HOMO PRESUMIDUS

Hace muchos, muchos años en una zona remota del planeta Tierra, vivía un clan de hombres nómadas.
La vida transcurría de manera excesivamente lenta y aburrida:
Enormes caminatas para cazar algún animal, recolectar frutos para después poder comer, trasportar agua de los fríos ríos, … así un día tras otro.
Tras la llegada de la primavera, Floretus, esposa de Rudolus esperaba a su primer hijo. Durante las largas noches de invierno antes de ir a dormir la pareja discutía sobre el nombre que iban a poner a su bebé. Pasada la media noche tras haberse oído multitud de gritos de desesperación por fin se escuchó el llanto de un niño. Rudolus lo cogió entre sus brazos y salió corriendo a decírselo a todo el clan. -Por fin; es un niño y se va a llamar Homo Presumidus. Al día siguiente celebraron una gran fiesta por la llegada del nuevo miembro del clan.
Pasaron un año otro, otro, otro … hasta que Homo Presumidus se hizo adolescente, tenÍa ya catorce años, y durante este periodo la verdad es que no había sido un niño más dentro del clan, siempre destacaba por algún motivo que además provocaba el asombro e incredibilidad de todos los miembros del clan.
Gracias a todas estas cualidades y a su enorme personalidad pronto se hizo con el mando de la tribu.
Homo Presumidus pese a su corta edad ya era el jefe. Ahora iba a ser conocido como “Acomodatus”.
A “Acomodatus” le fastidiaba mucho tener que andar largas distancias para poder cazar algún mamut o algún jabalí, o ir hasta aquel bosque inalcanzable para recolectar las sabrosas bayas, y no digamos lo de ir hasta el arroyo que esta cerca de la cumbre de la montaña para recoger el agua, sobre todo cuando se encontraban en la estación mas calurosa y seca del año. Esto lo llevaba fatal.
Acaba de amanecer en Villanolux, “Presumidus” lleva toda la noche dando vueltas a su cabeza. Tiene que encontrar una manera que les pueda evitar dar esas enormes caminatas para recoger el agua de aquel alejado arroyo.
Terminó su desayuno y se dirigió hacia su habitáculus, donde estaba la roca con sus anotaciones. Tardó un tiempo en encontrarlo porque era tal la cantidad de artilugios que tenía que no lo veía por ningún lado.
Homo Presumidus se puso a leer:
El cielo nos tira agua, y esta cae a la tierra, cada vez en un sitio distinto, a veces cae tanto agua que se forman lagos pequeñitos en el suelo y después desaparecen, como si se colasen hacia el interior de la Tierra.
Nuestra cueva esta debajo de la ladera de la montaña, y dentro se forman unos pirulos de roca que siempre están dejando caer alguna gota de agua… por lo tanto esa agua que cae por la ladera de la montaña, seguro que acaba en nuestra cueva.
Nuestro pequeño jefe, cogió un Erizus Espinox, y con sus súper puas rigidas y extremadamente largas, comenzó a perforar uno de esos pirulos de roca y a llenarlo de agujeros, y así cada vez que realizaba uno, salía un chorrito de agua.
¡Biiiien! Exclamó Homo Presumidus, ya no tenemos que ir hasta el lejano arroyo para recoger el agua. ¡Hurra!
Pero observando su hallazgo, se dio cuenta que el agua que salía, estaba un poco… Bueno, mejor dicho, estaba muy, muy, muy fría y a nuestro pequeño descubridor, lo de lavarse con agua fría, no le hacía mucha gracia.
Al día siguiente ordenó a cuatro de los miembros más forzudos del clan que salieran a buscar el caparazón de una TORTUGA ENORMUS.
- ¡Jefe! ¡Jefe! Ya estamos aquí, ¿Es esto lo que pediste?
-¡Fenomenal! Enhorabuena, eso es precisamente lo que buscábamos. Sentaros, comed y bebed todo lo que necesitéis os lo habéis merecido.
Al día siguiente Acomodatus ordenó a sus hombres hacer un enorme agujero en la parte alta de la cueva y que estuviera cerca de un pirulo de roca para colocar el enorme caparazón. Anteriormente lo habían partido por la mitad de forma que les sirviese como recipiente para recoger las aguas, y en las partes del caparazón por las cuales saldrían las patas, cabeza y cola de la TORTUGA ENORMUS, colocarían pirulos mas pequeños con muchos agujeros.
En la parte inferior, justo debajo del caparazón, habría una hoguera que estaría siempre encendida, de tal manera que el agua que estaba retenida en el caparazón, estaría siempre calentita. Y la otra mitad del caparazón la colocaron a la entrada de la cueva de tal manera que se llenaba cuando llovía.
Así que cada vez que me doy una ducha en mi casa y cada vez que me baño en la piscina me acuerdo del increíble y astuto Homo Presumidus.
¡VIVA ACOMODATUS!


RELATO REALIZADO POR VALERIA GÓMEZ DÍEZ 1ºESO-C






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