PUEDE VOLAR

El señor Magpie siempre había querido poder volar, era su sueño desde que era pequeño. Pero él no quería coger un avión o sobrevolar el mar en parapente. De hecho, sólo había cogido un avión una sóla vez en su vida y contratar un parapente le parecía una idea de turistas refalfiados. Lo que quería el señor Magpie era volar como los pájaros, ser tan ligero que la brisa lo elevara por los aires y poder ver las parcelas de tierra como perfectos rectángulos verdes, amarillos y morados.
Magpie era ingeniero, pero siempre había sentido curiosidad por la química y la biología. De hecho, tenía un pequeño laboratorio en su casa donde podía llevar a cabo sus experimentos. A veces se sentía como aquellos científicos antiguos que trabajaban en sus casas y a los que nadie comprendía. De hecho, sus obsesiones le habían alejado poco a poco de sus seres queridos, pero eso ahora no importaba, estaba a punto de conseguir lo que quería.
Llevaba varios meses ingiriendo la mezcla que había creado. La peor parte es que ahora tenía que tener mucho cuidado. Después de años recogiendo información sobre enfermedades del esqueleto había logrado hacer sus huesos cada vez más ligeros.
Como los de los pájaros.
También había construido una estructura equivalente a unas alas. A veces se reía pensado en los dibujos de Leonardo da Vinci, pero él era más listo, sus alas funcionarían. A pesar de no ser muy alegre, Magpie decoró sus alas con plumas azules, amarillas y rojas. Le sonaba de los loros que había visto en los documentales.
Y por fin el día había llegado. No había escogido un día al azar, llevaba toda la semana estudiando las previsiones meteorológicas y ese día las corrientes de aire lo elevarían como a un globo abandonado. Se colocó sus alas y esperó. Pero no pasaba nada. A lo lejos vio dos urracas que lo miraban sorprendidas, y por un momento sintió tristeza. De repente, una ráfaga de aire casi lo tiró al suelo, pero el instinto le hizo mover los brazos y, sorprendido, vio cómo su cuerpo se elevaba. Vio cómo las margaritas se iban haciendo cada vez más pequeñas, mientras las urracas salían volando espantadas.
Intentaba agitar los brazos rítmicamente, tal y como había ensayado tantas veces. Si lo pensaba, le daba un poco de vergüenza, pero eso era un sentimiento humano y él ahora era un pájaro. Mientras se elevaba, pudo observar las parcelas de tierra como perfectos rectángulos verdes, amarillos y morados. Ya estaba. Era libre. Lo había conseguido.
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