Si se enteran vuestras madres…

No podían moverse; el aire hería, el agua hervía, la madera ardía. Todo se les pegaba. Las telas se empapaban, los metales les quemaban. El sudor los revestía, salía a discreción por poros y ranuras. Los pelos estaban tristes, desalentados y se rendían. El calor era insoportable.

Estaban en verano. Éste llegaba siempre sin avisar, sólo los sastres lo notaban porque sus tijeras se ponían en huelga, siempre desde la tarde anterior a la mañana siguiente. Los veranos en la ciudad duraban un día, y podía haber entre uno y treinta y tres por año, nunca más, estaba escrito. Aquel era especialmente insoportable.

Se sentían como sobre un sofá de cuero ardiente. Pestañear dolía, incluso respirar dolía. No se podían tocar, motivo de ejecución. Las uñas se les derretían, olía a quemado. Y el calor no cesaba, iba en aumento. No se veía a nadie más, eran los únicos valientes ¡Qué sopor!

En la ciudad no recordaban un verano como aquel. Debía ser cosa del Niño, los Alisios o el maldito Coriolis. Los pájaros se cubrían con sus nidos, las flores defendían sus partes nobles y los árboles soltaban lastre mientras los peces se hacían a fuego lento. Aquello era soporífero.

No podían más, algo debía cambiar. No iban a aguantar hasta la mañana siguiente, el calor y la humedad acabarían con ellos antes. Salva salió y los demás lo siguieron.

Ir a una sauna en verano es, definitivamente, una locura.
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