Espartanos y atenienses

Cuando la marea baja, la guerra empieza. El retroceso de las olas son las campanas de muerte. Los dos bandos son enemigos históricos, antítesis ecológicas; depredador y presa. Ambos luchan por su vida, ambos mueren si pierden la batalla, por lo que, una vez más, lo darán todo. Su supervivencia está en juego. No pueden fallar.

Anclados en la piedra, pacientes pero tensos, esperan los soldados de la legión negra provistos de los escudos más resistentes. Cada guerrero dispone de dos valvas con las que protege su cuerpo. Su mejor estrategia es su infalible defensa. Al igual que los atenienses, ellos confían en sus impenetrables murallas. Pretenden agotar a su rival hasta provocar su retirada.

Desde el mar emergen gigantes. No forman ningún ejército, se acercan guerreros solitarios. Reptan con la ayuda de sus cinco brazos y portan una armadura espinosa del color del fuego. Su marcha, lenta pero imparable, infunde temor a sus adversarios. Son espartanos, los guerreros más temibles de Grecia.

Como los rivales helenos, ambos ejércitos luchan una batalla interminable que ha durado milenios.

A medida que la distancia entre ambos bandos se reduce, los hoplitas azabaches se encapsulan completamente entre sus valvas, no dejan ningún reducto de su cuerpo expuesto. Las murallas de Atenas se cierran, son una defensa perfecta.

La colisión entre los dos enemigos es silenciosa, pero no por ello menos violenta. Los cinco brazos del asesino le ayudan a trepar encima de su adversario en un intento de mostrar su superioridad frente a él. Sin embargo, el ateniense, aunque más pequeño, no se deja intimidar, y con una férrea convicción se escuda tras sus defensas.

El combate ha comenzado. Un brazo se levanta y colapsa con la cáscara izquierda de un individuo y, rápidamente, otro brazo agarra la cáscara contraria. Aunque el escudo esté húmedo y sea resbaladizo, los brazos del gigante están provistos de potentes ventosas que proporcionan un agarre firme. Con una fuerza hercúlea, el espartano tira de ambas valvas para destruir la defensa perfecta, confía en que el combate sea fácil. El ateniense, sin embargo, no se rinde, y haciendo la fuerza contraria a su rival, mantiene sus murallas cerradas. No se escuchan berreos ni gritos de guerra; nadie alrededor es consciente de que, a pocos centímetros, dos individuos luchan hasta la muerte.

El instinto del animal entre las valvas es claro: las puertas de Atenas deben permanecer cerradas. Mientras tanto, el espartano forcejea en busca de una pequeña brecha en las murallas impenetrables.

La lucha continúa sin que ningún enemigo ceda hasta que, por un error de estrategia en la defensa de la fortaleza, el depredador consigue abrir una pequeña grieta entre las dos valvas de su presa. El gigante, iluso, cree que su caza ha concluido, que el ateniense es hombre muerto, por lo que tira una vez más de las valvas para desnudar a su oponente. Sin embargo, la presa no está acabada. Con sus últimas fuerzas, consigue hacer frente al movimiento de su oponente y, aunque la apertura en su muralla sigue siendo evidente, no es lo suficientemente grande como para permitir un golpe mortal.

Los signos de agotamiento son patentes en ambos bandos. ¿Acaso quedarán en tablas? El depredador recuerda que aún no ha comido nada ese día, que sus fuerzas flaquean. Su supervivencia depende de esta lucha. El animal oculto entre las murallas puede intuir la desesperación de su asesino y en ese momento, ambos se preguntan lo mismo: ¿Quién es la víctima?

Rozando el desfallecimiento, el depredador recurre a su arma oculta. Para poder utilizarla, sólo necesita que se cumpla una condición: El plan secreto precisa de una pequeña brecha en las defensas atenienses. Por suerte, ya la tiene. Puede ejecutar su plan. Puede matar.

El hoplita ateniense está paralizado, perplejo. La boca de su enemigo se abre de par en par liberando una sustancia semisólida que se cuela por la rendija entre las valvas hasta tocar el cuerpo desnudo del soldado. Éste, aterrorizado, no entiende que esa sustancia nauseabunda es el estómago del gigante, que ha sido expulsado del interior de su armadura espinosa gracias al tejido conectivo mutable. Con todas sus líneas de defensa rotas, el guerrero entre las valvas acepta su derrota y se ahoga entre jugos estomacales que deshacen todos sus tejidos blandos. Otra victoria para Esparta.

Con desprecio, el depredador separa completamente las dos valvas que tanto le había costado abrir. Ya no había defensor que las mantuviera cerradas. La muralla impenetrable hecha cenizas. ¿De verdad ese ser insignificante creía que podía ganar? Al fin y al cabo, era solo un mejillón, y él, se dijo con orgullo, era una estrella: Pisaster, el que pisa y destruye a su enemigo.
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