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Secuencia de miradas

1. Rastreo – junio 2023
Entorna la mirada.
El sol la ciega.
Siente el latir de la maquinaria a su alrededor alterado levemente por gritos de llamada. Enfoca la vista hacia la fuente de perturbación. Unas figuras en la distancia le hacen señales para que acuda.
Pide al maquinista que haga una pausa. Lleva toda la mañana siguiendo a la pala viendo como hace trincheras. Es un proceder metódico, rutinario: examina, clasifica y registra.
Respira hondo.
Ahora que la excavadora está muda puede escuchar las ininteligibles exclamaciones. El aviso contiene urgencia y excitación.
Algo han encontrado. Acelera el paso.
Elucubra. «¿Un muro? Mucho entusiasmo para eso. ¿Un mosaico? Poco probable. ¿Un silo? Más apropiado. Apostaría por ello».
Sabe que está llegando porque se han congregado los trabajadores formando un círculo perfecto.
La barrera humana le impide hacer contacto visual con el intrigante hallazgo.
Sigue aproximándose y su expectación va en aumento.
Se hace un hueco. Observa.
Ha perdido la apuesta. Un cráneo le devuelve la mirada desde el suelo.

2. Desciframiento – enero 2024
Fija la mirada.
La luz es tenue.
En una mano sostiene un fragmento de pelvis. En la otra, una grabadora.
Pulsa el botón y comienza.
— Para el registro. Resumen de la jornada… — carraspea y prosigue.
» Esqueleto B8. Estado de conservación: regular. Presenta signos de desmineralización. Individuo joven. Posiblemente en torno a los 30 años. Todos los indicadores del coxal y el cráneo señalan que se trató de una mujer.
Hace una pausa. Coge el fémur derecho y mira la libreta de anotaciones.
» El cálculo de la estatura da como resultado 1,5 m. Los marcadores musculoesqueléticos manifiestan que ejercitó intensamente las extremidades superiores. Nada destacable en las inferiores. Ninguna patología grave. Como anomalía congénita tiene agenesia del tercer molar. Eso es todo... ¡Ah! He extraído una muestra para analizar genéticamente. Fin del reporte.
Apaga la grabadora. El laboratorio queda en silencio. Solamente están ellas dos.
Clava la mirada en las cuencas vacías.
«¿Quién eres?»

3. Revelación – julio 2025
Comparten miradas de anticipación.
En el despacho entra un suave resplandor.
Ella y su colega han recibido al unísono un aviso en la bandeja de entrada. El asunto del email titula: “Resultados análisis de ADN”.
Llevan semanas esperando el informe del jefe del laboratorio de arqueogenética. Saben que aún queda mucho trabajo por hacer, pero estos resultados son el fruto de otro tanto previo.
Toma aire y lee rastreando la información de interés:
"Estimadas… resultados… campaña 2023… descubrimientos… la ilusión desborda en el laboratorio... ¡El equipo ha localizado relaciones de parentesco con diversos individuos fuera del yacimiento! Tenemos que organizar una videollamada…".
Una sonrisa de satisfacción se delinea en su rostro.
Lanza una mirada cómplice.
— ¿Hoy? — dicen a la vez.

4. Conexión – octubre 2026
Su mirada resplandece.
La habitación brilla con los rayos del sol.
Está enfrascada dibujando. Eso llama la atención de su madre. Se detiene detrás y observa.
— ¡Oh! ¿Es para Halloween?
— No, mamá. Es un “esqüeleto”.
— Ya veo. En Halloween es normal decorar con esqueletos, calabazas… —clarifica—. Si no es para eso, ¿me explicas su significado?
— Hoy ha venido una “arcóloga”. Nos ha explicado que hace unos años, cuando yo tenía 4, encontraron un “esqüeleto”. Al principio, solo sabían que era una mujer mayor… como tú, mamá. Como sabían muy poco, lo llevaron a un laboratorio. Allí unas personas que saben las letras de los huesos encontraron el otro “esqüeleto” que tenía las letras parecidas.
La madre trata de descodificar el mensaje. Sabe que en el colegio les ha visitado una arqueóloga y habrá explicado el hallazgo de un esqueleto y los análisis que se pueden hacer para averiguar información, pero no tiene pistas para entender lo demás.
La niña, que continua su dibujo, ahora coloca letras sobre los huesos: a, b, c...
— Escucha, ¿me explicas eso de las letras de los huesos que ayudaron a encontrar otro esqueleto?
— Tampoco lo entendí y le pregunté a la “arcóloga”. En nuestros huesos hay algo, como unas letras, que en un laboratorio especial pueden ver. Esas letras son diferentes en cada persona, pero se parecen mucho entre mamás-papás y sus hijos-hijas. Tú y yo tenemos letras muy parecidas, por eso en el laboratorio sabrán que tú eres mi mamá — dibuja un segundo esqueleto al que le coloca casi las mismas letras—. Eso le pasó al “esqüeleto”. Le encontraron a su mamá que estaba en otro sitio — reflexiona —. Me gustaría poder leer las letras de los huesos.
La madre, desprevenida, ha quedado conmovida.
«¡Qué manera tan poética de explicar el link genético impreso hasta en los huesos!».
La trascendental escena, además de desencadenar un vínculo con los esqueletos más allá del propio descubrimiento, hace presentir el inicio de una historia.
Observa a su hija. Su mirada asegura el despertar de algo en ella.
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