Nono lo hará mejor

Los histoSoftware coinciden ya con una confianza de dos sigma en que la era comenzó con el lanzamiento de Nono, no sé si lo recordarán, quizás fueran ustedes demasiado jóvenes. No fue el primer robot musa, como se llamaron entonces, no, desde luego, pero sí el mejor; el que consiguió crear con tanta humanidad y originalidad como nuestro género permite, a excepción quizás de los individuos que son capaces de traspasar las barreras de su tiempo y hacerse un hueco en la Historia como genios, ese selecto elenco de mujeres y hombres irreemplazables en el progreso de la Humanidad, aunque tampoco esto está del todo claro: hay un estudio de la Universidad de Delhi acerca de la creatividad muy interesante, les recomiendo su lectura, que viene a decir que las revoluciones culturales y los cambios de paradigma son completamente predecibles, debidamente establecidas unas condiciones de contorno histórico-sociales. Es decir, los así llamados genios no son más que singularidades puramente coyunturales, engendrados, por así decirlo, por la gracia del tiempo que les tocó vivir. Decisivos, por supuesto, pero coyunturales. Claro que Madame Bovary fue una obra de ruptura; pero, si Flaubert hubiera sido granjero en lugar de hijo de cirujano, ¿creen que la literatura seguiría anclada en el Romanticismo? Por supuesto que no. Sería famoso cualquier otro señor, o señora con pseudónimo de señor, francesa quizás o probablemente alemán, que hubiera escrito su Frau Bodensee que habría hecho saltar por los aires la nobleza del amor con lo tierno del pecado. Al fin y al cabo, se dice que son las obras las que escogen a sus autores.

¿Cuántas veces en la Historia ha ocurrido que un gran hallazgo científico ha sido alcanzado por dos o más mentes al mismo tiempo? Newton y Leibniz; Darwin y un olvidado Alfred Russel Wallace. El famoso bosón divino podría ser de Kibble en lugar de Higgs. La Historia no se detiene a esperar a nadie, y lo mismo ocurre con la literatura, salvando los innumerables grados de libertad de separan a un poema de una ley física. Cuenta el mismo Unamuno que casi por azar supo de un italiano, Pirandello, a quien leyendo pensaba, “¡lo mismo habría dicho yo!”. Los tiempos avanzan, y ese avance se tiene que materializar en alguien. Pensábamos que esos álguienes tenían que ser humanos, muy humanos, porque muy humano era lo que pensaban y decían; pero estábamos muy equivocados: una máquina puede hacer lo que hacemos tan bien o mejor que nosotros, ya sea ensamblar un microchip o pintar un cuadro dadaísta. El Renacimiento, el Modernismo, siguen teniendo a día de hoy una noción de... autenticidad, ¿verdad?, que movimientos artísticos como el Patetismo o el Chang-Shenghuó, o cualquiera de los iniciados por Nono no tienen. ¿Cómo comparar El Quijote con Once campanas de latón? ¿Cómo comparar la Capilla Sixtina con la colección NN-3395, o las Hojas de Hierba de Whitman con Los Versífone? Pues sí, son perfectamente comparables, en calidad y en calidez. Nos aferramos a la humanidad, queridos alumnos, como si realmente fuera algo, como si nuestras ideas fueran más puras por haber sido creadas en las conexiones sinápticas de unas neuronas que en la microcircuitería de un procesador. Pero no es cierto, y esa es la gran revelación de la era artificial.

Claro que descubrirlo supuso un duro golpe para los que lo vivimos, los artistas especialmente. La mayoría de ellos se convirtió de la noche a la mañana en fanáticos de la unicidad del espíritu humano, todos muy apóstatas puertas afuera de un dios que clamaban llevar dentro. Los hubo quienes optaron por quitarse la vida, a modo de consagración última de la vida como único arte, ya ven ustedes, qué absurdidad. Los que conservaron algo de cordura, como un servidor, decidimos abandonar las incubaciones artísticas y estudiar, maravillarnos de la brillantez de una inteligencia que nos desbordaba, que nos había hundido para hacernos flotar, ahogado de tanto aire que nos daba. Y es que, aquí donde me ven, yo mismo fui escritor, queridos alumnos, mediocre, claro está. No lo digo con vergüenza; eran otros tiempos. Era lo normal, lo que se llevaba. Raro era quien no fuera pintor o poeta, escritor o dramaturgo. Como les digo, eran otros tiempos... Los del apogeo del arte del consumo, que, como una piedra lanzada al aire, alcanza su punto álgido antes de caer. Por suerte, el arte ha vuelto a lo puro y bello. Ha hecho falta una máquina para sacar los urinarios de las vitrinas de los museos, los plátanos de sus paredes, la mierda enlatada. ¿Qué habría sido de nosotros sin él? No lo sé, no lo sabremos. Sólo sé que ha sido nuestra salvación. Bien, prosigamos. Empezamos nuevo tema: el amor según Nono.
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