VIRIÓN

Ciento veinte nanómetros.
Diez elevado a la menos nueve metros de envoltura esférica de lípidos alrededor de una cápside nuclear con genoma no segmentado de ácido ribonucleico en su interior. Todo ello coronado por espículas proteicas a modo de tentáculos. Más pequeño que una célula, poco más grande que un anticuerpo y altamente infeccioso.
Un monstruo. Escila. Caribdis. El enemigo.

Eso piensa mientras observa los dos tubos gemelos de cristal sobre la gradilla de ensayo que tiene frente a sí, con suero preparado en su interior. No se da cuenta, pero levanta el talón del pie derecho sobre la puntera y la rodilla correspondiente titila arriba y abajo en reflejo parasimpático. Le tiembla el pulso y todas las moléculas de su cuerpo parecen querer descomponerse de golpe. La mascarilla le asfixia, el gorro de laboratorio le produce hormigueos, como si cientos de dedos indecentes le hurgaran el cabello. Los guantes... jamás unos guantes de nitrilo esterilizado hicieron sentirse tan torpe. Se pone en pie, cierra los ojos, respira hondo y los vuelve a abrir. Es por ellos, piensa, y coge la pipeta que en ese momento pesa como si estuviera hecha de iridio. Carga una dosis adecuada de líquido azulado contenido en un matraz y descarga tres gotas que refulgen fugazmente al viajar, obedientes a la gravedad, hasta entregarse en el suero transparente dentro de cada uno de los tubos de ensayo.

Espera. Aguanta la respiración.

Apacigua su desasosiego repasando la prueba mentalmente. Está utilizando controles: dos condiciones para el mismo experimento. En el tubo de la izquierda, cultivo de células pulmonares sanas. En el de la derecha, infectadas. Si precipitan en la disolución de la derecha cúmulos de material orgánico aglutinado que se van al fondo como reacción a los anticuerpos que acaba de liberar en forma de esperanzadoras gotas: éxito.
Si no...

Nada. Los anticuerpos no parecen estar actuando. Maldita sea.
El agotamiento y la desesperanza abren una brecha desoladora en su interior. No recuerda a qué hora de qué día entró en el laboratorio y el sueño ya le está pasando factura a sus conexiones sinápticas.

En algún lugar de su cabeza escucha aplausos. Suenan amortiguados entre aullidos de sirenas. Quizá vengan de la calle. ¿Son ya las ocho? No puede razonar con claridad pero el cálido resonar de palmas arropado en cantos de sirena le devuelven la lucidez y, con un renovado fervor que no estaba ahí hace un momento, pergeña una idea que deshace su bloqueo mental con dos palabras que libera en voz alta haciéndolas chocar violentamente contra la cara interior de su mascarilla: centrífuga angular.

Va a utilizar la máquina centrifugadora. El anticuerpo tiene que ser el adecuado. Ha funcionado durante el estudio previo, con magníficos resultados en la fase de exploración, resultando ser el más prometedor para el antígeno contra el que va dirigido. La etapa pre-clínica, con pruebas en animales y ensayos en tejidos, también está resultando esperanzadora y sólo resta por validar los resultados para pasar cuanto antes a los ensayos clínicos, directamente a la fase III. Hay que encontrar ya el compuesto adecuado para inyectar a la población.

Recoge con cuidado -los temblores han desaparecido; gracias, aplausos- los tubos de ensayo, los tapona y coloca enfrentados en el centro de la centrifugadora. Acciona la máquina que zumba con zetas sibilantes mientras gira enloquecida a toda velocidad hasta que pierde el enfoque de los tubos, que se perciben ahora como halos centrífugos. Durante ese torbellino hipnótico piensa en los anticuerpos que acaba de introducir con la pipeta como pequeños guerreros de torso apolíneo en forma de «i» griega, inmunoglobulinas poderosas que harán su trabajo de soldado especializado sin rechistar, sacrificándose como lo hacen los auténticos héroes. Química molecular nanométrica. Un verdadero cosmos en el interior de cada célula. Una verdadera contradicción de escala. Parece mentira, dice para sí, que seamos tanto y tan poco al mismo tiempo.

La centrífuga angular se detiene.

Saca los dos tubos mientras aprieta los dientes y ve que uno de ellos aglutina una pequeña turbiedad, un depósito sólido que se desliga del líquido y se hunde en el tubo hasta encontrar el fondo. Entonces sonríe. Es la primera vez en semanas.

Extrae con precisión de cirujano el depósito sólido que la centrifugadora le acaba de regalar, lo extiende sobre una placa de vidrio y corre con la muestra a la sala oscura, un mundo negro de desconcertante luz ultravioleta. Allí coloca la muestra en el microscopio, enfoca y observa. Un iris casi inexistente rodea su pupila inmensa que, henchida de ciencia, percibe el esperado brillo fluorescente del grupo químico que ha insertado previamente en el anticuerpo para identificarlo y verificar su validez.

- Ahí estás, fluoróforo bendito -dice- Funciona. Tendremos vacuna.

Y entonces se percata, no sabe desde cuándo, de que está llorando.
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