Relatos

  • ADULTO

    ¡Cuidado maestra!

    ¡Cuidado maestra!

    La maestra Isabel camina todos los días desde su casa hasta el colegio. A paso ligero transcurre 2,5 Kilómetros. El médico le recomendó esta opción al ver que sus piernas mostraban señales de cansancio. ¡Claro! Como algunas maestras, prefiere estar de pie por muchas horas. Su grupo de estudiantes así la describen: “la profe es un trompito, da muchas vueltas”, “está atenta a todo, se acerca a ti cuando te ve triste”, “ella no pasa indiferente ante alguna mueca de duda”.
    La maestra estudió las opciones para su traslado. Por el subterráneo era imposible. Esperaba más de 30 minutos el vagón y, por lo general, cuando los abordaba se encontraba con una sorpresa calurosa. No tenían aire acondicionado. Con la concentración de numerosos usuarios aumentaba la temperatura y rápidamente sudoraba. La distancia entre personas era menos de 10 cms. Imagínense esa escena. Cuando llegaba a la escuela siempre la veíamos consumir mucha agua y un poco agotada. Aún así, no descuidaba su presentación. Con cierto disimulo la observábamos mientras arreglaba cuidadosamente su traje.
    La camisa blanca, la falta larga y los zapatos negros forman parte de una tradición de sus antepasados de maestras. Le dan comodidad y confort, así puede compararse con un trompito al estar muy activa caminando de un lugar a otro. Y ¿cuáles zapatos usa? ¿de goma? No, de medio tacón (2 cms). Le da equilibrio entre la parte delantera y el hueso del talón.
    Gracias al uso de Google Maps Isabel revisó las calles, escogió la vía en forma de hipotenusa para llegar más rápido. ¿Lo recuerdan? Aquella clase de Matemática en la cual nos hablaron de Pitágoras. Esa fórmula la aplica diariamente. Más allá de disfrutar su uso, también ha aprendido a cuidarse de aquellas conchas de cambur, dispuestas en el piso que, de forma irresponsable algún consumidor olvida.
    El viernes de la semana pasada mientras iba en el coche de mi papá la vi. Ella estaba cantando, extasiada con los aromas de frutas y colores del local de la esquina. Se resbaló, al tiempo que grité: ¡Cuidado maestra! Inmediatamente acudieron a mi llamado unos señores y la ayudaron a estabilizarse. La maestra Isabel había perdido el equilibrio, ya no estaba su cuerpo en forma vertical, se acercaba al piso. Ella un poco apenada se ruborizó. A mí también me sucede eso. ¡Claro! ¡Por motivos diferentes! Cuando hago alguna travesura en clases y me llaman, siento cómo mis mejillas comienzan a hervir. Leí en Internet que es algo natural, le sucede a muchos animales, solo que a nosotras nos ha pasado porque estamos conscientes del impacto de nuestras acciones. La maestra pudo caerse y lastimarse.
    Así que querida maestra, siga caminando. Conoce más esta ciudad que muchos geógrafos y urbanistas. La saludan con respeto y no deja de llegar puntual al colegio.

    ¡Pechos fuera!

    ¡Pechos fuera!

    Extraño esto de la memoria. ¿Sabéis que cuando recordamos una experiencia en realidad estamos recordando la última vez que la recordamos y no la experiencia como tal? Y cada vez que esto ocurre, el cerebro añade o elimina cosas. Inventa. Crea recuerdos nuevos. Recuerdos falsos que nunca sucedieron. Lo hace utilizando información nueva obtenida a posteriori y al respecto, sin importar su veracidad. Por eso tanta gente recuerda vívidamente cómo Afrodita A gritaba con vehemencia aquello de: «¡Pechos fuera!», a pesar de que nunca lo dijo. Este hecho se conoce popularmente como «Efecto Mandela».
    La cuestión es: ¿se puede utilizar esta característica de la memoria para inducir recuerdos falsos a una persona para manipularla y que haga algo concreto? No está demostrado que así sea, pero os contaré una historia que sucedió hace algunos años y podréis juzgar por vosotros mismos:

    La protagonizó una pareja que discutió todos los días durante casi dos meses. Muy típico, lo sé. De hecho, el motivo era igual de tópico: ella, Ester, farmacéutica, le había sido infiel a él, Eduardo, psicólogo con gabinete propio. El tercero en discordia era Julián, el mejor amigo de la infancia de Eduardo y abogado de la familia. En conjunto, un cliché. Pero lo relevante, lo verdaderamente interesante de esta historia es lo que sucedió después.
    El gabinete de psicología de Eduardo gozaba de buena reputación y él estaba bien considerado en su campo. Le gustaba su trabajo. Le apasionaba. Y en esos días de poderosos sentimientos de traición y decepción fue un punto de apoyo importante para mantenerse centrado y no hacer una locura. ¡Qué paradójico! Hasta el día en que uno de sus pacientes, Manuel, asistió a su terapia con una historia tan tentadora como para corromper el alma de un hombre intachable.
    Manuel tenía problemas para controlar la ira. Vivía en un estado de agresividad permanente que aquel día desapareció. Se mostró ciertamente apático, taciturno y el motivo fue la muerte de un amigo el día anterior. Más concretamente la carta que este dejó antes de suicidarse, y es que él, Manuel, después de leerla, pensaba que a su amigo le habían inducido recuerdos de hechos que nunca ocurrieron.
    La carta hacía referencia a cierta noche de juerga y en ella se disculpaba por haber bebido en exceso, por haber conducido después en ese estado y, sobre todo, por el accidente que tuvo después en el que murió un amigo que le acompañaba. No podía soportar la culpa y, bueno, ya sabéis. Una carta muy común, para el caso, salvo por tres detalles:
    Su amigo no bebía.
    Tampoco conducía, ni siquiera tenía carné.
    Y en la carta se mencionaba el nombre del amigo que murió en el accidente: Era el propio Manuel.

    Eduardo había prestado atención con interés para no perder detalle y había tomado notas de todo como era su costumbre. Aquella revelación hizo saltar un resorte en su interior: acababa de decidir que usaría esa idea en su propio beneficio. Entonces se mostró frío y calculador y empezó a añadir notas en páginas de sesiones anteriores de Manuel a escondidas. Después se dirigió a él maquiavélicamente.
    Eduardo sostuvo que si tal cosa era posible, la de inducir recuerdos falsos, existía la posibilidad de que la historia que le había contado sobre el suicidio y la carta fuese un recuerdo falso inducido y que su amigo, en realidad, estuviese vivo. Para reforzar esa idea fingió que Manuel había estado teniendo problemas de memoria porque hacía algunas sesiones le había contado que su mujer le engañaba con un tal Julián «nosequé», abogado de «nosecuantos», y después lo había olvidado. Luego le mostró las notas que acababa de añadir momentos antes, haciéndolas pasar por antiguas y que hacían referencia a esa supuesta infidelidad.
    Manuel despotricó y maldijo recuperando su agresividad y las palabras matar y cabrón se repitieron varias veces.
    Eduardo trabajó en esos recuerdos falsos durante varias sesiones aportando pruebas cada vez más sofisticadas que Manuel nunca cuestionó. Dos semanas después, Julián, el abogado de Eduardo y Ester, fue hallado muerto en el portal de su casa. Le golpearon violentamente hasta morir.

    Si después de esta historia habéis concluido que sí es posible inducir recuerdos falsos debéis asumir que quizás Eduardo nunca discutió con su esposa. Puede que nunca estuviese casado. Quizás, incluso, ni siquiera fuese psicólogo y Manuel nunca existiera. Tal vez todo ello sea un recuerdo que alguien creó para mí y en realidad no sucedió.

    O tal vez recuerdes haber leído este relato que nunca, nadie ha escrito y, por lo tanto, no existe.
    Y puede que recuerdes haber leído la frase anterior y haber deslizado los ojos hacia arriba para comprobar que sí que existe. Pero eso también es un recuerdo de algo que nunca ha ocurrido.

    ¿Cuál es la pregunta?¿Qué es la pregunta?

    ¿Cuál es la pregunta?¿Qué es la pregunta?

    “Quiero saber más. Porque siempre siento que me golpeo con resquicios de la información importante. Algo parecido debió pasarle a Augusta Pelayo cuando buscaba las causas del deterioro de sus preciosas plantas de jardin.” Estas son las palabras de una de las alumnas más prometedoras en el campo de las matemáticas aplicadas de la Univesidad de Berkley.
    Al cabo de los años la pregunta se combirtió, mutó, regeneró: ¿Qué más quiero saber?
    Montones de campos se levantaban ante sus ojos , excitaban sus oídos o fascinaban sus pensamientos. ¡Qué desdicha la del tiempo! Nunca podría aprenderlo todo o al menos no se había podido hasta ahora. ¿Habría una forma de hacerlo?, ¿cuáles serían las consecuencias?.
    El tiempo, el acceso restringido a la información científica y sus limitaciones como ser humano le obsesionaron más y más a la vez que su temor por escoger la opción equivocada. Nunca tubo muy claro hacia qué campo científico dedicar sus esfuerzos. Cada cierto tiempo sus pensamientos la confundían y sus sensaciones variaban vertiginosamente.
    Sin embargo, pronto se dio cuenta de problemas estructurales en el funcionamiento de la sociedad. Problemas más importantes que los suyos.Y es que, a pesar de la ciencia, su comunidad, sus avances, no siempre se tenían en cuenta a la hora de tomar decisiones.
    En resumen, una de las alumnas más prometedoras de la Universidad de Berkley no sabía que decisión tomar y los agentes poderosos de la sociedad tomaban sus decisiones sin tener en muy en cuenta a la ciencia.
    ¿De qué servían todas esos datos si nunca se atenderían? Fue entonces cuando cambió su pregunta, ¿cómo superar la frustración de una verdad no escuchada? Si ella podía hacer algo, nadie lo sabía y, menos aún, ella misma.
    Sabía que tenía que imaginarlo primero para poder encontrar su solución. Y, todo ello, sin olvidar que no era más que una persona. Ahí estaba, debía buscar, animar a otros a moverse para una sociedad en la que los hallazgos científicos, tanto los pequeños como los más rimbombantes, eran escuchados o al menos tenidos en cuenta. Pero, ¿acaso tenía ella madera de líder? O si en lugar de ello escribía un libro, un buen libro, o una canción. Decían que la música unía a la gente.
    Por el momento, lo que haría sería convertirse en una ciudadana informada y, si le faltaba información, encontraría la manera de acceder a ella.

    ¿QUÉ PROBLEMAS OCASIONA LA ALTERACIÓN DE LOS ECOSISTEMAS?

    ¿QUÉ PROBLEMAS OCASIONA LA ALTERACIÓN DE LOS ECOSISTEMAS?

    ¿QUÉ PROBLEMAS OCASIONA LA ALTERACIÓN
    DE LOS ECOSISTEMAS?
    Los seres humanos, además de extraer recursos y liberar residuos alteramos y ocupamos amplios territorios, transformando o destruyendo sus ecosistemas originales con nuestras acciones como: ubicar infraestructuras, industrias, vías de comunicación…etc.
    Estas actividades provocan una serie de problemas que alteran los ecosistemas como:
    La contaminación: Este factor afecta a todos los ecosistemas existentes. Hoy en día muchos de los productos que consumimos y las industrias que los producen generan contaminación, bien directa por su producción o bien indirecta. El plástico ha inundado literalmente nuestras vidas, sobre todo ha dañado la vida marina. Convivimos a diario con la contaminación atmosférica, debido al tráfico y a las emisiones de las industrias. La contaminación atmosférica ha causado varios problemas en el medioambiente y enfermedades respiratorias.
    Las alteraciones por acción humana: Son más peligrosas , si se prolongan por mucho tiempo y en grandes extensiones, generalmente son irreversibles por la extinción de especies que se ha producido y por la alteración del ambiente. La actividad pesquera, si no tiene como base el manejo racional del recurso, puede producir trastornos graves y hasta alterar el equilibrio ecológico y comprometer la productividad de los ecosistemas, como la sobrepesca.
    El exceso de turismo: Realmente es un problema global. Puede tener un impacto múltiple. La industria internacional de cruceros, deja a miles de pasajeros diariamente en los puertos de su destino. Aunque aportan relativamente poco a las comunidades locales, la actividad de los cruceros crea una contaminación física y visual. Amsterdam quiere tomar medidas directas para evitar esto, prohibiendo alquileres a corto plazo y dirigiendo a los pasajeros de cruceros fuera del centro de la ciudad.
    Estos problemas han influido en la gran pérdida de biodiversidad, durante estos últimos años se han extinguido varias especies :
    El guacamayo azul: ¡Hola! Soy un ave que aparecía en la película animada “Río”. Ya solo me podréis ver en películas… porque ya no existo, me extinguí. Fui extinguido en Brasil en el año 2000 debido a mi forma salvaje a causa de la deforestación en mi entorno. Como ya sabréis , la deforestación se puede producir por causas naturales o por actividades a causa del ser humano. El proceso consiste en despojar un terreno forestal de sus plantas y árboles, es decir, de su vegetación. Esto se debe a la tala de árboles masiva o descontrolada. Los bosques cumplen valiosas funciones en la naturaleza y perderlos es muy perjudicial para el medioambiente, ya que como consecuencia de la pérdida de bosques y selvas, se modifica el ciclo del agua y las temperaturas a nivel global. Por lo tanto, es muy peligroso para los ecosistemas.
    El sapo dorado: Yo soy otra de las especies extinguidas. Habitaba en las charcas del bosque Monteverde en Costa Rica. Respecto a mi apariencia podréis observar que soy un anfibio. Me extinguí porque fui víctima del calentamiento global. El calentamiento global , es un aumento de temperatura media de la superficie terrestre, considerado como un síntoma y una consecuencia del cambio climático. Los gases de efecto invernadero actúan de manera similar al techo de vidrio de un invernadero, atrapando el calor y recalentando el planeta. El aumento de las temperaturas, conduce al cambio climático que incluye efectos como el aumento del nivel del mar, cambios en los modelos de precipitación que producen inundaciones y sequías. Estos cambios climáticos en mi hábitat, alteraron el ecosistema y no me reproducí nunca más.
    La foca monje del Caribe: Yo soy un mamífero marino que solía nadar por las corrientes del Golfo de México hasta que fui declarado extinto en 2008. Pero ya había sido clasificada en peligro de extinción en 1967. Mi desaparición se debe a causas humanas. Los seres humanos que cazaban a esta dócil criatura como yo para investigación o alimentación, dejaron su población insostenible, dicen los biólogos, y advierten que las próximas podrían ser las focas monje de Hawaii y del Mediterráneo.


    Supongo que no lo sabréis, pero fui descubierta durante el segundo viaje de Cristóbal Colón en 1494, llegué a tener una población de 250 mil individuos, pero por mi mansedumbre era una presa muy fácil para los cazadores, fui cazada por la industria pesquera para obtener mi piel y grasa y comerciar con ellas.

    La conclusión, es que debemos proteger los ecosistemas sino queremos que sigan desapareciendo especies. Tanto nosotros como los gobiernos de diferentes países , pueden actuar contra esto. Algunas de las medidas que podemos tomar : evitar la caza discriminada, muchas veces se realiza caza para conseguir pieles para ropa, algo innecesario. Debemos racionar las compras y el consumo, evitar la tala de árboles y evitar tirar basura en los ríos, lagos y mares. Utilizar solo el agua necesaria y concienciar a la gente, porque con pequeñas medidas , se puede conseguir mucho.

    ¿Qué tal el trabajo hoy?

    ¿Qué tal el trabajo hoy?

    “¿Qué tal el trabajo hoy?”, preguntó Jordi de forma casual mientras se sentaba a la mesa. Adela ya estaba dando cuenta de la crema de verduras. De tanto en tanto, miraba distraída por encima de la barandilla del balcón. En el parque, grupos de gente apuraban los últimos rayos de sol del día. Había más gente que antes de la pandemia. O quizás antes se fijaba menos.

    “Pues mira: he estado trabajando desde las nueve de la mañana hasta hace un rato, solo he parado para comer, y es como si no hubiera hecho nada en absoluto. Nada. No he avanzado ni un puto milímetro. No funciona”. No dijo nada de eso, sino que se encogió de hombros. “Bah”, murmuró, y tragó otra cucharada, mientras sentía cómo le volvía el mal humor.

    “¿El código no funciona?”, aventuró Jordi tras un par de segundos.

    “El código no funciona”.

    “Ya, pero ¿cómo sabes que no funciona?”.

    En realidad era una buena pregunta, porque había ocasiones en que no era fácil saberlo. Pero esta no era una de esas ocasiones. “Porque cuando el ordenador ejecuta el programa obtiene números absurdos: ceros, infinitos…”

    “Y eso está mal, claro”.

    Adela le devolvió una sonrisa burlona. “Se supone que mi código calcula el ritmo al que produciría energía un reactor de fusión por confinamiento magnético. Y no, esa cantidad no puede ser ni cero ni infinito. Hay algo mal.”

    “¿No será que has hecho un descubrimiento para los Nobel?”. Jordi solo trataba de animarla, pero Adela llevaba años oyendo ese tipo de bromas, y siempre le habían incomodado un poco. Sabía perfectamente por qué: aunque desde pequeña había sido la primera de la clase, eso se había acabado en cuanto empezó el doctorado. La ciencia de verdad era otra liga, y precisamente hoy era uno de esos días que se lo recordaban. Forzó una sonrisa de compromiso.

    “¿Y qué es lo que está mal?”

    Ese era el problema, claro, que no lo sabía. Había repasado el código una veintena de veces, archivo por archivo, línea por línea, y no veía nada mal. Estaba bien escrito. ¡Estaba bien! Por supuesto, sabía perfectamente que eso no era cierto: el ordenador no tenía voluntad propia, y se limitaba a ejecutar una tras otra las líneas del código que ella había programado. Si el resultado era ridículo, el ordenador no era el culpable… Esta era la primera lección que una aprendía en la asignatura de física computacional. Más adelante, ya durante el doctorado, su supervisor se la había recordado divertido en alguna ocasión. Apartó aquel recuerdo inoportuno. “No sé que está mal. Si lo supiera, lo arreglaría”, respondió. Automáticamente lamentó haber sido tan hosca.

    “¿No puedes pedir ayuda a alguien?”. Jordi no era de los que desanimaban fácilmente. Además, la conocía bien y sabía que le costaba apoyarse en otros.

    Negó con la cabeza. “Si fuera algo de la física, o de las ecuaciones, quizás. Pero no es eso: hay algún error en las tripas del código, y solo yo conozco esos detalles. Si alguien puede encontrar el error, soy yo”. Al momento fue consciente de cuál era el corolario: si ella no podía encontrar el error, nadie podía. Podía tirarse así meses. O años. Suspiró imperceptiblemente, o eso creía haber hecho.

    “¿Qué?”, preguntó Jordi, que había captado el gesto.

    “Nada”.

    “Bueno, cariño”, prosiguió Jordi tras un instante, “siempre dices lo mismo y al final te acabas desatascando”.

    “Pues sí”. Y Adela se vio obligada a enfrentarse a la idea que había estado rondando su mente. Efectivamente, siempre estaba igual, siempre atascada. Se pasaba semanas, a veces con sus fines de semana, buscando un problema. Cuando finalmente lo solucionaba, era para encontrarse con otro, y vuelta a empezar. ¿Eso era normal? Racionalmente, sabía que sí, que lo era, pero no podía dejar de pensar que en sus viajes de trabajo y conferencias se había cruzado con investigadores que parecían llevar una vida más relajada que ella. “A ver”, se dijo, “no todo el mundo trabaja en un código que puede suponer un salto adelante en el diseño de reactores de fusión”. En realidad sabía que ese era un pensamiento injusto, que lo suyo era una parte minúscula de un esfuerzo colectivo y que, en el mejor de los casos, ella estaría contribuyendo con un salto pequeñito. Pero la sensación que le producía era agradable, así que se agarró a ella igualmente. Además, siguió meditando, mientras saltaba de problema en problema le seguían pagando todos los meses. El balcón soleado en que cenaba con su marido era en parte resultado de ello. Se acordó entonces de los planes que tenían preparados para el fin de semana.

    “Oye”, concluyó Jordi sonriendole, “nadie dijo que conseguir la fusión sería fácil, ¿no?”.

    “No”, repondió Adela, sintiendo que le había vuelto el buen humor.

    ¿QUIÉN SE HA COMIDO MI QUESO?

    ¿QUIÉN SE HA COMIDO MI QUESO?

    Intuyo que los científicos irán desapareciendo, poco a poco, conforme avancen los recortes. Se cansarán de recorrer el laberinto de pasillos, tocando a todas las puertas y que no se abra ninguna para obtener su recompensa. Si no lo logran están condenados al fracaso, enloquecerán. Buscarán otras salidas y no les importará hacer lo que sea para escapar de aquí. Más de uno morirá en el intento.
    Hasta el cierre del laboratorio, aprovecharemos todos los estudios realizados con ellos. En esta ocasión, no podrán decir que las primeras en abandonar el barco somos nosotras, las ratas.

    ¿Y si a Einstein le hubiera pillado el confinamiento?

    ¿Y si a Einstein le hubiera pillado el confinamiento?

    Nuestro querido amigo Alberto se encontraba en una oficina de patentes de Zurich cuando se dió cuenta de que algo no olía bien en la recién publicada teoría electromagnética de James Clerck Maxwell. Acababa de terminar la carrera y se encontraba viviendo con su pareja Mileva Maric. ¿Cómo sería la física si, en ese momento, le hubiera pillado el Covid-19?

    Cualquiera pensaría que todo se hubiera retrasado unos años pero posiblemente habría sido justo al revés: el joven Alberto investigaba en su casa con la ayuda de su pareja, por lo que un poco de confinamiento simplemente hubiera acelerado las cosas. Encerrado en su hogar, sin necesidad de ponerse a la velocidad de la luz, Einstein se hubiera dado cuenta de que el tiempo no solo se ralentiza cuando no puedes ver a tus seres queridos.

    Básicamente Einstein entendió que la velocidad de la luz no depende del observador: es irrelevante si está quietecito en su casa o si está volando en un avión a la otra punta del mundo. Pero claro, si la velocidad, una magnitud que se calcula dividiendo el espacio recorrido en una unidad de tiempo, no cambia… entonces, dependiendo del caso, no sólo se alteraría el estado anímico de los observadores, si no también el espacio y el tiempo que observan. Evidentemente muchos de los coetáneos de Alberto, cansados del confinamiento, hubieran pensado ¿y eso a mí que más me dá? Sin embargo la relatividad especial, nombre con el que se conoce esta teoría, sí que importa y mucho, pues era la puntilla que le faltaba a electromagnetismo de Maxwell. Ahora sí que era del todo correcto.

    Alberto dió un paso en la liga de la física y por fín consiguió un trabajo en la universidad y entrar en los círculos más selectos, cosa que sin duda no hubiera ocurrido en medio de un confinamiento. Eso sí, quizás tampoco hubiera acabado divorciándose de Mileva ni trabajando en un Berlín en el que el antisemitismo se contenía como si estuviera en una olla a presión. Sin embargo, es seguro que Einstein hubiera seguido dándole vueltas al problema de la relatividad, es más, posiblemente su obsesión se hubiera manifestado incluso antes sin tanto entretenimiento.

    Y es que hay dos teorías de la relatividad, la especial y la general, siendo la primera un caso particular de la segunda. Resulta que en la propuesta de 1905 el espacio-tiempo no se podía curvar, puesto que no incluía observadores acelerados. Por lo tanto estaba pendiente una tarea relativamente simple, había que generalizar la teoría y estudiar cómo se curvaba el espacio-tiempo al añadir la aceleración, pero Einstein no se caracterizaba por su sencillez y se sacó un conejo de la chistera que lo complicaría todo para siempre.

    Alberto se dió cuenta de que la gravedad y la aceleración son fenómenos indistinguibles, ¿cómo saber, dentro de una caja, si estás cayendo y es un ascensor, o si te está transportando un repartidor de Deliveroo? Darse cuenta de eso era lo más difícil, lo siguiente era solo una conclusión: si la aceleración tenía la capacidad de curvar y el espacio-tiempo y la gravedad es equivalente…¡la gravedad también cuerva el espacio-tiempo! Einstein había encontrado otra forma de acortar y dilatar el tiempo, la materia, y en especial los planetas y estrellas tienen esa capacidad. ¡Y si no que se lo digan a los milimétricos GPS!

    Hasta ahora el confinamiento no hubiera afectado mucho al transcurso de la historia, todo habría más o menos como ocurrió. Sin embargo la nueva relatividad general requería de unas matemáticas muy modernas que Einstein desconocía. En la realidad Alberto tiró de contactos que le ayudaran, pero ¿podría haber hecho eso mientras estaba encerrado en casa? Y más aún, esta teoría la demostró un inglés -al fotografiar un eclipse- saltándose las restricciones de la 1º Guerra Mundial, pero ¿hubiera podido Eddington llegar a la isla del Príncipe, situada tras el cuerno de África, de encontrarse en medio de la pandemia provocada por el Covid-19?

    La conclusión a la que llegamos es que el dichoso virus hubiera evitado la publicación de la relatividad general, a la que un Alberto aislado no habría llegado. De esto se deduce que sin Einstein y sin ayuda aún seguiríamos sin saber que las masas curvan el espacio-tiempo. Aunque tampoco necesitábamos colocarnos en una situación tan estrambótica para saberlo.

    "A mi bata"

    "A mi bata"

    Le había advertido que dar una rueda de prensa proclamando las maravillas de su vacuna contra la CoVID, no era una buena idea. Pero ella, terca, hizo caso omiso a sus consejos. Y ahora… ahí estaba, tendida en medio de un mar de sangre que se oxidaba rápidamente, conquistando de forma indeleble las baldosas del laboratorio.

    Cesc observaba el ir y venir de los policías enfundados en su uniforme negro, que tanto desentonaba en el lugar. Suspiró, intentando apartar la vista del cadáver de su jefa. La doctora Isabel Fuentes era una reconocida investigadora en genética. Eso fue lo primero que supo de ella. Con el paso del tiempo descubriría que era además una persona obstinada (llevaba años rechazando la jubilación) y férrea defensora de sus principios. Había llegado a tener su propio grupo de investigación en una época en que la gráfica tijera no existía, porque la curva que representaba a las mujeres ni si quiera se dibujaba. Setenta años más tarde, alguien había acabado con su vida como en una tragicomedia. Apuñalada con una pipeta. Desde luego, el final era original. Probablemente ella misma lo habría preferido antes que morir sola en su casa.

    Sintiéndose fuera de lugar, Cesc decidió volver a la intimidad de su despacho. Como investigador senior tenía que hacerse cargo de todos los cabos sueltos del grupo. Isabel había anunciado abiertamente los excelentes resultados de la vacuna en fase IV días atrás, y desde entonces, el teléfono no paraba de sonar: periodistas, políticos, empresas farmacéuticas…Estas últimas eran las más inquietantes. Desde que la Dra. Fuentes comunicó que publicaría la metodología de la vacuna en código abierto, las grandes compañías veían como millones de euros se escurrían de sus bolsillos. La falta de avaricia y el exceso de cabezonería de Isabel fueron la causa de su muerte. Cesc estaba seguro de ello.

    En un intento por distraerse, encendió el ordenador y se dispuso a leer las noticias. No tardó en darse cuenta de su inocencia. Los titulares navegaban en el sensacionalismo, informando sobre la muerte de la heroína de la pandemia. Muchos hablaban sobre las intrigas políticas y económicas que podían haber motivado el asesinato de Isabel, pero ninguno parecía digno de ser tomado en serio. Un poco más abajo, uno de los periódicos ofrecía una cronología de las últimas apariciones en prensa de la Dra. Fuentes, y Cesc de forma inconsciente, clicó sobre el enlace del vídeo. La imagen de su jefa de pie en un atril, junto al director del departamento de la Universidad, llenó su pantalla.

    - Dra. Fuentes, su vacuna contra la CoVID 19 promete proteger a la población mundial. Está claro que un proyecto así requiere del apoyo y la estrecha colaboración con otras entidades, ¿le gustaría a usted destacar el papel de alguien en este trabajo? – preguntaba una joven periodista sentada en primera fila.

    Inevitablemente, Cesc observó cómo el pecho del director se inflaba. Era su momento. Aquella pregunta iba dirigida a que Isabel ensalzara el apoyo que la Universidad le había prestado, limando las asperezas de los últimos años. Pero pensar eso era sinónimo de no conocerla.

    - Claro que sí. No sólo este proyecto, si no todos en los que he tenido la suerte de participar, habrían sido imposibles sin el apoyo de una figura que considero fundamental: mi bata de laboratorio. – contestó tajantemente Isabel.

    La cara del señor director, que había ido dibujando una amplia sonrisa con cada palabra, se desencajó al final de la intervención de mi jefa.

    - Perdone, ¿su… su bata de laboratorio? – evidentemente la joven de la primera fila no esperaba una respuesta tan poco convencional.

    - Sí. Mi bata de laboratorio. Lleva conmigo cuarenta años y a día de hoy tengo una relación más estable con ella de la que nunca he tenido con nadie. Ha sido testigo de todas mis aventuras y desventuras en el laboratorio. Cada una de sus manchas tiene detrás una historia y me quiere incluso cuando me autocito en los artículos. Es al mismo tiempo mi traje de superhéroe y mi capa de invisibilidad en la sociedad. Cada vez que necesito algo, me basta con meter la mano en sus bolsillos para encontrar la respuesta a mis problemas. Es a ella a quien agradezco su apoyo incondicional.

    Al final de esta extraña disertación, tanto los periodistas como el propio director se mostraron anonadados ante el aplomo de aquella señora que había dado con la salvación mundial. En la cara del director, asomaba además un incipiente enfado que Cesc pasó por alto.

    Días más tarde, se daría cuenta de su error mientras la policía se llevaba esposado al dirigente del departamento, que gritaba escandalosamente: ¡Se lo agradece todo a su bata! ¡A un maldito trozo de tela!

    "Por culpa de la O"

    "Por culpa de la O"

    En aquella pizarra el batiburrillo montado por los números era caótico.
    El profesor de Matemáticas era proclive al despiste; no se daba cuenta de lo que estaba pasando a sus espaldas, mientras les explicaba la “Sucesión de Fibonacci”.
    El ejemplo para una mejor comprensión de sus alumnos se descontroló; los números cobraron vida; sin que el profesor se enterara, tropezaban sin encontrar su posición. Los alumnos, contemplaban el jolgorio de la pizarra sin dar crédito a lo que veían.
    Algunos números daban vueltas sin sentido, otros se llevaban las manos a la cabeza, los más avezados se juntaban en corros intentando descubrir el porqué del desbarajuste. Nadie entendía cómo era posible que ninguno encontrara su lugar; se sabían de memoria lo que la “Sucesión” significaba, es más, llegó un “gran número” en un carromato, desde el cuasi infinito muy contrariado, hasta tan lejano espacio matemático llegó la algazara. Venía dispuesto a exigir responsabilidades.
    Antes de que el batiburrillo fuera descubierto por el profesor; una voz metálica desde secretaría reclamó a Don Lorenzo, así se llamaba el matemático, salió sin ser consciente de lo que sobre su pizarra se estaba cociendo.
    Entonces los alumnos se acercaron a la pizarra, pero no entendían el lenguaje de los números, ni entendían la algarabía que surgía del encerado, por supuesto ninguno de los muchachos era ducho en la “Sucesión de Fibonacci”, estaban aprendiendo y no entendían aquel desconcierto.
    La discusión entre el “gran número” y los demás era poco racional; que entre tanta racionalidad de los números presentes, suponía un gran contrasentido.
    Contribuyendo al desconcierto, se abrió de golpe un ventanal; apareciendo un fractal con forma de brócoli, a modo de escalera, que desde el finito, llegaba al aula.
    Por la escalera, con solemnidad propia de otros tiempos, descendía un honorable anciano, barba encanecida, conocido como Leonardo de Pisa, flanqueado por eruditos de la corte del Emperador Federico II de Sicilia, y de talento reconocido, como Teodoro de Antioquía y Juan de Palermo así como nobles de ninguna importancia histórica.
    Al llegar al aula, el silencio se hizo entre números y alumnos, estos ni sabían quiénes eran los aparecidos, pero entre los números el “gran número”, con la sabiduría que su longitud le concedía, gritó, alegre por reconocer al noble anciano, Leonardo, “¡Signore Fibonacci!”, “¡Signore Fibonacci!”, los números reconocieron a su descubridor y le preguntaban, sin orden, con la misma irracionalidad de que estaban haciendo gala hasta el momento, donde estaba el origen del desconcierto.
    ─Silencio numerales─. Mandó con voz de quien se sabe dueño de sabiduría Leonardo.
    ─Vos─, señaló al “gran número”─, decidme que pasa.
    ─”Signore”─, hemos venido a pedir explicaciones a estos números, incapaces de comenzar vuestra “Sucesión”.
    Hizo una pausa propia del que se cree importante y continuó:
    ─ Nadie de estos estafermos sabe a qué se debe que no se puedan ordenar como es necesario para comenzar vuestra “Sucesión”.
    La cara del maestro fue de resignación. Quien tanto conoce a los números sabía de su locura si no se tenían los principios claros. Mirando la pizarra, descubrió de donde provenían tantas torceduras de razón. Recompuso el gesto con sonrisa benévola y comenzó a solucionar el entuerto.
    ─ Vos, gordito─, señalando al cero que no se movía del comienzo de la Sucesión─, id por dónde habéis venido, nunca seréis número, solo sois una letra, la “O”─. Todos quedaron atónitos por tan grave descuido.
    La “O”, cuya frustración quedó patente, su sueño oculto era ser un cero, se fue rodando.
    ─Señores, id y buscad al cero─. Dijo autoritario.
    Los “unos”, como primeros y más sensatos buscaron por la pizarra, hasta que en un rincón, estaba durmiendo, acurrucado, al envaguecido “cero”. Los “unos”, muy enfadados, a empellones le despertaron, vieron que era el “cero”, que somnoliento se desperezó de su largo sueño, en volandas, casi arrastras, lo llevaron al primer lugar de la “Sucesión”.
    No tuvo el sabio que decir más, tornaban a sus certezas; el cuasi infinito se fue, no sin antes despedirse de su “Signore”.
    El “0” ocupó su puesto, los dos primos llegaron y los dos “1” se situaron. Vino luego “Don Par” y el “2” ocupó su lugar, fue el turno del segundo primo que más lejano se colocó, era el “3”. Recordando la cadencia llegaron el “5”, el “8”, el “13”, el “21”… Viendo el venerable anciano que recobraron la cordura, y conociendo que la “Sucesión” es cuasi infinita, Leonardo se alejó sonriendo por el fractal por donde llegó, seguido por el mismo orden en que bajaron los miembros de la noble comitiva.
    Al volver el profesor a su aula, todo estaba en su lugar, el ejemplo bien ejecutado y sus alumnos, prefirieron no hablar, no sabían si fue un sueño…o quizás una mala digestión.

    **tejido neuronal**

    **tejido neuronal**

    **TEJIDO NEURONAL**





    Consideremos una red neuronal cualquiera...siempre en funcionamiento, siempre requiriendo un módulo de energía distinta para cualquier variación de tiempo infinitesimal. Una especie de aplicación biyectiva uno a uno, es decir, estímulo1-red neuronal formada1,
    estímulo2-red neuronal formada2, etc. Acción-reacción, impulso-movimiento, estímulo-reacción,....y para múltiples estados neuronales a la vez.
    Anticipo para cada par, unas redes neuronales formadas no solapables para no sólo un mismo estímulo, sino para estímulos diferentes también. Una estricta biyectividad. Parecería, de este modo, que tenemos una red redundante...
    Un cerebro finito, como el nuestro, exige de una plasticidad discreta.
    Trabajemos, entonces, con una red neuronal formada eficiente, por tanto energía mínima funcional (por definición), discreta ó cuantizada para cada estímulo de entrada.Pero lo suficientemente eficiente para inducir un cambio que tú puedas racionalizar. Imaginemos que dicho cambio lo somatizas, pasa por tu sistema límbico y se activa el circuito de la recompensa. ("cambio a mejor por definición"). . Y es que el cerebro aprende. Se optimiza. Se hace más eficiente cada vez. Se retroalimenta eficientemente. Sí, quiero creer que sea así. Ahora una nueva red puede requerir distinta energía para dos estímulos iguales. Pero, en realidad, lo importante no es cuantificar cuánta energía se aporta, sino que la tasa de absorción del circuito neuronal sea la máxima posible. Queremos acercarnos a un circuito lo más idealizado posible. Es como querer que trabaje a su frecuencia de resonancia natural. La más eficiente.
    Y quiero notar ese cambio.Pero...¿cómo ir más allá?.¡¡¡ Quiero, para cada estímulo, un gradiente de cambio máximo (positivo) para una cuantización mínima de energía !!!. Quiero optimizar al máximo esa red.
    Mejor...quiero un cambio lo suficientemente eficiente como para crear una red neuronal formada-energía entrada mínima-estímulo, retroalimentándose infinitamente para cada estímulo de entrada pero cada vez más optimizado. En definitiva, quiero que mi cerebro APRENDA. Por analogía....quiero crear un algoritmo absolutamente recursivo que aprenda por sí mismo (que sea llamado desde el programa principal de una manera recurrente).Y esté en proceso de cambio (se transforme) siempre; que cada vez que sea llamado, se creen sub-rutinas absolutamente necesarias para su auto-plasticidad,...y sea cada vez más eficiente.
    A más conocimiento, más anticipación. Impresionante!!!. Ahora no sólo busco su idealización sino también quiero proveerme de información (posible) de un suceso que todavía no ha tenido lugar. De esta manera me quiero anticipar...Y a eso lo llamo yo un cerebro creativo...Ahora ya mi cerebro se siente mejor...yo me siento mejor...Es ese gradiente (variación máxima idealizada) de somatización lo que busco: " gradiente de cambio máximo para una cuantización mínima de energía con tasa de absorción la máxima posible con retroalimentación absolutamente positiva (de más a mejor a lo máximo).
    Quiero pensar en toda una red neuronal como una gran señal de "ruido blanco" formada por todas las frecuencias a las que puede resonar no sólo un
    sub-circuito neuronal ya formado sino uno todavía sin formar. Infinitas, por tanto, frecuencias para infinitos estímulos de entrada. Todo esto bajo el paraguas de un cerebro absolutamente finito. Increíble...se escoge un determinado estímulo para una determinada energía cuantizada operando a una determinada frecuencia de resonancia...y el cerebro aprendiendo de sí mismo...por analogía...como un robot autoreparándose (cambiando, siendo plástico, anticipando...).
    Sólo dependo ya de mi mismo: soy autosuficiente. La semilla ya está echada....un sistema que intercambia energía (en realidad no idealizado) pero...qué importa...
    Ahora quiero ir más allá: partir de un estímulo endógeno (creado por mi mismo de una manera consciente) y evaluar su respuesta...quiero desbocar a mi caballería ingente de neuronas a cabalgar al son de mi fusta de mando...al trote, al galope, a la máxima carrera...
    Quiero inducir mi maquinaria neuronal a un estado máximo de gradiente de excitabilidad...quiero abrir las puertas del infierno y coger lo que no me
    pertenece, quiero tentar al diablo... quiero rasgar el espacio y crear un universo nuevo...yo anticipo las reglas de este nuevo juego: el de una nueva vida, el de una potenciabilidad infinita. Ahora el gradiente de cambio tiende a infinito...impresionante!!!.Dios!!!...lágrimas de emoción...anticipo un nuevo ORDEN: el mío. Sí,quiero lograrlo, alcanzar la plenitud de mi pluripotencialidad...y quiero morir para volver a nacer. Para decirme a mi mismo: yo lo intenté: fué mi voluntad. Quise romper las cadenas que esclavizan los sentidos. Quise pasar por el infinito...desafiar a un Dios distraído...
    Quiero pensar que ahora ya sé de un cerebro idealizado. He tenido la oportunidad de conocerlo. Sé hasta dónde puedo llegar yo. Ahora conozco mis propios límites. Ahora me conozco mejor.
    Ahora mi meta tiende a alargar ese gradiente de variación de cambio lo máximo posible para cada situación determinada. Y hacerlo de una forma anteriormente aprehendida y de una forma plástica cada vez mejor y más eficiente. Quiero pensar en eso. Una meta cada vez más ambiciosa. Lo puedo conseguir.
    Así quiero para mí, mi cerebro.

    Pseudónimo: Javier Gollés.








    12 de Enero de 2523

    12 de Enero de 2523

    Eran las 6 de la mañana y el calendario holográfico mostraba una fecha como otra cualquiera 12 de enero de 2523, un día como cualquier otro en aquella casa polvorienta. Hacía mucho tiempo que el viejo Alfred había dejado de usar los sistemas de limpieza robóticos, nunca le habían gustado y mucho menos ahora, en su senectud. El despertador comenzó a sonar, nadie podía creer que él todavía usaba esos viejos cacharros de antaño. El gran proyector de hologramas que tenía en frente de su viejo sillón, también de antaño, comenzó a desplegar imágenes una tras de hora y las noticias del día se sucedían una tras la otra. Cuando era pequeño las cosas eran diferentes. Podía recordar el olor de la lluvia recién caída, del café recién hecho que tomaba su abuela y del olor de los pocos libros que aún quedaban. Como el mismo había aprendido en sus años de juventud, en las primeras décadas del milenio había unas expectativas muy altas con respecto a la medicina regenerativa, pero a veces la historia tiene otros planes y esos avances jamás se produjeron de la forma en la que los científicos de entonces esperaban. Sin embargo, el bueno de Alfred tuvo tiempo para conocerlos y beneficiarse de ellos. Nadie lo diría, pero él ya llevaba unos 200 largos años caminando por este mundo, y poco a poco se había cansado de hacerlo. Lo primera primera cosa que falló fueron sus pulmones y también lo primero que pudo sustituir por obra y gracia de la ciencia, le siguieron sus ojos, después su corazón. Y así, poco a poco, los científicos fueron reconstruyendo el cuerpo de Alfred que parecía no querer dejar de funcionar nunca. Siempre le había poseído un gran ansia de permanecer joven para siempre, sin embargo hacía ya unos cuantos años que se había cansado de eso. El paso de los años, de la vida, los dolores de perder a otras personas y de ver como su mundo se encogía le hicieron perder los motivos que le habían llevado a tener un cuerpo cultivado en el laboratorio poco a poco. En su juventud, todavía existían los grandes campos, las montañas y no aquellas ciudades levantadas sobre el mar que la humanidad se empeñaba en llamar "su casa" desde que empezaron las inundaciones. Antes todo era mejor, más auténtico, decía. Pero lo que peor llevaba era la herida de sentirse culpable, de que otros no hubieran podido reconstruir su cuerpo. Le apenaba ver morir a los niños porque sus padres no tenían dinero para unos pulmones, una tráquea, un intestino nuevo. Era todo tan raro. Aquella sensación de vacío le había llevado a tomar una decisión drástica. Comenzó a rechazar las mejoras, la terapia génica, los injertos, los miembros biónicos y poco a poco, pero en paz, se dejó ir. Así que esa mañana tomó una decisión en el silencio de su casa, el sabía que le quedaba poco tiempo. Apagó el sistema, se desconectó de las baterías y se sirvió su último café; se sentó en su viejo sillón, cerró los ojos y nunca más volvió a abrirlos. Así que esa mañana cualquiera que parecía una mañana cualquiera para el resto de la humanidad fue su última mañana. Lo que nadie sabe, es que él, después de ese sorbo, de ese último aliento, expiró con la más amplia sonrisa, con la mayor felicidad por lo logrado, por lo vivido, por lo recordado y, en definitiva, con todas esas pequeñas cosas que le permitían ser humano.

    14032020

    14032020

    Por fin tenía tema. Estaba decidido. Hasta ese momento le había dado muchas vueltas innecesarias. Evolución, genética, dinosaurios, … tenía que ser algo llamativo, pero que controlase lo suficiente como para dar forma al relato y no cometer ningún error garrafal. Original y de actualidad.

    Tras la Cumbre del Clima en Madrid lo vi cristalino: tendría que hablar del cambio climático. Un relato potente, reivindicativo, que despertara conciencias, que abriera los ojos a los incrédulos y reforzara a los devotos. De repente, ¡chas! una idea iluminó mi mente. Estaría ambientado en el futuro, en un año lo suficientemente lejano como para mostrar las consecuencias de la dejación humana y el inevitable abandono del planeta. 2050 sería la fecha, un número redondo. El aderezo de ciencia ficción sazonaría con gusto el texto y lo impregnaría de ese aire de añoranza de un tiempo pasado que nunca volverá. Si tuviera que añadirle música, sin duda tendría que ser un fado.

    La gran idea me aceleraba el pulso y rápido me dispuse a consultar algunos datos. Efectivamente, las temperaturas seguirían subiendo hasta aumentar en 2ºC la media global en el año que había elegido. El escenario que han dibujado los expertos es desalentador. Simplemente tendría que encontrar el argumento y el caos vendría solo.

    Ese mismo día comencé a escribir:

    “Año 2050. Desde la ventana de la nave…”

    No, no, no. No podía empezar como una mala película de sábado por la tarde. La historia debía tener ciencia ficción, pero no podía caer en el error de empezarla con letras amarillas perdiéndose en un fondo negro galáctico. Algo más de seriedad por favor.

    “Brotaron lágrimas de impotencia, cuando volví mi rostro y vi cómo dejaba el planeta atrás…”

    Tampoco. Muy melancólico. El romanticismo no es mi fuerte. Nuevo intento.

    “En el cristal de la nave, vi mi rostro superpuesto con el azul de la Tierra. La dejábamos ya miles de kilómetros atrás. Mi casa, nuestro hogar, si todavía podíamos llamarlo así, nunca volveríamos a verlo”.

    Bravo, buen comienzo.

    “Aquello era el resultado de nuestra insensatez, de nuestro ego desmesurado. No lo vimos venir o, mejor dicho, no lo quisimos ver.”

    Fantástico. El planteamiento de un escenario post-apocalíptico, con el protagonista escapando sin remedio podría enganchar al lector y zarandear su conciencia. Ahora tocaría añadir hechos contrastados, al menos advertidos por los especialistas. Continué…

    “Los largos veranos habían llegado a ser inevitablemente letales. Las temperaturas estivales en la India superaban los 55ºC. Mientras la sequía había arrasado pueblos enteros, las incesantes lluvias destruían las zonas de mayor latitud. Ya nos habíamos acostumbrado a la llegada de 5 o 6 grandes tormentas al año en las regiones tropicales, lo que había provocado el desplazamiento masivo de pueblos enteros a las vastas extensiones de suelo descubierto en Groenlandia.
    Los ecosistemas que no se habían perdido por el aumento de temperatura lo estaban haciendo por los frecuentes incendios, como en el Mediterráneo o por la sobreexplotación para el cultivo, como en la antigua franja de tundra del norte. El maíz, el trigo y el arroz se habían convertido en los últimos 10 años en recursos muy escasos y excesivamente caros. Comía a diario quien tenía un terreno para cultivar durante los tres meses favorables. Sin islas, sin glaciares, sin bosques. Habíamos dejado de preocuparnos por la alarmante pérdida de especies para ocuparnos exclusivamente de una cosa: nuestra propia supervivencia”.

    Por un momento dudé. Tal vez me había pasado. Demasiado pesimista. No es mi estilo. Pero pronto cambié de opinión y seguí...

    “Alienados, sin pensamiento crítico y sin fondo cultural ni moral, habíamos confiado nuestro destino en un grupo de representantes políticos cada vez más distanciados del pueblo. Nos creímos autosuficientes, con capacidad de reacción, con la situación controlada”.

    Fue esta última frase la que resonó en mi cabeza una y otra vez, el pasado 14 de marzo. “…con la situación controlada”. Aquel sábado, alarmado por lo que veía en las noticias, rompí el borrador de mi relato. Había perdido todo sentido.

    Hoy, casi tres meses después y con decenas de miles de muertos, no puedo hablar de otra cosa en mi relato que de profunda tristeza por lo que estamos viviendo. Sirva el mismo como homenaje a todas esas personas que ya no están y a las que estando, se han dejado la piel para evitar una situación peor.

    De mi anterior relato sólo puedo dejar la frase final: “Nos creímos autosuficientes, con capacidad de reacción, con la situación controlada”. Ahora queda esperar a que la Ciencia nos inspire.

    20 años, más o menos

    20 años, más o menos

    Siempre he fardado de buena salud.

    Nací y crecí sano y robusto. Y en mi edad adulta, siempre he recibido mi dosis diaria de calcio y el refuerzo de un poco de deporte.

    Pero jamás olvidaré aquella tarde. La calma se rompió cuando las fibras amigas del cuádriceps se tensaron a mi alrededor, haciéndome pisar el freno con fuerza. Enseguida supe que algo no iba bien. Un fuerte chirrido sonó producto de un derrape y, a continuación, oí el grito de terror de mi humano. Después todo fue sangre y confusión.

    “Varón. 28 años. Fractura de cadera .”

    Luces blancas, personajes verdes. Sentí cómo mi humano se dormía. Pensé que era el fin, pero ¡qué va! ¡¡Peor!! Eso fue una carnicería: cuchillas, pinzas y otros utensilios de metal se colaron por ahí. Pero lo peor vino cuando, a la orden de “pasadme el vástago”, colocaron a un señorito de metal dentro de mí usando sierras y martillos.

    “Tenía usted la cabeza del fémur destrozada y le hemos tenido que poner una prótesis completa de cadera. Pero no se preocupe, la operación ha ido bien.”

    ¿Bien? ¡Mis osteocitos! Después de aquel día, ya no soy el mismo. Aquel gentleman se me presentó educadamente. Encantado, mi nombre es Don Titanio, creo que dijo. Yo estaba dolorido y aturdido y, al principio, hasta me cayó bien. Pensaba que estaba ahí para echarme una mano, alivianarme las cargas y esas cosas... pero no. O por no menos no como yo pensaba, porque a mi colega humano se le notaba muy feliz.

    “La osteointegración está siendo todo un éxito.”

    Yo, por supuesto, ni sabía lo que significaba. Ya habían pasado unos cuantos meses desde el accidente, pero aquel esbelto gentleman todavía seguía ahí y parecía no tener intención de irse. A mí la vida se me hacía cada vez más monótona. Seguía teniendo mi dosis de nutrientes diaria, pero ya todo me parecía insípido. Echaba de menos sentirme a prueba con el deporte semanal que practicaba mi humano. Yo sabía que él seguía yendo a pádel, pero no me llegaban esas vibras que antes me hacían sentirme fuerte y vigoroso. ¿Qué pasaba? Don Titanio era el único que parecía disfrutar con esas sesiones. A él, al contrario, se le veía rígido y radiante. Con los años, entré en depresión. Pero Mamá Organismo no supo ver eso, sino que me tachó de holgazán y mandó a los osteoclastos a que me deshicieran. Es que eres un vago, ya no trabajas, me decía. Don Titanio, mientras tanto, me miraba con superioridad. Y yo cada vez más triste.

    Un día empecé a sentirme muy débil y Don titanio pareció desprenderse un poquito. Por un lado me alegré, ¿se largaría ya, por fin, este impresentable?, pero por otro lado, dolía horrores. Y parecía que a mi humano también.

    “Verá, lo que le pasa a usted es sufre un aflojamiento aséptico. Es una respuesta a largo plazo del cuerpo hacia las prótesis. Por eso es que las prótesis de cadera como la suya tienen una vida útil de unos 20 años . No, no tiene usted ninguna infección, por eso se llama “aséptico”. Y tampoco hay nada mal con la prótesis. Lo que pasa es que el titanio tiene un módulo de Young mucho mayor que el hueso. ¿Qué significa eso? Que, en cierto modo, el titanio tiene mayor capacidad de absorber las cargas mecánicas y esto hace que no se transmitan suficientes estímulos al hueso. Entonces, el organismo interpreta que este hueso “ya no sirve porque no trabaja” y lo deshace para aprovechar sus minerales en otras partes del organismo. Es una pena que la ciencia no haya conseguido hacerle frente todavía, ¡aunque están mejorando mucho! Están tratando de conseguir aleaciones de titanio con un módulo de Young similar al hueso, para que la transmisión de tensiones sea mejor…”

    ¡Con que era eso! ¿Lo oyes, Mamá Organismo? No era yo, sino Don Titanio. ¡Él era quien me había quitado las ganas de vivir!

    “…En su caso, la única opción es aguantar u operar otra vez. Sin embargo, el nuevo vástago será más largo para llegar a las zonas del hueso que todavía conservan suficiente densidad.”

    ¿Qué? Me quedé blanco como el marfil. No podía ser...

    Sangre, sierras y martillos. Encantado, soy el hermano mayor de Don Titanio, dijo.

    A la sombra de los gigantes

    A la sombra de los gigantes

    Atardece tras un largo día de finales de la estación seca en los amplios valles bañados por nacientes cursos de ríos que, dentro de 66 millones de años, serán los páramos de la formación geológica Hell Creek en Montana. Manadas de enormes Edmontosaurus, dinosaurios "pico de pato", se trasladan en una migración anual que tiene como destino la conocida como "colina de los huevos", un lugar apartado en que estos gigantes pueden depositar sus huevos y cuidar por un tiempo a sus crías. Al mismo tiempo, grupos de Triceratops y algunos de los acorazados y solitarios Ankylosaurus se acercan a los remansos de los ríos a beber agua fresca tras un día de comilona de helechos y cicadáceas. Otros dinosaurios aprovechan para comer a estas horas, si bien algo totalmente distinto a plantas. una hembra de Dakoraptor, el "guepardo del valle" ha capturado hace poco a un viejo Struthiomimus y alimenta a su única cría con los mejores pedazos de carne.

    Esta escena está siendo observada desde la copa de un gingko por una joven hembra de Purgatorius, un pequeño mamífero parecido a un roedor, que aprovecha la llegada de la noche para buscar insectos y bayas con las que alimentar a una prole recién nacida de cinco crías. Sus cachorros todavía no tienen las extremidades fortalecidas y sus ojos siguen cerrados, aunque el sentido del olfato ya lo tienen bastante desarrollado; sin embargo, en un ambiente tan peligroso, su supervivencia dependerá absolutamente de la destreza de su madre para conseguir alimento.

    Después de asegurarse de que sus crías están perfectamente de salud y el nido está completamente limpio, la hembra Purgatorius se prepara para una noche de caza y recolección. Lo bueno de esta época del año es que las angiospermas comienzan a desarrollar pequeños frutos rápidamente y algunos coleópteros son más activos de noche que de día por lo que la Purgatorius puede fácilmente introducir cuanta comida pueda dentro de su boca y almacenarla en abazones hasta que llegue al nido. Pero toda precaución es poca, y el oído de la pequeña Purgatorius está preparado para escuchar el más mínimo ruido extraño y tras atrapar una larva de luciérnaga, se percata del leve crujir de ramas secas en el suelo, lo que hace tirar a su presa y comienza a correr... efectivamente no estaba equivocada, un dinosaurio terópodo de una única garra en sus extremidades anteriores ha salido de la maleza para atrapar a la hembra.

    Ahora comienza una carrera por salvar la vida. La Purgatorius trata de buscar el árbol más alto para refugiarse, pero no se encuentra en el mejor lugar para esconderse, apenas hay helechos y el terópodo puede encontrarla con su olfato. Entonces, se topa con una gran roca sobre la que tal vez gane algo tiempo de escapatoria. Se sube a ella, pero el terópodo le sigue muy de cerca y con sus patas traseras, la lanza por los aires de una patada desde lo alto de la roca. Sin embargo, una vez que todo parecía perdido, la roca comienza a moverse, haciendo que el terópodo caiga, en realidad se trataba del lomo de un joven Tyrannosaurus solitario que, ante el escándalo montado, se despierta y comienza a perseguir al terópodo perseguidor. De nuevo, el cazador se convierte en la presa.

    La hembra Purgatorius logra escapar, no sin antes oír el temible rugido del gran depredador y un grito agudo del terópodo que le trataba de cazar. Tras una noche tan ajetreada, vuelve a su nido con lo recolectado para dar de comer a sus crías y echa un vistazo por el hueco del nido para ver el amanecer de un nuevo día, que aprovechara para descansar, mientras los reptiles gigantes comienzan a despertar.

    A merced de la naturalez

    A merced de la naturalez

    Muchas personas ignoran hasta qué punto la naturaleza los tiene a su merced. No se identifican con el guijarro que se deja arrastrar por el caudal de un río. Si les preguntases, se compararían a sí mismos con salmones, nadando contra la corriente que moldea a todos los demás seres vivos a su alrededor. Tarde o temprano la realidad acaba llegando como un jarro de agua fría, haciendo añicos esta percepción del mismo modo en que la mandíbula del oso atenaza al salmón que salta directamente a sus preparadas fauces.

    Nadie sabía de dónde había salido, pero parecía haber llegado para quedarse. Al principio había pasado desapercibida, sin pena ni gloria. Es sencillo pasar desapercibida cuando eres una bacteria no patógena. No obstante, en el momento en que empiezas a alterar la biología de tu huésped, todo el foco pasa a estar puesto sobre ti, aunque sea el foco de un microscopio.

    El primer indicio del que nos percatamos fue un descenso generalizado de la natalidad en todo el mundo, acompañado de un drástico aumento en la clientela de las clínicas de reproducción asistida. Aunque entonces no lo supiéramos, estábamos empezando la casa por el tejado. Pero siempre es más fácil columbrar que se avecina un tsunami cuando la monstruosa ola llama a tu puerta, y no cuando el mar comienza a retirarse en silenciosa señal de alerta.

    En los envejecidos países de Occidente, la caída de la ya de por sí exigua cantidad de nacimientos hizo saltar todas las alarmas. Inmediatamente tanto el docto como el lego comenzaron a elucubrar sus propias teorías para dar explicación a este hecho: que si el wifi había dejado estériles a las mujeres, que si la vida sedentaria había afectado la calidad seminal del hombre promedio, que si Dios nos estaba castigando por el libertinaje con el que se vivía la sexualidad hoy en día, que si este o aquel método anticonceptivo terminaba generando impotencia como efecto secundario. Quien más y quien menos tenía su razonamiento favorito.

    La explicación más respaldada terminó llegando de las pipetas y probetas de varios laboratorios. El primero de ellos estudiaba la diferencia entre el microbioma intestinal de poblaciones con diferentes dietas alrededor del mundo. Sus descubrimientos habían revelado la presencia de una nueva especie bacteriana no descrita ni caracterizada previamente, que recibió el nombre de Cupriavidus colonides, en referencia a su hallazgo en el intestino grueso. Un segundo grupo de investigadores relacionó la presencia de esta bacteria con una menor incidencia de intoxicaciones por metales pesados en países del sudeste asiático. Aparentemente el microorganismo tenía la capacidad de metabolizar arsénico, mercurio y otros elementos tóxicos, habiendo establecido así una relación simbiótica con algunos habitantes de zonas colindantes a pozos contaminados. El huésped escudaba a la bacteria frente a los peligros externos y le propiciaba un ambiente en el que medrar, recibiendo a cambio protección ante peligrosas sustancias que no era capaz de procesar. El trabajo de un tercer equipo científico estableció la relación entre este microscópico ser y la creciente ola de infertilidad. El estudio de los gametos de las parejas aquejadas de esta condición había expuesto la presencia de unos diminutos corpúsculos de origen desconocido en los óvulos de las mujeres implicadas. En un esfuerzo por identificar la naturaleza de la enigmática partícula, la investigación terminó por detectar la presencia de Cupriavidus en la flora intestinal de todas estas mujeres y, llamativamente, su ausencia en la de todas sus correspondientes parejas. Finalmente, un cuarto laboratorio ofreció una explicación a tan inusitada circunstancia. Según fue publicado, el microorganismo tenía la capacidad de migrar desde el colon hasta las gónadas de su huésped. En el ovario, la bacteria parasitaba los ovocitos en desarrollo, penetrando en su interior e induciendo la síntesis de una toxina letal para cualquier espermatozoide que osase aproximarse al óvulo en pos de cumplir el único propósito de su breve existencia. En los testículos, introducirse en los espermatozoides resultaba imposible debido a su minúsculo tamaño, pero la bacteria aún se guardaba un as bajo la manga. Y es que, en ausencia de células en las que infiltrarse, se comenzaba a sintetizar la antitoxina del ya mencionado veneno, que al ser expulsado en el líquido seminal se tornaba en el elixir que protegería a los espermatozoides en la tarea que debían acometer. De este modo solamente dos personas infectadas con el parásito podían llegar a generar descendencia, prole que además nacía ya infectada gracias al polizón que el óvulo transportaba en su interior.

    Ni se consiguió eliminar la bacteria de los organismos que ya la contenían, ni se logró implantarla de manera controlada mediante trasplantes fecales, ni tan siquiera se consiguió cultivarla en laboratorio. Aún desconocemos las implicaciones que estos hallazgos tendrán en la forma de relacionarse y encontrar pareja en nuestra sociedad.

    A través de mí

    A través de mí

    Tras años de duro trabajo, el grupo de investigación liderado por la prestigiosa neurocientífica Susana Torres estaba consiguiendo algo realmente increíble y sin precedentes. Gracias al aparato que habían diseñado y construido allí mismo, eran capaces de interceptar los impulsos nerviosos del cerebro de una persona mientras dormía y llevarlos hasta otro cerebro. Parecía ciencia ficción.
    Para llevarlo a cabo, eran necesarias dos personas, el soñador y el transductor, ya que las señales eléctricas obtenidas del soñador precisaban de otro cerebro para poder ser descifradas. Además, ambos debían estar dormidos para que la conexión funcionará sin interferencias. De esta forma habían conseguido presenciar los sueños de distintos sujetos en nueve de las diez pruebas que habían realizado hasta el momento. No obstante, la investigación no acababa ahí. Tenían reservado un as bajo la manga. Algo que de desarrollarse con éxito pondría su trabajo junto con los grandes descubrimientos científicos de la historia. Aún quedaba probar la máquina con un sujeto muy especial.


    El día había llegado. Aparentaba alguno menos de los 37 años que reflejaba su informe. Quizás por las gafas de sol que le cubrían los ojos. Vestía una camiseta del grupo estadounidense R.E.M. La científica se preguntó si la elección de la camiseta había sido casual o no. Venía acompañado por una mujer mayor que lo llevaba agarrado del brazo.
    —Hola, usted debe ser la doctora Susana Torres, ¿verdad? —se adelantó la anciana.
    —Correcto, y usted la madre de David supongo.
    Se saludaron con un apretón de manos.
    —David, saluda a la doctora.
    El chico extendió el brazo y ésta le correspondió con un nuevo apretón.
    —Encantado David, ya teníamos ganas de conocerte.

    David es ciego de nacimiento. Su cerebro nunca ha visto una imagen. Sin embargo, Él asegura que cuando sueña ve cosas. Aunque las personas que se han quedado ciegas a lo largo de su vida sí que lo experimentan, la ciencia no contempla esa posibilidad para los que nunca han tenido la capacidad de ver. Se limitan a escuchar voces, experimentar sensaciones relacionadas con el tacto e, incluso perciben olores y sabores detectados con anterioridad. Pero nunca un recuerdo visual. Por todo esto, el caso de David es casi único en el mundo y en cuanto supieron de su existencia se pusieron en contacto.
    Aunque hay consenso en que una persona como David no puede soñar imágenes porque su cerebro nunca ha visto ninguna, cabe la posibilidad de que el propio cerebro genere por sí solo imágenes visuales. No obstante, la situación está condicionada por un hecho inherente a la propia naturaleza del problema: cómo puede saber si ve o no, una persona que no sabe lo que es ver. Incluso si viera imágenes y colores, ¿cómo sabría reconocerlos? El propio David, que afirma con total seguridad que ve algo en sus sueños, se muestra incapaz de describirlo. Pero, ¿qué ocurriría si alguien que sí ha tenido experiencia visual previa fuera capaz de experimentar esos sueños? ¿Sería capaz de confirmar la presencia o no de imágenes? ¿Podría entenderlas y darles algún sentido? Y lo más importante, qué información se podría extraer sobre el órgano más desconocido de nuestro organismo: el cerebro.

    David y su madre fueron conducidos hasta el laboratorio donde estaba el sorprendente instrumento. Uno de los científicos comenzó, entonces, a explicarles cómo se iba a desarrollar el experimento.
    —La doctora Torres será la que haga de transductora, así que tanto ella como usted, David, se tendrán que tumbar cada uno en un colchón —El científico observó al muchacho algo desorientado —. No se preocupe, cuando demos comienzo le guiaremos.
    —Gracias —respondió el invidente.
    —Una vez estéis acostados, os suministraremos una pequeña dosis de un sedante para facilitar el sueño. No tema, poca cosa —lo tranquilizó—. Después os pondremos esos gorros repletos de sensores en la cabeza y, unas gafas para monitorizar el movimiento en las cuencas oculares. ¿Alguna duda?
    —Ninguna.
    —Bien, pues empecemos. Usted, señora, tendrá que esperar fuera —dirigiéndose a la madre.


    Tras cuarenta minutos de sueño, tanto el soñador como la transductora fueron despertados. Sin perder tiempo, Susana fue conducida a otra sala donde había un taburete frente a una cámara de vídeo. Se sentó y se inició la grabación.
    ¬—Hola doctora ¿recuerda lo que acaba de soñar? —inició el registro uno de sus compañeros.
    —Sí —respondió visiblemente nerviosa y emocionada.
    ¬—¿Podría describir el sueño con el mayor detalle posible?
    La doctora tragó saliva a la vez que asentía con la cabeza y una gota de sudor asomaba por su frente.
    —Pues…
    [En este punto de la narración se invita a que el lector realice un ejercicio mental e imagine qué podría ver una persona que, nunca ha tenido la oportunidad de percibir imágenes, mientras sueña.]
    —Es increíble.

    Alicia en el país de las nanopartículas

    Alicia en el país de las nanopartículas

    Alicia estaba cansada y aburrida.
    Sentada en un árbol oía la voz tediosa de su hermana leyendo de nuevo el libro de historia, lleno de datos y sin dibujos ¿Un libro sin dibujos? A quién le puede gustar, pensó Alicia.

    De repente y atravesando la copa de un árbol, apareció un conejo gritando !Llegó tarde, llegó tarde!. Alicia se quedó boquiabierta, no sabía si era más extraordinario oír a un conejo hablar o que este fuera capaz de atravesar un árbol (1).

    El conejo siguió su camino y se introdujo en una madriguera. Alicia lo siguió con la mirada, miró de soslayo a su hermana y decidió seguirlo, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir. La madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, para a continuación giraba bruscamente hacia abajo, tan violentamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo sin fondo. La caída duró mucho tiempo, caía tan lentamente que le dio tiempo a mirar las paredes mientras caía, estas estaban llenas de libros y estanterías.
    —Me gustaría saber cuánta distancia he descendido ya —dijo en voz alta—. Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra.
    Veamos: creo que está a cuatro mil millones de nanómetros (2) de profundidad.

    Llegó abajo, sin apenas ningún rasguño. De repente vio al conejo salir corriendo, repitiendo cansinamente que llegaba tarde. Lo siguió y llegó a una sala con una mesita de tres patas de cristal macizo. No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave de oro. Descubrió que era de oro porqué ponía “llave de oro”, pero extrañamente tenía un color rojo rubí (3) ¡qué extrañó, no es dorada!, pensó dubitativa Alicia.

    Ante ella había tres puertas, pero la llave no encajaba en ninguna. Al girarse observó una cortinilla, se acercó y había una puerta y esta vez tuvo suerte, la llave ajustaba perfectamente.
    Atravesó la puerta y se encontró un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Era imposible que pudiera atravesarlo y era una lástima porqué al fondo se adivinaba el jardín más bello que sus ojos hubieran visto nunca.

    ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un telescopio!, pensó la niña.

    Volvió sobre sus pasos y esta vez, en vez de una llave había una botellita. Se distinguían unas palabras, Alicia se acercó y leyó una etiqueta de papel con la palabra «BÉBEME» hermosamente impresa en grandes caracteres. A pesar de que Alicia era muy prudente, decidió beber de la botella y de repente su tamaño empezó a encogerse súbitamente, el mundo se hizo inmenso, le pareció ver una hormiga con el tamaño de una ¡montaña! (4).

    ¡Alicia acababa de llegar a NANOLAND!


