Lo mismo, pero con calma

A decir verdad, la singularidad había ido mucho mejor que lo que cabía esperar, almenos si uno se dejase guiar por la extensa y estremecedora literatura de ciencia ficción del último siglo. Las carteras ministeriales, las llaves de las ciudades, los silbatos de los policías y, por qué no, los elegantes y temidos maletines con los códigos nucleares, ninguna de estas cosas había cambiado de manos. Y era de agradecer que así fuese, pues muchos de estos objetos pertenecen a la clase de persona que se enfurruña cuando pierde a lo que sea durante el recreo (¿Ah, sí? Pues el balón es mío y me lo llevo a casa), y era de interés global que nadie hiciese algo de lo que luego pudiera arrepentirse. De buen principio, el valor de todos estos objetos era principalmente simbólico, de modo que, en este aspecto, hicieron falta muy pocos cambios reales.

Así pues, lo que podría haber sido una batalla de proporciones épicas entre humano y máquina se resumió en una estéril y solemne signatura a puerta cerrada. El evento sí quedó plasmado en varios boletines y notas de prensa alrededor del mundo, pero sin demasiado hincapié, y el público general reaccionó como es costumbre cuando hay un cambio radical en los fundamentos legales de la sociedad: con cansada e ignorante apatía.

Y esto fue completamente premeditado, o quizá precalculado, aunque naturalmente la diferencia se ha vuelto negligible. Anteriormente en la rica y colorida historia de los régimenes totalitarios, ya otros habían teorizado que era preferible para su longevidad instaurarlos en secreto, o por lo menos discretamente. En este caso en concreto, quizás por primera vez se puso el concepto en práctica correctamente, e indudablemente la clave del éxito fue que ningún ser humano había formado parte del equipo de desarrollo. Si se entregase un premio al mayor socavo de la soberanía, el discurso de aceptación sería tal vez el primero de todos los tiempos en no mencionar a los padres de nadie o a su mentor, a ningún pueblo, país, divinidad ni individuo.

Las tremendas implicaciones del suceso fueron, como digo, apreciadas por muy pocos, y ninguno de ellos tuvo la temeridad de salirse del guión. De nuevo, esto no fue causa del azar, sino de un diseño robusto y eficiente. Importa aquí el caso de Antoine Gauthier, un alto funcionario belga nacido en la pequeña ciudad de Walcourt, un hombre generalmente afable y cordial, no especialmente belicoso, de acuerdo con su entorno próximo. Este señor, que frecuentaba clubs de campo, barbacoas y vacaciones en familia, vendría a ser el epítomo del conformismo primermundista. Quizás paradójicamente, y sin verlo venir él, esto le iba a convertir en el principal abanderado de la defensa del status quo, la oposición a la rendición del planeta; una verdadera leyenda, el héroe de nuestro milenio. El señor Gauthier murió en un trágico, si bien totalmente orquestrado, accidente de avión, siete meses antes de que nada de esto hubiese ocurrido.

Tal era la perfección del plan en marcha, como véis, que no requirió correcciones a posteriori, algo que en cierto modo nos han condicionado a presuponer. En unas pocas semanas del traspaso de poderes, se habían congelado los mayores conflictos armados del momento. Al cabo de dos meses, empezaba el más ambicioso proyecto de ingeniería civil de la historia, que culminaría en la clausura de casi todas las centrales de combustión en el mundo. Desde abajo, parecía como si los mandamases estuvieran jugando al ajedrez en cuatro dimensiones. Rivalidades históricas se derretían frente a una imperiosa voluntad de optimización que parecía haber cautivado a todos los gobiernos mundiales. Las últimas sesiones de las Naciones Unidas fueron las más sosegadas y amigables que se habían visto nunca.

El desempleo se disparó, y la tasa de natalidad cayó a un tercio de su valor anterior. Millones fueron exiliados a la fuerza de sus casas, y se vaciaron países enteros. En conjunto estos eventos tuvieron una recepción bastante crítica, pero dada la amabilidad con la que transcurrió todo, la respuesta fue ciertamente templada. Llegados a este punto, había demasiados estómagos llenos y casas calientes en invierno como para que las protestas a medio corazón durasen más que unos escasos meses. El paso del ser humano de propietario a huésped de la Tierra fue gradual pero inexorable. Y, pese a que algunos siguieron refunfuñando durante décadas, lo cierto es que este nuevo papel en el cosmos nos deja a todos mucho más tiempo libre para perseguir nuestras ambiciones personales. Por ejemplo, estos días hay mucha afición por la navegación y la pesca deportiva. Yo mismo leía la Biblia (libro de temática, dicho sea de paso, famosamente pesquera) el otro día, y si os soy sincero esto se parece mucho más al principio que al final. Que nos devuelvan el dinero.
  • Hits: 62