A mí también me hizo andar (parafraseando a Roland Barthes)

..llevaba una camiseta ligera, creo que roja, que no escondía nada...

Me di cuenta nada más llegar, mientras que ella estaba bajando la pequeña escalera de madera, que se encuentra en la izquierda, llevando no sé cuántos libros en sus brazos.

Hola! ... la misma sonrisa de siempre...

Era un día cualquiera, había llegado por la tarde, como casi todos los días. No fue fácil, nunca lo estuvo. La presencia de ella lo animaba a pesar de la angustia y de la vergüenza que experimentaba. Tenía muchas ganas, se sentía atraído por el lugar, aunque solo conseguía hablar con la chica, nadie más.. La parte más difícil era animarse a salir, ir andando, desafiando sus miedos, solo pensando en el momento, en el destino final, donde, atravesando la puerta, encontraba a sus callados amigos... los libros.

Por otro lado, esta misma amistad se estaba volviendo algo agotadora, de hecho a veces se sentía encerrado en las historias que iba leyendo: ¿es eso lo que pasa con los viejos amigos? Vamos a ver, ¿no se supone que la literatura es una forma de evasión? ¡Hasta hay un género con este nombre! El asunto lo tenía despierto hace tiempo.

Qué tal? ¿Te ayudo? ¿No son demasiado pesados todos estos libros? Le preguntó, mirándola a la cara. Noo, gracias, para nada. Sabes lo mucho que me gustan, ni siquiera advierto su peso cuando los llevo de un sitio para otro de la librería, le respondió ella, al llegar a la planta baja y dirigiéndose a las estanterías que dividían perpendicularmente el espacio trasero en dos, dejando una abertura justo al fondo para pasar de un lado al otro. Curiosamente, reflexionó él, nunca me había dado cuenta de que exactamente en este apartado central, que sale desde el fondo como un cuerno, el confín entre literatura y filosofía se iba haciendo borroso, enturbiando aún más sus pensamientos.

Sí, le contestó él un poco confundido, lo puedo entender. Es que, dijo como pensando en voz alta, me gustaría algo diferente. ¿Me puedes ayudar? Sí, claro, con gusto. Mira, lo que hago yo cuando me canso de leer novelas o cuentos, es ponerme con algún filósofo, solo tienes que tomarte la molestia de elegir. Mmm.. no sé. Es que ya lo he intentado y me parece que voy al mismo sitio, dijo él, bastante avergonzado. ¿Quieres decir que literatura y filosofía son la misma cosa? Preguntó ella bastante sorprendida. No, claro que no, pero al fin y al cabo ¿no se trata de un mismo lenguaje, simbólico, no racional, que usa la imagen, la metáfora? Pero yo pensaba que la filosofía usaba el lenguaje de la razón, objetivo, analítico, lógico, cerebral vamos, puesto que se trata de una ciencia, se podría decir la ciencia humana por excelencia. ¿O no? Mientras hablaban, se habían movido hacia aquel apartado central, perpendicular al muro del fondo, que se había vuelto para él, simbólicamente, una gran espina punzante, donde, como sus palabras, curiosamente, los textos de filosofía y los libros de novelas se confundían entre sí. Mira, yo también pensaba lo mismo e intentaba leer la filosofía con esta postura. Hasta llegué a pensar, añadió él tocando con la mano los lomos de los libros que tenía por delante, que la filosofía era superior a las demás ciencias, porque era como una ciencia con un alma humana, pues se podía permitir usar un lenguaje lógico pero en una forma discursiva, como dentro de una conversación. Y es así! intervino ella exultante, parándose, mientras seguía poniendo los libros en su sitio y se daba continuamente la vuelta para hablar con él, si tienes en cuenta que las obras de filosofía se han escrito como respuestas a preguntas y según la estructura del discurso oral. Ahora ya no lo creo, le dijo él, un poco más atrevido. Ahora solo puedo ver una misma manera de construir imágenes por parte de la filosofía y de la literatura, apelando al inconsciente, más que a la lógica, puesto que la una como la otra no justifican sus enunciados, sus historias, y piden al lector dejarse llevar por esas imágenes y… en esto está su encanto. Vaya, no sé qué decirte… dijo ella con los brazos cruzados, ya que había terminado de reponer los libros, delante de él que, sin embargo, ahora sonreía como si hubiera encontrado su verdad. ¿Y la ciencia? preguntó alguien. Reflexionaron un momento, mudos. Finalmente, volvieron a mirarse, quizás ahora lo veían de la misma manera, abarcando idealmente los libros de uno y otro bando en el punto en que se unían, como ahora también sus cuerpos. No hay, en efecto, solución de continuidad. Todos los lenguajes son necesarios. Los dos no renunciarían jamás al arte o la ciencia, la literatura, los ensayos o la poesía. Ni al femenino, ni al masculino. Jamás.

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