Un ideal impostado en mis mapas neuronales

Aún recuerdo aquella sesión con mi terapeuta, Natalia. No me apetecía decir nada aquél día. La terapia es un espacio tuyo, dónde puedes sentirte segura y acompañada. Así que me entregué y lloré. Estaba destrozada. En las dos últimas semanas no había dejado de pensar en él. Mi cerebro debía de tener los niveles de serotonina por los suelos. De hecho, durante gran parte de mi vida he estado pensando en otra persona, no en mí.
Me encerraba en mi habitación, me tumbaba en la cama, me ponía los auriculares y dejaba que la música me transportase a los momentos en los que mi cuerpo flotaba cuando me tocaba, cuando me hacía sentir segura, querida y digna de atención. Yo solo quería volver a sentir esa sensación de euforia, de ser inmortal, de querer parar el tiempo. Cada día. Necesitaba mi dosis de recuerdos.
Me acuerdo que, entre sollozos, acerté a decir: “Natalia, es que parece una adicción.” Y ella, mi confidente, mi faro, me miró con esa media sonrisa de quién conoce por lo que estás pasando y asintió. “Es que lo es. No estás loca. No estás dañada. Es normal que te sientas así. Después del subidón de dopamina y oxitocina, si no controlas el bajón, si no te procuras cuidado y gestionas de manera adecuada el “mono”, puede ser bastante terrible la sensación.” Y así me sentía, agotada mentalmente. Me faltaba energía y no tenía ganas de nada. Como un barco a la deriva.
Tenía veinticuatro años, pero me sentía como si fuera una adolescente de quince. Vivía por y para sentir la recompensa de verle, que me besara y que mi mundo se volviera a llenar de luz y felicidad. Mi cerebro funcionaba con un piloto automático que solo encontraba motivación en captar su atención. ¿Dónde estaba la corteza prefrontal cuándo más la necesitaba?
Y así, repetía el mismo patrón de fracaso amoroso, una y otra vez, una y otra vez. Con cada persona masculina que me atraía y me prestaba atención, la idealización estaba servida. Lo colocaba en el centro de mi universo, cuál Sol en el Sistema Solar.
Y es que, aunque me repitiera que todo era cuestión neuronas, que no era más que bioquímica, traducida en millones de chispas eléctricas… que yo no era todo eso que pensaba, que yo no era todo eso que sentía, no me lo creía. El peor síndrome de abstinencia no es el que me dejaron todas y cada una de las relaciones infructuosas en las que me embaucaba desde un vacío infinito, sino el de sentirme insuficiente. Insegura. Inútil. Insulsa. Inmadura. Carente.
Creía que el problema era yo. Que no sabía elegir. Debía de tener algún problema en la ínsula, estaba segura. Esa abstracta agrupación neuronal que regula un fenómeno biológico tan complejo como es el amor. Cómo es de caprichosa la neurología, que algo tan banal y simple como una señal eléctrica pueda dar lugar a tan poderoso sentimiento. Ese que mueve montañas, que derriba murallas y despeja tormentas. Pero que, mal gestionado, quema y desagarra, escuece y envenena. Puede ser tan tóxico como el monóxido de carbono para las células.
Y así me encontraba yo, sola, sin prestarme atención, con unas creencias erróneas arraigadas en mis circuitos neuronales. Con unas carencias emocionales de caballo. Tenía pensamientos mal enfocados, desde una perspectiva del amor romántico que, nada tenían de romántico, sino más bien de ahogar a cualquiera que los probara. La convicción de que el amor de otra persona me salvaría me estaba emponzoñando. Ni el amor todo lo puede, ni existe un salvador, ni mi felicidad depende de un ideal impostado en mis mapas neuronales.
No te voy a negar que sigo luchando contra estas ideas. Que es posible que nunca desaparezcan del todo. Que quizás el secreto esté en aprender a vivir con ellas. Que no puedo negar que forman parte de lo que soy ahora. Que han sido estrategias de supervivencia. Que una hace lo que puede con lo que la rodea. Que no es culpa de nadie. Que, si al leerme, te sientes identificada, si piensas que eres adicta a tu pareja o a tu expareja, o a cualquiera que te haga sentir especial, no es nada descabellado. Que los circuitos de recompensa cerebrales (involucrados, también, en las adicciones a drogas) no discriminan. Todo aquello que nos haga felices, los activa. El problema es que se nos vaya de las manos. Si te sientes, como yo lo hacía, en un callejón sin salida, busca ayuda. Y si necesitas que alguien te mire y te diga que eres mucho más que todo esto, déjame que con estas palabras te acaricie. Déjame ser consuelo y paño. Porque no estás sola. Ni lo estarás.
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