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El stand de Ötztal

El laboratorio tenía matraces de hasta un metro de diámetro, eran principalmente redondos, con disoluciones de varios colores: rosado, verde, azul. También había tubos de cristal que conectaban unos matraces con otros y unas placas calefactoras gigantes que los hacían burbujear.
Stella y Abi tenían clase de Ingeniería Química. Llevaban esperando este momento desde hacía semanas, querían ver si sus reacciones seguían teniendo el mismo rendimiento con cantidades elevadas de reactivos para luego vender sus medicamentos en la farmacia de su aldea.
Stella vive en el Bosque Ötztal, donde por las tardes trabaja por cuenta propia creando ungüentos y pastillas que mejoran la salud de las personas. Recoge materias primas de los árboles del bosque y los lagos, y extrae de ellos los principios activos que considera útiles para su posterior venta.
Un amigo de ella, Mario, trabaja en el invernadero de la escuela de Productos Naturales. Los fines de semana reparte frutas, verduras y plantas en el marcadillo de la zona. Muchas veces ayuda a Stella con su negocio. Él es escalador desde pequeño y conoce muchos lugares escondidos en lo alto de las montañas de la aldea que guardan flores y tallos con principios activos poco comunes.
Paralelamente, en otra aldea, una chica vive en una casa sobre el agua. Se llama Lis y tiene una enfermedad mental desde hace años. Antes era profesora, pero tuvo que dejar de trabajar por su enfermedad, así que ahora pasa los días en su casa preparando almuerzos y bizcochos para su familia y amigos. Ciertamente lo que más le gusta hacer es sumergirse en la trampilla de su cuarto, desde la que puede observar el fondo marino violáceo del lugar en el que vive. Un par de mantarrayas pasan todos los días a las 7 de la mañana por debajo de su habitación y juegan con ella. Para Lis no hay mejor manera de despertarse que esta.
Sin embargo, muchas mañanas no puede levantarse de la cama porque ha tenido un brote el día anterior. Los brotes le suceden cuando se pone muy nerviosa. Entonces su cerebro pierde el control de sus movimientos corporales y faciales. Solo su mejor amigo, Paolo, tiene su permiso para estar con ella esos días.
Paolo es terapeuta ocupacional y la cuida como nadie. Ha probado de todo para ayudarla, pero ninguna de las opciones la ha curado definitivamente de su enfermedad. Un día, de camino al ayuntamiento para el que trabaja, habla sobre Stella con un aldeano del Bosque Ötztal. Sin pensarlo dos veces decide emprender un viaje hasta donde vive la química para ver si lo puede ayudar a curar a su amiga.
Al llegar al bosque se encuentra una pequeña casita de madera justo donde el aldeano le había indicado. La casita de madera es un estand donde Stella vende los remedios que ha transformado en el laboratorio junto con su amiga Abi. El estand es precioso, tiene una pizarra con los precios escritos con tiza y unos dibujos de símbolos alquímicos antiguos. También hay banderines de colores y luces pequeñas que iluminan la entrada.
En el momento de su llegada, Stella, Abi y Mario el escalador, se encuentran abriendo el estand. De pronto Paolo tiene una sensación rara. Como si algo malo fuese a pasar.
Los pájaros de la zona comienzan a volar de sus nidos y un montón de animalillos pasan corriendo por delante de ellos. Un ruido muy desagradable se hace eco en el bosque.
Los cuatro chicos y chicas, asustados pero intrigados por lo que pudiera estar pasando, deciden acercarse a la zona del ruido. ¡Una forastera está cazando animales y talando los árboles del bosque!
Entre todos se ponen de acuerdo para crear sonidos de pinzones azules, una de las aves más preciadas por las farmacéuticas y en peligro de extinción. Al parecer una sustancia presente en el centro de su cerebelo detiene por completo el envejecimiento de las personas. La chica forastera quiere cazar todos los pinzones posibles.
Consiguieron alejarla del bosque imitando su trinar. Todos contentos se abrazaron por lo que habían conseguido.
De pronto los ojos de Stella se abren como platos. Saca un vial de su bolsillo y lo coloca justo debajo de una flor blanca con forma de campana. De lo que parece un badajo recoge una gota de elixir.
¡Es increíble, nunca había dado con una flor de convallaria majalis! – dice Stella - Estoy segura de que ha sido el espíritu del bosque, para agradecernos el que lo hayamos protegido.
Esa pequeña gota del vial fue la que curó a Lis para siempre de su enfermedad mental. Tal y como Stella había leído en un libro antiguo de Carlos Linneo, una única gota de esta flor era suficiente para requilibrar el funcionamiento cerebral de cualquier persona.
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