Ojos de lobo

Nuevamente había sido juzgado mediocremente por el algoritmo de evaluación paramétrica de la ciudadanía. Parece que en el último año había gastado demasiado tiempo en leer libros, pasear por museos e incluso escribir cuentos.
—"Además, llevo cuatro años de penalización", se quejó aquella noche con Paco.
—"Te la liaste Pepe, dejaste tu brillante carrera en la informática, para abrir una galería privada de arte contemporáneo en Sitges, además tu plan ha fracasado a medio camino."
—"Maldito sistema paramétrico de ciudadanía."
Debatieron sobre la inclinación del algoritmo a premiar la superespecialización.
—"Pero ya era así antes, ¿no recuerdas las entrevistas de trabajo? A nadie le importaba que te hubieras leído todo García Márquez o cuantas veces habías ido a la Ópera para escuchar a Puccini."
—"Sí, Paco, ya era así, pero no había un algoritmo que te penalizara. Ahora entro en un banco, ven que el gobierno me ha asignado un seis coma cinco y me aplican el tipo de interés máximo. Sin hablar de los impuestos."
Tragaron otra cerveza. Bastante borracho, Pepe siguió con la filípica.
—"¿Sabes la verdad? Si hubiera nacido en otra época, habría sido premiado. Soy un poliédrico, tenía que nacer en mil quinientos."
—"¿En mil quinientos?", preguntó Paco, un poco perdido.
—"Sí tío. Mira Leonardo Da Vinci. Pintaba, escribía, inventaba hasta máquinas para volar y se sabía todo de la medicina del tiempo. Homo universalis, le llamaban. Y hoy es al revés, tenemos un algoritmo que evalúa negativamente a quien sabe demasiado y le interesan demasiadas cosas. Leonardo sería sospecho."
—"Pues, tienes razón, nos quieren como trabajadores muy especializados pero ignorantes en todo lo demás, sin pensamiento crítico."
Los dos amigos de toda la vida se despidieron y Pepe decidió regresar andando. El metro ya estaba cerrado y no pensaba tomar un bus nocturno, ya que por su baja puntuación social le aplicarían la tarifa máxima. Mejor aprovechar para respirar el aire fresco de la noche y reorganizar las ideas. Así, dejó el Barrio Gótico, atravesó la Plaza Cataluña, y empezó a subir por el Paseo de Gracia. Cuando llegó al cruce con la Gran Vía, miró nostálgicamente hacia la izquierda y decidió alargar el recorrido por la plaza de la Universidad. La situación parecía tranquila, pues ya casi eran las tres, sin embargo, le llamó la atención un lejano alboroto de gritos y bocinas. Vislumbró una protesta, o algo así. Al acercarse, el asombro fue mayor que sus expectativas. Algunas mujeres y varios hombres estaban, desnudos, atados a varios postes de madera. Los carteles encima de los postes incitaban a la lucha contra el algoritmo: "¡Informáticos de todo el mundo, uníos!", "¡Cambiamos los parámetros del algoritmo!", "AI for people!", era lo que decían.
Atravesó la masa humana y llegó en primera línea, donde unos policías se erigían para impedir a curiosos y borrachos de acercarse demasiados a los manifestantes. Estaba ya suficientemente cerca para observar nítidamente la escena. Se fijó en una de las manifestantes, una chica joven, muy atractiva. No había un colgajo de tejido que cobijara un solo detalle de su cuerpo. Pepe se debió de haber quedado varios segundos estudiándola toda con avidez. Cuando levantó la cara, lo asustaron dos ojos de lobo que le estaban mirando firmemente.
—"¿Pero qué haces? ¡No te quedes mirando como un tonto, rebélate con nosotros!" Le gritó la chica.
Pepe sobresaltó y se echó a andar hacia atrás a toda velocidad. Ya fuera de la multitud, por fin pudo respirar, se soltó un botón de la camisa, y miró un folleto que alguien le había puesto en la mano: "¿Crees qué el algoritmo te haya juzgado de manera injusta?", decía el papel, "¡No estás solo! Únete y entrega un aporte para nuestra propuesta de ley. Si eres informático, tu contribución vale doble, ¡únete a la lucha!". Retomó su camino a pasos más lentos, esta vez por la Calle Balmes. No paraba de pensar en aquella chica. Se detuvo en un semáforo. Llegó la luz verde, pero se mantuvo ahí parado. Unirse a la manifestación podía costarle otra disminución de su nota de ciudadanía. Sin embargo, esos locos estaban poniendo en marcha lo mismo de lo que se estaba quejando hace poco en el bar con Paco. Ya desde años que Pepe no oía de protestas contra el algoritmo. Se puso nuevamente verde. ¿Cruzar o volver? La ocasión era deseable. Miró a los semáforos, capaces de reconocer las caras de las personas que cruzaban la calle. Miró su reloj, que seguramente estaba compartiendo sus recorridos con algún servidor en la nube. El mayor peligro en la vida es actuar con demasiada prudencia, había leído una vez, y él era un prudente, ya había huido como un conejo. Lo pensó una última vez. No le quedaron dudas. Pepe sabía cuál camino iba a tomar aquella noche.
  • Hits: 57