Casi las ocho y veinte

Iba andando por la calle. Llovía. Más bien lloviznaba... Andaba con pisada segura, sin paraguas, pero con la capucha puesta. Recordaba haber cruzado un par de semáforos en rojo sin echar la vista atrás. Al fin y al cabo, siempre me habían enseñado a mirar hacia delante, que es hacia donde vamos.

Seguía caminando, con la mirada perdida. Mi cabeza estaba en otra parte, pero no sabía dónde. Iba escuchando música en mis cascos inalámbricos como de costumbre. Música en aleatorio.

La vida no era fácil con esquizofrenia paranoide. Por más que intento encerrarme en mí misma, no puedo evitar lo que mi propia mente fabrica. Se veía tan real… Las sombras, lo que mi psiquiatra llamaba “alucinaciones auditivas”… Y a pesar de todo, me gustaba la idea de percibir el mundo de otra manera.

Miré la hora en el móvil. Eran las 20:15 y yo volvía a casa después de trabajar en el laboratorio. Siempre me había gustado experimentar y, a pesar de padecer una enfermedad mental, de vez en cuando me permitía hacer vida normal.

Hacía tiempo que notaba unas sombras diferentes a lo que yo solía ver. No tenían forma, solo eran oscuras, y tampoco podía distinguir si eran fruto de mi imaginación o no. Yo solo suponía que algunas cosas no eran reales, pero nunca llegaba a saber con certeza qué era tangible y qué no. Sentía como si esas sombras quisieran decirme o mostrarme algo; dirigirme hacia algún sitio en concreto.

Solía ignorarlas y llevaba ya mucho tiempo sin hacerles caso. Supongo que creía que, al final, no acabaría en algo bueno. Fue entonces, pensando en esas sombras, cuando vi a una de ellas, algo difusa, pero con forma de persona. Avancé por la calle en su dirección, con la mirada clavada fijamente en ella. Sentía que mi corazón se aceleraba por el tiempo que había pasado sin saltarme las “normas” que yo tenía establecidas. Recordé aquella vez que los médicos me habían hecho una resonancia magnética y fue como un flashback que no parecía tener sentido en todo aquello que estaba pasando ahora.

La sombra se movía rápidamente, por lo que tuve que acelerar el paso para alcanzarla. Ella me invitaba a seguirla, pero parecía que llevaba algo de prisa. Nos estábamos alejando de la urbanización. A lo lejos, distinguí un extenso prado de hierba mojada. Solo esperaba que la sombra no me dirigiese por ahí, porque la lluvia había empezado a cobrar más fuerza y no quería sentir los pies más mojados ni envueltos en barro. Cómo no, la sombra decidió atravesar el campo. Tomé un segundo en observar todo a mi alrededor. Estábamos en un descampado con algunos árboles y anochecía. Miré el reloj. Eran las 20:17. Cuando quise volver a fijarme en la sombra, esta alzó la mirada hacia el cielo. Me paré en seco a unos pocos metros de ella y, acto seguido, miré hacia arriba también. Las gotas de lluvia me rozaban la cara lo suficientemente despacio como para no darme apenas cuenta. Juraría que la lluvia estaba parando y, en cierto modo, era así, pues las gotas frenaban su velocidad, de tal manera que podía observar cómo se detenían lentamente hasta quedar suspendidas en el aire.

Miré mi reloj digital y pude confirmar mis sospechas: el tiempo se había parado a las 20:17 y 59 segundos. Eso sí que era vivir al límite… Ahora no parecía existir un cuándo y quizás empezaría a haber un siempre. Estaba apreciando el mundo tal y como es, pero quieto. Cada gota de agua flotando en el aire y cada ápice de lo que, muy a lo lejos, parecían personas detenidas. Entonces, volví mi mirada hacia la sombra. Ella, por su parte, dirigía su rostro borroso hacia mí. Señaló el suelo con una de sus extremidades, como si quisiera que yo buscase algo en él. Era curioso cómo la sombra y yo nos comunicábamos sin decir una sola palabra. Me agaché y pude observar una caja de madera. Miré de nuevo hacia la sombra. Parecía que quería que yo la abriese y así lo hice. Dentro, había algo que yo no podría imaginar en la realidad.

Lo siguiente que recordaba después de aquello era abrir los ojos, tumbada en el sofá. Me sentía desubicada. ¡No podía haber sido un sueño! ¡Yo lo había sentido muy real! Desconcertada, cogí mi teléfono móvil para mirar la hora. Eran las 10:37 del día siguiente. Cogí mis cosas, me apresuré y saludé a mi perro Max, feliz de verme. Le llené su cuenco de comida, por lo que él sabía que me iba de casa a trabajar. Me despedí diciéndole: “Volveré algo tarde Max. Creo que he encontrado la cura de mi propia enfermedad”.
  • Hits: 41