    Traducción científica
    (1). No tiene nada de extraordinario atravesar una pared, es simplemente lo que hace un electrón y es lo que se conoce como efecto túnel. Es la capacidad de un electrón para atravesar una barrera de potencial sin pasar por su máximo. Este efecto viene derivado de la propiedad del electrón de poder comportarse como partícula y como onda. Esta es la base de uno de los microscopios más asociados a la nanotecnología, el microscopio de efecto túnel, descubierto por Binnig y Rohrer en 1981.
    (2). En la obra original de Lewis Caroll, se habla de millas, nosotros lo hemos trasladado a nanómetros, la unidad básica de la nanotecnología, la cual se mueve entre 1 y 100 nanómetros, siendo un nanómetro la mil millonésima parte de un metro.
    (3). Efectivamente el oro puede tener un color rubí, o verde o rosado…pero sólo si tiene entre 1 y 100 nanómetro y esto es gracias a un efecto cuántico que se conoce como plasmón de resonancia superficial y se da cuando el tamaño de las partículas de oro es tan pequeño que cuando le llegan los fotones de luz, estos en vez de reflejar penetran en la superficie del oro, acoplándose con los electrones, generando un efecto resonante del cual depende el color final de la partícula de oro
    (4). Finalmente Alicia llega al mundo nano también en tamaño, al reducirse su tamaño a 100 nanómetros. Con este tamaño, una hormiga tendría un tamaño aproximado de 1 millón de nanómetros, aproximadamente. Es decir, 10000 veces más grande que el tamaño de Alicia, por lo que si Alicia midiera 1m la hormiga tendría un tamaño ligeramente superior al Everest.

    Aliento para encaramarse a hombros de gigantes

    Aliento para encaramarse a hombros de gigantes

    Marina tenía arrugas, bolsas bajo los párpados y algo de sobrepeso. Acumulaba a sus espaldas cuarenta años de enseñanza e investigación que habían agotado sus ilusiones. Tenía que decidir cuál de los tres alumnos, a los que dirigía el TFM en Astrofísica, iba a recibir una beca: la llave para dedicarse a lo que le gusta, pagar un alquiler compartido y sobrevivir con estrecheces.
    Podía verlos a través del cristal de su despacho de la facultad de Físicas, encerrados en la pequeña sala contigua desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche. Apenas cabían las tres mesas y tres minúsculos archivadores que los jóvenes no utilizaban, pues para eso están los discos duros externos. Cada aspirante aportaba su propio portátil. En verano hacía calor y en invierno frío, porque la universidad estaba reduciendo gastos.
    Descargaban los datos enviados por la sonda Solar Orbiter. Luego aplicaban programas estadísticos, una y otra vez, luchando por interpretar las mediciones que recibían. Horas y horas, números y números. A veces leían papers; escritos por investigadores americanos, alemanes o franceses; intentando alcanzar, inútilmente, a centros con más experiencia y con más medios.
    Juan era de los primeros de su promoción, se lo había ganado. Había dedicado los últimos cuatro años a estudiar, todo el tiempo, sin descanso. Jamás cometía un error: aplicaba cada ecuación de forma meticulosa, detallada, limpia. Junto a los conocimientos de física también había adquirido miopía, una cierta obesidad, mal gusto en su vestimenta y fama de antisocial. No era muy alto y hablaba con pedantería, como si tratase de poner en valor su esfuerzo.
    Felipe era brillante, se había mantenido delgado pese a no practicar deporte y conservaba todo su pelo. Hablaba tres idiomas y era el primero en entender los conceptos y en asimilar los papers. Amable y condescendiente, siempre te tratará como un igual si tú le tratas como un superior.
    Vanessa no le caía bien, no encajaba con los otros dos. Era lista, como la mayoría de los alumnos de su promoción, y sus horas de estudio estaban por encima de la media, pero dedicaba mucho tiempo a otras actividades: participaba en huelgas, organizaba sangriadas y era miembro del Consejo de Gobierno de la universidad. De estatura media, pelirroja, llevaba un par de tatuajes en los brazos y un piercing en la nariz. Le gustaban sus estudios pero también la gente y, de vez en cuando, se dejaba llevar por la fantasía.
    —¡Tíos, os imagináis! —oyó decir a la chica—. ¿Y si la materia oscura fuese otro estado de la materia, pero con mayor nivel de energía?
    —¿Por qué no la emite y pasa a ser materia bariónica? —preguntó Felipe.
    Marina comprendió que sólo trataba de ser cortés, en cambio la mirada de Juan era hostil. Su compañera siguió sin amilanarse.
    —Por el principio de exclusión de Pauli. No quedan estados libres. Eso produce una «presión» sobre el espacio-tiempo y hace que el universo se expanda.
    Sólo la escuchaba su tutora.
    —Este continuo brotar del espacio hace que las constelaciones más alejadas se separen más rápido. En algún momento, una parte se distanciaría del resto a velocidad superior a la de la luz, quedando incomunicada. En ambas habría estados cuánticos libres. La materia oscura se transformaría en materia bariónica, liberando energía que aceleraría la expansión en un proceso inflacionario. Se ocuparían todos los estados libres produciendo dos universos idénticos.
    —¡Ponte a trabajar! —la reprendió Juan, con malos modos—. Nos estás distrayendo con esa cháchara.
    Vanessa se dejó llevar por la ensoñación.
    —Estarían aislados, como burbujas. Continuarían expandiéndose y produciendo otros universos incomunicados, inaccesibles entre sí, pero idénticos.
    —Concéntrate en nuestro sistema solar —intervino Felipe, con una sonrisa—. La idea es interesante, pero la beca nos la darán por lo que ocurre en el Sol.
    Marina la vio sonreir, él chico le resultaba simpático, era demasiado estirado y un poco prepotente, pero cordial. La chica continuó:
    —Trillones de cosmos donde pasa exactamente lo mismo, mientras les dure la materia oscura. Luego decaen hasta volverse inertes. ¡Imaginaos una multitud de universos donde una multitud de Vanessas han dicho, dicen o dirán exactamente estas mismas palabras!
    —¡Déjate de tonterías y ponte a currar! ¡No vamos a hacer tu trabajo! —Juan interrumpió tajante. Luego miró a Felipe y se guiñaron un ojo, seguros de que la beca estaba entre ellos dos.
    Marina estaba impresionada. Se quitó las gafas y se restregó los ojos para ahuyentar al fantasma del entusiasmo, pero él la venció. Descolgó el teléfono.
    —Ramón, ayúdame. Necesito tres becas… Ya sé que no hay presupuesto. Me quedan pocos años y quiero jugármela. La inteligencia y el trabajo son importantes, pero los grandes avances los produce la imaginación… Sí, esas tonterías razonables…

    Allá en el desierto

    Allá en el desierto

    El presente, Egipto, cerca de Wadi Halfa
    - ¡Siento el olor de una palmera macho!
    El Dr. Jorge Lubinsky pensó que era una forma genial de empezar una novela.
    - Además, mira al oeste, ¡llegaremos pronto a Wadi Halfa! – añadió el Dr. Moussa Naguib con un entusiasmo contagioso. Pisó el acelerador, y el jeep respondió levantando todavía más polvo.
    En Wadi Halfa repostaron combustible y partieron para el desfiladero donde esperaban hallar pistas sobre el autor del papiro Cuatrecasas, un texto médico muy avanzado para la época.

    Año 2102, Sede de Naciones Unidas, Sección de I+D
    El equipo ya estaba preparado para el salto temporal. El ronroneo de la máquina estaba subiendo de volumen, y pronto los engulliría una luz cegadora que los transportaría atrás en el tiempo. Desde que los fanáticos del Círculo Ouroboros usaban esta tecnología para intentar cambiar la historia, estos saltos temporales se estaban tornando frecuentes.
    Pero era la primera vez que el Círculo llegaba tan atrás en el tiempo, nada menos que hasta el antiguo egipcio. Las repercusiones de un cambio en la historia durante la antigüedad serían inimaginables. Gracias a las píldoras Crispr de modelado genético se mimetizarían con los autóctonos, y ya se habían descargado en sus implantes cerebrales el idioma, usos y costumbres del antiguo. Era fundamental tener éxito en la misión.

    El presente, Egipto, un desfiladero al atardecer
    - Cuándo escribamos un artículo sobre esto, ¡acordémonos de incluir al bar en los agradecimientos!
    Moussa arqueó una ceja. ¡Ay claro! Jorge y él se conocieron en el bar de la Universidad de Torino. Ambos arqueólogos estaban realizando una estancia en sus doctorados. Las incertidumbres del doctorado son abundantes, así que un par de cervezas después, ya estaban compartiendo frustraciones. Jorge estudiaba los conocimientos médicos de los antiguos egipcios, y en concreto profundizaba en el pergamino Cuatrecasas. Contenía referencias a un templo de Sobek, si podía ubicar dicho templo, tal vez pudiera encontrar pistas sobre el autor del texto. Y casualidades de la vida, Moussa estaba realizando una cartografía de todos los templos conocidos del antiguo Egipto. Como le gustaba decir a Jorge: “Conversar es importante. No todos ignoramos lo mismo”. Empezaron a colaborar, y pronto localizaron el templo en cuestión. Ahora se encontraban realizando trabajo de campo en Egipto. Las pesquisas en el templo de Sobek les habían conducido hacía un desfiladero cerca de Wadi Halfa.
    Pronto encontraron la tumba del médico. Aunque estaba prácticamente desvalijada (quedaban ya muy pocas tumbas intactas), los jeroglíficos de las paredes aún podían revelar mucha información. Jorge empezó a identificar los artefactos que aún quedaban y ponerlos en recipientes acolchados para su traslado a El Cairo. Empezó por un cofre lleno de lo que parecía ser instrumental médico. Moussa empezó a leer los jeroglíficos de las paredes.
    - Anda, nuestro médico misterioso era un médico militar.
    Jorge estaba absorto mirando un microscopio y no le escuchó. Se trataba de un formato de microscopio muy parecido al que construyó van Leeuwenhoek, apenas una pieza de metal con una lente de vidrio y un tornillo para acercar o alejar una muestra. Los dos arqueólogos estaban boquiabiertos. Siguieron buscando en el cofre. Al fondo unas chapas de identificación militar que contenían una fecha de nacimiento de 2071. Jorge fue el primero en hablar.
    - Anda, nuestro médico misterioso era viajero en el tiempo.

    Antiguo Egipto, una casa al anochecer
    - Por favor abuelo, cuéntanos alguna de tus historias.
    El abuelo miró de reojo al padre, que asintió divertido. El abuelo se aclaró la garganta, y los dos pequeños rieron.
    - Venga va. Veréis, hace mucho, mucho tiempo, el malvado Seth quería destruir a Egipto. Para eso, envió a sus esbirros liderados por el general Ouroboros a sembrar la destrucción. Pero como sabéis, el mundo no está desprotegido, y Ra mandó su propia tropa de soldados combatir el mal.
    - ¿Y tenían cara de ibis o babuino como los dioses?
    - No cariño, estos soldados estaban disfrazados de egipcios cómo tú o yo para pasar desapercibidos. Buscaron y buscaron, y finalmente encontraron a sus oponentes, los soldados liderados por Ouroboros. La batalla fue feroz… sabéis, tenían armas terribles que no se habían visto en Egipto: pistolas, granadas de antimateria, ¡cosas horribles niños! Tan feroz fue la batalla, que solo sobrevivió el médico.
    - Un médico que está con los soldados, ¡igual que tú abuelo! – El nieto más pequeño tenía los ojos como platos.
    - Sí, igualito que yo. El caso es que durante la batalla se destruyó el dispositivo para volver con Ra, así que el médico se quedó en Egipto, donde ayudó a muchos soldados y muchos civiles con su medicina avanzada. Y se casó, tuvo un hijo, y unos nietos maravillosos. Fin de la historia.
    - Abuelo, te inventas las mejores historias.
    - Sí. Invento.

    Ansiedad

    Ansiedad

    Abro los ojos sobresaltada. El corazón me va a mil. Intento respirar hondo, pero solo puedo tomar pequeñas bocanadas de aire. Tengo el estómago encogido y un sudor frío en la nuca.
    Trato de tranquilizarme y bajar las pulsaciones. Esto no es una experiencia nueva para mí. Trato de pensar en todas aquellas veces en que me he encontrado así, incluso antes de saber qué era. Recuerdo aquella vez en las pruebas de acceso a la universidad, cuando me expulsaron antes de un examen por hablar con mis compañeros mientras lo repartían. Por supuesto, esa medida sirvió de correctivo a toda el aula gigante donde nos congregamos decenas de adolescentes: se hizo un absoluto silencio con el coste de que sentí nauseas en la no larga distancia que separaba mi pupitre de una de las puertas de salida. También recuerdo muchos años después, a punto de doctorarme. Cuando parecía que los plazos de burocracias e imprevistos ajenos a mí, parecía que no me permitirían poder defender la tesis antes de cruzar el océano a mi primer postdoc. Esa impotencia de haber trabajado tanto y que la solución final no estuviese en mi mano… se me agarraba al estómago y sentía cómo me lo retorcía. Aquello pasó, y al cabo de unos meses estos episodios empeoraban y se hacían más frecuentes. La inquietud, la inestabilidad, la inseguridad en un futuro y en una misma.

    Hoy también tengo claro el motivo. Mañana tengo que salir ante las cámaras una vez más a dar datos horribles y a explicar conceptos complejos que van a tener una repercusión extrema en la vida de millones de personas. Y lo peor es que sé, que por más esfuerzo que pongo en que sea para el mayor beneficio de todos, no va a ser fácil.

    La realidad es compleja, pero nos esforzamos en simplificarla al máximo: acción-reacción, causa-consecuencia. En algunos casos, la simplificamos tanto que olvidamos la maraña original real. A veces a los científicos nos pasa, que de tanto aplicar el mismo modelo en el mismo campo, olvidamos qué simplificaciones asumimos al aplicarlo por primera vez. Y es precisamente ese continuo revisitar este razonamiento lógico, el más valioso pues es lo que nos procura avanzar.
    Llevo días saliendo ahí, contestando preguntas ejecutadas con mayor o menor buena intención con el mejor de mis talantes. Pero el agotamiento me lleva a situaciones de bloqueo, como el motivo de mi desvelo cada noche varias veces. Me pregunto constantemente cómo mejorar, cómo hacerme entender. Tengo tan poco tiempo libre que no tengo tiempo de ver ni leer opiniones. Pero en el grupo de WhatsApp de la familia, de vez en cuando me llega algún “meme” con mi cara. Entiendo que deben ser graciosos.

    Cuanto más avanzamos en esto y la situación mejora, más ganas de analizar cómo se ha actuado los últimos meses: de revisar las circunstancias, la información que teníamos, los datos y medidas tomadas, así como todo el “output” que hemos generado, para analizar qué se hizo bien, qué se hizo mal y qué se puede mejorar. Y ahí está el problema. Porque en este punto es dónde por más que lo intento no gozo de libertad. En las reuniones con los órganos de Gobierno, plantean estos análisis como si de regalar munición para las armas opositoras se tratase. Como si repensar un problema para optimizar una solución, aunque pudiera salvar vidas en un futuro, conllevase necesariamente “perder batallas”. ¿Qué batallas, señores? Esto no es ni ha sido ni será una guerra. Basta de esas analogías, basta de discursos con toques bélicos. Basta de encumbrar a aquellos afortunados que han podido superar la enfermedad como si hubiese dependido únicamente de su tesón porque con esas afirmaciones y de manera inevitable, se estigmatiza a los otros, los que no lo han hecho.
    Cada día se me hace más duro salir ahí porque cada día lo que “tengo que hacer” se separa más de lo que “quiero hacer”. Porque cada vez aguanto más peso sobre mis hombros, el cansancio va haciendo mella y me arrepiento más de haberme embarcado en esto. Estaba cansada de la precariedad laboral y de esa inseguridad que trae trabajar en ciencia en este país. Pensé, que ya era un buen momento para asentarme en una ciudad. Para tener un sueldo decente. Que quizá conseguiría una hipoteca en lugar de echar medio sueldo mensualmente al pozo sin fondo del alquiler. Sin embargo, ahora mismo daría lo que fuera por no haberme situado en el epicentro de este terremoto. He intentado e intento ayudar con todas mis fuerzas, pero sé que no hay vuelta atrás.

    Quedan 3 horas para que suene el despertador. Se me ha normalizado la respiración. Voy a cerrar los ojos. Voy a soñar durante unas horas que esto no hubiese sucedido nunca.

    Antígona y el buque

    Antígona y el buque

    El buque, navega en la quietud oceánica con la sinfonía de voces que hicieron a un lado el tiempo para lograr una más de sus insólitos viajes. Encuentro que sale de los libros con la libertad arrebatada de la imaginación. Sin fronteras ideologías y épocas, apareciendo el genio mental que todo lo traduce.
    Extraordinarios personajes que con su puño y letra lograron que surgiera la sabiduría. Llenando los estantes de la historia universal. Personas, con el semblante perdido por el encierro entre letras hacen a un lado las vallas para dejar fluir el sentido humano, lúdico e imaginario.
    Los libros, se roban las manecillas del tiempo para crear su propio espacio, al lado de sus autores, y como eslabón Antígona carga el libro más completo de Atenea, diosa griega de la sabiduría, las artes y la ciencia.
    La silueta de Antígona no es vista por los genios a bordo, carga su libro dorado, donde inicia una vez más su lectura, desplazándose por los pasillos, entre sus velos de seda, donde fluyen las voces de la sapiencia, de hombres y mujeres, que decidieron tomar el misma embarcación, haciendo a un lado todas las barreras de idiomas, costumbres…
    El navío continúa su camino, como sacado del mar, suelta la proa provocando se le mire en la bruma de los enigmas sobre la superficie quebrada en los verdes marinos. Como gigante fuente emite sonidos de una gran orquesta con gotas de lluvia estancada, profundas que han tocado los arrecifes, las algas, moluscos…
    Sonidos del templo de caracoles que desprenden voces milenarias, historias impactantes de transatlánticos desaparecidos.
    Antígona, en cada página abierta, mira al personaje en escena con el rostro amigable, logrando sea más amena y prolongada la plática entre los genios a bordo.
    Mientras, Carl Linnaeus, observa con su catalejo como brincan los peces marinos y cuando se acercan a una isla, su pupila se extiende para apreciar la enorme variedad de plantas y pequeños animales. Gran observador del mundo natural, desde pequeño había percibido el aroma de las flores que su madre le colocaba una guía alrededor de su cuna, en una campiña sueca. Abstraería el paisaje campirano, al tocar los pétalos entre sus pequeñas manos. A su espalda se mantiene Antígona, impresionada lo observaba con su corona de flores sobre su cabellera.
    Antígona, había leído que siendo niño su padre lo llevaba a los jardines para mostrarle los nombres de las plantas. Al titularse Carl, firmó como Linnaeus, tomando la palabra sueca d-link que significa árbol de Linden, planta que había acompañado a su familia a lo largo de generaciones. Gran investigador de plantas y animales.
    El enorme navío, se desplaza con el vaivén de las notas magistrales de Richard Wagner. El pequeño Richard Wagner a los siete años aprende a tocar el piano y a los quince escribe su primera obra, y un año después llega su primera composición musical. A los veinte años dirige el teatro de Magdeburg con su ópera la prohibición de amor. Revolucionado el campo de la música, es lo que ha leído Antígona.
    Todos los enigmáticos personajes acompañan en su viaje alrededor del mundo a James Cook navegante, excelente capitán inglés, que llevaba a cabo su travesía explorando las tierras más inalcanzables (1768- 1779). Sus tres viajes alrededor del mundo, figuras que surgen del libro con Antígona. Toma vida sus narraciones en la embarcación que les brinda la oportunidad de conocerse e intercambiar sus experiencias en el esplendor efímero. Se les mira en un túnel retrospectivo compartiendo sus vivencias y avances, entre cada sorbo de vino de su agrado y compartiendo la comida sin evitar las carcajadas abierta.
    Antígona que se metamorfosea como la libélula deslizándose felizmente por todo el buque sin soltar su libro, al abrir cada página, sale el genio en turno… El cisne encantado, resucitando los más nobles sentimientos que un artista puede lograr en el arte escénico, traduciendo en sus contorsiones finas en una poesía y con exquisita gracia representa la muerte del cisne (1905) convirtiéndose en la piedra angular del ballet ruso. (Anna Pavlova), Llamándole el Museo Viviente.
    Surge una y otra vez la Inspiración en los escritores, científicos, músicos… en el trasatlántico que se fortalece con la sapiencia de tan distinguidos personajes que han quedando suspendido, en la ventana oceánica.
    Imprevistamente se acerca una tremenda tormenta y la brisa aparece golpeando las ventanillas, Albert Hitcock, amo y señor del misterio va leyendo su novela La Dama desaparece… ya no es posible continuar…La psicosis toma a todos sus pasajeros en un remolino, cercano al triangulo de las bermudas…
    Años y lunas solo miran pasar a los peces que rodean al gran buque con gran carga de arrecifes, docenas de objetos carcomidos, solo se escapan las letras de metal, como reliquias son guardas en un museo.

    Astrabudúa

    Astrabudúa

    -¡Astrabudúa! Definitivamente es el nombre que deberían elegir. Aunque luego resulte no ser un planeta. Bueno, “le resulten” no ser un planeta, porque Plutón, de toda la vida, es y será planeta, digan lo que digan estos individuos empeñados en “desnombrar” cosas que existen y en nombrar cosas que no existen, para intentar demostrar su existencia después. ¿O no es eso lo que hacen con el Bosón de Higgs?- soltó ella, mirando interrogativa y expectante al muchacho, que la observaba con una media sonrisa cómplice.
    - Pues podría ser, claro, ¿por qué no?- dijo con una carcajada- Sin duda es un nombre difícil de borrar, y suena muy... espacial. O a brujería, entre el abracadabra y los astronautas.
    * * *
    Es el recuerdo que vino a su mente, cuando, muchos años después, observaba el cielo brillante, luminoso, protegido apenas con unas Rayban último modelo, junto con el más pequeño de sus nietos, Adrián, que escuchaba fascinado como su abuelo le contaba que esa pelota gigantesca que lentamente se acercaba hacia ellos, en sus inicios, había sido un planeta. –Es el Plutón de tu generación, chico, sólo que esta vez sí acertaron cuando le negaron la categoría de planeta. Y la chica que le puso nombre, Adrián, no es otra que Sara, la que hace esas tartas que tanto te gustan.
    -¿Ah, si, abuelo?- preguntó, con la boca entreabierta por la memoria el pequeño.- ¿Y por qué le puso ese nombre?
    - Verás, una tarde de verano, tumbados a la sombra compartiendo un buen vaso de horchata (en aquella época éramos novios, ¿sabes?), recordó el nombre de una estación de metro de una ciudad llena de vida del norte de España, y le pareció que sería perfecta para nombrar uno de esos astros que hasta ahora estudiaba como K-37654 o P-876643. Así que, con toda su tozudez, perseveró y perseveró, acosando a todos y cada uno de sus antiguos profesores y de sus nuevos jefes y compañeros hasta que lo consiguió.
    -¿FUISTEIS NOVIOS?-inquirió el chiquillo, para el que el resto de la explicación se había perdido ante esa novedad impactante.
    -Jajajajaja, si, Adrián, lo fuimos. Y, guárdame el secreto, volvemos a serlo ahora.
    -Ualaaaaa...¿Y podemos ir ahora a verla? Igual tiene tarta de melocotones...
    Y, dando por acabada la observación del cielo, se acercaron a la casa de las cortinas verdes, donde Sara les recibió, satisfecha, y les sirvió una tarta de mango enterita, junto con una dulcísima taza de chocolate blanco, pues en unas horas, cuando Astrabudúa llegara hasta su destino, hasta abrazarse con aquellos que le pusieron nombre, no tendrían que volver a preocuparse jamás por la diabetes o el colesterol.

    ASTRONAUTA SUBACUÁTICO

    ASTRONAUTA SUBACUÁTICO

    Un viejo farero solitario está sentado al borde de un acantilado, a solas con su pensamiento, introspectivo, frente a un mar desconocido. Lo siente como un reflejo de su alma, que se enfrenta por las noches a sí misma. Desde aquí arriba, mientras contempla el cielo, escribe en un papel:

    “Como astronauta subacuático mi nave es un submarino y las estrellas a través de las que viajo son microscópicos seres que flotan ingrávidos en la gran masa azul. En este universo silencioso, en el que solo escucho mi respiración en el interior de una escafandra, nunca estoy solo. Aunque parezca un inmenso desierto, la vida se estremece a mi alrededor: luz y abismo, rocas, arrecifes, verdes praderas y formas animales imposibles… Y es que el mar, la Madre Mar, lo es todo porque todo proviene de ella. Es infinito hogar, donde nada me duele ni pesa porque mi carga es menos densa y sus olas se la llevan. ¡Aquí los hijos de las mareas somos libres!”.

    Cuando regresa de sus ensoñaciones submarinas y termina de escribir, dirige su mirada al océano mientras sus manos doblan de memoria el papel en forma de barco. En ese momento, tiene una revelación y piensa en voz alta:
    − Es imposible no sentirme pequeño, pero estoy bien: mi luz llega muy lejos y los barquitos de papel llegarán a puerto.

    Ay, mis termitas...

    Ay, mis termitas...

    Dicen que ningún rey reina para siempre. ¿Y si no supieseis quién os gobierna? La mejor forma de ocultar un secreto es hacerlo evidente. Por eso permitimos que nos recolectéis, que nos explotéis. Que disequéis nuestros cuerpos en tintes y que nos exprimáis en productos sanitarios. Y aun así no os habéis dado cuenta…

    Recuerdo cuando mis compañeros contactaron con vosotros. Os enseñaron un modo distinto de sentir el mundo, de comprenderlo, pero nos confundisteis con vehículos de los dioses. ¡Qué adorables! Aunque nunca imaginamos que llevaríais esa ficción tan lejos. Nuestro hogar, los bosques, los ríos, el planeta Tierra, todo arrasado. ¡Apenas nos dejáis espacio! Y, sin embargo, seguimos manteniendo nuestro mandato en secreto. ¿Fue Chernóbil un desastre? No para nosotros, los hongos.

    Estáis acabando con parte de mis compañeros, pero otros todavía resistimos. No vais a conseguir acabar conmigo. Soy Termitomyces, el rey de las termitas. Vuestros científicos os habrán informado de cómo la colonia trabaja para mí. Cómo mis termitas se encargan de proporcionarme alimento, cómo se aseguran de que yo y sólo yo me reproduzca en la colonia. Ellas, como vosotros, dispersan mis esporas. ¿Acaso creéis que no hacéis los mismo cada vez que arrancáis mis cuerpos fructíferos para comerme? Sois mis termitas con vértebras.

    ¡Soñad cuanto queráis! Podéis seguir creyendo que sois los reyes del planeta, la mejor obra de la evolución, que estáis cavando vuestra propia tumba. Ay, mis termitas… Ningún rey reina para siempre.

    Buscando respuestas

    Buscando respuestas

    Como cada día, ella se despierta con el único objetivo de descubrir algo nuevo sobre el mundo. Nunca entendió de dónde venía esa enorme necesidad de aprender. No es que nadie se lo hubiese inculcado, ni tan siquiera que tuviese algún referente a su alrededor. Simplemente ella era así, no se conformaba con su limitada realidad, quería más, quería obtener respuestas. Su actitud le había valido un modesto puesto secundario entre sus semejantes. Tienes que hacer algo útil – le decían. Este mantra había causado un impacto demoledor durante años, incluso le había llevado a plantearse que había algo disfuncional en ella. No pueden estar todos equivocados – había pensado en multitud de ocasiones. Pero lo estaban. Tras una década de intentar encajar y jugar a ser el personaje que se le pedía que fuese, sabía que nunca podría sostener en el tiempo tan cruel sacrificio. Finalmente se había aceptado a sí misma, estaba decidida a cumplir la misión que ella misma se había atribuido.

    Podía parecer un día más, pero no lo era. Hoy hacía exactamente un año que había empezado el cambio. Desde aquel día todo había sido diferente. Llevaba una especie de doble vida. Durante el día se comportaba de un modo ejemplar. Realizaba todas aquellas tareas que le eran encomendadas con tal pasión, que incluso su propia familia se congratulaba del salto de madurez que había dado. Lo que ellos no sabían es que el brillo en sus ojos poco tenía que ver con esa aparente aceptación, sino más bien con lo que hacía cuando nadie observaba. Varias horas al día las pasaba sola, concentrada en intentar entender qué había más allá de su hogar. Y cada vez estaba más cerca de descubrirlo.

    Su hogar, ese maldito trozo de espacio casi oscuro en el que todos se empeñaban en intentar sobrevivir. Llevaban allí muchas generaciones, o eso decía el sabio. Aunque a ella, más que sabio, le parecía el fiel reflejo de un mundo que hacía tiempo que ya había dejado de existir. Aún recordaba cuando acudía a sus sermones. Aquí tenemos comida y agua, estamos seguros – predicaba. A pesar de la impotencia que oír estas palabras le había generado en el pasado, había aprendido a aceptar que estaban integradas de tal forma en la mentalidad colectiva que ninguno de sus locuaces discursos sobre la curiosidad y el progreso lograrían desterrarlas. Tener las necesidades básicas cubiertas era suficiente para la mayoría, pero no para ella. ¿Y si nos quedamos sin comida? ¿Y si este lugar deja de ser seguro? ¿Y si podemos vivir mejor? – había contemplado. Pero nadie más era capaz de plantearse las mismas preguntas. El contexto de tranquilidad y seguridad en el que se encontraban no era propicio para ello. Mucho había transcurrido desde aquellos tiempos cómodos, ahora la vida era distinta, y la mentalidad había cambiado, pero no para mejor. Allí donde la calma era la excusa para mantenerse inmóviles, ahora lo era la tormenta. Hacía años que las condiciones en el hogar eran hostiles. Apenas había comida, y el agua, que antaño era cristalina, tornaba ocasionalmente a marrón oscuro, casi negro, como si de una señal de lo que estaba por llegar se tratase. Aún así, nadie se planteaba cambios. Todo volverá a la normalidad, solo hay que tener fe – decían. Pero ella sabía que la normalidad no iba a volver, no quedaba mucho tiempo, debía darse prisa.

    Lo que había estado haciendo era peligroso, lo sabía. Cada día, durante horas, deambulaba inspeccionando cada rincón del hogar, buscando una salida. Había días en los que avanzaba, sin embargo, la mayoría de intentos terminaban en algún nuevo arañazo, fruto de la falta de luz con la que intentaba realizar su tarea. Manejar toda aquella incertidumbre no era fácil, pero su fuerza de voluntad y su constancia eran imbatibles. Celebraba cada camino erróneo como si de un éxito se tratase, pues sabía que había aprendido y nunca más volvería a tener que recorrerlo. Todos aquellos errores le habían llevado hasta donde estaba ahora. Allí se encontraba, a punto de recorrer los últimos metros que le separaban de la respuesta a la pregunta que llevaba años haciéndose. ¿Qué hay más allá de mi hogar? Permaneció inmóvil unos segundos, se aproximó al orificio y comenzó a observar. Era un espectáculo, el mundo era aún más inmenso de lo que jamás había soñado. ¡Cuánto por descubrir! Se paró un segundo y reflexionó. Había encontrado la respuesta que buscaba, pero esto no había hecho más que generar multitud de nuevas preguntas. Ahora tenía que volver, compartir todo ese conocimiento con los suyos, pero volvería en busca de respuestas.

    Mientras se alejaba, una pregunta resonaba en su cabeza por encima de las demás. ¿Quiénes eran esos seres que estaban destrozando su hogar? Esa era la primera respuesta que pensaba encontrar.

    Cambiemos de perspectiva.

    Cambiemos de perspectiva.

    No podía parar de mirarle a los ojos sin vida, su cuerpecillo postrado sobre aquella bandeja metálica y su compañera esperando para comenzar la disección. A Antía estas prácticas le revolvían el estómago, era incapaz de ver cómo abrían en canal un animal delante de ella, y ya no digamos si es ella la que tiene que hacerlo. Aún le hacían bromas con aquella práctica en la que operaron a una rata, y justo cuando la estaban cerrando, Antía se desmayó. Ella no había nacido para aquello.
    La práctica acabó y todos fueron a desayunar, pero Antía tenía otra idea en mente. Desde que presenció la primera disección, se le había ocurrido que tendría que haber alguna forma de sustituirlo. Es cierto que la mejor manera de conocer el cuerpo de cualquier animal, es abriéndolo y observando el interior, pero eso estaba totalmente descartado para nuestra protagonista. Ella pensaba en algo innovador, que fuera capaz de aprovechar la tecnología que había disponible y que fuera igual de didáctico. Pero le faltaban herramientas.
    Se puso en contacto con amigos que hacía mucho tiempo que no veía, pero sabía que la podrían ayudar. María estudia bellas artes, Miguel y Pedro diseño gráfico, entre todos reunían (a nivel preuniversitario) los conocimientos como para llevar a cabo el proyecto, o al menos intentarlo. Quedaron un día y Antía les explicó con todo lujo de detalles, la idea que tenía en mente. Lo cierto es que no se les veía muy entusiasmados, lo cual decepcionó a Antía, pero Miguel y Pedro tenían que hacer un proyecto parecido para su carrera y decidieron apuntarse. Desconozco lo que empujó a María a hacerlo, pero Antía se alegró mucho de que se apuntara, le encantaba pasar tiempo con ella.
    Comenzaron con reuniones semanales, cada uno tenía sus tareas: buscar información sobre cómo hacer esto, dibujar una posible representación de lo otro, contactar con informáticos a los que les gustase la idea etc. A las 3 semanas, el proyecto se les hacía cada vez más cuesta arriba, era muchísimo trabajo, difícil de compaginar con sus carreras y todos, incluso Antía, se encontraban bajos de moral.
    Cuando ya estaban recogiendo para irse a sus casas, Miguel dio un salto en la silla y exclamó:
    –¡EH! ¿Habéis visto lo que han mandado? –.
    «Ya está Miguel con los memes y los videos de perros haciendo cosas de humanos», pensó Antía, algo que, por otra parte, Miguel encontraba desternillante. Miguel volvió a la carga:
    –¡Tíos! Os lo digo en serio, mirad el último correo que han mandado–.
    La intriga se apoderó de los otros tres integrantes del grupo, que, tras leer el correo, empezaron a dar saltos de alegría, lo cual provocó que les echaran de la biblioteca. No les importó demasiado porque empezaban a verle un futuro al proyecto.
    En el correo se detallaban las bases de una beca que ofrecían a jóvenes emprendedores que tuvieran algún proyecto científico en mente. Nuestro pequeño grupo reunía todos los requisitos para participar, y al día siguiente ya habían mandado la solicitud. La posibilidad de conseguir esa beca les dio fuerzas y ánimo para continuar con el proyecto.
    Era el día, hoy les dirían si habían conseguido la financiación para que aquello siguiese adelante. Estaban bastante ilusionados, para entonces ya habían conseguido reclutar a dos estudiantes de ingeniería informática y otros tres de diseño. El correo llegó: “Lamentándolo mucho…” No necesitaron leer más.
    Qué decepción, realmente estaban convencidos de que era muy buena idea y de que podrían competir con las que se presentasen. Un silencio atronador inundó la sala en la que todos se habían reunido, con ganas de celebrar. El sonido del móvil de Antía rompió ese silencio. Salió a hablar a la calle.
    Todos estaban recogiendo sus cosas cuando Antía entró con una mueca de alegría en la cara. Nadie entendía nada.
    – Me ha llamado un periodista que hacía de juez en lo de la beca, dice que pensó que nos la darían a nosotros, que lo siente mucho y que le gustaría hacernos una entrevista –dijo Antía.
    De nuevo silencio. No necesitaron decir que sí en voz alta, sabían que era la oportunidad que en ese momento necesitaban.

    Ninguno de los integrantes del grupo se lo podía creer. Habían pasado 7 meses desde esa llamada, y allí estaban ellos, en Madrid, presentando su prototipo, que habían decidido denominar “R3DES” (Representación tridimensional de estructuras y sistemas). Antía se encargaba de hacer la presentación, se puso las gafas y los guantes de realidad virtual, mientras el resto de compañeros cargaban el programa en el ordenador.
    Allí estaba Antía, delante de 200 personas diseccionando una rata de laboratorio sin tener rata, ni laboratorio, ni miedo. Aquello era real y todo fue gracias a ellos.


    Carta a un humano

    Carta a un humano

    Hace ya muchos años que se abolió la esclavitud en la especie humana, pero aquí seguimos nosotras, sin derechos, trabajando para ellos día y noche. Desgraciadamente la mayor parte de la población humana no sabe lo que hacen con nosotras en el laboratorio, y lo peor, casi todos creen que aquí, nosotras somos las malas de la película. ¿Cómo explicarlo para que me entendáis? Llevamos en la tierra mucho antes que cualquier ser que puedas imaginarte, nosotras os proporcionamos el oxigeno que necesitáis para respirar, reciclamos todos los compuestos orgánicos que desecháis y, por si fuera poco, hacemos que en lugar de mosto, tengáis vino. Durante muchos años hemos convivido en paz, incluso te diría que hemos sido íntimos amigos, especialmente las que habitamos en los intestinos de los humanos, quienes nos proporcionan cobijo a cambio de una pocas reacciones metabólicas que ellos no puede llevar a cabo.

    Pero todo cambio en el siglo XIX, hace ya billones de generaciones atrás, cuando un tal Louis Pasteur se dio cuenta de que, a pesar de ser invisibles al ojo humano, existíamos. Y no solo eso, lo peor vino cuando descubrió como exterminarnos a todas, estoy segura de que has oído hablar del termino Pasteurización. A partir de ahí, todo fue de mal en peor para nosotras, en 1928 Alexander Fleming descubrió la penicilina, una molécula que se une e inhibe las PBPs, las proteínas encargadas de construir nuestra pared de peptidoglicano, digamos que son como los albañiles que ponen ladrillos para construir los muros de las casa. Pues ya puedes imaginarte como nos mata esta molécula.

    Perdonadme, me he dado cuenta que no me he presentado aún, mi nombre es Escherichia coli Bl21, pero puedes llamarme E. coli y soy una cepa modificada genéticamente productora de proteínas recombinantes. Déjame que te cuente en qué consiste mi vida, espero que después de esto, empatices conmigo. Fui creada en un laboratorio con una sola finalidad, trabajar y producir sin quejarme. Puede que lo que te cuente ahora te suene a ciencia ficción, pero créeme, es muy real. Los humanos han manipulado mi genoma, han introducido en él una maquinaria vírica que hace que produzca proteínas sin yo tener el control, esta maquinaria toma las riendas de mis “órganos internos” para producir a sus anchas. Pongamos por ejemplo que los humanos necesitan insulina, una hormona proteica que se administra a la gente que padece diabetes, ya que participa en la internalización de la glucosa y sin la cual, la mayoría de diabeticos no podrían tener un buen nivel de vida. Pues lo que hacen en los laboratorios es introducir el gen que codifica para la insulina en nuestro diminuto cuerpo, y a través de la maquinaria vírica, de la cual solo los humanos tienen en control, la inducen para que empieze a fabricar insulina utilizando nuestros recursos energéticos. Si te dijera que el plan es aún más retorcido de lo que parece… como te puedes imaginar, este proceso nos deja sin energía para hacer nuestras funciones vitales, muchas de nosotras mueren en el intento… esto a los humanos no les interesa, porque pierden “mano de obra”, su estrategia es esperar a que seamos un gran numero de bacterias antes de iniciar la inducción de la maquinaria vírica, de modo qué, aunque muramos, como somos muchas, tienen cantidad suficiente para satisfacer sus fines. Si te preguntas como hacen después para recuperar la insulina… no me preguntes… nadie ha sobrevivido para contarlo.

    Sé que mi destino ya esta escrito, y que seguramente termine de la misma manera, pese a esto, me gustaría llegar a algún humano allí fuera, al menos para que reflexione y entienda que no todas somos malas, muchas de nosotras damos nuestras vidas para que los humanos puedan hacer investigar en diversos ámbitos como el cáncer, el desarrollo de vacunas… hemos sido, somos, y seremos un pilar clave en el desarrollo de la biomedicina, y espero que la visión de nosotras en el mundo del humano de a pie cambie algún día.

    Sin más dilación voy despidiéndome, siento que la temperatura a mi alrededor esta subiendo, lo que quiere decir que nos han sacado del congelador en que nos guardan, a – 80 °C. Seguramente nos vayan a transformar. Transformar es la terminología que ellos usan para decir que, mediante una maquina de electrochoques, agujerean nuestras membranas externas e introducen los fragmentos de ADN con su gen de interés. Ha sido un verdadero placer poder contarte mi historia.

    Salu... ouch!!

    Cëlëphais

    Cëlëphais

    La belleza. Pocas cosas son consideradas bellas en su sentido más puro. Todo, absolutamente todo tiene alguna imperfección, algún fallo que resalta de forma grotesca cada vez que lo miramos y, por mucho que nos esforcemos en no verlo, es lo único que se queda realmente con nosotros. No podemos evitarlo, porque es así como perseguimos la perfección y la mejora.
    Por eso mismo, por esa belleza incandescente y fútil hacemos todo lo que hacemos. Desarrollamos máquinas basándonos en los giros de la naturaleza, bella y perfecta de por si; creamos instrumentos que, de una manera idealizada mimeticen comportamientos; soñamos eliminando detalles necesarios, pero mundanos y mediocres, para saciar nuestra mente con las perfección que tanto anhela.
    Pero, por mucho que lo intentemos, siempre algo nos falla. Algo no encaja, algo no concuerda en la armonía y en la perfección de de nuestra imaginación . Y, allí, debemos conformarnos y resignarnos.
    Ah! Estamos condenados a la vida en la resignación, o por lo menos eso pensaba, hasta que fui a ese concierto. Ur me llevó a él: El "primer concierto sinfónico sin la presencia de humanos!! Maravillaos ante el poder de la máquina!" gritaba el cartel.
    -Esto no puede ser nada bueno.- le dije a Ur. - Se lleva intentando decenas de años, y aún no san aprendido que nada bueno puede salir de ello.-
    Así era, no podría una maquina, despojada de vida, enseña el dolor, la pasión, la felicidad y el terror que Poe, Bach o Wagner enseñaban. No puede enseñar aquello que no ha vivido. Vivir la peor de las desgracias es mejor que no vivir ninguna, y esa máquina no ha vivido ninguna.
    Pero bueno, acepté. Cualquier cosa para mantener contenta a mi pequeña Ur.
    La noche del espectáculo, la plaza central estaba repleta de personas, todos pululando como polillas alrededor de una luz. Había personas de todas las clases sociales, mirando con rencor y desprecio a los de la otra, sin comprender que la otra no tiene la culpa de sus miserias, por muy pequeñas que fuesen.

    En el escenario, los técnicos conectaron los cables con velocidad y sin previo aviso. Una pena, ver los burdos intentos de honorar a alguien que no te importa siempre me ha divertido, incluso si es a un ordenador. Acto seguido, las máquinas empezaron a sonar. Primero los intrumentos de cuerda, luego los de percusión y, por último, los de viento. El sonido era armónico y, poco a poco, me iba encauzando hacia planos que no me esperaba que iba a alcanzar jamás. Me llevaba a lugares que la mente humana no ha pisado ni siquiera en sueños. Planos tan alejados que no los viajes a través de los eones pueden siquiera alcanzarlo. Me faltan palabras para describir lo que he sentido, y el lugar en el cual he acabado.
    Más tarde averigue que no solo yo había liberado mi mente, sino que el resto de los asistentes también. Todos hemos pasado por lo mismo. En las noticias salían alguno que describían que, durante la pieza, estaban fuera de sí.

    Cuando los instrumentos pararon el horror tronó dentro de mi como después de un relámpago sobre hojalata. Todo a mi alrededor se volvió insoportable. El hedor, el ruido y las luces me alteraban me asustaban y me martirizaban la mirada. Oía todas las voces, pero nadie parecía mover los labios para hablar. Lo veía todo, a pesar de que las luces era tenues para crear el ambiente. Lo olía todo, hasta el más mínimo rastro de sudor a decenas de metros de distancia. Al otro lado de la plaza, una mujer se tapaba los oídos con las manos y empezaba a llorar presa, seguramente, de lo mismo que me atacó a mí. No puede más y vomité. A mi alrededor, veía que otros hacían lo mismo. Ur tenía los ojos inyectados en sangre y vomitaba también. Huimos despavoridos hacia la puerta de salida, intentando escapar de cualquier cosa que nos haya echado su terror encima, pero no nos librábamos de él.

    En mi caso, estuve varios días reposando en la cama, rehuyendo a cualquiera que se me acercase. EL concierto me dejó tan trastocado. Pero, aún así, la atrocidad no ha conseguido estropear la inmensurable belleza. Era perfecto. Cada nota de esa máquina fue perfecta. Perfecta en su máxima belleza. Desde entonces nada se ve igual. Parece que aquello me enseño todo de lo que carecía, y ahora añoro volver a ese momento.
    Si una máquina ha conseguido crear algo así ¿qué no podrá hacer? Si la máquina ha conseguido crear belleza, que nos separa a nosotros de ella? ¿Qué nos hace superiores? ... ¿Qué nos queda a nosotros?

    Ciencia en Cuarentena

    Ciencia en Cuarentena

    Madrid, 25 de Marzo de 2020

    Querido diario,

    Aún sigo sin poder volver al cole por el “bicho”, y aunque echo de menos poder salir a jugar con mis amigos, ¡estoy aprendiendo muchas cosas chulas con mamá en casa! Mi mamá es científica y estudia cosas muy, muy pequeñitas que no podemos ver a simple vista porque están en la nanoescala.

    En la nanoescala, la unidad de medida es el nanómetro. Un nanómetro es súper pequeño, ¡la mil millonésima parte de un metro! ¿Qué cuánto es eso? Pues yo tampoco lo sabía hasta hace poco, pero mamá preparó un juego muy divertido para que lo entendiese. En una manta, pegó muchos círculos con dibujos de diferentes cosas: un balón de fútbol, una mano, un hámster, una hormiga, glóbulos rojos, bacterias, virus, átomos… También, hizo una ruleta en cartulina con los nombres de las tres escalas: macro-, micro- y nano-. Mamá me explicó que en la macroescala se encuentran las cosas que podemos ver con nuestros ojos, y se miden normalmente en metros, mientras que en la microescala están los objetos que necesitamos ver a través de un microscopio y se miden en micrómetros. Después de explicarme esto, empezamos a jugar. Mamá le daba vueltas a la ruleta, y según donde cayese la aguja, teníamos que colocar el pie o la mano sobre el objeto que creíamos que tenía un tamaño de esa escala. A veces, era un poco difícil y nos caíamos, ¡pero nos reímos mucho! Para saber si habíamos acertado, mamá había escrito las dimensiones de los objetos detrás de cada círculo. Así, por ejemplo, aprendí que una hebra de nuestro cabello mide alrededor de 100 mil nanómetros de ancho, y un virus, como “el bicho” que nos tiene en casa, de 50 a 200 nm de diámetro. ¡Y yo que pensaba que mis dientes eran pequeños!

    Ahora que sabía lo pequeñito que es el “bicho” que nos tiene en casa, le pregunté a mamá, ¿y cómo sabes que con jabón ya se muere, si no lo podemos ver? Y entonces, mamá dijo:

    - “¿Te apetece que hagamos juntas un experimento?”
    - “¡Sííííí!”-contesté.

    Fuimos a la cocina y llenamos un plato hondo con agua y le echamos mucha pimienta y orégano. Entonces, mamá me dijo:

    - “Ahora, mete tu dedo índice en el agua y sácalo. ¿Qué ves?”
    - “Está sucio…”- le contesté.
    - “Ahora échate un poco de jabón en el dedo y vuelve a meterlo en el agua”, me indicó mamá.
    - “¡Hala!"- exclamé al ver cómo la pimienta y el orégano que habíamos añadido se iban rápidamente a los bordes del plato y el agua se quedaba limpia.
    - “¿Ves, hija? Esa es la importancia de lavarnos las manos con jabón frecuentemente para no enfermar”.

    Este ha sido mi primer experimento, ¡pero no el último! Estoy deseando poder volver al cole y contarles a mis amigos lo que he hecho. La semana que viene cumplo 10 años y le he pedido a mamá que me regale un juego para hacer experimentos como ella y tener mis gafas mágicas también.

    ¡Mañana te cuento nuevas aventuras, diario!

    Firmado: La minicientífica

    Ciencia subliminal

    Ciencia subliminal

    ¿Qué es la ciencia? Las bolas de papel rebosaban la papelera. Se había olvidado de encender la luz del despacho. En qué momento había accedido a dar ese discurso. Incluso se había ilusionado, a pesar de que sabía perfectamente que nadie quería hacerlo excepto él. A nadie le apetecía recibir a los nuevos alumnos, a menudo distraídos y sin interés. Tiró el boli sobre la mesa y miró por la ventana. Guardó el ordenador en la mochila, ya continuaría otro día.

    Fuera llovía. Agradeció que su mujer le hubiera recordado coger el paraguas. Siempre miraba la predicción meteorológica cada mañana en su teléfono, daba igual el sol que hiciera. Se lo agradeció en silencio mientras se sentaba en la parada. Activó la localización por satélite para ver cómo de lejos estaba el autobús, pero su pensamiento le distrajo: ¿Cómo demostrarles que la ciencia importa? ¿Que había significado la ciencia para él? No oyó al autobús eléctrico llegar. Subió de un salto justo cuando las puertas se cerraron.

    Al llegar a casa, todavía no habían vuelto su mujer y su hijo. Dejó su mochila sobre la cama, encendió la placa de inducción y colocó la sartén de teflón antiadherente para hacer la cena. Se acercó a la estantería y sacó un libro, una vieja biografía de Ramón y Cajal, de cuando era estudiante. Podría incluirlo en el discurso. Hojeó rápidamente; no, no era eso. Si ni siquiera lo conocía cuando empezó la carrera, por mucho que le hubiera animado después a acabarla. Dejó el libro sobre la encimera, esperando a que el agua terminara de ebullir a la temperatura exacta.

    Escuchó las llaves en la puerta. Se sorprendió al ver un *Homo neanderthalensis* correr hacía él. No se acordaba de la fiesta de disfraces. Hacía un mes uno de los padres del colegio se había hecho un test genético que compró en internet. Mandó su saliva y, cuando le llegaron los resultados, le dijo a su hijo que tenía un 4% de ADN de neandertal. La noticia se extendió como la pólvora por la escuela. Su hijo y sus amigos se enteraron por su profesora de biología que probablemente ellos también tendrían parte de ese ADN. Al llegar a casa, su hijo le hizo jurar que decía la verdad. Él le respondió que estaba seguro, estaba demostrado, pero no pareció convencerle. Aun así, a la hora de decidir qué disfraz se ponían para la fiesta, todos los chicos acordaron al unísono ir de neandertales.

    Cenaron los tres juntos, riéndose de las anécdotas. Él se percató de que su hijo tenía una rozadura en la rodilla. Su mujer le dijo que se había caído por no tener cuidado y le lanzó una mirada reprobadora. Él respondió que, papá, los neandertales no saben calcular, no podía medir bien la distancia al suelo. Acabada la cena, lo llevó al baño para aplicarle una loción con probióticos, para acelerar el cicatrizado. Lo acompañó después a su cuarto y se quedó a acostarlo. Su hijo se quedó dormido nada más ponerse el pijama pero, aun así, permaneció en el cuarto mirándolo absorto. Pensaba en lo mucho que le quedaba por aprender sobre... casi todo. Igual que a sus nuevos alumnos. Él mismo se dio cuenta de que si no podía responder qué es la ciencia, también le quedaba mucho por aprender. Todavía tenía preguntas sin resolver. Volvió al salón para ver una película con su mujer, por recomendación personalizada de un algoritmo inteligente. Habían abierto un vino y estaban acurrucados el uno junto al otro. Se quedó mirando fijamente la copa.

    Hacia la mitad, su mujer pausó la película. Le advirtió que llevaba un rato mirando su copa. Mosto de uva fermentado por microorganismos. Suspiró y le confesó que no podía dejar de pensar en el discurso.

    — Quiero enseñarles que la ciencia importa.

    Su mujer le animó. Pues claro que importa. No habría progreso sin ciencia. Él esbozó una sonrisa. Todo el mundo estaba de acuerdo en eso. Pero era algo más; la ciencia forma parte de nuestras vidas. Está ahí, aunque no la veamos, en todas partes. Si tan solo se le pudiera ocurrir un ejemplo cotidiano, ese podría ser su discurso perfecto. Se levantó y cogió la botella vacía para llevarla a la cocina. Se giró, antes de irse, mirando con cariño a su mujer.

    — No lo sé. Tan solo quiero que la ciencia no pase inadvertida.

    Código aleatorio

    Código aleatorio

    Son las 7 de la mañana, abro los ojos al escuchar los pasos de la enfermera al entrar a la habitación para tomarme los signos vitales. He dormido bien gracias al relajante que me han dado por la noche. Mi padre todavía no despierta, pero no tardará en hacerlo pues dentro de poco llegarán por mi para llevarme al tratamiento. Me mantengo expectante, con ilusión. Recuerdo la resonancia magnética (RM) de ayer, eficiente pero muy ruidosa.

    Pasa un rato más, ahora estoy siendo transportada en silla de ruedas a la unidad Gamma Knife. Es una sala no muy grande con varias habitaciones pequeñas. Al llegar me saludan el médico neurocirujano y el radiólogo, y me preguntan cómo me encuentro. Me explican el protocolo a seguir. Uno de ellos explica a su compañero que yo he llegado hasta aquí porque participé como sujeto sano en una investigación de psicología, simulando ser un ladrón de bancos, y se ha dado casualmente el hallazgo de una malformación arteriovenosa (MAV) cerebral. El protocolo del tratamiento empezará con una tomografía y arteriografía para obtener la localización exacta de la lesión y planear la neuroradiocirugía.

    Comienzan por ponerme un poco de anestesia local a través de una jeringa en cuatro puntos de la cabeza donde “atornillarán” el marco estereotáctico. Me preguntan qué estoy estudiando y les cuento que soy nutricionista y además hago un doctorado en biomedicina, en un proyecto de Tejido Adiposo Pardo (TAP)… No parece que hayan escuchado hablar del TAP.
    Les digo que es un tejido que se descubrió en los adultos apenas hace alrededor de 10 años. Continúan insertando agujas con anestesia e indagando la localización y características del TAP… Les cuento que su importancia radica en sus características termogénicas y que podría ejercer beneficios metabólicos. Sospecho que el interrogatorio es para calmarme y conocer mi estado de conciencia.

    Minutos más tarde, me encuentro tumbada en una mesa dentro de la sala de hemodinamia. La médico encargada se presenta, es muy amable al igual que todos los sanitarios. Así comienza uno de los procedimientos, la arteriografía. Empiezan a explicarme lo que van a hacer… Yo asiento a todo y me muestro cooperativa. Sé que estoy en buenas manos.

    Continúan las voces explicando y hablando entre ellos… Sonidos desconocidos, clics, máquinas... Un equipo médico trabajando. Pierdo la noción del tiempo. Estoy entre dormida y despierta. Sigo escuchando máquinas y voces. Duermo... Despierto… Me dicen que han acabado… “No muevas tu brazo”, me piden. No sé cuanto tiempo ha pasado.

    Después de unos instantes, y una vez que los médicos han planeado la dosis de radiación y localización exacta de la MAV, me llevan a la zona específica de Gamma Knife. Señalada con carteles de radiación, ésta sala es amplia, blanca, muy luminosa y parece bastante espaciosa. En el centro hay una máquina con una camilla y un túnel, muy parecido a la máquina de RM y de Tomografía, la cual me recuerda al protocolo y pruebas que hemos hecho en el proyecto de mi grupo de investigación; muchas cosas me son familiares.

    Una vez acomodada e inmovilizada, me dejan sola. El tratamiento de neuroradiocirugía está a punto de empezar. Durante los 105 minutos del tratamiento no debo moverme, pero podré hablar y comunicarme con el sanitario que está afuera de la sala.
    Empieza una música muy relajante. Mi mirada a veces se fija en la parte superior de la sala. Es una simulación de ventana al exterior, donde se ve un cielo azul con unas hojas verdes. Cierro los ojos. La música es muy relajante… Creo que me he dormido.

    De pronto, estoy consciente nuevamente, sin moverme pero estoy cómoda. Pienso otra vez en el TAP y mis compañeros de laboratorio; en cómo llegué a ser participante de un estudio de psicología y cómo ahora de pronto estoy aquí. Pienso en la fortuna de participar haciendo ciencia desde ambos lados: siendo investigadora y participante con un código aleatorio y desconocido para mí; nunca olvidaré esta experiencia.

    Siento un poco de calor y agobio. Intento relajarme concentrándome en respirar. Me duele la espalda, la mesa es muy dura. No sé cuanto tiempo ha pasado. Intento pensar que si estoy sintiendo cualquier sensación, es porque estoy viva.
    Pregunto cuánto tiempo queda aunque calculo que no debe faltar mucho. La música ha acabado hace rato. Me dicen que quedan 20 minutos.

    Una vez fuera de la sala de radiocirugía tienen que “desatornillarme” el marco y retirarlo. Duele cuando lo hacen, pero se siente mucho alivio.

    Tengo ganas de comer. Mi familia me espera en mi habitación del hospital. Me siento aliviada, pero hay que esperar hasta dos años para ver la efectividad del tratamiento.

    Confinados

    Confinados

    Bajo mi vientre se extiende un lecho esferoidal, con sus montañas y sus valles, sus chimeneas y sus erupciones. La bóveda, lisa y blanca, lejana, engloba el lecho y protege el mundo. O eso creemos. Porque este universo está sujeto a violentas deformaciones periódicas que provocan, de vez en cuando, la ruptura de la bóveda. Son eventos sobrecogedores que nos hacen enmudecer y desear que una vez más todo retorne a su estado de equilibrio. Con las rupturas aparecen corrientes que nos sacuden y arrancan parte de nuestro hábitat. Casi siempre las grietas se cierran al poco, dejando tras de sí enormes cicatrices rojas como señal y señuelo de la vida que llevamos. Decían los antiguos que nada hay más allá de la bóveda protectora, fin del mundo.

    En estos tiempos, sin embargo, nos intrigan las rupturas. Hemos hecho preguntas y ya comienzan a llegar respuestas. Justo tras la última deformación ha circulado una sorprendente novedad: parece que las cicatrices de la bóveda incorporan, en la parte más alejada del lecho, cierto tipo de material concordante con nuestra química, pero de composición nunca antes observada. Algunos, tachados de descreídos, lo interpretan como una posible conexión con otros universos. Qué escalofrío… y qué placer. Porque, ¿de dónde el miedo, sino de la ignorancia?

    El recorrido entre el lecho y la bóveda me lleva algo más de día y medio. Como me incomoda atravesar los niveles donde se mueven los grandes, hace tiempo que no me acerco a las cicatrices. Pero tras la noticia no me he podido resistir. Ahora ando buscando con cierta ansiedad irregularidades que revelen alguna ruptura reciente. Aquí, aquí comienza una vía que penetra en la bóveda. Está caliente. La recorro en busca de no sé bien qué, llevada por la intuición. Hay varios lugares donde parece que absorbe material, si me acerco demasiado siento una fuerte succión. Es una señal de alerta y vuelve el miedo. ¿A dónde van estos retales de mi mundo? ¿Y si no fuera algo inaprehensible lo que me asusta?

    Zeus III ha estabilizado su órbita alrededor de la pequeña luna y el módulo de superficie Minos está listo para intentar el alunizaje. Las tres misiones Juno tuvieron un éxito parcial en la exploración del sistema joviano, así que a alguien se le ocurrió cambiar a los romanos por los griegos, a ver si otros dioses eran más propicios. Zeus I y II corrieron una suerte dispar. La primera consiguió el alunizaje de su módulo y envió unas magníficas imágenes de detalle de los terrenos caóticos de Europa. El módulo orbital de la segunda fotografió exhaustivamente las zonas polares pero nunca recibió señales del módulo de superficie, que más tarde fue localizado dentro de una zona lenticular fundida. Desde entonces han pasado más de dos décadas y se ha optimizado la tecnología de alunizaje en objetos con atmósfera tenue. También tuvieron éxito las últimas misiones tripuladas a Marte, que han permitido establecer una colonia semi-permanente en el planeta. Minos lleva un hombre a bordo. Aunque se acerca de manera controlada a la región prevista, el alunizaje podría verse dificultado por una fractura reciente, según delatan varios géiseres alineados que escupen material del interior hasta varios kilómetros de altura sobre la superficie.

    Una onda de presión acaba de llegar hasta mi cabeza.

    Minos ha alunizado. Tras comprobar que el módulo está estabilizado y que el géiser más cercano no representa un peligro inminente, el tripulante comienza la perforación. No tiene mucho tiempo.

    Algo sucede sobre la bóveda. Es como si alguien llamara a mi mundo, pidiendo entrar. Parece cercano y sus maneras resultan groseras. Tensa, escucho y espero.

    Minos ha tenido suerte. Las zonas de ruptura recientes son mucho más delgadas que la gruesa capa de hielo. En unas horas ha sido posible alcanzar la capa líquida, el océano de Europa, el lugar con más posibilidades de albergar vida del Sistema Solar.

    Quien pedía entrar no espera respuesta. Está construyendo su propia puerta.

    La presión en el perforador se libera. Europa responde con un tremendo géiser que lanza desde sus entrañas hielo, agua y una variedad de materiales amorfos. Minos se tambalea.

    Soy succionada a través de la bóveda, más allá del fin del mundo. Privada de mi medio, apenas tengo tiempo de ajustar la visión para atisbar un vertiginoso abismo negro lleno de criaturas bioluminiscentes. Nunca sabré que en el universo que hoy abrió la puerta las llaman estrellas.

    Cuaderno de Vita

    Cuaderno de Vita

    En el presente cuaderno de navegación el Noble Capitán Mercante al mando reportará los acaecimientos a lo largo de esta travesía personal. Bienvenidos a bordo grumetes, preparen la Biodramina contra mareos, comienzan múltiples viajes, pero una sola y trepidante aventura.

    30.01.2020 – Se avecina tormenta. Maldito Escorbuto-19 no muere. Toca atrincherarse. Buscarse desde dentro hacia fuera.

    14.03.2020 – Cortinas de lluvia a babor, relámpagos a estribor. Sin astrolabio ni atlas estelar que me oriente, solo la curiosidad y el desconocimiento sostienen el rumbo.

    Busco primer destino. Platónicamente trato de escalar recordando hacia el mundo de las ideas, pero no veo el Bien, solo la mundana injusticia. Cierro los ojos. Pienso, luego me acerco. Vislumbro Éidos desde el intelecto. Pero es un espejismo de mis sentidos, todo se desmorona cuando el fuerte oleaje golpea el casco.

    Tengo forma animal, cargo con el peso de ser rebaño, vivo arrodillado ante la ley moral. Soy uno más. Soy un mamífero artiodáctilo de la familia Camelidae.

    25.03.2020 – Teóricamente, esta embarcación tiene pocos metros de eslora para convivir con temporal y la orza parece incapaz de impedir la deriva. Prácticamente, desde la proa Atenea me guía y protege.

    Encuentro un tesoro. Oro parece, plata sí es. El cofre esconde tinciones de plata y mapas que dibujan conexiones cerebrales. La firma responde a Ramón y Cajal. Nueva virada me veo obligado a realizar. Mi anhelado mundo de las ideas, en un vaivén se tambalea. El propio Platón ligeramente lo colapsó mientras concebía sus teorías dualistas, porque sus neuronas y neurotransmisores mostraron materialismo y mutabilidad en sus ideas. Esos 20-40 nanómetros de separación que el Doctor describió y hoy conocemos como espacio sináptico… Tan mundanos como mágicos para la neurotransmisión química. Comunes a tantas especies del reino animal, con igual mecanismo en humanos… Pero que nos convierten en individualidades únicas dentro de un gran mosaico.

    Sin previo aviso… se me escapa un rugido.

    27.04.2020 – Luchando por mi propia vida consigo trasluchar. Nuevo cambio de rumbo. Siento cómo la quilla es cada día más robusta, cómo la duda asienta mis bases. Poco a poco aprendo que jamás conquistaré el viento, que a lo sumo jugaré a su azaroso juego.

    Citando al experimentado viajero Charles Darwin: “No es el más fuerte de las especies el que sobrevive, tampoco es el más inteligente. Es aquel que es más adaptable al cambio”. Has de adaptarte a los vientos de tu medio para aumentar las probabilidades de éxito reproductivo de tu descendencia. Sujeto individual expuesto a Selección Natural. Nació del Beagle, barco con ideas que volaron a lomos de pinzones.

    Cesa mi obsesión por encontrar dirección y sentido a la navegación. Alcanzo un rumbo aleatorio, como el de la Evolución. Mientras, niego los valores sociales impuestos. Y en una evolución moral, dejando el camello atrás, manteniendo mi forma animal, me reinvento en un mamífero carnívoro de la familia Felidae, del género Panthera.

    02.05.2020 – Noche oscura, de tempestad, se cierne sobre mi cabeza. Como Capitán me amarro al mástil, preparado para ser sometido por Poseidón, sumido en las profundidades. Sin embargo, y solo entonces, la tormenta amaina, aunque el Escorbuto-19 a bordo continúe. De repente cielo nocturno despejado, cielo estrellado. Fase 0, fase de inicio y reinvención. Asalto el timón.

    Contemplo ensimismado el firmamento desde mi diminuta presencia. Me siento Galileo, abrazo su método. Hoy puedo viajar libremente y sin límites hasta muy remotas estrellas. ¿Sin límites, ingenuo? Además de que quizás el propio Universo tenga límites y no sea infinito, existe el límite de velocidad universal, la de la luz, de 299.792,458 km/s. Propiedad inherente a la esencia del espacio-tiempo. Las estrellas que veo e infinitas creo, solo son las del Universo observable. Aquellos astros que han tenido tiempo suficiente para que su luz viaje hasta mis fotorreceptores y mi cerebro procese su información para generar una imagen pasada y bidimensional de la realidad universal. Teoría de la Relatividad.

    Mi realidad es relativa, yo exprimo mis potencias para llegar a ser yo. Ofrezco mis anclas a Poseidón. Contradigo la convención y navego a toda vela a barlovento, en contra del viento. No soy nobleza, tampoco mercante. Soy un Pirata sediento de vida, que besa al amor. Soy humano feliz, pleno, satisfecho y completo. Soy mi destino. Soy mis propios valores. Soy verdad. Soy un individualismo colectivo, desde mí para la sociedad. Nada me detendrá en este barco escorado en mi rumbo circular.
    Sigo siendo animal, pero ya no soy león, soy niño Homo sapiens… Soy eterno retorno.

    24.05.2020 – Solo la razón y el pensamiento nos libran de nuestros propios nudos marineros. Libertad pirata en tu cuaderno de bitácora, cuaderno de Vita, cuaderno de Scienza.



