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Divergencia

“Tiene forma de T. La puerta tiene una gran forma de T. Y no quiero pasar por ella. ¿Quién haría una puerta con forma de T? La T podía cambiarse tan rápidamente por una C. La C tiene forma de boca y te puede comer, pero es peor la G. Sólo tiene un diente. ¿Cómo comes con un solo diente?. Royendo, desgarrando poco a poco contra la otra encía los tejidos más blandos primero. Epidermis, dermis… Luego el dulce y jugoso músculo aunque el tendón es demasiado duro. Tarda. No quiero que la puerta tarde en comerme.“

Su mente bullía haciendo los cálculos de la probabilidad en la que una Timina podía sufrir una mutación por una Citosina; y a su vez la probabilidad de la mutación de la Citosina en una Guanina.


En general, la tasa de mutación es muy pequeña. A veces, los biólogos la toman por poquita cosa y dan por hecho una tasa más o menos común. Eso es lo fácil, en el ser humano. Pero Ernesto, no podía desestimarla. Tenía muchos análisis que hacer. Tenía que calcular el tiempo que había pasado desde que dos poblaciones de langostas se separaron. O divergieron cómo malamente explica conocidos y amigos. Cómo cuando salían a tomar algo, en los pocos momentos que el doctorado le dejaba libre, él de verdad que lo intentaba. Realmente, él se esforzaba. Al menos, al principio. Pues sólo obtenía preguntas a cambio. “¿Cómo tardas tanto tiempo?”. “¿Eso para qué sirve?”. “¿Pero tú cobras por esto?”. Preguntas y silencios. A veces él también se hacía esas preguntas. Y le entraban prisas por poder darle un todo a su tesis, conseguir concretar el trabajo de todo ese tiempo no sólo para sus conocidos si no también para él mismo. Pasar de muchos datos a la pieza de conocimiento. Y por ello siempre tenía las prisas detrás de su nuca haciéndole avanzar más rápido, apresurado, intenso.

Esas emociones seguían en su cuerpo, en el estado latente que la pesadez mental que las pantallas de ordenador otorgan, cuando encontró un programa. Un script, un pequeño código, que le permitiría continuar su trabajo. Se había preparado su café esa mañana, para quitar ese velo insoportable e improductivo de encima y se había dedicado a navegar. Por la red claro. Ernesto lo había recuperado de foros de la web, sorteando todas las trampas que las antiguas construcciones dejaban a los Indiana Jones cómo él. Antiguos hilos de emails que habían pasado de moda mientras él ni había entrado en la carrera, enlaces rotos o que llevaban a callejones húmedos, sin salida, claustrofóbicos. Allí estaba el script, escrito por un anónimo en una respuesta a una petición en un foro de bioinformáticos de finales de los 90; dos horas después de comer. Estaba en un lenguaje de programación muy antiguo, Kobold. El café llevaba varias horas frío, y tocaría volver a calentarlo para trabajar en esto. Apenas entendía lo que estaba escrito. Pero le entró curiosidad. Y decidió probar con sus datos. Era tarde cuando terminó de cambiar el formato de sus datos y lanzó el programa. Parecía funcionar. Las letras se iban sucediendo. Por alguna razón quien lo programó no quitó las funciones para imprimir en pantalla, funciones que usas para ver cómo se ejecuta el programa, para ver sus entrañas funcionando. Todas las posiciones de sus muestras de ADN se estaban imprimiendo en pantalla. Oleadas de A, C, T y G; cambiantes, serpenteando en una cascada infinita. Su café se había helado, otra vez. La oficina era un cementerio de monitores con la luz de la tecla de encendido a medio gas. Seguían ejecutándose esas malditas letras bajo la mirada de Ernesto. Algo no iba bien, sus archivos no eran tan grandes y probablemente sólo estaba viendo un bucle infinito. Trató de matar al comando, pararlo con otro comando. Y lo consiguió. Por un momento de respiro. Las constantes letras continuaban corriendo por la terminal formando patrones imposibles que desafiaban a toda lógica que una pantalla bidimensional podía ofrecer. Formaban vida bajo sus ojos, vida libre. Vida que rompía con la dimensión de unos y ceros, que se desbordaba por la pantalla expulsando el fétido hedor del coltán quemando el chip del ordenador.

Ernesto tenía 27 años cuando sus compañeros de doctorado descubrieron a su colega desmayado sobre el monitor por un colapso nervioso. Ernesto tenía 27 años cuando pasó por la puerta con forma de T del psiquiatra de la seguridad social. Ernesto tenía 27 años cuando descubrió lo que no debía en un viejo programa compartido por un anónimo de internet.
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