LA ELABORACIÓN

Eran las tres menos veinte de la tarde cuando Sandra había reunido todos los compuestos en el laboratorio. Quiso hacerlo cuando los demás ya se habían marchado. Retransmitían un importante partido de fútbol a las cuatro y la gente quería verlo en el bar. Sus compañeros de laboratorio eran chicos y unos forofos del fútbol.
Y también de las chicas, cosa que irritaba bastante a Sandra. Los tres jugaban en el mismo equipo, pero distaban mucho de tener el toque de balón que Sandra tenía con su raqueta.
Ella era una chica independiente. En sociedad se sentía insegura y no buscaba citas ligeras. Por eso a veces la miraban como a un bicho raro. Venía de terminar una larga relación con un hombre casado. Pedro tenía diez años más que ella, y aunque todavía seguía amándola, el asunto se les fue de las manos. Demasiado largo de contar.

Y de olvidar.

Ahora se encontraba sola, sentada en un taburete frente a una ancha mesa de laboratorio. Su largo y ondulado pelo castaño lo tenía bien recogido. Hoy se había arreglado un poco, y aunque sin maquillar, ofrecía la estampa de una interesante y atractiva mujer rodeada por un considerable número de tubos de ensayo y diversos compuestos.
Uno contenía agua, otro cloruro de sodio, el tercero urea, el cuarto, quinto y sucesivos contenían disoluciones de mucina, lisozima, lactoferrina, glucosa, prolactina y demás sustancias que había tardado más de dos semanas en reunir y en purificar.

No podía perder mucho tiempo. Debía tomar medidas de volumen muy exactas y algunas mezclas las debía de hacer a una temperatura determinada. A las cuatro se iba el conserje y cerraba el laboratorio.
Empezó a mezclar: 6,8 mL de agua, 2 mL de la disolución de mucina. Luego subió la temperatura a 36,5 grados... lo tenía todo perfectamente memorizado. Cuando terminó a las tres y media miró la disolución resultante a través del tubo de ensayo final. Totalmente transparente, sin ninguna impureza visible. Se sentía orgullosa. Lo había conseguido. Ya se había intentado otras veces hasta entonces, pero ella había utilizado una técnica de purificación y aislamiento de las sustancias diferente. Si el resultado era el esperado, se podría utilizar en posteriores investigaciones médicas.

Ya tenía la disolución artificial. Una sustancia que pretendía imitar a la naturaleza. Pero ella sabía que el equipo evaluador de la investigación le iba a pedir que estuviera acompañada por una muestra de sustancia natural para contrastar los análisis en el espectrofotómetro.

Por eso ahora venía lo difícil.

Había planeado pensar en Pedro. En sus abrazos. Pedro le decía que sentía amor del bueno. Le sobrevino la melancolía. Y sin saber cómo, apareció el recuerdo de aquella vez que estando los dos revueltos en la cama, en un momento que quiso incorporarse, se le resbaló una rodilla por el borde y cayó de culo, quedando patas arriba después de un piñazo contra el suelo que les hizo estar a los dos riendo a carcajada limpia durante dos minutos. Dos horas en la cama, y aquellos dos minutos fueron los que se grabaron a fuego. Lo que son las cosas.

No funcionaba.

Pensó en su padre, en lo mal que la había tratado desde joven porque no quiso ponerse de aparadora de calzado en la fábrica familiar de zapatillas deportivas. “¿Estudiar? ¿Química? ¿Eso para qué sirve? ¿Y cuándo piensas formar una familia?”

Tampoco funcionaba. La rabia es lo que menos funciona para esto.

Y entonces pensó en su futuro. Volvió a pensar en Pedro. Que le amaba de verdad. Pensó que la vida les había puesto enfrente a los dos para compartirla. Se acordó de sus últimas palabras, “espérame, en un par de meses estaré contigo, te lo prometo...”
Habían pasado ya seis meses desde aquellas palabras. Por unos instantes se sintió sola, débil, y aunque ese sentimiento la llevaría a lo que buscaba, le dio miedo, y quiso hacer esfuerzos pensando que algún día volvería a querer a alguien igual o más de lo que ha querido a Pedro. Pero se vio incapaz... Y de repente, no pudo imaginar su futuro más allá de las cuatro de la tarde.

Y después de unos segundos de labios apretados y fuertes emociones reprimidas, por fin, una lágrima resbalaba por la mejilla. Y otra, y otra, y otra más que caían al pequeño embudo de cristal y resbalaban hasta el tubo de ensayo.

Ya eran casi las cuatro. No quería quedarse encerrada. Se quitó la bata y se soltó el pelo. En el pasillo, a lo lejos, vio al conserje cerrando puertas. Empezó a correr hacia la salida, más que por la prisa por la satisfacción del trabajo bien hecho, mientras su ondulado pelo le saltaba sobre los hombros.
Recordó que a las cinco había quedado con Marta para jugar al tenis.
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