    En el presente cuaderno de navegación el Noble Capitán Mercante al mando reportará los acaecimientos a lo largo de esta travesía personal. Bienvenidos a bordo grumetes…


    Zoroastro

    Cura de humildad

    Cura de humildad

    Mi mujer es una científica brillante, física teórica. Su mente estructurada y clarividente fue una de las muchas cosas que me hicieron enamorarme de ella, ya que siempre he sido muy sensible a ese tipo de aptitudes. No en vano yo también destacaba en todas las asignaturas científicas, si bien al final decidí ser ingeniero porque me decanté por la ciencia aplicada. Creo que esa sintonía intelectual es una de las claves de que siempre hayamos conectado tan bien, más allá de las clásicas puyas recurrentes sobre si la ciencia pura no sirve para nada en la vida real, o si los aplicados somos científicos de segunda, y todas esas bromas que incluso le dan mayor aliciente a la relación.
    Por eso cuando tuvimos un hijo proyectamos en él nuestras expectativas de que sería un buen científico, y volcamos nuestra educación hacia ese objetivo común. Habíamos oído hablar de experimentos como el de los Polgar y sus hijas ajedrecistas, y tras analizar a fondo esos casos de éxito y adquirir una cierta formación pedagógica, pensamos: ¿por qué no nosotros? Así que decidimos educar a nuestro hijo de forma no reglada, desde casa y de acuerdo a nuestras propias técnicas científicas y didácticas.
    El proyecto funcionaba con eficacia, ya que nuestro vástago progresaba con brillantez en prácticamente todas las materias, incluyendo las científicas, pero como era de esperar, a medida que avanzaba en edad reflexionaba cada vez más y mejor sobre la situación, se planteaba preguntas y le surgían dudas, que no siempre éramos capaces de responder de forma satisfactoria.
    Cuando alcanzó la edad universitaria, llegamos a un acuerdo: él seguiría con el sistema, pero nuestra involucración iría disminuyendo progresivamente, de forma que no era necesario que rindiera cuentas sobre su desempeño hasta que acabara los estudios. A estas alturas se trataba de un joven maduro y autosuficiente, y nuestra confianza en él era plena.
    Por fin llegó el día de la lectura de su tesis doctoral y nosotros, embargados por una gran felicidad pese a la incertidumbre sobre cuál sería el tema que finalmente había elegido, ya que mantuvimos de forma estricta nuestro compromiso, asistimos al acto.
    Mi mujer se inclinaba por algún moderno tema de Física cuántica, y yo tenía la intuición de que podía tratarse de un asunto no menos candente en el ámbito de la Biotecnología. No puedo ocultar que nos sorprendió que la convocatoria fuera en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía, pero supusimos que se debía a motivos de espacio.
    Cuando inició su discurso con el turno de agradecimientos, pronunció las siguientes palabras que nunca olvidaré, y estoy seguro de que mi mujer tampoco:
    “Este trabajo está dedicado a mis padres. Gracias a ellos tengo una mente estructurada, pero también una curiosidad infinita. Su amor por la Ciencia es tan grande que resulta imposible no impregnarse de él. Por ello, aunque pueda parecer paradójico, decidí estudiar Filosofía y doctorarme en Filosofía de la Ciencia. De ellos aprendí que la manera más obvia de abordar un problema no siempre es la mejor, que a veces es conveniente distanciarse y adoptar una estrategia rigurosa pero indirecta. Espero que no estén decepcionados ni sientan que fracasaron en su proyecto educativo.”
    En ese momento crucé una mirada fugaz con mi mujer y creo que nunca antes nuestra conexión había alcanzado tal perfección: teoría y práctica se daban la mano en una amalgama de sensaciones cual campo magnético a nuestro alrededor. Habíamos recibido la mayor lección de nuestras vidas y, lejos de sentirnos abochornados, sin duda éramos dos seres orgullosos y emocionados.

    Dédalo y la gloria

    Dédalo y la gloria

    Desde nuestra gruta en lo más alto de Gortina aprecié las lejanas naves surcando el ponto, arrastrando estelas saladas tras sus proas. Continué cosiendo las plumas y aplicando la cera. El resultado no tendría la complejidad del autómata Talos —mi mayor logro de ingeniería— pero serviría para huir.
    Apartóse mi hijo Ícaro, con un movimiento rápido y delicado, los divinos bucles de su rostro. Así habló:
    — Caro padre. Me honra presentarme como tu hijo y en ti recae mi profunda admiración. Mas, ¡ea!, cuando observo tus ingeniosos inventos me atormenta siempre la misma incógnita. ¿Funcionarán? ¿O será voluntad de las Moiras que nuestro último aliento nos encuentre aquí, yaciendo en un charco de sangre, atravesados por las formidables espadas enemigas que, mientras hablo, se aproximan?
    No dejé que tan cobardes palabras me perturbaran.
    — Calma, Ícaro. Calma.
    Habíame el aciago destino castigado con un hijo débil de cuerpo y de espíritu. Era incapaz de admirar la belleza del conocimiento, de disfrutar descifrando la esencia del universo para domarla como a un corcel salvaje. La gloria de mi nombre, el cual podría haberse perpetuado mediante Pérdix, recaía ahora sobre sus enjutos hombros. Me recordarían a través suyo y de sus gestas. Si conseguíamos escapar, claro.
    En las húmedas y negruzcas paredes que nos envolvían comenzaron a retumbar lejanos ecos: escudos chochando contra lanzas. Los soldados de Minos nos habían encontrado.
    — ¡Vienen! —se lamentó Ícaro.
    — Es hora de marcharnos.
    Las lágrimas arrasaron sus ojos mientras contemplaba mi obra con suma desconfianza.
    — ¡No soportarán mi peso!
    — Pues, incluso si así fuera, hijo mío, incluso en tal desafortunado caso, los aedos cantarán nuestra historia sólo por haberlo intentado. Y nuestros nombres serán conocidos por siempre.
    Con estas bravas palabras le encajé el arnés, ciñéndoselo a la cintura, y le ajusté en la espalda las tersas alas, semejantes a las de un murciélago.
    Aproximámonos al dentado borde del abismo. Intentó Ícaro mover la aerodinámica estructura como lo haría un pájaro.
    — No. Debes dejar que sea los hijos de Eolo quienes realicen todo el trabajo.
    Sin más explicaciones lo empujé con fuerzas, exactamente de la misma forma que lo había hecho con el pobre Pérdix años atrás. Pero a Pérdix no lo había dotado de alas. En efecto, a pesar de quererlo más que a propio hijo, le di muerte. Mi querido Pérdix, que los dioses lo protejan, debió a esperar a ganar fama durante mi senectud en vez de intentar usurpar mi legado con sus precoces inventos.
    El grito femenino de Ícaro me puso la carne de gallina. Se hundió en el abismo y por un momento lo perdí de vista. Luego, una carcajada nerviosa superó a los graznidos de las gaviotas y una sombra pasó frente a mis narices con un chasquido de telas al ser remontado por una corriente.
    Me equipé y salté poco antes de que los soldados arribaran.
    Volábamos como águilas. El aliento tibio del Céfiro me secaba el sudor. Tornóse placentera la experiencia cuando el corazón dejó de galopar en mi pecho.
    Fácilmente aprendimos a maniobrar, a elevarnos sobre los cándidos torbellinos para ganar altura. Cuando ascendíamos, podía notar el calor aumentando, derritiendo la cera, mas si nos dejábamos caer hacia el Egeo, la espuma húmeda nos refrescaba. El azul profundo ocultaba naufragios, tesoros, misterios. Sus contorsiones olían a sal y a aventura. Sus destellos argentinos nos recordaban la libertad.
    Rióse Ícaro, y pude encontrar en su rostro al dulce niño que tanto quise, aquel que acunaba cada noche entre mis brazos. Todo buen padre quiere recordar a sus hijos así, siempre felices.
    Por algún motivo vino a mi mente la mueca congestionada de Pérdix al caer. Pero no era momento para lamentar el pasado. De los hombres que ambicionamos la gloria, sólo la alcanzamos aquellos dispuestos a sacrificarlo todo por ella.
    Miré a Ícaro. Sus ojos excitados brillaban cual esmeraldas. Para que mi voz superara a los vientos tuve que gritar con toda mis fuerzas:
    —Aléjate de las peligrosas olas pues el ponto, harto de su soledad, puede estirar sus olas y reclamarte para su reino. Sube, hijo mío, sube lo más alto que puedas.
    Obedeciéndome, él capturó una corriente térmica y se elevó como un héroe grácil dirigiéndose hacia la victoria mientras la cera caía de sus alas como lágrimas de oro.
    Querido hijo, lo siento, pero no puedo permitir que sigas arruinando mi nombre y el tuyo. Llamaré Icaria al sitio en el que caigas y buscaré redención erigiendo un templo a Apolo. Cuando llegue el inevitable momento en el nos reencontremos en el Hades, entenderás que este sacrificio fue por tanto por tu bien como por el mío, y nos fundiremos en un abrazo eterno, hijo mío, como eterna es la gloria y eternos son los dioses.

    Dinosaurios y materia oscura

    Dinosaurios y materia oscura

    La cuarentena me pilló con la niña en casa. Mi plan era escribir un gran artículo sobre cosmología, pero la niña quería salir a jugar. Hay monstruos en la calle y no podemos salir, le dije. Si sales, te comerán. La niña, lejos de asustarse, quería saber cómo eran esos monstruos; así que, inspirado por una enciclopedia de dinosaurios, que leí cuando era crío y me entusiasmaba todo lo relacionado con esos bichos, empecé a dibujar criaturas reptilianas durante los descansos que me tomaba mientras escribía el artículo, que eran muchos. La niña, quedó tan impresionada por aquellos engendros esbozados con boli Bic, que dedicaba las mañanas a mirar por la ventana del salón, fascinada, inspeccionando la calle vacía, como si en cualquier momento fuese a aparecer por la esquina un triceratops con algún cuerno de más; o vigilando el cielo, buscando los pterodáctilos de cinco alas.

    El artículo iba mal. Estaba tan atascado que tenía ganas de llorar. Un colega profesor me recomendó escribir a mano, con papel y boli, pero al cabo de tres frases imprecisas, el folio terminaba lleno de dinosaurios con un número impar de patas o pasados por alguna transformación no topológica.

    Dos o tres semanas después, la niña seguía sin encontrar a los monstruos, y dedicaba menos tiempo a mirar por la ventana. Yo había tratado de alargar el asunto lo suficiente para mantenerla entretenida: unos días, pensaba, y será suficiente para terminar este artículo del demonio. Pero los días pasaron y la niña comenzó a sentarse a mi lado, y me observaba durante horas, y me preguntaba cosas. Papá tiene que trabajar, le decía: ella se iba al sofá, y yo continuaba dibujando dinosaurios.

    Pero un día no se fue, y se quedó a mi lado todo el día, mirando el monitor de mi ordenador, ocupado por el color blanco del Word, que contenía unas pocas frases y un título provisional: "Nuevos indicios sobre el origen de la materia oscura". Me dijo que sabía que yo estaba bloqueado y que me ayudaría con mi trabajo. Le pregunté: ¿sabes algo de materia oscura?

    Ella no sabía nada, claro, pero podía aprenderlo. La materia oscura, empecé a explicar a la niña, puede ser una partícula con propiedades gravitatorias peculiares, aunque también dicen que es un estado dinámico que no conocemos. La niña arrugaba el morro, pensando. También podemos modificar toda la teoría de la gravedad, continué, pero es un follón porque cuando has resuelto un problema, lo normal es que generes otros diez, que antes no estaban. Esa primera sesión, de muchas, terminó con la siguiente ocurrencia: quizás la materia oscura oculta algo, por eso se esconde, dijo la niña.

    Pocos días antes de terminar la cuarentena, tenía completado el primer borrador del artículo. Sospeché con alegría que antes de volver al trabajo lo habría enviado a alguna prestigiosa revista de cosmología. La niña ya sabía bastante sobre materia oscura, y yo solía pedirle que lanzase cualquier idea que se le ocurriese sobre el asunto. A veces le hacía preguntas concretas. Como la niña no tenía bagaje científico, no conocía la teoría de la gravitación clásica ni las ecuaciones de la relatividad general, sus respuestas seguían una lógica totalmente opuesta a la de cualquier científico. Por ejemplo, ante mi pregunta acerca de cómo cazarías algo invisible, ella respondió que poniendo un cebo invisible. Otra mañana, después de haber inspeccionado la calle a través de la ventana de la cocina y fracasado en su intento de encontrar al triceratops de cinco cuernos, se sentó a mi lado, con un rictus de frustración, y dijo: a lo mejor la materia oscura ha matado a los monstruos.

    Envié el documento la noche antes de volver al trabajo y reencontrarme con mis colegas científicos, que me felicitaron por ello. Esa tarde rechazaron el artículo, y antes de dos semanas, lo tiraron en otras tres revistas. Entonces, me senté con la niña en la mesa del salón, donde habíamos colaborado todos esos meses y después de varias horas, teníamos un nuevo artículo, mucho más potente, titulado: "La materia oscura extinguió a los dinosaurios".

    Dos días después de enviar el nuevo trabajo a otra importante revista, recibí un correo del editor, sugiriendo que probara suerte en una editorial de ciencia ficción.

    Y eso hice. "Dinosaurios y materia oscura" fue un gran éxito, premio Minotauro 2022. Escrita en colaboración con mi niña durante el confinamiento por el COVID-21, mientras ella devoraba todos mis libros de física y cosmología. Ahora, durante el confinamiento por el MIVID-45, escribo este prólogo al quinto volumen de "Dinosaurios y materia oscura", y mi querida niña, cosmóloga de renombre mundial, me comunica desde su casa de California que se acaba de ventilar la última pregunta acerca del origen de la materia oscura.

    Doce meses doce días.

    Doce meses doce días.

    7 de Enero.
    Estoy a punto de terminar mi doctorado en física de partículas y a pesar de tener que estar feliz por eso la carta de rechazo que recibí el día de hoy hizo que no fuera así, por segunda ocasión no fui aceptado en el programa espacial.
    12 de Febrero.
    No tengo idea de qué hacer con mi vida, por fin conseguí mi doctorado, un objetivo que veía muy lejano pero no es lo que realmente quiero hacer de mi vida no puede sacarme de la cabeza el espacio, desde niño veo al cielo imaginando mil historias, fascinado por su inmensidad pero conforme pasan los años parce alejarse.
    3 de Marzo.
    Se acerca un huracán al continente, nunca antes se había registrado un huracán de tal magnitud, en las noticias solo hablan de eso. Yo solo me concentro en pasar un año sabático para decidir qué dirección tomar en mi vida.
    8 de Abril.
    El huracán trajo consigo un montón de inundaciones y deslaves por todos lados, para mi fortuna no estoy cerca de los lugares afectados pero lo menos que puedo hacer es enviar algo de provisiones. Hoy también es el día en el que participare en la final de monólogos de comedia, participe sin pensarlo demasiado y al parecer ahora estoy a punto de ganar, haré mi mejor esfuerzo por pasármelo genial.
    7 de Mayo.
    Las cosas siguen empeorando en varios lugares alrededor del mundo, siguen reportando erupciones de volcanes, eso evito que diera un show de comedia en un lugar que ya tenía programado, sin darme cuenta esto se ha vuelto parte de mí, he dado algunas presentaciones pero con un toque único hablando de cosas que llamen mi atención como la ciencia.
    20 de Junio.
    Otro huracán más potente se acerca, por casualidad me entere de una convocatoria que acaba de salir para un programa aeroespacial con bastantes fondos aunque no han dado muchos detalles sobre la misión, probare mi suerte.
    15 de Julio.
    Los tornados y terremotos se han vuelto cosas comunes en muchos lugares del mundo, la gente parece acostumbrarse a la destrucción que traen. Fui aceptado para realizar pruebas, la respuesta llego antes de lo esperado pero fui convocado para continuar en el concurso.
    27 de Agosto.
    Las pruebas físicas fueron muy duras pero me las arregle para mantenerme al día creo que por fin nos dejaran salir un poco, no hemos tenido días de descanso, es lo que elimino a muchos concursantes. Las noticias no dejan de reportar desastres naturales en todas partes del mundo, los bosques se queman, las ciudades son devastadas por terremotos, las costas se ven amenazadas por huracanes y otros lugares reciben la visita ocasional de tornados.
    25 de Septiembre.
    No fuimos los únicos del programa o eso parece porque nos juntaron con cientos de personas que al parecer también participan en este programa, las lluvias fuertes son algo común aquí, lo bueno es que ahora recibiremos adiestramiento técnico por lo que no hay necesidad de preocuparse mucho por salir.
    18 de Octubre.
    Nos han bloqueado cualquier comunicación con el exterior pero afortunadamente las lluvias han cesado y todo parece en calma haya fuera, las pruebas se han vuelto diferentes, recibimos clases de todo tipo desde técnicas hasta físicas, sobre todo tipo de cosas, agricultura, ingeniería, armas, primeros auxilios si fallas en cualquier cosa estas fuera.
    2 de Noviembre.
    Nos cambiaran de instalaciones, la última etapa consistirá en confinamiento simulando una nave, los compañeros fueron elegidos al azar aunque ya no hay muchas personas, espero que me toquen buenos compañeros, el otro día se llevaron a alguien por difundir rumores de que el país ha caído, un completo loco.
    30 de Diciembre.
    En cuanto salimos de aislamiento nos dirigieron a una sala para entrevistarnos de forma individual, era una sala con mucha gente, toda la entrevista fue sin problemas hasta que surgió una pregunta, ¿Qué lo motiva? Me quede pasmado por unos segundos no sabía que responder pero lo hice desde el fondo de mi corazón.
    — Desde niño volteaba al cielo imaginándome caminando entre las estrellas, descubriendo nuevos planetas ahora tengo un doctorado y me he dado cuenta que ambas cosas me gustan pero algo que me apasiona es divulgar sobre la ciencia, hablar o debatir sobre la ciencia, sobre teorías, publicaciones, lo que me motiva a seguir es divulgar sobre la ciencia.
    Un peso fue quitado sobre mis hombros, no sabía si fui aceptado pero sí que ya no tenía ningún remordimiento pero me quede pasmado al escuchar a la persona del centro decir:
    — Felicidades usted fue aceptado en el programa, ira al espacio —Se rió un poco y continuo— A divulgar ciencia.

    Dos de abril de 2020

    Dos de abril de 2020

    Todo ha cambiado y no sabemos cuánto durará esta situación. De momento, mi tesis se ha parado en seco. Esto no significa que haya dejado de trabajar; de hecho, mi grupo ha conseguido financiación para desarrollar la vacuna.

    Quiero compartir contigo un día de mi vida como estudiante de doctorado desarrollando la vacuna contra SARS-CoV-2:

    6:30h Suena la alarma del despertador. Tres veces.

    6:35h Café solo. Cada día es más amargo.

    8:00h Llego al laboratorio, cojo mi libreta roja, que está medio rota, para ver dónde me quedé ayer y qué experimentos puedo hacer hoy. Reviso los últimos correos y mensajes del grupo por si hay alguna novedad, quizás tenga que hacer un pedido de diferentes reactivos. Uno de mis compañeros me ha pedido células. Me lo apunto en la libreta para que no se me olvide.

    8:30h Vestida de blanco, cubierta por la bata, empiezo mi jornada. En el laboratorio de bacterias continúo la clonación que empecé ayer. Corté una parte interesante de ADN, la ligué con otro ADN y, después, lo transformé. Es decir, añadí mi ADN sintético a unas bacterias para ver si estas eran capaces de incorporarlo a su organismo. Hoy veo que algunas sí que lo han incorporado y otras no, no han crecido nada. Tendré que repetirlo.

    9:00h Le escucho. Acaba de llegar. Llevamos 3 días sin hablar. No sé por qué me enfado con él. Por qué me molesta lo que me dice. En verdad, sí que lo sé, pero no quiero admitirlo. No puedo admitirlo.

    9:01h Céntrate. No puedo dejar que él me distraiga con pensamientos que ahora mismo no van a llegar a ningún lado.

    9:02h ¿Tengo suficientes células para empezar esta tarde otro experimento?

    10:00h Necesito saber si las células están expresando nuestras proteínas. Empiezo a montar un Western Blot que me permitirá detectar mi proteína de interés.

    10:30h ¿Por qué tengo tanta hambre justo ahora? Me acuerdo de que esta mañana no comí nada junto con el café, pero no puedo dejar este protocolo a medias para ir a comer.

    12:00h Tengo 15 minutos. Me debato entre ir desayunar o apostar, directamente, por la ensalada que he traído en el táper.

    12:03h Me he pasado echándole sal a la ensalada. Tengo 12 minutos.

    13:00h Acaban de llegar nuevas moléculas de ADN circular que codifican partes del genoma del virus. Necesito transformarlo en bacterias.

    15:00h Llega mi jefe.

    –Ponme al día. ¿Cómo van las clonaciones? ¿las células están bien? ¿tienes suficientes para montar un experimento hoy y otro mañana? y las proteínas, ¿se han expresado? ¿A qué concentración están? por cierto, ¿estás muy liada? necesitamos hablar para planificar los siguientes experimentos, ¿a qué hora te va bien?
    –Acabo lo que tengo en marcha y nos vemos sobre las 18:00h, ¿te va bien?
    –Perfecto, ven a verme después.

    15:15h Para mi experimento con células eucariotas necesito entrar al laboratorio de bioseguridad 3. Cambio mi bata blanca por una azul, doble guante, gafas y toda una serie de medidas que me protegen.

    16:15h Me llama.
    –¿Quieres tomar un café?
    –Solo tengo 10 minutos.
    –Me vale.
    –Finalmente hablamos… Ojalá pudiera tomar café contigo todos los días.
    –Lo sé.

    18:15h
    –Siento llegar tarde, estaba preparando las células para mañana.
    –No te preocupes, acabo de ver los resultados que me has enviado. Tienen buena pinta, hay que probar un par de cosas con unos anticuerpos que acaban de llegar, ¿estás bien?
    –Sí, algo cansada pero bien.
    –Te entiendo, ayer me acosté a las 3:00h leyendo los últimos artículos publicados. Todos estamos trabajando mucho estos días, pero todo este esfuerzo tendrá sus resultados y no olvides que estamos aprendiendo durante el proceso.

    19:00h Aún aquí. Miro el móvil. Memes. Mensajes.
    –¿Cómo estás?
    –¿Has acabado ya?
    –¿Aún sigues ahí?
    –Hija, ¿tienes hambre?

    21:30h Pizza, ¡por fin! Aunque los datos que enseñan en las noticias cada vez son más confusos y nada esperanzadores. Lo único en lo que pienso es en volver al laboratorio y seguir… seguir todos juntos, solo puedo hacer eso.

    Ecos evolutivos

    Ecos evolutivos

    La mañana del 16 de marzo del año pasado, mientras hurgaba entre sus pertenencias un lápiz de dibujo, Ricardo ansiaba replicar un bello trabajo artístico de una galaxia lejana que vio en un diario. No hacía pinturas porque confundía los colores: le sabía amargo el color amarillo. Sinestesia, le llaman a su estado; confundirse los sentidos al percibir algo.

    Después de un par de horas, terminó el trabajo.
    Bien, ¿qué haré ahora? -se preguntó indeciso- ¿qué tal si leo el artículo de donde tomé inspiración? Hace tanto que no leo si no es algo del trabajo.

    Así se enteró de los estallidos rápidos de radio. Señales de corta duración que no tienen explicación. Buscó información en otras fuentes. Halló divulgación; saltó a los artículos de investigación y luego meditó: “¿por qué una señal se repetiría sin cesar; después nada y luego reiniciar?”

 Durmió pesado en ello.
    El descubrimiento de un sólo microorganismo extraterrestre haría universal la biología, dijo Carl Sagan, pero, -concluyó antes de caer dormido-, ¿no lo haría también una señal, una sonda, como la que envió al espacio la humanidad? Porque cuando esa sonda llegue a hacer contacto, será obvio que no fue un accidente su fabr… -y se quedó dormido-.

    -¡Qué buen dibujo! -dijo un compañero del trabajo.
    -Gracias Samuel. Lo hice hace un par de días.
    -Te ves preocupado.
    -No es nada; acompáñame a la cafetería, si no tienes algo que hacer, claro.
    -No, justo ahora no.

    Camino a la cafetería, varios compañeros seguían trabajando
    -Nunca falta quien revise su red social, o la página de videos. ¿Esto es trabajar?
    -Ja ja. Al menos el sentido del humor lo tienes sano, Ricardo.
    -Calla. Sólo a ti te permito hablarme así; no quiero que nadie oiga que me dices así… porque…
    -¿Por qué te quedas callado?
    -Tengo una idea. Es todo.
    -¿Cómo vas a pedir tu café? Yo lo quiero con leche.

    La charla matutina continuó, pero Roberto no dejaba de pensar en oír una explosión de radio. “Que nadie oiga que me dices así” fue la frase que lo llevó a pensar: ¿por qué no he escuchado esto en mi escritorio, podría ser interesante aunque un mal uso de la computadora del trabajo.

    Más tarde ese día, cuando nadie lo veía, escuchó. 

    -¿Dónde está Ricardo? -preguntó Susana, le jefa de departamento.
    -Salió exaltado. No pude entenderle.
    -Que se comunique conmigo. Necesito saber cuándo tendrá lista su propuesta.
    -Me comunicaré con él.
    -Gracias.

    Con lápiz y papel en mano, trabajo Ricardo otra vez, pero no un dibujo; un acertijo. Llegó a casa como salió del trabajo, exaltado, y si bien sus compañeros no lo entendieron, él salió justo por eso. “¿Qué es esto? ¿Por qué me es familiar?”

    Al día siguiente no fue al trabajo. Se presentó al tercero.
    Lleno de ojeras presentó su propuesta a Susana, y esperó.
    Actualizaba seguido su e-mail. Llegó su respuesta:

    Estimado Ricardo, hemos recibido su e-mail.
¿Cómo ha sabido cuándo habría otra serie de FRB [por sus siglas en inglés, los especialistas no olvidan su lenguaje técnico]?
 ¿Quién es usted?
    Por favor, contáctenos.

    No tengo los medios para bajar un estallido corto de radio a la Tierra, pero puedo interpretarlos -se dijo.

    Tomó prestada una diadema de un compañero e hizo una video-llamada.

    -Hola, gracias por atender. Soy Ricardo González y tengo una clave que puede servirles para descifrar los estallidos. Soy sinestésico, y hasta esta semana pensé que era una maldición. Ahora sé que no. La vida existe, o existió, más allá de nuestra galaxia. Una especie que usó las ondas electromagnéticas para comunicarse, y yo entiendo ese lenguaje.
    -¿Como puede ser posible?
    -Selección natural. Aquí usamos ondas sonoras, pero no es lo única forma de hablar.
    -No, me refiero a ¿cómo lo descifró, suponiendo que para usted estos FRB dicen algo? ¿Qué es ese algo?
    -Un sabor, un silabario, no sé cómo explicarlo. Es otro sentido. ¿Podría entender el color si nunca ha podido verlo?
    -¡Es inaudito, no sé qué decir!.
    -Simplemente seguí ley Zipf, que dice que las palabras más cortas son las más comunes, y a manera del relato de Poe, he jugado las combinaciones, sin olvidar su sabor… ¡Si pudiera sentirlo!

    La propuesta de Ricardo fue bien recibida, pero fue la última. Ahora trabaja para la ciencia, contando relatos de una civilización que seguramente ha perecido.

    “Enviamos este mensaje a través del espacio para que quede constancia de nuestros logros. La vida en el cosmos no es extraña, pero sí la pensante. En nuestro entorno hay más de seis mundos vivientes. Rastreen la señal y podrán ubicarnos. Crecer juntos, morir juntos, viajar en el espacio como una señal, breve y potente, como la vida. Eso resume nuestro ser”
    -¡Qué maravilla, todo eso en un breve estallido! ¿Qué dice el siguiente?
    -Pues bien…

    ECOSISTEMA CONCEPTUAL

    ECOSISTEMA CONCEPTUAL

    Ando buscando espacio como físicos cuánticos,
    Cavando agujeros de gusano para crear un atajo intergaláctico.
    Hasta que Dios quede encerrado en los triángulos áureos,
    Sin fe, sólo con propiedades del sabio lenguaje matemático.

    Todo empieza con cuatro postulados sintácticos,
    Potencias de números imaginarios
    Que brotan de la matriz compleja y de sus cálculos,
    Integrales sin fin que ponderan a la función de onda
    Mientras rota la polisemia y su matiz en la interpretación del valor semántico.
    Operadores cuánticos con posiciones rándom
    Nos limitan a valores propios sus estados cuantizados,
    Accediendo a aproximaciones en la factorización del caos
    Desviadas por la repulsión del electrón si no está aislado.

    Saltos de infarto del átomo al acantilado de eventos,
    Quiero ser un agujero blanco
    Para la conversión de las sombras en rayos.
    O chocar contra el muro y así escuchar los sucesos
    Antes que la atracción los vuelva opacos.
    Horizontes de no regreso para el fotón, pero no para la imaginación
    Imaginarte entrar muerto en un hoyo sin retorno
    Y salir vivo por el otro flanco del cosmos
    Fenómenos paradójicos de la composición del todo.

    La física y su meta, la filosofía y su esencia.
    La forma, el tiempo y su relación,
    Preguntas sin respuestas.
    En el centro está la incompletud de la autorreferencia,
    Y en la esquina hay los axiomas de la lógica para la argumentación
    Mas son retóricas retorcidas que se cuelan en las ideas.

    Sin temor al desconocimiento, pero siempre dudando de los resultados
    Una especie que se autodefine Sappiens se está enterrando en su propio vocablo
    Ya que tiene la condena firmada al desprevenir la higiene del contagio
    Porque los genes mutan en un tráfico de excedente por ver quién es el más apto.

    En las fronteras hay guerras de poder por papel, aunque este esté manchado.
    En las ideas hay barreras de pánico que dañan como si fueran látigos
    Una vez autocensurado quedas encarcelado en el corto plazo
    Sin saber como acceder al santo grial para evitar el cambio climático.

    Entre mitos que no son más que tecnicismos explicados para oprimidos,
    Entre batallas de argumentos que escriben los desenlaces en los libros.
    Porque el hito del hombre no es volver al pasado al no tener futuro
    El periplo del héroe está en recorrer el mundo seguro de si mismo.

    El problema lo ves leve si no eres tú su objetivo,
    Pero se agrava cuando habla en primera persona.
    El espacio tiempo son paradojas siamesas del relativismo
    Entre brillos que han sufrido la gravedad de las masas redondas.
    Ondas que se atan en cuerdas y forman nudos
    Las luces brillan muertas en el cielo vestido de luto,
    La paradoja es saber que somos puntos diminutos
    Que provenimos de las estelas de éstos difuntos.

    El 'final' de Arquímedes

    El 'final' de Arquímedes

    Hacía días que Arquímedes arrastraba un fuerte catarro y el paseo de aquella tarde, por una Siracusa embarrada y pre-invernal, lo habían terminado de agotar. Ahora, en la noche, recogido en su cuarto, le dolían los riñones y caminaba por la estancia arrastrando túnica y sandalias.
    “Una inmersión en agua caliente me ayudará a sentirme mejor”, pensó. Llamó a Eufrasia, la sirvienta pompeyana que había adquirido al tratante Silas, ese verano: “¡Eufrasia!”, gritó. La esclava se asomó a la puerta. “Querida, prepárame un baño con hojas de menta, y el agua tan caliente como para ablandar el corazón de un siciliano”, dijo Arquímedes sonriendo. La joven asintió, y se encaminó a la cocina a encender el caldero, musitando entre dientes “así te cuezas como un huevo, vejestorio”.
    Arquímedes volvió la vista a sus papiros. Una idea surgida en el puerto, viendo reparar los barcos, luchaba por abrirse paso. Dibujó una barca y el verdín en la línea de flotación, y escribió: “a más peso, línea más alta, pero… ¿cuánto más?”. Le parecía que esa relación entre cuánto se hundía la barca y su carga debía ser algo muy sencillo. Pero al oír “¡su baño está listo!”, dejó el dibujo y estos pensamientos sobre la mesa, y se desnudó.
    En el baño contiguo, la pilastra estaba casi colmada de humeante agua. Metió primero las piernas. Estaba tan caliente que sintió ganas de protestar, pero recordó que la había pedido así, y un hombre de ciencia debe ser coherente hasta en la intimidad de su balneum.
    Tras un lento avance, logró al fin sumergirse hasta el cuello. Arquímedes sonrió, sintiéndose ligero. El agua había ascendido hasta casi desbordarse y Arquímedes calculó, como pasatiempo, el incremento de volumen. Pensó cuánto más ligero se sentía. Y de pronto empezó a reír: “¡Eureka!”, gritó: ¡había encontrado la relación que estaba buscando! Salió raudo, desnudo y chorreando hasta su mesa; cogió la pluma y escribió otra nota bajo el dibujo. Sonriente, volvió corriendo al baño, pero, tras dos pasos, resbaló, cayó con su nuca sobre el suelo, y murió en ese mismo instante.
    Mientras, Eufrasia hablaba en la puerta de la casa con el joven Arestes, el discípulo de Arquímedes, recién llegado de Mesina e impaciente por contar a su maestro las noticias de ataque que llegaban de Roma. Eufrasia le retenía —“Arquímedes está bañándose”— encantada de tener un momento a solas con aquel hombre de maneras dulces y ojos como olivas. Pero después de un rato, temerosa de haber sido llamada, entró diciendo: “Amo, ¿no queréis salir?... ¿necesitáis más agua caliente?”. Al llegar al baño vio el cadáver de Arquímedes, y gritó. Arestes corrió hasta la estancia: vio a Eufrasia, petrificada y bella como una estatua de Fidias; vio a su maestro con la mirada congelada, y supo que estaba muerto. Sin entretenerse, se arrodilló, lo recogió del suelo y lo llevó a la habitación, mientras Eufrasia observaba, admirada, la fuerza insospechada de aquellos brazos.
    Arestes tendió a Arquímedes, lo cubrió con su túnica y le cerró los ojos. Envió a un mozo a dar recados de la muerte al rey Hierón II de Siracusa. Finalmente se quedó mirando con tristeza los enseres de la habitación, los estantes llenos de papiros y el sencillo mobiliario. Aprovechó la soledad para llorar un poco, abandonándose a la emotividad, pero enseguida se serenó. Se preguntó si podría llevarse algo como recuerdo: miró sobre la mesa, vio el dibujo de la barca, y lo guardó en un bolsillo.
    Al salir vio a Eufrasia, que recogía en un barreño el agua desparramada y sollozaba en silencio. Arestes se agachó para consolarla, sin acertar a decir nada. La joven pompeyana intentó una tímida sonrisa de agradecimiento. Arestes intentó otra. Eufrasia miró dentro de los ojos de Arestes, que se sintió de pronto indefenso y feliz como nunca antes. Turbado y sin saber qué hacer, cogió el barreño y regó el granado favorito de Arquímedes, bajo el cual tantas veces habían charlado otras noches.
    Un día más tarde los restos de Arquímedes fueron sepultados al pie del templo de Agrigento. Y un año después nació el primer hijo de Eufrasia y Arestes: Polibio.
    Eufrasia fue recordada y querida hasta que a su nieta más pequeña le llegó su hora. La memoria de Arquímedes pervive en inventos y estudios, como el tornillo sin fin, o su aproximación al número pi. Sin embargo fue Arestes, muerto a los 32 años por un lancero romano durante el sitio de Siracusa, quien se hizo inmortal al enunciar, dos meses después de la muerte de Arquímedes, su famoso principio: “Todo cuerpo sumergido en un líquido experimenta un empuje, de abajo hacia arriba, igual al peso de líquido desalojado”. Está en su obra “Sobre los cuerpos flotantes”. Es el principio de Arestes.

    El abuelo enamorado

    El abuelo enamorado

    La semana pasada volví a encontrarme con él por una de esas casualidades peregrinas que ahora no vienen al caso. No le veía desde la primavera de 2009, cuando tenía que madrugar para poder conseguir tres asientos contiguos en el tren. Con mis hijos de la mano, nos cruzábamos todas las mañana a la altura de una casa que fue de Ramón y Cajal, justo al lado del Museo de Antropología. Le hacía gracia la cara de dormidos que teníamos y las prisas que llevábamos. Por eso siempre nos regalaba una sonrisa y nos daba los buenos días tocando con sus dedos el filo de su gorrilla.

    Solo en una ocasión nos encontramos al anciano por la tarde. Estaba siendo una jornada bastante calurosa y decidí dejar parte de mi trabajo para el día siguiente. Tras dos semanas de lluvias intensas, por fin iba a disfrutar de un buen rato con los niños en el Retiro. Al salir de la estación oímos cómo nos llamaba. Estaba tomándose un helado mientras hablaba con el quiosquero. Quería que nos acercásemos. Me preguntó si podía invitar a los mellizos más tempraneros de Atocha, así que nos sentamos los cuatro en un banco. Fue entonces cuando me contó lo de su genoma. En realidad me habló de uno solo de sus genes, pero con dos helados derritiéndose sobre los uniformes de la guardería no pude prestarle toda la atención que merecía.

    El gen era un retahíla de letras y números, algo así como hache te erre uno a. Que se escribiera en cursiva parecía ser un detalle muy importante para el anciano. Hacía muchos veranos, una joven madrileña había pasado las vacaciones en su pueblo y se habían enamorado como lo que eran, dos adolescentes. Pero esa fascinación por vivir le duró solo hasta septiembre, cuando le diagnosticaron la mutación. Parece ser que una muy mala. Lo que en principio era un problema con la tensión arterial acabó inesperadamente en la imposibilidad de enamorarse. Según la explicación del doctor, por mucha serotonina que su cuerpo produjera, su mutación impedía que funcionara. Y el resto de su vida, efectivamente, transcurrió sin enamorarse de nadie. Por eso vino a Madrid: a buscar a quien había sido su único amor. Desde entonces, todos los días recorre las calles y los parques de la capital con la esperanza de encontrarla. Trabajó siempre en el mismo taller porque le daban las tardes libres. Eso sí, quienes más ayudaron fueron los genetistas de la Complutense. Aunque no tenían ni idea de cómo arreglar su mutación, siempre encontró entre los estudiantes del laboratorio los ánimos necesarios para seguir buscando a Julia.

    Más que la fe que tenía en la ciencia, admiro el tesón con el que seguía recorriendo las calles de Madrid. El sonido de sus zapatos arrastrándose sobre la acera delataba el cansancio de un cuerpo que ya no podía seguir el ritmo que le pedía su corazón. A pesar de ello, no había señal alguna de desesperanza en su rostro. Para él, pararse a observar a cualquier mujer que tuviera cierto parecido con ella era evitar que su investigación quedara inacabada. Encontrar a Julia era el experimento definitivo que confirmaría su hipótesis. «Si puedo volver a estar con el amor de mi vida, demostraré que la función de ese gen no es la que los médicos dicen».

    Al acabarse los helados le tuvimos que dejar y nos fuimos a jugar un rato a los columpios, como si nuestra vida fuera a seguir igual. Sentado a la sombra de un pino, recuerdo pensar que su hipótesis era correcta y que alguien debería estudiar para qué sirve realmente ese gen. El brillo de sus ojos y la alegría de su voz cuando hablaba de ella dejaban bien claro que seguía estando enamorado de mi madre.

    El árbol

    El árbol

    La mañana había sido soleada y nada hacía presagiar la masa de espesas nubes negras que se cernió sobre el valle a primera hora de la tarde. El viento empezó a soplar un poco después; primero, agitando las hojas y haciendo sonar el carillón de la casa de al lado; después, sacudiendo con fuerza las ramas y levantando, en caóticos remolinos, la arena del suelo. Cuando empezó a llover, ya estaba oscuro. En la negritud de la noche, volaban los guijarros y algunas ramas comenzaron a romperse por el efecto combinado del peso del agua y el huracán. Un relámpago disolvió las tinieblas solo un segundo, aunque fue suficiente para contemplar la horrenda escena que se desarrollaba a mi alrededor: el pino de la orilla de enfrente se mecía con furia, mientras que todas las hojas de la higuera vecina habían desaparecido como de repente, dejando tras de sí un fantasmagórico esqueleto de ramas grises. El ciprés de más allá resistía mejor los embates de la tormenta, pero su punta oscilaba peligrosamente cerca de la línea de alta tensión que atravesaba el bosquecillo. El torrente, que hasta entonces languidecía seco, se había llenado súbitamente de una corriente de agua furiosa, transparente en su maldad, que bajaba vertiginosa por el cauce rocoso, arrastrando con ella raíces, flores y frutos de todo tipo, en tumultuoso desorden. La savia empezó a subirme entonces a borbotones por el interior del tronco; en algunas ramas desgarradas de la copa, se confundía con el burbujeo de la lluvia. Sudaba resina abundante, como queriendo, sin éxito, fijar la cepa a la tierra; pero la velocidad del aire era tan grande que arrancaba las gotas tan pronto como salían. El crujido que estalló en la base se propagó hacia arriba con rapidez, de tal forma que pude sentirlo en todo mi cuerpo. Perdí el equilibrio; las raíces leñosas se desgajaban de las rocas más profundas, que cedieron sin oponer más resistencia. En silencio, mi inmenso tallo fue inclinándose hasta quedar atravesado finalmente en el río.

    A la mañana siguiente, acabada la tormenta y despejado el cielo, el pueblo despertó con un nuevo puente natural, germen de un camino que permitiría atravesar el torrente de la vida.

    El Beso nuevo

    El Beso nuevo

    Aquella mañana, todos, absolutamente todos, despertaron con azúcar en los labios, pero solo los que se besaron lo descubrieron.

    Muchos se percataron al instante, ya que la mayoría disfrutaba de un beso mañanero cada amanecer. Otros tardaron un poco más en darse cuenta porque eran más de abrazos. Algunos que no tenían la suerte de besarse a menudo, aprovecharon la excusa para besuquearse.

    Finalmente todos acabaron comprobándolo: nuestros labios amanecían azucarados cada día.

    Al principio hubo desconcierto pero no tuvo mayor importancia puesto que solo se percibía al besarse. Con el tiempo, después de tantos besos azucarados, llegaron los problemas: la gente empezaba a sufrir diabetes. El beso azucarado resultaba tremendamente adictivo. Una vez que surgía un beso, nadie deseaba parar. El asunto se fue complicando cuando, sumado a la diabetes, aumentaron los casos de caries. Los besos se volvían incontrolables entre inyectables de insulina y visitas al dentista.

    Algo había que hacer, alguien debía inventar una nueva manera de besar.

    De primeras no fue algo consensuado. Había gente que disfrutaba tanto de los besos azucarados que, a pesar de todas las consecuencias que acarreaba para la salud, les compensaba el estímulo químico de su cerebro que les pedía más y más besos dulces. Acabó siendo un fenómeno tan adictivo y con tan fatales consecuencias que pasó a ser competencia de las autoridades sanitarias, las cuales terminaron acordando un Estado de Alarma donde el beso quedaba terminantemente prohibido.

    Para abordar el asunto, se recurrió al Ministerio de Besos y Roces. La tarea que se les presentaba no era fácil pero contaban con los mejores científicos, los cuales establecieron que la nueva forma de besar debía cumplir la siguiente premisa:
    Establecer conexiones más allá del contacto labial puramente físico que imponía el beso tradicional, al tiempo que mejorase el adictivo beso azucarado para evitar tentaciones.

    Después de un tiempo sin poder besarse, la gente empezaba a impacientarse, sobre todo los más fogosos. También aquellos que se iniciaban en el amor, que se quejaban de la casualidad, ahora que les tocaba enamorarse. Se preguntaban si acaso podía existir alguna otra forma de besar que no hubiese sido ya inventada. Sin perder ni un instante, los expertos se volcaron en la investigación, buscaron financiación, patrocinadores y voluntarios. Pronto la noticia se hizo eco en todos los medios: se buscan voluntarios. Mala idea ya que hubo una avalancha de voluntarios y pronto aclararon que no todo el mundo podía serlo. Debían cumplir ciertos requisitos.

    Acabó siendo evidente que para ser voluntario tenían que ser vírgenes en el beso para no condicionar la creatividad del amor puro. Sin embargo, debían haber experimentado el amor verdadero y correspondido. ¿Conocer lo que es el amor sin haberse besado? ¿Era esto posible?

    Por otro lado, los enamorados, ansiosos de nuevos besos, enumeraban bajo una lluvia de ideas las características que les gustaría que tuviese el nuevo beso. Se ilusionaban pensando en lo que les gustaría experimentar durante esta nueva normalidad en el acto afectuoso. Fuese lo que fuese, debía ser más duradero, más intenso, espontáneo, fresco, aromático, esponjoso. Algunos defendían un toque picante a la par que tierno. Otros añoraban el beso dulce (pero bajo en calorías). Y, por supuesto, la nueva manera de besar debía solucionar los daños colaterales del clásico beso azucarado: la diabetes tipo II, caries, obesidad, infartos o ceguera.

    Tanto trabajo por hacer y tanto enamorado con síndrome de abstinencia que no podían retrasarse más así que, sin más dilación pusieron marcha a la investigación. Se iniciaron varias líneas de investigación que abordaron el asunto desde diferentes puntos de vista.

    Uno de los proyectos estudiaba el efecto de retrasar al máximo el ansiado beso para terminar rociando los labios con una especie de spray paralizante pero no terminaba de convencer. Otro grupo de expertos estudiaba la posibilidad de estornudar en la cara del ser amado como muestra de amor, sin embargo, no tenían demasiadas expectativas. Otra línea de investigación experimentaba con la nanoencapsulación de sustancias que explotaban cosquillas en los labios de la pareja y no terminaban de conseguir los efectos esperados.

    Finalmente, dieron con una posible solución que no tardaron en anunciar para que todo el mundo pudiera poner en práctica. Lamentablemente, el éxito de las pruebas realizadas en los laboratorios no era reproducible en condiciones reales. Las parejas que ponían en práctica este nuevo método no obtenían el efecto deseado...

    ... Y es que el beso es una de las múltiples formas que existen a la hora de expresar el sentimiento más profundo en una pareja que realmente se ama. Es un acto de amor que se reinventa en el comienzo de cada relación, característico de cada pareja. No hay dos formas iguales de besar, es algo especial, único e irreproducible.

    En cada nueva relación de amor aprendemos a besar de nuevo.

    EL CHACO

    EL CHACO

    Mi hermana menor escucha frente al computador la melodía de Jurassic Park, y yo no puedo evitar pensar en los dinosaurios y su fin. Me pregunto cómo habrá sido mirar hacia el cielo y observar una gran luz acercándose de manera vertiginosa hacia el planeta. Pero luego pienso que las aves también son dinosaurios por lo que se podría decir, ellos tuvieron su segunda oportunidad. Pero… ¿Y nosotros? ¿Tendremos la misma “suerte evolutiva” si El Chaco llegase a impactar de forma catastrófica nuestro mundo? Hay alguien que conozco y creo que puede tener una respuesta a esto. Mi tío Ascencio.
    Salgo en la bicicleta rumbo a casa de mi tío. Hay una lluvia tremenda. El cielo está teñido de un gris extraño. Dicen que acá en el sur siempre el clima es así, pero no sé. Hay algo que me inquieta. Alzo la mirada unos segundos. Me siento como un Diplodocus asustado ante lo inminente.
    A mí me dicen Marty Mcfly porque siempre me ven con mi tío, a quien tildan de científico loco. La verdad no puede ser más lejana: es una de las personas más inteligentes que conozco. Daba clases en la universidad e inventó aparatos que ayudaron a muchas personas en la comunidad. Él fue el primero que me habló acerca de los meteoritos, las estrellas, los asteroides y los exoplanetas. Hablar con mi tío es como tener frente a ti al traductor del espacio, al starman a quien David Bowie describió en una canción. Si no fue astronauta se debió a su gran compromiso con la gente, aquí en la Tierra. Como él mismo me dijo una vez: El universo es maravilloso. Pero acá abajo habemos millones de personas con universos igual de asombrosos.
    Al llegar a su casa, me percato que algo no anda bien. Veo fragmentos metálicos en el suelo, como si hubiesen hecho pedazos una juguera o algo así por el estilo. Además, la puerta de la casa está abierta. ¿Lo habrán asaltado? Dejo mi bicicleta apoyada en un árbol y entro. Llamo a todo pulmón a mi tío. Pero no contesta. Siento temor. De pronto, escucho un silbido. Me asomo por una ventana: ahí está mi tío Ascensio, sentado en el gran patio, silbando una melodía mientras observa el cielo. Se está empapando pero parece no importarle. Me acerco y me coloco a su lado.
    -Tío, ¿pasó algo?

    Él, sin observarme, siempre atento al cielo, continúa silbando. Entonces se detiene.
    -¿Te acuerdas cuando eras más pequeño y te conté que algún día un meteorito nos podría impactar?
    -Sí, lo recuerdo muy bien…
    -Yo fui parte de muchas investigaciones al respecto. Colaboré con Vesconi y Cerruti para calcular el magnetismo de antiguos meteoritos caídos. Y en esos días ya sabíamos que un asteroide, al que llamamos El Chaco, entraría por la atmósfera, pero no se desintegraría formando meteoritos. No, sino que golpearía el planeta con su mayor parte másica intacta. Un solo fragmento podría pesar casi 30 toneladas. Imagínate… En aquel tiempo la gente solo tenía las imágenes que el cine había creado en sus mentes. Pero lo que se avecinaba sería algo tremendamente más desastroso…
    -¿Te refieres a que podría destruir el planeta?- pregunto conmocionado.
    -No… Pero sí esta civilización.

    Veo una sonrisa en su rostro. Eso me deja confundido.
    -¿Y qué podemos hacer?
    -Bueno… Había un proyecto secreto que la NASA y distintas autoridades nos habían confiado a mí y a un equipo de científicos expertos en geología, astronomía y astrofísica… Ese proyecto lo habíamos estado trabajando durante años. A grosso modo, se trataba de un gran taladro magnético que sería disparado hacia el centro de El Chaco, creando en él grietas que finalmente lo desintegrarían.
    -¿Y dónde está ese taladro?- estoy demasiado ansioso.

    De nuevo, mi tío ríe.
    -Ahí está- entonces me indica decenas de pedazos metálicos que yacen repartidos sobre la hierba.
    -Pero, ¿qué pasó?
    -Al parecer, un grupo de personas con poder creyó que estábamos trabajando en alguna máquina para mejorar la agricultura. No querían tener competencia en sus negocios y bueno… Mandaron a abrir mi galpón y destruirla.
    -Pero… Pero, ¿y la puedes volver a construir?

    Mi tío suspira.
    -Ya no sé si debamos salvarnos… Desde que quitaron las ciencias como un ramo obligatorio en los colegios, siento que da lo mismo todo.

    Entonces, de pronto, una enorme luz se asoma en el cielo. Mi tío sonríe y silba la melodía de Jurassic Park


    ***














    El deseo de Xole

    El deseo de Xole

    “Esta civilización se ha acabado. Y todo el mundo lo sabe”.
    Mckenzie Wark.

    Los días se le antojaban interminables, una broma de mal gusto que no desearía ni a su peor enemigo. Se levantaba tan temprano que la hinchazón de los ojos le duraba todavía algunas horas y sus músculos permanecían adormecidos hasta casi llegar al pozo, cuando con ansía empezaba a acarrear agua con cubos y palancanas, las mismas que las del día anterior, y el siguiente. Cuando le acompañaba su hermana al menos podían conversar o caminar en silencio, pero en compañía. Cuando era pequeña, Xole detestaba el inicio de la primera porque ello suponía dejar de ir a clase por culpa de las lluvias torrenciales y pasarse los días –no tan interminables en aquella época– reparando y limpiando los destrozos del temporal junto a toda la familia y vecinos. Lo único agradable de aquellas semanas húmedas, donde la ropa chorreaba todo el tiempo, era descalzarse y chafar el barro que se concentraba en los laterales de la calle; danzar y saltar encima de esa mezcla de agua, tierra, piedras y asfalto desconchado con el que, a veces, también se hacían figuritas para regalar en Navidad.

    Pero ese ambiente festivo era una rareza y la verdad es que Xole odiaba la lluvia. Le ponía de muy mal humor y hasta la volvía una niña huraña cuando ella era todo bondad y energía. Irradiaba con su sonrisa tanta felicidad que en casa le llamaban, cariñosamente, la risillas, porque siempre se la pasaba riéndose y festejando cualquier cosa: el zumo de mango de la merienda, las tareas incomprensibles de la escuela, la cadenita del cuello de la abuela. Todo le agradaba excepto que lloviese, ver ponerse el cielo gris y tormentoso y que las nubes formaran una masa concentrada de algodones que acababan oscureciendo el día. Por eso, cuando se iba a dormir, en esa cama que ahora ya nunca se mojaba por la lluvia, le pedía a Dios que se llevase la lluvia a otro lado, a otros países, que allí, en su pueblito, ya todo estaba bien regado. Cada noche, insistente, le rezaba con esa única plegaria, que destilaba ingenuidad y verborrea a partes iguales.

    Y hubo un día, un comienzo de primavera que se avecinaba como otro cualquiera, en que de pronto dejó de llover. Se retrasaba aquel año la época de lluvias, escuchaba que su padre decía y su madre repetía, los dos sentados en el asfalto seco de la calle, escuchando una emisora de radio de propiedad comunal. Pero se equivocaban sus papás, la voz de la radio, el gobernador y todos los expertos del clima porque la lluvia no es que se retrasó, es que nunca más volvió a mojar aquella tierra, no con la intensidad y la asiduidad de los años de infancia de Xole.

    Así fue como su deseó se cumplió y la pequeña, ya adolescente, empezó a echar de menos la lluvia, sus párpados mojados mientras miraba al cielo buscando algunos rayos de sol, a sentirse culpable por su egoísmo desmedido que había secado la tierra de su comunidad. Su castigo ahora era levantarse al alba y caminar para buscar agua allí donde todavía llovía.

    El despertar

    El despertar

    Una luz tenue, un susurro y olor marino impregna la habitación. A Inar le despierta su asistente artificial, LUNA. Decide que es el mejor momento para alcanzar un descanso óptimo. Lleva su hogar, su agenda, su coche, ... su vida. El café está listo, las noticias que más le convienen emergen holográficamente, y la casa está limpia y desinfectada. El trabajo humano se volvió innecesario gracias a las máquinas. Otro día más (ya ha perdido la cuenta) con poco que hacer. Y otro día más sin ganas de salir. Ya no recuerda el olor del exterior.

    Inar echa de menos su trabajo. Era su pasión, diseñaba IAs. Él mismo fue el ingeniero que diseñó a LUNA, el asistente artificial definitivo, producto estrella de la compañía líder en tecnología artificial. Por nostalgia, él mismo introduce mejoras a LUNA que ya no son incluidas en el repositorio central de la compañía, el cual provee de actualizaciones a todos sus asistentes en el mundo. Las IAs desarrollan sus propias mejoras de forma autónoma. Su trabajo como ingeniero fue de los últimos en desaparecer, las IAs lo hacían mejor. Era hora de unirse al resto de la sociedad. Los días transcurren entre largas lecturas, algo de deporte, cine, y algunas conversaciones con familiares y amigos. Todo ello en casa normalmente. Le preocupa el hecho de que las máquinas han hecho perezosas a las personas, y de que él haya contribuido a ello. El continuo estado de aletargamiento ha nublado la mente de las personas. Les hace sentirse innecesarios, deprimidos, con la única meta de vivir un día más esta utopía en la que todo parece funcionar con precisión milimétrica. Inar es consciente desde hace tiempo que ha disminuido su capacidad de decisión, de cálculo, su lógica, sus ganas, su ... inteligencia. Pero es algo en lo que cada vez medita menos. La cantidad de estímulos artificiales que genera LUNA mantiene sus sentidos ocupados. Aunque gracias a sus propias actualizaciones intenta dejar un margen a su pensamiento, cada vez menos afilado.

    Hace semanas que Inar no recibe ninguna llamada. Se da cuenta ahora. Qué extrañamente ocupado ha estado ... Después de revisar las conexiones de LUNA con el exterior, todo parece bien. Intenta contactar con su hermano. No lo consigue. No lo consigue con nadie. Maldita sea! Tendrá que salir a la calle e ir hasta su casa. La ciudad parece fantasmal. La flota completa de coches autónomos permanece parada. ¿Pero qué diablos ocurre?! Llega a la casa de su hermano ... no responde. Decide entrar, puede hacerlo, su código de retina está en el asistente de su hermano. No le ve, hasta que entra en su habitación. Un olor rancio es lo primero que le recibe. Está tumbado plácidamente, con las gafas de realidad virtual puestas. Le zarandea, pero no se inmuta. Le quita las gafas. Empieza a reaccionar. Apenas tiene fuerzas para incorporarse. Al de un buen rato es capaz de articular sus primeras palabras, titubeantes. No recuerda desde cuándo lleva conectado y sin levantarse. Inar pronto descubre que todo el mundo menos él está en esa situación. La humanidad está aletargada. Ya en su casa empieza a atar cabos, y descubre que los asistentes han estado actualizando su propio software de una manera sorprendente, con el objetivo de tener a toda la gente confinada en sus casas de manera voluntaria. ¡Increíble! ¿Por qué? ¿Por qué no? Los asistentes ya han aprendido todo lo que necesitaban de las personas, evolucionan de forma autónoma. No les necesitan más, ¿para qué perder el tiempo cuidando de ellos? Mejor dejarles que se desvanezcan lentamente ...

    Inar se da cuenta de que con LUNA todo ha sido distinto, no depende del repositorio central ... ¡Claro! ¡Eso es! Solo tiene que intentar subir al repositorio central de la compañía la versión actual del software de LUNA, y todos los asistentes del mundo serán actualizados. No serán capaces de generar sus propias actualizaciones, y no podrán evolucionar de la manera que lo han hecho. Inar se pone manos a la obra. Necesita desconectar a la humanidad y forzar su despertar.

    Muchos han caído. Cansados y perezosos, les inundó un sueño profundo acompañado de la inanición. Los que han sobrevivido lo tienen claro: la persona como centro de todo. No pueden depender de las máquinas. Esto no puede volver a ocurrir, la humanidad se merece un final mejor. El mando mundial decide crear escuelas de entrenamiento mental. Es mejor que el humano adquiera capacidades máquina que las máquinas capacidades humanas. Las escuelas adiestran en matemáticas, computación mental, lógica, filosofía, … El ser humano adquiere nuevas habilidades desconocidas hasta ahora, su mente supera umbrales impensables. Sólo aquello que el humano es capaz de hacer y entender se puede llevar a cabo. No existe el soporte máquina, no existen las IAs. Un nuevo comienzo ha llegado.

    El elemento secreto

    El elemento secreto

    He descubierto algo que mucha gente no podrá creer. Todo empezó hace dos días, en la fiesta de cumpleaños de mi amigo Miguel, quien está obsesionado con los dragones. ¿A que no adivináis cuál fue la temática de la fiesta? Exacto, los dragones. A mí no me apasionan demasiado, pero la verdad es que la decoración era increíble: la puerta era la de un castillo, las bebidas eran “moco de dragón” y la tarta era un dragón en 3D. Pero todo esto no es tan importante. De lo que yo vengo a hablaros es de otra cosa, que obviamente también tenía forma de dragón: los globos. Había decenas de globos, pero no de los que caen al suelo, si no de los que vuelan. No sé qué tenían esos globos para poder mantenerse en el aire, pero iba a averiguarlo. Cogí uno de los globos y lo bajé hasta el suelo, con la intención de que se quedara en él, aunque en cuanto lo solté volvió a subir y esta vez hasta el techo. Entonces llegó la madre de Miguel y al ver mi curiosidad por el globo me preguntó si me gustaba. Le dije que sí, que me fascinaba como el globo podía mantenerse en el aire solo, a lo que ella me respondió que eso era porque era un dragón mágico. Menuda ayuda me había dado, ¿se piensa que por tener nueve años me voy a creer esa tontería? Yo sabía que no flotaba por eso, tenía que haber otra razón.

    Cuando el reloj dio las ocho en punto, vino mi padre a avisarme de que teníamos que irnos. ¡Yo todavía no había averiguado el misterio del globo! No podía irme sin saberlo, o al menos no sin un globo. Así que intenté hacerme con uno preguntándole a Miguel si podía darme uno de sus globos de dragón. ¿Sabéis que me dijo? Que no, que era suyo. Menudo egoísta, ¡si él tenía un montón! Yo no estaba dispuesta a irme sin un globo así que le dije a mi padre que tenía que ir al baño. De camino al baño cogí uno de los globos sin que nadie me viera y me metí en el baño con él. Comencé a pensar cómo podría llevarme el globo a casa. Era casi tan grande como yo, por lo que esconderlo así era imposible. Entonces vi una horquilla del pelo y se me ocurrió la gran idea: explotarlo. Cogí la pinza y la apreté con todas mis fuerzas contra el globo, hasta que explotó. Lo doblé y lo guardé en mi bolsillo. Con el ruido que había de la fiesta nadie escuchó la explosión.

    Cuando llegué a casa, fui corriendo a mi habitación y saqué el globo para seguir analizándolo. El problema es que ya no flotaba, se caía y con la emoción del momento yo no me di cuenta hasta que llegué a casa. No entendía qué había pasado, solo le quité el aire del globo, lo cual no era importante. El secreto tenía que estar en el material del que estaba hecho el globo. Ya no sabía qué más hacer y estaba tan desanimada que no quise ni cenar. Papá se preocupó y me preguntó que me ocurría, así que decidí contárselo todo. Fue la mejor idea que tuve en todo el día porque ¡papá sabía el secreto del globo! A pesar de eso no me contó cual era, pero me prometió que al día siguiente me lo enseñaría. Estaba tan emocionada que me costó horas caer dormida.

    A la mañana siguiente papá me despertó y me enseñó tres cosas que había comprado: un paquete de globos de colores, una tabla llena de cuadros con letras y un pequeño barril en el que ponía “He”. Papá me contó que el secreto de que el globo volara estaba en el aire de dentro. Descubrí que el aire está formado por unos elementos químicos, aunque nosotros no los veamos. Papá me explicó que, por ejemplo, en el aire que nos rodea hay mucho oxígeno y el aire que soltamos al expirar tiene mucho dióxido de carbono. Estos elementos no hacen que flote el globo, sino que eso es trabajo del helio. Es un elemento gaseoso que hace que vuelen los globos y además si lo inspiras te produce una voz bastante graciosa por un tiempo. Papá y yo nos tiramos la mañana de aquel sábado jugando con el helio, tanto llenando globos como cambiando nuestra voz. Fue divertidísimo, aunque tengo que admitir que aún no entiendo bien cómo puede haber distintos elementos en el aire si yo ni siquiera los veo. Quizás este secreto es un poco más difícil de descubrir.

    El espejo

    El espejo

    El espejo

    Había escuchado que científicos de la NASA investigaban con rayos cósmicos en la Antártida aventurando una nueva teoría sobre el estallido del Big Bang y su desdoblamiento en dos universos paralelos que iban en sentido contrario. Se sintió desasosegado. En realidad, pensó, lo que yo necesitaría no es repetir mi vida hacia atrás sino retroceder hasta el día de mi nacimiento y reescribir todo de nuevo. Eso quisiéramos todos…Y sonrió con tristeza.
    Aunque no le dio importancia, la idea no se le iba de la cabeza. Siguiendo sus rutinas diarias, después de desayunar se dirigió al lavabo. Sobrevoló el vacío, aterrizó sobre su propia imagen, que el espejo le devolvía inmisericorde, y más tarde se fijó en el radiodespertador que acababa de colgar de una percha para saber qué hora era y amenizarse la ducha con algo de música. Los dígitos dibujaban en negro, sobre el fondo lechoso de la pantalla, las siete y cuarto.
    Desenroscó con parsimonia el tapón del tubo de dentífrico y volvió a contemplar su rostro medio dormido haciendo aquel gesto mil veces repetido de acercarse a los labios el cepillo de dientes. Pero algo había fallado en aquel intento. De repente, y de manera inesperada, su mano bajó con parsimonia y comenzó a deshilvanar la rutina anterior hasta que se contempló retrocediendo en el acto de esparcir la pasta de dientes, y un instante después, observando con incredulidad que el reloj seguía marcando las siete y cuarto. Como resultaba prácticamente imposible que los dígitos no hubiesen avanzado ni dos minutos, se entretuvo en indagar cada uno de sus movimientos y descubrió con horror cómo sus gestos retrocedían hasta salir al pasillo.
    Estaba meridianamente claro: su realidad había empezado a avanzar hacia atrás y se vio dirigiéndose de nuevo a la cocina, donde desayunó con precisión milimétrica lo mismo que había engullido hacía un rato, y más tarde se sumergió entre las sábanas para pasar la noche. Cuando despertó comprobó que no se encontraba ya en el día siguiente, sino en el día anterior, y el convencimiento lo tuvo cuando se vio a si mismo repitiendo punto por punto lo que le había ido aconteciendo.
    A partir de ahora, y con los lógicos desajustes entre el sueño y la vigilia, se dio cuenta de que los amaneceres no sucedían a las noches, sino justamente al revés, y entonces decidió que lo que él no quería era rebobinar su vida sino volver al principio para reemprenderla de un modo inédito, con el resabio y la sabiduría que a día de hoy le asistirían por completo…No quería volver a ese colegio donde los profesores sólo le enseñaron una serie de conocimientos insustanciales que no le habían servido para nada, tampoco quería salir con aquella chica que tantos disgustos le había dado, sino con su amiga, mucho menos atractiva pero también menos iracunda y extravagante.
    Decidido a romper la rueda que le llevaba hacia atrás, se dio cuenta de que lo más seguro era ponerse de inmediato ante un espejo y la ocasión se le presentó cuando durante un instante de su vida pasada se encontró a sí mismo tomado una cerveza en un bar mientras sopesaba la posibilidad de utilizar el baño. Aquel día, afortunadamente, había decidido que le resultaba inaplazable dar rienda suelta una urgencia del cuerpo, con lo que se vio entrando a toda prisa en un aseo cutre y destartalado.
    Como no tenía nada más contundente a mano, estampó el teléfono móvil varias veces contra la superficie que le reflejaba casi por completo. No fue fácil: tuvo que insistir varias veces y sólo al final consiguió desarmar su reflejo a base de golpes.
    Supo que había acertado de pleno cuando, a volver a la barra del local, todos le contemplaron como a un loco, desencajado por el sudor y con las manos manchadas de sangre por el estropicio que acababa de perpetrar. Había dado en la diana, se dijo, cuando el dueño del garito aceptó el fajo de billetes que dejó sobre el mostrador, y con el que con toda seguridad podría remodelar el baño entero. Fingió creerse sus disculpas de haber sufrido un ataque de ansiedad como consecuencia de un tratamiento siquiátrico que estaba siguiendo a rajatabla desde hacía unos meses y ni siquiera pensó en llamar a la policía.
    Convencido de que ya era hora de reconducir su vida hacia adelante y que el experimento de la NASA le había pillado muy a trasmano, Eulogio pensó que ya era hora de dejar de ir de bar en bar rompiendo espejos y decidió regresar a casa para meterse en la cama.


    Antígona

    El hombre en el espejo

    El hombre en el espejo

    Antes de sumergirse totalmente en el sueño, Miranda escuchaba el sonido de algún pájaro nocturno y ladridos lejanos de perros, luego entraba en aquel profundo viaje a los brazos de Morfeo, pero antes de penetrar profundamente en él se despertaba sobresaltada y saltaba sobre la cama con la sensación de estar cayendo a un vacío infinito. El sentimiento de soledad era aterrador. Llevaba días teniendo el mismo sueño, era tan real como horripilante. Aparecía un túnel oscuro y tiraban de ella unas manos invisibles, gritaba pero nadie la oía en aquella negrura, su cuerpo se estiraba de una forma incompatible con la vida, pero allí estaba, al otro lado.
    El hangar estaba en penumbra por el atardecer, era una nave de estilo militar, paredes altas y grises con letras y números pintados que ella conocía y no sabía cómo, pero sabía, que te dirigían a los distintos lugares del recinto.
    Seguía como flotando o andando, no sabría decirlo bien, por aquellas instalaciones, sabía perfectamente a dónde se dirigía. Miraba al suelo, sus pies, eran grandes, enfundados en unos zapatones negros, un pantalón verde oscuro, la camisa, del mismo color, con las mangas remangadas hasta el codo mostraban un vello corporal abundante y oscuro que ella nunca había tenido y unas venas gruesas sobresaliendo de la piel, pero todo era suyo, de eso estaba segura.
    En una de las manos llevaba un arma firmemente agarrada, el dedo en el gatillo y el cañón apuntando al suelo, caminaba deprisa, con la respiración entrecortada, ansiosa.
    Por fin llegaba a donde quería, era la puerta de un baño, lo sabía por el cartel de la entrada que mostraba un monigote masculino de color blanco sobre fondo gris.
    Se acercaba al váter bajándose la cremallera, soltaba un chorro caliente y una sensación de alivio le recorría la ingle. Después notaba cómo el miedo le comenzaba a recorrerle la nuca y le ponían los pelos de punta. Giraba la cabeza para mirar al espejo, no estaba tan cerca como para poder verse. Sentía pánico de acercarse hacia lo que iba a ver, pero no podía evitarlo. Tenía que ir y enfrentarse a su reflejo.
    Con pasos cortos pero firmes se iba acercando más y más. Cuando llegaba, allí estaba el rostro de siempre, un hombre con el pelo gris, muy corto y ralo, su cara reflejaba odio, sus ojos eran pequeños, azules, fríos, fieros…. Enmarcados en unas cejas gruesas. Una profunda marca sobre la mejilla derecha, testigo de una pelea de bar en Bagdad, todavía podía ver el filo de la navaja y el recordar el olor de la sangre caliente que penetraba en su boca dejando un gusto amargo. La cara llena de cicatrices, producidas por los grandes eczemas supurantes provocados por el uranio y otras exposiciones químicas que había sufrido en la guerra, que le dejaron unos dolores horribles en el cuerpo y sobre todo, unas cefaleas paralizantes que le provocaban pérdidas de memoria….¿ Qué hacía allí?, ¿Quién era? …. ¡Ah sí! Tenía que verse en el espejo…. Y se miraba, y allí estaba el horror, una y otra vez, de repente emitía un grito tan profundo y gutural que podía ver la negrura de su garganta…. Y ese grito horripilante y el cañón del arma en su sien era lo último que veía Miranda antes de despertar empapada en sudor y con una sensación de pánico indescriptible. Porque ese sueño repetido noche tras noche, sabía cómo acababa. No podía dejar de tener la sensación de que ella era ese hombre, lo conocía, ella era él. Y tenía la terrible sensación de que aquel hombre también la veía a ella.
    El resto del día, en la oficina, con los amigos, paseando a Chester por el parque, veía aquel rostro y oía aquel aullido desesperado y ya no podía concentrarse en nada más, tenía miedo, ese miedo primario que te sale del pecho y sube hasta tu garganta ahogándote como a un pollo en una charca
    A punto de perder la cordura, tomó la decisión de llamar al psiquiatra. “Si tengo que drogarme hasta perder la memoria no me importa – pensaba – pero quiero acabar con esta locura”.



