Un nuevo nicho para la vida

Los microorganismos quimiolitótrofos eran felices, oxidando el rico hierro de sus aguas ácidas con metales pesados en un ciclo que parecía no tener fin.

Esto era posible porque, desde las profundidades del subsuelo, la pirita era atacada indirectamente por la actividad microbiana y les permitía oxidar ese rico hierro que quedaba a su disposición en el cauce, generando ese color rojo característico del río.

Con la energía disponible de su oxidación, crecieron, se multiplicaron y los quimiolitótrofos se acumularon en la superficie, sobre las rocas en la orilla, arrastradas por la dinámica de las corrientes del cauce del rico río rojo.

Uno pensaría que nadie les pararía, que vivirían "felices" eternamente, pues sólo necesitaban el rico hierro para obtener la energía para vivir, para mantenerse localmente fuera del equilibrio termodinámico, pero nada en la vida es eterno… y donde hay vida, esta no está sola.

Otros microorganismos también necesitan materia y energía para subsistir, pero no pueden usar el hierro que ellas sí pueden… aunque sí que podrían atacar a esos quimiolitótrofos. En la guerra y en el amor todo vale, y está claro que en la guerra de la supervivencia los microorganismos no se andan con rodeos. La vida llama a la vida, la vida busca perpetuarse, hasta en los ambientes más hostiles que podamos imaginar; la presencia de quimiolitótrofos en la superficie de las rocas puede ser el bote salvavidas que les permita a moradores ocasionales acoplarse en este ambiente aparentemente hostil como es la superficie de las rocas.

Nada es inmutable con el paso del tiempo; los paisajes se erosionan, cambian, evolucionan con el tiempo. Las simples rocas con quimiolitótrofos y el hierro depositadas en ella cada vez tienen menos contacto con el agua circundante. Cada vez los quimiolitótrofos tienen menos hierro disponible, cada vez están más y más apelotonados, más estresados por la incidencia de la radiación solar y están al alcance de otros microorganismos hambrientos: están indefensos y su muerte proporcionará un festín metabólico a otros microorganismos. Las interacciones entre los microorganismos presentes les permiten construir un entramado sobre la superficie donde se ubican los pobres quimiolitótrofos, englobados dentro de una matriz de hierro y otros metales como el manganeso que ellos mismos generaran con su actividad. Su carbono, su energía y su apreciado nitrógeno que tanto les había costado conseguir mantienen ahora a una próspera comunidad microbiana sobre la superficie de la roca.

Pero conforme la influencia del río es menor, la comunidad microbiana sobre la roca tiene menos energía, menos carbono, menos nitrógeno disponible y más peligros: radiación, metales pesados… ¿cómo obtener energía para reponerse del estrés ambiental?, ¿cómo obtener una fuente estable de nitrógeno y medrar aquí?

Aún queda hierro reducido en los minerales que se han formado. La energía obtenida de la degradación microbiana podría ser usada por algunos microorganismos para fijar el común nitrógeno del aire y no ser dependiente… pero se requiere mucha energía y no está en abundancia ¿para qué gastar mi energía en fijar nitrógeno si el ambiente me lo estaba proporcionando?

Hay que luchar contra los elementos: los microorganismos han de elaborar sistemas de protección y al mismo tiempo competir por los recursos: energía, carbono y sobretodo el costoso nitrógeno o si no, no sobrevivirán. Ahora bien, con el suficiente nitrógeno, éste se puede utilizar adicionalmente como fuente de energía más provechosa que usar hierro o azufre. Es aquí donde entra el azar mezclada con la necesidad: azarosamente surgió la manera de cambiar la situación, reciclándose el nitrógeno biodisponible gracias a las interacciones microbianas y permitiendo obtener una mayor ganancia de energía, todo ello promovido por una presión selectiva poderosa: la necesidad de la supervivencia.

La energía lo mueve todo en un ambiente así; se favorecen las interacciones, aumenta la cooperación, aumenta la complejidad. Se convierte en algo necesario, inevitable para sobrevivir: establecer simbiosis para aumentar la eficacia biológica y sobrevivir. Y la energía luminosa, un poderoso enemigo a temer de repente se pudo convertir en un aliado del cual extraer energía adicional, favoreciendo nuevos procesos metabólicos, facilitando la adaptación y la evolución microbiana en este ambiente rocoso hostil, permitiendo a la vida reinventarse sobre la superficie rocosa.

Con la selección natural, la mutación, el azar y las relaciones biológicas la vida en la superficie de las rocas comenzó a proliferar, a desarrollarse y adaptarse, conquistando un nuevo nicho y quizás cambiando de manera irreversible la dinámica planetaria de una canica azul a la deriva en las aguas del cosmos.
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