La ponencia

—Annie… Annie… ANNIE.
—¿Qué quieres, niña?

Annie había levantado la cabeza, pero continuaba batiendo, mezclando la mantequilla con el azúcar.

—Dice Shapley que por qué no estás en el observatorio.

Annie rompió un huevo y lo vertió en la masa, luego la roció de vainilla.

—ANNIE.
—Niña, deja ya de gritar. Iré cuando tenga que ir. Ni antes ni después. Qué se habrá creído ese muchacho.

La niña soltó una risita. Annie la miró muy seria y amenazó con la cuchara de madera.

—Que tú seas más niña aún, no significa que Harlow Shapley no sea joven. Anda, ve y dile que no se preocupe, que esta vieja sorda todavía sabe un par de cosas.

La niña bajó la vista resignada y salió de la cocina.

Annie se adentró en sus pensamientos al ritmo que añadía harina a la masa. Pensó que era una nube molecular y que muy pronto colapsaría para formar estrellas. Soñó con una galaxia entera hecha de galleta...

—ANNIE.

Suspiró. Su sordera era una bendición, le permitía escaparse del mundo y perderse en su universo. Pero era imposible si se empeñaban en atravesar la frontera del silencio a grito limpio. Levantó la cabeza visiblemente molesta.

—Que dice Shapley que vayas inmediatamente.
—Dile a Harlow que si quisiera que un hombre me diera órdenes me habría casado.

Era un caso perdido. La niña lo sabía. Harlow Shapley no dejaría de mandarle mensajes y Annie no haría caso de ninguno.

Cuando la masa estuvo lista, Annie empezó a moldear estrellas, de todos los tamaños, porque su universo era variado y variable. Creó estrellas violetas y azules, algunas celestes, varias blancas, muchas amarillas, y hasta naranjas y violetas. En su imaginación cobraron vida y volaron hasta el firmamento.

—Oh, Be A Fine Girl, Kiss Me —canturreó alegremente.

Sus ojos bajaron del cielo y se posaron en el hombre enfadado que tenía delante.

—¿Qué haces aquí, Harlow?
—Annie, estaba esperando que aparecieras por el observatorio para que hablásemos de la ponencia de esta tarde.
—¿La ponencia de esta tarde?
—¡Annie!
—¡Harlow! Todavía me funciona muy bien la cabeza, ¿acaso piensas que lo he olvidado? ¿Para qué crees que estoy horneando galletas?
—No sé, Annie, ¿por qué estás horneando galletas?
—Porque están deliciosas, no me lo negarás, ¿no? La última vez tuve que arrancarte una para que tu hijo pudiese probarlas…

Harlow Shapley se impacientaba. A Annie le dio pena, así que se puso seria. Cogió la bandeja de galletas y la metió en el horno.

—Estarán enseguida. Mientras voy a subir a arreglarme. No te preocupes, Shapley, todo sigue aquí dentro —dijo mientras se tocaba la sien y se giraba sobre sí misma.
—Te espero dentro de media hora en el observatorio, ni un minuto después.

Harlow Shapley sabía que ya estaba en otra dimensión. En una en la que no podía alcanzarla con sus palabras. Cuando Annie quería dar por terminada una conversación, solo tenía que darse la vuelta. El hombre salió de la cocina en silencio. Era consciente de que, a pesar de su avanzada edad, Annie era todavía muy capaz de dar una ponencia de las que te marcan de por vida.

***
—Buenas tardes, caballeros, bienvenidos al Observatorio de Harvard. Mi nombre es Annie Jump Cannon y esta tarde voy a explicarles el sistema de clasificación estelar que he desarrollado y que fue adoptado por la Unión Astronómica Internacional en 1922. Pero antes, por favor, cojan una galleta.
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