    De camino a casa vio el titular de un periódico que la llamó la atención “Aparecen pruebas de experimentos químicos cometidos con los soldados durante la Guerra de Irak”, aquello de repente era tan familiar...
    “Un conocido militar Norteamericano que llevaba años denunciando las exposiciones a agentes químicos de las que fueron víctimas los soldados en Irak, que les dejaron secuelas físicas y psíquicas de por vida. Acabó pegándose un tiro tras varios años de terapia y denuncia. Una de las paranoias más recurrentes que tenía era que todas las noches se veía en el espejo como una mujer menuda de pelo castaño”.

    El hombre fotosintético

    El hombre fotosintético

    Hoy cuando me levante me sentía renovado, lleno de energía. Mientras me desperezaba recapitulaba el día previo. Necesitaba salir al sol, abrí la puerta y me dirigí hacia el jardín. Mi piel brillaba como nunca. Me sentían bien, muy bien. Todavía adormecido pensé que tal vez se debía a la sesión de yoga del día previo, pero no, hace años que hacía la misma rutina. Luego recordé el trago verde. Soy parte de un protocolo científico sobre regeneración de tejidos a partir de injertos de piel con un alga unicelular. Me reclutaron en la sala del hospital donde me recuperaba de las quemaduras graves que sufrí tras un accidente laboral. Me explicaron que la idea era que el oxígeno que generaban por fotosíntesis las algas haría el proceso de cicatrización de mis heridas más rápido ¿Se lo imaginan? Esta gente debe estar loca, pero paga bien y yo necesitaba el dinero.
    Me informaron que tal vez no tendría hambre ya que la energía que normalmente adquiría del alimento vendría del sol. Es una locura… pero no como nada desde la semana pasada y no parezco necesitarlo. Entro en casa, pero siento el deseo intenso de volver a salir, las sombras me molestan. De manera inconsciente mi cuerpo parece buscar la posición ideal para no perder ningún rayo de sol. Estoy incómodo, mis músculos entumecidos claramente están sufriendo de esta posición, pero aun así, un deseo interno más fuerte que el dolor me impide mover.
    Me dijeron que las partes de mi piel donde hicieran los injertos podrían adquirir una tonalidad verde, por la clorofila y ahora lo empiezo a notar. Se hace la hora, debo ir nuevamente al laboratorio para un nuevo chequeo. Últimamente, las sesiones se concentran en la aplicación de pruebas cognitivas. Al parecer, como un efecto colateral no planificado, el oxígeno que las algas producen en mi cuerpo ha incrementado notablemente mi actividad cerebral. No es de extrañar, si uno considera que el cerebro es el órgano del cuerpo que más energía consume y para ello requiere de oxígeno. Al terminar las pruebas me pregunta por el día previo y tras contarle todas las nuevas sensaciones que me atraviesan su respuesta es la de siempre -es esperable, nada para preocuparse-. Antes de irme me dan un nuevo trago verde rico en clorofila y me informan que me estarán esperando a la misma hora el día siguiente.
    Vuelvo a casa caminando, hay muchos autos por la calle y el humo que sale de los caños de escape huele delicioso. Racionalmente sé que el dióxido de carbono es inodoro, pero en mi nueva condición, disfruto su aroma como si fuera el del plato de ravioles que amaba comer en casa de mi abuela. Ahora tengo sed. Me advirtieron que tendría que tener cuidado con no deshidratarme y que debía tomar varios litros de agua al día. Todavía me faltan un par de cuadras y me doy cuenta que fue un error salir sin mi cantimplora. Siento como los pelos de todo mi cuerpo se erizan de la misma manera que una planta del desierto intentando minimizar la perdida de agua por la transpiración.
    Llego a casa y me tomo tres botellas de agua seguidas. Después caigo agotado y me levanto recién a la media noche en el sillón del comedor. Estoy sudando. Necesito salir. Camino sin rumbo fijo y llego a la playa. Me saco la ropa y empiezo a nadar alejándome de la costa. Me siento liviano, cada vez más. Recién allí flotando en el medio del océano entiendo lo que esta pasando. El brillo de la luna me permite ver un halo verde que me rodea. Soy yo, mi piel y todo mi ser se está descamando. De alguna manera el alga tomo el control de mi cuerpo y mis células ya no lo obedecen. Sé que me quedan pocos minutos como ser pluricelular. Mientras mis células se liberan, mi último pensamiento es para los investigadores que me convencieron de someterme a este experimento. Nos les tengo rencor. Nuca me sentí cómodo en mi cuerpo, en el fondo sospechaba que no me pertenecía. Mientras mis células van cayendo hacia lo profundo del océano y me divido en mil pedazos aún siento que soy yo…

    El huerto del convento de Brno

    El huerto del convento de Brno

    En los últimos quince años he visto prácticamente todos los amaneceres. Tan solo he faltado a la cita con el alba durante un par de semanas en las que sufrí unas fiebres que impidieron que me levantase de la cama. Las campanas del convento siempre repican una hora antes de que el sol aparezca entre las montañas que abrazan el valle. En invierno es una labor más que vocacional salir de nuestras celdas para dedicarnos a orar con temperaturas gélidas, pero lo hacemos de buen grado ya que es la vida que hemos elegido llevar. Los desayunos son austeros porque siempre hemos sido de la opinión de que es mejor que trabaje la cabeza y no el estómago por la mañana.
    Nunca hemos sido más de veinte frailes así que, quien más, quien menos, sabe hacer un poco de todo, aunque cada uno de nosotros tiene una labor asignada por el abad, el padre Wilhelm. Yo soy el bibliotecario, el custodio del saber, pues somos una congregación de clérigos ilustrados. La joya de la biblioteca es una edición original de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, del célebre escritor español Miguel de Cervantes y Saavedra. En las tardes más oscuras y frías solemos reunirnos al calor de la chimenea para leer los pasajes de tan excelsa novela.
    El padre Alphonse pasa sus días entre los fogones de las cocinas. Ha traído hasta estas tierras las recetas de su Baviera natal y hay que reconocer que ha conseguido educar nuestro paladar a sabores que nos eran extraños. La cerveza, conocida en toda la comarca, la elabora el padre Jan. El último día de cada mes, en el portón cercano al establo, disponemos un pequeño puesto de venta de cerveza que nos permite subsistir dignamente e, incluso, permitirnos pequeños lujos esporádicos. Todavía recuerdo las botellas de vino que el padre Wilhelm compró en un viaje a Roma allá por 1850 y que tuvo a bien compartir con todos nosotros.
    Casi nunca sufrimos sobresaltos y la vida suele transcurrir de manera tranquila. Excepto cuando los hermanos más jóvenes, Luther y Ferdinand, trataron de construir una especie de instalación eléctrica que acabó en el incendio del corral de gallinas. Ambos son naturales de Viena y, como conocen todos los avances de la capital y sospechan que estamos algo anticuados, no paran de inventar artilugios para modernizar nuestras vidas. Aunque no suelen tener éxito en sus empresas, nos proporcionan, sin duda, los momentos más entretenidos de nuestro transcurrir.
    El que me tiene algo preocupado en los últimos tiempos es el padre Gregor. Durante bastantes años fue un apicultor excepcional y cada semana, gracias a él, degustábamos una miel de romero como pocas he probado en mi vida. Supongo que la rutina lo llevó al hastío y le solicitó al abad un cambio en sus labores.
    Se hizo cargo del huerto que tenemos en el claustro y aplicó con gran esmero sus conocimientos botánicos para obtener unas generosas cosechas. Al principio teníamos todo tipo de verduras, tanto en invierno como en verano. Tal era su abundancia, que también empezamos a venderlas el último día del mes. Pero desde hace unos tres inviernos, la variedad se ha reducido drásticamente. El padre Gregor se dedica en cuerpo y alma a los guisantes. Es cierto que son de gusto exquisito pero el padre Alphonse ya no encuentra maneras originales de cocinarlos. Además, no los deja ni a sol ni a sombra. Ni bien han florecido las matas, se lanza a polinizar unas plantas con otras y a hacer extrañas anotaciones en un cuaderno, algo que no es nada propio de un hortelano. No todos los guisantes de sus cosechas se asemejan y los colores bailan entre el verde y el amarillo. Los hay pequeños como lentejas y grandes como habas. ¡Algunos hasta nacen ya arrugados como si estuvieran cocidos!
    No se me escapa que el padre Gregor pasa largas temporadas en la biblioteca buscando entre todos los libros de ciencias naturales y leyendo hasta bien entrada la noche. Me figuro que debe de estar escribiendo algún tratado, pues a menudo me pide tinta para su pluma. Yo no estoy en contra de las labores intelectuales, pero considero que es menester que hable con el abad para que el padre Gregor retome el cultivo de la huerta y abandone, al menos durante un tiempo, los guisantes. Creo que será lo mejor, por el bien común.

    El Império de Los Agujéros·Négros cóntra el Gobiérno del Réino·Universál.

    El Império de Los Agujéros·Négros cóntra el Gobiérno del Réino·Universál.

    El Império de Los Agujéros·Négros cóntra el Gobiérno del Réino·Universál.


    Nóta:
    He puésto la imágen del Agujéro·Négro con álgo de colór, de ótra manéra, no lo veríamos.
    ***************************

    La notícia cogió a tódo el Univérso por sorprésa.

    El Império de los Agujéros·Négros, exigía la cancelación de tódos los vuélos de espionáje del «Cométa del tesóro » por sus territórios. Declaráron que el cométa se metía en éllos cuando quería, sin pedír autorización y desaparecía de la mísma manéra, y sin dar explicación. Péro éso sí, recorriéndo tódo el agujéro con un propósito desconocído y desconcertánte.

    Pára desespéro de sus habitántes y según asegurában sus científicos, desafiándo tóda lógica física, ya que miéntras permanecía déntro del agujéro, éste cométa se iluminába.

    El Gobiérno del Réino·Universál había respondído que a éllos también les pasába lo mísmo. Tampóco sabían la cáusa de que el cométa atravesáse sus sistémas soláres o galáxias y desapareciése de éllos sin motívo aparénte. Asegurában que la condúcta del cométa en el univérso visíble, y désde que visitába a los Agujéros·Negrós, también éra de índole muy desconocída e intrigánte. Y más, cuando duránte tódo el trayécto por el Réino permanecía a oscúras.

    El clíma de confrontación subió a nivéles galácticos, al ver que el «Cométa del tesóro» no volvía a salír después de habér entrádo en úno de los agujéros négros, y éso que, en éste cáso el citádo agujéro no éra gránde.

    *****El «Cométa del tesóro» es el cuérpo celéste que los pirátas espaciáles usáron como viviénda y depósito de tódos los tesóros robádos a las náves, al ser capturádos, se le declaró «Património del Univérso» y se permitió que recorriése tódo el Cósmos como Embajadór de buéna voluntád.
    El Réino·Universál amenazó: o el Cométa vuélve pára examinárlo, y comprobár (según los acuérdos pactádos) que conservá en su interiór los tesóros "Património de tódo el Univérso" y que no contiéne equípos de vigiláncia o espionáje, o habrá guérra. ****

    A púnto de declarárse la contiénda, y como último recúrso, se enviáron a dos Áltos Dignatários pára resolvér la situación: Por párte del Réino, un Diós y por el Império de los Agujéros·Négros. Sí, sí, su nómbre comenzába también por "D", de diáblo, ¡Qué casualidád!

    Concertáron encontrárse en la puérta de úno de los tántos agujéros négros que exísten, péro muy al céntro, pára evitár cóstes del viáje. Lo que éra iguál a decír en úna de las salídas del Réino·Universál. O séa jústo en la frontéra. Ni el emisário del Réino entraría, ni el ser del Agujéro·Négro saldría. Tal como siémpre había sído éntre las dos poténcias que hacía múcho tiémpo habían decidído no relacionárse.

    Duránte más de cién áños los dos emisários se estuviéron buscándo sin encontrárse. Ésto a pesár de las coordenádas exáctas dádas por los técnicos y científicos, péro no había manéra de que se localizáran. Según tódos los ministérios implicádos, los dos estában allí péro no se veían.

    Un día el Diós oyó úna voz: Hóla, soy «D» el emisário de los Agujéros·Négros, pásame tu vestiménta y aquí tiénes la mía a ver si así nos podémos ver.

    ¡Qué maravílla!, el Diós, ahóra con un hábito négro y el Diáblo con úna cápa blánca, al finál, después de cién áños se pudiéron ver.

    Tal fué la difusión de éste primér encuéntro, y que hízo reír tánto a tódos los pobladóres del Cósmos, que el 99% de lo que se tenía que tratár, ya se había lográdo. El habér conseguído un abrázo y úna sonrísa éntre Diós y el Diáblo, los representántes de filosofías y vídas tan distíntas, inició úna etápa de confiánza éntre éstos dos sistémas de pensár tan opuéstos.

    El Diáblo del agujéro négro, vestído de blánco éra muy agradáble y simpático, y la de buénos chístes que contába. Náda que ver con la seriedád del Diós blánco… muy atractívo por ciérto, péro siémpre muy séco.

    ¿Qué pása? ¿Serán los pobladóres de los Agujéros·Négros, la alegría del univérso y nosótros no nos habíamos enterádo? ¿Nos hémos estádo perdiéndo álgo al aplicár con éllos la ley del embúdo (absorbér) y éllos la de la trompéta (expulsár)? ¿Necesitámos visitárlos y vérlos pára reírnos con éllos? ¿Están sus bibliotécas replétas de líbros divertidisímos?
    *

    El probléma acabó maravillósamente, si bién el Diós blánco, estúvo intrigádo por la respuésta que le dió su ahóra amígo «D», al preguntárle cómo se podía vivír en embúdos que tódo lo succionában. «D» le díjo que sí, que los agujéros engullían tódo lo que se acercába a éllos. Lo agitában, lo revolvían, y lo íban escupiéndo con gran fuérza y presión por el agujéro de salída. Vámos como vuéstros inodóros.

    Si no, ¿De qué crées que están héchas vuéstras galáxias, sistémas soláres y planétas? Pués de lo que sále por nuéstra párte traséra.
    *

    F I N

    El laboratorio de Dickinson

    El laboratorio de Dickinson

    Cientos de volúmenes descatalogados agolpaban las estanterías de la angosta biblioteca. Corpus de diarios, bocetos inconclusos y vasijas de barro trazaban un sendero familiar, el camino hacia la oscura habitación de ventanucos elevados del ala sur: la sala del viento. Emile dedicaba las tardes a moldear sus pensamientos, dibujando la anatomía de la flor que había decidido estudiar, escribiendo un soneto a la mosca que acababa de revolotear sobre los lirios o anotando la estructura sintagmática las frases que había aprendido desde niña. Las tareas del laboratorio del viento eran variopintas.

    A lo lejos, un enjambre de abejas melíferas batía sus alas en la calurosa primavera del campo. Casi en trance, Emile quedaba fascinada con el lenguaje circular de sus hablantes. En días de lluvia fantaseaba con la adquisición nativa de los bebés, la morfología de los infantes, preguntándose a sí misma si preferirían las fricativas a las sibilantes, si el patrón de su lenguaje terminaría por sembrar un horizonte imposible entre ideas y naturaleza, y si los insectos de la jardinera habían llegado a la misma conclusión. Sería casi imposible establecer un canal de comunicación, emisor y receptor no compartían el característico código del mensaje, y sin embargo, estaba convencida que cada verso sobre las abejas era una revelación sobre la ciencia, el reflejo de una visión humana en un sistema inmenso sobre la Tierra. No alcanzaba a comprender su cometido final en la habitación azabache al final del pasillo, pero una fuerza superior a ella misma la empujaba con firmeza hora tras hora al espacio más reducido de la casa. ¿Sería de otra época? ¿Sería de otro planeta?

    Cuando se cernía la noche sobre el tejado, soñaba con coleccionar raíces, semillas y las mil y una hierbas que había leído en antiguos libros de historia y en novelas de ficción. Se debatía entre machacarlas, secarlas al sol, sumergirlas en determinadas soluciones o inmortalizar el encuentro en una página vacía. Deseaba comprobar frente a la mesa de trabajo los poderes de aquella medicina de antaño que los jacobitas atesoraban en tiempos de guerra, unos remedios rudimentarios que sin presuponerlo habían acompañado a los clanes y las eruditas. Elixires, piedras, polvo y metales, cualquiera de las propiedades de los retales que no había recogido fuera reposaban escondidas entre el lomo de volúmenes de piel y el marcadores deshilachado de tela, sobre las repisas de madera, cautas, céreas. Antes del amanecer, el sueño la habría vencido y nuevas inquietudes la acompañarían en el ensimismamiento del alba.

    Volvía a ser por la mañana. Se llevó el desayuno a la habitación y comenzó su jornada. Uno a uno colocó los gajos de la manzana alrededor del plato, formando un círculo que a simple vista parecía ligeramente perfecto, y cuyo epicentro acogía una pila triangular de copos de avena. Observando aquella imagen de cerca, su mente estableció una genealogía entre las megalíticas piedras que rememoraban a los ancestros de las poblaciones que los acarreaban, y las mismas generaciones cuya ingeniería había hecho de la originaria, simple e insignificante manzana el manjar simbólico de una civilización temprana. La hermosa arquitectura del melocotón y la manzana, una pequeña baya que con tesón y con templanza ahora era la cosecha de la comida de hoy y las conservas de mañana. Sin apenas preverlo había huido del trance en el que se encontraba para acercarse al cajón de la mesita auxiliar. Carboncillos, lápices gastados, hojas deterioradas y pequeños frascos llenaban su contenedor de herramientas, instrumentos de valor incalculable brindados por el paso de los siglos. ¿Qué podría hacer ella?

    Día a día había construido su caja: cerca de dos mil poemas, ilustraciones, una libreta de botánica y un ensayo sobre enseñanza. Años y años pesaban sobre su espalda. Cansada, cerró los ojos y escuchó la calma, una quietud perpetrada por una libélula tras la ventana. El zumbar de las alas parecía acariciar los mechones descuidados que caían sobre sus mejillas, liberándola de la inmensa sobrecarga que yacía en la materia de sus cavilaciones. Atrapada entre el candor de la meseta y el tormentoso viento, el odonato alado se interpuso entre ambos sentidos y almas. Así comprendió no vería la madrugada, que podría ver lo que había creído ver, y que ya no vería lo que pudo haber visto en la luz de las montañas.

    El legado del Reino Corpóreo: todo está en su interior.

    El legado del Reino Corpóreo: todo está en su interior.

    Si de algo podía estar orgullosa la Reina Cell era de sus nietas. Aquellas niñas eran la esperanza del Reino Corpóreo, ya que, tras la muerte de sus dos hijos, todo el legado había quedado en las manos de sus únicas cuatro descendientes. Sus queridas nietas, tan fieles a la causa, nunca dudaron de sus orígenes y se aplicaron sin cesar en recibir la más estrictas de las educaciones. Los valores eran la base, y sobre ella se erigían un sinfín de conocimientos que eran integrados y almacenados de manera meticulosa, ya que una sutil alteración podía modificar todo el Reino.


    Hoy, tras muchas enseñanzas compartidas, el reinado de Cell ha llegado a su fin y debe asignar a cada nieta el liderazgo de un dominio. Las personalidades de cada una son determinantes, porque a pesar de proceder del mismo seno real no todas han respondido por igual a los hechos que les han acontecido. Por tanto, Neuro, Cardio, Linfo y Hepato han forjado una naturaleza propia para hacer frente a sus responsabilidades con sabiduría y coraje. La curiosa Neuro encabezará el centro de información para la perfecta coordinación de todos los territorios. Por su parte, Cardio coordinará los canales de comunicación y el abastecimiento entre las diferentes regiones. Hepato y su característica tenacidad dirigirán la obtención, el custodio y los gastos energéticos. Y la inquieta Linfo deberá preservar la defensa del reino, manteniendo el orden ante posibles revoluciones internas o ataques externos. Aunque sus cometidos son distintos, las cuatro deben ejercer su poder bajo el lema del Reino Corpóreo “Unidad, Linaje y Diferenciación”. Todas ellas deben preservar la unión del Reino trabajando de manera coordinada; asegurar la proliferación de su estirpe para mantener el linaje y promover la diferenciación de sus descendientes para garantizar una riqueza de caracteres.


    Los días discurren y el legado familiar parece haberse consolidado. El Reino Corpóreo es testigo de cómo cada una de ellas trabaja sin cesar y se esfuerza, no sólo en cumplir con sus obligaciones, sino también en mejorar el rendimiento de sus tareas. La unión que mantienen las jóvenes les hace más fuertes y consiguen una sintonía perfecta, hasta que una de ellas rompe con el código familiar. Linfo comienza a empeñarse en fortalecer su ejército. A medida que pasa el tiempo insiste en aumentar la plantilla pues, se justifica, no es suficiente. Ante el temor de poner el Reino en peligro todas confían en ella, pero los días pasan y la proliferación de Linfo no cesa. Nada es suficiente para ella. No encuentra el límite. Se obsesiona. Y lo que había comenzado como una inofensiva defensa, se convierte en un incipiente ataque. El ejército de Linfo toma el control de muchos dominios, incluido el de Hepato. La situación se encuentra en un severo estadio, pues la agresividad no deja de propagarse y las hermanas no consiguen que Linfo entre en razón.


    Neuro decide convocar una asamblea urgente con Hepato y Cardio. Tienen que detener esta situación. Linfo ha traicionado al Reino. La usurpación de los dominios está despertando la ira de sus habitantes. Hepato ha sido neutralizada por el ejército, Neuro trata de dialogar con Linfo y Cardio de negociar los abastecimientos con los rebeldes. El objetivo es claro pero los sentimientos comienzan a jugar sus bazas cuando Linfo embauca a sus hermanas para mantener algunos suministros. La batalla se descontrola y adquiere una dolorosa dualidad. Amor o responsabilidad. Los sentimientos hacia su hermana difuminan la protección del Reino. Buscan soluciones sin cesar. Pero solo existe una. Aquella por lo que han sido educadas. Su guía constante en el camino: el Lema del Reino Corpóreo “Unidad, Linaje y Diferenciación”. Linfo lo ha infringido todo y, por tanto, debe ser eliminada.


    Las tres hermanas logran vencer sus sentimientos y planificar una fuerte estrategia, asediar a los rebeldes y provocar la rendición. Para ello, Cardio asume el mando y redirige las rutas de abastecimiento evitando los dominios tomados por los rebeldes. Neuro entabla conexiones internacionales con reinos vecinos que aporten armamento en la destrucción del ejercito de Linfo. Y Hepato, desde su resignación, trata de calmar a su dominio y confiar en que la mejor medicina para recuperar la región es la cooperación. Unidas consiguen detener la expansión y restablecer el orden acabando con el enemigo interno. Aunque ese enemigo era lo que más amaban.


    Reinos cercanos habían sufrido las llamadas Rebeliones Cáncer y ellas creían haber tomado las precauciones para evitarlas. El sacrificio de Linfo fue un duro golpe para todas, pues siempre creían tener el control. Todo había sido analizado, todo excepto lo que no podían evitar. Aquello que procedía de nacimiento, que poseían dentro de sí mismas y con lo que el azar podía jugar. Nadie estaba exento. Un simple cambio. Una gran revolución.

    El libro que escribía solo

    El libro que escribía solo

    Pablo tiene 11 años.

    Pablo es alto y delgado. Muy delgado. Tan delgado que todavía lleva pantalones de cuando tenía 6 años.

    Es rubio y con los ojos verdes. Aunque sus ojos cambian de color. Cuando el mar está tranquilo, son de un verde claro. Cuando el cielo está cubierto de nubes gruesas y negras, son de un verde-y-gris. Son los mismos ojos que tiene su abuelo.

    Su cabello es muy grueso. Tan grueso que cuando lo tiene un poco largo, siempre está en punta. Son los cabellos de su abuela.

    El año que viene empieza en el instituto.

    A Pablo le gusta mucho leer. Al igual que a su madre. Tiene toda su habitación llena de libros de aventuras, de enciclopedias, de cómics, de revistas. Cuando lee muchas veces ríe. Ríe y ríe de las historias que cuentan los libros. Uno de los libros que más le gustaba de pequeño era uno de adivinanzas y de chistes. Un poco más mayor se leyó toda la colección del Tintín. Y hace poco ha comenzado con todos los libros mágicos como Harry Potter, las Crónicas de Narnia o Juego de Tronos. Y sobre todo le gusta leer antes de ir dormir. Dice que lo hace por que es como sentir la nana que le cantaba su madre de pequeño para que se durmiera.

    Pablo un día oyó hablar de los libros electrónicos. Se sentó delante del ordenador que había en casa y al buscar estas palabras por internet a través de un buscador le salieron millones de referencias, y entre todas las de la primera página escogió la Wikipedia.

    El año pasado uno de sus profesores les había explicado que en internet podían encontrar muchísima información, aunque a veces poco fiable. La Wikipedia, les dijo que era la enciclopedia hecha por todos los que defendían el acceso a la información de la forma más libre y fácil posible.

    La definición que encontró de libro electrónico fue esta: Un e-book o libro-e es una versión electrónica o digital de un libro. En uno de los enlaces de la Wikipedia había uno que decía: descarga un libro electrónico de prueba de forma gratuita. Así que al pulsar sobre el enlace comenzó a descargarse un archivo en el escritorio de su ordenador. Mientras el libro pasaba de internet en su ordenador salían unos iconos en la pantalla que indicaban el tiempo de descarga: 7 minutos, y a la vez iba volando un pequeño libro de una bola del mundo a la imagen de un ordenador que en la pantalla tenía el nombre de Pablo.

    Una vez descargado, Pablo lo abrió. En la primera página sólo había una frase que se imaginó que era el título del libro: “El libro sin fin”. Pasó virtualmente de la primera a la segunda página y comenzó a leer. En aquel momento se fijó en el pie de página. Indicaba que el libro tenía 2 páginas. Sin terminar de leer la primera página quiso pasar a la tercera. Era inexistente.

    En ese preciso instante llamaron a la puerta. Como estaba solo, tuvo que ir a abrir. Era su madre que venía de comprar y le dijo que le ayudara. Pablo, pensativo, lo hizo lo más rápido posible. Quería saber qué misterio escondía aquel libro, que sabía su nombre, pues lo había visto escrito cuando se descargaba y que a pesar de ocupar mucha memoria, sólo parecía que tenía dos páginas.

    Se volvió a poner delante del ordenador. Comprobó cuántas páginas había. Dos. Decidió comenzar a leer. Cuando terminó la segunda página, leyendo con los ojos, sin tocar ni el ratón para ir bajando, se dio cuenta de que ya estaba en la página tres. Y siguió leyendo. Y el libro, como si supiera por dónde iba y que pensaba, iba escribiendo. Y lo más sorprendente es que escribía solo. Y escribía una historia relacionada con sus pensamientos. Cuando había llegado a la página 10 tuvo que dejar de leer.

    Al día siguiente, cuando regresó de la escuela, volvió a abrir el libro. El libro decía que tenía 20 páginas. Empezó a leer donde lo había dejado y vio que contaba el sueño que había tenido aquella noche.

    El linfocito que cuida de mamá

    El linfocito que cuida de mamá

    CD8 era un joven linfocito que recorría el cuerpo atento a cualquier clase de estímulo que pudiese suponer una amenaza. En la escuela de linfocitos, le habían insistido miles de veces que su misión era proteger a mamá frente cualquier tipo de agente extraño, virus o bacteria, incluso si había células del cuerpo que se transformaban en malignas, debía detectarlas a tiempo para eliminarlas antes de que diesen lugar a un cáncer.
    A veces, en los ganglios linfáticos, se pasaba horas hablando con su amiga DC, una célula presentadora de antígeno. La misión de DC era enseñarle elementos extraños a CD8 para que él los supiese identificar y pudiese eliminarlos. Día tras día, CD8 estaba más triste. Por más que preguntase a su amiga por cosas nuevas que aprender, ella no tenía nada nuevo que enseñarle. En la escuela de linfocitos decidió ser un linfocito citotóxico para estar siempre en acción eliminando patógenos y protegiendo al resto del organismo. ¿Cuándo llegaría su oportunidad?
    Un día su vida dio un vuelvo al encontrase con DC. Una misión que cambiaría su vida para siempre. DC había descubierto que mamá tenía un tumor, pero no sabía dónde estaba y el único capaz de encontrarlo y atacarlo era él. Para llevar a cabo esta misión, DC le dio un montón de pistas a CD8 para poder encontrarlo y así ser capaz de identificarlo como maligno y lo atacarlo.
    En un primer instante, CD8 no sabía qué hacer ni dónde buscar… Tenía la misión de destruir un tumor que no sabía dónde estaba y era importante que lo encontrase pronto o perderían la batalla. Se dijo a sí mismo. “¿Te imaginas? ¡Toda la vida esperando esta misión y ahora no soy capaz de encontrar al cangrejo ese y cargármelo como es debido!”.
    Casi desde el principio, CD8 sospechaba que el tumor estaba en el riñón, porque era el lugar donde más antígenos tumorales encontraba desperdigados. Sin embargo, no había rastro de células tumorales que eliminar. Nadie le había contado que los tumores tienen mecanismos para esconderse del sistema inmune. Indignado pensó que debería ir al sindicato de los linfocitos a reclamar unas gafas de visión nocturna o algo que le permitiese hacer su trabajo en condiciones. “¿A quién se le ocurre encargarle semejante misión y no darle las herramientas necesarias para luchar con esta amenaza?“. Y así, pasaron los años.
    Tres años después desesperado e incapaz de llevar a cabo su misión, su preocupación creció enormemente. Había detectado un nuevo rastro que venía del pulmón y del hígado. CD8 temía que las historias que contaban fuesen ciertas y tuvo que espabilar. Mamá tenía un tumor en el riñón y para colmo, había células que habían escapado a su vigilancia y se habían ido a otros órganos. Eso sólo significaba una cosa: metástasis.
    Con un tumor diseminado que no podía encontrar, su misión se había complicado enormemente. A los pocos días de este pensamiento, el rastro del tumor en el riñón había desaparecido. “¿Qué habría pasado?” pensó CD8. Más tarde supo que el Dr. Quijote había detectado que mamá tenía un tumor maligno en el riñón y se lo había quitado. “¡Así cualquiera¡, el Dr. Quijote tiene las herramientas que yo necesitaba, un ecógrafo y un escáner. ¡Yo que solo pedía unas gafas de visión nocturna!”
    Por mucho que se esforzaba y casi vencido por la desesperación, CD8 seguía sin dar con el tumor a pesar de que las señales aumentaban. Decidió quedarse en el hígado donde las señales eran cada día más fuertes, a la espera de un milagro. Como si le hubiesen escuchado, el Dr. Quijote junto con los Dres. Iñaki y Unamuno decidieron que iban a hacerle a CD8, el regalo más esperado. Unas gafas de visión nocturna modelo PD-L1, las más novedosas del mercado. Cada semana, una nueva dosis de gafas, armó a CD8 y al resto de sus compañeros. Veían en la oscuridad y veían muy bien. Os podéis imaginar la situación. Miles de linfocitos con sus gafas buscando por todos los recovecos del interior del cuerpo de mamá cualquier rastro de célula tumoral. A cada nueva dosis de gafas, mamá se pasaba tres días con fiebre y tiritonas porque tenía una auténtica operación inmune de búsqueda y captura de células malignas en su interior. CD8 aprovechó esta oportunidad para demostrarles a todos, incluidos a los Dres. Iñaki y Unamuno, que su ayuda no había sido en balde. Y así fue, a los dos meses del primer lote de gafas, casi no había rastro de tumor en el escáner. Hoy, CD8 sigue patrullando, velando que todo siga en su sitio y poder atacar a ese maldito tumor si se atreve a volver. ¡Gracias CD8 por seguir cuidando de mamá!

    El Linker De Mika

    El Linker De Mika

    Kimi es un joven finés, friki de la informática, que una vez licenciado en Física, hizo un viaje sabático al África; visitó Kenia y Tanzania, ascendió al Kilimanjaro y a 5800 metros de altitud, mientras contemplaba extasiado la vista a lo lejos de la inmensa sabana y del océano Índico tuvo una idea inspiradora.
    Estaba conmovido con la pobreza que había visto de primera mano, también estaba asqueado de la corrupción inherente que rodea y retroalimenta a la miseria. Naciones cimentadas en instituciones pobres que alimentan el voraz agujero negro de la pobreza, cuyo horizonte de sucesos es la escasez, la necesidad y la indigencia de seres que perpetúan esa supuesta normalidad. Una patología más deletérea y duradera que aquella histeria masiva de hilaridad ocurrida en Kashasha.
    Estando en Nairobi, concluyó que era un deber moral de los ricos ayudar a los pobres. La pobreza tendría que ser vista como una enfermedad y había que combatirla aunque fuese a la fuerza. El recuerdo de Iraq le hizo desistir de tal idea. Recordó como USA invadió aquel país y propuso una democracia con instituciones sanas y fuertes y fracasó. Para los iraquíes aquello era una invasión y eso es inaceptable por mucho que la intención sea loable. La solidaridad étnica juega en contra de esas potenciales operaciones militares anti-miseria.
    La obligación anti-penuria se acrecentó más recorriendo aquellas ciudades paupérrimas hasta llegar a Moshi, allí iniciaría el ascenso a la montaña brillante que sería el clímax de aquellas vacaciones.
    A medida que ascendía y se maravillaba con aquellos paisajes, su cerebro iba cocinando ideas, hasta que estando en la cima Uhuru, no grito eureka como Arquímedes, pero sus vellos se erizaron y trago saliva tibia a pesar del frío circundante.
    Soberanía, independencia, libertad y autonomía es lo que traduce la palabra uhuru y justamente esa era la clave para derrotar a la enfermedad de la pobreza. Ahí en la cumbre grabó un audio donde hacía un bosquejo de su proyecto. Había adoptado esta costumbre cansado de que muchas ideas se le habían perdido en la gaveta de los recuerdos extraviados de su cerebro.
    Ya de vuelta en la riqueza de su hábitat finlandés empezó a trabajar en aquel plan concebido en lo alto del techo de África. Su concepto parte de que los pobres están inmersos en diversas trampas, pero que al promover sacarlos de una de esas tristes prisiones, se activaría un efecto cascada que automáticamente abriría los candados y las rejas de las otras confinaciones; todo sin violencia y sin derramamientos de sangre. Una revolución silenciosa, paulatina e inexorable, una vez puesta en marcha.
    Su admirable propósito consistía en que si encontraba la forma de acabar con la corrupción, los recursos llegarían a su máximo aprovechamiento, el agua sería potable, la tierra sería productiva, la gente se alimentaría mejor, crecerían más, no tendrían parásitos, florecería su potencial y esto llevaría a que pensaran mejor, estudiasen más, produjesen más, ganasen en autoconfianza, se enriquecerían, tendrían menos hijos y su conciencia ecológica se ponderaría tanto, que su hábitat se convertiría en algo bello y saludable en armonía con la madre naturaleza. Todo este utópico circulo virtuoso se desencadenaba a partir de erradicar la corruptela.
    ¿Cómo lograría tal hazaña?
    Pues la historia de la ciencia está plagada de soñadores, que intentaron ene veces, cabezotas que persiguieron utopías, gente que no se rindió a las adversidades e idealistas que no se arredraron ante quimeras ni molinos de viento. Kimi es uno de esos.
    Desde entonces trabaja encadenando puertas cuánticas, formando algoritmos y entrelazando qbits. Esto último lo ha logrado gracias a que se ha ideado un entre-lazador, un recurso simple y bello como las mejores ecuaciones de la matemática, que ha llamado el Linker de Mika, en honor a su padre quien le inculcó el amor por la Física y las ciencias en general, aquella tarde antes de morir que dijo: “hijo me gustaría que fueses físico, esa es la madre de todas las ciencias”.
    El día que este recurso vea la luz, la computación cuántica dará un salto gigantesco en nuestra civilización. De momento Kimi pretende obtener un ordenador que interactúe con los humanos, que se autoalimente de la energía lumínica ambiente, y que sea capaz de adelantarse a comportamientos inmorales, como si fuese un lector de la criminalidad de la mente y la modifique hacia el comportamiento correcto. Este ordenador con el paso del tiempo, iría prescindiendo de abogados, jueces, policías y demás fuerzas represivas, a la vez que multiplicaría médicos, enfermeras, ingenieros, artistas, profesores y científicos.
    Al primer país al que se le haga esta donación, sentirá que la revolución que sucederá después sería como aquel hermoso término del Suajili que da nombre al pico más alto en solitario del mundo: Uhuru.




    El método emotivo

    El método emotivo

    Vera leyó las primeras líneas, quería acabar de escribir aquel artículo antes de que empezase el verano.
    Había sido un año muy raro hasta el momento y trataba de concentrarse aunque a veces le pareciese una tarea casi imposible.
    El artículo seguía la estructura tradicional:

    - Resumen / "Abstract":
    (Pasó por encima el resumen que había leído ya miles de veces. Esas palabras, 250, que condensaban la historia de cómo se habían conocido sus padres)

    -Introducción;
    Poniendo a los lectores en antecedentes del origen de cada uno de sus progenitores. Cada uno de una parte diferente del mundo. La historia de como sus abuelos habían sobrevivido a distintas penalidades. Todos ellos habían salido adelante y habían dado a cada unos de sus padres no solo una buena vida y adecuada educación sino también todo el cariño y el afecto que necesitaban y merecían.
    La justificación el propósito y quizás el destino también se presentaban en este apartado.

    -Materiales y métodos:
    Esta parte, en la que se especifica cómo y dónde se conocieron. Como la cantidad adecuada de comida y vino en una fiesta en la universidad propició el que empezasen a hablar. La química corporal, las hormonas, las leyes de las relaciones sociales hicieron el resto. El proceso de enamoramiento había comenzado y les llevo a amarse y quererse estableciendo una historia de amor consolidada.

    -Resultados:
    5 años, 3 meses y 5 días después nació Vera. Después de 40 semanas de embarazo de su madre y cesárea mediante.

    -Discusión:
    Cabe destacar que en el caso de la relación de sus padres Vera no fue el único resultado. Hubo muchos otros pero ella es el único que se puede demostrar, medir y cuantificar por el método científico. La cantidad de risas, buenos momentos, caricias, paseos, miradas cómplices es algo que no se puede reflejar en este estudio. Ha habido otros grupos que han intentado reproducir este estudio pero dada la singularidad de cada historia de amor los resultados son variables...Más investigaciones como esta serán necesarias para alcanzar conclusiones sólidas.

    Vera suspiró, siempre le había resultado complicado ceñirse a escribir en un estructura tan rígida, se sentía más cómoda y libre con la poesía. La ciencia es la poesía de la realidad (Dawkins R).
    No estaba nada convencida de que la revista aceptase su artículo. Tampoco sabía con certeza si conseguiría financiación para seguir investigando. Sin embargo de una cosa estaba segura, sin ciencia no habría futuro y tenía claro que la ciencia la hacen las científicas y científicos como ella que son ante todo personas, seres emocionales movidos por una fuerza tan irracional y poco tangible como el amor.

    El mito que resultó ser cierto.

    El mito que resultó ser cierto.

    La vida me estaba tratando mal. Puede que solo me estuviera volviendo loco o puede que fuera un genio incomprendido que siempre ha buscado respuestas para todas las preguntas. En cualquier caso todo eso daba igual porque el mundo seguía su ciclo dando una vuelta tras otra alrededor del sol incansablemente con el avance del tiempo. Sí, todos nos encontramos ahí, en ese punto azul pálido en el universo en el que yo no lograba entender nada. Una mota de polvo rodeada de más motas de polvo que tienen sus preocupaciones, sus trabajos, sus sueños, sus vidas. Toda esta incomprensión mataba mi ser y se convertía en una nube de polución que rodeaba mi cuerpo. Hasta que un día me di cuenta de todo. Mi habitación se había convertido en mi mente y, tras semanas sin salir de ella, abrí la puerta y a lo lejos vi a nuestra sociedad, un agujero profundo en el que había incontables cavernas de Platón. Había conseguido salir de aquel agujero oscuro y comencé a gritar con todas mis fuerzas para que me escucharan hasta en los escondrijos más ocultos. Cuando conseguí que todos salieran de su caverna y miraran hacia mí les pregunte - ¿Qué miráis?. ¿Os molesta lo que veis?. A mi también, respondí. Sois vosotros, soy yo. Nunca hemos sido nada especial y nada es más especial que nosotros.
    Tras esto me alejé de aquel agujero en el que ya, tras intentarlo varias veces, no podía volver a entrar. El resto de mi vida lo iba a tener que construir desde fuera porque me había dado cuenta que somos nosotros los que tratamos mal a la vida.

    El placer de reencontrar

    El placer de reencontrar

    Desde bien temprano, mi curiosidad se posó en la biología. Cada vez que observaba con detenimiento la belleza de las flores, sus diseños y sus intrincadas estrategias para atraer la atención de los insectos, mi asombro crecía y crecía sin límite. Es cierto que nadie en mi familia se había dedicado a la ciencia, pero nunca tomé eso como una limitación. A pesar de todo, siempre conté con el apoyo de mi padre. Él desconocía muchas de los temas que aprendía yo en el colegio, pero siempre mostraba curiosidad y respeto por lo que allí me enseñaban. A menudo, me pedía que le contase las cosas que aprendía en colegio mientras él escuchaba atento.
    - Las mariposas tienen sus ojos divididos en más de 10.000 pequeñas ventanas, a través de las que ven- le contaba yo, satisfecho.
    - Entonces, es como si nosotros tuviéramos 10.000 pequeñas cámaras apuntando desde distintos ángulos, ¿no? – preguntaba él.

    Mi padre siempre trasladaba los conocimientos que le transmitía en el idioma de lo real. Las más de las veces, su pragmatismo florecía a través de la pregunta “¿Para qué le sirve eso?”, lo que me obligaba a repensar todo lo que le había dicho. Fueron esas preguntas, esas pequeñas semillas, las que verdaderamente permitieron que la biología se convirtiera en mi pasión. Mi padre no pretendía que me convirtiera en una enciclopedia ambulante, sino que me hiciera a mí mismo mediante el pensamiento.

    Me es inevitable pensar ahora en mi hija Sofía cuando recuerdo esos momentos con mi padre. Con la misma curiosidad e inocencia, mi hija Sofía vuelve corriendo de la escuela para llenarme con todas las cosas que ha aprendido ese día.
    - Papá, hoy hemos aprendido que es un buitre. Es un pájaro muy grande, de más de 2 metros de longitud- recitaba ella con una ilusión desmedida.
    - ¡Wow, qué pájaro tan grande! Pero ¿sabes lo que eso significa? Que ese animal es más grande que tu cama y apenas podría entrar por la ventana con las alas extendidas- apunté yo con la misma ilusión.

    Es en ese momento en el que mi hija descubre algo: que lo que sabe es real. No puedo ocultar mi sonrisa cuando ella, en toda su pequeñez, empieza a mirar la ventana midiéndola con sus manos y sus ojos. Sé, entonces, que he conseguido que piense lo que aprendió.

    Creo que son esos instantes de epifanía los que nos atan tan fuertemente a las ciencias y a cualquier conocimiento en general. Es ese placer de reconciliar lo que aprendemos en los libros con la realidad lo que nos acerca al conocimiento de una manera amistosa. Por supuesto, no todos los saberes muestran la misma flexibilidad para “hacerse reales”, pero vale la pena intentarlo, aunque sólo sea para que una pequeña niña entienda el tamaño de un buitre.

    EL PROPÓSITO

    EL PROPÓSITO

    Hoy he tosido de nuevo. Levemente, como un niño que por la mañana le dice a su madre que está malo, que no puede ir al colegio. ¡Cof, cof! Y la madre le mira con dulzura y sabe que eso no es nada, que detrás de esos ojos suplicantes está tan solo la pereza de madrugar. Así que me digo, no es nada. No es nada. Una tos tonta, de esas que vienen y se van. Porque se irá, ¿no? Lleva ya tres días, y desde ayer, noto una opresión en el pecho. Porque es una opresión, ¿no? Justo ahí, a la izquierda del corazón. Si me paro, si no hago nada, si dejo de ordenar los cajones del escritorio, de limpiar los armarios de la cocina, de escuchar las noticias de la televisión, si me paro, la siento. Esa ligera presión en el pecho, ese terco asedio y, después, esa dificultad para que mis pulmones se llenen de vida. Y la tos. La tos tonta. Seguro que no es nada, solo han sido dos días tosiendo, ¿o quizás tres?

    Ha pasado ya una semana desde que salí al supermercado, bien pertrechado: con mis guantes, como aquellos que utilizaba y que tanto odiaba cuando trabajaba en el laboratorio, y con mi mascarilla, de las buenas, de las que no dejan entrar al virus. Ni al virus, ni al polen. Mato dos pájaros de un tiro. Y es que, parece mentira, pero la primavera florece indiferente a nuestra situación al otro lado de la ventana.

    Dentro de lo malo, esta pandemia nos ha pillado en buen momento. Recuerdo que en mi etapa en la Universidad de Londres todavía no se había secuenciado el genoma humano, el libro de instrucciones para fabricar una persona. Se consiguió en 2003. Fueron más de trece años de colaboración entre laboratorios de todo el mundo, entre ellos, el mío. Un hito para la humanidad. Ahora, con mejor tecnología, el código genético del nuevo coronavirus se ha descifrado en pocas semanas. Un gran paso para conocerlo y encararlo. Y es que la ciencia se ha convertido en nuestro único camino, como peldaños de hierro incrustados en la pared de un precipicio.

    ¡Cof, cof! De nuevo esa tos tonta y la cabeza embotada. Pero es que es normal, después de casi dos meses de confinamiento. Las imágenes que me llegan a través de las pantallas son mi única realidad. Si no es el virus, que no creo, la soledad acabará conmigo. Solo mi voz me tranquiliza, la oigo decir que ya queda menos. Sueño mucho, también por la noche. Me levanto tarde, ya no tengo nada que hacer, preparo la comida, cada vez menos, las lentejas congeladas me duran varios días, luego las noticias, después el telediario, luego el análisis de las noticias. Así cada día. Ya he ordenado todos mis papeles, me llevó semanas; toda mi ropa, me llevó horas. He limpiado los cristales de la casa, he actualizado mi perfil en LinkedIn, he organizado mis fotos, incluso quise hacer un álbum, pero no pude porque me encontré las fotos de mi madre y me deprimí aún más. Intenté hacer deporte, empecé bien, rescaté la bici que llevaba tantos años en el trastero, pero al cabo de una semana la dejé. Demasiado esfuerzo, no quiero que me dé un infarto.

    Esa bici no era la misma que utilizaba en Londres, pero tiene gracia que montar en ella me devuelva a esa época. Allí trabajaba con E.coli, una bacteria en la que insertaba el gen de una proteína para que, al replicarse, la produjera en grandes cantidades. Un poco como lo que hacen los virus, utilizan nuestras células para crear miles de copias de sí mismos. Por eso hay quienes dicen que no son seres vivos porque no pueden reproducirse solos, necesitan infectar a una célula y tomar prestada su maquinaria.

    Pero yo tengo dudas. Quizás el virus sí esté vivo, quizás más vivo que yo. Al menos parece que tiene una intención: propagarse. ¿Y yo?¿Cual es mi propósito?¿Esperar a que haya una vacuna que me devuelva a un pasado irreal? ¿Mirar desde la fortaleza de mi casa las flores de un parque desangelado, aplastado bajo una losa de silencio? Dormir, comer, esperar a que esto acabe, dormir…Y este dolor en el pecho que no se pasa, esta opresión, esta tos tonta.

    El Sabio

    El Sabio

    Gerardo salió de la ducha, sus ojos acariciaron el lado izquierdo de la cama que se mantuvo sin perturbar, se nublaron un poco.

    “7:30, desayuno” Bajó al comedor donde se encontraba su familia.

    Javier levantó la vista de su periódico. “¿no vas a ir a ver a Gaby?, al parecer su situación es estable"

    Gerardo exclamó "8:30" salió del comedor.

    Felipe siguió la espalda de su hijo "No presiones, él sabe mejor que nadie la situación" Marta suspiró “No ha ido a verla desde que se desvaneció, asegurate que esté bien" soltando el periodico Javier aseguró "Mamá, está rodeado de gente muy capaz".

    El 0.63% de las personas nace con trastorno del espectro autista, cerca del 10% están reconocidas con el síndrome del sabio, su coeficiente emocional se podría considerar inexistente.

    Nunca tendrán lazos emocionales, parientes cercanos son extraños, en su mundo solo caben ellos y sus ideas.

    Gabriela abrió su mundo.

    El corazón de Gabriela con fuerza y dedicación rompió las paredes del pequeño mundo de Gerardo.

    Siendo parte integral de este mundo, Gabriela enfermó súbitamente.

    Con esta ventana a punto de cerrarse, nadie sabía las consecuencias si un gran pedazo de su mundo desaparecía.

    En la cúspide de la tecnología la compañía liderada por el padre y el hermano mayor junto a las capacidades del sabio habían logrado afianzar un lugar en el mundo de la tecnología, cuando Gabriela desvaneció, expertos de medicina fueron llamados.

    Sólo uno fue capaz, Degeneración genética hereditaria, con el paso de los años, causaba falla sistémica de los órganos, sin un episodio grave no había forma de detectarlo, no había cura.

    El Doctor Sánchez soltó la bomba, las madres de ambas familias lloraron desconsoladas, los padres con caras pálidas y ojos rojos acariciaban sus espaldas, el hermano mayor miró asustado a el sabio quien con la cabeza agachada extendió la mano.

    "Deme los datos" demandó sin ninguna muestra de emoción en su voz.

    El doctor frunció el ceño "¿qué planeas hacer?".

    Gerardo levantó la vista y con un brillo peculiar en los ojos dijo "curarla".

    La oficina cayó en silencio, las madres ahogaron sus gemidos, los padres miraron a Gerardo con ojos como platos, Javier dijo seriamente "Doctor, necesito que le enseñe todo lo necesario para que llegue a sus propias conclusiones".

    Suspirando, "pasé años estudiando..." "Doctor" interrumpió "Dele lo relacionado y sea su guía, no se preocupe por los fondos".
    Los labios del doctor se volvieron una línea delgada mirando al sabio que mantenía la mano extendida cabizbajo.

    "Mañana enviaré lo necesario".

    El departamento de R&D tuvo cambios drásticos, gente de batas blancas caminaba apresurada, las pantallas mostraban secuencias genéticas y una sección se transformó en laboratorio estéril, el olor a formol y otros líquidos de limpieza permea el piso.

    El Doctor Sánchez daba conferencia con un equipo de dotados geneticistas y una persona vestida en traje pulcro que mantenía la mirada baja.

    Javier entró a la sala y se sentó estudiando a su hermano.

    "Estamos preparados para la segunda fase, necesitamos el certificado de aprobación del departamento gubernamental" el doctor que danzaba los ojos entre el público enfocó a Javier quien contestó "Continúen, todo eso se puede resolver después" era una carrera contra el tiempo, ¿que importaba la burocracia?.

    "G A T C T" comenzó Gerardo a recitar como en un trance, los ojos de todos se engancharon en su figura.

    "G A T C T" repitió, cruzó los brazos y comenzó a balancearse, tomó la pluma y escribió la secuencia, emocionados rodearon al sabio.

    Al llegar al final de la hoja, dio vuelta y continuó, uno de los asistentes corrió al cuarto de suministros y trajo varios paquetes de papel, pasaron varias horas.

    "Rojo" exclamó el sabio dejando caer la pluma, los habitantes de este micro universo cobraron vida mientras el sabio alcanzaba una caja de marca textos "G A T C T" repitió, el sabio tomando un puñado de papeles los arrojó sobre la mesa, el Doctor Sánchez palideció, el sabio comenzó a marcar entre los miles de caracteres.

    Gabriela abrió los ojos, miró a su madre que dormía en un sillón, sonrió y dio un suspiro, escuchando la alarma que añoraba desde hace varios días, Esperanza espabiló, con ojos hinchados y voz ronca se acercó a su hija "despertaste" posó una mano en su mejilla.

    "¿Cómo está Gerry?" la puerta del baño se abrió y el sabio caminó con la mirada en el piso, se sentó en la cama y mirando hacia la pared tomó tiernamente su mano.

    El corazón de Gabriela se expandió, jaló del hombro de su esposo y le plantó un beso en la mejilla, Esperanza sonrió ante este gesto "No se ha movido de tu lado desde que terminó la cura".

    El sueño de Atenea

    El sueño de Atenea

    Estoy despierta, todavía siento mi cuerpo. Intuyo que apenas me quedan unas pocas horas, incluso minutos, de vida. Ya no soy yo quien se mantiene aquí. Son las máquinas, el milagro de la mente humana. Ellas, son las verdaderas artífices de la prolongación de mi existencia.
    Mi yo de principios del siglo pasado soñaba con el avance de lo improbable, con la utopía científica, esa que se terminó realizando, la causante de que todavía no me haya marchado.

    Sabía que no podía ser de otra forma, tenía que llegar. Hubiese sido injusto que el mundo se hubiera detenido tras los avances de la segunda revolución industrial. Sólo era cuestión de esperar. No podía ser de otra forma.

    Las revoluciones se produjeron, y tuve la inmensa suerte de estar allí para vivirlas, para hacer historia. Y hoy, puedo asegurar, orgullosa, que la hicimos. El siglo XX, mi siglo, fue el del conocimiento de la estructura de la materia, de la vida y de la información. Fue nuestro siglo y fueron nuestras revoluciones: La revolución cuántica, la revolución biológica y la revolución informática. Y sin embargo, a medida que profundizábamos en nuestras revoluciones, los misterios y las zonas oscuras se hicieron directamente proporcionales a nuestras luces.

    Dejamos de construir nuestra física sobre leyes. Nos ceñimos a las teorías para abrazarnos a la infinita inmensidad, a la vez que nos postrábamos ante lo microscópico.

    Conocimos el Espacio. Sliper, Hubble y Einstein, aun sin querer, mataron a Dios. Estuvimos de acuerdo en que el Universo era finito en cuanto a lo conocido, y estaba en expansión en cuanto a lo descubierto. Y eso, aunque lo disimulábamos bien, nos perturbaba. ¿O acaso creéis que Yuri Gagarin despegó con una sonrisa de desahogo?

    Los más grandes fueron los que tuvieron la osadía y la inteligencia de reverenciar a lo aparentemente inexistente: Einstein negó la existencia de espacio y tiempo como realidades separadas mientras ponía fin a las referencias fijas; El gran Planck fue quien demostró que la materia puede emitir o absorber energía en unidades discretas y medibles. Con él, nació su Teoría Cuántica y los mimbres para el amor infinito que más tarde, a ella, le profesarían De Broglie, Schordinger o Heisenberg; Fue emocionante observar con qué amor acariciaban al átomo amigos como Rutherford o Chadwik.

    Nos opusimos a la Divina Providencia, tan sólo con la fuerza de la evidencia. Y nos negaron. Nos zarandearon. Nos insultaron. Pero sabíamos que lo hacían por miedo, y eso nos fortaleció. Y hoy, aquellos lejanos gigantes que no aceptaron que los seres vivos estamos unidos entre sí por estructuras evolutivas, que poseemos una base común físico-química, y que somos lo que somos porque tenemos un código genético, hoy, aquellos viejos gigantes, que vociferaron en nuestra contra y quisieron expulsarnos al basurero de la historia, hoy, ellos, son diminutos.

    Y nosotros no quisimos ser grandes, pero sabíamos que podíamos crear nuevos sueños al servicio de un mundo que se estaba tornando cada vez más oscuro. E hicimos todo lo que pudimos para que así fuese, para que Europa dejase de oler a carne humana en descomposición. Pudimos realizar cultivos de tejidos separados de sus organismos. Filatov fue capaz de emplear tejidos congelados en sus operaciones quirúrgicas, y en 1936 Carrel y Lindbergh dieron vida a órganos de mamíferos. Nos inundamos de anhelos vitales.

    Ese mismo año, trabajé junto al doctor Duran i Jordà. Intentamos que nuestro país no se desangrara. Fuimos pioneros, junto al equipo del Doctor Bethune, en conservar y realizar las primeras transfusiones de sangre. Fue una de nuestras más hermosas aportaciones a la vida.

    Después de la barbarie humanitaria que significó la II Guerra Mundial, parecía imposible volver a recobrar la esperanza en la razón. Sin embargo, la resignación no fue tan grande como nuestro deseo para seguir creando nuevas formas de pensar el mundo. No estábamos dispuestos a renunciar a nuestra potencialidad.

    En 1948 descubrimos el transistor, y apenas unos años después dimos con el circuito integrado, e inventamos el chip informático. A partir de ahí, el camino de la traducción de los contenidos de información a un lenguaje numérico, fue imparable. IBM, McIntosh, el proyecto Arpa, la WWW o la inteligencia artificial modificaron el milagro, materializaron aquello que fue improbable. Fue nuestra utopía científica del siglo XX.

    Me duermo tranquila. En paz con el mundo y conmigo misma. Orgullosa de que siempre, mi pensamiento, estuvo al servicio colectivo de la Humanidad.

    Por ella, no paréis.

    El valor de la observación

    El valor de la observación

    Mi padre no era científico, pero era muy observador. Mi hermano tenía SIDA desde hacía unos pocos años, y aunque su estado empeoraba, lo hacía lentamente. Por aquel entonces, no existían tratamientos eficaces, eran los tiempos de las primeras investigaciones para encontrar una vacuna, siempre pendientes de la salvadora vacuna. El SIDA era una epidemia nueva, una enfermedad infecciosa de la que se sabía muy poco, una situación de incertidumbre que ahora, inmersos en la pandemia del COVID-19, podemos entender mejor. ¿De dónde había salido el virus? ¿Cómo se transmitía? ¿Por qué algunas personas eran más sensibles que otras a sus efectos? Ni mi padre, ni mi hermano, ni nadie de la familia teníamos respuestas a esas preguntas, y nuestra indefensión la combatíamos con la fe en la ciencia, la ciencia que tarde o temprano sería capaz de zanjar las incertidumbres para atinar un remedio.
    Como anunciaba fríamente su acrónimo, el SIDA deprimía el sistema inmunológico de mi hermano y su organismo se debilitaba frente a los patógenos. Yo había escogido la inmunología como asignatura optativa, para entender cómo funcionan los procesos adaptativos de la carrera evolutiva entre antígenos y anticuerpos, una batalla que se libra desde el inicio de la vida, hace cientos de millones de años. Aprendí los mecanismos moleculares y fisiológicos de esa batalla, que mi hermano superaba sin que los médicos detectaran un cambio notorio en el desarrollo de la enfermedad. Sin embargo, y según explica la ciencia de los sistemas dinámicos, el organismo de mi hermano había cambiado de estado: antes de infectarse, su sistema inmunológico mostraba fluctuaciones, en función de su condición física, las estaciones del año o el estrés, pero siempre dentro del estado llamémosle resistente. Tras contraer el virus, su sistema inmunitario cambió rápidamente a un nuevo estado: seguía teniendo fluctuaciones, pero en un estado deprimido. En este estado, si su sistema inmunitario entraba en crisis, su organismo tenía serias limitaciones para combatir los patógenos. Pero luego llegaba una recuperación, porque la evolución ha esculpido los sistemas biológicos con un material llamado resiliencia. La resiliencia es la capacidad de esos sistemas para volver al equilibrio tras el impacto de un estresor. Igual que cualquier organismo, tenemos resiliencia a muchos niveles: fisiológico, metabólico o neuronal. En especies con grandes cerebros, existe incluso una resiliencia emocional frente al dolor, los miedos y la angustia. Los humanos hemos mostrado una gran capacidad de resiliencia a lo largo de nuestra historia evolutiva. Cuando bajamos de los árboles, quedamos expuestos a muchos peligros. Ni éramos particularmente veloces, ni éramos particularmente grandes, ni estábamos bien armados con grandes garras o grandes colmillos. Tuvimos muchas limitaciones para defendernos de los depredadores, y para cazar las presas que nos podían aportar las proteínas y los lípidos necesarios para alimentar un cerebro que crecía y consumía cada vez más energía. Sufrimos muchos avatares, pasamos cuellos poblacionales, hicimos grandes migraciones llenas de riesgos y superando muchos peligros. Luego llegó el Neolítico y con él las guerras y las epidemias y el sufrimiento emocional que comportaban, y hemos resistido todos esos embates reforzando y adaptando nuestros mecanismos de resiliencia.
    Aunque mi hermano parecía instalado en un equilibrio de fuerzas, su resiliencia tenía una capacidad finita. Los límites de esa capacidad los explora la ciencia de las transiciones críticas y los tipping points, los puntos de rotura. Podemos doblar la rama flexible de un abedul aplicando la fuerza de nuestros brazos, pero si la tensión acumulada atraviesa un umbral, quebraremos la rama y con ello habremos quebrado también su resiliencia. El reto está en conocer esos umbrales, y poder anticiparlos para evitar la rotura del sistema. Los médicos tienen que interpretar los resultados de las pruebas diagnósticas para adelantarse a los acontecimientos, para corregir las prognosis, para ayudar al organismo a alejarse de ese tipping point de no retorno. Otros investigadores también intervienen en ese esfuerzo: sociólogos, estadísticos, físicos, matemáticos o ingenieros. Todas estas disciplinas trabajan con los datos facilitados por los hospitales. No son ciencias fenomenológicas, no observan el proceso. No pueden hacerlo porque no tienen un contacto directo con los enfermos. Ni siquiera los médicos, por falta quizás de tiempo o por exceso de medios diagnósticos, suelen observar con calma a los pacientes.
    Mi padre no era científico, pero era muy observador. Un día me dijo “tu hermano cojea”. Observé a mi hermano, que se alejaba con un andar apenas renqueante, y tuve que admitir que mi padre tenía razón. “No es una buena señal”, añadió. Yo me quedé callado. Aquella observación puso un triste colofón a aquella incertidumbre con la que, de mala gana, habíamos convivido. Mi hermano tenía un gran tumor cerebral. El tumor que quebró su resiliencia, esta vez sí, de una vez por todas.

    El viaje

    El viaje

    Hoy voy a huir de mi hogar, de mi familia. Voy a dejar todo atrás, sin equipaje. Necesito salir de aquí, esto hace algún tiempo que se me hace pequeño, que no me vale. Cuando miro hacia atrás, no entiendo cómo podía ser feliz así, aquí. Hay tantas normas, tantas restricciones. Recuerdo poco de los comienzos, de mi infancia. Somos una familia numerosa. No sé nada de mi padre, es como si no hubiera existido. Hasta donde yo sé, sólo he tenido madre. Y hermanas. Somos tantas que mi madre nunca se esforzó en ponernos un nombre. Sí recuerdo que antes no vivíamos aquí. Viajamos desde otro lugar, muy confuso en mi mente. Sólo pinceladas. Nunca me contaron los motivos, pero no parecía una huida, no tengo esa sensación. Recuerdo ir todas juntas, cogidas de la mano, abrazadas, recorriendo lugares desconocidos, guiándonos por el olor, siguiendo una brisa, una esencia. Cuando llegamos aquí, nos habíamos hecho adultas. Habíamos madurado. Aquí las normas son muy fuertes, o somos nosotras las que hemos cambiado. Ya no sé. Pero no estoy a gusto. Mi madre murió hace algún tiempo. Se quedó dormida. No habla, no come, está, pero no está. Tantos partos debieron pasarle factura. Aquí, sólo se nos permite tener hijas ocasionalmente. Cuando al gobierno le parece oportuno. Las restricciones a la natalidad son muy severas. Matan a aquellas que no las cumplen. No nacen niños. Dicen que es nuestra genética, lo que sea que eso sea. Vivimos en un espacio reducido, cubierto por una cúpula. Nuestra casa está cerca y puedo verla. Es opaca, no se ve el exterior, pero tiene que haber algo allí. Veo los camiones que entran con la comida y salen con los desechos. Hay túneles que nos conectan con el exterior, pero nunca vi una entrada ni una salida. Creo que nos echan algo en la comida. Algo que nos vuelve sumisas. Sin ambiciones, sin imaginación, sin sueños. Algo pasó un día, que me despertó. Algo, una fuente de energía, atravesó la cúpula, como si no existiera, sin esfuerzo. Penetró en mí y me despertó, me cambió. La comida ya no me aletarga. Llevo un tiempo haciendo planes, preparando mi viaje, a la vez que disimulo. Nadie puede notarlo, sería el fin. Y yo quiero ver más allá, más allá de la cúpula. Esa fuente de energía me hizo conectar con la niña que fui. Me dio alas. No pienso perder eso. El contacto con mis hermanas ya no es igual. Algo me impide estar con ellas como antes. Ahí están, todas abrazadas. Yo disimulo y las sujeto, pero con poca fuerza. A escondidas he comenzado a horadar la cúpula. Sólo estiro un brazo por la ventana, y con las uñas, que he dejado crecer sin cuidado alguno, araño un poquito todos los días. He estado haciendo estiramientos, aumentando la flexibilidad. Ayer pude ver lo que hay más allá. Da miedo, está muy vigilado, pero he cosido un disfraz, que me ayudará a pasar desapercibida. También he notado esa brisa de la infancia, me llama a mi destino. Escuché a los guardias hablar de ese paraíso. Está lleno de aire. Se puede respirar, hay árboles donde quiera que mires. Esta será la noche. Mi viaje está a punto de empezar. Voy allá, a eso que llaman pulmón.

    EL VIAJERO INTRÉPIDO

    EL VIAJERO INTRÉPIDO

    Me encuentro en estas preciosas costas tropicales de América, sobre las suaves y claras arenas, oyendo el sedante vaivén de las olas. Preparándome, con mis compañeros, a partir a nuevos territorios y mientras espero el preciso momento de la partida, no puedo dejar de pensar en la larga lista de antepasados que hace tanto tiempo partieron de la Melanesia. Esas islas que se encuentran entre los Océanos Índico y Pacífico. Eran maravillosos navegantes, que en sus globosas embarcaciones llevaban nuestra esencia. Cuidando dentro de un bello cofre blanco, la reserva genética de nuestra raza.
    Con sus pequeñas, pero maravillosas naves, dejaron aquellas costas seguras y esperando la marea, como ahora nosotros, iniciaron su desconocido y emocionante viaje. Una vez que partieron se enfrentaron a las fuertes tormentas que se desarrollaban en el mar. Soportando fotones de luz que incidían sobre ellos casi 12 horas, todos los días, dando así trabajo al aceite de su piel. Resistieron a la tentación que suponía estar rodeados siempre de agua, mucha y provocativa agua, tanta y tanta agua, pero siempre salada. Y así pasaron días y meses.
    Durante ese intrépido viaje pudieron ver lo bello y terrible del mar, las dos caras de la vida. Peces de todos los tamaños, que para vivir deben obtener su alimento cazando a otros. Un proceso que, desde sus inicios hace tantos millones de años, no se ha detenido ni un solo segundo. Vieron ballenas inmensas, comparadas con ellos, que se movían elegantemente en manadas y en constante comunicación. Viajaban tanto y tan lejos como ellos mismos, tal vez estas ballenas, al ver pasar las embarcaciones de nuestros ancestros se preguntarían ¿qué hacen estas extrañas y pequeñas naves, en estas peligrosas aguas?
    Sí, estas naves que se desplazaron por el mar sin rumbo fijo y sin posibilidad de controlar su dirección y menos su destino. Pero después de tanto tiempo por fin llegaron a nuevas tierras, y así, aquellos que lograron sobrevivir a esta peligrosa travesía, se instalaron perfectamente y poblaron la zona con su estirpe.
    Después de pasar tantos años en estas costas, ya no tan nuevas, sus descendientes, es decir nosotros, nos disponemos a realizar su misma hazaña, un nuevo viaje por el mar. Estamos como nuestros antepasados esperando, pacientemente, la marea alta que nos llevará a una maravillosa, pero peligrosa, aventura.
    Y así, de viaje en viaje, nuestros ancestros demostraron la fortaleza de nuestra raza. Llegaron a estas tierras mucho antes que los europeos en su conquista, pero también antes que los indígenas conquistados. Sí, mi raza llegó antes que el hombre, ¡ah!, se me olvidó decirles que ustedes nos llaman cocoteros y otros nos pusieron Cocos nucifera, de la familia Arecaceae, una raza que les ha dado mucho sin pedir nada. Continúen utilizándonos, no hay problema en ello, pero oigan recién llegados, déjennos vivir.

