Tiempo sin fin

Luz ha vestido de sueños su imaginación, como tantos ciudadanos, desde que la Muerte dejase de ser una enfermedad... Ha contado los días hasta lograr ver aquel en que fuera transferida, de manera digital, a un bioingenio fabricado por fotoimpresión plástica en grafeno y titanio. Rebasar la barrera de los ciento cincuenta años por uno y, tras duro trabajo poseer la cantidad obligada de criptomonedas, la hace sentirse como si acabara de cumplir los dieciocho: ilusión, felicidad, ganas de comerse el mundo, de saltar y bailar... «Inmortal», suspira su subconsciente cuando una de las enfermeras de la residencia sopla las velas de su tarta de cumpleaños.

Ha renunciado a tantas cosas por alcanzar la eternidad absoluta. Sin embargo, bajo sus cúpulas, las leyes de las megametrópolis marcianas son contundentes. Nada de descendencia mientras se viva ―quizás la más cruel― es una de las normas principales. Sin control de natalidad, una humanidad que no puede exhalar un último suspiro sería problemática. Y Luz, con extrema paciencia, además se ha pasado el último cuarto de siglo postrada a una cama debido a un ictus. Cada uno de sus ojos son lo único que la mantienen conectada tanto al mundo real como al virtual. Con todo, ha alcanzado la edad legal y, a primera hora de la mañana, se ha puesto en contacto con la notaría y la aseguradora. Se han revisado las cláusulas y al no hallarse contradicciones, sin más dilación, el proceso ha sido autorizado y activado por control robótico.

En estos instantes, una Luz feliz piensa: «Neocuerpo». Se ha decidido por una vaina que aparenta la treintena y que la aguarda en la cápsula adecuada para su trasvase en la piscifactoría adyacente a la residencia. El equipo médico que la atiende se acerca para despedirse de una paciente que ha sido ejemplar. Aplauden, son pocos los que, por falta de crédito en la mayoría de ocasiones, ven renacer, menos si provienen de la clase obrera sin más gen modificado que el de la longevidad.

Una doctora desconecta las máquinas. «Te los ha ganado», cree que le murmura alguien al oído. Sin perder la alegría de su rostro, Luz cierra los párpados. Siente, de repente, un brutal tirón en el interior de su ser; un fogonazo en su mente. A velocidad imposible le parece recorrer un túnel brillante, en medio del Universo, con tanta intensidad como una titánica montaña rusa. Después, la nada. El silencio, durante un cronón de Planck, es lo peor. Oscuridad. Una pulsión. Varias. Siente la electroreanimación de sus neuronas cibernéticas. Destellos. Vida sin necesidad de oxígeno…

Desnuda y sin vello en la neopiel, despierta en el interior de un flotario que comienza a descomprimirse y a alzar su cubierta en una de las salas comunes de la piscifactoría. Mientras, Luz se deja balancear en una solución gelatinosa con los brazos despegados de su cuerpo, igual que hacía en el mar artificial al norte de la megametrópolis cuando era niña. El balanceo es como una nana. «Ya no es tiempo de soñar... ―Añorando su infancia, manifiesta―: Toca saborear los momentos como si fueran algodones de azúcar».

Aparecen tres androides. En un tono metálico, monótono, escucha: «Bienvenida». La ayudan a quitarse el respirador y los tubos conectados a su columna y sienes. También, a salir de la cápsula. De inmediato, uno de los mecatrónicos le cede una toalla y le indica dónde tiene unas duchas. El mismo androide le indica: «Desde mañana se la instruirá en las habilidades corporales que, de forma específica, designó en el contrato con la aseguradora». El procedimiento culmina en cuanto Luz pasa unas horas sumergida en aguas termales para que el grafeno se amolde al esqueleto de titanio, a la estructura de circuitos integrados y al cerebro cuántico. Luz solo piensa: «Otra vez treinta y tres». No ha escogido esa edad por casualidad. Es fan de los antiguos mitos y leyendas que gustaba ir a visualizar a la memoteca sobre la abandonada y fragmentada vieja Tierra; en esa época un anillo de polvo estelar.

Lo siguiente en la lista de su minuciosa planificación será, como neociudadana, navegar y sortear la ingente burocracia para solicitar la creación de un ente vivo de genética avanzada que sea, en su caso, heredera universal el día que Luz aborrezca la eternidad. Ya que, como suele insistirle el instructor asignado tras su conversión: «La curiosa paradoja de los inmortales es querer morir pues, ¿qué queda una vez que lo has vivido y probado todo?». A pesar de un tiempo sin fin, Luz se ha prometido que disfrutará de cada amanecer como si fuera el último. «Te lo has ganado», le susurra, sonriente, su alma.
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