer y su hija, tomaba las llaves de casa y del coche, el casco y el chaleco amarillo.
Eran más de diez años de rutina semanal manejando la retroexcavadora en las grandes obras públicas. No era lo que aquel lejano Tomás había soñado de niño, el de ser de adulto aquel Indiana Jones que le encandiló en el arca perdida, el templo perdido y la última cruzada.
Pero los derroteros de la realidad de su familia, de su juventud y de su estima lo habían alejado de las grandes aventuras de la arqueología.
Ese otro repetitivo día, la fina lluvia de un invierno aún rebelde, había hecho acto de presencia.
Encendió el motor de la enorme máquina, los demás compañeros de trabajo arrancaban los de los camiones y al unísono comenzaba el ciclo de desgarre de tierra de la ladera que iban a atacar, proyectando una nueva autopista que dejaría cicatrizado el paisaje.
Llegaba la hora del descanso para el bocadillo de las diez de la mañana y los camiones detuvieron la marcha junto al aparcamiento provisional y a Tomás le llamaron la atención para que se detuviese y bajase con el sonido de los claxon.
Antes de apagar el motor, apoyó el cazo hacia el suelo y de entre el montón de tierra y piedras restante, le sobresaltó ver una figura con forma de cuerpo humano de entre el mismo. Pensó que se trataba de un cadáver, le costó tragar saliba y su corazón se aceleró, bajando temeroso de que no fuera cierto.
Se colocó el chubasquero, bajó de la máquina y sus botas se hundieron un palmo en el barrizal que le rodeaba, lo que le dificultó caminar hacia el montón.
Localizó la figura semienterrada y sintió un gran alivio al comprobar que era de piedra, agarrándola con sus manos e removiéndola, dejando que se fuera cayendo poco a poco y mostrando un cuerpo femenino estilizado de poco más de un metro de estatura, labrado con delicadeza y con la cabeza adornada de abalorios.
Por su cabeza pasó primero el asombro, luego la responsabilidad de avisar a su superior. Después, se acabó viendo como el Indiana Jones que un día quiso ser y respiró tranquilo, miró a un lado y a otro para comprobar si había alguien alrededor, y empezó a rodar la figura hacia el cazo de su máquina, encendió de nuevo la máquina y la dejó junto a un montón de tierra que ese día no se iba a mover.
Se fue al descanso con su mente indecisa de que hacer realmente, con su cuerpo nervioso por si acaso algún compañero lo pudiera descubrir.
Al regresar a la actividad y al reanudar la excavación de aquel tramo de ladera, se volvió a encontrar con trozos de un gran muro asentado. Detuvo la máquina y llamó por el walkie a su superior. Este, al escuchar lo que Tomás le comentaba y con absoluta calma, le respondió que hiciera como que no viera nada y siguiera extrayendo tierra y piedras. Y esas piedras, también.
Sabía lo que quería decirle: la obra no se podía frenar y retrasar por unos indeseables restos arqueológicos, tal como otras veces le había contestado. El dinero era el dinero, y no quería su jefe tener allí el obstáculo de arqueólogos.
Al alter ego de Tomás se le rompía el alma tener que obedecer sin rechistar y fijó su mirada en aquel montón de tierra que no iba a tocar, allí donde había dejado la figura. Y en voz baja, se dijo “te tengo que salvar”.
Llegaba el final de la jornada, la persistente lluvia no había dejado tregua alguna y puntuales, sus compañeros se fueron yendo, haciéndose el despistado.
Estiró el brazo de la máquina, el cazo recogió la figura y se dirigió con ella hacia el aparcamiento. Abrió la puerta trasera de su furgoneta, colocó unos tablones y depositó la figura junto a ellas y con muchísimo esfuerzo, fue moviéndola hasta el interior.
Aparcó la retroexcavadora, subió al coche con su cuerpo calado de agua, con el miedo de estar incumpliendo normas y leyes, pero en su conciencia estaba el alivio de haber rescatado aquella mujer de piedra.
Se giró sobre el asiento y allí la vió, percatándose de la pequeña sonrisa con la que ella le agradecía su auxilio, con las pupilas marcadas de un intenso color negro y en las que Tomás sintió que estaba haciendo lo que debía.
“Te vienes a mi casa”, le dijo emocionado Tomás Jones.
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