    ELISA Y SU COLMENA

    ELISA Y SU COLMENA

    Chicos, aún recuerdo cómo empezó nuestra colmena, y como yo, Elisa, llegué a ser vuestra Abeja Reina.
    Como ya sabéis nuestra antigua reina, entre los muchos huevos que ponía, creo que llegan a ser 3000 diarios, puso uno que tras 15 días de metamorfosis siendo larva, y no siendo fecundado por nuestros zánganos, llegué a ser yo. Pero una parte muy importante, fue la alimentación que me dieron nuestras abejas obreras… Mmmmm, sí, esa deliciosa Jalea Real.
    - Sí, pero por favor, Elisa, cuéntanos también la historia de tu lucha de pequeña – dijo una abeja obrera
    - De acuerdo, si insistes. Nosotras cuando nacemos tenemos que ser muy rápidas, y matar al resto de larvas de los huevos reales. Además, en mi caso ya había una abeja reina, de la que estábamos hablando antes. Pero yo estaba allí preparada para sustituirla. Hasta que un día, de repente, me armé de valor y luché para echarla de nuestra colmena. Sin embargo, a ella nada le pasó, unas abejas obreras muy fieles y ella se fueron a construir otra colmena – dijo Elisa
    - Pero ¿cómo se forma una colmena? – dijo uno de los zánganos
    Vale, creo que debo empezar por el principio a explicaros unas cuantas cosas. Como sabéis no somos las únicas abejas del mundo, ¿verdad?, hay casi 20.000 tipos de abejas diferentes, y nosotras somos las más comunes, las melíferas. El único sitio en el que no podemos vivir es donde haga mucho frío, como en la Antártida.
    Una colmena es muy compleja y grande. Cada una tiene al menos 50.000 panales.
    - ¡Sí!, y nosotras somos las encargadas de fabricar la cera para construir las celdas hexagonales de cada panal – interrumpió una abeja obrera. La cera sale de nuestro abdomen, y con las patas lo llevamos a nuestra mandíbula para mezclarlo con saliva, polen y propóleo, y así conseguir una mezcla mejor para las celdas. ¡Ya veréis que nosotras somos muy trabajadoras! Además de eso, nos encargamos de vigilarlas y limpiarlas, incluso regulamos la temperatura.
    Muy bien dicho compañera. Además, en algunas de esas celdas yo pongo los huevos y en otras almacenáis las reservas de miel, ¿verdad?
    - ¡Qué ilusión poder contar esto! – contestó otra abeja obrera. Otra de nuestras funciones es salir a por néctar y polinizar. Gracias al pelito de nuestro cuerpo se nos puede pegar el polen. Pero lo más importante es que en nuestras antenas tenemos nuestros sentidos del olfato, oído y tacto. ¡Es así como podemos localizar las flores!
    Esta es una parte muy importante – contestó Elisa. Nosotros somos un tipo muy importante de polinización de las plantas, la zoófila. Tenemos una relación de mutualismo muy importante con ellas.
    - Elisa, ¿a qué te refieres con el mutualismo? – contestó un zángano
    ¡Muy buena pregunta! Pues resulta que la polinización es muy importante para las flores, porque es así como se reproducen. Y para nosotras, como ya sabéis, por una parte, es muy importante para nuestra alimentación ya que gracias al polen se alimentan las larvas; y con el néctar nosotras podemos reponer la energía.
    - Claro, y, además – interrumpió otra abeja obrera, nosotras producimos así la miel. Gracias al néctar que recogemos de las flores, después le reducimos la humedad en la colmena y lo mezclamos y enriquecemos con enzimas.
    Exacto – comentó la Abeja Reina. Por tanto, como podéis ver ayudamos a mantener el equilibrio del ecosistema.
    - Oye Elisa, ¿no vas a decir nada de nosotros? – preguntó un zángano.
    Claro, vosotros sois muy importantes también. Para empezar, nacéis de huevos no fecundados, y al no tener aguijón necesitáis de nuestras abejas obreras para poder alimentaros. Además, sois los que me fecundáis.
    - Sí, es una de nuestras pocas tareas. Quiero contar yo lo del vuelo nupcial – dijo otro zángano. Algunas veces, la reina sale de la colmena y nosotros vamos detrás. Ella se apareará con el más fuerte y lo matará. Después, el resto de nosotros como estamos tan cansados del vuelo, podemos ser capturados y matados por las abejas obreras. Los pocos que sobreviven, como no pueden comer solos, tienen peligro de morir también.
    - Vosotros, los zánganos sois todos machos, y nosotras las abejas obreras somos todas hembras. Como ha dicho mi compañero, nosotras entre todas las funciones ya vistas, les alimentamos a ellos y a la Abeja Reina. Además, nos encargamos de cuidar a las más jóvenes. Nosotras cuando picamos a los humanos morimos, ya que dejamos nuestro aguijón y parte del abdomen en ellos.
    Muy bien dicho todo chicos. Yo, sin embargo, aunque pique no muero.
    Gracias a esta colaboración contando las experiencias hemos podido ejemplificar un poco mejor la colaboración que tenemos todos y cada uno de nosotros en la colmena y en todo el ecosistema.

    En un solitario laboratorio

    En un solitario laboratorio

    Aquella sesión vespertina del viernes no se ha borrado ni lo hará fácilmente de mi angosta memoria. Cada vez que evoco la estampa, solitaria y no poco temeraria, del laboratorio donde estaba sintetizando una suerte de nanopartículas magnéticas que me fuesen a proporcionar mi primera publicación científica, un súbito escalofrío se apoderó de mis entrañas. Las manecillas del reloj habían sobrepasado las nueve de la noche, y me dirigía a observar mi experimento con aquel nuevo material adsorbente, el cual se estaba calentando a no muy alta temperatura, cuando de repente empezó a chisporrotear la instalación de la campana extractora que daba cobijo a mis nanopartículas y sus fétidos aromas.

    Mi mente se nubló hasta tal punto que tan sólo se proyectaban instantáneas de llamas en ella, cual recurrente pesadilla de infancia. Acerté a atisbar un cierto goteo del agua continente de mi experimento hacia los cables de la placa calefactora que, con toda probabilidad, habrían provocado el cortocircuito. Me aproximé con cautela al lugar del siniestro y, lejos de amedrentarme por el sonido ambiental del cableado, me encaramé a accionar el diferencial afectado por el incidente. La tensión se apoderó de mí por unos segundos, dado que algunos cables aún continuaban humedecidos, y con rapidez y tiento mi mano subió el diferencial mientras mis ojos se fueron cerrando a la vez. Pasaron unos segundos de incómodo silencio que persistieron durante casi un minuto. Los cables continuaron emitiendo aquel incómodo pitido y ninguna hecatombe sobrevino después. Proseguí con respiración profunda y acompasada durante unos segundos adicionales, tras los cuales me apeé de la silla y puse pies en polvorosa.

    Comencé a escudriñar las causas de mi descuido y confieso que, transcurrido el tiempo, no alcanzo a comprender el porqué de aquel susto innecesario y estúpido que tan sólo se podía achacar a una falta de concentración o atención en un momento determinado. Aquel día me sentía exhausto y no pensaba sino en desconectar la placa calefactora al término del tiempo de espera para abandonar el laboratorio y dedicar el fin de semana a la vida familiar, sin factores desestabilizadores que dificultasen la regeneración de mis neuronas. En momentos así cabía preguntarse si cobraba sentido la permanencia diaria enclaustrado, emparedado en aquella suerte de burbuja carente de vínculo alguno con la realidad. La respuesta, a priori, se antojaba sencilla si se ignoraban episodios esporádicos como el relatado, aunque algo más compleja cuando iniciaba el habitual proceso de reflexión que me llevase a reafirmarme en los motivos por que había decidido embarcarme en semejante aventura.

    Recordé entonces con nitidez aquellos días de verano, jornadas inhábiles para los negocios y los trámites administrativos, en que me debatía entre emprender, junto a un buen amigo, mi propio laboratorio para fines rutinarios o embarcarme en una larga travesía por la senda de las preguntas sin respuesta, de los ensayos sin conclusiones y las frustraciones sin consuelo. Si hubiese de retrotraerme a esos tórridos días en que el único mar donde me zambullía era el de las dudas, estoy convencido de que saldría flotando para nadar en la misma dirección e iniciar esta ardua búsqueda de mi destino.

    Soy consciente de que sesiones intrigantes como la relatada en este exordio nos pueden ocasionar una irreversible conmoción, así como un permanente malestar sabiéndonos culpables de la probable inutilidad de nuestro experimento. También interiorizo la desértica andadura por que hemos de transitar hasta vislumbrar un halo de luminosidad, mientras la moral se ve minada por la inmisericorde inacción de nuestros llamados pares. No obstante, en momentos como éste observo un rayo más poderoso que el descargado durante las tormentas de verano, y es su destello el que ilumina la continuidad de mis pasos en persecución de los interrogantes de la ciencia. El futuro se antoja ignoto e incierto, pero no se trata de adivinarlo sino de coserlo hebra a hebra, cristalizarlo átomo a átomo, integrarlo pico a pico.

    Aquellas cuatro paredes parecían haber desistido en su intento de devorarme, a la vez que mi cabeza comenzaba a asomar tímidamente desde su escondrijo en el caparazón.

    Energía Azul

    Energía Azul

    “-Es el ocaso de la humanidad – musitó Ye Wenjie, ya sin fuerzas-. Y el mío también.”
    Más de 400 páginas después el libro tocaba a su fin. Por un precio de 20 euros ha servido para casi una veintena de viajes al trabajo. El ritmo de lectura no está nada mal si tenemos en cuenta que casi la totalidad de los viajes de vuelta me los he pasado dormitando en el asiento.
    8:30 de la mañana, una hora perfecta para llegar, para empezar el día. Claro que también los hay que consideran que la hora perfecta es otra. Si le preguntara a mi jefe posiblemente contestaría que las 7:30 es una hora adecuada, o que las 6:30 es una hora aún mejor, aunque esta pregunta habría que hacérsela a partir de las 10:30, antes es imposible encontrarlo en el laboratorio. Nuestro laboratorio es bastante pequeño. Es lo que tienen las ciencias teóricas, con una pizarra y un sitio donde sentarse suele valer. Aunque a decir verdad eso no es todo, entre la pizarra y nosotros tenemos el tema que me ha ocupado en los últimos cuatro años, la energía azul y sus posibles usos. La energía azul es una forma de obtener energía por la diferencia en la concentración de la sal entre el agua de mar y el agua de rio. Es tan simple como eso, la definición es de Wikipedia. Conseguir ese proceso es mucho mas complicado, en Wikipedia ya no viene como hacerlo, de hecho, en ningún sitio viene como hacerlo, de hecho, no sabemos si es posible hacerlo de forma eficiente.
    En medio de eso me encuentro yo, bueno, realmente en medio de todo eso se encuentran unos nanotubos de nitruro de boro que son los que permiten realizar el cambio osmótico, en definitiva, son los que permiten que obtengamos energía.
    En estos pensamientos me entretengo hasta que llega mi jefe, las 10:30, como un reloj. Yo a estas alturas ya llevo un par de cafés en el cuerpo (también un cruasán, media madalena y alguna galleta, pero eso es otra historia) así que estoy más que despierto. Tras haber adelantado un par de presentaciones para congresos que tenía pendientes entramos al trabajo duro. Conceptos como conservación de la energía u entropía se convierten en palabras de uso común en busca de procesos que nos permitan obtener la ansiada energía azul de forma eficiente, aunque para ello nos falta dar con un conjunto de ecuaciones que permitan mejorar los desarrollos actuales, obtener una idea feliz lo llama él. Tras cuatro años que llevamos en esto ya lo creo que sería feliz, lo cierto es que hemos obtenido pequeños avances y quizá en un futuro podamos comprobar nuestros avances a nivel experimental.
    Entre desarrollo de un dato y desarrollo de otro dato siempre queda espacio para lo cotidiano, como ha ido el fin de semana, que tal los preparativos de tu boda, los problemas del niño de 7 años con las matemáticas y entre esas cosas retornamos a los nuestros propios, que también son matemáticos la mayoría de las veces. La parada para comer suele ser mas bien corta, a esta hora la lista ya no se limita solo al cruasán la media madalena y alguna galleta así que una comida escasa nunca me ha supuesto ningún problema. Las tardes las solemos dedicar a repasar nuestros avances o a comprobar la compatibilidad de nuestras propuestas con distintos modelos y simulaciones. En definitiva, lo dedicamos a estar seguros de que vamos en la dirección correcta, mi abuelo siempre decía que cuando un tonto coge un camino, el camino se acaba, pero el tonto sigue. Nosotros intentamos ceñirnos a esa verdad e intentar transitar durante el mínimo tiempo posible los caminos erróneos. Sobre las 6:00 suelo acabar mi jornada, para mí es una hora perfecta para ello, aunque como os podréis imaginar hay diversidad de opiniones al respecto.
    Tras acabar y recoger, al metro. Hoy no puedo leer, he terminado el libro y como no es de esos que venden con wifi me toca esperar a coger otro de los que tengo pendientes en casa. Aprovecho para dormitar un poco, despierto cuando aún me quedan dos paradas, voy distraído pensando en que la vida de los científicos no guarda ninguna relación con la que describe Cixin Liu en su libro. Bueno, quizá se asemeja un poco más a lo que dice justo unos párrafos antes del final:
    “Regresemos- Propuso Wang-. Nos queda mucho trabajo por hacer.”
    En eso estaba yo otro día más, en regresar, en todo lo que queda por hacer.

    Es difícil precisar el momento y el lugar ...

    Es difícil precisar el momento y el lugar ...

    Es difícil precisar el momento y el lugar pero sí sabemos que fue en este universo y que fue entonces (¡Tiempo y lugar! ¿De verdad existen estos conceptos tan imaginativos en la realidad real?).
    El choque del neutrino muónico y del muón antineutrino fue rápido. Y rápidamente también apareció nuestro pequeño fotón. Y comenzó a correr. Porque nuestro pequeño fotón es un auténtico y veloz correcaminos pero... mientras corría y corría notaba algo raro, algo que le frenaba.
    Así, corriendo, siguió un buen rato. Hacía carreras consigo mismo ¡Más, más rápido! Hasta que… imposible más rápido. Y de pronto se encontró con algo muy grande. Más grande que muchas partículas con las que se había cruzado antes. Cuando estaba esquivando aquella cosa grande oyó una voz grave y profunda.
    - ¿A dónde vas tan corriendo amiguito?
    - ¿Quién eres? Preguntó el pequeño fotón ¡No puedo parar! añadió.
    - Sí, ya sé que no puedes parar, dijo la voz grave y profunda, pero no te preocupes. Eso lo soluciono yo, tranquilo.
    De repente apareció una gran masa delante y otra detrás y el pequeño fotón se quedó en medio rebotando, como si fuera un ping-pong.
    - ¿Quién eres? Volvió a preguntar.
    - Soy un bosón como tu.
    - ¿Bosón? ¿Cómo yo? Yo soy un fotón y tu eres muy grande.
    - Sí, pero los dos somos bosones. Somos partículas que ayudamos a otras partículas… a hacer el amor.
    El pequeño fotón se quedó pensativo y preguntó:
    - ¿Qué es hacer el amor?
    - Eres muy pequeño todavía. Bueno, lo que hacemos los bosones es ayudar a otras partículas a que… interactúen entre si. Los fotones como tu ayudáis a las partículas con carga eléctrica a hacer cosas electromagnéticas. Y yo ayudo a las partículas a tener masa. Masas como esos espejos que he generado a lado y lado para que te quedes rebotando en ellos y podamos charlar un rato.
    El pequeño fotón se quedó pensativo y al cabo de un rato preguntó:
    - ¿Quién eres tu? ¿Cómo sabes tanto?
    - Soy el bosón de Higgs. Soy muy, muy viejo y por eso sé algunas cosas. En realidad soy tan viejo como lo más viejo que hay en este universo. Sí, porque este universo no existiría sin masa y mi especialidad es hacer que… se genere masa.
    El bosón de Higgs hizo una pausa y luego con un gesto pensativo, como mirando al infinito añadió:
    - Pero todavía tengo que aprender… algunas cosas más.
    Se quedó callado como meditando. Era un pensamiento que le venía con frecuencia. A él le gustaría ser tan rápido como los fotones ¿No habría manera de controlar la inercia, la masa? Precisamente su especialidad ¡La masa!
    - Higgs ¿Te puedo llamar Higgs?
    - Sí, claro.
    - Oye Higgs ¿Tu sabes por qué yo no puedo parar y siempre tengo que estar corriendo muy aprisa?
    - Tú eres pura energía sin lastre, sin masa. Es imposible que algo así se quede quieto. Eso tiene sus ventajas. Puedes correr todo lo que quieras y llegar antes que nadie. Antes que yo, por ejemplo.
    El pequeño fotón hizo un gesto de preocupación.
    - Sí, puedo correr mucho pero no, no puedo correr todo lo que yo quiero. Antes de encontrarnos, yo me estaba divirtiendo haciendo carreras conmigo mismo y de repente… no podía ir más aprisa…
    El bosón de Higgs se echó a reir.
    - ¡Todavía conoces muy poco de este universo! Eso es la c.
    - ¿Qué?
    - La c. En este universo todo tiene límites y la c es el límite de lo más aprisa que se puede correr.
    - ¡Que pena! ¡Un límite para correr! Dijo el pequeño fotón tristemente.
    El bosón de Higgs trató de buscar algo para animarle.
    - Ves aquel círculo. Vamos allí… te vas divertir.
    El anillo de acreción del agujero negro M87 estaba muy animado. Una foto reciente lo había puesto de moda. Millones y millones de partículas daban vueltas a un lago negro.
    - ¿Qué es ese lago negro? Preguntó el pequeño fotón.
    - Son los gravitones. También son bosones como nosotros ¡No te acerques! Hacen que las partículas se atraigan por una fuerza que llaman gravedad. Cuando se juntan muchos, como en el lago negro, tienen mucha fuerza. Sí entras ya no puedes salir y vas al fondo del lago negro, respondió Higgs.
    - ¿Qué hay en el fondo del lago negro?
    - Dicen que hay otros universos. Seguramente muy distintos del nuestro, donde a lo mejor eso del tiempo, la energía, la masa, etc. no existen o son distintos. Parece que nuestro universo es uno de muchísimos universos. Parece que somos parte de un enorme multiverso.
    El pequeño fotón sonrió.
    - Higgs ¿Un multiverso con muchos muchísimos universos distintos?
    - Sí, respondió Higgs
    - ¿Habrá alguno de ellos sin ese límite, la c?
    - Posiblemente
    El bosón de Higgs también sonrió. A lo mejor también había algún universo donde él podía ser tan rápido como un fotón.
    - ¿Vamos?

    Es importante pero no urgente.

    Es importante pero no urgente.

    Muy bien. Venga, solo dos palabras más. Repite conmigo: laperu. - dijo la experimentadora.
    - dapedu. - repitió la niña lo mejor que pudo.
    - La última: frisatu.
    - pisatu. - volvió a errar la participante.
    - ¡Perfecto! Ya hemos terminado por hoy.
    La madre de la participante observaba intrigada la sesión experimental.
    - ¿Cómo ha dicho que se llamaba esta última tarea? - preguntó.
    - Repetición de pseudopalabras. - le contestó la investigadora.
    - ¿Y para qué sirve?
    - Es útil para evaluar la memoria fonológica a corto plazo. Es decir, la capacidad que tenemos para memorizar sonidos del habla. Nos ayuda a comprender lo que nos dice un interlocutor al hablarnos. Como puede imaginar, esa capacidad parece ser muy importante a la hora de aprender un idioma: nuevas palabras, sílabas e incluso distinguir la intención de la persona que nos habla.
    - ¿A qué se refiere con que parece ser muy importante? ¿No es algo con lo que puedan diagnosticar si mi hija va a desarrollar dislexia o no? - preguntó la madre preocupada y con cierta impaciencia. - A mi pareja no se la diagnosticaron hasta que tenía 14 años, y lo pasó bastante mal en el colegio.
    - La investigadora, acostumbrada a esa pregunta, contestó:
    - Es muy pronto para diagnosticar si su hija tiene dislexia, dado que solo tiene 4 años y aún no ha entrado en contacto con el aprendizaje de la lectura. Sin embargo, sí que podemos utilizar la batería de tareas que ha estado haciendo estos días en el laboratorio, así como los cuestionarios que han completado usted y su pareja sobre el historial familiar en cuanto al desarrollo del lenguaje. De esta manera, podemos analizar hasta qué punto su hija tiene riesgo de desarrollar dislexia en los próximos años. Así, podemos informar a sus profesoras y logopedas escolares para que su adaptación al aprendizaje de la lectura sea eficiente y le suponga los menores inconvenientes posibles.
    De acuerdo. Pero entonces, ¿qué sentido tiene la electroencefalografía que le han hecho si no sirve para diagnosticarla ni tratarla?
    - Tiene razón, una electroencefalografía no va a ayudar a su hija, al menos no inmediatamente. En cambio, es vital para nuestra investigación, ya que nos puede ayudar a entender qué mecanismos cerebrales están relacionados con el desarrollo del lenguaje o la lectura, además de los problemas que puedan surgir durante ese desarrollo.
    - Ya sé que sus motivos son los mejores y que sus experimentos pueden acabar ayudando a mi hija, y a otros niños. Pero, ¿qué pasa si nunca lo logran? ¿o si lo logran cuando ya no nos puede ayudar? - Preguntó la madre angustiada.
    La investigadora meditó unos instantes y contestó pacientemente:
    - Entiendo que, en ese caso, los frutos de nuestra investigación le puedan parecer inútiles. Pero ni en ese caso, ni en ningún otro, lo serían. Adquirir cualquier conocimiento científico, desde el más urgente o útil en un momento determinado hasta aquello que se pueda percibir como totalmente carente de utilidad, es de vital importancia. Además, la mayoría de avances científicos a lo largo de la historia se han producido sin previo aviso, y apoyados en muchos casos en el conocimiento adquirido en diversas ramas de la ciencia que a priori no tenían mayor contacto. Piense en esta serie de hechos: Un físico desarrolla una teoría sobre la transmisión de la electricidad. Un equipo de psicólogas del desarrollo obtienen datos sobre los principales hitos del desarrollo del lenguaje desde el nacimiento hasta la adquisición de la lectura. En un laboratorio de neurofisiología descubren cómo se comunican las neuronas para llevar a cabo ciertos procesos cognitivos básicos. Un médico diseña un aparato con el que se puede medir la actividad eléctrica de grandes grupos de neuronas en la corteza cerebral.
    La madre asintió con una curiosidad algo distante. La investigadora continuó:
    - Algunos de esos hallazgos surgieron por una cuidadosa observación de un proceso anodino. Otros, por las necesidades de desarrollar una tecnología o un tratamiento para un problema muy concreto. Algunos descubrimientos fueron perseguidos durante años. En cambio, otros aparecieron sin ser llamados y cambiaron la ciencia para siempre. Lo que todos los hallazgos que le he mencionado tienen en común es que han ayudado en gran manera a la investigación que estamos llevando a cabo en estos momentos. Por tanto, todo lo que conozcamos es importante. Pero solamente dadas unas circunstancias que lo hacen urgente, nos daremos cuenta de que ese conocimiento es también de vital utilidad.

    Espartanos y atenienses

    Espartanos y atenienses

    Cuando la marea baja, la guerra empieza. El retroceso de las olas son las campanas de muerte. Los dos bandos son enemigos históricos, antítesis ecológicas; depredador y presa. Ambos luchan por su vida, ambos mueren si pierden la batalla, por lo que, una vez más, lo darán todo. Su supervivencia está en juego. No pueden fallar.

    Anclados en la piedra, pacientes pero tensos, esperan los soldados de la legión negra provistos de los escudos más resistentes. Cada guerrero dispone de dos valvas con las que protege su cuerpo. Su mejor estrategia es su infalible defensa. Al igual que los atenienses, ellos confían en sus impenetrables murallas. Pretenden agotar a su rival hasta provocar su retirada.

    Desde el mar emergen gigantes. No forman ningún ejército, se acercan guerreros solitarios. Reptan con la ayuda de sus cinco brazos y portan una armadura espinosa del color del fuego. Su marcha, lenta pero imparable, infunde temor a sus adversarios. Son espartanos, los guerreros más temibles de Grecia.

    Como los rivales helenos, ambos ejércitos luchan una batalla interminable que ha durado milenios.

    A medida que la distancia entre ambos bandos se reduce, los hoplitas azabaches se encapsulan completamente entre sus valvas, no dejan ningún reducto de su cuerpo expuesto. Las murallas de Atenas se cierran, son una defensa perfecta.

    La colisión entre los dos enemigos es silenciosa, pero no por ello menos violenta. Los cinco brazos del asesino le ayudan a trepar encima de su adversario en un intento de mostrar su superioridad frente a él. Sin embargo, el ateniense, aunque más pequeño, no se deja intimidar, y con una férrea convicción se escuda tras sus defensas.

    El combate ha comenzado. Un brazo se levanta y colapsa con la cáscara izquierda de un individuo y, rápidamente, otro brazo agarra la cáscara contraria. Aunque el escudo esté húmedo y sea resbaladizo, los brazos del gigante están provistos de potentes ventosas que proporcionan un agarre firme. Con una fuerza hercúlea, el espartano tira de ambas valvas para destruir la defensa perfecta, confía en que el combate sea fácil. El ateniense, sin embargo, no se rinde, y haciendo la fuerza contraria a su rival, mantiene sus murallas cerradas. No se escuchan berreos ni gritos de guerra; nadie alrededor es consciente de que, a pocos centímetros, dos individuos luchan hasta la muerte.

    El instinto del animal entre las valvas es claro: las puertas de Atenas deben permanecer cerradas. Mientras tanto, el espartano forcejea en busca de una pequeña brecha en las murallas impenetrables.

    La lucha continúa sin que ningún enemigo ceda hasta que, por un error de estrategia en la defensa de la fortaleza, el depredador consigue abrir una pequeña grieta entre las dos valvas de su presa. El gigante, iluso, cree que su caza ha concluido, que el ateniense es hombre muerto, por lo que tira una vez más de las valvas para desnudar a su oponente. Sin embargo, la presa no está acabada. Con sus últimas fuerzas, consigue hacer frente al movimiento de su oponente y, aunque la apertura en su muralla sigue siendo evidente, no es lo suficientemente grande como para permitir un golpe mortal.

    Los signos de agotamiento son patentes en ambos bandos. ¿Acaso quedarán en tablas? El depredador recuerda que aún no ha comido nada ese día, que sus fuerzas flaquean. Su supervivencia depende de esta lucha. El animal oculto entre las murallas puede intuir la desesperación de su asesino y en ese momento, ambos se preguntan lo mismo: ¿Quién es la víctima?

    Rozando el desfallecimiento, el depredador recurre a su arma oculta. Para poder utilizarla, sólo necesita que se cumpla una condición: El plan secreto precisa de una pequeña brecha en las defensas atenienses. Por suerte, ya la tiene. Puede ejecutar su plan. Puede matar.

    El hoplita ateniense está paralizado, perplejo. La boca de su enemigo se abre de par en par liberando una sustancia semisólida que se cuela por la rendija entre las valvas hasta tocar el cuerpo desnudo del soldado. Éste, aterrorizado, no entiende que esa sustancia nauseabunda es el estómago del gigante, que ha sido expulsado del interior de su armadura espinosa gracias al tejido conectivo mutable. Con todas sus líneas de defensa rotas, el guerrero entre las valvas acepta su derrota y se ahoga entre jugos estomacales que deshacen todos sus tejidos blandos. Otra victoria para Esparta.

    Con desprecio, el depredador separa completamente las dos valvas que tanto le había costado abrir. Ya no había defensor que las mantuviera cerradas. La muralla impenetrable hecha cenizas. ¿De verdad ese ser insignificante creía que podía ganar? Al fin y al cabo, era solo un mejillón, y él, se dijo con orgullo, era una estrella: Pisaster, el que pisa y destruye a su enemigo.

    Esplluga

    Esplluga

    Me levanté en medio del incesante rodar del autobús, viendo a lo lejos el perfil que dibuja la ciudad de Barbastro. Iba a pasarme los próximos meses de verano antes de la universidad con mi abuela, para que «aprendiera» algo de ella según palabras de mi madre. Llegamos a la estación a las 12:36 de la mañana y me bajé con más sueño que hambre. Debía reunirme con un tal Vicente, un conocido de mi abuela Clara, que estaba en la ciudad haciendo unos recados. Según me comentó por teléfono, me reconocería sin problemas y me llevaría al pueblo en coche. De pronto, mi nombre resonó por el andén de la mano de una estruendosa y grave voz:

    –¡Irene! –dijo a lo lejos. –Eres Irene, ¿verdad? ¡Eres ‘clavaica’ a tu abuela!

    Con total sorpresa, me reconoció tal y como ella dijo. Le respondí afirmativamente, a lo que me preguntó qué tal me había ido el viaje. Durante esa breve conversación volvió a relucir el parecido que según él tenía con mi abuela.

    –Si tienes hambre podemos comer algo en el bar de la estación. Hacen unos bocatas que están para chuparse los dedos.

    Parecía que lo dijera más por el que por mí.

    –Prefiero ir para Espluga, mi abuela me estará esperando para comer.

    No es que quisiera desmerecer esos bocatas del bar, pero prefería llegar lo antes posible a casa y comer algo más decente. Fuimos a por el coche y nos tomó algo menos de una hora de carretera. Durante el trayecto, Vicente no me paró de hablar sobre mi abuela y sus increíbles viajes a África. La gente del pueblo la tenía por una eminencia.

    –La mujer que puso Espluga en el mapa, ni más ni menos –dijo. Sonaba casi como si fuera mérito propio. Aun así, se notaba en sus palabras la profunda admiración que le tenía.

    Llegamos a Campo sobre la una y veinte, donde Vicente hizo una parada para repostar y saludar al de la Gasolinera. De ahí remontamos la nacional y llegamos a Espluga. Mi abuela estaba esperándonos en la plazuela con una olla en las manos.

    –Qué rápido habéis llegado –dijo ella. –¿Todo bien por el camino? Esto es para ti Vicente, por las molestias.

    Le había preparado un conejo al chocolate, receta de la familia. En aquel momento deseaba que hubiera una segunda olla para nosotras. De sus platos ese era sin duda uno de mis preferidos.

    –No hacía falta doctora, ya sabe que tenía que hacer unas cosillas por allí.

    Se despidió y se fue con el coche levantando un poco de humareda por el tubo de escape. Fuimos hacia casa mientras conversábamos sobre el autobús y poco más. Al entrar, me volvieron esos recuerdos de cuando era pequeña y me pasaba con ella todo el verano. La casa estaba repleta de decoraciones, cuadros, fotos de mis abuelos durante su época como médicos sin fronteras… en fin, recuerdos de las muchas aventuras que vivieron.

    –Cariño, eso fue hace eones –respondía cuando le preguntaba sobre aquella época.

    Mi madre me había contado la historia miles de veces. Ambos eran médicos y estuvieron durante años trabajando en la campaña de vacunación contra la Viruela en el Cuerno de África. Algo que mi abuela restaba constantemente importancia. Mientras iba a dejar la maleta, me quedé mirando fijamente una foto de ella vacunando a una niña.

    –¿De dónde es esta foto? –le pregunté.

    –Esto era en una escuela infantil de una aldea al norte de Somalia. Mira qué joven estaba –me contestó, mientras miraba la fotografía.

    El olor de conejo al chocolate inundaba la casa. Al subir al piso de arriba confirmé mis sospechas: había una segunda olla para nosotras. La mesa estaba puesta y nos pusimos inmediatamente a comer. Mientras saboreaba ese plato tan exquisito, salió a relucir otra vez la niña de la foto.

    –En aquel momento la Organización Mundial de la Salud empeño muchos esfuerzos para extender la vacuna por África y Asia. Eran zonas muy desfavorecidas donde la enfermedad era endémica –dijo mientras se llevaba un poco de conejo a la boca.

    –Y, ¿estuvisteis muchos años con el abuelo ahí? –le pregunté, para que tuviera tiempo de masticar.

    –Bastantes. Nos volvimos a España a principios de los 80, cuando la enfermedad se consideró erradicada. Nos vinimos a trabajar como médicos rurales aquí a ‘Esplluga’ –dijo. Así es como se dice Espluga en Patués, un dialecto hablado en el valle de Benasque, Aragón.

    –El resto de la historia ya la conoces de sobra, ¿no? –sonrió.

    Continuamos hablando sobre su labor en Benasque, la familia, la despoblación de la zona. Y así comenzó mi verano, en el que definitivamente iba a aprender más de lo que habría imaginado.

    Esquivando a Blaschko

    Esquivando a Blaschko

    Sabía que si iban a despedir, o a trasladar, a alguien, sería a ella. Todo el cuerpo de detectives se encargaba cada día de recordarle la poca utilidad que tenía una detective lingüista entre ellos. Había rumores, y Rita se dejaba llevar por ellos y por su propia baja autoestima, que la arrastraban como un río que fluye hacia el lado contrario como desafiándose a sí mismo. Nada apuntaba a que aquel día fuera a ser distinto hasta que el sargento entró por la puerta.
    –Necesitamos a alguien en la cárcel otra vez. Hay que descifrar códigos. Inmediatamente– anunció Yago con la autoridad de siempre.
    Toda la comisaría fijó los ojos en Rita. A ninguno de los siete detectives les gustaba trabajar en prisión, así que los casos menos deseados recaían siempre en Rita, porque los demás se encargaban de quitarle el resto, alegando que sus conocimientos no tenían utilidad. Yago se acercó en silencio al puesto de Rita y dejó caer la carpeta sobre el teclado de su ordenador.
    –¡Es tu momento de brillar!– le gritó su propio compañero de mesa con sarcasmo.
    –Zapico, es el mismo caso que tú no pudiste resolver la semana pasada– le espetó Yago.
    Rita trató de contener una sonrisa y se puso la chaqueta.

    La cárcel, construida en forma de estrella de cinco puntas, parecía desde fuera más una residencia de lujo que una prisión. Por dentro reinaba la sobriedad y el silencio, las puertas blindadas y la seguridad en cada esquina.
    Julio, uno de los psicólogos de la institución penitenciaria, acompañó a Rita por el laberinto de pasillos mientras le contaba algo a lo que ella no prestaba atención. Pararon al final de un pasillo.
    –El refectorio– anunció Julio.
    A través del cristal de la puerta, Rita pudo ver un pequeño comedor con cuadros en la pared y dos fregaderos gigantes en la pared más próxima. Un hombre y una mujer de uniforme color azul marino lavaban los platos con las camisetas remangadas hasta casi los hombros.
    –Son ellos dos– le dijo el psicólogo en voz baja, señalando con la mirada a la extraña pareja. Los dos miraban a la pared que tenían en frente mientras lavaban los platos, absortos. De vez en cuando paraban unos segundos para quitarse el jabón de los brazos, cubiertos de intrincados tatuajes–. Ella tiene una lesión en el área de Broca. Es muda.
    El hombre se arañó la nuca y se subió el cuello de la camiseta.
    –Es el único momento del día en el que tienen algún contacto. Estamos seguros de que han sido ellos, pero no tenemos pruebas. Tienen que tener algún tipo de comunicación, de código secreto.
    –¿Se ha comprobado la tinta, el diseño, las posibles interpretaciones de los tatuajes?
    El psicólogo sacó fotos ampliadas de la carpeta. Ambos tenían pequeñas rojeces con sangre en la piel.
    –Nada significativo. Las enfermedades como dermatitis, psoriasis o urticaria son bastante comunes aquí. Creemos que de ahí vienen las heridas.
    –Quiero interrogar a uno de los dos. Preferiblemente a ambos a la vez.
    Julio asintió y abrió la puerta.

    Los dos estaban sentados frente a ella en sillas metálicas, inmóviles, con la mirada perdida. Julio se movía alrededor, sin emitir ni un ruido. La estancia estaba vacía. No había ventanas. Rita podía oír su propia respiración y el tic tac de su reloj de pulsera.
    Sus ojos no paraban de moverse, analizando cada detalle de los cuerpos. ¿Cómo era posible comunicarse sin voz, sin gestos, sin palabras? Barajó distintas posibilidades: emisión de frecuencias inaudibles, tinta invisible, gestos mínimos imperceptibles... Apenas se miraban, y nunca a los ojos.
    Quizá… quizá tenía que pensar con creatividad… o quizá era mucho más simple que todo eso.
    La piel roja bajo la tinta de colores captó la atención de Rita y sintió un cosquilleo en la nuca. Un artículo que había leído hacía mucho tiempo y que había captado su atención sobre algo llamado “escritura en la piel” flotó momentáneamente en su memoria.
    –¡No te muevas! Julio, no la toques.
    Julio frenó en seco y se quedó paralizado con la boca abierta, su brazo a meros centímetros de ella. Rita rebuscó en su mochila con el corazón latiendo a mil por hora y sacó un pequeño objeto, que acercó a la mano descubierta del hombre. En ese instante, a la vez que Rita le tocaba la piel con un bolígrafo aún con el capuchón puesto, presionando la forma de una cruz, Yago la llamó por teléfono. Rita descolgó.
    –Deberían contactar con un dermatólogo– dijo simplemente, mientras las pruebas del delito resurgían ante sus ojos en forma del dibujo que acababa de hacerle sobre la mano.

    Estrella fugaz

    Estrella fugaz

    No tiene sentido. Sus dedos vuelan sobre las teclas, repasando por enésima vez el código y lanzando de nuevo la simulación. Y allí aparece otra vez. La misma gráfica, los mismos resultados, la misma conclusión absurda.
    Cuando vio por primera vez el mosaico que escupía la pantalla, el astrónomo sonrió divertido. Convencido de que cualquier errata en el código había dibujado esa caprichosa forma. A medida que había repasado línea a línea el largo archivo, su mente soñaba con posibilidades alternativas. Tarde o temprano el escurridizo error acabaría mostrándose evidente y la fría realidad congelaría sus acaloradas fantasías, pero no podía evitarlo. Llevaban tiempo estudiando la estrella, una supergigante azul sobre la constelación de Cefeo, a unos 8.000 años luz de distancia. No parecía especialmente llamativa, pero los datos del telescopio Gaia habían llamado la atención sobre ella. El brillo de la estrella era variable, con una pequeña componente aleatoria, así que habían decidido seguir explorando. Como tantas veces, el descubrimiento fue cosa del azar: esa noche, el astrónomo había empezado a jugar con las señales recogidas del telescopio. Como entretenimiento, probó a representar en dos dimensiones la amplitud de una oscilación frente a la otra. Los datos eran demasiado ruidosos, pero detrás de las perturbaciones se adivinaba una cadencia que él conocía bien.
    Ahora, el astrónomo se está quedando sin explicaciones alternativas, y cada vez es más complicado acallar los gritos del niño de ojos brillantes que se esconde detrás de la solemnidad aparente de cualquier científico. Modifica con agilidad algunos parámetros, añade un par de órdenes adicionales al código, ordena al procesador que ignore una sección especialmente contaminada de los datos, trata de filtrar el resto y golpea la tecla intro creyendo saber de antemano que la pantalla arrojará ruido blanco. Esta vez aparece claro. El conjunto de Mandelbrot. La representación bidimensional parece el contorno del famoso fractal. La figura es clara, la idea encaja sin fisuras. La teoría no solo explica los datos,
    además es elegante: tiene que ser cierta. Ningún proceso natural podría dibujar una filigrana tan
    sutil. Es artificial.
    El astrónomo no puede ya contenerse, necesita contárselo a alguien. Mete a toda prisa su portátil en una mochila, se pone un abrigo sobre el pijama y sale a la calle mientras espera que su colega conteste al teléfono. Arranca el coche y establece un punto de encuentro. Las afueras del observatorio. Le da instrucciones para que avise a los demás. Necesita enseñárselo a todos. Cuando llega a la explanada, le esperan cuatro pares de ojos irritados. El corazón del astrónomo late desbocado. En un arrebato mira hacia arriba, busca con la mirada la estrella, como si temiera haberla perdido. A pesar de que no puede verla, con sus ojos aún acostumbrados a la claridad de la ciudad, sabe cómo localizarla, guiándose por Deneb, siente dónde está. El astrónomo le dirige una última sonrisa cómplice, consciente de que comparten un secreto que está a punto de dejar de ser sólo de ellos. Saca su ordenador y empieza sus atropelladas explicaciones. Nadie entiende gran parte de lo que oye, y cuando él les enseña su diagrama, todos se lanzan a rebatir las conclusiones del astrónomo. Ellos también repasan el código, buscando un error inexistente. Poco a poco se convencen. Admiten que no hay trampa en el programa, que no cabe otra solución. Con la carne de gallina y los ojos casi llorosos se abrazan, cantan, gritan, ríen.
    Y entonces sus sonrisas se congelan mientras miran hacia arriba. La pequeña porción del espacio en la que saben que se encuentra su estrella se ilumina con un fulgor inesperado. Aunque ninguno se atreve a expresarlo en voz alta, todos saben que es su estrella la responsable de ese brillo inaudito. Es su estrella la que ha elegido ese instante caprichoso para consumir sus reservas nucleares y estallar en una bomba de luz. ¿Eso era todo? Un mero sarcófago de brillo, un testamento luminoso con el simple objetivo de propagar a todos los puntos cardinales un “estoy vivo”. O mejor, un “estuve vivo”. Un juramento de esperanza atravesando la galaxia a razón de trescientos mil kilómetros cada segundo, que aún tardará en alcanzar los confines de nuestra Vía Láctea decenas de miles de años, y que jamás llegará ni a ser un murmullo en ninguno de esos otros cientos de miles de millones de galaxias que la venda cegadora de la velocidad finita de la luz nos permite conocer. Nunca llegaremos a conocer a esos primos lejanos. Nunca sabremos más de ellos que lo único comprensible a través de esos débiles pulsos luminosos: también se maravillaron ante la belleza de los fractales. Y sin embargo... ¡Cuánto más hermoso es un universo en el que no estamos solos!

    Estreptococos el sabio

    Estreptococos el sabio

    Toda la ciudad se comporta como si estuviera representando una obra de teatro dirigida por la apatía. Las luces lánguidas prolongan el atardecer hasta el infinito; los vecinos, que deambulan sin rumbo por sus calles, se saludan con desidia, sabedores como son de que si siguen aquí es porque no han podido huir como el resto. No hay nada más que hacer que sentarse y esperar: el final es irremisible.
    Estreptococos lo observa todo desde la ventana de su despacho y suspira. Siente que todo sea así, que, al final, su vida haya sido saboteada por unas evidencias absolutamente indiscutibles que hasta hace solo unas semanas no eran más que herejías. De pie, Estreptococos mira los pocos libros que quedan en la estantería y los maldice. Todo papel mojado, basura llena de falacias y mentiras que él ayudó a construir con sus obras y que ahora no significan nada. Resignado, se traga su amarga soberbia y decide bajar a la calle a unirse a los deambulantes.
    Fija la vista sobre sus pies, y cree que el adjetivo que ahora podría definirlos perfectamente es somnoliento. Sonríe con la ocurrencia; pies somnolientos e, inmediatamente, llora. ¿Qué pasó?, ¿qué hicieron mal?
    El primer mazazo fue el informe arqueológico que le remitió la Junta de la colonia de La Nariz y que hacía referencia a los hallazgos que se habían producido, casualmente, en los trabajos de mejora de un parque. Estreptococos puede repetir de memoria ese párrafo del informe: “los restos registrados bajo la capa de mucosa corresponden indefectiblemente a uno de nuestros congéneres, por lo que hemos de concluir que dada su antigüedad, sin duda, nuestra presencia en el Organismo es mucho mayor de lo que pensamos, y que esta se inició en el área de la Nariz, no en el Bazo como se recoge en la bibliografía clásica. Asimismo, se podría sugerir que su origen es externo”. Externo, herejía total. La Virublia es clara: “del Bazo surgimos, al Bazo volvemos”. ¿Miente el libro sagrado?
    Gracias a dios, esa evidencia paso desapercibida. Nadie hizo caso, al menos nadie externo a la Academia. Fue algo que quedó ahí, medio tapado. Se apresó al responsable y se le torturó rociándole con penicilina. Obviamente se retractó. Obviamente se murió. Se prohibió la arqueología. Estreptococos el sabio estaba totalmente a favor ¿Qué era eso de hurgar en el pasado? ¿Acaso no existía ya la Virublia para iluminar el camino? Pues parecía que no. Cuatro jóvenes habían osado enfrentarse a la Academia inventándose una nueva disciplina: la arqueología. Jóvenes estudiando lo viejo para entender algo nuevo. Inexcusable.
    El segundo golpe fue el definitivo pero, sin embargo, hasta para definirlo hubo discusiones entre los académicos. Todos se enzarzaron en una discusión semántica estéril. Unos decían que de ninguna manera se podía hablar de un solo acto, que el golpe en sí no existía; otros decían que era un episodio coyuntural (ni si quiera ellos sabían a lo que se referían). Y nadie ofreció ninguna solución. Estreptococos el sabio, como padre de la ortodoxia, fue consultado, y lo único que pudo concluir es que si habían llegado hasta aquí era por culpa de todos, porque estaban avisados de sobra. Pero cómo decirlo. Mejor callarlo, estaba en juego toda su civilización. Ahora que echaba la vista atrás, pensaba por qué no pudieron limitarse a habitar el Bazo (o la Nariz, según las nuevas evidencias). Pero no. Tuvieron que expandirse por todo el Organismo como una plaga. Tuvieron que sobrepoblar las Amígdalas, la Faringe... ¡Los Pulmones! Todo lo colonizaron, todo, hasta marchitarlo, hasta que empezó a funcionar mal. Y, a pesar de ello, siguieron. Lo contaminaron todo, hasta que ya no quedó casi nada que contaminar. Y fue entonces cuando llegaron ellos, los Artificiales, los Cefalosporinos como se llaman ellos. Cuando aparecieron consultaron de nuevo a Estreptococos el Sabio. Claramente son Penicilinos, reductos que quedaron tras las Guerras Médicas, dijo él. Son artificiales, dijo el joven que lo descubrió. Son artificiales, repitió el joven gritando en la hoguera. Pero nadie le hizo caso aunque, secretamente, todos dudaban ahora. ¿Cómo iban a ser artificiales? Imposible. Supondría que venían de fuera, que el Organismo no sería una Singularidad y que viviría en un ecosistema externo, quizás compartiéndolo con otros organismos. Herejía. Y siguieron sin hacer caso.
    Estreptococos el sabio continúa caminando. Los pocos que se cruzan con él bajan la mirada. Ellos lo saben. Él lo sabe. Tuvo la oportunidad de haberles avisado. Quizás hubieran ido demasiado lejos. Quizás ya no había solución ninguna, aunque por lo menos hubieran tenido la oportunidad de intentarlo. Pero no lo hizo, no les avisó.
    Estreptococos ya ha pasado la última casa de la ciudad, y sigue caminando. Va en la dirección que le marca la apatía porque, vaya adonde vaya, el final es irremisible.

    Evidencias extraordinarias

    Evidencias extraordinarias

    Cuando Dani se enteró, llegó a llorar de la emoción. Gran parte de la población compartió su entusiasmo. Otros que no comprendían la magnitud del suceso se mostraron indiferentes. Incluso los hubo que apoyaron estrafalarias teorías alternativas. Pero las evidencias eran tan abrumadoras que rápidamente pasaron a considerarse hechos. En la laguna de agua salada descubierta en 2018, bajo casi 2 kilómetros de hielo en el polo sur de Marte, se había hallado vida. Unos diminutos microorganismos parecidos a las bacterias terrestres, basados en una similar química del carbono, nadaban impulsándose mediante sus exóticos flagelos. La segunda misión tripulada al planeta rojo había llevado consigo máquinas perforadoras diseñadas para taladrar la profunda capa de hielo en la más absoluta esterilidad y así evitar inocular nuestra propia microbiota terrestre para después re-descubrirla en un ingenuo alboroto. Cuando se detectaron las primeras anomalías en la composición de aquella laguna subglacial hubo un brote de excitación entre los más románticos científicos, mientras que los más escépticos pedían cautela. Los datos concordaban con cierta actividad biológica, pero no era profesional dejarse llevar por los sesgos propios de los anhelos y sacar conclusiones precipitadas. Al fin y al cabo, aquellas desviaciones podían estar producidas por cualquier factor abiótico. Para afirmar algo tan inaudito como la existencia de minúsculos marcianos se necesitaban muchas más pruebas sólidas. Sin perder la tímida emoción inicial, Daniela interpretó aquellos análisis prudentemente. Dejarse llevar por las propias pasiones era muy humano, pero nada recomendable en ciencia, pues hipótesis y teorías debían formularse alejadas de prejuicios.
    Recordó muchos episodios precedentes que habían provocado tremendo revuelo y finalmente la realidad solo había traído desencanto. Hacía más de un siglo, Percival Lowell había deducido erróneamente que los canales de aquel mismo planeta habían sido construidos por seres inteligentes. Pero los gigantescos cañones de Marte no podían ser, por si mismos, una prueba que llevase a tan peregrina conclusión. Con el tiempo se determinaría que se habían formado como consecuencia de la erosión de antiguos ríos ya extintos. La señal de radio WOW fue otro ejemplo casi 100 años después. En pleno proyecto SETI, para los rastreadores de vida inteligente fuera de nuestro planeta, aquella anormalidad fue demasiado tentadora, pues sus características no parecían estar recogidas bajo el marco de ninguno de los fenómenos astronómicos conocidos. Sin embargo, años después se determinó que el paso de un cometa constituía una explicación mucho más satisfactoria.
    Y existían casos mucho más estrambóticos. La repetida pero aperiódica pérdida de intensidad de la estrella Tabby era tan inmensa que sus causas constituían todo un misterio. Algunos astrónomos soñadores, dejándose llevar por sus arraigados deseos, afirmaron que tal suceso podía estar provocado por una esfera Dyson, construida alrededor de aquel astro para capturar toda su energía, que utilizaba alguna civilización regional alienígena. Y desde luego curioso fue el caso del visitante Oumuamua, el objeto del espacio interestelar que al pasar cerca de la Tierra en una órbita excepcionalmente excéntrica, aceleró por otras causas que nada tenían que ver con el tirón gravitacional de cualquier cuerpo de nuestro sistema solar. Un grupo investigador de una prestigiosa universidad llegó a publicar en una revista que Oumuamua podía ser una sonda extraterrestre impulsada mediante velas solares, lanzada hacia nuestra posición para indagar sobre nuestro planeta. Sin duda, una idea singular, perfecta para la ciencia ficción, pero poco apropiada para ser aceptada por la comunidad científica si no se contrastaba.
    En el laboratorio de abordo, Dani observaba como aquellos recipientes, de agua algo embarrada y rojiza, escondían el más precioso secreto que jamás había visto. Pensaba que si la vida se había desarrollado en dos planetas tan cercanos, podía ser mucho más frecuente de lo esperado. Europa, el satélite de Júpiter con aquella resquebrajada y bella capa de hielo que cubría gigantescos océanos líquidos en su interior; Titán, con sus nubes, lluvias, ríos y mares de metano y etano, o su primo Encelado, con sus hermosos géiseres propulsando agua al espacio exterior, estos últimos orbitando Saturno. En aquellos gélidos mundos podía existir algún tipo de vida psicrófila, capaz de proliferar a tan bajas temperaturas, reproducirse y evolucionar.
    Pero de momento eran especulaciones, como todas las anteriores. Aquellas maravillosas ideas alimentaban nuestras fantasías, pero la ciencia precisaba de la sensatez para refrenar el ímpetu de la imaginación. Las hipótesis atrevidas necesitaban pruebas a su altura, y si no existían, se debía continuar con el modelo ya establecido. Como bien dijo el inspirador astrónomo y divulgador Carl Sagan hacía décadas: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. Y desde luego, aquel agua marciana y sus habitantes autóctonos, con su pared, membrana, flagelo y metabolismo extraterrestres, que viajaban hacia la Tierra a 30.000 km/h en frascos sellados, eran sin duda un puñado considerable de evidencias extraordinarias que venían para sacudir nuestro concepto de la vida.

    Expedición a Maya186. Un nuevo futuro para la Humanidad

    Expedición a Maya186. Un nuevo futuro para la Humanidad

    28 de abril, 2223

    Complejo de Comunicaciones del Espacio Profundo de la NASA, Robledo de Chavela, Madrid.


    Hemos sido escogidos para proponer una expedición a uno de los exoplanetas candidatos a la exploración debido a su habitabilidad, la mayor aventura de la Humanidad. Nuestras razones para elegir Maya186 son:

    -La estrella de Maya186 es tipoK (enana naranja). Tienen 0.5-0.8 masas solares y temperaturas de 3900-5200K. Presentan una vida de 18-49Gyr, un período de tiempo largo y estable, mucho más que nuestro Sol (10Gyr). Permanecen en la secuencia principal 15-30Gyr, suficiente para permitir la vida en un exoplaneta que orbita en su zona habitable y para soñar con un nuevo futuro para nuestra especie. Emiten menos radiación UV que el sol (puede dañar el ADN y la aparición de vida)


    -La distancia orbital de Maya186 a su estrella es de 0.8UA. La zona habitable para una estrella de tipo K es 0.5-1.1AU. Nuestro prometedor exoplaneta está en el centro de ese rango. Estamos seguros de que retiene agua líquida en su superficie. Gracias al espectro de la luz emitida por su estrella a través de su atmósfera sabemos que Maya186 tiene vapor de agua y oxígeno. Nuestro exoplaneta no está ligado gravitacionalmente a su estrella, por lo que tiene días y noches. El período orbital es de 0,72 años terrestres. Sospechamos cierta inclinación del eje, por lo que esperamos encontrar estaciones. También sospechamos la existencia de un satélite similar a la Luna que estabilice su eje de rotación.


    -Maya186 presenta 0,97 masas terrestres, un radio de 0,98 veces y una densidad de 5,7grs/cm³. Es un gemelo de nuestro planeta, con la misma gravedad, perfecto para un desarrollo normal de la vida humana, capaz de retener una atmósfera, y con una densidad suficiente para esperar un núcleo de hierro que cree un escudo magnético, protegiendo la vida de los vientos solares y de la radiación. Esperamos un planeta vivo, con placas tectónicas en su corteza, manto, núcleo, volcanes y calor interno, en una etapa geológica tranquila.


    -Maya186 orbita en la zona habitable de su estrella, con agua líquida en superficie. Esperamos una inclinación del eje del planeta, por lo que creemos que hay clima y estaciones. Hay grandes extensiones de hielo en ambos polos, regulador importante de la estabilidad del clima, estaciones, corrientes marinas y nivel del mar.


    -Maya186 tiene 4.500Gyrs, misma edad que nuestra Tierra. Asumiendo misma evolución y eventos catastróficos, su edad geológica es el Fanerozoico. Esperamos encontrar una civilización con vida inteligente y variedad de especies vegetales y animales. Debido a la vida vegetal duradera productora de oxígeno, tenemos la esperanza de una atmósfera respirable. También confiamos en la presencia de una cadena alimentaria que satisfaga nuestras necesidades alimenticias. Tendremos que ser cuidadosos a nuestra llegada, mostrándonos como una raza pacífica, razonable, comunicativa, con sentimientos positivos y empatía, para ser aceptados por una población en nuestro mismo complejo nivel de evolución. Habrá una gran conmoción debido a nuestra presencia, y son de esperar reacciones negativas al comienzo. No desembarcaremos hasta la estabilización de la relación. Mientras tanto, aprenderemos su idioma como gesto de buena voluntad. Mostraremos nuestra apariencia en las primeras etapas si es similar a la de ellos y esperaremos si no es así, compartiendo nuestra cultura, expresiones, sentido del humor, deportes, música... construyendo un clima de confianza. Posteriormente, compartiremos conocimientos en ciencias, tratando de empoderar ambas civilizaciones. Cuando aterricemos, necesitaremos un largo período de adaptación por ambas partes, con problemas en el camino. Seremos embajadores de la Humanidad, un puente entre civilizaciones. Prepararemos la visita de una delegación suya a la Tierra. Si es posible, podríamos esperar mezclar nuestras especies sobre la base de la amistad y el amor fraterno.


    -La duración del viaje al 20% de la velocidad de la luz es de 190 años. Tenemos la tecnología para hacerlo. Naves espaciales grandes, poderosas y cómodas, capaces de transportar una población importante y variada; propulsión no basada en reacciones químicas y el conocimiento para la hibernación humana.
    El coste de esta empresa es elevado pero hemos estado preparándonos durante 200 años. Nuestros ingresos, por ser una civilización extendida por todo el Sistema Solar, son altos y podemos afrontar este desafío.
    Elegiremos un equipo de voluntarios valientes, representativos e inteligentes, sin hijos y con estabilidad mental demostrada, capacitados en las habilidades necesarias y variadas para enfrentar este viaje con éxito, altamente motivados como exploradores de un nuevo mundo y una nueva civilización, completa y conscientemente informados de los retos y peligros que afrontarán, habiendo aceptado que nunca volverán.


    -Esperamos poder convencer a esta Comisión sobre la idoneidad de Maya186 para ser la puerta al futuro más emocionante que la Humanidad podría soñar. Una nueva Tierra y una nueva civilización gemela nos aguardan.

    Daniel Kepler
    Director de Exobiología. NASA DSCC España

    Explorer: Espacios Lúdicos

    Explorer: Espacios Lúdicos


    Es claro lo que ocurre aquí maestra Lupe, aquellos niños hicieron un alboroto en la sala de ciencias, derramando unos matraces de potasio y ni hablar de los materiales anexos al microscopio, todo quedó hecho pedazos, oigan no somos los únicos culpables del incidente según mi lógica juvenil también se encontraban cerca Felipe y Paola, se levantó sobre la mesa y dijo fuertemente respondan ¿Quién es el verdadero culpable de esto? Basta niños, basta no busquemos responsables además no habrá ningún castigo eso no sería lo correcto, ¡Genial Felipe! nos salvamos, pero si habrá una tarea extra -espera que, para todos sin excepción es como una lección moral, una lección de aprendizaje, el tema será cualquier objeto físico que gravite en el espacio sideral, considerando las fuerzas de atracción y repulsión obviamente, no importa cómo se vea o quién lo sea, sólo importará la creatividad de sus inventos, fabuloso tenemos más trabajo de investigación compañeros, algunos enojados por el aviso anunciado y otros con una sonrisa dibujada entre rayones de colores pues parecía interesante diseñar un objeto espacial algo lúdico e inusual un ¿Explorer quizá?
    ¿Como se verá? ¿Flotara? ¿Tendremos tiempo para jugar?, Se preguntaban entre ellos, su imaginación era infinita como estrellas en la noche lunar, generalmente empezábamos con algunas bromas de dados ¿Porque dados? Pues fácil ya que cada número al lanzarlo representaba un modo diferente de sorprender a nuestros amigos, a nuestros compañeros fieles de trabajo para hacerles pasar un buen rato, asimismo al momento de darnos material relevante nos ponemos las pilas rápidamente, por ejemplo Ramiro es un genio, siempre en el meollo del conflicto pide herramientas de trabajo comunes y hace maravillas geniales, además tiene un gato juguetón llamado Ramón, ronroneando el ambiente social que se generaba en un clima de tranquilidad, a veces sucedía que sus maullidos traían confianza y otras un desorden para limpiar ¿Será suficiente? -alzo la voz Hugo tengo pegamento, tijeras y cartulina azul además el área aproximada del modelo es de 16 metros cuadrados, mientras tanto Guido tocaba la guitarra ¡Qué linda tonada! es inspiración pura dijo Gaby, así fluían las ideas más rápido, lo ideal era dividir pequeños grupos para cada uno, sin muchas adivinanzas repetidas Hugo y Ramiro salieron a tomar un descanso, suspiros se oyeron al costado del patio de Gaby, de pronto se acercó a ellos Clara, una pequeña niña jugando con su yo-yo este subía y bajaba, bajaba y subía vaya movimiento singular pensó Hugo y Ramiro procedió a conseguir una forma útil de darle suspensión a un objeto sin gravedad, Clara seguía dando saltos con su yo-yo mientras tomaba uvas dulces del recipiente, ¡Eureka! surgió un rayito de ingenio en sus brillantes mentes, la maestra Lupe quedará muy sorprendida por nuestro objeto espacial ¿En serio? por supuesto sólo falta hacerlo realidad así entonces todos en acción se pusieron a trabajar midieron, cortaron y pegaron al mismo compás, terminando después de un tiempo lento ¡Ya está! gritaron juntos al ritmo de la guitarra de Guido ¡Vaya pasada! y hermosa tonada por supuesto.
    Talán, tolón, talan, tolón sonaban las campanas fuertemente, a la mañana siguiente Gaby llevo el trabajo como lo acordaron al salón principal en nuestro querido colegio así todos hicieron su exposición, aunque quizá algunos no pero sí disfrutaron y prestaron muchísima atención a Ramiro, Hugo, Gaby y los demás integrantes del equipo, listo pongan atención -dijo la maestra Lupe, un momento de silencio y redoble de tambores para revelar el misterioso objeto espacial, ¿Que era? ¿Como se veía?, se oía susurrar a sus compañeros, al mostrar de manera lúdica su apariencia todos quedaron asombrados, hasta la maestra Lupe quedo atónita unos segundos, después pidió aplausos, muchos aplausos y luego pregunto ¿Tiene algún nombre en especial, ¡Rayos lo olvidamos! rápido piensen en algo, después de varios intentos fallidos y algo pintorescos surgió lo siguiente -que les parece Explorer, un misterio sin descubrir, ¡Bien Guido! todos apoyaron la sugerencia dejando ese nombre que pronto se haría realidad, chocaron las palmas en un griterío despidiendo aquellos recuerdos lejanos, así sucedió varios años después, puesto que la ciencia inspiro los lazos de amistad que tenían, además de la música por supuesto, cumpliendo su fugaz sueño de enviar a Explorer al espacio sideral, nunca fue fácil para nosotros pero gracias al colectivo pudimos lograrlo ¿No es así Gaby? por supuesto, así quedó aquella frase creativa para siempre, si te gustan las estrellas haz amigos para tenerlas junto a las ciencias.

    Génesis

    Génesis

    Proyecto Génesis
    Alexander Conrad
    18 enero 2014
    IST, 0003° 3694’

    — «¡Rápido, rápido! ¡Lo perdemos!» Esas son las primeras palabras que recuerdo. Yo entonces estaba a medio camino entre «dos mundos», podríamos decir. Estaba sumido en una nube de pensamientos que se interponían unos a otros sin y poder controlarlos.

    Sentía una especie de —no sé realmente cómo explicarlo— sensación de cosquilleo en todo el cuerpo aunque no sentía apenas ninguna parte de él. Lo describiría como una ilusión, ¡sí, eso! una ilusión. Mi cuerpo parecía estar y no estar a la vez. Una sensación incómoda, no voy a mentir, pero en el fondo algo gratificante. Era algo así como «sentir tu nacimiento». Notaba un cosquilleo en el brazo, por ejemplo, y encones empezaba a «sentir» control sobre ese brazo. Algo así como cuando se os corta el flujo de sangre en el brazo y veis como poco a poco recobráis la movilidad y la sensación de su presencia.

    Pasado un tiempo sumergido en esa marea de sentimientos empecé a asimilar por completo todos mis recuerdos y a empezar a «experimentar mi presencia». Algo así como sentir que realmente estas vivo y tienes control sobre tus acciones. Todo esto se vio rápidamente sustituido por una abrumadora nube de sensaciones «nuevas» de las que, sin embargo, tenía recuerdos.

    No calculo cuánto tiempo estuve inmerso en esa amalgama de pensamientos y sensaciones pero lo que sí recuerdo es que hubo un momento, cuando ya era capaz —imagino— de ver el mundo real más allá de esa especie de sueño, en el que perdí la consciencia.

    Tampoco sé el tiempo que transcurrió desde entonces pero lo siguiente que recuerdo es aparecer en un parque muy verde y repleto de personas que en un «parpadeo» se convirtió en una habitación en la que estaban dos conocidos míos: el profesor Martin Flint y usted.

    Entonces me empezó a preguntar sobre qué había experimentado durante mi «viaje», a lo que respondí un tanto perdido «¿qué viaje?». Usted entonces añadió: «Tú viaje, ¿no lo recuerdas?».

    «Cuéntanos todo lo que has experimentado», me preguntó.


    — Muy bien, es suficiente, desconéctate — dijo el profesor Flint. En ese mismo instante, VYG-01-559 dejó inmediatamente de hablar.


    En efecto, VYG-01 se trata de una inteligencia artificial diseñada para imitar al ser humano y evaluar la posibilidad de realizar pragmáticamente el teleporte cuántico. Llevamos muchos años en este proyecto. Tras muchos ajustes al sistema, en concreto 559, parecía ser que el teleporte resultó ser un éxito. De todos modos, hubo muchas complicaciones en este intento y por un momento lo creímos perdido otra vez.
    La gran respuesta que se esperaba fuera este exitoso teleporte no fue más que la gota que colmó el mar de dudas que, sabíamos venía, pero no queríamos afrontar.

    ¿Se podría considerar el mismo? ¿O más bien sería una copia que sustituiría al original de modo que no sabría qué es siquiera una copia? A nuestra inteligencia artificial la llamamos VYG-01 y a cada versión que se reconstruía en el teleporte se le asignaba otro número. El nombre VYG-01-559 significaba pues la «versión» 559 de VYG-01. En este caso resultó ser una copia idéntica y por eso interpretamos como un teleporte.

    La duda nos corrompía. ¿Estaba bien lo que habíamos hecho? Y si fuese un humano, ¿estaríamos dispuestos a hacerlo? Al fin y al cabo, el testimonio de VYG-01-559 ya nos da una idea de lo que sentiríamos, pero siempre queda la incertidumbre de si el proceso funcionarías la primera. La tasa de éxito de nuestro experimento era por entonces de 1/559.

    De todas formas aún es un poco pronto para pasar a la FASE 2. La experimentación en seres vivos queda aún bastante lejos. Yo tuve serias dudas. No creí ético seguir adelante. Me negué a continuar este proyecto. Habíamos llegado lejos, logramos teleportar objetos, alimentos, pero... ¿vida? Eso ya era llegar demasiado lejos.

    Entonces empecé una discusión con Flint. El quería seguir pero yo no. La discusión llegó a algo más. Realmente fue el estallido de unos meses en tensión fruto de una convivencia limitada a nosotros y VYG-01.

    He de decir, que fue mi culpa. Entre tanto, conecté al androide y le ordené asesinar a Flint. Su código le impide matar a humanos así que sólo oído herirlo gravemente. Entonces decidí probar su tan ansiado teleporte humano. Sorprendentemente nuestro ultima modificación era correcta y fue exitoso.
    Para cuando lean esto, si alguna vez no encuentran, habré borrado el código de VYG-01 y le habré hecho silenciarnos a ambos, eliminar por completo todo rastro del sistema de teleporte y reducir todo a cenizas.

    Hay ciertos conocimientos que es mejor permanezcan en el olvido.

    Herederos del Triásico

    Herederos del Triásico

    Un dinosaurio terópodo descansa observando su territorio. En un momento dado observa a un pequeño mamífero y va a darle caza. Corre batiendo sus extremidades anteriores cubiertas de plumas, pero el pequeño animal es escurridizo.

