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EL MITO DE TARSIS

Érase una vez un pueblo habitado por dioses. Sus tierras eran fértiles y sus ciudades grandes y magníficas. Tenían fuertes bestias con las que cabalgar desde la arcillosa dehesa a la blanca costa y sus hijos eran hermosos niños con ojos de luna. Los dioses y las diosas vivían felices y llenos de riqueza, cubrían sus cuerpos con joyas de bronce y oro y tomaban todo aquello que la tierra les daba, generosa. Así pasaron muchos años, creciendo y creciendo en su gloria.

Pero, un buen día, llegó un viejo sucio y harapiento, decía que venía del otro lado del mundo, que había cruzado desiertos y océanos para encontrar a aquel pueblo tan rico y fastuoso del que todos hablaban en uno y otro confín del mundo. Que tenía un importante mensaje que dar:

—Aunque no me conocéis, yo os he visto mucho antes que ahora. En las claras noches de luna llena, cuando mi cuerpo duerme, contemplo vuestra desgracia y la del mundo. Sueño con negras aguas, lluvias torrenciales y también tierras quebradas por el sol. Grandes incendios y muchísimo calor. Animales agonizando en extrañas redes de pesca, malditas semillas de colores que envenenan el planeta y todo lo que en el habita. Sueño con el pájaro tricéfalo de la enfermedad, la muerte y el hambre—así dijo, con la mirada turbia del que sufre por saber.

Los dioses y las diosas no le creyeron. ¿Por qué había de pasar tal cosa? ¿Qué habían hecho ellos para merecer un futuro tan negro? La vida les sonreía y el cielo no proyectaba tormenta alguna, ni terremoto letal.

—No puedo deciros más que lo que estos pobres ojos han visto, los sueños no son pulidas estelas de piedra donde el futuro se dibuja, solo sé, como una verdad que no puede ser explicada por el común pensamiento, que los culpables de estos terribles augurios son vuestros hermosos hijos. Y da igual lo que hagamos, pues se cumplirá—dijo, triste, el viajero.

Después de tamaña ofensa hacía sus vástagos, la sangre de su sangre, los dioses se echaron sobre la esquelética figura, golpeándole e insultándole hasta que no puedo más que correr por su vida y abandonar aquel verde paraíso. El tiempo pasó y todo siguió igual, hasta que un verano empezaron a ocurrir las desgracias anunciadas. El río, aquel fresco caudal junto al que vivían, se secó por completo. Las plantas se marchitaron y las vacas y cerdos morían de una extraña enfermedad desconocida. El fuego llegó, arrasando casas y corrales, y el granizo cayó como piedras sobre sus cabezas. Nada podían hacer, la naturaleza vengativa no paraba de darles infortunios igual que antes les proporcionaba dichas.

Así pues, se reunieron en preocupado círculo pensando qué hacer. Recordaban las palabras del viejo y miraban con tristeza los inocentes ojos de sus hijos. ¿Cómo ser culpables de tan mala suerte? ¿Cómo sacrificar aquello que más querían en el mundo? Entonces habló la reina, la más sabía y poderosa de entre todos ellos y así dijo: “El viejo tenía razón, ya no podemos ser felices aquí. Esta tierra está maldita y, quizás, también nuestros hijos, que nacieron en ella. Debemos marcharnos y encontrar otro lugar donde comenzar de nuevo.” Y, con la intención de aplacar la furia de aquel paisaje, sacrificaron sus valientes caballos, se desprendieron de sus queridas joyas, prendieron fuego a la ciudad y enterraron cualquier resto de su gloria, devolviendo a la naturaleza su agreste imagen. Por último, emprendieron silenciosos el camino hacia otros mundos.

Mucho, mucho tiempo después, los hijos de los hijos de sus hijos llegaron de nuevo a aquel lugar y, buscando respuestas, encontraron las antiguas piedras. Escarbando en el pasado, sacaron con sus manos cinco hermosos rostros de piedra que, pensaban, representaban los antiguos dioses de una civilización perdida. Hermosos y sonrientes, de ojos almendrados, bellos por naturaleza. Porque se crearon a imagen y semejanza de los hombres y las mujeres que los imaginaron.
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