¡Sacadme de aquí!

Día 1
No os lo creeréis, pero me he quedado pegada a una columna de cromatografía. ¿Que quién soy yo? Pues una simple molécula química, candidata a sustancia anticancerígena, el resultado de varios meses de investigación. A mis hermanas les ha pasado lo mismo, aquí estamos todas en cabeza de columna con cara de circunstancias. Más vale que al estudiante de doctorado se le ocurra aumentar el porcentaje de metanol en la fase móvil, porque si no me veo como en esa película de la cabina telefónica de la que tanto habla el jefe de grupo.
«Falta un pico en el cromatograma», le dice el estudiante a su director de tesis. ¡Claro, el pico somos nosotras! Nuestra afinidad por esta fase estacionaria es tan alta que se necesita un eluyente potente para liberarnos. En eso se basa la cromatografía, en separar las moléculas en función de su afinidad por un material jugando con la fase líquida.
Si para este proyecto hubieran contratado a un postdoc en lugar de un simple predoctoral, otro gallo nos cantaría. Pero el investigador principal no hace más que quejarse de que le han recortado el presupuesto y, ¡toma!, coloca a un pardillo al frente la investigación.

Día 2
El estudiante sigue pinchando muestras en el HPLC y lo único que está consiguiendo es aumentar la densidad de población. «Ha subido la presión», se queja. ¡Cómo no va a aumentar la presión, si cada vez estamos más apretujadas! Por favor, que alguien le diga a este zoquete que suba el porcentaje de disolvente orgánico. Metanol, acetonitrilo, tetrahidrofurano…, lo que quieras, tío, pero mientras circule tanta agua por la columna no podremos despegarnos de este potingue asqueroso.

Día 3
«No entiendo nada», confiesa el predoctoral a su director. «La señal del sustrato es cada vez más pequeña, lo que implica que hay reacción, pero no aparece por ningún lado el pico de producto». Te daré la respuesta, zopenco: el producto de la reacción soy yo, y me tienes aquí amarrado a una columna de cromatografía. O sea, si quieres que aparezca en la pantalla del ordenador, dame un chute de metanol.

Día 4
Lo que faltaba. Ha venido un comercial de cromatografía y dice que estas columnas C18 están descatalogadas, que ya no las utiliza nadie, y que las nuevas tienen mejor resolución y no sé qué milongas más. Vamos, que me he quedado pegada a una columna de mala calidad. Marca blanca. Ya decía yo que olía fatal al entrar. Y el filtro estaba más negro que un precipitado de sulfuro de plata.
«Los centros de investigación públicos estiráis demasiado la vida de las columnas; en las empresas las sustituyen cada dos meses», ha soltado el vendedor. Por lo visto, esta antigualla que nos tiene secuestradas a mí y a mis hermanas fue fabricada antes que el modelo de ADN de Watson y Crick.

Día 5
El futuro doctor en Ciencias Químicas ha empezado a inyectar muestras de otras reacciones. Ha tirado la toalla, renuncia a una molécula que podría convertirse en un excelente antitumoral. Él se lo pierde. Eso sí, que no cuente conmigo para su lectura de tesis.
Aquí todo el mundo eluye sin problemas. Algunas sustancias nos pasan como aviones; otras, las más lentas, se nos ríen a la cara. «¿Cómo se os ocurre quedaros adsorbidas en esta fase estacionaria? Ni que fuera La Isla de las Tentaciones». Tentaciones las que me entran a mí de darles una coz con la cadena alifática y dejarlas sin resonancia en el anillo aromático. Los compuestos polifenólicos son los más chulos de todos; con eso de que son antioxidantes se creen que el resto de moléculas bebemos los electrones por ellos.

Día 247
Me aburro. Han guardado la columna en un cajón etiquetado como «cajón desastre». Se cree gracioso el becario. Las voces del laboratorio nos llegan atenuadas. Me ha parecido oír al jefe que la semana que viene sabrá si le han concedido el proyecto. Mi única salida es que se lo denieguen y tengan que reutilizar las viejas columnas. En caso contrario acabaré aquí de por vida. ¿Cuántas moléculas prometedoras continúan atrapadas en columnas de cromatografía? Mejor no pensarlo.

Día 252
Malas noticias: les han concedido el proyecto. Cuando hemos oído descorchar la botella de cava nos ha dado un bajón de protones. Por cierto, el tapón ha salido disparado con tanta fuerza que se ha cargado el matraz de condensación del rotavapor.
Ahora comprarán columnas de última generación y nosotras acabaremos en el desguace. Alguien aprovechará la carcasa de acero y el resto irá a parar al contenedor de residuos orgánicos. ¡Qué asco de sitio! Tiene menos glamur que el plató de Sálvame. ¡Qué destino tan cruel para un diamante en bruto como yo! Por favor, ¡que alguien me saque de aquí!
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