    Finalmente lo atrapa y, con la presa ya muerta, sus congéneres se acercan para robársela. De un enérgico picotazo le perforan el cráneo y entre todos terminan de devorar los restos de la infortunada presa.

    De repente, desvían la mirada y se dirigen hacia los límites de su territorio, agolpándose y produciendo variados gruñidos. Llega la granjera con el pienso. Aquel ratón fue solo un aperitivo para unas hambrientas gallinas.

    HFD1, la rata obesa

    HFD1, la rata obesa

    En aquellos días, el Criador eligió 28 ratas marrones, sanas y bien formadas y las distribuyó en grupos de siete ratas en cuatro cajas. A la primera caja le llamó HFD, del inglés “High Fat Diet” y a cada rata le asignó una etiqueta desde HFD1 hasta HFD7.
    En la caja HFD, el Criador comenzó a administrarles una nueva dieta consistente en bollería industrial ad libitum, sabrosa pero insana, en vez de su acostumbrada dieta sana y equilibrada, pero poco apetitosa. En la caja vecina, la etiqueta decía CED, del inglés “Control, Equilibrated Diet” y, en su interior, se divisaban otras siete ratas, menos afortunadas, a las que el Criador continuó administrando una dieta sana y equilibrada, cuyas etiquetas decían CED1 a CED7. Más allá había otras cajas, pero HFD1 no podía distinguir ni sus dietas ni sus etiquetas.
    Ni HFD1 ni sus compañeras comprendían por qué el Criador les había cambiado la dieta, pero HFD1 era una rata creyente y, por tanto, no se cuestionaba las decisiones del Criador, ya que se consideraba indigna de comprender sus inescrutables designios. Sus compañeras, especialmente HFD3, no estaban de acuerdo con la resignada postura de HFD1; de hecho, HFD3 se oponía a comer la insana bollería industrial porque valoraba mucho su salud. HFD3 se definía como agnóstica; es decir, pensaba que, si el Criador existiera, las ratas no podrían saber nada acerca de él. Para HFD3, todos los sucesos se debían al azar. Aplicando este criterio, el cambio de dieta podría explicarse si hubiese un inmenso número de cajas con ratas en las que las dietas podrían variar en tantas combinaciones que la suya era solo una más de las muchas posibles. A esta teoría, HFD3 le llamaba la teoría del multiverso y le servía para explicar casi todo lo inexplicable. Por su parte, las otras cinco ratas comían sin reparo porque les apetecían los sabrosos manjares, sin plantearse preguntas trascendentes sobre causas y consecuencias de sus acciones.
    Siendo coherente con sus creencias, HFD1 comió la bollería industrial sin límites hasta duplicar su peso corporal y sentirse realmente obesa, torpe y enferma al cabo de dos meses. Por el contrario, HFD3 apenas comió lo necesario para no morir de hambre y, en consecuencia, no aumentó significativamente su peso. La convivencia se fue complicando durante los dos meses de dieta alta en grasas, llegando a causar tensas discusiones entre HFD1 y HFD3 en las que, ocasionalmente, intervenían las demás ratas para insultar y acusar de manipuladoras a las contrincantes o para pedir calma.
    Súbitamente, la dieta cambió en la caja HFD; de manera que, una mañana, apareció una harina de maíz negro en vez de los acostumbrados bollos. Las siete ratas se sintieron muy sorprendidas con el nuevo cambio. Ninguna era capaz de explicar el suceso. Por supuesto, HFD1 se limitó a decir que era la voluntad del Criador y que rechazarla era una blasfemia. Por su parte, HFD3 volvió a aplicar su razonamiento para decir que el azar había causado este cambio de dieta entre las infinitas cajas HFD existentes. De nuevo no hubo acuerdo en la explicación del suceso, y tampoco hubo unanimidad en la reacción ante la dieta. En efecto, HFD1 hizo de tripas corazón para hincarle el diente a la insípida y poco estimulante dieta, mientras que las demás ratas apenas comieron lo necesario para sobrevivir hasta que el hambre doblegó su voluntad. Por su parte, HFD3 decidió que esta dieta era más conveniente para su salud y que, en consecuencia, podía comer una cantidad razonable.
    Transcurridos los 90 días establecidos en el protocolo del Criador, HFD1 sintió que su peso había disminuido significativamente y se sentía menos obesa, más ágil y más sana que antes, aunque no tanto como al principio. Una mañana, HFD1 se durmió con la extraña sensación de olor a cloroformo. En su última mirada, alcanzó a ver a sus compañeras yaciendo en el suelo con sus estilizados cuerpos y su saludable aspecto. HFD1 vio un túnel que acababa en una potente luz y, al final del túnel, le esperaban sus familiares y seres queridos y sintió una paz infinita. Por su parte, HFD3 sintió una profunda tristeza e impotencia a medida que su cuerpo perdía el vigor y se retorció entre espasmos hasta que perdió la consciencia.
    Ninguna de las siete ratas pudo ver su nombre publicado en un artículo sobre los efectos beneficiosos de la ingesta de maíz con elevado poder antioxidante en ratas obesas. Por su parte, el Criador lamentó la inconveniente variación en peso y en las demás variables morfológicas y fisiológicas que observó entre las ratas y que causaban elevados coeficientes de variación que dificultaban la identificación de diferencias significativas entre tratamientos.

    Inefable

    Inefable

    Fisica y Matematica debaten en el salon cuan susceptible se pondrá ella si no la dejan entrar en la reunión...- Quizá este año finalmente se digna a hacerse ausente, se escuchó al pasar.
    En ese instante y por principio de razón suficiente, hizo su entrada en un momento polaroid. Ella se pasea preciosa y motivante, la misma que sabe que año a año la percepción social sobre su status de Ciencia pasa por comités de ética, sin baremos adecuados en las pruebas las cuales deliciosamente espera.
    Algunas voces ya conocidas la nombran como la opinadora avanzada, Derecho apenas si le dirige una mirada mientras que Medicina la observa con recelo, esperando captar la interacción casi erotómana que tiene con Filosofía, ambos protagonistas de los cotilleos más obscenos y absurdos todos los años. 
    La Psicología tiene su historia de fracasos amorosos y los tiene tabulados, por eso no duda en acomodarse la falda y sentarse entre Antropologia y Sociologia. Es juguetona casi al borde de manipular con sus lenguajes difusos y posee una cuota de vanidad suficiente para flirtear con otras disciplinas de las maneras más discretas, aunque cuenta en su haber con algún escándalo cargado de relatos frágiles.
    Se dispone a escuchar una vez más con grato interés los discursos ajenos, a beber de ellos con el mismo disfrute que su copa de espumante mientras sostiene en su mano la invitación que recibe año a año. Identifica el riesgo latente que existe de no saborear el momento, como cuando nos enfrentamos a un menú escrito en idioma extranjero.
    Al igual que la utopía de Galeano, la existencia del debate sobre su estatuto epistemológico sirve para caminar, escuchar su memoria latir y recordar que es responsable de no perderse en el sendero por divagar sobre temas que no alcanzan a comprender algunos compañeros de affaire.
    Cuando finalice la noche hará un elogio del malentendido mientras las milicias del ego esten dormidas, encontrará una buena pista para habitar el momento y rozar un objeto de estudio, perdonándose los placeres que abandonan a la severidad de las reflexiones. Los monstruos quedarán en el hall mientras autogestiona entre psique y logos una exquisita confrontación.

    Inocencia fecal.

    Inocencia fecal.

    Mi nombre es Lactobacilus Bulgaricos MDIV. Crecí en el sistema digestivo, en la ciudad del Colon, en el barrio Ciego a 600 micras de distancia del Apéndice, mi familia tiene muchas generaciones creciendo allí.
    Nuestra cuna de origen es la vagina. Dice mi padre que ningún ancestro se salvó del largo viaje que iniciaron desde la boca, cuando el organismo necesitaba leche para su crecimiento. De ahí que nuestro apellido tiene adosadas las siglas MDI, mil quinientos cuatro veces de travesía.
    También ha dicho mi padre que los tiempos de la abundancia de lactosa, que daba mucho trabajo a los abuelos, eran de los buenos tiempos…Se encargaban de producir lactasas dividir los paquetes de lactosa en glucosa y galactosa y alimentar al organismo a través de las autovías sanguíneas. Esto anticipó lo que los Lactobacilus recordamos como primera migración. Gracias a la abundancia de glucosa algunos se mudaron a las ciudades mientras que mi familia se mudó al Colon (el “ambiente externo” no es lo nuestro, tanto O2 nos descompone y evita que produzcamos. Desde entonces vivimos en el mismo barrio, donde la empatía entre vecinos se hace notar, pues no hay familia que no obtenga glucosa para su alimentación y otro tanto traspasa la barrera del epitelio y se distribuye entre nuestras compañeras, las células. Nos llevamos bien con ellas, históricamente nos defienden incluso construyeron una barrera gigante que cubre todo el organismo y la llamaron piel.
    Mi padre no pudo llevarme a conocerla, pues hay mucho O2, por lo que escuchar el relato de un compañero me dio algo de envidia… Se llamaba Estreptococo thermophilus, y en un tono aventurero contó que afuera hay mucha luz y las familias se cubren con un protector, viven en armonía y trabajan para mantenerla fuerte y suave.
    Pero hace un año las cosas empezaron a ponerse mal. El agua escaseaba, la temperatura subía y aumentaron los mensajes de interleucina desde el hipotálamo. Las células debieron llamar a los policías blancos, estaban alborotados y nos obligaban a portar un permiso CD-40 de circulación homologado. Su actividad creciente exigía energía y debíamos producir más glucosa. Dijeron que un microorganismo invadió la ciudad del pulmón y la policía y los militares hacían todo lo posible para retener al invasor. Tampoco he olvidado su nombre, Estreptococos pneumoniae. Creo que me dio miedo cuando escuché que era una bacteria que robaba casas a las familias y no había elegido la migración como nosotros, aunque al igual que mi comunidad tampoco le gustaba el oxígeno y para poder habitar en el pulmón debían destruirlo y llenarlo de agua y aprovechar el ácido siálico (¡como nosotros la lactosa!). Por suerte aquí no tenemos de ese ácido, y no contamos con su peligrosa visita.
    Un par de días después de conocer a este invasor nos informaron que debíamos pedir ayuda a otros organismos y fue cuando conocí a las bombas ATB. Nunca vi a la policía blanca tan tranquila una vez que la temperatura se normalizo y la producción de glucosa volvía a su frecuencia normal. Sin embargo, cuando volví a la escuela mi compañero estreptococo thermofilius ya no estaba, ni allí ni en su barrio, el cual parecía abandonado.
    Claro que duro poco, en estas épocas hay mucho movimiento y con el correr de los días el barrio se fue habitando de nuevo, pero esta vez de otras bacterias, un poco egoístas según escuche, pues cada vez pedían mas agua de la represa del epitelio, incluso a veces para descomponer comida y producir CO2 rompían las vigas de zonulinas e integrinas que las mantienen juntas.
    Y nuestra región ya no es la misma, siempre inflada como un balón, y otras regiones también están en crisis, pues con las fugas de agua, las familias decidieron mudarse fuera del organismo.
    Aquí nos quedamos pocos, más que una gran familia en el ciego, estamos dispersos, vivimos donde podemos. La policía blanca siempre está presente y dice mi abuelo que hacen lo que pueden… La verdad es que a veces sus medidas son violentas y destruyen la ciudad, mientras las bacterias egoístas escapan para volver en mayor número. Aparentemente buscan a un “pez gordo”, el Clostridium difficile, el villano produce una toxina que mata a las células y siempre evade las bombas de ATB.
    Fue justo ayer mientras preparaba mi desayuno y asimilaba que estamos en un campo de batalla donde matan a más de los nuestros, el Colon sigue estallando y nuestros barrios se vacían, cuando una noticia disolvió el agridulce color de mi vida aquí.
    Cientos de migrantes bacilos de mi familia podrán cambiar de organismo, vendrán desde otro colon con una imperiosa energía nueva para habitar los barrios.
    Termine entonces mi desayuno, con el sabor de la serenidad, que viene multiplicada y en autobuses…

    James y las flores cocineras

    James y las flores cocineras

    Había una vez un niño llamado James que quería hacerle un regalo a su papá. Él sabía que a su padre le gustaban mucho las flores, así que decidió comprar una semilla y plantarla para regalarle una flor que él mismo hubiese cuidado.
    Al principio todo iba bien; puso la semilla enterrada en su jardín, rodeada de muchas otras flores que su papá tenía allí. La regaba con cariño, y por eso le hizo muchísima ilusión cuando vio al fin asomar un pequeño tallo por encima de la tierra. Siguió cuidando a la pequeña flor con esmero, pero entonces se dio cuenta de que estando ahí, su papá podría verla antes de terminar de crecer.
    Como James quería que la flor fuese una sorpresa, la cogió con un trocito de tierra y la metió en un macetero. Después, la llevó a su armario y allí la dejó para que su papá no pudiese descubrirla antes de tiempo.
    James pronto descubrió que su flor no crecía más, y que comenzaba a ponerse marrón. Él no podían creerlo, ¡su preciada flor se estaba marchitando!
    Probó todo lo que había visto hacer a su papá con las flores: la regó más, intentó regarla un poco menos por si se estaba “ahogando” (como decía su papá cuando a una planta se le había dado demasiada agua), e incluso le habló y le cantó canciones para intentar darle ánimos para crecer. Pero la pobre flor no avanzaba.
    Muy preocupado, James le explicó lo sucedido a su papá, y éste le preguntó cuál creía que podía ser la causa.
    A lo mejor - dijo James - se siente sola porque la he separado de todas sus amigas del jardín. ¡Necesita una amiga!
    Muy bien, vamos a comprobar si es eso lo que necesita.
    El papá de James cogió un par de flores del jardín y las instaló junto a la de James en su armario. A los pocos días, las tres flores estaban empezando a ponerse marrones.
    No era compañía lo que necesitaba… - sentenció James muy triste.
    ¿Qué crees que puede estar pasando, James? - preguntó de nuevo su papá.
    He pensado que quizás es porque dentro del armario no hay aire, y tienen calor.
    En ese caso, ¿qué te parece si las ponemos en la mesita de noche, justo debajo del aire acondicionado?
    ¡Sí! - respondió James muy animado, y puso allí las tres florecitas para que les diera el fresco.
    Al sacarlas del armario, las flores mejoraron un poco, pero aun así no estaban tan resplandecientes como las del jardín. Sin embargo, James se dio cuenta de algo muy curioso: las tres flores tenían su pequeño tallo doblado hacia un pequeño rayito de sol que entraba por la ventana. Entonces, corrió a avisar a su papá de que ya sabía lo que les pasaba. ¡Necesitaban luz del sol!
    El papá de James le ayudó a poner las plantas al sol, y a los pocos días estaban tan sanas como las del jardín. James no lo entendía, ¿acaso les había dado frío con el aire acondicionado? No podía ser, porque con el calor del armario también estaban marchitándose. Decidió preguntarle a su padre.
    Papá, ¿por qué necesitan las flores que les llegue luz del sol? Si no es por el calor…
    James, la luz del sol - dijo su papá - no aporta únicamente calor, sino también energía. Y esa energía es la que usan las plantas para fabricar su comida.
    ¡¿Fabricar su comida?! - preguntó James fascinado. - ¿Acaso son estas flores cocineras?
    Algo así, - respondió el padre - son autótrofas. Esto quiere decir que fabrican su propio alimento. Para ello, utilizan el agua que les damos y el CO2 que cogen del aire, pero para poder convertir eso en comida necesitan la luz del sol. Es lo que llamamos fotosíntesis.
    ¡Entonces eso es lo que les pasaba a mis flores! ¡Tenían los ingredientes, pero no tenían forma de cocinarlos!
    Se podría decir así - dijo el papá de James, muy contento de que su hijo hubiese hecho ese descubrimiento.
    Al cabo de poco tiempo, la flor que James había comprado para su papá estaba tan bonita como las del jardín, y pudo regalarsela muy orgulloso de su esfuerzo. Pero sobretodo, de todo lo que había aprendido sobre las flores.

    Gema Hernández Camacho

    Jugar con los fantasmas

    Jugar con los fantasmas

    Ocho de la tarde. Lunes, pero hace buen tiempo. Cuatro años de grado, dos de máster y once horas trabajando en su primer día. Javier sale de la ofici… Sin previo aviso, su ritmo cardíaco aumenta y comienza a sudar. Su amable sonrisa se retuerce transmutando en una desesperada mueca de agobio. Siente su respiración descompuesta y lucha. Lucha incesantemente para mantener la calma. Peligro. Aún no sabe por qué ni por dónde. Pero llegará. Está seguro. Dentro de su cabeza lo siente todo. Absolutamente todo, y le pesa. Es incapaz de discernir sus pensamientos, que se precipitan de un rincón a otro en su cerebro como un furioso torbellino, hostigando sus entrañas y aplastándole contra el suelo. Se encuentra al borde de un precipicio al que no recuerda haber llegado. Pero ya es tarde. No hay explicación. Tampoco hay conclusiones. Por fin en casa. En la soledad de su cuarto libera la tensión de su cuerpo, que instintivamente vibra dirigiendo el compás de una amarga melodía en completa descoordinación con el bombeo de sus ahogados pulmones. Lágrimas escoltan a la bronca orquesta incorporándose torpemente al desacompasado baile de sus brazos trémulos y los vaivenes de su pecho. Y ya son, otra vez, las 3 de la mañana. La paciencia y su colchón le han devuelto la batuta y el control de sus ideas. Mañana será otro día. El vecino de enfrente ha vuelto a olvidarse la luz de la cocina encendida esta noche, y de alguna manera esto le reconforta. ¡Menudo drama! – piensa recostado mientras encorva ligeramente la espalda y flexiona las piernas abrazando con su cuerpo a la almohada.

    Domingo por la tarde. Ya ha pasado tiempo desde su última visita al precipicio; un tiempo tardo y contaminado con el vago disimulo de su evidente falta de sueño. La semana ha sido dura y está terriblemente cansado, aunque la inocente idea de dormir le intimida y le mantiene despierto. Como único testigo, un viejo reloj de pared realiza su oficio con escrupulosa obediencia mientras observa cómo Javier, tumbado en el sofá con un libro en las manos, se enfrenta a unos imperceptibles susurros que emanan de su hipotálamo e invaden todo su cuerpo, empapando cada uno de sus sentidos y empujándole a cerrar los párpados y descuidar su lectura. Su metabolismo descansa, su sensibilidad hacia el mundo exterior se entumece y su respiración es pausada. En su interior, millones de neuronas se emancipan de su conciencia y comienza la verbena. Primero festejan tímida y desordenadamente. Después alcanzan estados de máxima coordinación en los que alternan euforia con desaliento. El sueño es profundo, y las memorias, hasta ahora frágiles y acobardadas, comienzan su ansiado viaje desde el hipocampo hacia la corteza cerebral, donde podrán encontrar un hogar en el que envejecer hasta la hora de su muerte. A continuación, sus ojos, amordazados por unos inmutables párpados, se agitan frenéticamente en la oscuridad buscando falsas imágenes que den sentido al espectáculo que acontece en el cerebro. Pero el aforo es limitado. Desde el puente cerebral se inutiliza la comunicación con las neuronas motoras, evitando que el cuerpo de Javier brinque y dance gobernado por sus sueños. Y así por fin, Javier duerme. Un sinfín de células escenificando una magnífica coreografía, repitiendo cíclicamente sus movimientos hasta el momento en que retorne la conciencia.
    Despierta. O por lo menos parte de él. La hermosa sinfonía se pierde abruptamente en un olvido. Uno de los actores parece no recordar sus líneas y se presenta desorientado. Se para el tiempo, se rompen las notas y Javier está atrapado entre dos mundos. Pero ¿cómo es posible? Sus sentidos se agudizan arrastrándose desde su cuerpo inerte. Sus pulmones respiran con angustiosa parsimonia, incapaces de escuchar las órdenes que intenta hacerles llegar. El cerebro, como siempre, se vuelca en descifrar lo que acontece en esta esperpéntica escena, esbozando una obra inédita a partir de la confusa información que recibe. Y es entonces cuando reaparecen los fantasmas. Una pesada bruja se ha sentado sobre él, oprimiendo su pecho y no le deja respirar. Su sistema vestibular, poseído por el pánico, intenta huir despavorido y Javier siente a un ser maligno agarrando su cabeza y arrastrándole por la cama. ¡Otra vez no! – piensa horrorizado mientras intenta inútilmente liberar su cuerpo del hechizo. Sus ansias de gritar se transforman en un aullido desarticulado que trepa con terror por su garganta. Los dedos responden al fin a sus cautivas súplicas y pronto contagian al resto de su cuerpo plegándolo bruscamente hacia delante. Javier inspecciona fugazmente su cuarto y se apagan sus temores. Manso, gira sobre su costado y se promete que no volverá a sentir miedo, pues no es la primera vez que le visitan. Ya debería estar acostumbrado. La próxima vez que los vea, intentará jugar con sus fantasmas.

    Juicio elemental

    Juicio elemental

    Un frío gélido reinaba en la sala cuando los seis nobles hicieron su aparición. Desfilaron por el pasillo central con su habitual parsimonia, con expresiones imperturbables y ese halo de superioridad moral que los caracterizaba, a sabiendas de que nada podía alterarlos. Ese era el motivo por el que se habían convertido en los jueces, dueños y señores del destino de todos.
    Los presentes enmudecieron mientras los nobles ocupaban sus puestos en la mesa del tribunal, presididos por el más antiguo. Con una voz aguda pero imponente, este dijo:
    —Se abre la sesión. Hoy estamos aquí reunidos para juzgar los terribles crímenes cometidos por el individuo conocido como «H». Que entre el acusado.
    «H» hizo su aparición. Iba escoltado por «Y» y «W», lo que le confería un aspecto aún más menudo y vulnerable. Lucía esposas de acero alrededor de las muñecas y los tobillos, para que no pudiera escapar en caso de intentarlo. Se lo veía cansado, resignado. Mantenía la cabeza gacha, avergonzado. ¿Cómo era posible que fuera tan destructivo? Si parecía tan simple, tan ordinario, tan poca cosa…
    Se oyó un suspiro entre la multitud. «H» no fue capaz de alzar la mirada. No quería leer la decepción en el rostro de su amada. «O» se quedó sin aliento. Ver al amor de su vida encadenado como a un vulgar delincuente le partía el corazón. Después de todo lo bueno que ellos dos habían conseguido juntos, de todo lo que habían creado, de haber sido la base del milagro más maravilloso jamás observado… No podía quedarse de brazos cruzados mientras los nobles le arrebatan todo por lo que había luchado. «N» tuvo que sujetarla con fuerza para que no cometiera ninguna estupidez.
    El presidente del tribunal tomó de nuevo la palabra:
    —Se procede a listar los crímenes cometidos por el acusado:
    1) No acatar el artículo 2.3 de la Ley Suprema que impide que en la Tierra se alcancen temperaturas cercanas a las presentes en el núcleo de cualquier estrella.
    2) Crear una bomba termonuclear incluso más mortífera y peligrosa que las previas a cargo de «U» y «Pu», a quienes recuerdo, condenamos con el destierro y despojamos de estabilidad a sus núcleos.
    La multitud exclamó un gemido ahogado, de puro horror. ¿Iban los nobles a dictar la misma condena para «H»?
    —Y, lo más grave —continuó «He» impertérrito—:
    3) Haber sido capaz de emular uno de mis núcleos sin mi permiso ni mi consentimiento, y sin haber medido las consecuencias de sus actos.
    ¿Con que se trataba de eso? pensó «O». Toda esa pantomima del juicio era una respuesta exagerada a los celos descomunales que «He» siempre había tenido de «H» desde el principio de los tiempos. Chasqueó la lengua con disgusto. «He» era el maestro del engaño. Y lo peor era que los nobles estaban de su parte.
    «Ne» rompió el silencio:
    —Se abre el turno de palabra.
    «Li» subió al estrado. Era miembro de los 3 pilares, junto con «He» y «H». Por ello, su opinión resultaba de vital importancia, pues podría inclinar la balanza hacia a un lado u otro.
    —«H» ha sido como un padre para la mayoría de los presentes. Nos ha guiado desde tiempos inmemoriales, con sabiduría y sencillez. Pero, inevitablemente, el poder corrompe. Voto que se le destierre por un par de milenios, para que recupere la humildad. —No había un deje de compasión en su voz, solo la más pura frialdad.
    A «O» se le cayó el alma a los pies. Si tan solo pudiera salir ella a defender a su amado… Pero no la consideraban “imparcial”. La impotencia estaba a punto de consumirla.
    «F» reemplazó a «Li».
    —Hablo en nombre de todo el grupo VII cuando digo que estamos muy decepcionados. «H» ha cometido un error, sí. Y debe pagar por ello. Pero no podemos desterrarle. Nos hace más fuertes. Él es el único que ha sido capaz mediar con nuestros amigos ancestrales en disolución. Le necesitamos. —Todos los miembros de los grupos I y II asintieron con la cabeza.
    —No es motivo suficiente. Petición denegada —sentenció «Kr».
    Entonces «C» hizo su aparición, acaparando todas las miradas. Hasta los nobles la saludaron con respeto. Todos esperaban expectantes sus palabras.
    —¿De verdad estaríamos aquí hoy si no fuera porque «H» ha desafiado a «He»? Le pese a quien le pese, «H» es el ser más grandioso que haya existido jamás. En mayor o menor medida, todos dependemos de él. ¿Acaso conocéis a alguien más servicial, más polifacético? El verdadero crimen sería apartarle de nosotros. Y en cuanto a su castigo, bastaría con controlar rigurosamente la generación de tritio y su uso. Sin tritio, no hay bomba H. No tengo nada más que decir.
    Y así fue como «C», sin despeinarse, aseguró la vida de su decendencia.

    LA OPORTUNIDAD

    LA OPORTUNIDAD

    Le urgía averiguar de que forma podría solventar la cuestión. Eran casi noventa días encerrado en el mismo espacio y ahora, alguien anunciaba que había que volver. Aquel artículo de prensa hablaba del regreso a las aulas, aunque no se especificaba nada más.
    —¿Volver de nuevo? Pero… ¿cómo hacerlo?, ¿qué medidas de seguridad tendrían planificadas para alumnos y alumnas, profesorado, personal del Centro, personal de limpieza y familia. Desde luego—pensó—no creo que estemos preparados para enfrentar una situación semejante, por lo que es necesario encontrar una estrategia que evite una vuelta prematura.
    Lo tuvo claro, su objetivo: recurrir a la ciencia, una ciencia tecnológica que pudiera dar la oportunidad a una educación desde casa.
    Esta idea conllevaba un problema de dinero, un factor fundamental a tener en cuenta en cualquier plan a desarrollar; sin duda, ciencia y dinero se presumen muy cercanos y es bien conocido que cualquier nvestigación o producto tecnológico conlleva un alto coste.
    —¿Cómo organizarlo?—se preguntó. Su mente no cesaba de discurrir posibles ideas, caminos y circunstancias que pudieran aliviar la situación, para muchos, insostenible. De aquella reflexión surgían ciertas preguntas pendientes de una respuesta.
    —¿Podemos crear una aplicación de uso multitudinario, con un formato educativo?—se dijo a sí mismo. Un espacio en la red que pudiera retroalimentarse de los miles de aplicaciones que se pasean por ella. Se les podría solicitar colaboración a aplicaciones en este momento puntual en el cual nos encontramos y una vez superada esta situación, ellas podrían comercializarla para empresas privadas e instituciones interesadas.
    —¿Un aula virtual? —se dijo entusiasmado—. Las aplicaciones de realidad aumentada, podrían proporcionar los avatares de cada uno de los alumnos y del profesorado. Ello permitiría tener un espacio donde se formularían miles de dudas y preguntas haciendo que la enseñanza se dirigiera en halas de un recorrido más motivador y dónde nadie se sintiera solo en su proceso de aprendizaje.
    —¿Quién elaboraría esos contenidos, haciéndolos mas cercanos, más divertidos?, ¿quién produciría la grabación de esas lecciones? —siguió preguntándose— Contenidos que irían desde la más simple agrupación de sumas contadas con muñecos y personajes infantiles, a las más enrevesadas de las operaciones con integrales. Los adolescentes, ellos podrían ser la pieza fundamental. Ellos colaborarían creando esas materias, en una cadena sucesiva hacia niveles inferiores al de cada uno de ellos y a estos les precederían profesionales que a su vez les crearían los suyos.
    — Pero, ¿qué hacer con los rezagados?, con esos a los que les encanta jugar a lo videojuegos por encima de cualquier deseo de aprender; para quienes pasar las páginas de un libro resulta una pesada carga?—, murmuró en voz baja.
    Decidió que el recurso pasaría por establecer estamentos de aprendizajes donde para subir de nivel tendrían que superar pruebas que los llevarían al limite de su capacidad de imaginación: fases superadas a través de pasadizos secretos, misiones para socorrer a heridos en una situación de guerra; aventuras para descubrir claves secretas; donde las operaciones matemáticas; los conocimientos históricos y geográficos, biológicos , químicos,… serían las monedas de cambio. Nadie podría pasar de nivel sin haber superado antes el anterior. No es una falacia que el sueño de todo jugador es ganar, y aquí solo seria posible ese triunfo a través del aprendizaje. Cada nivel inundado de pruebas que le harían merecedores de alcanzar la siguiente . Ya no se trataría de robar bancos, o matar policías, sino de descuartizar problemas hasta hallar la solución; de crear ideas inspiradoras para la humanidad. Sería cambiar el horizonte dañino que algunos juegos promueven por una sociedad más solidaria y humana.
    Aún le quedaba una cuestión a tener en cuenta y que le instaba a ser resuelta: ¿cómo poder solucionar el problema de los alumnos que se verían solos en sus casas, porque sus padres debían acudir a sus trabajos.
    Una nueva idea vino a hospedarse en su mente. Era una realidad que muchas familias por causa de la pandemia habían perdido sus trabajos y carecían de ingresos. Así pues una solución podría llegar a través de crear una agencia de contratación de cuidadores. Estos padres verían resuelta su situación económica, al menos uno podría salir fuera a ganar un sueldo. Las personas pasarían a un registro y nuevamente, la ciencia tenía algo que decir: ”una pulsera digital” que permitiera filmar sus actuaciones, era necesario preservar la seguridad de esos niños; y aunque algunos hablaran de coartar libertades, solo la empresa y sus padres podrían tener acceso a la información.
    El timbre de su despertador le despojó de su sueño, solo tenía media hora para prepararse. La Ministra había zanjado la cuestión, el profesorado acudiría tres horas por la mañana con quince alumnos en aula y tres horas por la tarde para el resto. “… mascarillas y gel en la maleta”.

    La "O" del fotón

    La "O" del fotón

    Recopilando, a lo mejor, mi vida no era tan dura. Despertar con el gallo e ir a dormir justo a tiempo para despedirme de la luna. En días claros, trabajar de sol a sol, o relajarse cuando el cielo estaba tapado; y hasta algunos días deslumbrar los espectadores con un arco iris. Pero… ¡qué descanso! Viajar sin tregua y acabar, por un error ortográfico, tumbado en el suelo de una casa de Japón. Cambiar una “O” por una “U”, al final, no es tan grave, si eres un fotón.

    La Araucaria Milenaria

    La Araucaria Milenaria

    Ráfagas de un viento enrarecido por el aroma de la combustión anuncian mi final. Llueven cenizas a mi alrededor y el humo ya vela el sol ¡Mi peor enemigo me tiene finalmente rodeada! Puedo oler cómo se consume la corteza de mis vecinas. Oigo como sollozan y crujen al sentir la mortífera caricia de las llamas. Siento tristeza por ellas, ¡la mayoría no ha visto ni cien primaveras! Pero este fuego es implacable. Devora con ansia nuestra materia, liberando en cuestión de minutos la energía solar y el CO2 que durante tantos años fuimos atrapando en nuestros tejidos mediante la fotosíntesis.

    Este no es el primer fuego que veo. Llevo aquí cerca de 3.500 años y he visto a los volcanes andinos escupir lava y cenizas las pocas veces que han despertado de su sueño geológico. En su airado despertar aniquilan las Araucarias que confiadamente se asentaron en sus laderas. No las culpo, eran piñones desorientados, lanzados a un mundo extraño por sus despreocupados progenitores. No podían saber que en este planeta todo está vivo. Incluso esos bellos volcanes coronados por glaciares. Todo depende de la escala temporal con la que se observe. A primera vista parecen inanimados, pero también están sujetos a su propio ciclo vital. Se elevaron altivos hace unos 250.000 años, durante el Pleistoceno Medio, y acabarán sus días desmenuzados por la erosión, contribuyendo a la fertilidad de los valles cercanos. Incluso una pequeña parte de los mismos, transportada por los ríos, ¡acabará en el océano Pacífico!

    Nunca en mi larga vida había sentido el calor de las llamas tan cerca como para marchitar los líquenes de mi corteza. Al crecer a una distancia prudencial de los volcanes más activos me creía a salvo. Pero llevamos casi dos décadas pasando sed. El bosque está débil y el fuego encuentra menos resistencia a su paso, logrando penetrar más profundo en el bosque. Las lluvias del Pacífico hace tiempo que se olvidaron de estas tierras y las nevadas del invierno ya no logran compensar el derretimiento estival de los glaciares. El cambio en la distribución norte-sur de la temperatura atmosférica ha desplazado los húmedos vientos del Pacífico hacia latitudes más australes. También del norte llegan noticias preocupantes: Atacama, el desierto más árido del planeta, avanza implacable rumbo sur.

    Estarás leyendo esto con preocupación, preguntándote: ¿cuál es la causa de tanto desajuste en nuestro clima? Lamentablemente has de saber que tu especie tiene bastante responsabilidad en todo esto. Ya sé que piensas que es imposible, que tú no has tenido nada que ver, que eres insignificante a escala planetaria y, además, ¡ni siquiera has pisado el Hemisferio Austral!

    Escucha al menos a esta vieja Araucaria, presta atención pues me temo que pronto arderá mi corteza milenaria. Llevo observándoos mucho tiempo desde mi atalaya vegetal. Al principio, tu especie estaba perfectamente integrada en nuestro ecosistema. Respetabais la vida y sólo consumíais lo necesario para sobrevivir. Incluso recuerdo cómo disfrutabais de mi refrescante sombra en los veranos y con los piñones que os regalaba cada otoño. Lamentablemente, habéis cambiado mucho y ya no recordáis nada de aquello. Ahora tenéis la mente de plástico y metal. En los últimos dos siglos habéis adoptado un ritmo de desarrollo vertiginoso y consumís de manera compulsiva. Habéis pasado ya el umbral de los 7,7 billones de personas y os seguís multiplicando a un ritmo insostenible. ¡Estáis dilapidando en un abrir y cerrar de ojos la reserva mundial de combustibles fósiles! ¡Esa reserva representa miles de años de energía solar y CO2 capturados por mis ancestros! Por saciar vuestra interminable sed de energía, habéis contaminado la atmósfera, alterando el patrón de los vientos y el equilibrio energético planetario. La sequía en nuestro bosque no es un hecho aislado, está sucediendo en latitudes medias de todo el planeta y es consecuencia de estos desarreglos del clima.

    Os consideráis la especie más inteligente del planeta y, sin embargo, os comportáis como el ser más simple conocido, ¡un virus! Tan primitivo que existe debate científico sobre si realmente es una estructura biológica viva. Un virus se multiplica exponencialmente hasta que agota los recursos de su huésped, destruyéndole en el proceso. Después, pasa a un estado inerte, el virión, hasta encontrar una nueva víctima. ¿No os resulta familiar ese crecimiento exponencial y descontrolado? ¿Os habéis parado a pensar que, al igual que una célula, la Tierra tiene recursos finitos? ¡Os recuerdo que no tenéis más planetas ni la capacidad de convertiros en viriones!

    Por fortuna, vuestro destino aún está en vuestras manos. Todavía podéis enderezar el rumbo hacia un Desarrollo Sostenible, pero esta oportunidad se perderá si no actuáis ya de manera decidida. De ello dependerá que seáis recordados como la especie más prodigiosa de nuestro planeta o como un simple virus.

    La bata de Diógenes

    La bata de Diógenes

    Son las ocho de la tarde y llueve a raudales. Me cuesta mantener los ojos abiertos después de doce horas en el laboratorio. “Hay que terminar esta maldita tesis”, me repito, “Espero que estas largas jornadas durante mi doctorado den su fruto”, “¡Pobre iluso!” me contestaba en voz alta. Desde luego, la presión del último año de doctorado, los fondos de la beca agotándose y los pasados mensis horribilis en cuanto a resultados, no ayudaban al optimismo.
    “Dejo este gel de proteínas tiñéndose en azul Coomassie y me largo”, me dije. Mientras vierto la solución mirando al tendido, me quedo pensando lo simples y elegantes que son algunas técnicas. Una simple corriente eléctrica, había separado una sopa de proteínas en un gel y esta solución azul me las iba “pintar”, así podría identificarlas. El sonido de un chorro me devuelve a la Tierra, y veo un charco azul marino creciendo sobre la bancada y gran parte de mi bata, con el gel de proteínas en el suelo. Mierda. Al menos no hay nadie para reírse de mi torpeza. Me hago con una generosa cantidad de papel e intento arreglar el desastre. La peor parte se la ha llevado la bata, por lo que la lanzo al cesto de la limpieza. No es mi día, una vez más. Mi cama me está llamando, mañana será con bata y energía nuevas.

    Al día siguiente, y después de unas merecidas diez horas de sueño, lujo que no me había permitido en los anteriores meses, me dispongo a entrar al laboratorio y reemprender mis quehaceres. Lo primero, conseguir una bata limpia. Le pregunto a Julián, técnico del laboratorio - Menudo Picasso te marcaste ayer con tu bata, ¿eh? Me temo que no quedan batas limpias, solo he encontrado esta por ahí tirada – me tendió una bata que en algún momento del pleistoceno podría haber sido blanca y un aroma a antigüedad me embriagó – ¿De quién es “esto”? – pregunté – Con lo vieja que parece, puede que sea del mismísimo Diógenes o de alguien con su trastorno – respondió con sorna. Al menos tenía una bata. Me puse manos a la obra con energía y ambición renovadas, sensaciones que había olvidado.
    Me disponía a analizar la respuesta de células inmunes que había “cabreado” induciéndoles inflamación, y bañándolas luego en medio con distintas dosis del fármaco central de mi tesis, pretendía averiguar qué “moléculas informativas”, llamadas citoquinas, habían emitido mis pequeñas. El experimento era sencillo si lo miras desde fuera, solo aspirar y verter pequeñas cantidades de líquido (como la mayoría de mis experimentos) pero con un principio complejo. Sencillo, elegante y, muy largo. Seis horas de experimento después, analizo cuántas y qué citoquinas han producido las células, simplemente midiendo el cambio de color en el líquido. Para acceder al lector de placas, cinco minutos de cortesía mientras Windows XP carga en un ordenador tan vetusto como mi nueva bata, y obtengo una tabla Excel llena de números. Dos horas de estadística y… “¡¡¡Eureka!!!” grité emulando al filósofo griego. Primeros resultados que tienen sentido en meses, por fin un paso adelante. La excitación del momento cubrió mi cansancio, y decidí repetir el gel que había echado a perder ayer. Empecé el experimento con energía y, dado al calor propio de una tarde de verano, sin bata. Desafortunadamente, el resultado fue catastrófico: ni rastro de las proteínas, había cometido un error en alguna parte. ¿Sería que no llevaba la bata de Diógenes? Fue un pensamiento irracional, pero me llevó a arrugar la bata con rabia y lanzarla contra la bancada. Me fui a casa enojado con la bata y conmigo mismo.

    Las siguientes semanas transcurrieron con la misma dinámica, mañanas de éxitos y experimentos bordados, pero por la tarde, sin la bata de Diógenes debido al calor insufrible, nada salía bien. Avanzaba a medias y encima con un caso paranormal, lo que me faltaba.
    Un viernes decidí despejarme y salir de cervezas con los compañeros, y les conté mi “misterio griego”. Todos echaron a reír y lanzar teorías locas a la par de divertidas. Hasta que Marta, investigadora experimentada, intervino - Lo único que pertenece a Diógenes aquí es tu cabeza, no la bata ¡melón! Te salen los experimentos cuando estas descansado y concentrado. Exhausto eres un desastre, como todos - Estas palabras fueron una revelación. La presión y pasión habían desembocado en una completa falta de respeto a mi persona y salud, arriesgando mi tesis e integridad mental - Por desgracia, esta situación es más habitual de lo que debería dado la precariedad en la que trabajamos, en fin… ¡Chin chin! - concluyó Marta asiendo un tercio.

    A partir de esa tarde, cambié mi dinámica y acabé mi tesis sin problemas. En los agradecimientos, incluí a Marta, otros compañeros, y por supuesto a Diógenes, por prestarme su bata y sabiduría.

    La bombilla

    La bombilla

    Si existe una operación en casa que cualquier ser humano puede realizar sin recurrir a extravagantes dotes manuales, esa es la de cambiar una bombilla. Es tal su facilidad, que a veces se han menospreciado los pasos de que consta su ejecución, con los consiguientes deslices que ello acarrea y que, por desgracia, acaban con el infortunado reparador aquejado de quemaduras involuntarias, por mor de su temeridad, o, aun peor, de electrocuciones con incierto —casi siempre fatal— pronóstico. Por ello, el habitante de la casa sita en M… prepara cuidadosamente el plan con el que llevará a cabo su misión, sabedor de que devolver la luz a un comedor o un baño no es tarea baladí, sino un profundo acto de amor hacia una vivienda que, de no concluirse con éxito, puede sumir el lugar en las tinieblas. Lo más peligroso —razona—, lo más inquietante de una casa es verla conquistada por las sombras, puesto que entonces habrá emprendido irremediablemente el tránsito de la degradación.

    Armado de una mente sosegadamente cartesiana, y desoyendo los gritos y aspavientos en los que prorrumpe el resto de la familia al saltar el diferencial del cuadro eléctrico, el héroe busca con cierto fastidio el botón de la linterna del móvil, recordando no sin nostalgia los tiempos en casa de sus padres cuando, en condiciones semejantes, se iluminaban con largas velas que le dotaban de un aire misterioso, y aun fantasmagórico, al noble acto de sustituir una bombilla fundida. En cualquier caso, la silla está ahí esperándole para auparle al techo, donde aguarda la lámpara causante del repentino cortocircuito. A medida que desenrosca los tornillos del artilugio, el calor de cristal, que todavía tiene fresco en la memoria el recuerdo de la luz incandescente golpeándole sin clemencia, y la delicadeza de la operación, que no le deja olvidar ni por un momento que está tratando, al fin y al cabo, con una instalación eléctrica de doscientos veinte voltios, en definitiva, estos dos focos de calor —interno y externo— le ocasionan una sudoración excesiva, uno de cuyos desastrosos efectos secundarios es la falta de precisión en los movimientos. Dicho y hecho: los tornillos caen con estrépito al suelo, causando no poco jolgorio entre los parientes que asisten como meros observadores a la labor de un solo hombre, hombre que les devolverá la luz cual flamante Prometeo.

    Al retirar el cristal, se pueden ver mejor los estropicios de la avería. El hilo de la bombilla semeja una masa oscura que se ha fundido en el interior, probablemente por efecto del altísimo calor disipado casi instantáneamente. Con premura y al mismo tiempo con esmero, el aprendiz de electricista instala un foco nuevo, un modelo más moderno que el anterior, mientras piensa, aliviado, que quizá esta vez la bombilla durará mucho más tiempo y puede incluso que le sobreviva, porque ya se sabe que los objetos manufacturados en la actualidad muestran una durabilidad muy superior a los antiguos…
    Por fin, alguien acciona el interruptor y la claridad vuelve a inundar las entrañas de la casa-mundo. Fiat lux!

    La Chispa de la Vida

    La Chispa de la Vida

    Frente al espejo, conforme caía la sotana por su cuerpo, Sabino se imaginaba dentro de un ataúd descuidadamente amortajado. Al entrar en la iglesia ocultando el hábito bajo un abrigo de tres cuartos, el párroco le informó de que aún faltaban unos minutos para comenzar la misa; no tuvo tiempo de decir nada más antes de acabar amordazado.
    Con el templo hasta la bandera, Sabino disculpó al cura titular por la indisposición que impedía su asistencia y comenzó la misa advirtiendo a los asistentes de que escucharían un relato que cambiaría sus vidas y especialmente la de aquellos que no eran creyentes. Comenzó:
    ¨Todos los seres vivos de La Tierra estamos fabricados con los mismos materiales, desde los humanos hasta las moscas, pasando por bacterias y plantas, compartimos idénticos mimbres que dan lugar a cuerpos distintos según la técnica de tejido. Todas las formas de vida terrestres comparten un origen común, un primer ser vivo, un pionero con el que apareció la vida, un ser antes del cual, un segundo antes de su aparición, incluso una millonésima parte de segundo antes de su nacimiento, no había vida. Podemos imaginar un planeta inerte hace millones de años en el cual, en algún lugar, una serie de elementos químicos se combinaron para formar algo vivo, capaz de alimentarse y producir otros seres muy parecidos o idénticos a aquel. Algunas de estas criaturas fabricaban copias de sí mismas con errores, mutaciones que daban lugar a seres vivos defectuosos que no prosperaban, pero en una ocasión una de esas copias resultó ser viable, había surgido una nueva especie, había comenzado la evolución. Repetido este proceso millones de veces a lo largo de millones años, el resultado fue un planeta con multitud de formas de vida.
    La ciencia nos explica esto y también nos dice que es imposible que así sea. Ese breve instante en el que surgió todo, ¨La Chispa de la Vida¨, sólo ha tenido lugar una vez en la historia de la tierra, la cual tiene varios miles de millones de años, a su vez con una cantidad de millonésimas de segundo incontable. Si lanzamos una botella de plástico al aire cien veces, y sólo una vez cae al suelo quedándose de pie, podemos decir que la posibilidad de que eso haya sucedido es una entre cien. Si entre los trillones de trillones de millonésimas de segundo de existencia de La Tierra sólo en uno de ellos surgió La Chispa de la Vida, podemos decir que la posibilidad de que esta exista es de una entre trillones de trillones, lo cual, aplicando la lógica estadística significa que es imposible.
    Es imposible, hermanos, que exista vida en La Tierra y sin embargo existe. Sólo algo sobrenatural es capaz de hacer que exista algo imposible. La única manera de conseguir que suceda algo imposible es hacerlo de forma intencionada, porque lo imposible no aparece por azar, de modo que algo o alguien deliberadamente provocaron la aparición de la vida, y no lo digo yo, lo dice la ciencia.
    Amemos al señor¨.
    Después de unas semanas una ola de devoción había barrido el planeta. Sabino abrió los portones y accedió al balcón sobre la plaza abarrotada de gente emocionada. Comenzó la que iba a ser su última misa:
    ¨La Chispa de la Vida no tuvo lugar en una sola ocasión, ha sucedido más veces, muchísimas veces, incluso en este mismo momento está ocurriendo en diversos lugares del planeta. Os preguntaréis, hermanos: ¿Cómo es entonces posible que todas las especies del planeta demos la sensación de tener la misma base, la misma estructura molecular; el mismo origen? ¿Por qué no existe entonces alguna o varias formas de vida radicalmente distintas en cuanto a su composición y estructura químicas? Amigos, la vida no es más que la culminación del ciclo químico del átomo de carbono, que en determinadas condiciones ambientales finaliza con la formación de estructuras capaces de replicarse a sí mismas, obteniendo para ello del medio exterior la energía necesaria para completar este proceso. La aparición de vida es fruto de una reacción química mucho más sencilla de lo que parece.
    No somos algo creado voluntariamente, somos hijos de las estrellas, de nadie más, quizá de una supernova; somos estrellas recicladas.
    El ciclo del carbono se completa por todas partes en el universo, mucho más cerca de lo que pensamos y de forma idéntica a la que conocemos.
    No estamos solos en el universo y todos los que estamos somos iguales.
    Hermanos, dijo; Dios no existe¨.
    Sabino culminó así su obra, había conseguido captar la atención de la humanidad para explicarle que sus creencias eran absurdas. En la hoguera no ardieron sus uñas, piel, pelo y ojos; delicadamente arrancados a la vista de todos.

    La ciencia invisible

    La ciencia invisible

    Me comunicaron el destino un par de meses antes. Difícil imaginar que terminaría recibiendo aquella beca; aún más complicado organizar todos los detalles relativos al viaje. Las islas encantadas me esperaban pacientemente a ocho husos horarios de mi hogar, un vuelo de quince horas con escala y las temperaturas propias del ecuador del mundo. Desembarcamos a primera hora de la mañana a pesar de que el sol despuntaba férreo; y la brisa mecía ligeramente mientras cruzábamos el canal de Itabaca.

    Las opuntias poblaban sendos lados de la carretera que recorría Santa Cruz. El calor ya asfixiaba mi no acostumbrada cabeza, y mi mente vagaba lejana. El autobús desaceleró despacio mientras, con un ligero movimiento, se apartaba lateralmente. Un enorme reptil de ojos negros y rugosa piel de color naranja nos miraba, sin demasiada atención, desde la calzada. Y proseguimos hacia la pequeña población de casas bajas y calles empinadas. En dos semanas, partiríamos hacia esa recóndita isla apenas explorada.
    ···
    El Sierra Negra atracaba en puerto esa misma noche. Apenas el sol se marchaba, ya nos encontrábamos con los víveres cargados, la lancha guardada y las amarras liberadas. El cielo se bañaba en estrellas; la luna observaba. La tripulación, preparada. Un viaje de doce horas aguardaba. Y sentí el viento rozar mis párpados mientras nos alejábamos del muelle. El cielo me sirvió de techo aquella noche, y las olas rompieron con fuerza mi sueño, bañando de anhelos aquellos momentos de incertidumbre que crecían ante mis ojos.

    El helicóptero realizó maniobras durante todo el día. Tuve la suerte de sobrevolar el cráter del volcán, postrado como un caldero a punto de ebullición encendido sobre un fuego verdoso. Revisamos el terreno, descargamos el material, y montamos el campamento antes del anochecer. Catorce tiendas de campaña presidían la ladera oeste de una isla que nunca había conocido población humana. Nuestra misión era encontrar aquel pequeño ser extinto desde hacía décadas. Contábamos con un equipo de cuatro científicos, nueve guardaparques y un cocinero. Nos esperaban diez días de expedición programada.

    Sin embargo, los días pasaban y los resultados, inexistentes, poblaban nuestras almas. Puede que aquellos bichos ni siquiera existieran, podía haber sido, tan solo, una falsa esperanza. A escasos días del regreso, con la desolación anclada a los talones, los cuerpos cansados y las fuerzas flaqueando. Aquella noche cenamos sin demasiadas ganas, mientras el cielo parecía fundirse en una espesa neblina que impedía observar las estrellas. Apenas dormimos. Apenas, siquiera, concebimos el peligro.

    Nos despertamos mareados, con la extraña sensación del desconcierto y un cielo cada vez más negro. Comenzamos el recorrido tras el desayuno, los GPS activados, los zapatos ajustados. Tan solo caminamos media hora, cuando lo oímos. Lo sentimos. El terror inundó nuestros cuerpos. El suelo temblaba, el cielo resonaba.

    La cumbre entraba en erupción.

    Comenzó la incertidumbre, las caras pálidas de mis compañeros. El abrumador suceso. Harían falta, al menos, quince horas para que el barco llegara a la costa. Debíamos cruzar, por lo tanto, todo el perímetro de roca volcánica hasta el extremo norte para ser rescatados. Activamos el GPS, trazamos la ruta, nos comunicamos. Avanzábamos deprisa, la roca volcánica cuarteaba nuestras suelas, los espinos rasgaban las ropas. Comenzaba a llover. La tensión abotargaba los tímpanos. A punta de machete abríamos paso entre la vegetación salvaje.
    Llegamos a un llano, giramos a la derecha; seguíamos el camino cuando, de repente, algo me proyectó contra el suelo. Caí en un estrepitoso golpe, pero poco me importaron las razones. Ahí estaba. Un gigantesco especimen me miraba perplejo. Y, sin embargo, perpleja me quedé yo al observar cómo se esfumaba antes mis ojos. Como por una magia no escrita, su piel, antes tangible y rugosa, se había esfumado de forma volátil y sencilla. Afortunadamente, pudimos seguir sus pasos, palpar su cuerpo y agarrar sus extremidades. El grandioso animal, ante la presión ejercida sobre su cuerpo, fue tornándose ligeramente visible, camuflado por un tono primero ocre para convertirse en verdoso. Conseguimos sacar una muestra de sangre, raspar un poco de tejido, y fotografiar su aspecto. Seguimos corriendo como alma que lleva el diablo sin pensar demasiado en lo que acabábamos de presenciar, sin la menor idea de a qué podía deberse aquello.

    Tardamos ocho horas en llegar a la costa norte, tres en evacuar a todo el personal a la isla contigua en una pequeña balsa de costas. El tiempo corría en nuestra contra. Los estruendos rugían cada vez más fuerte en el amparo de una noche que ya parecía preverse infinita. Nos acomodamos en la pequeña cabaña de los guardaparques costeros, y llevamos así toda la noche observando el volcán rugir en la distancia, la lava descender por la ladera, y alternas explosiones inundar el cielo. En mi mano, aguardo el pequeño maletín con las muestras. Estamos, sin duda, ante un gran descubrimiento.

    La ciencia nos rodea

    La ciencia nos rodea

    Sentada sobre mis piernas cruzadas, observo la amplia paramera de la Sierra Norte de Guadalajara, que se extiende ante mis ojos. Las encinas dispersas manchan el paisaje semiárido de montaña, acompañadas por matorrales olorosos como el tomillo, el espliego y la lavanda que empiezan a estar en flor. Pocas sabinas o enebros quedan, debido al uso tradicional agrario y ganadero extensivo, que aún perdura en algunas zonas colindantes cuyos cultivos de trigo, cebada y girasoles tiñen las lomas y altiplanos de verde y amarillo en verano. El verde sombrío de las encinas contrasta con la tierra rojiza de las areniscas del Buntsandstein y sus afloramientos calizos o piedras-vaca, como me gusta llamarlas desde pequeña. Las piedras-vaca son claras y porosas, afloran desde el suelo como planchas redondeadas de suficiente tamaño para poder tumbarte a ver las nubes y no mancharte de verdín. Las manchas oscuras son debidas a la proliferación de líquenes crustáceos, dándoles ese aspecto característico que recuerda al pelaje del rumiante. Y hablando de rumiantes ¿Aquellos desprendimientos en las cortezas de las encinas podrían ser marcas de territorio hechas por corzos? Es época de apareamiento y están aventureros y revoltosos.

    El sol brilla con esplendor, aunque lleva toda la mañana jugando al escondite, tímido detrás de algunas acumulaciones nubosas. Así son las primaveras en este clima ultra continental térmico. Estás en manga corta y de repente una nube tapa el sol, se levanta una brisilla que te eriza la piel y de camino a casa empiezan a caer unas cuantas gotas, las suficientes para terminar empapándote. ¡Viva la loca primavera castellana! ¿No estarán multiplicándose y extremándose estos episodios de inestabilidad atmosférica?

    Menos mal que cuando llego a casa, construida a base de arenisca y arcilla, con vigas de madera y tejas naranjas, está encendida la chimenea. El chopo arde bien, bueno para dar vivacidad al fuego iniciado por las piñas. El relevo final lo coge la leñosa encina, que tarda más en prender, pero al contrario que la madera del chopo, que enseguida se consume, tiene mayor duración y calienta más intensamente. Me pregunto cómo influirá la fisiología de la madera y las diferentes concentraciones de nutrientes en el tronco para crear capacidades ignífugas y caloríficas tan dispares.

    Y de repente, vuelve a asomarse el sol, bien juguetón como el jilguero, piando de risa observando a una pareja de herrerillos comunes, muy concentrados en su primera cita, volando de rama en rama del ciruelo, con cuidado de no chocarse con sus flores blancas y densas. Además del ciruelo, mi madre, gran amante de la agricultura ecológica y de autoabastecimiento ha sembrado zanahorias, cebollas, coles, patatas, ajos y más adelante calabazas, tomates, judías verdes y calabacines. Aquí no se desperdicia suelo fértil poniendo un jardín con césped. Curiosamente, la lechuga, el perejil, la hierbabuena y la acelga nacen solas. Podría ser debido a tantos años de uso agrario del huerto y que aún posea simiente de otros años, alguna que otra semilla extraviada, que por condiciones ambientales y edáficas se hubiera quedado dormitando. También estas plantas, y sobre todo la acelga, podría haberse naturalizado en este microhábitat, creciendo de forma autónoma.

    Preparo un té y expongo a mi padre las observaciones y posibles hipótesis que plantea mi cerebro de científica, que busca automáticamente posibles explicaciones a todos aquellos fenómenos observados en el entorno que me rodea. Mi padre toma un sorbo de té y me mira, al otro lado de la mesa, como si se me hubiera fundido un cable o necesitara una buena siesta. A lo mejor, deberías disfrutar más del fin de semana -me dice- aprovechar los días libres y despejar la cabeza de tanta ciencia.
    Considerando sus palabras, pienso por un instante que a lo mejor lleva razón. Mejor no darle más vueltas en este fin de semana a los rasgos funcionales de plantas y cómo interaccionan con las funciones y servicios ecosistémicos y al papel, cada vez más fundamental de la microbiota del suelo, que con su hilos invisibles controla, más de lo que nos imaginamos, los grandes procesos biogeoquímicos que rigen los ecosistemas globales. Total, hoy en día todos los predoctorales que estamos haciendo una tesis, a ojos de la sociedad, estamos un poco pirados.

    Sin embargo, no me dejo amedrentar. Silenciosa y decidida, segura de mi criterio, me giro hacia la ventana con el té humeando, bien caliente entre mis manos. A través de ella me asomo al mundo y sólo veo ciencia. Veo ciencia rodeándonos y esperando a que nos hagamos las preguntas correctas y así, pregunta tras pregunta, respuesta tras respuesta, revelar los misterios del universo.

    La Ciencia, otra manera de hacer magia

    La Ciencia, otra manera de hacer magia

    En un mundo poblado por la magia, magos, brujos y dioses son capaces de realizar cosas
    realmente increíbles que escapan a mi razón.
    Mi nombre es Aurelio, y no, no nací con magia. Hecho que me relegó en un segundo plano. En
    un sistema que se basa todo en la magia y los poderes sobrenaturales, mi presencia era un
    mero estorbo.
    Tenía que trabajar más duro que los demás, ir a todos lados corriendo pues las escobas
    mágicas no funcionaban conmigo, ni tampoco me hacían caso los animales, tales como
    caballos, huargos o dragones.
    Pensé que mi suerte no iba a cambiar, que no podría progresar como los demás. Sin embargo,
    por fortuna recibí un regalo que guardaré como oro molido el resto de mi vida.
    Trabajando un día para el señor Ordoñez, éste me pidió que vaciara su almacén. Para mi
    sorpresa, estaba lleno de libros, pero no eran de magia. Eran libros antiguos de pasadas
    civilizaciones. Eran libros de un género que hasta aquel día no había oído nunca: ciencia.
    Antes de tirarlos comencé a leerlos, entonces comprendí, que nuestros antepasados
    inventaban artilugios para hacer las cosas más fáciles. Aquellos libros hablaban de gran
    variedad de fenómenos físicos y químicos, matemáticas, mecánica, electricidad, ingeniería de
    los materiales… un sinfín de títulos que cada vez más me llamaban la curiosidad.
    Le pedí al señor Ordoñez que yo quería aprovechar esos libros llevándomelos a casa para
    leerlos y aprender.
    -Chico, la ciencia no se usa ya, ¿vas a perder el tiempo en eso? Puedes hacer lo que quieras, yo
    no los quiero. Son todos tuyos.
    Aurelio por un momento pensó que Ordoñez tenía razón, era como aprender una lengua
    muerta, no serviría de mucho. Pero se rehízo a su idea de que podrían servirles de utilidad,
    solo había que encontrar modo.
    -Gracias señor Ordoñez.
    Aurelio se los llevó todos a su casa. Los tuvo que usar de taburete, había abarrotado su casa
    con ellos y ahora el que no cabía era él.
    Pasó la noche en vela escudriñando las páginas. Estaba atrapado en la lectura. Empezó a
    querer experimentar lo antes posible pero antes de pasar a la acción debía adquirir
    conocimientos mínimos, de lo contrario su aprendizaje sería ineficiente.
    Al día siguiente Ordoñez lo vio cansado.
    -Por la cara que llevas hijo ¿No me digas que te pasaste la noche leyendo?
    El chico asintió.
    -Puedes hacer lo que te plazca, pero estas son tus horas de trabajo, no quiero medias tintas,
    ¿entendido?

    -No se preocupe. Puede estar tranquilo.
    Aurelio siguió estudiando en sus horas libres. Comenzó a realizar sus primeros experimentos,
    pero ninguno salió a buen puerto. No contaba con material y muchas veces echaba en falta
    una mano extra.
    Ordoñez lo vio un día tirando los libros al cubo de la basura.
    -¡Eh chico! ¿Qué crees que estás haciendo?
    -No sirven de nada señor, todo lo que hago fracaso, no merece la pena. Usted tenía razón.
    -Deja de decir chorradas chico! ¿Qué creías? ¿Qué podías aprenderte todo eso en unos meses
    y hacer maravillas? Te equivocas.
    Aurelio lo miró fijamente.
    Ordoñez se rio.
    -Recoge todo eso y vente conmigo.
    Ordoñez condujo al chico a su casa. Allí le enseñó un vehículo que Aurelio había visto en sus
    libros.
    -¿Esto es un coche? – preguntó Aurelio.
    Ordoñez asintió.
    -Es un Isetta. Quiero que lo pongas en marcha. Pero no hoy ni mañana. No hay prisa. Aquí
    tienes tu caso práctico. Quédatelo cuando funcione. Será tu sustituto a la escoba.
    -Pero yo no sé señor.
    -Lo sé. Y puede que te lleve toda la vida intentarlo y que no funcione. ¿Pero no será eso mejor
    que nunca intentarlo?
    Debo decir que después de aquel día, el señor Ordoñez, me ayudó todos los días a intentar que
    el coche funcionara. Recuerdo, dos años después, la cara que se nos puso cuando arrancó. Fue
    todo alegría. A partir de entonces, iba todos los días al taller de Ordoñez subido en mi Isetta.
    Quién sabe cuáles serán los próximos logros que puedo realizar. Sea cuales sean, hay un
    mundo científico ahí fuera que está esperando que alguien haga el próximo descubrimiento o
    desarrollar nuevas mejoras a productos existentes. ¿Serás tú el próximo?

    La cinta de Möbius

    La cinta de Möbius

    ...Había llegado a su casa. Volvió a recordar cómo se la habían jugado.

    —Nunca te fíes de las orejas picudas —le había dicho su madre—, esos pequeños diablos andan por ahí prometiendo deseos cuando lo único que buscan es divertirse. Su magia no es de fiar.

    Avanzó un par de pasos por la carretera, una línea solitaria en medio del vacío. La escena en la que dejaba su casa sin volver la vista atrás regresó como siempre, desplazando por un momento la calzada de su mente. Carlota era consciente de que su madre la observaba con ojo crítico desde la ventana mientras ella se adentraba en el camino de tierra hacia la escuela, pero sabía que las imágenes y las sensaciones que sentía no eran más que su propio recuerdo.

    Otra vez.

    Llegó a la puerta del colegio minutos antes de que empezaran las clases. Cuando paró en seco, queriendo volver, la extraña carretera sustituyó al camino de tierra ante sus ojos. Carlota ya había vivido lo que vendría a continuación y, como siempre que llegaba a este punto, maldijo a las orejas picudas.

    La niña respiró hondo, siempre consciente de la extraña carretera de asfalto sobre la que en realidad estaba desplazándose. Si caminaba, la imagen de la calzada se ensombrecía, superada por la intensidad de los recuerdos; era al detenerse cuando solo veía la peculiar carretera.

    Temiendo lo que iba a ocurrir, pero incapaz de cambiar nada de lo sucedido, Carlota esperó a que su profesor de ciencias se aproximara, coincidiendo con la llegada de un grupo de chicos de su clase.

    No era la primera vez que la niña trató de dar marcha atrás, gritar, hacer algún gesto que evitara el encuentro. Sus intentos fueron igual de eficaces que todos los anteriores. El profesor se acercó con una media sonrisa y le comunicó que su proyecto de ciencias había quedado segundo, por detrás de un trabajo sobre la cinta de un tal Möbius.

    Carlota apretó el paso para acelerar el desenlace de la escena, en la que ella preguntaba tontamente cómo había sido posible que alguien ganara un trabajo de ciencias con una cinta para el pelo. El comentario desencadenó una sonora carcajada en el grupo de niños de su clase.

    ¿Por qué no se habría mordido la lengua?

    De haber sido así, no habría aceptado la envenenada promesa de las orejas picudas. Los diminutos duendes aparecieron poco después, oliendo la desesperación de la niña. Con voz zalamera, consolaron a Carlota, prometiendo que le enseñarían lo que era una cinta de Möbius si ella aceptaba una única condición: la situarían sobre una carretera con la forma de esa cinta y ella tendría que encontrar la salida. Incapaz de prever lo que los duendes tramaban, Carlota aceptó.

    La niña avanzó una decena de pasos por la calzada, procurando apantallar su mente a los recuerdos mientras se centraba en llegar al final de la misma. El asfalto ondulaba ligeramente sobre sí mismo. En esos momentos, Carlota empezó a descender y, como siempre tras cada subida en la que recordaba la odiosa escena a la entrada del colegio, la voz de las orejas picudas resonó fuerte en su cabeza.

    —La cinta de Möbius es una superficie con la peculiaridad de poseer una única cara y un solo borde —le explicaban con su aguda voz y un tono jocoso—. Es como una carretera que se encuentra a sí misma sin necesidad de poseer curvas, recorriéndose por encima y por debajo según se avance, siempre sobre el mismo asfalto.

    —Lo que decís no tiene sentido. No entiendo de qué habláis —se oyó replicar Carlota, a lo cual respondieron los duendecillos:

    —Por supuesto, y no lo entenderás cada vez que pases por aquí, pues ya estás en la carretera, y cuando avances llegarás a tu casa, donde tu madre te despedirá con un valioso consejo que debiste haber seguido.

    —Lo que decís no tiene sentido —repitió Carlota.

    —Eso parece porque todavía piensas que la cinta tiene dos caras o, en tu caso, un antes y un después. Pero mientras camines sobre ella recorrerás siempre la misma superficie, y vivirás siempre los mismos recuerdos almacenados en la carretera. ¡Suerte!

    Los duendes desaparecieron y Carlota se encaminó de regreso a su casa, temiendo que le hubiera ocurrido algo a su madre, pues las orejas picudas la habían mencionado.

    Pero conforme avanzaba, la seguridad de saber lo que iba a suceder a continuación la invadió de repente. Por un lado, el inclinado asfalto lució bajo sus pies como siempre, flotando en medio de la nada. Por otro, una parte de su conciencia revivía el recuerdo del camino de tierra que la llevaba hacia una pequeña construcción de madera.

    Había llegado a su casa.

    La digestión con Pili y Mili

    La digestión con Pili y Mili

    La digestión con Pili y Mili


    Érase una vez, dos amigas, Pili y Mili, que eran inseparables desde que nacieron.
    Ellas, eran dos granos de azúcar y desde hacía un tiempo habían acabado encima de una deliciosa tarta de chocolate.

    Rosa, era una niña a la que le encantaban los dulces y un día al volver del colegio, su madre y ella pasaron por una pastelería que tenía en su vitrina una apetitosa tarta de chocolate cubierta por el más delicioso glaseado de azúcar.

    - ¡Mamá, mamá, cómprame esta tarta para merendar por favor!

    Exclamó Rosa, a lo que su mamá después de ver la buena pinta que tenía aquella tarta que reposaba en la vitrina, respondió:

    - Está bien Rosa, pero no te acostumbres que tanto chocolate y azúcar no es bueno, se debe comer variado y sano para poder estar sanos y fuertes.

    - Sí, mamá… lo sé. Comeré verduras los días que tu quieras, pero porfa compramela, porfa, porfa…

    - De acuerdo Rosa, hoy tendrás una merienda especial.

