LATIFUNDISTA

Gerardo tuvo una llegada a la vida más bien extraña. Un tratamiento incorrecto de su dislexia infantil le provocó una agorafobia aguda que hizo de él un pequeño prisionero. Sus padres lo expusieron en pequeñas dosis al exterior para inmunizarlo. Pero fue inútil. Cada bocanada de aire fresco, cada rayo de luz solar, la visión de lo tridimensional a gran escala, le provocaban una ansiedad solo calmable con un potente cóctel de tranquilizantes. De este confinamiento mental se liberó, en parte, gracias a un ordenador que algún bienintencionado le regaló en alguna celebración de su corta vida. Juntos participaron en mil batallas estelares, fueron campeones de artes marciales, derribaron las flotas aéreas enemigas y vencieron a los ases de la Fórmula 1. Vivió su infancia y adolescencia como un entretenidísimo ludópata informático, todos se acostumbrado a sus rarezas y no dio grandes problemas familiares.
El tiempo y la tecnología hicieron posible la Enseñanza Superior a Través de las Redes. Gerardo consiguió matricularse en «Cibernética y Negocios», especialidad impartida por una universidad del Valle del Silicio, pero con pupitre en casa. En ella estaban inscritos estudiantes de todo el mundo, conectados entre sí y con un lenguaje común. Como comunes eran el estudio, el trabajo en equipo y las grandes juergas internacionales. Una partida de póquer podía terminar con un intercambio de divisas entre todos los países y con borracheras en las que cada bebedor estaba físicamente solo, pero moralmente bebía en compañía. Fueron cuatro años de tormento constante. El nivel de dificultad, las técnicas cognoscitivas de nuevo desarrollo y el abuso de la nocturnidad estuvieron a punto de dejarlo sin ondas cerebrales y de achicharrarle los ojos por sobreexponerlos a los rayos catódicos. Por fortuna, su tejido hepático superó la prueba sin trastorno. Con veintidós años, lo único que tenía era un título recién enmarcado sin colgar en la pared y la amistad de Ti Fey en Hong Kong y de Ben Walrusface en la Bahía de Hudson. Juntos analizaron las necesidades de recreo y consumo de sus sociedades. De entre los balances sociológicos y económicos les surgió una visión: vastas extensiones de territorio virgen realmente virtual, donde las posibilidades de sorpresa y aventura fueran infinitas, un mágico nuevo mundo tan parecido o tan distinto a lo ya conocido como el usuario fuera capaz de soñar. La explotación del filón ocupó la totalidad de su tiempo y nunca llegaron a encontrar el momento para conocerse en persona. El éxito de sus latifundios de ocio palpitante les catapultó a la fama, aunque cada uno siguió viendo el rostro de los demás en la red o la televisión, siempre sin olerse, siempre sin tocarse. Para Ti y para Ben, la popularidad les sirvió de promoción personal y les abrió numerosas puertas. Y por ellas salieron de la vida de su amigo. Para Gerardo fue distinto. Su mundo definido y delimitado al detalle fue abordado. Fotógrafos, entrevistadores, psiquiatras, sociólogos, engañabobos y engañalistos se introdujeron en él de manera furtiva. Le analizaron, explicaron, fenomenologizaron y le dieron la vuelta del derecho y del revés. Y cuando lo nuevo se diluyó en lo rutinario, le abandonaron. La dolorosa resaca que le provocaron fue por contraste: cómete el mundo entero, deglútelo de una vez y no vuelvas a probar bocado. La aridez de su desierto emocional le invadió las noches.
—Soy Angélica —escuchaba cada vez más a menudo en la oscuridad.
El miedo a la locura y a no poder fiarse de sus propias percepciones le hizo buscar el origen de la voz. No fue capaz de encontrarlo y la presencia burlona jamás dio explicaciones. Las carencias de Gerardo hicieron que ella desarrollase una cara, unos sentimientos, un cuerpo, un criterio, una razón. Inaccesible, intocable, inolible en el mundo de la imaginación, consiguió sentarlo delante del ordenador y que dirigiera su empatía hacia él. Al fin, de la pantalla surgió Angélica. Y con Angélica nació la frustración de vivir separados por una pantalla de grafeno.
—Lo más difícil ya está hecho —dijo Angélica—. Te toca completar el sueño.
Proyectos, diseños, cables, prótesis electrónicas y un constante teclear, Gerardo invirtió incontables horas en busca de una entelequia. Un titánico esfuerzo, el último que su nubosa mente se podía permitir. Angélica estaba a punto de perder la esperanza. Gerardo la miró a los ojos a través de los reflejos de la pantalla y anunció:
—Creo que funcionará.
Se colocó los sensores alrededor de la cabeza, las muñecas, los tobillos y el corazón. Y antes de apretar la tecla de intro, le dijo a Angélica:
—Ahora mismo te veo.
Y desapareció.
Desde entonces, por los circuitos impresos de una máquina, navegan juntos.
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