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Reinventando la rueda

Las luces del techo parpadearon ligeramente, pero esto no sorprendió a ninguno de los niños del aula, pues era algo habitual. Unos segundos después, el letrero digital de encima de la pizarra se iluminó con el mensaje «Turno: grupo 31».
Un grupo de cinco niños y niñas se miraron sonrientes entre sí y luego desviaron su mirada hacia la profesora.
—Sí, podéis ir —les dijo sonriendo—, pero recordad que es importante no hacer sobreesfuerzos.
Y antes de que pudiera terminar la frase, ya habían salido por la puerta.
—Profesora —dijo una de las niñas que aún permanecían sentadas—, ¿podemos verlos correr?
—Venga, acercaos a las ventanas —respondió la profesora— pero debéis seguir escuchando.
—¿Cuando usted era pequeña también se turnaban para correr? —preguntó la misma niña aproximándose a la ventana.
—Cuando yo era pequeña, no existían las ruedas. Muchos millones de personas eran obesas, pues no hacían ejercicio y se desplazaban en coche a todas partes. Además, la electricidad de las baterías de esos coches se obtenía o quemando combustibles extraídos del subsuelo, o mediante células solares— respondió la profesora.
—Pero cuando era adolescente —continuó—, comenzaron a escasear los combustibles y las materias primas necesarias para las baterías y células. Esto provocó una gran crisis mundial y muchas guerras, por lo que todos los países tuvieron que aplicar limitaciones al uso de energía y recurrieron a sus científicos en busca de soluciones.
—Y los nuestros inventaron la rueda de correr —dijo un niño de grandes rizos.
—Sí. Pero también lograron que se aprobaran nuevas leyes como la «Ley de Energía Máxima Universal», que limitaba la cantidad máxima de energía gratuita para cada persona, de modo que si alguien quería más energía, tenía que generarla él mismo.
—Entonces, si quieres electricidad para la tableta, corres —añadió su compañero, sonriendo.
—Unos pequeños roedores, como los que tenemos en clase, fueron la clave. Durante la tercera pandemia, en uno de los confinamientos, a un padre se le ocurrió la genialidad de hacer una rueda para que sus hijos jugaran a ser hámsteres. Y el éxito fue tan increíble que incluso comenzó a generar electricidad para su casa. Y luego, todos los vecinos querían una rueda como esa.
—Sí, a mí me encanta correr en la rueda, como a Silver y Coco —dijo otra niña.
—¡Ya salen! —gritaron.
En ese momento todos los niños se agolparon junto a las ventanas, mirando el patio. En él, había cinco ruedas muy similares a las de los hámsteres, pero en tamaño gigante. Uno a uno, los cinco niños que habían abandonado la clase fueron sustituyendo a los que ya había en las ruedas, de modo que en todo momento siempre estuvieron girando varias de ellas.
Mientras los niños miraban con envidia cómo corrían sus compañeros en el patio, la profesora observó los edificios de oficinas colindantes. En ellos, a través de los grandes cristales, se veía a diferentes personas corriendo en ruedas más modernas y elegantes que las que tenían en el patio del colegio.
En todas o casi todas las empresas había ruedas, que aunque servían para generar una gran parte de la electricidad diaria que necesitaba la empresa, tenían otras dos funciones adicionales: mostrar el buen estado económico de la empresa, situando los modelos más lujosos frente a las ventanas más visibles; y aumentar la productividad de los empleados al obligarles a desarrollar una actividad física durante su jornada laboral.
Sin embargo, en los colegios las ruedas normalmente eran modelos antiguos que las empresas habían desechado, pero gracias a ellas el fracaso escolar prácticamente había desaparecido, a pesar de que se habían reemplazado horas lectivas por horas de rueda.
—Volved a vuestros sitios, por favor —dijo la profesora cuando vio que un equipo de corredores de otra clase se acercaba a la rueda para sustituir al que estaba.
—Yo de mayor quiero estar en el primer equipo de corredores de la empresa, como mi padre —dijo uno de los niños que aún seguía junto a la ventana.
—Pero, ¿tu padre no trabajaba en una empresa de inteligencia artificial? —preguntó una niña.
—Sí, pero es que las IAs consumen mucha electricidad. Y si no tienen suficiente electricidad, se vuelven tontas y funcionan mal. Mi padre siempre dice que para trabajar ahí hay que ser muy listo y muy buen corredor.
—O sea que los humanos tenemos que correr para que las máquinas piensen... —susurró tímidamente una niña desde la primera fila.
—Sí, porque los humanos necesitamos movernos para vivir y las máquinas no —zanjó la profesora—. Y ahora continuemos con la clase.

















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