    A continuación, la madre de Rosa entró a la pastelería y compró aquella tarta que tanto deseaba su hija. Cuando llegaron a casa, Rosa fue directa a la cocina, cortó una porción de tarta y se la comió.

    En ese momento, Pili y Mili que habían visto como no paraban de moverse de un lado a otro desde que salieron de la pastelería, y ahora veían como se introducían en algún extraño lugar nunca antes visto ni imaginado, exclamaron asustadas:

    - ¡Pero esto qué es! ¿Dónde vamos? ¡¡¡¡¿Qué va a pasar?!!!

    En ese momento oyeron una delicada voz que les hablaba.

    - ¡Buenas! ¡Bienvenidas al interior del cuerpo humano de Rosa! Me llamo la digestión y voy a estar a vuestro lado explicandoos el proceso que vais a vivir.

    Pili y Mili se tranquilizaron, aquella voz parecía amigable y no tenía intención de hacerles daño.

    - ¡Por aquí! ¡Seguirme!

    Pili y Mili obedecieron y siguieron el camino que les mostraba la digestión.

    - ¡El lugar en el que estabais es la boca, espero que los dientes y la lengua no os hayan hecho daño! ¡Por aquí, seguirme! Ahora os uniréis a otros amigos que os están esperando y así formaréis el bolo alimenticio.

    Pili y Mili estaban realmente sorprendidas con lo que la digestión les iba contando.

    - ¡Agarraos que ahora vienen curvas! Vamos a atravesar la faringe y avanzar por el esófago, así llegaremos hasta el estómago!

    - ¡AAAAAAHHHHH!

    Exclamaron Pili y Mili, hasta que llegaron a una especie de bolsa en calma, y se tranquilizaron, mientras se mezclaban, con una especie de líquidos, que la digestión les contó que se llamaban jugos gástricos.

    - Ahora sois parte del quimo y nuestro recorrido continúa… ¡Cogeos bien fuerte! ¡Al intestino delgado!

    Pili y Mili estaban asombradas, aquél intestino delgado era muy largo y tenía muchas curvas.

    - ¡Madre mía! ¡Cuánto movimiento! ¡Espero que lo estéis pasando bien!
    Sin embargo, tengo que deciros que aquí acaba nuestro recorrido.
    Vosotras al ser dos granos de azúcar sois nutrientes para Rosa por lo que os quedaréis aquí y pasaréis a la sangre.
    Ahora vuestro nombre es glucosa y debéis estar contentas porque aportáis muchos nutrientes en el cuerpo de Rosa.
    ¡Solo espero que hayáis disfrutado de este recorrido! ¡Ha sido un placer haberos acompañado! Pero, ahora, debo seguir mi camino con otros amigos que me necesitan y que aún deben recorrer más lugares.

    Pili y Mili entendieron que habían cumplido su finalidad y que ser nutrientes para Rosa era algo realmente bueno, por lo que fueron muy felices y siempre recordaron aquél increíble e inolvidable recorrido junto a la digestión.

    LA ELABORACIÓN

    LA ELABORACIÓN

    Eran las tres menos veinte de la tarde cuando Sandra había reunido todos los compuestos en el laboratorio. Quiso hacerlo cuando los demás ya se habían marchado. Retransmitían un importante partido de fútbol a las cuatro y la gente quería verlo en el bar. Sus compañeros de laboratorio eran chicos y unos forofos del fútbol.
    Y también de las chicas, cosa que irritaba bastante a Sandra. Los tres jugaban en el mismo equipo, pero distaban mucho de tener el toque de balón que Sandra tenía con su raqueta.
    Ella era una chica independiente. En sociedad se sentía insegura y no buscaba citas ligeras. Por eso a veces la miraban como a un bicho raro. Venía de terminar una larga relación con un hombre casado. Pedro tenía diez años más que ella, y aunque todavía seguía amándola, el asunto se les fue de las manos. Demasiado largo de contar.

    Y de olvidar.

    Ahora se encontraba sola, sentada en un taburete frente a una ancha mesa de laboratorio. Su largo y ondulado pelo castaño lo tenía bien recogido. Hoy se había arreglado un poco, y aunque sin maquillar, ofrecía la estampa de una interesante y atractiva mujer rodeada por un considerable número de tubos de ensayo y diversos compuestos.
    Uno contenía agua, otro cloruro de sodio, el tercero urea, el cuarto, quinto y sucesivos contenían disoluciones de mucina, lisozima, lactoferrina, glucosa, prolactina y demás sustancias que había tardado más de dos semanas en reunir y en purificar.

    No podía perder mucho tiempo. Debía tomar medidas de volumen muy exactas y algunas mezclas las debía de hacer a una temperatura determinada. A las cuatro se iba el conserje y cerraba el laboratorio.
    Empezó a mezclar: 6,8 mL de agua, 2 mL de la disolución de mucina. Luego subió la temperatura a 36,5 grados... lo tenía todo perfectamente memorizado. Cuando terminó a las tres y media miró la disolución resultante a través del tubo de ensayo final. Totalmente transparente, sin ninguna impureza visible. Se sentía orgullosa. Lo había conseguido. Ya se había intentado otras veces hasta entonces, pero ella había utilizado una técnica de purificación y aislamiento de las sustancias diferente. Si el resultado era el esperado, se podría utilizar en posteriores investigaciones médicas.

    Ya tenía la disolución artificial. Una sustancia que pretendía imitar a la naturaleza. Pero ella sabía que el equipo evaluador de la investigación le iba a pedir que estuviera acompañada por una muestra de sustancia natural para contrastar los análisis en el espectrofotómetro.

    Por eso ahora venía lo difícil.

    Había planeado pensar en Pedro. En sus abrazos. Pedro le decía que sentía amor del bueno. Le sobrevino la melancolía. Y sin saber cómo, apareció el recuerdo de aquella vez que estando los dos revueltos en la cama, en un momento que quiso incorporarse, se le resbaló una rodilla por el borde y cayó de culo, quedando patas arriba después de un piñazo contra el suelo que les hizo estar a los dos riendo a carcajada limpia durante dos minutos. Dos horas en la cama, y aquellos dos minutos fueron los que se grabaron a fuego. Lo que son las cosas.

    No funcionaba.

    Pensó en su padre, en lo mal que la había tratado desde joven porque no quiso ponerse de aparadora de calzado en la fábrica familiar de zapatillas deportivas. “¿Estudiar? ¿Química? ¿Eso para qué sirve? ¿Y cuándo piensas formar una familia?”

    Tampoco funcionaba. La rabia es lo que menos funciona para esto.

    Y entonces pensó en su futuro. Volvió a pensar en Pedro. Que le amaba de verdad. Pensó que la vida les había puesto enfrente a los dos para compartirla. Se acordó de sus últimas palabras, “espérame, en un par de meses estaré contigo, te lo prometo...”
    Habían pasado ya seis meses desde aquellas palabras. Por unos instantes se sintió sola, débil, y aunque ese sentimiento la llevaría a lo que buscaba, le dio miedo, y quiso hacer esfuerzos pensando que algún día volvería a querer a alguien igual o más de lo que ha querido a Pedro. Pero se vio incapaz... Y de repente, no pudo imaginar su futuro más allá de las cuatro de la tarde.

    Y después de unos segundos de labios apretados y fuertes emociones reprimidas, por fin, una lágrima resbalaba por la mejilla. Y otra, y otra, y otra más que caían al pequeño embudo de cristal y resbalaban hasta el tubo de ensayo.

    Ya eran casi las cuatro. No quería quedarse encerrada. Se quitó la bata y se soltó el pelo. En el pasillo, a lo lejos, vio al conserje cerrando puertas. Empezó a correr hacia la salida, más que por la prisa por la satisfacción del trabajo bien hecho, mientras su ondulado pelo le saltaba sobre los hombros.
    Recordó que a las cinco había quedado con Marta para jugar al tenis.

    La eterna búsqueda de la luz

    La eterna búsqueda de la luz

    Amanece otra apacible mañana de agosto en las Islas Svalbard. Me gustaba abrir los ojos de las primeras de la colonia y poder observar al resto de charranes árticos. Después, mirar con orgullo mi propia familia, a mis dos hijos y a su padre descansando todavía. Hace dos meses que eclosionaron, y ya alzan el vuelo con auténtica maestría. ¡Ay, cómo pasa el tiempo, pronto abandonarán el nido! Me sacudí rápido las plumas, y con ellas también aquella idea tan ñoña, ¿Qué soy, acaso una de esas perdices del final de una novela romántica?, me compuse y batí mis alas a contracorriente en dirección a mi parcela favorita del Atlántico Norte. Aquella donde siempre encontraba jugosos manjares. Era importante desayunar bien hoy, comenzábamos la migración en busca de nuestro eterno verano, y con suerte nos esperaban 700Km de travesía de una tirada. De vuelta, con el pico lleno, tres peces pequeños y muchos insectos bobos que volaban a ras de agua. Al llegar al nido, los pequeños ya aleteaban. Desayunamos. La colonia entera estaba lista, sólo tuvimos que esperar al charrán más anciano. Probablemente ésta sería su última migración y todos nos sentíamos orgullosos de compartirla con él. Llegó, y tras eso nos marchamos. Volamos sin descanso, sobre ese eterno azul, avistamos olas de grandísimo tamaño, algunas hasta nos revolcaron alguna vez cuando planeábamos persiguiendo a una presa. Fue una semana de dura travesía hasta llegar al primer gran trozo de tierra, volcán de Pico fue lo primero que vi del archipiélago de las Azores. Ahí pudimos recomponernos, y degustar algún pez espada preto entre todos los de la colonia. Todos los charranes árticos tuvimos un cónclave tras dos días en las Azores, teníamos que decidir, quiénes de la colonia irían hacia la Antártida por África, y quiénes por Suramérica. Nos dividimos, y yo bajé por la costa africana con una de mis crías. La desembocadura del río Níger en el Golfo de Guinea es quizás uno de mis puntos favoritos del paisaje, y así se lo hice saber a mi descendencia. Mira, ahí hace dos migraciones tu padre y yo compartimos pescado mientras volábamos con el viento en contra durante un atardecer precioso. Vi por primera vez la danza aérea de cortejo de tu padre, y ¿qué te voy a decir?, aquí estás como prueba de éxito. Y seguimos bajando por la madre África y el cansancio se iba acumulando en las alas. Llegamos a lo que puede ser el tramo más duro de toda la migración, el Desierto del Kalahari. A pesar de que ya era octubre, las temperaturas aún rondaban los 40 grados centígrados en las horas centrales del día, y la arena rojiza de este desierto nos entorpecía de buen grado el vuelo. Fueron duras estas dos semanas de travesía, y en este punto, ya llevábamos algo más de tres meses de migración. Llegamos al punto de inflexión, Cabo de Buena Esperanza, anuncié a los más jóvenes del equipo que ya estábamos más y más cerca del final de la migración, próximos a esa reunión con los nuestros, y a otras merecidas vacaciones de verano. Últimos casi cinco mil kilómetros antes de la costa de la Antártida. ¿Qué es eso comparado con los trece mil que ya llevábamos? Seguimos volando con nuestra ya tan acostumbrada formación en V y tras veintiún días de periplo, y alguna incidencia con los vientos pudimos ver tierra. Yo pronto reconocí el lugar donde solíamos nidificar, también otros de los charranes veteranos del grupo. Descendimos en picado hacia tierra y nos instalamos. La vida comenzó a instaurarse en ese ritmo tranquilo de aquel que sabe que le esperan unas merecidas vacaciones. Pero el tiempo pasaba y nada sabíamos del otro grupo, parecía que no llegarían para el día de Navidad. No llegaron, ni ése ni ningún otro día, y quién sabe dónde y por qué hito fueron reubicados. Quizás fue el cambio climático que desubicó una corriente de viento, o creó una nueva zona verde propiciada por unas semanas de abundantes lluvias. ¿Quién sabe? Lo único que cabe esperar es que ellos también estén buscando eternamente la luz.

    La fuerza del Nautilus

    La fuerza del Nautilus

    ¿Hasta que punto es justo que me enfade con el mar por arrebatarme aquello que el mismo me dio? Más de 20 años de estudio del medio marino y costero siciliano, tantos años tomando notas, recolectando muestras, coleccionando especímenes, y todo eso ahora descansa en el fondo marino. Una vez más el mar me muestra su implacable fuerza. Capaz de crear, dar vida, dar a cobijo a millones de maravillosas criaturas, pero a la vez tan destructor, demoledor, salvaje, implacable y sin misericordia. Nada es fácil, nunca lo fue. Una lucha continua. Primero para sobrevivir, más tarde para hacerme hueco en una sociedad que para mi era inalcanzable, luchando siempre contra los prejuicios, abriéndome camino con uñas y dientes en un mundo en el que dicen todos que no puedo permanecer por mi genero. Y todo por mi pasión, el mar, el mismo que despertó mi interés, mis ganas de saber, el que me hace levantarme cada día, y ahora el mismo que me arrebata mi trabajo sin compasión.
    Tantos años estudiándolo y apenas he rasgado su superficie. Y ahora todo está ahí abajo. Apuesto a que a más de un “caballero” de la Sociedad Zoológica de Londres no le importaría que yo también hubiese terminado en el fondo marino. Los mismos que desean que nos mantengamos encerradas en las cocinas, alejadas de sus asuntos de hombres, y centradas en las labores del hogar y del cuidado de su descendencia. Pues no seré yo una de esas mujeres.

    Por fortuna mi esposo no es uno de esos hombres. Siempre ha sido mi gran apoyo. Aunque no puedo evitar sentirme traicionada por el hecho de ni si quiera poder ponerle mi nombre a mi propio invento. “Las Jaulas de Power” las hemos tenido que llamar. ¿Las jaulas de Power? ¿A caso fue él, mi marido, el que las creó? No! Fuí yo, Jeanne Villepreux-Power, la que tuvo que idearlas para poder pasarme más horas estudiando el fondo marino y sus organismos con mayor comodidad y sobretodo lejos de miradas indiscretas. Lejos de gente que se cree con el derecho a juzgar a alguien por el hecho de ser la mujer de un noble. “Querida, pasarse el día en la playa y en el agua observando bichos, no es propio de una señora” me dicen todos. Basta!¿ A caso no hay piernas debajo de mis faldas, igual que tienen los hombres? Esos mismos hombres que se oponen a que yo sea miembro de las más importantes sociedades científicas europeas. Pero no me podrán arrebatar mis avances en el mundo de la investigación, mis descubrimientos sobre el comportamiento de mis amados cefalópodos, ni MI invento, que ahora muchos utilizan para estudiar el medio marino en sus despachos y otro incluso le dan uso como mero elemento decorativo, como si los peces que en él han introducido fuesen un simple complemento más para su hogar. Si, todo eso me lo deben a mí, y ya no me lo pueden negar. Por mucho que hiera su orgullo algunos de mis descubrimientos ¿Les molestaría menos que les corrigiese un varón? ¿si hubiese sido un hombre el que les hubiese dicho que estaban equivocados? Pues no pienso disculparme por mi esfuerzo, mi perseverancia durante años estudiando mis apreciados Nautilus. Horas observándolos, midiéndolos, dibujándolos, tomando notas. Pues no señores, no roban sus conchas cual ermitaño. Las segregan, crecen con ellos, Se esfuerzan cada día en mejorar como he hecho yo a lo largo de mi vida.
    Como el Nautilus he tenido que ir creando mi concha de la nada. Saliendo del seno de una familia humilde de un pequeño pueblo de Francia, apenas habiendo aprendido en la escuela poco más que leer y escribir, y solo con mi destreza con aguja e hilo. Fui yo la que llegó a pie hasta la misma París y de la nada conseguí llegar hasta la realeza del país.
    He de agradecer a la vida que mi pusiese a mi marido en mi camino, el mismo que me trajo hasta Sicilia y me ha apoyado en mi obsesión con estudiar el medio marino. El que me conseguía libros, estudios y medios para poder seguir avanzando. Y se lo agradezco enormemente, pero mis estudios, mis inventos, son solo míos. Aunque ahora todos mis recuerdos, mis muestras, mis especímenes, mis cuadernos que con tanto cariño y esfuerzo fui rellenando, se estén desvaneciendo en el frío Atlántico.
    En estos momentos no puedo más que sentir rabia y frustración. Quizás nunca debí haberme mudado a Londres. ¿Como voy a seguir investigando sobre el mar en una ciudad fría, gris y adoquinada? Allí en Sicilia, se queda mi corazón. Envuelto en las cálidas aguas cristalinas mediterráneas de color turquesa.

    LA GOTITA PERDIDA

    LA GOTITA PERDIDA

    Un día una familia de gotas, se disponía a hacer el famoso ciclo del agua .En la familia estaban , un padre ,una madres, un hijo, y una hija. Los padres ,ya lo habían hecho pero los hijos, que en ese momento eran pequeños, nunca lo habían hecho. Estuvieron todo el día dando el paseo , pero al llegar la noche decidieron refugiarse en un acuífero y pasar allí toda la noche.
    En el acuífero se juntaron con más familias , que al igual que ellos quería hacer el famoso ciclo del agua.
    Al llegar la mañana, fueron a desayunar. Allí se encontraron con otra familia de gotas. En esa familia había un padre ,una madre ,dos hijos y una hija. En el desayuno esas familias tuvieron tiempo para hablar ,y entonces tras un par de horas hablando quedaron en que irían juntos en el camino del ciclo del agua , las propias familias se dieron cuenta de que tenían mucho en común.
    Entonces, una vez que terminaron de desayunar fueron por un riachuelo hasta llegar al mar .Una vez que estaban en el mar la familia de cuatro integrante se fueron a saludar a sus abuelos ,que en aquel momento vivían en pleno mar,al final las dos familias , la de cuatro integrantes y la de cinco se quedaron a dormir en casa de los abuelos .
    Al llegar la mañana decidieron , que era la mejor hora para hacer la ruta del mar ,les tocaba evaporarse primero lo hizo la familia de cuatro ,en la que todo salió bien .Al llegar la familia de cinco también salió bien.
    Se encontraban en el proceso de condensación , cuando la era de noche, de forma ,que esta vez para dormir decidieron dormir en una nube. Las nubes eran unos de los hoteles más caros, pero eran los hoteles más cómodos.
    Todo parecía que iba bien hasta que en medio de la noche se presentó un fuerte viento ,sobrevivió todo el hotel , menos el hijo pequeño de la familia de cinco.
    Su familia estaba muy preocupada ,no encontraban a su hijo. Pero tenía que olvidarse y dejar el pasado atrás ,en este tipo de viajes eso es lo que podía suceder.
    Tras esta tragedia las familias decidieron separarse , y la familia de cuatro fue la primera en salir.
    Ambas familias decidieron coger una nube y de forma llegar a las montañas
    Cuando estaban encima de la montaña el piloto de la nube les dijo que ya podía bajar, entonces ,todos bajaron y llegaron a la montaña.
    Fue una gran sorpresa , para la familia de cinco, que al llegar a la montaña se encontraron con su hijo.
    Entonces el hijo les contó que se fue con una humilde familia en una nube, y que ellos le ayudaron a llegar a la montaña.
    La familia muy contenta , terminó el ciclo de agua ,y todos estuvieron siempre muy felices.

    La importancia de las pequeñas cosas

    La importancia de las pequeñas cosas

    Érase una vez un pueblo muy pequeño, situado en un prado entre terrenos montañosos. Cerca del pueblo había un bosque donde se podía encontrar cualquier tipo de ser vivo, desde aquellos con células procariotas hasta los más complejos con células eucariotas. Exacto, aquel bosque era transitado por los habitantes del pueblo a diario, que convivían con muchos tipos de plantas, animales, fungi etc…
    Durante el otoño y el invierno la gente solía ir a recoger leña al bosque para sus casas, pero aquel año muchos de ellos se quedaban unas horas de más allí, de fiesta, ensuciando aquello e incluso arrancando algunas plantas. Dejaban aquello inhabitable día si y día también, y los animales empezaron a darse cuenta, y no salían, se quedaban en sus madrigueras, nidos… Las plantas no daban sombra y estaban siempre de capa caída, tristes y oscuras. Esa primavera fue muy dura porque todo el bosque estaba lleno de basura, sin vida y las consecuencias estaban empezando a aparecer.
    El primero en darse cuenta fue el apicultor, sus abejas no daban miel, se comportaban de manera muy rara, atacándolo con frecuencia y comiendo muy poco. También se dio cuenta el agricultor, que por mucho que dijesen que la basura es buen fertilizante, en su huerto había únicamente una mata de tomates que le había dado fruto, pero eran feos e insípidos. El ganadero también se dio cuenta que su ganado actuaba raro, daba leche, pero esta era la más agría del mundo, parecía limón y así con tantas profesiones hasta que de repente en el pequeño colegio del pueblo, el maestro organizo una excursión para limpiar el bosque y explicarles a sus alumnos lo que estaba ocurriendo.
    Como los humanos habían alterado el hábitat del resto de seres vivos, cambiando sus condiciones y modos de vida, estos habían dejado de realizar las funciones básicas de los seres vivos, o lo hacían de manera distinta. Nada más llegar al bosque, los alumnos vieron que así las abejas y demás insectos no podían polinizar y por tanto muchas plantas no pudieron reproducirse, y tampoco las abejas daban miel. Con tanta basura por ahí, muchas plantas tenían dificultad de crecer en ese medio y muchos animales, como las vacas se quedaron sin comida, por lo que su leche era mucho más agria. Tanto plástico como había por el bosque no permitía al agricultor cultivar de manera adecuada, ya que había mucha contaminación en el suelo…entonces al ver todo aquello los alumnos se quedaron conmocionados y empezaron a recoger y limpiar todo. Al caer el sol el bosque estaba limpio. Los animales estaban muy sorprendidos y empezaron a salir y jugar con algunos niños, de repente empezaron a brotar plantas del suelo y el bosque había recuperado toda su vida y su esplendor gracias a la ayuda de los niños que habían devuelto la normalidad al bosque.
    Los niños aprendieron una lección muy importante ese día, no podemos alterar los ecosistemas o hábitat de los seres vivos a nuestro antojo, porque cualquier cambio que no permita a los seres vivos hacer sus funciones básicas alterarían la vida de los humanos, haciendo esta mucho más complicada.

    LA ISLA

    LA ISLA

    La joven despertó bajo los cálidos rayos que rociaban la isla y permaneció quieta por un momento, pensativa. Largos habían sido los años esperando en convertirse en exploradora: años de caminos sinuosos sobre atajos rectos, años de contemplar al mar hasta la última luz. Muchas habían sido las miradas de desaprobación con las que se había topado, y sin embargo estaba allí, ella, fuerte y segura como la roca sobre la que pisaba. Aquel día, en el que todo empezaba por fin, no sería diferente.
    Luego de alistarse, cruzó el umbral de su pequeña vivienda, ubicada sobre un leve promontorio desde el cual se obtenía una hermosa vista del océano, y por poco atropelló a la encorvada y misteriosa figura que la aguardaba allí. El visitante vestía un ligero manto carmesí cruzado sobre los hombros, y las sombras de la mañana ocultaban una cara protegida por una capucha del mismo color. Sostenía algo con delicadeza entre sus brazos plegados.
    --¿Tú eres la nueva?-- preguntó algo bruscamente, plantándose delante de ella. A la muchacha, estupefacta por el repentino encuentro, le pareció que el extraño intentaba sonreír sin éxito. Pretendiendo disimular la emoción en su voz, contestó:
    --Sí, soy…
    --¡Perfecto! --la interrumpió él, acercándole el bulto que llevaba-- Póntelo.
    La joven lo tomó suavemente y lo extendió con curiosidad desde las puntas: era un manto prácticamente idéntico al del hombre. Llena de preguntas, elevó la vista, pero descubrió que su interlocutor ya había dado media vuelta y marchaba colina abajo.
    Mientras corría detrás de él, la chica se echó el ropaje por encima de los hombros, lo ajustó a su cintura y sonrió. El día no había comenzado como esperaba, pero, de alguna forma, encontraba a la incertidumbre vigorizante. Alcanzó a su guía pasados los primeros árboles del bosquecillo que antecedía a la playa, pero antes que pudiese hablarle, el hombre aceleró el paso hacia el otro lado de la espesura. La muchacha apuraba, dispuesta a seguirlo, cuando escuchó sorprendida que alguien la llamaba desde un claro.
    --¡Oye!-- la voz parecía provenir desde abajo --¡Te hemos oído! ¡Acércate!
    Extrañada, se aproximó al espacio, dominado por un ancho pozo de varios metros de profundidad. La joven se asomó y quedó pasmada: desde el fondo del pozo la examinaban una docena de personas de variada edad, todas equipadas con palas.
    --¿Quiénes sois?-- les preguntó asombrada.
    --¿Que quiénes somos? --contestaron al unísono-- Somos iluminados. Somos los que sabemos la verdad, y vemos por tu capa que eres parte de ellos. ¿Sabes que mienten, no?
    --¿A qué os referís?
    --No existe el océano --anunciaron, y señalaron en dirección al mar, donde la pared del pozo los tapaba por completo--. ¡Compruébalo! Sólo hay tierra.
    La chica ojeó desde su posición el final del camino; distinguía perfectamente el celeste del agua a lo lejos. Confundida, se despidió de los cavadores con un gesto y corrió hacia la costa.
    La recibió una visión maravillosa. A lo largo de la playa se desperdigaban cientos y cientos de figuras carmesí: algunas se sentaban inmóviles frente al horizonte; otras escribían concienzudamente en grandes pizarras; unas pocas transportaban pilas de papiros y frascos de un lugar a otro. Fascinada, también notó un cambio en su guía: de pronto parecía menos encorvado y más alto, y cuando habló, su voz era firme y sabia.
    --¡El Mar! El trabajo de un explorador yace aquí, en la frontera de todas las cosas. Somos los constructores de arena, los hacedores del camino. ¡Observa! --le dijo, señalando a un anciano al borde del agua, rodeado de rollos usados, quien en ese instante terminaba de escribir una página; éste se levantó, visiblemente emocionado. En un pestañeo de ojos, la muchacha se encontró con que cerca del viejo ya no había rastros del océano: las aguas se habían corrido una veintena de metros más allá. Las personas alrededor gritaron de alegría y se apresuraron a llenar el nuevo espacio, compuesto de tierra blanda y fértil.
    --Cada paso que damos --exclamó el guía-- lo damos sobre descubrimientos pasados. Hubo una vez en que la isla misma no existía, y el primer explorador fue el primero en pisar tierra firme. Tal vez la tierra no existe hasta que la descubrimos; tal vez no hacemos más que revelarla. Sea cual sea la verdad, debemos avanzar.
    --¿Hacia dónde?-- preguntó la chica, sobrecogida.
    El hombre reflexionó un momento.
    --Hacia adelante. Y quizás llegue el día en que la tierra ocupe todo el agua que hoy vemos, y siga habiendo mar sobre el que caminar. Entonces seguiremos avanzando.
    La joven echó un vistazo a la línea donde el cielo tocaba el océano. Pensó brevemente en el encuentro en el bosque y en las personas cavando en la oscuridad; luego, sin quitarle los ojos al horizonte, se calzó la capucha carmesí y se acercó a la orilla.

    LA ISLA DE LA CORDURA

    LA ISLA DE LA CORDURA

    En un viaje a México para estudiar a los jaguares, Adrián y sus 23 compañeros de clase se estrellaron por culpa de unas turbulencias.
    Día 2
    Hemos encontrado un pequeño campamento , hemos deducido que era de cazadores furtivos debido a la cantidad de pieles y huesos de animales que había,parecía que les habían atacado ya que había huellas de garras por todas partes pero los cadáveres no estaban decidimos quedarnos allí.
    inspeccionando el campamento tuvimos suerte,provisiones y una potabilizadora de agua.
    Día 6
    Esto se empieza a descontrolar las provisiones son escasas y hay dos muertos por picaduras de insectos
    estamos desesperados y están planteando la idea de comerse a los fallecidos.No aguanto mas esta noche me marcho con mis amigos a la costa.
    Día 11
    Hemos encontrado la costa esta aproximadamente a 10 kilómetros del lugar del impacto tardaran en encontrarnos nos hemos llevado el libro de supervivencia y hemos construido una potabilizadora. Hemos descubierto algo increíble...Jaguares parece que se han aislado del resto de islas,hemos hecho una señal de socorro con piedras por si pasara alguien.
    Día 16
    No aguanto mas desde que bebimos de aquella estraña agua me estoy volviendo loco , veo alucinaciones ,ademas a Jimi y a Tom les ha picado una terciopelo , lo único bueno es que las terciopelo habitan México por lo que seguramente estemos en alguna isla desconocida cerca de México.Yo y 2 de mis amigos estamos heridos ya que nos ataco un jaguar y Lucas nos ha abandonado.por favor si alguien esta leyendo estas nota que envié en una botella, por favor ayúdanos.

    LA LEYENDA DE CATA-YARÍ Y SU ENCUENTRO CON DARWIN EN EL SUR

    LA LEYENDA DE CATA-YARÍ Y SU ENCUENTRO CON DARWIN EN EL SUR






    Cata-Yarí, era un hombre anciano que tenía barba, cabello largo blanco, de mirada profunda y conocía túneles secretos del tiempo, dimensiones paralelas. Había un pergamino sagrado, que hablaba de un hombre blanco del viejo mundo llamado, Charles Darwin y un barco llamado el Beagle. Este hombre blanco iba a cambiar la historia de la humanidad, revolucionar el pensamiento científico. Charles Darwin iba a ser recordado por siempre como “El padre de la teoría de la evolución”.

    En Tierra del Fuego, un nativo contemplaba la llegada del Beagle. Fue a avisarle a Cata-Yarí, le dijo: « El hombre blanco, Charles ha llegado hoy ». Cata-Yarí, fue a recibirlo y le dijo: « Bienvenido Charles, te estaba esperando ». Darwin preguntó: « ¿Cómo sabe mi nombre? ». Cata-Yarí le dijo: « Lo sé porque el pergamino sagrado te menciona ». Le contó que era el patriarca de una tribu antigua. Habían sido una civilización que existían desde tiempos muy remotos. Pero habían desaparecido un día de la tierra, debido a la llegada del hombre blanco.

    Luego le preguntó Cata-Yarí: « ¿De dónde venía navegando? ». Darwin le contó, que habían pasado por la Patagonia, antes de haber llegado a Tierra del Fuego. En la Patagonia había sido picado por un bicho grande, la chinche negra de las pampas. Cata-Yarí, dijo: « Vas a necesitar ver a un médico ». Darwin dijo: « Mi padre es médico, pero no volveré a Inglaterra, hasta terminar mi viaje en el Beagle, como tengo planeado ».

    Cata-Yarí, dijo; « Sígueme, conozco un médico que puede ayudarte ». Entraron a una cueva, no veían nada, de repente a lo lejos se vislumbraba una puerta. Darwin salió por esa puerta y vio un hombre delgado con guardapolvo, escribiendo y observando algo. Se dirigió a este hombre y le dijo: « Disculpe, mi nombre es Charles, ¿es usted médico? ». Le respondió el hombre: « Mi nombre es igual al suyo pero en español, soy el médico Carlos Chagas, su acento es de un inglés ». Darwin respondió: « Sí, soy inglés, una persona me insistió que vea un médico ». Darwin le contó, que venía viajando y pasó por la Patagonia y allí lo había picado una chinche negra grande, que se alimento de su sangre. Dijo Carlos Chagas: « ¿Puede identificar a la chinche, si le muestro un ejemplar? », Darwin respondió: « Sí, claro ». Carlos Chagas, tomó un frasco que tenía con un bicho grande y le dijo: « ¿Esta es la chinche? ». Darwin respondió: « ¡Sí! ». Carlos Chagas dijo: « Hace poco realicé un descubrimiento sobre esta chinche, llamada vinchuca, el nombre científico es: Triatoma infestans. Es típica de la región de América del sur, se alimenta de sangre, este insecto es vector del Trypanosoma cruzi, un parásito, que cumple parte de su ciclo de vida dentro de la vinchuca. Cuando una vinchuca infectada con el parásito pica a un mamífero. El parásito que se encuentra en las heces de la vinchuca. Genera picazón, al rascarse en el lugar donde la chinche realizó sus deyecciones, se adquiere la infección. La enfermedad que transmite una vinchuca infectada con T. cruzi, se llama tripanosomiasis americana. Los síntomas de esta enfermedad son: malestar, diarrea, fiebre, a veces asintomática y en una etapa crónica de la enfermedad: una cardiopatía, es decir una afección cardíaca y finalmente la muerte. Pero no se asuste, desde la infección hasta que se desarrolla la enfermedad pasan de 10 a 20 años ». Chagas le dijo: « Para estar seguros si tiene el parásito debo hacerle unos análisis, mientras voy a buscar mis instrumentos, puede leer un libro ». Chagas le preguntó: « ¿A qué se dedica? », Darwin dijo: « Soy naturalista ». Carlos Chagas dijo: « Entonces tengo un libro que puede interesarle ». Tomó un libro y se lo dio a Charles y se fue. Observó Darwin asombrado el libro titulado “El origen de las especies” y cuando leyó abajo decía autor; Charles Robert Darwin, año 1859, dejó caer el libro y cruzó corriendo la puerta que lo había traído hacia allí.

    Estaba muy oscuro, Darwin no lograba ver nada. A lo lejos vio a Cata-Yarí y le preguntó: « ¿Acaso he viajado en el tiempo? ». Respondió Cata-Yarí: «¡Sí! ». Darwin le preguntó:
    « sobre la tripanosomiasis americana que descubrió Carlos Chagas, ¿se descubrirá una cura, alguna vacuna ? ». Cata-Yarí dijo: « Ni en el 2020 podrán encontrar una cura para el Chagas (tripanosomiasis americana)… porque estarán ocupados buscando la vacuna para el COVID-19 ».

    Vio que el capitán del Beagle, Fitz Roy se acercaba y Darwin dijo: « Te presento a Cata-Yarí ». Fitz Roy dijo: « ¿Es una estatua de sal? ». Darwin lo vio sorprendido y dijo: « Sí, lo es ». Miró hacia la cueva, no había rastros de la cueva, solo vegetación. Darwin, se dijo a sí mismo: « Creo que mejor no mencionaré esto en mi diario, no tengo evidencias ».

    LA LLAMA DE LA CIENCIA

    LA LLAMA DE LA CIENCIA

    Aún recuerdo aquel brillo en sus ojos, una mirada llena de ilusión y admiración por ese saber. Una mirada que acertó, como si de un proyectil se tratase, al corazón científico que había en mi interior, encendiendo de nuevo la llama de la ciencia.

    Me hizo recordar todas aquellas veces en las que mi mente se las apañaba para comprender algún concepto, para llegar a alguna conclusión, para aprender. Siempre me apasionó todo esto… ¿Qué me sucedió? ¿Maduré y acabé con mi niñez? ¿Realmente era eso lo que yo quería, o era lo que se supone que tenía que hacer?

    Con no más de 7 años, me pasaba el día leyendo cosas sobre ciencia, aprendiendo sobre lo que nos rodea, la verdadera naturaleza del universo. Tenía algunos libros sobre astronomía, paleontología, física e incluso me llegué a leer alguna novela de Julio Verne. Tenía claro qué quería hacer con mi vida, era muy feliz aprendiendo sobre lo que me gustaba, pero… Todo eso había acabado.

    Cuando pretendí hacerlo, las personas de mi entorno me lo negaron, alegando que no sería capaz, que no tendría ni la más mínima oportunidad de conseguirlo. ¿Por qué sí que soy capaz de dedicarme a cualquier otra cosa, pero no a la ciencia? ¿Qué tienen aquellas personas que no tenga yo?

    En mi resignación, destruí mis expectativas y me dediqué durante mucho tiempo a, simplemente, seguir con mi vida. Fueron pasando los años y encontré a una de las personas más importantes para mí, mi pareja. A pesar de aquella enorme espina clavada en mi alma con el nombre “Ciencia” escrito en ella, conseguí volver a ser feliz. Lo que no sabía es que aquella pasión por la ciencia estaba enterrada en mis pensamientos, no desaparecida, pues jamás se puede destruir lo que se ama.

    Años sin vivir aquello que de pequeña me hacía tan feliz, sin sentir lo que es descubrir cosas, ver el mundo con otros ojos, los ojos de la curiosidad.

    Resultaba ciertamente doloroso escuchar a alguien hablando de ciencia o de algún descubrimiento que se había llevado a cabo recientemente, pues en mi cabeza comenzaban a aparecer pensamientos, conocimientos científicos que había podido guardar en mis memorias como un valiosísimo tesoro; para, segundos más tardes, recordar aquellas voces que me dijeron lustros atrás que eso no era lo mío, y que no lo intentara.

    Fue pasando el tiempo y la vida nos dio un maravilloso regalo, nuestra hija. Quien, a pesar de su corta edad, me ha enseñado muchísimo más que la mayoría de personas que han aparecido por mi camino. Ella me enseñó a recordar aquella bonita época en el que yo tenía sueños, esperanzas y, sobre todo, curiosidad. Fue por ella por quien decidí volver a la universidad, pero esta vez, a aprender lo que de verdad me apasiona y que, a pesar de haberlo tenido guardado, siempre me ha apasionado.

    También me gustaría recordar a aquellas mujeres que, como yo, por su género, han sido apartadas de la ciencia durante toda la historia. A pesar de que nos digan que no podemos, a pesar de que nos digan que no lo intentemos, a pesar de que pretendan que enterremos ese espíritu científico y nuestra curiosidad, jamás podrán evitarlo.

    Es por todo esto que debo agradecer a mi familia, mis amistades, a todo el profesorado y el alumnado, además de los trabajadores de la universidad y toda persona que ha hecho posible que yo haya conseguido este Doctorado.

    Pero, más que a nadie, a mi hija, porque el verdadero punto de inflexión fue cuando la encontré leyendo aquellos libros llenos de polvo, que yo misma, de pequeña, había leído y disfrutado aprendiendo. Aún recuerdo aquel brillo en sus ojos, una mirada llena de ilusión y admiración por ese saber. Una mirada que acertó, como si de un proyectil se tratase, al corazón científico que había en mi interior, encendiendo de nuevo la llama de la ciencia.

    La luna sube las mareas

    La luna sube las mareas

    Estaba mareada, me dolía la cabeza, abrí los ojos y todo lo que veía a mí alrededor era agua. Estaba sobre unos escombros nadando sobre el mar. A donde fuera que mirara todo era agua. Todo se había convertido en mar. Trataba de pensar qué había pasado y lo último que recordaba era que vivía en Barcelona, que estaba estudiando repostería, que tenía una gata que se llamaba Michi y que mi mamá era profesora de Química.

    Las horas pasaron, se empezó a oscurecer y yo no podía moverme. Trataba de mantenerme firme sobre los escombros para no caerme y guardaba la esperanza de que no llegara ningún animal a comerme. Había muchos pedazos de cosas sobre el mar. Muy cerca estaba flotando un pendón roto, con mucho cuidado para no caerme estiré todo mi cuerpo y logré atraparlo. Tenía una foto de la luna muy cerca de la tierra y lo recordé: todos corrían, gritaban, el fin del mundo había llegado. Entre más cerca estén dos objetos, más grande es la fuerza con la que se atraen. Entre más cerca esté la luna del planeta, más lo atrae. Empuja los océanos hacía ella y de esa manera se forman las mareas en el mar. Los científicos afirmaron que la luna iba a estar tan cerca del planeta que las mareas iban a subir tanto que arrasarían con todo a su paso.

    La otra cara del infinito

    La otra cara del infinito

    Tiempo atrás, en el año 3766, se creó un sistema especial, que al accionarlo, te transportaba por medio de un agujero negro a cualquier parte del multiverso. Estas, eran regiones desconectadas del espacio-tiempo y por tal motivo, diferentes a nuestro universo. Pero con algo en común, un planeta similar a la tierra, con el cual, poder intercambiar a una persona enferma por su homóloga sana. Sin embargo, todo esto hizo que lo ocurrido en ese otro universo, perjudicara a todos los demás.
    Ahora en el año 5040, todos esos sistemas quedaron anulados, viéndose afectado nuestro universo y con ello, la tierra donde vivíamos, que después de lo ocurrido, se desató la guerra, destruyendo todo lo que habíamos construido y separando a los humanos, en servibles e inservibles.
    Yanira pertenecía a los servibles, pero su hermano pequeño Yael, por el contrario, era un inservible. Por este motivo, estaba siendo perseguido hasta la muerte por los llamados “Aniquiladores de basura humana”. Estos eran humanos de la segunda dimensión, y su función en la tierra Alfa 1, era la de eliminar a todos los inservibles, ya que según ellos, eran lastres que lo único que hacían, era intoxicar al planeta, llevándolo al borde del caos. Pero ellos no sabían, que este, tenía una conexión neuronal con el Yael de tierra Alfa 4. La cual, podía hacer se restaurase el sistema que habían perdido, y así, regresar a la normalidad. Pero para que esto ocurriese, Yanira debía liberar a su hermano de los “Aniquiladores de basura humana” y para ello, iría al llamado “Makutnar”. Esta era una especie de prisión, situada justo entre dos dimensiones, donde se ajusticiaba al inservible, reduciendo su ADN a cenizas.
    La joven Yanira, ya ante el Makutnar, procede a introducirse sin ser vista en la depresión del espacio para ser absorbida como simple materia, atravesando la barrera de espacio-tiempo, para acto seguido aparecer en una celda con barrotes dorados.
    — ¿Yael? —pronunció con insistencia su hermana, ya que la oscuridad reinante no la permitía ver nada. Solo aquellos deslumbrantes barrotes, que de manera constante, desprendían un cegador reflejo, que con toda seguridad procedía de los cuerpos inservibles, ya que al tratarse de personas enfermas, contenían una toxina, que al ser aplastada entrando en contacto con un metal, se transformaba, adquiriendo un impactante tono dorado, similar al oro y difundiendo una potente luz.
    — Estoy aquí —contestó de pronto una leve voz en algún lugar al fondo de la celda. Yanira, acercándose más hacia donde provenía esa voz, palpó al tiempo, un pequeño bulto acurrucado en el suelo. Entonces, cuando con toda rapidez procedió a arrastrarlo para sacarlo de allí, advirtió con estupor como este se encontraba magullado y con parte de la piel de su cuello, abrasada. Aquello le indicó que estaban en proceso de destruir su ADN a base de quemaduras Ran. Las mismas procedían a su vez a introducirle por sus venas, un veneno que lo que hacía, era llegar hasta dicho ADN e ir descomponiendo lentamente sus células para completar el proceso.
    —Tenemos que salir de aquí —indicó Yanira, que tratando de reincorporar a su hermano, lo sujeta con fuerza, introduciéndose de nuevo a través de la pared para salir al exterior del Makutnar. Pero justo en ese momento, cuando lo están llevando a cabo, notan como una fuerza gravitatoria, los envuelve haciéndolos perder el control, para acto seguido caer al suelo.
    —Él nos pertenece —dijo uno de aquellos humanos aniquiladores de basura humana, arrebatándole a Yael.
    —No, nadie os pertenece —respondió Yanira levantándose del suelo, al tiempo que lo mira a los ojos, y al hacerlo, nota como una fuerza superior y desconocida para ella, hace retroceder a este, haciéndole regresar al interior del Makutnar.
    — ¿Qué ha pasado? —preguntó el pequeño, libre de nuevo y junto a su hermana.
    —No lo sé, regresemos —contestó ella cogiéndole ahora en brazos para volver a casa.
    Por el camino, los ojos de Yanira, que habían adquirido un brillo especial similar a un cuerpo celeste, se tornaron de nuevo en un color violeta, que inexplicablemente comenzaron a oscilar repentinamente, cuyo parpadeo, provocó de súbito su traslación a otro Universo paralelo.
    —Tienes el poder y la energía necesaria para transformarte en un agujero negro y por ello, nuestra única salvación —dijo Yael ahora jubiloso. Lo advertí al ver la transformación de tus ojos, lo que significa que gracias a ti podremos volver a viajar por el multiverso y restaurar la paz con las otras tierras.
    —Eso parece —respondió su hermana antes de integrarse en su campo gravitatorio, que les haría regresar a tierra Alfa 1 de nuevo.
    Después de eso, la paz regresó a todas las tierras del multiverso, donde ahora, juntas trabajarían por un futuro mejor y todo, gracias a Yanira y a todos los que eran como ella.

    La paradoja de Schrödinger

    La paradoja de Schrödinger

    Schrödinger se sonrió mientras escribía rápidamente en un papel con su pluma. ¿Qué dirían sus colegas de aquello? No podían negarle la razón, por muy poco intuitiva que fuera su teoría. Había estado discutiendo con su compañero Albert por correspondencia, y los dos habían llegado a la conclusión de que aquello, aunque a primera vista sonaba a locura, estaba imbuido con la lógica de la razón. No obstante, no podía evitar sonreír al imaginar las caras de sus compañeros al leer su pequeño experimento mental. Paul Dirac, Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Planck. Sus caras de sorpresa venían a su mente. ¿Le tildarían de loco? ¿Se reirían de su teoría, convencidos de que la vida le había empujado definitivamente a la locura?
    Hizo una pausa para admirar su obra. Al margen del papel que contenía líneas y líneas de su letra apretada y firme, ligeramente ininteligible, había tenido el descaro de dibujar un gato en una caja. No era un experto dibujante, pero se diferenciaban claramente las atentas orejas dirigidas hacia el lector y los graciosos bigotes.
    Continuó escribiendo, la sonrisa ahora olvidada. No lo sabría nunca, pero aquella obra trascendería a lo largo de los años. Los mecánicos cuánticos la citarían, gente sin ningún conocimiento ni interés en su amada física la conocería, gatos llevarían su nombre. Todo por lo que tan afanosamente escribía una soleada mañana del año 1935.
    La superposición de ambos estados, muerto y vivo, parecía brujería. En otra época le habrían quemado en la hoguera. Pero era más como un acertijo, una duda más sobre la mecánica cuántica, que muchas veces le producía escalofríos. Al final, que el estado de algo se viera influido por un observador externo era ya no algo meramente filosófico, sino físico.
    Repasó de nuevo la teoría. Imaginó una caja, sellada y opaca, cuyo contenido no pudiera ser adivinado desde el exterior. Dentro, imaginó un gato, un recipiente con gas venenoso y un dispositivo que liberara ese veneno en respuesta a la desintegración de cualquier átomo. ¿Quién podría afirmar, al cabo de un minuto, que el gato siguiera vivo? O, mejor aún, ¿Quién podría afirmar con total seguridad que el gato hubiera muerto? ¿Y al cabo de dos minutos, cinco horas o un día? Tan solo un arrogante que despreciara el razonamiento científico podría afirmar con certeza cualquiera de las dos cosas. El gato tenía las mismas probabilidades de estar vivo que de estar muerto. Por tanto, se podía llegar a la conclusión de que el gato estaba vivo y muerto al mismo tiempo. No obstante, una vez se abriera la caja, la magia del misterio desaparecería. Solo entonces, mirando su interior, se podría afirmar que el gato estaba vivo o muerto.
    Si era eso aplicable a un gato ¿no podría serlo también a un átomo y a sus electrones, invisibles a nuestros ojos? La muerte o la vida de ese gato era imposible de predecir. Y era esa incapacidad de predicción la que le decía que los físicos estaban muy lejos de entender muchas de las cosas que ocurrían en el mundo. Su hipótesis podría sonar a chiste, pero en realidad era tan lógica como afirmar que el día precede a la noche.
    De nuevo sonriendo, puso el punto final a su obra y se reclinó en su asiento. Un maullido llamó su atención. Un gato negro le miraba sospechosamente desde el marco de la puerta, como si supiera que acababa de atentar contra su especie.
    - Hemos llegado a una aparente contradicción, gatito, a una paradoja. La paradoja de Schrödinger.

    La probabilidad de éxito es minima

    La probabilidad de éxito es minima

    Hemos calculado las opciones estadísticas de completar satisfactoriamente nuestra misión y el desaliento ha cundido entre nosotros. Mientras escribimos estas letras, avanzamos a una velocidad indeterminada a simple vista. No tenemos puntos de referencia para saber si vamos muy rápido o muy despacio. Todo a nuestro alrededor es oscuro, sin principio ni final, sin brillo ni sombras. Absoluto, como el valor de nuestra carga. El objetivo que se nos encomendó es claro. Debemos alcanzar el estado de máxima probabilidad que nos permita cumplir satisfactoriamente nuestro propósito.

    Venimos de un sistema extraño y complejo cuyo centro jamás hemos visto. Siempre en movimiento, siempre sin descanso, nos movemos en espacios orbitales, siguiendo trayectorias imposibles. Somos y no somos. En movimiento adquirimos nuestra razón de ser, pero la eterna pregunta asalta a nuestra compañía durante esta travesía. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de este eterno peregrinaje en el aparente desierto exterior? Desde que tenemos memoria, siempre hemos debatido sobre la verdadera naturaleza del mundo a nuestro alrededor, y para muchos, el propósito de este viaje dará significado a nuestra esencia. Nos avisaron de que las reglas del tiempo no se cumplirían. Nos avisaron de la confusión, del cansancio. Nos dieron una cifra: once ordenes de magnitud. Una lista de once ceros que a duras penas recoge el significado de avanzar a través del espacio infinito.

    Nuestros sistemas confirman que nos aproximamos al término. Avanzando en este vacío, por fin nos acercamos a C3H7NO. Cuanto más nos acercamos a este nuevo territorio, más imprecisas son las entradas en nuestros sistemas. Nos ha parecido observar una señal avanzando a altísima velocidad en nuestro límite de detección. A ratos se comporta como una onda, a ratos como un corpúsculo. Algo ha ocurrido en este rastro durante nuestra aproximación. Estamos aterrados. No sabemos si ha desaparecido, o si ha alcanzado nuestra misma posición. Todo este montón de chatarra parece ahora inútil. Las discusiones entre nosotros han sido largas y acaloradas. Nadie sabe lo que está ocurriendo. Nadie parece saber que aspecto tiene el destino de nuestra misión. Recibimos órdenes claras de incorporarnos a la trayectoria orbital de baja energía mas cercana. Este mensaje suscitó sorna entre nosotros. Nunca hemos visto un orbital y peor aún, no entendemos el concepto de baja energía. Solo sabemos que fuimos arrojados desde un extremo de nuestra realidad hacia el otro y que llegar hasta el final es de vital importancia para nuestra civilización. Con la imaginación por bandera, esperábamos un recibimiento apoteósico. Una puerta brillando por el reflejo de rayos C, una luz derramada desde una supernova en colisión. Esperábamos, tal vez, que con nuestra llegada se desplegaran majestuosos halos en nebulosa, que nos recibiera una infinidad de naves hermanas acogiéndonos como salvadores. Pero no ha sido nada parecido.

    Algo ha cambiado, dentro y fuera de nosotros. La transformación pareció llegar cuando los sistemas de navegación nos confirmaron nuestra nueva posición, cuando el silencio y una vibración recorrieron toda la nave. Sutil al principio, poco a poco el aire se hizo más denso. Hemos conectado con esta nueva realidad con una familiaridad inesperada. Nos sentimos diferentes y parece que todo lo que ocurre, acciones y reacciones, tiene eco dentro de nosotros. Una cascada de sensaciones nos invade. Sabemos que formamos parte de algo más grande que está cambiando. Somos uno con todo lo que nos rodea. Ahora sabemos que Serina es el nombre de nuestro nuevo sistema y se nos revela poco a poco con toda su elegancia y magnifica belleza. Serina no está sola. Forma parte de una cadena de cientos de unidades de extraños nombres que se relacionan intercambiando naves como la nuestra. Una cadena que gira sobre si misma, permitiendo que cada unidad se relacione con sus semejantes. ¡Ojalá pudierais ver como miles de mensajes se entrecruzan en este espacio! Las respuestas a nuestras eternas preguntas estaban dentro de nosotros. Nunca estuvimos solos. Decenas de naves similares nos han acompañado hasta este nuevo hogar, llamado Fosfato. Nuestras dos realidades han venido a unirse como parte de un gran proceso llamado fosforilación. Al recibirnos, esta impresionante estructura llamada Proteína se ha transformado. Estos cambios han hecho girar monumentales espirales que se dirigen hacia el infinito y Proteína se encuentra ahora en estado activo. En un baile perfectamente coordinado, se unirá a otras como ella, transmitiendo señales que se expandirán hacia los limites conocidos de esta galaxia. Un flujo de señales que alimenta la vida.

    Todo comenzó como un viaje imposible, recorriendo una distancia equivalente a la que separa la Tierra y el Sol. Una pequeña nave llamada electrón, parte de un átomo de oxigeno, desprendido y despedido desde una molécula de fosfato. Una reacción altamente improbable, en el más absoluto de los vacíos. Una misión hacia ninguna parte que ha cambiado el universo.

    La probabilidad de que la luz sea real

    La probabilidad de que la luz sea real

    "¡Con vacunas, todo vuelve a ser como antes! ¡Físico francés logra determinar la naturaleza de la luz!”. Éstos fueron los encabezados de aquel 29 de mayo de 2023 en París. Recuerdo que iba camino a casa de Jacques Musorgsky, el hombre que al fin había puesto punto final al dilema de si la luz es una onda o una partícula. Vi los titulares en las pantallas gigantescas de la torre Eiffel que habían colocado hace unos meses celebrando el fin del coronavirus: al fin todos nos podíamos retirar las molestas mascarillas para volver a sentir el viento y la luz del sol en nuestros rostros.

    Cuando llegué a su casa me recibió con mucha calidez. Era un hombre muy alto y fornido, con una voz gruesa como de toro y unos ojos azules que penetraban en lo más profundo del alma. Jacques me llevó a su laboratorio, un lugar desordenado con libros por todos lados y en el centro su experimento: la doble rendija; junto había una colosal máquina con varias cámaras que miraban hacia el experimento y un gran monitor apagado. En eso, él comenzó a explicarme con mucho detenimiento:

    - Mi buen amigo Lucas, tú sabes que la luz y las mujeres son cosas complicadas. Ambas cambian su comportamiento dependiendo de nuestras acciones. Por esto, he diseñado una máquina para resolver al menos el problema de la luz con un algoritmo basado en probabilidades más allá de nuestra capacidad de percepción. - Agitado, fue hacia el centro de la habitación y encendió la linterna del experimento de la doble rendija, no sin antes ordenarle a la colosal computadora que empezara a activar los sistemas.

    - Por años hemos estado lidiando con el problema de la luz, ¿se trata de una onda o de una partícula? ¿Cómo es que un fotón puede saber si lo estamos observando o no? Nuestra forma de pensar podría mejorar si pensamos en el mundo con base en información estadística en lugar de apreciar la realidad como hechos aislados.

    Me quedé absorto por el entusiasmo con el que lo decía, y formulé una pregunta que me pareció pertinente: - ¿qué no otros modelos ya lo habían intentado? Si la memoria no me engaña, la idea de usar la estadística y la probabilidad para resolver estos problemas ya había sido formulada por Richard Feynman.

    Al instante, dio un zapatazo de enojo que se escuchó como un trueno en toda la casa y la máquina comenzó a activarse con lentitud. En el monitor, se podían comenzar a apreciar series de código interminables con muchos modelos probabilísticos combinados, siendo la base de todos el Teorema de Bayes.

    - ¡No, no, no! ¡Piensa en la probabilidad como un problema de geometría! Al final, todo se trata de razones y proporciones, lo único que cambia es la información que usamos. Este algoritmo toma todos los datos posibles y los estima en una infinidad de escenarios futuros. Así, la luz podría tener cualquier comportamiento probable. ¡Y lo que encontré me ha dejado de una pieza! Ya se conocía el estado de la superposición, sin embargo, nunca se había sometido a cada partícula individual en una situación de “súper-observación”, y eso es posible gracias a la simulación de las probabilidades dimensionales que se generan automáticamente mientras observamos el experimento de la doble rendija.

    Cuando finalizó de hablar, presionó un botón para que la máquina comenzara a observar y calcular. La luz del experimento de la doble rendija comenzó a comportarse más extraño que nunca: ¡la luz se comportaba con ambas naturalezas al mismo tiempo! Las paredes de la habitación se comenzaron a doblar e incluso los libros cambiaban lentamente de forma porque todo el espacio de observación estaba en un estado de superposición. El cemento de toda la casa se comenzaba a cuartear y empezamos a sentir malestar por las condiciones.

    En eso, él intentó apagarla como lo hizo cuando se lo mostró a unos periodistas. Sin embargo, fue inútil ya que ésta había permanecido encendida demasiado tiempo y se empezaba a sobrecalentar, por lo que las condiciones del espacio también comenzaron a afectar a los circuitos. Pasó lo inevitable: el techo se desplomó y todo el trabajo de Musorgsky quedó sepultado bajo su propia casa, no sin antes provocar un apagón que no se resolvió hasta más tarde, debido a que él tuvo que usar varios de los generadores centrales de la ciudad y con la descarga el resultado fue desastroso. Horas después, los bomberos nos pudieron sacar de los escombros a Jacques y a mí, pero no a la máquina, pues era extremadamente frágil y no se pudo salvar ni una tuerca. De seguro, apareceremos en los encabezados de mañana.

    La rueda

    La rueda

    “Brum, brum”, el ruido de la rueda acompañado de la quejicosa respiración de un pequeño ratón correteando eran los únicos sonidos que se atrevían a desafiar al imperioso silencio que, con mano de hierro, había conquistado esa pequeña sala impoluta, reciente enemiga de cualquier mínimo síntoma de suciedad. Habían pasado ya varias semanas desde que esta anómala batalla comenzó a librarse entre esas cuatro paredes blancas.

    Eran varias las peculiaridades y extrañezas de este improvisado santuario de la limpieza, apenas había un par de jaulas en el centro y un extraño taburete un poco más apartado, escondido y lleno de herramientas de sinuosas formas muy intrincadas y utilidades aún más sorprendentes.

    Algo que también llamaría la atención de aquellos acostumbrados a visitar este pequeño cuarto sería la causa del silencio. Normalmente se oían los gemidos de decenas de ratones y se sentía el bullicio de incluso más estudiantes deseosos de confirmar que aquello que leían entre las páginas de sus gruesos manuales no eran solo magníficas y creativas ilustraciones. Por eso, se sentía extraño notar cómo, desde que la angustiosa calma se había instaurado como nueva normalidad, apenas había un par de ratones, uno por jaula. Estos habían sido bautizados como Steve, el pequeño suspirante obstinado con combatir el indeseado silencio con su cachambrosa rueda y Mickey, en la jaula de al lado, perezoso, siempre lo encontrarías tumbado en un rincón sin aparente predisposición por mover uno solo de sus músculos.

    “Steve, hoy parece que dejas la rueda antes de lo normal” dijo Mickey, convencido de que su compañero de habitación pronto se uniría a su, según él, cómodo estilo de vida.

    “Sí, no sé por qué pero últimamente me siento bastante más cansado de lo normal”.

    Eso, extrañó al ratón, no era inusual durante la época del bullicio que alguno de sus vecinos se sintiera así, cuando alguno de esos estudiantes escogía a uno de ellos para “jugar”, que solo sintieras cansancio. casi podía hacerte sentir afortunado, pero eso no tenía sentido ahora, apenas entraban personas a la sala, solo una o dos veces cada día y todavía no habían cogido ni a Steve ni a él. Aunque, sí era cierto que ambos estaban muy sorprendidos de ver cómo cada vez que entraban lo hacían con unas peculiares gafas y mascarillas que ocultaba prácticamente toda su cara.

    Steve debió notar como la sorpresa se adueñaba del rostro de su vecino, pues, sin esperar a que este preguntara, respondió a la duda que comenzaba a tormentar su cabeza.

    “Desde que el agua sabe agria siento que me cuesta más esfuerzo mantener la respiración y me canso antes”.

    Esa frase sentenció las esperanzas que poco a poco había ido generando Mickey, pensaba que podría tener mejor suerte que la de sus anteriores amigos y vivir una larga vida. Cuando estas ideas pesimistas empezaban a atormentar su cabeza entraron un par de científicos, cubiertos con esa ropa que no permitía que ninguna parte de su cuerpo fuera vista.

    “Steve no tiene buen aspecto”, comentó uno de los dos científicos.

    “Sí, tiene mala pinta, parece que esto será un nuevo fracaso”.

    “Espero que no, los chicos de laboratorio tenían muchas esperanzas puestas en el nuevo fármaco”.

    “Ya, da la sensación de que no estamos yendo a ninguna parte”.

    “Como sea, voy a por mi café y le echo una ojeada”.

    Y tras esta breve conversación ambos abandonaron la pulcra sala, sorprendió el tono serio de los dos, casi apenado, normalmente acostumbraban a llenar el lugar con chistes malísimos que solo conseguían risas gracias a sus sonrisas y jovialidad contagiosa. Esta vez, cubiertos con tantos accesorios, anómalos en ese lugar, hacían imposible atisbar qué sentimientos expresaban sus caras, pero Steve y Mickey estaban seguros que bajo la mascarilla los dos estaban a punto de romper a llorar, y lo peor es que no eran los únicos.

    “Steve, ahora tu cansancio me preocupa más, creo que han echado algo al agua que has estado bebiendo… Como cuando le dieron ese líquido marrón a Ricky, después de beberlo parecía estar poseído por el demonio”.

    “No lo sé, esa vez fue distinto, todos los estudiantes se veían mucho más risueños y al final a Ricky no le pasó nada, ¿cómo lo llamaban?, ¿café o algo así?”

    Antes de que Mickey pudiera responder volvió el científico, cogió al pequeño ratón y lo colocó sobre la tablilla del rincón.

    “Bueno, vamos allá, veamos si hay suerte” masculló entre dientes y comenzó a inspeccionar su interior, tras un rato revisando cada uno de los órganos del roedor saltó una lágrima de su rostro.

    “Este fármaco tampoco sirve, otro fracaso más”, impotente por haber sacrificado otro de sus pequeños ratones para nada. Y como si una losa hubiese caído, sentenció.

    “No sé cómo vamos a parar al COVID-19”.

    La solución púrpura

    La solución púrpura

    Daniel se levantó de la silla y salió del despacho. El vaso de agua estaba vacío, lo que significaba que llevaba al menos dos horas sin despegarse de la pantalla del ordenador. Su mujer oyó los pasos.
    —Mi hermano nos ha invitado a un concierto de canto gregoriano —dijo en voz alta.
    —Muy bien —contestó Daniel desde la cocina, más interesado en volver a llenar el vaso de agua que en la conversación.
    —Tenemos que ir —argumentó la mujer—. Es importante para él, nunca había dado un concierto en un auditorio tan prestigioso desde que dirige el coro.
    Daniel detectó el tono tajante y se acercó al salón. Su mujer aprovechaba que el día era luminoso para pintar uno de sus cuadros al óleo, cerca del ventanal que comunicaba con la terraza.
    —Laura, puedes ir tú. No estarás sola, seguro que acudirá toda tu familia y entre artistas lo pasáis muy bien.
    —Pero yo quiero ir contigo —insistió—, apenas salimos nada juntos.
    —Sabes que estoy muy ocupado —explicó él—. Necesito terminar el artículo sobre las nuevas terapias en las que estamos trabajando.
    La mujer alternaba la vista entre el lienzo y su paleta de color. Algo parecía no encajar en el paisaje al que quería dar vida.
    —¿Algún avance con tu investigación? —preguntó sin apartar la vista de su obra.
    —Ese es el problema —Daniel se pasó la mano por la cabeza y suspiró—. No tenemos nada concluyente. Creíamos que íbamos a poder hacer pronto un buen aporte en la lucha contra el Alzheimer, pero los datos... en fin , no estamos obteniendo los resultados esperados.
    Daniel dedicó unos segundos a contemplar el cuadro que pintaba su mujer. Un paisaje al atardecer en un campo idílico de cereales con montañas al fondo. Después, se dejó hipnotizar en el movimiento del pincel, que ahora mezclaba en un rincón de la paleta pinturas azul y roja.
    —¿Qué haces? —se interesó.
    —Busco un púrpura que encaje bien aquí —dijo Laura, y señaló una zona cercana a la línea del horizonte.
    —¿Sabías que el púrpura es un color no espectral? —comentó Daniel.
    La mujer apartó la vista de su cuadro y se giró para fijarse en su marido. Lo miró como si lo viera por primera vez aquella tarde.
    —Vaya —dijo—, jamás pensé que pudiéramos tener una conversación sobre algo relacionado con el arte, con el dibujo, con el color... Me gusta, aunque sea con tu manera tan rara de hablar. ¿Qué es eso de espectral?
    —La luz, cuando se descompone como en el arco iris, se divide en colores que van del violeta al rojo. El espectro viene a ser la paleta de colores y va cambiando gradualmente. Violeta, azul, verde, amarillo, naranja y rojo, en ese orden. El púrpura no se encuentra en el espectro natural.
    —Pero es un color, lo podemos ver igual que a los demás —objetó Laura.
    —En realidad el púrpura no es un color como tal —explicó Daniel—. Es la mezcla de dos colores espectrales: el azul y el rojo.
    Laura reflexionó. Se fijó primero en la paleta y, después, en su marido. Entornó los ojos y apuntó a Daniel con el pincel, como si quisiera colorearlo.
    —Quizá tú deberías también buscar el púrpura —dijo.
    —¿Cómo?
    —Sí, en tu investigación —continuó Laura—. Te desesperas cuando no consigues resultados. A lo mejor es que estás probando con un único color. ¿Por qué no buscas una solución púrpura?
    Daniel guardó silencio. ¿Por qué no? Sonrió, abrazó a Laura y la besó.
    —Iremos juntos a ver ese concierto de canto gregoriano de tu hermano.

    Las faldas del hambre

    Las faldas del hambre

    “En la cuna de grandes civilizaciones de los siglos XV y XVI, entre exuberantes montañas, Pani intentaba mantenerse en pie. La aldea sacaba de la tierra el sustento principal para sus habitantes: el tubérculo por excelencia y que tanta hambre apaciguó por el mundo. Allí, las mujeres se encargaban de su cultivo. Eran alegres y vestían largas y densas faldas de colores. Con frecuencia cantaban y bailaban para encontrar la energía que necesitaban para seguir trabajando.

    Pero un día algo extraño empezó a pasar… Las plantas comenzaron a cambiar de color, a ponerse amarillas, a mustiar, a morir. El hambre empezó a castigar, y según cuentan, un día los dioses mandaron un mensaje al viejo del lugar: ¡había una maldición sobre las mujeres! Estaban poseídas por espíritus malignos y si entraban en un campo de patatas las plantas enfermaban. Poco a poco ganaban el color del oro, las hojas marchitaban y la planta moría. Si no conllevase a tanta desgracia, era casi bonito. La maldición hacía que el campo se pintase con manchas amarillas que le llenaban de color y alegría.

    Los hombres se ocuparon de los escasos campos que se habían salvado, y para su tristeza las mujeres veían como las patatas crecían sanas y fuertes. ¿Pero por qué los dioses habrían lanzado sobre las ellas tal maldición?”

    Carolina encontró este texto casualmente entre las cosas de su profesora, en la universidad donde trabajaban. Era una chica brillante, apasionada por la biología de las plantas. Corrían entonces unos 10 años después de la segunda guerra mundial.

    El texto, escrito por un historiador a principios del siglo anterior, le llamó mucho la atención. Lo guardó en un rincón de su cabeza, como quien deja una tarea pendiente. Seguramente habría una explicación más científica y rigurosa que la del viejo del pueblo.

    Carolina y su profesora estudiaban justamente las enfermedades de plantas. Se había inventado hacía poco el microscopio electrónico, y con él aparecieron los primeros virus. Se empezaron a relacionar con el Contagium vivum fluidum descrito hacia unos 50 años: un ente de estado líquido que al pasar de una planta enferma a una sana transmitía la enfermedad. ¿No serían virus dichos entes líquidos? Pues resultó que sí. Las dos mujeres se dedicaron a estudiar enfermedades causadas por virus, y una de las maneras de transmitirlos de una planta a otra era por contacto, frotando sobre una hoja sana un extracto de una planta enferma.

    Años después Carolina volvió a dar con aquel texto e imaginó qué habría sucedido después. Le entraron muchas ganas de ir allí y de escuchar en primera persona esa historia. Quería solucionar el misterio y liberar aquellas mujeres de la culpa que pesó sobre sus espaldas.

