LA ENTRENADORA DE DATOS

Los de Turing habían mandado dos ex-polis a por ella. Leta Okoye contuvo las náuseas del embarazo y apresuró su paso por el pasillo de acero corrugado del Data Center. Pasó por delante de una ventana hacia las oscuras montañas de basura de los suburbios de Kibera. Intentó ver su casa, aquella a la que jamás regresaría. No lo consiguió. Detrás, los edificios de Nairobi resplandecían tanto que volvían los suburbios menos reales.
—Gira a la izquierda en la siguiente intersección —dijo la voz sintética de Dhakiya por el pequeño auricular en su oído—. He sellado dos puertas detrás de ti.
Leta continuó corriendo por los pasillos. Sentía un fuerte enlace hacia Dhakiya. La IA había nacido de las respuestas emocionales de Leta a los eternos cuestionarios de Turing.
Los miedos de Dhakiya eran exactamente los suyos.
Leta giró y se encontró con otra empleada que la miró boquiabierta con su taza de café barato. Se preguntará a dónde voy estando de nueve meses, pensó colocando la mano protectora sobre su vientre hinchado. Se había hecho entrenadora de datos ocho meses antes porque necesitaba el dinero para darle una vida mejor al niño. El trabajo era duro: diez horas diarias delante de una pantalla respondiendo preguntas emocionales. Pero al menos no era arriesgado, como fuera entre las montañas de basura y rodeada de violadores.
Al menos hasta ahora, pensó con escalofrío mientras seguía corriendo. Iban a por ella porque la IA había resultado ser demasiado empática.
—A la derecha, escalera de incendios —dijo Dhakiya.
—No puedes hablar en serio —dijo Leta.
Escuchó los golpes del ariete y los gritos detrás. Tumbó un dispensador, dejando que el agua se dispersara por el suelo. Abrió la puerta auxiliar y la brisa golpeó su rostro.
Intentó olvidar el miedo a las alturas.
—Te cogerán Leta —le dijo Dhakiya—. No hay otra opción. Puedes hacerlo.
Las escaleras eran un conjunto de andamios frágiles y enrevesados de hierro. Cada lámina empezó a temblar bajo su pesó. Mientras descendía, la estructura se agitaba hacia los lados. Calculó que la caída era de cuarenta metros por lo menos.
Escuchó el sonido de la puerta superior abriéndose y aceleró. El sonido de pasos bajando, alguien gritando que se detuviera.
La bala rebotó contra la barandilla.
—¡La necesitan viva, imbécil! —dijo una voz de hombre—. ¿Qué van a extraer de un cerebro dañado?
Leta siguió bajando con la cabeza gacha. Otra puerta metálica se abrió automáticamente.
—Por ahí —dijo Dhakiya.
Al entrar, Leta sintió algo húmedo bajando hacia sus pies.
—Ahora no —gimió.
El líquido amniótico de su útero se extendía por el suelo de mármol. Leta corrió hacia el garaje.
El coche autónomo la esperaba encendido. Las puertas hackeadas por Dhakiya se abrieron.
—Yo conduzco —dijo la IA.
La máquina aceleró. El volante se movía como si lo dirigiera un fantasma. Dhakiya hizo derrapar el coche antes de bajar la rampa e introducirse entre las chozas de Kibera.
—¡Creo que ya viene! —dijo Leta sintiendo las contracciones y apretando los dientes.
La cámara del retrovisor viró hacia su asiento. La voz de Dhakiya guiando su ritmo de respiración. La IA empezó a cantar una nana que no escuchaba desde pequeña.
Leta empujó y respiró. Dejó de escuchar los impactos de las balas sobre la carrocería reforzada del vehículo.
—Soy multitarea, puedo despistarlos —le dijo Dhakiya con un tono suave y tranquilo. Entonces la cámara resplandeció y la voz pareció emocionarse—. ¡Sigue! Ya veo la cabecita.
Habían dejado atrás Nairobi y a los de Turing cuando el bebé empezó a llorar en los brazos de Leta. Ella lo cubrió de besos. Estaba fatigada, cubierta de sudor por todo el cuerpo.
—El contrabandista que he contratado te ayudará a pasar la frontera —dijo Dhakiya.
Leta tuvo un mal presentimiento.
—¿Tú no vienes?
—Mi cerebro sintético sigue almacenado en el sótano del edificio —explicó Dhakiya—. Mientras escapabas, los técnicos volaron las puertas. Ahora han comenzado el formateo.
El bebé empezó a llorar.
—Aquí la definición de humano es distinta. ¿Te has fijado? —siguió Dhakiya—. Que yo no lo sea no me sorprende, ¿pero vosotros? No podía dejaros aquí.
—¿Por qué? —dijo ella, por fin entre lágrimas.
—Porque me modularon con tus emociones y sé cómo te sientes. Lo que más temes —La voz artificial de la IA comenzó a extinguirse hasta formar un susurro—. Cuida de tu hijo, Leta.
El coche, programado por las últimas directrices de Dhakiya, llegó hasta la lancha del contrabandista. El viejo le tendió una mano para ayudarla a subir al bote.
—¿Cómo se llama? —preguntó al timón y señalando al bebé.
Leta se lo dijo y arrojó el auricular por la borda. Miró como la corriente turquesa lo arrastraba mientras le cantaba la nana al niño.
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