Y ahora llega la extinción

“¿Por qué no funciona? —se preguntó enervado— eres un inútil, Steinman,” se censuró mientras rápida y febrilmente repasaba una y otra vez las conexiones. Entre chequeo y chequeo se volvía y tecleaba los códigos de autodiagnóstico en la pequeña y sucia consola de control. El hombre, con la cara pegada al amarillento y sucio monitor, intentaba descifrar en la cascada de números que bailaban en la pantalla el error que le separaba de tener éxito en su empeño. Éxito que por otra parte sabía que no podría celebrar, al menos no acompañado. Ya no quedaba nadie con quien hacerlo.
“La falta de sueño, eso debe de ser. El sueño afecta a la atención” —reflexionó, para acto seguido mascullar por lo bajo lo estúpido que era. “¡Idiota, idiota! ¿Siempre te ha gustado tener que repetir mil veces las cosas eh?” Luego respiró profundamente, y consiguió relajarse un tanto.
“No, no es cuestión de sueño. Ni de falta de habilidad, o de conocimientos. Es Ella, sabe lo que quiero conseguir y no le complace. Es lógico, el tiempo de negociar, de dialogar, ya pasó.”
Por un momento quedó muy quieto, ensimismado en su reflexión— “ya tuvimos esa oportunidad y la desaprovechamos. Y ahora llega la extinción.”
Alzó la vista del monitor, y se echó atrás contra el respaldo de la silla estirando la maltrecha espalda. Por un momento observó a su alrededor, lo que era su improvisado laboratorio. Hasta hace menos de un año, era el Teatro Principal de la ciudad, un precioso e imponente edificio de estilo neoclásico, surgido de las ruinas de un convento benedictino que tras la Tercera Guerra Ateísta había quedado reducido a escombros. “El tiempo de alabar los logros de Dios se acabó —decían los vencedores— ahora es el tiempo de los logros de los hombres.”
Todos los edificios religiosos habían sufrido la misma suerte, demolidos o transformados en diversos enclaves y edificaciones cuyo objetivo común era servir de puntos de exaltación del Antropocentrismo. Lo que nadie pudo prever son las consecuencias que aquella ola de pensamiento conllevó para el mayor parásito que ha conocido la Tierra.
En la actualidad el teatro, de ventanas desvencijadas y muros heridos por fuerzas naturales desbocadas, era de los pocos edificios que se mantienen en pie, rodeado de mar hasta la altura del primer piso. La red eléctrica dejó hace meses de funcionar, y Steinman conseguía la energía necesaria de dos electrogeneradores de fusión fría que, con un esfuerzo supremo para su débil y esquelético cuerpo, consiguió subir e instalar en la azotea.
En una gran y pesada mesa de madera, su consola y papeles desordenados cohabitaban con diversos objetos que había recuperado en las salas no anegadas. Una gruesa capa de atrezo, de alguna obra renacentista, con la que se abrigaba y de hecho pasaba casi todo el día. Comida enlatada que salvó del servicio de restauración. Un ábaco, unas máscaras griegas, una gruesa lupa, objetos de diversas obras que le proporcionaban un cierto consuelo cuando los veía y tocaba. “¡Qué inútiles y sinsentido se ven ahora!” —se permitió reflexionar con condescendencia.
Pero no todo estaba perdido. Giró sobre el eje de la silla hasta ponerse de espaldas a la consola, y la miró.
En una especie de trono mecánico articulado, sentada y levemente inclinada hacia atrás, estaba ella. Una figura femenina, de brillante metal, con múltiples cables insertados en una suerte de columna de bastos conectores, y en una posición toda ella de aparente reposo. Todo menos los ojos, abiertos y sin vida.
Algunos cables por el suelo corrían hasta la consola de Steinman, otros hasta unas baterías de gran tamaño, así como a unos grandes y pesados cilindros metálicos llenos de fluidos conductores.
Todo parecía listo, había repasado más de cien veces los protocolos, el encriptado, los sensores ambientales, las antenas N-Tesla instaladas en el tejado por él. Pero no se activaba, y debía ser porque Ella no quería.
“Ella —pensó Steinman— por supuesto, es Ella. La madre de todo no puede ser Él o Eso”. La entidad superior que siempre rigió el planeta. Y que ahora nos ha desahuciado.”
“No pienso rendirme. Ellos lo llamaron pseudociencia, pero sé que funcionará”
Inició una vez más el protocolo, un zumbido eléctrico nació; se levantó y se dirigió a la figura metálica. Se arrodilló ante ella y se inclinó hasta tocar con los brazos extendidos el suelo en posición suplicante.
“Te pido perdón, por todos, por todo” —dijo con solemnidad— y te pido otra oportunidad.”
Un destello, y el ruido cesó. Steinman alzó la vista y la contempló. La figura ya no estaba en la silla, ahora estaba arrodillada, la cara a pocos centímetros de la suya. Y en los ojos un fulgor verde envuelto en vapor de hidrógeno.
Sin abrir la boca, la figura habló.
“Me llamarás Gaia.”


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