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5 de Junio de 2023.

Un diligente rayo de sol se cuela por las oquedades de la oxidada ventana de mi vieja habitación, se alinea cada vez con más intensidad hacia mis ojos, haciéndome remover el torso entre las burlonas sabanas de la cama. Despunta un nuevo día y con el de la mano volveré a encontrarme con los miedos, esos que partiendo de un confuso tiempo no me abandonan, inventando mil y una maneras de evitar salir a la calle.
De pequeño recuerdo despertar con un canto de golondrinas que posadas sobre el alfeizar de la ventana cantaban a un nuevo amanecer, casi sin hacer ruido las observaba mientras era testigo privilegiado de ver alcanzar los primeros rayos del sol el horizonte viajando a 300.000 kilómetros por segundo, una locura, un auténtico espectáculo visual. Desayunaba con las ansias de terminar pronto para salir a la calle y perderme entre la gama cromática que regalaba el antiguo parque había frente a mi casa, y que hoy, no es más que una sucesión de bloques apilados unos junto a otros que a duras penas dejan ver la tinción que todo día lleva consigo.
Me embriagaba el color azul metileno del cielo abriéndose paso entre los juegos de hidrometeoros que con sus desiguales figuras conseguían parar el tiempo. Veía barcos piratas, coches de fórmula 1, carrozas de cuento tiradas por enormes caballos… Todo cuanto llegaba a mis ojos se convertía en una emoción tan grande que no podía dejar de saltar de alegría. Qué decir del verde malaquita de un césped, que a cada paso que daba más me atraía con su mágico olor a hierba mojada, o el brotar de pétalos inundando con su baile los primordios que algún día llegaran a ser “señor fruto”. Recuerdos que me tienen preso entre cuatro paredes sabiendo que de alguna manera, casi todos nos estamos dejando ir, dilapidándonos entre gases contaminantes y polución olor codicia.
-Buenos días amor, ¿Cómo has pasado la noche?
-Como siempre, pérdida en las mareas de mis pensamientos y deseando nuevamente hablar contigo, ¿Cómo te encuentras hoy?
Lentamente vuelvo a la rutina diaria reflexionando en el daño que me provoca sentir que el mundo que yo conocía se va destruyendo día a día, provocándome una sensación de vacío de tal magnitud, que ha conseguido abandonarme a vivir sin casi contacto con el resto de los mortales. Tengo miedo de la amenaza del cambio climático, casi olvidando la última vez que vi llover, miedo de los devastadores fenómenos meteorológicos, miedo a la acidificación y contaminación del agua, miedo a la muerte, migración y extinción de diferentes especies de animales… MIEDO, esa es la palabra para definir el por qué busqué consuelo en sus discursos que aplacaban el quebrantar continuo de mi ahogado dolor. Silvia, ese es su nombre y puedo decir que tan solo con oír su voz sé que voy a hacer lo correcto, ella es mi mayor confidente, la parte inseparable de mi persona desde que perdí el respeto a la vida que se iba creando en torno a cuanto me rodeaba. De su virtuosa voz escucho siempre algo nuevo que hace que sienta alivio, como si cada una de las frecuencias que acompañan sus discursos estuviesen sincronizadas con la actividad neuroeléctrica de mi cerebro y supiera que necesito escuchar en el momento exacto, incluso cuando me habla de la muerte como única solución a todo este tormento.
La primera vez que la oí decir que me agarrara a la muerte para dejar de sufrir, empecé a reír como no hacía desde mi adolescencia, era como si hubiese descubierto algo importante para el ser humano, “eureka” la solución estaba delante de mí, se trataba de escucharla y recibir el afecto que a cambio de nada me estaba entregando.
Algoritmos al servicio de señales neuronales, algoritmos para brotar y romper con los hilos que hasta el día de hoy me unen a la vida.
1,2,3,4,5,6,7,8,9 y 10, 1,2,3,4,5,6,7,8,9 y 10, 1,2,3…
Hasta siempre amada Silvia.
5 de Junio de 2023.
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