2036

Esperábamos verlas aparecer. Como todos los años, al caer estrepitosamente las cifras de turistas y con los primeros fríos, la humedad calándonos los huesos y el recuerdo de aromas a coco y Nivea. Pero esta vez, no llegaron. Y, al contrario que Ulises, quien huía de las sirenas, nosotros habríamos agradecido ver llegar a nuestras particulares ninfas marinas.
De pequeños las llamábamos “sirenas”. Las formas que adoptaban en determinados lugares, como desmayadas de forma imprecisa en la misma línea de la costa, daban rienda suelta a nuestra incesante imaginación de niños con la que llenábamos de emoción los paseos familiares. Allí, entre los aromas a salitre y los restos esparcidos, dormitaban kilos y kilos de posidonia oceánica defendiendo la playa y su arena de la erosión del mar. Eran todos esos restos, hojas, raíces e, incluso plantas enteras arrastrados por las aguas desde el interior hasta la costa, en un proceso de la naturaleza visto desde siempre por los habitantes de nuestra marítima ciudad. Sin embargo, para mi hermano y para mí esta planta propia del Mediterráneo era y sería siempre nuestras particulares sirenas.
Al principio no nos preocupó demasiado. Ya se sabe, algunos años tardaban en regresar a la costa, tan esquilmadas como habían sido durante toda la larga temporada turística, que ya se extendía fácilmente desde marzo hasta noviembre. Razones había de sobra: que si el excesivo número de barcos privados fondeando donde crecen las praderas de esta planta; que si los vertidos de aguas residuales, producto de la superpoblación por turismo; que si la híper salinización del mar, provocada por las plantas desalinizadoras próximas, las mismas que abastecían con su producción al abundante caudal de turismo entrante. Además, con las máquinas recogiendo los pocos restos que se depositaban sobre la orilla de las playas día sí día también, lo fácil era que tardaran en regresar. Pero este año 2036 no había ni rastro de ellas, y diciembre ya andaba por cerrarse en el calendario.
Pedro y yo fuimos a recoger las muestras para llevarlas al laboratorio. Aunque ambos hubiéramos querido hacer Veterinaria, terminamos graduándonos en Biología. Ayudábamos a la doctora Miralles en sus investigaciones. No estaba mal. Quiero decir el trabajo en sí. Tampoco la doctora. Pero éramos, por entonces, unos simples becarios con apenas veintitrés años, y la eminente bióloga marina andaba ya casi por los cuarenta. Así que nos quedábamos viéndola sumergirse en las profundidades del mar, enfundada en su traje de neopreno y soñábamos, mientras nos conformábamos con seguir tratando de cazar jovenzuelas de nuestra quinta.
Fue en el laboratorio donde esa jornada amanecimos con unos resultados que, no por predecibles, dejaban de ser abrumadores. Los datos atravesaron hasta el interior de nuestro córtex cerebral, provocándonos tal impacto que casi nos deshacemos en ese momento; no habría palabras para describir esa mezcolanza entre tener la sangre helada y sentir, al mismo tiempo, un pavor atroz. Pero así era. Los análisis confirmaban lo que la doctora Miralles y sus colegas, algunos de ellos jubilados y septuagenarios, habían estado advirtiendo tanto a las administraciones públicas como a los políticos de turno y a los inversores instalados por toda la franja que bordeaba el Mediterráneo: sin posidonia no hay vida en el mar y, sin ella, las playas, todas ellas, desde la mismísima costa gaditana y hasta la frontera catalana con Francia, se ahogarían bajos las aguas saladas, como ya estaba sucediendo. Porque hacía varios veranos estábamos comprobando cómo las extensiones de bancos de arena eran menos anchas; en algunos puntos incluso, donde la mano del hombre había edificado más allá de los límites legales permitidos, el mar había comenzado a fundirse con el ladrillo, inquietando tanto a sus propietarios como a las autoridades. Pero ninguno resolvía nada, más allá de vociferar sin atajar el problema. Porque no se podía. Habíamos tenido años, décadas, para frenar este mal creciente y evitar, con ello, que las aguas dominaran sobre playas y costas. Ahora, poco o nada se podía hacer. El aumento del nivel del mar limaba la franja costera que, abandonada a su suerte desde que comenzara la esquilmación de los fondos marinos de posidonia, quedaba expuesta a temporales, permaneciendo sin arena, tragada como había sido en la mayor parte de los territorios.
Lo cierto es que de los análisis de las aguas se dedujo que los niveles de nutrientes eran superiores a los deseables, mientras la concentración de clorofila había disminuido tanto que apenas se detectaba. Acabábamos de inaugurar el nuevo paisaje del Mare Nostrum y, con él, habíamos cerrado y echado la llave al mar para todo el turismo venidero, para sus trabajadores de la mar y para el disfrute de sus propios paisanos. Veíamos morir un mar y con él desaparecían nuestras ninfas de la niñez. Nada volvería a ser lo mismo.

  • Hits: 111