Ángel

Mis manos se estremecieron con el solo contacto de tan suave piel. La superficie de mis dedos sabía que esa sería la última vez que se deleitaría con la piel de un ángel.
Mi mano se había posado en su mejilla al momento del beso de despedida generando una vibración que estalló rápidamente por todo mi cuerpo.
Sus ojos, todavía húmedos, dejaban entrever esa impotencia al no poder detener la inminencia de su partida.
Sé que lo era todo para ella. Ella lo era todo para mí.
¿Y ahora? ¿Qué rumbo debería tomar este barco de huesos, carne y piel? ¿Cómo continuar mi travesía por el mar de la vida sin mí musa?
Había sido despojado de lo más preciado. No solo sus ojos, sino también sus manos y su pelo ensortijado.
Su figura entera ya no saciaría la cuenca de mis ojos. Y ni hablar de mi maltrecho corazón… el cual, ya despojado de todo interés y, simplemente desolado, apenas si podía accionar.
Y no me refiero al latido, eso le era tan natural como a cualquiera le es respirar, sino que me refiero a sentir. A llenarse nuevamente de ganas de amar. Porque eso pasa cuando se marchita una relación tan fuerte, tan cargada de compromisos, de respeto, de interés por el otro, en fin… de amor.
Poco a poco me fui alejando de su puerta, de esa hermosa y, ahora, condenada puerta. Ese umbral se había convertido en mi patíbulo.
Tras cada paso mi humanidad se alejaba del punto sin retorno. Desde lo más profundo sabía que jamás volvería a mirarla a los ojos, a saborear su esencia, a sentir en mi oído su risa de duende.
Al doblar la esquina el invierno desolado se hacía más presente en el patio de mi alma.
¿Y ahora qué hago con todo esto? Si tan solo pudiera convertir esto de mi interior en una piedra y arrojarlo lejos, muy lejos, como siempre quiso Umbral…
Lejos ya de mi inmediato pasado deambulé por calles adoquinadas, perdido entre la bruma de la noche, las nostalgias del pasado y la pesadumbre de mi alma.
Luego de horas de caminata sin sentido por las calles olvidadas de una ciudad absorbida por su pasado anclé mi humanidad en puerto desconocido. Parecía tratarse de un bar del 1900, o eso creía.
Al entrar las miradas cayeron sobre mí como moscas. Cada pupila se detenía en cada movimiento de mi minúsculo ser.
Pensé en salir corriendo como única solución. Pero permanecí firme en mi convicción.
Un paso tras otro, como fichas de dominó, mis pies fueron actuando hasta llevarme a la barra de aquel bar.
Una nueva etapa en esta vida inútil había comenzado. Una nueva oportunidad de ser feliz golpeaba a mi puerta.
¿Cómo negarme a tal llamado? Después de todo, la vida no es más que eso… una enorme catarata de momentos. Unos gratos, otros no tanto, y no por eso debemos dejar de bañar nuestra esencia en aguas tan ambiguas. ¿No?
Me pedí un trago tras otro. Traté de ahogar mi pena en copas. En bebidas que, como lenguas líquidas devoraban mi alma. La corrompían, la degradaban.
Han pasado muchos años de aquel día.
Hoy lo veo más claro.
Las bebidas me siguen acompañando, pero ya no son aguas caldeadas del Estigio, sino simples lágrimas de un ángel que, desde su balcón, llorará mi ausencia por toda la eternidad.
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