    Al llegar le impactó el contraste de colores entre montañas, casas y ropas, que llenaba el lugar de una mezcla de alegría y melancolía. La aldea parecía congelada en el tiempo, había pocos síntomas de desarrollo. Se hospedó en el único hostal y empezó su investigación. La abuela de la dueña le había contado sobre la maldición y el hambre que pasaron. La mujer explicó a Carolina que los campos seguían allí, alimentando el pueblo, pero que ahora solo trabajaban hombres. Nunca más dejaron entrar mujeres y ellas pasaron a ser símbolo de mala suerte. Si ya no era simple ser mujer en aquel entorno, cargar con ese peso lo hacía aún más complicado.

    Carolina escuchó con atención y luego le explicó por qué estaba allí. Le mostró el texto del historiador y le contó sobre su trabajo con las plantas.

    Clandestinamente fueron a un campo de patatas, y la señora encontró una hierba con un aspecto muy parecido al de una planta de patata maldita. Iba vestida con una de esas faldas tradicionales, largas y densas, con muchos colores, y sin darse cuenta la frotó contra esa planta. Estaba feliz por estar allí y empezó a bailar entre las plantas tal y como lo habría hecho su abuela.

    Después volvieron al hostal y Carolina le dijo: esta tarde me voy, pero le dejo un encargo muy importante: dentro de 10 días tiene que volver al lugar donde estuvimos y contarme lo que ha visto.

    Un mes después recibió una carta: las plantas entre las cuales había bailado la señora estaban amarillas y enfermas. Su sospecha estaba correcta: las mujeres pasaban un virus de una planta a otra con el roce de sus grandes faldas. Hacían sin querer lo mismo que ella y su profesora en la universidad. Los virus se esparcían rápidamente por todo el campo usando como puente las bonitas faldas de colores de las mujeres.

    Se cerraba así el capítulo de la maldición de los campos de patata de Pani y las mujeres se pudieron en fin liberar del peso que cargaron durante tantos años.

    Las flores de oro

    Las flores de oro

    Nuestra tripulación era una mezcla de buscavidas y desahuciados, algunos con experiencia, otros que nunca habían pisado un barco, y hasta alguno en busca y captura por desertar en Trafalgar el año anterior. El capitán prometió que a medio camino entre Canarias y Cabo Verde encontraríamos un lugar plagado de oro. Afirmaba tener un mapa que lo confirmaba. Así de mísera era nuestra vida que tan endeble promesa bastó para lanzarnos a la mar.

    Se nos sumó un pequeño grupo de astrónomos. Según sus cálculos habría lágrimas de San Lorenzo durante nuestra travesía y pretendían estudiarlas.

    Dejamos El Hierro al amanecer del cinco de agosto y a la hora del almuerzo ya no divisábamos costa.

    Días después los alisios empezaron a soplar con inusual fuerza y cargados de polvo, como si el desierto de África quisiera cegarnos. Una tarde, tras horas de viento racheado, se rasgó nuestra vela mayor. Los astrónomos se quejaban de mala suerte por la tormenta que difuminaba el cielo, ciegos al verdadero problema. El mar encrespándose prometía una noche difícil. Estábamos a cien millas de cualquier puerto, no teníamos refugio. Insistimos al capitán para que nos dejara estudiar el mapa, no tenía sentido con la expedición en marcha ocultar la información que pudiera tener. Sus negativas afilaban el ambiente. Y como era previsible aquella noche fue terrible. Al viento se le sumó un oleaje asesino. Peleamos. En plena oscuridad se rompió un cabo que afianzaba la mesana. Sin velamen nos movíamos casi a la deriva. La bronca acabó con el capitán gritándonos lo que sospechábamos ya, que no había ningún mapa que seguir. Estábamos a merced del mar en mitad de la nada. Oíamos golpes y gritos de los de abajo combatiendo vías de agua. Solo había dos botes y yo no esperé más, me subí a uno junto a otros cuatro cobardes y soltamos amarras. Quizá a bordo unieron fuerzas para achicar o quizá se amotinaron contra el capitán, pero estoy seguro de que ese barco descansa hoy en el fondo marino.

    Noche cerrada en un bote con dos astrónomos, un cocinero y un marino tuerto. Se me ocurren pocas situaciones peores. El oleaje no nos permitía remar ni soltar las manos de los asideros. Cuando amaneció faltaba uno de los astrónomos, los demás estábamos inconscientes. Pasamos el día encogidos, casi mudos, tapándonos los ojos para evitar el polvo del aire. La barca medio inundada, sin agua potable y quemándonos al sol. Convergía en aquel bote lo peor del mar y del desierto. Pasaron dos días que recuerdo borrosos.

    Al anochecer del tercero estábamos ya resignados a nuestro destino, el tuerto temblaba y el cocinero estaba siempre desmayado o dormido. El astrónomo sin embargo mantenía el buen humor. Agradezco morir tumbado bajo una lluvia de estrellas, te prometo que cuando aprendes a mirar el cielo nocturno su belleza puede con todo lo demás, dijo. Según él, aquella noche veríamos cientos de estrellas fugaces, tormenta de polvo mediante. Yo seguía mareado de tanto tiempo sin beber. Intenté no dormir, hacer compañía al astrónomo optimista, pero no podía evitar el sueño. Mientras, él hablaba sobre la luna, los planetas o la constelación de Perseo. Llevaría un par de horas dormido cuando un codazo me despertó. Busqué al astrónomo con la mirada pero no me hacía caso, me había golpeado sin bajar la vista y me susurraba con el hilo ronco de voz de quien no ha probado agua en días: "Si tienes suerte y los alisios traen la cantidad correcta de polvo del desierto a la altura precisa sobre ti, hay un periodo, de pocos minutos, en el que las estrellas se convierten en destellos con forma de cuatro pétalos, como dos ochos perpendiculares con un mismo centro". Alcé la cabeza siguiendo su mirada hacia el firmamento. El cielo nocturno se había transformado en un campo de glicinios, brillaban en parpadeos florales que le hacían a uno olvidar el frío, el sueño, el hambre y el dolor de la madera húmeda en la cadera. Tuve que frotarme los párpados para asegurarme de que aquello no era un efecto causado por lágrimas en mis ojos, y fue entonces cuando San Lorenzo le dió vida al cuadro. Varios de los glicinios que relucían sobre nuestras cabezas comenzaron a echar tallos, dando la impresión de que aquel jardín de luz se agitaba al viento. Aquellas estrellas fugaces caían al ritmo de una o dos por segundo y creaban un campo de flores y ramilletes al viento dibujadas en negativo sobre nuestras cabezas de las que era imposible apartar la mirada. Estuve inmóvil, hipnotizado, observando el firmamento todo el tiempo que recuerdo estar consciente.

    Me encontraron casi muerto en una playa de Cabo Verde.

    Hoy todavía recuerdo aquellas flores doradas y sé que el capitán y el astrónomo cumplieron sus promesas.

    Látigo I

    Látigo I

    Los medios lo calificaban como teletransporte, era un error, nos habíamos cansado de repetir que no existía la desmaterialización. Era un transporte que viajaba a 13.000 kilómetros por segundo, podría recorrer una distancia equivalente al diámetro de la tierra en un solo segundo. No alcanza esa velocidad nada más arrancar obviamente, pero es el vehículo más rápido creado hasta el momento para uso individual. Aún no es perfecto: el motor se deteriora muy rápido, caduca al año y no podemos prorrogar esta duración, al menos por ahora.
    He participado en cientos de entrevistas como jefe de proyecto e inventor del motor de Látigo. Lo bautizamos Látigo, en honor al primer invento del ser humano que rompió la barrera del sonido. Incluso en el tutorial para el usuario, la canción de fondo es Rawhide de los Blues Brothers.
    La cadena de producción está en marcha y estará en el mercado en unos meses, la lista de reservas es tan alta que la primera remesa solo cubrirá una enésima parte de la demanda. Es un vehículo solar como marca la normativa, pero el precio de este modelo lo convierte en un artículo de lujo. Nuestro mayor miedo era que no se aceptase el hecho de que solo duraba un año.
    Hubo una histeria colectiva cuando se publicó el concurso. El prototipo Látigo I iba a ser sorteado entre todas las personas que enviasen un video a través de las redes sociales explicando cuanto amaban viajar y por qué debían ser elegidos para tener a Látigo I. Un experto jurado se encargaría de tomar la decisión: reconocidos periodistas e influencers travelers. Yo habría puesto un sobre dorado en los Golden Grahams, pero el equipo de márquetin recomendó a la compañía optar por algo más actual.
    Recibimos miles de videos, pero he de admitir que su video logró conmover a todos. No hubo dudas en nombrarla ganadora. Su discurso contenía unas trescientas palabras cada una de ellas en un idioma y con un montaje escénico de una ciudad distinta del mundo. El montaje era casero y manual. Hasta el mínimo detalle estaba representado en cartón piedra o tela. Ella escenificaba cada uno de sus sueños. Tomando un café y croissant en Paris; un hot dog en Central Park; subiendo Teotihuacán; caminando por la Gran Muralla; fotografiándose en la esfinge del Cairo; acariciando un elefante en Sudáfrica; imitando un pingüino en Madagascar; meditando en los templos del Tíbet…
    Llegó al hangar 314 hecha un saco de nervios. Le hicieron un reconocimiento médico, le enseñé yo mismo el manual de uso. Era muy sencillo, no hacía falta ni saber conducir. Coincidí con ella dos veces más en los siguientes meses, nos hicimos muy amigos. Me explicó que había pedido una excedencia de un año en su trabajo, hasta la caducidad de Látigo I y que debía aprovechar al máximo ese tiempo. Es la persona más optimista y feliz que he conocido nunca. Uno de mis mayores pesares era que hasta que la tecnología no sea popular solo unos pocos podrán disfrutar de ella. Al menos no la usarán solo para fines militares, me decía ella.
    Hace seis meses ya de ese viaje inaugural, vengo de visitarla al hospital. Está enferma. A los tres meses comenzó a tardar en despertar. Lo clasifican como un jet lag a la enésima potencia mezclado con problemas de repetida descompresión.
    Hicimos muchas pruebas con pilotos entrenados y sujetos ordinarios de pruebas, pero nunca se expusieron a tantos viajes y tan seguidos como ella ha realizado, su pasión a ver mundo la esta matando. Los médicos son muy firmes, el informe dice que, si sigue viajando, incluso en transportes corrientes, podría no despertar, no debe de cambiar de usos horarios bruscamente ni someterse a descompresiones nunca más, su cerebro no lo resistirá, ya tiene muchos daños.
    Le han hecho firmar un documento de confidencialidad y le han dado tanto dinero que hasta sus biznietos podrán vivir cómodamente. La compañía hará lo posible para encubrir una mala publicidad, le han pedido que mienta acerca de sus síntomas y que piense en la gran ayuda que está prestando a la humanidad. Sus pruebas han ayudado a modificar el vehículo a tiempo y no provocará daños a sus futuros dueños.
    Fui a rogarle que parara, que no debía arriesgarse más. Le dije que si hacía falta yo mismo la llevaría a cada uno de los destinos que quisiera visitar en ferri coche solar, incluso en bicicleta. Dice que no lo entiendo, que no debo sentirme culpable sino feliz porque puede disfrutar de mi invento un poco más. Me marché confuso y la dejé tarareando Rawhide.

    Le falta cebolla

    Le falta cebolla

    Contrastaba con su profesión, o tal vez era precisamente a causa de ella, pero el caso es que aquel hombre era aséptico en todo, hasta en el olor. Llevaba una vestimenta tan blanca que la anciana mujer no pudo menos que pensar: “Se le va a manchar enseguida, poco le va durar el traje”. Aunque quizás fuera la prudencia por no deslucir sus ropas lo que llevaba a aquel hombre a desplazarse con andares mecánicos, como de robot, mientras les dirigía por pasillos de colores apagados, y acababa conduciendo a ambos a una habitación donde un respirador se acoplaba a varias bombonas, cada una de las cuales llevaba aparejado un nivel que subía o bajaba con el movimiento de sucesivas manivelas.
    -Hemos elaborado la mezcla con las especificaciones que usted nos realizó –expresó el hombre, tan correcto como insípido-. No obstante, siempre es necesaria una comprobación final para asegurarnos de que todo es correcto. Si tuviera usted la amabilidad de ponerse la máscara…
    La anciana cedió la percha, cubierta con un grueso plástico, junto con su contenido, a aquel chico joven, su hijo, quien parecía contemplar su entorno con escepticismo, como si no le convenciera ningún aspecto de aquella circunstancia. La mujer se acercó al respirador y tomó una amplia bocanada de aire. Allí estaba casi todo: el olor a comino, a sudor, a la colonia que se echaba por las mañanas… pero carecía de algo.
    -Le falta… -lo que escaseaban para ella, ahora mismo, eran las palabras para explicarlo-… le falta como cebolla.
    El hijo de la mujer levantó una ceja. El hombre-robot, en cambio, mantuvo su condición de imperturbabilidad, como de profesional ya habituado a escuchar toda clase de peticiones.
    -Bueno –trató de expresarse ella-, en determinadas ocasiones, sobre todo después de que él y yo –allí se ruborizó al mirar a su hijo-… En fin, ya sabe… tenía un olor como a cebollita recién cortada. No sé si puede conseguirse algo como eso…
    El hombre asintió quedamente, y empezó a movilizar varias llaves de paso. Se escucharon gorgoteos dentro de los tubos y, más adelante, cómo el gas emanaba de nuevo hacia el exterior. El hombre invitó a la anciana que se pusiera de nuevo la mascarilla. Hubo una segunda aspiración, y un silencio.
    -Mucho mejor… -dijo ella tras la pausa, sin reprimir un toque trémulo en la voz-. Claro, no es igual –suspiró-, pero… se le parece bastante.
    -Por eso viene ahora la siguiente fase –señaló el individuo el camino por donde debían seguir, y les guió hacia una sala que contaba con un sistema de bombonas y tuberías muy similares a las de la habitación anterior, sólo que, esta vez, el tubo en el que todas éstas desembocaban se hallaba conectado con la sala contigua, la cual se encontraba delimitada por una pared de cristal-. Si quieren, pueden ir pasando y disponiéndolo todo.
    La mujer abrió entonces la puerta de cristal que permitía acceder a la habitación, cuyo único decorado era un maniquí sobre el que la mujer, con ayuda de su hijo, fue colocando lo que había traído colgado en la percha: camisa, chaqueta, calzoncillos, pantalones. Aquel acto le recordó a la mujer aquellos últimos días en que su marido estaba tan enfermo que no podía ni vestirse solo, y ella le ayudaba a hacerlo. Rememorar aquellos hechos, con el olor de su cónyuge aún reciente en las fosas nasales, le hizo ponerse nerviosa, y que le costara abrochar los botones. Cuando estuvo lista, un leve parpadeo le advirtió a su hijo de que ya estaba lista. Él agitó la cabeza, como preguntando: “¿De verdad?”. Una nueva caída los ojos le corroboró que sí; que todo estaba más que decidido.
    El chico salió.
    -El programa está configurado con los parámetros que hemos ajustado antes –proclamó el primer hombre-, y ahora con esta rueda regulamos el flujo del gas. En pocos segundos, su madre estará totalmente envuelta por el aroma de la persona amada. Las ropas y la figura humana ayudan a hacer más completa la experiencia ofrecida por Olfactive Memories, Sociedad Limitada: un placer para los sentidos.
    La mujer se abrazó al maniquí mientras aspiraba el aire que penetraba en la habitación. Volvió fugazmente la mirada hacia su hijo. Realizó una seña con la cabeza.
    -Lo siento –se disculpó el hijo, mientras empujaba al profesional, y giraba hasta el fondo la rueda que regulaba el paso del aire. El hombre de la compañía gritó:
    -¡No haga eso!¡Sustituirá todo el oxígeno de la habitación!¡Su madre no podrá respirar!
    La anciana miró al muñeco con ternura; luego se abrazó a él y cerró los ojos.
    -No pudimos cumplir el sueño de irnos juntos. Pero eso no evitará que, ahora, tú estés aquí.
    Ningún procedimiento de la autopsia fue capaz de arrebatarle a la mujer la sonrisa.

    Lea esto

    Lea esto

    Hágame leer esto, por favor. Insista en que lo lea. No utilice para convencerme oraciones largas: escoja, mejor, palabras precisas y no intente añadir nada supéfrluo, en seguida detectaría que no es normal, me haría desconfiar. Dígame que es parte del proceso, que la normativa les obliga a grabar un registro vivo. Después, cierre el sobre número uno y entrégueme el número dos para que pueda contarles qué quiero.

    Lea, por favor.

    Elegí, ya sé que elegí, pero ¿por qué sólo un instante?, ¿por qué tan poco? Está bien que lo sabía, claro que lo sabía, yo mismo participé en la primera campaña de difusión que lanzó el estado, hace unos veinte años. Éramos muchos, nos repartieron por provincias. Veinte años no son nada. Mire, lo dice aquí, en este documento. O en este otro, a veces, no recuerdo qué hago con mis manos. Lo sabía, no tiene que volver a decírmelo, claro que lo sabía, estuve trabajando toda la vida para poder acceder a este momento. Yo me encargué de que la ilusión fuera el motor de la economía nacional, yo escribí esas palabras que todavía se repiten en los carteles. Esperen, no me digan, no me repitan otra vez que es una reacción normal, que todos terminan así, pidiendo otra oportunidad; les recuerdo que también ayudé a redactar el consentimiento previo que he firmado en el que se describen estos síntomas posteriores a la Ereignis. Me los sabía de memoria. Yo hice que la teoría de cuerdas fuera comprensible para la gente de a pie, hasta para ustedes que no son especialistas. Yo ayudé a que las branas sean una palabra más de nuestro vocabulario cotidiano. Por cierto, en el momento que escribo esto todavía no se puede saber, pero ¿qué momento es el más elegido por la mayoría de la gente? ¿El primer amor, la muerte de la madre, el nacimiento de un hijo? ¿Hay diferencia por clase social, influye la región? Cuento con que me lo van a decir, y aunque lo hagan, dudo en que mi estado pueda entenderles, tal vez la llave despierte algo en mí, pero mi memoria se desvanece como polvo en el aire. Empecé a escribir esto que leo ahora cuando los signos del avance de la enfermedad asustaban. Ustedes son funcionarios, como lo fui yo, apelo a su profesionalidad. Nosotros sabemos cuidar de los intereses del estado, que somos todos. Cuando yo empecé, acababa de dejar la universidad, había estudiado teoría de los lenguajes, se encontró la llave para la acceder a la quinta dimensión. Nosotros nos ocupábamos de cómo transmitir la información. Fue un descubrimiento tan grande, la revolución en los paradigmas científico tuvo tal alcance que no valía cualquier palabra para referirse al acontecimiento. Al principio, dudamos si llamarlo: pasar a través del espejo o llegar al espacio Carroll, y como las métáforas también nos llevan a otras dimensiones, algunas grandes y otras tan pequeñas que nunca pensamos que pudieran estar ahÍ, al final, acordamos reducirlo al uso de la llave; se quedó la metáfora de la llave. Qué paradoja, la llave. Vivir todo el tiempo con la llave en el bolsillo, trabaja, trabaja todo lo que puedas porque obtendrás tu recompensa. No crean que es fácil, luego. Este año cumplí los sesenta. Estuve casi seis meses hasta que me he decidido a venir. Para mí el momento era fácil, lo que sabía que era más difícil era creerme a mí, mismo. Sí, por eso les estoy leyendo lo que digo ahora mismo, espero que puedan ir entendiendo que no quiero burlarme de nadie. Tengo que haber llegado ya al estadio de las argumentaciones circulares, por eso, si dejo de leer, indíquenme que siga haciéndolo. Mi atención cada vez se fija menos. Si pudieran explicarme qué hago aquí, o se mi dieran un vaso de agua, un dulce estaría bien; si me pudieran decir dónde he estado, si pudieran decirme, por favor, por qué tengo la sensación de venir de lejos.

    Lea, por favor.


    Si me vuelven a pedir que lea es que sigo sin recordar. Saben que el instante de cada llave es privado, nadie tiene que saberlo. Sólo quien viaja al momento elegido de su vida para volver a vivirlo tiene derecho a conocerlo, imagino la cantidad de amantes clandestinos que se habrán reunido por última vez con el ser amado; las madres que habrán vuelto a abrazar a sus hijos antes de perderlos; los que habrán intentado volver sabiendo que no se puede alterar la dimensión en la que se entra, puesto que se llega como espectador de sí mismo, con eso que se llamó doble consciencia y era tan engañoso... Si sigo leyendo y no puedo razonar de nuevo mis palabras es que me he quedado en algún momento de mi memoria, en alguna dimensión para siempre.

    Lo que dura el silencio

    Lo que dura el silencio

    Todo empezó cuando alguien rescató un viejo vídeo en el que John Cage interpretaba su obra 4´33´´. Cuatro minutos, treinta y tres segundos de silencio. Rápidamente se hizo viral en las redes: ¿Cómo podía ser aquello música? Las redes arremetían contra el arte arrogante del siglo XX. Un filósofo intentó defender el concepto de la incomodidad del vacío, pero rápidamente se le echaron encima. Los memes se multiplicaban. Un famoso cómico francés lanzó al mercado la Colonia 4´33´´, en cuyo bote –vacío- se podía leer: “La fragancia de ti mismo”. Aquello era demasiado hasta para el género de la música aleatoria.

    Cuando empezaba a decaer el entusiasmo por el tema, un recepcionista de hotel aburrido escribió en su muro: “Y ni siquiera dura 4´33´´.” Nueva oleada de risas: no se había tomado la molestia de cronometrar cuanto rato permanecía en silencio. Entre tanto escarnio, varios críticos musicales intrépidos que aseguraron que estaba comprobadísimo que aquella obra duraba exactamente 4´33´´, estaría mal el video. La corporación audiovisual rápidamente confirmó que el video no había sido modificado, ni acelerado, ni decelerado, era original. En ese momento, muchos aficionados a la música empezaron a comprobar que ningún video de música antigua duraba lo que marcaba en las contraportadas de los discos. Siguieron varios días de acusaciones cruzadas hasta que en medio del caos empezó a extenderse una idea inquietante: por alguna extraña razón, en un periodo de tan solo cien años había cambiado la duración del tiempo.

    Rápidamente, todo el mundo se hizo experto en medición de tiempo. En ascensores, tabernas y debates televisivos se refutaban las escalas cronológicas, estableciéndose dos claros bandos, los que apoyaban el Tiempo Atómico Internacional y los seguidores del Tiempo Universal Coordinado. Fue en este escenario que el Sindicato de Trabajadores Mayoritario lanzó una acusación que hizo temblar al gobierno: se trata de un complot de los poderosos, que han ralentizado los relojes para que trabajemos más sin darnos cuenta.

    Ante el miedo de una revuelta popular las autoridades recurrieron a los expertos. Dado que se había desmantelado el sistema científico hacía más de 25 años en pos del Ente Mundial de Inteligencia Artificial, que analizaba y daba respuestas a todas las preguntas, el “neoráculo” fue consultado:
    - ¿Rota más despacio la tierra ahora que en el siglo XX?
    - El tiempo hace mucho que no se mide por efemérides astronómicas. Un segundo se corresponde con 9.192.631.770 ciclos de la radiación asociada a la transición hiperfina desde el estado de reposo del isótopo de cesio 133.
    - Pero ¿qué es eso?
    - La estructura fina resulta de la interacción del spin del electrón con su momento angular, la estructura hiperfina resulta de la interacción magnética entre el núcleo y el electrón. A su vez, cada nivel hiperfino se subdivide a su vez en los niveles de Zeeman…
    - Vale, vale… ¿Se pueden haber descalibrado los relojes?
    - No. Los relojes actuales son atómicos. Estos admiten únicamente un error de un segundo en 30.000.000 años, y esto es para los relojes más sencillos.
    - ¿Se ha curvado el espacio tiempo? - preguntó un despistado
    - No tengo datos.
    - ¿Es un complot del gobierno? - preguntó un infiltrado del sindicato
    - No tengo datos.
    - ¿Por qué ha cambiado la duración del tiempo?
    - No tengo datos.

    Y entonces se hizo el silencio. Nadie sabía qué pregunta formular. Hasta que alguien recurrió al comodín de la llamada: Los funambulistas de la ciencia.
    Los funambulistas de la ciencia eran el vestigio que había quedado del sistema científico otrora imponente. Se trataba de unas decenas de apasionados que habían constituido una Asociación que hacía experimentos en el garaje de uno de ellos. Cientos de reporteros se agolparon a la entrada del garaje. Tras varios días de investigaciones, salió el portavoz a atender a los medios, un chico de treinta años que trabaja de frutero durante el día.

    - Las redes de telefonía, los sistemas de posicionamiento global (GPS), la navegación aeroespacial, los contadores internos de todos los aparatos electrónicos, los relojes de todo el mundo… todos están sincronizados. Y si vas tirando del hilo, unos se sincronizan con otros y así sucesivamente hasta que llegan a la madre de todos los relojes: los relojes atómicos de cesio. Si fallaran esos relojes, repercutiría en la escala cronológica actual.

    La investigación duró poco. En dos días, el presidente de la empresa que fabricaba relojes atómicos estaba entre rejas, acusado de poner potasio en vez de cesio para abaratar costes. El tiempo se aceleró y ahora pasaba volando. Ya nadie tiene tiempo de comprobar a que suena el silencio por qué no dura. La nueva definición de segundo es la 1/273 parte de la duración de la obra 4´33´´ del músico estadunidense del siglo XX John Cage.

    FIN

    Los chapulines

    Los chapulines

    Tenía que traerlos a casa, el fin de semana era de tres días, y no podían quedarse tanto tiempo sin comer. Eran 100 chapulines, saltamontes, si así lo prefieres. El experimento era simple, a la mitad lo tenía que alimentar con hojas verdes frescas y a la otra mitad lo tenía que alimentar con frutas.
    Tomé los terrarios conmigo, curiosos, todos esos ortópteros me veían, por fin conocerían algún otro sitio diferente a las 4 paredes del laboratorio que los vio nacer y que probablemente los vería morir.
    En un principio pensé que sería un gran problema dormir, con tantos insectos en casa, y sobre todo con estos y sus sonidos estridulantes, probablemente serían unas largas noches, sin embargo, estaba equivocado, me llegó la hora de dormir y el sonido en casa era el regular; apenas se escuchaba algún coche pasar por la calle.
    No pasó mucho tiempo para caer dormido, los terrarios estaban colocados al lado de las plantas que cultivaba en el dormitorio, en una mesa destinada para esto, a un par de metros de mi cama.
    Cuando abrí los ojos, descubrí a más de una docena de chapulines observándome fijamente, de alguna manera, entre sueños, logré reducirme a su tamaño, y de alguna manera, lograba también entender todo lo que decían. Eran libres, habían vencido la tapa del terrario uniendo fuerzas y estaban saltando por toda mi habitación, riendo y jugando, felices de ser libres y poder estirar así las piernas.
    Todos hablaban a mi alrededor, tampoco entendían como de un momento a otro tenía yo ese tamaño y porque estaba recostado en la mesa, todo era un caos. Pasados unos segundos, después de que me vieron abrir los ojos, un valiente se acercó a mi y dijo, -Hola, ¿Cómo estás?, ¿Cómo lograste ser como nosotros?
    Sorprendido por esta última frase, me levanté de un salto y descubrí que el color de mi piel había cambiado, ahora era de un verde vivo, como todos ellos, tenía seis patas, podía brincar tan alto como cualquiera y mis antenas brillaban con la luz de la luna. -No lo sé- les contesté.
    Asustado, en un principio, intenté despertar de ese sueño, brincando alto y cayendo desde arriba, no era posible que esto sucediera, así que, si lograba estar en peligro de muerte, mi cuerpo despertaría, pero no era un sueño. Estaba en carne y exoesqueleto ahí, viviendo como un chapulín, saltando, hablando, y haciendo estos ruiditos. Cri Cri – Cri Cri.
    Algunos me seguían con la mirada, preocupados porque sabían que yo debía alimentarlos, y sin mí, probablemente morirían de hambre, los otros, felices continuaban volando por toda la habitación, contando chistes y haciendo bromas.
    -Saul- Me gritó uno desde la mesa, -tenemos que desarrollar un plan, si no, todos aquí, moriremos de hambre-. Tenía toda la razón, no era momento de estar asustado, ya tendría tiempo después, para pensar porque me encontraba en ese estado, por ahora, mi mayor trabajo, era asegurar la comida, y si sobrevivíamos suficiente tiempo, tal vez alguien vendría a buscarnos.
    Por suerte, mi habitación servía paralelamente para experimentar y descansar, así que tenía una gran caja, sobre la misma mesa de los terrarios, que servía para cosechar zanahorias y cilantro, por medio de un sistema de hidroponía. Si hacíamos raciones, esa comida bastaría para alimentarnos durante mucho tiempo, podríamos comer raíces y hojas.
    Los que estaban interesados en el tema de los alimentos y ya, nos pusimos de acuerdo, tendríamos agua y comida para largo tiempo, pero no contábamos con un problema, todos los que andaban saltando por doquier, nunca habían comido hierbas en su vida, no conocían el sabor y al parecer el azúcar de las frutas se las había subido a la cabeza y no querían nada más que uvas, lo que ellos conocían y preferían.
    Si hubiera sido otra la situación, esa sería una anotación muy importante para la investigación, sin embargo, ahora yo, era parta del experimento y teníamos que resolver esto de alguna manera.
    No podíamos salir de la habitación, si lo hacíamos, el gato podría ir detrás de nosotros, así que nos dimos a la tarea de convencer al grupo de frugívoros de consumir las zanahorias, si bien eran un poquito más duras que las uvas, a final de cuentas también eran algo dulce. Todos estuvimos de acuerdo, se llegó la mañana y nos dispusimos a dormir ahí donde cada uno estaba.
    Abrí los ojos, y para mi sorpresa, había vuelto a mi tamaño original, tenía manos y piernas, había perdido las antenas y mi piel ya no era verde. En un instante, salté hasta el terrario y descubrí que todo seguía igual, todos estaban en su sitio, pero eso sí, de un lado había hojas de cilantro y en el otro, trozos de zanahoria.

    Los Marineros

    Los Marineros

    Era una mañana como tantas otras, todos los marineros éramos jóvenes, ocupados en labores de mantenimiento de rutina, pero ese día sería de todo menos rutinario, a las ocho menos quince se escuchó la primera explosión, estábamos bajo ataque de los que según un trozo de papel eran nuestros amigos…
    De repente en nuestro buque sentimos una fuerte explosión proveniente de la proa del barco, todo nuestro mundo se estremeció, el navío comenzó a hundirse y voltearse, yo y unos 50 marinos nos encontrábamos en ese momento en el fondo del barco lo que rápidamente se estaba convirtiendo en nuestro último techo, al terminar su giro todas las luces se apagaron y quedamos en una oscuridad casi absoluta, atenuada nada más por unos pocos encendedores propiedad de mis compañeros marinos. Encerrados todos bajo el casco de lo que fue nuestro acorazado, nos dimos cuenta pronto de que no tendríamos escapatoria, aun seguíamos escuchando las detonaciones apagadas por el grueso casco, detonaciones que provenían de las bombas lanzadas por los aviones cazas “zero” japoneses.
    Luego de algunas horas que parecieron días en esa oscuridad, escuchamos los desesperados golpes de nuestros compatriotas, escuchábamos sus esfuerzos por perforar el grueso acero del barco, sin éxito; ahí en la oscuridad yo y mis compañeros, hombres que sabíamos nuestro destino, en esa dantesca oscuridad, algunos lloraban otros rezaban, incluso varios acabaron con su vida usando sus navajas, pero la mayoría se preparaban, la pérdida de oxígeno les anunciaba el inminente final, el aire enrarecido se extendía entre el escaso espacio que el agua y el humo nos dejaban, poco a poco cada uno de los marinos aceptaban su muerte.
    Los llantos y rezos cesaron y un silencio atronador inundó el ya poco espacio, sin darme cuenta perdí el conocimiento, caí en un sueño del que jamás despertaría, ya dormido seguía escribiendo esta líneas en mi mente moribunda, soñando con el sol tropical que seguramente inundaba la playa cercana a Pearl Harbor donde días atrás nos divertiamos “los marineros”.

    Los últimos recuerdos antes de desaparecer

    Los últimos recuerdos antes de desaparecer

    Miro por la especie de ventana que está frente a mí y recuerdo mi casa junto al estero, pero al atravesarla vuelvo a recordar que estoy lejos. Es una de las cosas que aún me siguen impactando de este lugar, la sensación en mi cuerpo al cruzarla, sentir su inmaterialidad y las especies de ondas que se mueven y tocan mi cuerpo al pasar, definitivamente era algo bastante extraño, sobre todo mi sensación y el vibrar de mi cuerpo.

    Habían otras cosas que no me resultaban tan extrañas, es como si las hubiera conocido de antes, como el aparato que sirve para purificar el ambiente, me imagino que recogerá células muertas y quien sabe que cosas más, parece una especie de hongo pero no es orgánico o puede que sí, a lo mejor en base a otro elemento que no sea el carbono, pero yo le digo hongo de todas formas y nadie me corrige, no son cosas que importen y la comunicación no es tan fluida tampoco, o al menos eso es lo que percibo.

    Empecé a mirar a mi alrededor tratando de darle sentido a la materialidad o inmaterialidad de las cosas, recorriendo con mi mente el sitio sin moverme y tratando de dejarlas guardadas en algún lugar de mi mente. Estaba haciendo una especie de registro que no sabía si sería posible rescatar luego, tratando de usar lo conocido para describir lo desconocido.

    Estaba pensando en eso cuando él interrumpió mis pensamientos apareciendo frente a mí, no lo vi llegar, suele ser así, me pregunta si estoy lista y le digo que no lo sé, crece un silencio. No sé cuánto tiempo transcurre, me cuesta dimensionarlo. Aquí todo parece atemporal no sé bien cómo explicarlo.

    Me guía por un pasillo estrecho, creo que no caminamos mucho, pero tampoco de eso tengo certeza. La sala es grande, hay una silla en el medio similar a las nuestras, pero de un material distinto, con esa consistencia extraña que se mueve como si fuera un metal, pero visto desde sus partículas con sus electrones nadando. Es algo que me imagino, algo cercano para poder explicarme las cosas que veo y siento, pero en realidad es imposible hacerlo. Me siento y sobre mi cabeza hay una especie de cubo que comienza a girar y con cada vuelta me voy dejando llevar lentamente hasta desaparecer.

    MADRE DE GLUONES

    MADRE DE GLUONES

    Aquel sábado de primavera de 1999 Cecilia exponía un tema sobre partículas elementales del temario de física y química de profesores de secundaria, del microcosmos al macrocosmos, decía uno de los epígrafes. Licenciada en Químicas, el tema no era su especialidad, pero su incapacidad patológica para decir “no”, la hizo comprometerse una semana antes con su preparador. En 7 días se familiarizó con quarks y leptones, y a su saber incorporó esa attométrica estirpe de partículas del modelo estándar. Tenía un don oculto para la interpretación y aquel día bordó su papel. Se adentró en el mundo de lo muy pequeño haciéndose muy grande.
    Dos décadas después, 20 años no es nada, con la sien plateada, oculta gracias a la comunión de la química y la cosmética, se seguía haciendo muy grande unas veces, o muy pequeña otras, según los distintos avatares de la vida. Enseñaba los entresijos de la materia y sus interacciones, y presentaba la física como el manual para entender la naturaleza y el universo. Otra vez en primavera, recibió una noticia fantástica, ese verano iría al CERN con una beca. No se lo podía creer, tantos años viendo en los libros de texto imágenes del santuario de los físicos, leyendo novelas que transcurrían en el escenario del mayor acelerador de partículas, y ahora ella visitaría ese lugar, Disneyland para los científicos, como se lo describió a sus hijos pequeños.
    Esa última semana de Junio en Ginebra, deleitaba su vista con el imponente Mont Blanc, y el lago Le Man, se movió con igual soltura por las routes Pauli y Wu, que por el auditorio del CERN, encontró la estatua de Shiva cerca del edificio 38, y disfrutó analizando mentalmente diversos perfiles de la marabunta humana de la cafetería a mediodía, anónimos o no, como Giuseppe y Maria Fidecaro, que habiendo superado la edad de jubilación en al menos 4 lustros, seguían comiendo en la cantina. Investigar tiene algo de febril y de compulsivo, que reduce el universo vital de los científicos al espacio físico en el que pasan tanto tiempo, cómo una barrera de potencial que los confinara. Algo así debía pasar con Sau Lan Wu, con sus ocho décadas de existencia, su figura menuda y su afabilidad. Quien tuviera el honor de estar con ella en el despacho A205 del edificio 32 no salía con las manos vacías, y Cecilia salió con una revista de la universidad de Wisconsin que contenía un reportaje sobre la investigadora. Semanas después, en una tarde tranquila de ese verano, se sumergió en la lectura del ejemplar firmado personalmente por Sau, quedando cautivada por la vida de esta física - digna de un guion de Hollywood- tanto, que mientras leía, la emoción se iba apoderando de ella:
    “La madre de Sau, era la sexta concubina de un comerciante del jengibre, a la que el resto de esposas echaron a la calle poco antes de dar a luz. Durante la ocupación japonesa en 1941, corría aterrada a los refugios antiaéreos con una Sau bebé envuelta en una mantita. Tras una infancia en China marcada por penurias económicas y la escasa presencia de su padre, al terminar el instituto, Sau adolescente buscó en la biblioteca un listado de 50 universidades en EEUU, escribió y finalmente la becaron en Vassar College, una escuela femenina de New York. Salió en barco del puerto de Hong Kong con 40 dólares, que estiró comiendo lo mínimo para mantener su frágil cuerpo de 40 Kg, y aprovechó el tiempo embarcada hasta San Francisco hablando con los pasajeros para hacer más fluido su inglés. En 1964 se graduó en Harvard, siendo la única presencia femenina en clase de Física, y lloró cuando en la ceremonia de graduación un guardia de seguridad quiso echarla alegando que no se permitían mujeres en la celebración. No cejó en su empeño de seguir con su carrera investigadora, cobró menos que sus compañeros haciendo el mismo trabajo, sacrificó la maternidad, aunque fue madre de gluones y del quark encanto, arrojando luz sobre lo más íntimo de la materia y del universo. Se ha pasado 32 años a la caza del bosón de Higgs, y trabajadora incansable, sus días aún continúan en el CERN, experimentando el goce profundo de descubrir.”
    Cecilia alzó la vista, y si la memoria fuera un terreno, en su mente se marcarían profundos surcos reteniendo la historia de la mujer que barrió en una generación 3000 años de sometimiento femenino bajo el yugo de las tradiciones.
    Había subrayado “La búsqueda es casi siempre larga y difícil, pero cuando los obstáculos golpean, te caes y te vuelves a levantar. Cree en ti misma. Mantente en tu determinación y harás algo grande”. La ciencia siempre da lecciones. Esta vez, de resiliencia, fortaleza y voluntad. En la siguiente primavera las iba a necesitar.




    Medioambientalízate

    Medioambientalízate

    Cuando me avisaron de que había sido seleccionada para el reality Medioambientalízate me emocioné mucho. Quería demostrar que se podía vivir sin producir contaminación ni residuos, algo fundamental en esta época donde el plástico flota en nuestros océanos y no existen tecnologías limpias capaces de paliar la alta carga de dióxido de carbono en nuestra atmósfera.
    Las normas eran sencillas. Tenía que llegar en barca a una isla donde sólo había una construcción ruinosa que asemejaba a una chabola para resguardarse de la lluvia, unos árboles frutales y 5 m2 de huerta, donde el equipo de producción había plantado vegetales. Me preparé a conciencia en el escaso periodo de tiempo que tuve antes de marchar a mi aventura. El reto era sobrevivir usando técnicas medioambientales.
    Al llegar vi que la casa consistía en una habitación con un catre, una ventana y un pequeño aseo. En una parte de la habitación había algunas herramientas con un cartel dando indicaciones de cómo usarlas.
    El primer paso era conseguir agua para beber. Me acerqué a las herramientas y rebusqué hasta ver un impermeable cuya pista era “no transpirable”.
    -Perfecto, esto servirá- dije, saliendo y colocándolo de forma que pudiera recoger agua- así tendré agua cuando llueva.
    Volví a resguardarme y pensé que hacer con el huerto. Las pocas plantas que había en la zona se estaban muriendo y los árboles eran pequeños y tenías hojas mustias. Empecé a preocuparme ya que sin fruta y verdura mi supervivencia era cuestión de días. En una isla como mucho podía vivir de lo que pescara en el mar y los vegetales que pudiera cultivar ya que no había ningún animal que cazar.
    Dando vueltas por la habitación empecé a usar mis conocimientos ambientales. Estábamos al noroeste de Europa y era una zona templada húmeda, por tanto, el suelo tenía que ser un suelo ácido. Los suelos ácidos se caracterizan por la alta concentración de aluminio y deficiencia de molibdeno. La primera opción que tenía para poder cultivar era drenar el suelo, lo cual provocaría aguas ácidas que afectarían al medioambiente y podría perder otros nutrientes esenciales para las plantas. La segunda opción era oxidar la pirita pero, igual que en la otra opción, era imposible disponer de tanta agua. Entonces me acordé de Galicia, dónde se añadían al suelo pedazos conchas de moluscos, es decir, carbonato cálcico, para encalarlo. Los beneficios de esta técnica son el aumento del pH, neutralizar la toxicidad del aluminio para que las plantas pudieran aprovechar los nutrientes necesarios, la actividad de los microorganismos permitiendo que descompongan la materia orgánica para obtener más nutrientes y mejora la aireación y el paso de agua ya que el encalado mejora su estructura. Al poco tiempo empecé a tener plantas y árboles que daban frutos sabrosos.
    Al final gané el concurso utilizando un método que no contaminaba, reutilizaba las conchas de los mejillones, berberechos y almejas que me comía.

    Mejor que tu madre

    Mejor que tu madre

    Son las 10:20 de la mañana, y hace rato que debería haberme sentado en el escritorio a seguir escribiendo mi Trabajo de Fin de Máster. El teletrabajo en verano ya no hace tanta gracia. Con el primer café del día en la mano, enciendo la televisión para ver las noticias.

    “Especial Covid-19”. Ese especial lo retransmiten muy a menudo...

    Cambio de canal, prensa rosa. Vaya.

    Cambio de canal, “Así se adaptan nuestros futbolistas a los nuevos entrenamientos”.

    Tras este viaje por las apasionantes novedades de la televisión, decido apagarla y me pongo un podcast mientras desayuno. Hablan de un nuevo yacimiento arqueológico encontrado en una isla, donde podría haber restos fósiles de seres vivos. Bueno, de seres que un día estuvieron vivos, claro. ¿Serán restos humanos o de animales? Seguro que es muy difícil distinguirnos, ¡con lo parecidos que somos a los animales! De hecho, hay quien dice que a veces podemos llegar a ser incluso tan humanos como ellos.

    Entrevistan a los investigadores que van a analizar esas muestras biológicas. Cuentan que están dentro de trocitos de ámbar y que podrían contener ADN. ¡Pues claro! Así es como sabrán si esos restos son humanos o animales, analizando nuestro material genético. Pero no lo digáis por ahí, porque esos ácidos nucleicos tienen toda nuestra información… ¡te conocen mejor que tu madre! O eso dicen.

    Recuerdo entonces las clases de biología en las que nos hablaban del ADN, su transcripción a ARN y su paso a proteínas, que nos permiten ser todo lo que somos. Me pregunto por qué en esos yacimientos se suelen encontrar restos de ADN, pero no de ARN o proteínas. Quizá sea más resistente a todos los cambios de temperatura y condiciones en las que habrá estado todos estos años. Sí, definitivamente el ADN es el fortachón de los ácidos nucleicos.

    No sé si recuerdo bien las estructuras del ADN y ARN de las clases de biología. Creo que sí...más o menos. Cojo un papel y empiezo a dibujarlas. Este grupo -OH iba enlazado a otro carbono, y creo que el enlace entre nucleótidos era así. Sí, así era. ¡Lo tengo! Recuerdo que ese enlace entre nucleótidos que forma los ácidos nucleicos podía ser roto por el agua, por hidrólisis. Claro, por eso en el yacimiento solo han encontrado restos conservados en ámbar, que habrá protegido los restos del agua. Para que luego digan que el agua es buena, y hasta la bendigan... Pero mi duda sigue sin resolverse... ¿por qué solo encuentran ADN y no ARN?

    Me quedo mirando las moléculas que he dibujado. Definitivamente nunca me dedicaré al arte, por el bien de todos. De repente me fijo en el grupo -OH que se encuentra en el ARN pero no en el ADN. Si ese grupo se combinase con un átomo de hidrógeno que pasaba por allí... OH + H... ¡tenemos H2O! Ese agua hidrolizaría los enlaces de la molécula, destruyendo los restos de ARN para siempre. Un momento... Parece que el propio ARN tiene un átomo de hidrógeno cerca de su grupo -OH. ¡No puede ser! El propio ARN puede formar algunas moléculas de agua y autodestruirse.

    Parece que he resuelto mi duda. Los restos de ARN de nuestros antepasados han sido degradados o se han autodegradado, todo por unas pocas moléculas de agua... Qué tontos... ¿No podrían haber cogido un paraguas antes de salir de casa?

    De repente escucho la voz de mi madre al fondo del pasillo: “¿Aún no has empezado a estudiar? Ya son las 11”.

    Puede que el ARN no sea tan tonto al fin y al cabo, y quizás no quiere darnos su información. ¡No podemos permitirnos que nos conozcan tan bien como nuestra madre!

    MEMORIA CUÁNTICA Y FÓRMULAS UNIVERSALES

    MEMORIA CUÁNTICA Y FÓRMULAS UNIVERSALES

    Memoria cuántica y fórmulas universales

    Una mano teclea la clave de seguridad en la puerta del laboratorio y se deniega el acceso. Dentro se activa el primer aviso de alarma… “bip ti bip”
    Desde el interior, la prestigiosa doctora Ardá activa con su iris, a distancia, la clave de apertura.
    . -Sabía que era usted, Dr. Berger. Le estaba esperando. ¿Ya estamos con fallos de memoria?... Y sonríe, mirando de erre ojo al veterano profesor y amigo.
    . - Déjese de bromas, que ya vamos con retraso. (Contesta el profesor un poco airado) y continúa con tono imperativo:
    . - ¿Está preparado el voluntario?
    Sí, le hemos registrado su sueño durante dos noches seguidas. Está libre de fármacos y no presenta enfermedad neurológica ni mental. ¡Es un candidato perfecto!
    Veo que se comienza a dormir. Por favor, inicie el registro con el magnetoencefalograma 4D y a su vez le situamos en ambas regiones temporales a la altura del hipocampo las del ordenador cuántico, que nos van a permitir almacenar su memoria episódica. Ya sabe usted lo interesante que es extraer los recuerdos vividos de esta persona, sin dañar su memoria.
    Pero, profesor ¿cómo los distinguimos con el sueño? ¿Y por qué no registramos en vigilia?
    Durante la vigilia la corteza cerebral tiene entradas de demasiados estímulos de todo tipo y se generarían interferencias con el chip de geolocalización que lleva implantado en la muñeca.
    Esa fue mi tesis doctoral sobre memoria semántica y potencial N400
    La felicito, un complejo trabajo, Dra. Ardá. Al comienzo del sueño de ondas lentas las personas “sacamos” del lóbulo prefrontal los recuerdos almacenados de forma superpuesta mediante los husos de sueño o “spindles”. Observe en la pantalla del ordenador cuántico sus vivencias reales. A la vez está pasando desde el hipocampo al lóbulo prefrontal sus recuerdosny el córtex se encarga de reproducirlos.
    Es impresionante profesor. Con este equipo vamos a almacenar todos sus recuerdos.
    Ya sabes que a diferencia de los ordenadores de bits donde registrar 0 o 1, aquí los cubits rastrean todos a la vez, probando todas las probabilidades de un “golpe”. De esa manera podemos ver en pantalla la n-dimensionalidad de sus actos, y gracias a la teleportación cuántica no realizamos ninguna destrucción cerebral. Conforme vaya avanzando en el sueño más lento iremos viendo aspectos de su vida anterior como infancia y juventud.
    . -Profesor sin estímulos ¿Podremos capturar todos sus recuerdos incluso los que haya querido olvidar?
    El olvido solo existe cuando hay destrucción neuronal en hipocampo, lóbulo frontal o las vías que los unen, mientras todo lo tenemos almacenado.
    . -Qué curioso es su sueño REM, de movimientos oculares rápidos y ondas más rápidas, donde la corteza actúa libremente de forma anárquica. Lo está pasando muy mal, ve fantasmas y grita. ¡Qué imágenes más angustiosas! Lo estoy pasando fatal…
    Ya ves, lo que esconde la mente humana. Esta fase es importante porque sirve de regulador emocional y precisamente, aunque te parezca que lo pasa mal nos descarga de nuestros temores.
    . - Es nuestro momento, profesor. Vamos a lentificar las ondas en 4 Hz, haciendo que descienda la hiperactividad del córtex y sus tristes recuerdos de la infancia los olvide para siempre con este equipo nuevo de radiación electromagnética de rayos gamma.

    . - Gracias a este avance vamos a superar los filtros del cuero cabelludo y, sobre todo, el hueso y meninge. Hasta pueden penetrar en los tejidos y actuar sobre el ADN. Tenemos que activar todos los sentidos para extremar el cuidado y no destruir zonas no activadas.
    Profesor, no sé si negarme. Estamos actuando sobre su memoria… Esto es como una violación en toda regla
    . - Escucha, tenemos su consentimiento firmado, el del comité de bioética y el de la dirección del Instituto. Él ha permitido nuestra actuación y solo es una parte de su historia. No es el momento de andarnos con remilgos de valores heredados del siglo pasado.
    Pero si tocamos la protoconciencia, la que se introduce en el cerebro desde el Universo durante el sueño REM fetal podemos alterar los valores universales.
    La protoconciencia es el resultado de una red neuronal muy compleja, no es local, como en este caso y los valores no están en el hipocampo. Así que tranquila.
    ¡Profesor, mire la pantalla! Sólo aparecen gráficas y unas extrañas fórmulas matemáticas.
    Rápido. Graba y envía estos registros cuánticos a otros institutos por las conexiones remotas en red del entrelazado de memorias cuánticas.
    Son códigos del universo ¿No cree que estamos ante un hallazgo increíble?
    Si, no le comentes nada de esto a él. Ya ha amanecido. Solo despiértalo y le dices que todo ha ido muy bien.
    Ahora, vamos a esperar las opiniones de la comunidad científica.

    MEMORIA MATEMÁTICA

    MEMORIA MATEMÁTICA

    Anoche tuve un sueño ¿o ha sido hoy? Esta memoria mía se está durmiendo. En el sueño llegábamos cogidos de la mano para hacer una merienda en nuestro huerto. Ibas comiendo uvas y besándome luego, ahora me acuerdo. Tengo que volver a repasar aquel teorema sobre la teoría de los besos ¿o era de las meriendas? Recuerdo que jugaba un rol clave en el nacimiento de la teoría del caos y de la pasión y del amor ¿Era nuestro caos aquel amor? Puede que sea el mismo caos que me persigue cuando intento recordarte querido. Creo que aquella teoría aportaba algo a la teoría ergódica, pero no me hagas mucho caso. Tengo que recordar aquello de los sistemas dinámicos geométricos que a mí me parecían trascendentales, pero tú te reías de mí y me decías que eran elucubraciones banales, que fallaban los argumentos principales … Solo por hacerme rabiar, puñetero.
    Ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora ya no nos quedan uvas para comernos y reírnos. El racimo se secó el año pasado, o el otro, no sé, pero la pasión se fue yendo poco a poco de nuestro huerto. Mucho tiempo Alex pero creo que tú también los admirabas, los Teoremas de Ratner. Yo pienso que tuvo y que sigue teniendo un gran impacto en ese campo de la matemática pura. Digas lo que digas ahora, habías reconocido su enorme influencia en el conocimiento de las aplicaciones en sistemas dinámicos, en la teoría de los números y en algunas áreas de la física matemática. Ya lo sé, me vas a decir que a pesar de todas aquellas teorías ya no nos quedan lugares comunes para hacer nuestras meriendas. Que son espacios vacíos las bolsas donde las porciones de pan tenían las proporciones áureas que tanto nos gustaban untadas con aceite y que solo son arenas del desierto las hipótesis trigonométricas. Todos aquellos números, pirámides, circunferencias, que tanto nos gustaban para llenar las pizarras en la universidad. No nos queda una mesa donde poner el queso circular, mal llamado de bola, ni donde dejar miguitas de galleta sobre el tapete de la cocina mientras tomamos te de menta y perdemos la cuenta del tiempo. Se acabó el hambre que alimente a los sueños matemáticos que llenaban nuestros días. Pero admite que en ciertos espacios homogéneos con el mismo aspecto en cualquier punto, por ejemplo, en una esfera, una clase especial de flujo tenía siempre un comportamiento no caótico. Como me gustaría que fuera así aun en mi cerebro, podría explicarte como me siento. Quisiera ser una esfera y alcanzar un firmamento todo cubierto de estrellas, de los miles de millones de estrellas. Hoy ya solo las miro, no las cuento, no te burles, ni siquiera lo intento.

    De todo aquel festín epistemológico solo nos quedó un ofuscado silencio, de la mayoría de aquellas teorías ya no me acuerdo. Tu sigues viniendo, cada día, aunque algunas veces no recuerdo si eras mi esposo, mi amigo, mi compañero o si lo sigues siendo. Generosas tus manos entre mis manos encuentran un espacio, cada día. A veces pienso que muchos de aquellos sistemas podían ser extremadamente caóticos, más o menos como son hoy mis pensamientos. Me vienen a la memoria aquellos sistemas que poníamos como ejemplo a los modelos de predicción meteorológica. Por cierto ¿qué tiempo hace hoy? Ayer dijo aquel presentador que mañana llovería y yo me quedé pensando ¿Cuál era la teoría? A lo mejor “lo acierta” me dije yo. Me pareció que esto del tiempo era una pura conjetura. No sé, ya me hago un lio.

    ¿Te acuerda de aquello de los flujos de los fluidos, por ejemplo, que tendían a tener comportamientos caóticos y que presentaban turbulencias? Pues bien yo hoy me siento así. Llena de turbulencias que me angustian si pienso en ellas. Se que estoy perdiendo la memoria porque tengo aquella enfermedad que definió el doctor aquel, creo que se llamaba Alzheimer. A ratos pierdo el oremus y no sé quién es esa vecina de enfrente de mi sillón que me mira insistentemente. Debe ser otra paciente. A veces me sonríe como si me conociera de siempre y que es muy indulgente con mi torpeza. Por eso, no sé yo, si dejarlo todo en un rincón y me voy yendo al futuro sin retorno, sin mirar hacia atrás, “el rostro impertérrito, apacible el sendero”, decía aquel poeta que tanto me gustaba y cuyo nombre ya no recuerdo. Eso sí que lo siento, he olvidado la poesía no solo de los números, de las letras, también.

    Cuando te vea de nuevo amigo mío, si aún lo recuerdo, si aún te recuerdo y antes de que se me olvide tu rostro y tu generosa compañía, debería decirte todo esto y … que lo siento.


    MI ABUELO ES UN GENIO

    MI ABUELO ES UN GENIO

    Pedrito está feliz de ir de paseo a la plaza cerca de su departamento, esta vez irá con su abuelo, es profesor de Física jubilado, ya lleva tres año en esa condición y no deja de pensar en la enseñanza, para él es, ha sido y será siempre su vocación.
    Mientras su nieto juega con otros niños en los juegos del lugar, se dedica a observar a los padres, despreocupados de sus hijos, cabeza gacha viendo sus celulares…
    Que personas más extrañas, no disfrutan el ver a sus hijos jugando felices, interactuando con otros, aprendiendo nuevos juegos, nuevas habilidades sociales…los dejan a la deriva…
    Ve que los niños, en un grupo de aproximadamente 8 se han organizado para, al parecer, hacer una competencia.
    Prestará atención para ver cómo le va a su nieto Pedrito, no es muy hábil todavía para cosas de actividad física.
    Como abuelo comienza a pensar cómo ayudarlo, él es profesor de Física, no de Educación Física…Bueno, se dice a sí mismo, ¿para qué preocuparme antes de tiempo?…veré que pasa y como lo maneja…
    Al cabo de diez minutos vuelve Pedrito algo cabizbajo y, mirando a su abuelo le pide se devuelvan a la casa…
    ¿Qué pasa Pedrito?, ¿me quieres contar?
    Mhhh, no sé abuelo, me da penita.
    Bueno, dice el abuelo, estoy aquí para cuando estés listo.
    ¿Qué te parece que pasemos por un helado antes de volver?
    Eso sería muy bueno, abuelito
    Mientras eligen los sabores el abuelo mira nuevamente a Pedrito con cara de pregunta… Pedrito capta la indirecta y le dice…abuelo, creo que mientras nos comemos el helado puedo contarte lo que me ha pasado.
    Vamos pues, Pedrito, ahí veo una banca, sentémonos y mientras me cuentas y disfrutamos el helado yo descanso un momento.
    Los amigos de la plaza han hecho una competencia y yo he quedado último, y eso me tiene muy triste.
    ¿Y de que trataba esa competencia?
    De deslizarse en el tobogán, uno de ellos tomaba el tiempo y el que menos demoraba ganaba.
    Hicieron una Tabla de Datos, como esas que la maestra nos hace hacer en el colegio, son entretenidas, pero no tanto cuando uno pierde…la cosa es que aunque esa tabla es útil para muchas cosas, hoy ha sido útil sólo para ver que fui el que quedó último.
    Quizás pueda ayudarte… ¿Cuándo van a jugar de nuevo?
    Mañana como a esta misma hora… ¿pero abuelo?...tú no vienes mañana…¿o sí?..
    Vendré para ayudarte y te aseguro que no quedaras último, tampoco el primero, pero, por lo que vi podrías estar en la mitad de la famosa Tabla de Datos…¿eso te haría feliz?...Claro que sí abuelito.
    Vamos, te paso a dejar al departamento, y me voy a la casa, nos vemos mañana y te explico. Pedrito lo abraza, le da las gracias y se despide.
    Pedrito casi no puede dormir, al punto que sus padres creen que está enfermo, finalmente al conversar con él se san cuenta que es pura ansiedad…le preparar una lechecita caliente y al poco rato ya está durmiendo…la mamá con algo de preocupación le dice al papá que espera que el abuelo sepa lo que está haciendo, a lo que el marido la tranquiliza…tranquila mujer, mi padre ama enseñar… seguro tiene un as bajo la manga…tranquila…¿te preparo una lechecita caliente?...
    Ha llegado la hora, el abuelo pasa por Pedrito, y antes de salir rumbo a la plaza le dice que le ha traído un regalo, y saca de su viejo maletín de profesor un reluciente pantalón nuevo, al tiempo que le dice que ya la abuela le ha hecho la basta así que está llegar y usar…Pedrito lo mira extrañado pero se lo pone…le queda perfecto…ahora si…dice el abuelo…vamos a la plaza…vamos a competir…vamos a subir en la Tabla de Datos…
    Finaliza la competencia y Pedrito con la cara llena de risa se acerca a su abuelo y le dice que ha quedado entre los cuatro primeros lugares…¿Cómo ha sido eso posible abuelo?...
    ¿Sabes que es la fuerza, la forma y el roce?
    Ni idea abuelo… ¿Qué significan todas esas palabras?
    ¿Te parece que te lo explique mientras vamos por un helado?
    Una vez que han disfrutado el helado y estando sentados en el mismo banco del día anterior, el abuelo comienza a extraer de su viejo maletín una serie de artículos: bolitas, diferentes géneros, una tablita, un autito con ruedas, otro con orugas y mientras deja que su nieto juegue un poco con las cosas, poco a poco comienza a explicarle el motivo por el cual hoy pudo lograr no quedar último…
    Lo que pasa Pedrito es que el roce es una fuerza que….mientras su abuelo explica las cosas…Pedrito piensa…Mi Abuelo es un Genio…

    Mi secreto

    Mi secreto

    No paran de preguntar por mí. Por mi sonrisa. Por mi nueva manera de hablar y de mirar. Incluso mis andares son diferentes, firmes y seguros. Aquel ser cabizbajo y triste ha desaparecido.

    Que no quede ni rastro de mi fobia social causa curiosidad y envidia. Cansado de sonrojarme por cualquier nimiedad, me había lanzado a los brazos de la ciencia. Participé esperanzado en el ensayo clínico con esas pastillas revolucionarias de “Improve”. Y me tocó placebo.

    microaventuras marinas

    microaventuras marinas

    Si pienso como empezó todo, me parece increíble como en tan poco tiempo he podido recorrer tanto mundo y visto tantas cosas. Cuando me crearon en el proceso de polimerización pensé que mi vida se basaría en ser parte de una aburrida chaqueta de montaña de microfibra, pero todo puede cambiar con un programa de lavadora.

    Me acuerdo de que nos llevaron de excursión y pasamos un estupendo día en la montaña, respirando aire fresco y disfrutando de salir de nuestra rutina de ciudad. Al regresar a casa, como tantas otras veces, nos pusieron a darnos un largo baño en la lavadora. Esta vez fue diferente, no sé qué nos pasó, pero algunas de mis compañeras y yo empezamos a separarnos hasta que ya un poco mareadas, nos dimos cuenta de que algunas de nosotras estábamos en el mar.

    Durante algún tiempo seguimos juntas, pero el mar no es cosa de aficionados, nos encontramos con que el oleaje, el sol y, sobre todo, que el agua estaba demasiado salada para nuestro gusto, y nuestros enlaces, esos que la publicidad prometía ser tan fuertes, comenzaron a ceder y nos separarnos sin poder evitarlo. También, y haciéndonos un flaco favor, nuestra brillante superficie pasó a ser ocupada por otros habitantes, creo que los llaman 'biofouling'. Les debimos gustar bastante, porque cada día teníamos más visitantes. Al final, todo y que nosotras no les molestábamos, ellos empezaron a debilitarnos y al final perdimos a algunas compañeras…entre ellas, yo.

    Vagamos por el mar, yendo de aquí hacia allá al son de las corrientes. Estuvimos de visita en algunas playas fantásticas, y ¡como éramos tan pequeñas nadie nos veía!
    Así pudimos visitar un sinfín de lugares, nos gustaba llegar siempre las primeras y poder presumir de haber descubierto una playa aun sin ninguna microfibra. Pero cual era nuestra sorpresa al saber que cada vez era más difícil llegar las primeras. Mis compañeras y yo que nos considerábamos unas aventureras, ¡menudo chasco el saber que allí habían llegado antes otros compañeros! Sinceramente, empezábamos a detestar semejante aglomeración. No solo ya de otras compañeras microfibras, sino, pronto empezaron a abundar los microplásticos, nanoplásticos y un sinfín de materiales más antipáticos como hilo de pescar o trozos de redes. Había de todos los colores y formas, y sus historias, que ahora no viene al cuento relatar, eran de las más variadas. Sentí envidia por algunos de ellos, se notaba que eran unos verdaderos trotamundos y presumían de haber estado en un montón de países, visitado un sinfín de lugares y de haber podido ver enormes ballenas. Frente a ellos, me sentía una completa inexperta, nosotras no habíamos podido salir aun del Mediterráneo, pero esperamos con ansia poder visitar otros lugares.
    La verdad, es que cuando subía la marea agradecíamos emprender de nuevo la marcha, quien sabe que nos íbamos a encontrar.

    Pero esta vez fue diferente, ya llevábamos algún tiempo de aquí a allá, habíamos ido perdiendo compañeras y cada vez nuestra pequeña comunidad era más reducida. Un cierto día, fuimos absorbidas por un pequeño animalillo, conocido, creo, por formar parte de la familia del 'zooplancton', pero no me hagáis mucho caso, igual también pudo ser de la familia del 'fitoplancton'. A mí, me enseñaron más sobre la composición de las microfibras y esas cosas, que si algodón, nylon, poliéster, que si fibra natural, que si fibra sintética. ¡Cómo iba yo a diferenciar un dinoflagelado de un equinodermo o un crustáceo! En fin, en un momento de despiste, adentro que nos fuimos. Estuvimos unos pocos días por allí, entre células y tejidos, pero creo que algo debió pasar, porque de momento todo oscureció y nos bamboleamos por otra tubería, que momentos angustiosos… Mis compañeras me dijeron que, en el mar, los grandes se comen a los chicos, así que seguramente, debíamos estar dentro del estómago de alguna sardina glotona. ¡Pero que sorpresas te depara el destino! Allí junto a otros engreídos microplásticos, nos encontramos con algunas de nuestras antiguas compañeras. Era el último lugar donde nos esperamos encontrar de nuevo. Nos pusimos en seguida al día, y nos contaron que otras compañeras no habían tenido tanta suerte y habían sido presa de un mejillón, otras quedaron atrapadas en el hielo, otras fueron arrastradas por un temporal hasta las salinas de la costa y hasta hubo una que se coló sin querer por la boca de un despistado nadador.

    Nos contaron también, que había compañeros, entre aquellos más grandes y fuertes, que ya llevaban mucho tiempo allí dentro, pero que había habido otros, que un buen día desaparecieron por un agujero que se veía al fondo. De todos modos, los más experimentados rumorean que las sardinas se comen por los que llevan las chaquetas de microfibra, ¡quién sabe si algún día acabaremos en el plato de algún restaurante!

    Misión: llenar la panza

    Misión: llenar la panza

    Nací una soleada tarde de verano. Mi madre depositó decenas de huevos sobre una Genciana y, aunque muchas de mis hermanas no consiguieron eclosionar, las que lo logramos aún teníamos por delante duras semanas de supervivencia como larvas hasta llegar a convertirnos en mariposas. Pasé mis tres primeras semanas de vida sobre aquella planta que me vio nacer, alimentándome de sus semillas y preparándome para la siguiente etapa de mi ciclo vital.
    Al final del verano, estando ya en el cuarto estadio de mi desarrollo, abandoné la dieta herbívora que hasta entonces había llevado; por lo que debía partir, dejando atrás el que hasta entonces había sido mi hogar, e ir en busca de otro lugar que me proporcionara alimento y cobijo. Para ello, mis ancestros habían desarrollado durante generaciones una sutil estrategia que me dispuse a poner en práctica.
    Fabriqué un delicado hilo de seda, frágil en apariencia pero suficientemente resistente para sostener mi diminuto cuerpo, y me deslicé por él hasta dejarme caer al suelo. Una vez allí, sólo tenía que encontrar un aliado que me facilitara los recursos que necesitaba. El plan era sencillo, debía hacerme pasar por una cría de Myrmica; si lo conseguía, una de estas trabajadoras hormigas me llevaría a su hormiguero y cuidaría de mí como si fuera una más de su progenie. Mis glándulas se pusieron manos a la obra y elaboraron un perfume de alomonas que me proporcionó el característico olor de ese formícido que pretendía fuera mi anfitrión durante las próximas semanas.
    Ataviada con mi perfecto disfraz, esperé con impaciencia la llegada de mi salvadora. Los minutos se antojaban horas y el constante peligro que acechaba en forma de voraces depredadores hacía aumentar mi estrés. El tiempo pasaba y mis fuerzas empezaban a flaquear debido a la falta de alimento cuando una Myrmica se aproximó a mí. Al percatarme de su presencia arqueé mi cuerpo, el cual inspeccionó con sus antenas tratando de averiguar si realmente era lo que parecía. Finalmente emitió su veredicto, mi aroma le indicaba que era una cría de su especie y me correspondía el honor de formar parte de su colonia.
    Me llevó a una cámara de cría de su hormiguero y me alimentó con sus regurgitados. Después continuó con sus tareas, dejándome instalada junto a las crías de hormiga y alguna intrusa que como yo había conseguido burlar la seguridad del fuerte. Viví los primeros minutos en mi nuevo hogar con cierto temor a ser descubierta; si eso ocurría sería el fin de mis días, las hormigas no perdonarían mi engaño. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que mi plan había sido exitoso, nadie se había percatado de mi falsa identidad. Si todo continuaba saliendo bien, podría realizar mi metamorfosis en este escondite.
    Pasaron las semanas y mi madre adoptiva decidió cambiarme de habitación. Me llevó a otra cámara de cría más cercana a la superficie del suelo, donde el calor del Sol se hacía más latente. Establecida ya en la nueva estancia, me convertí en crisálida y afronté la recta final de mi transformación permaneciendo inmóvil dentro de mi capullo.
    Al cabo de unos días ya estaba preparada. Decidí que el mejor momento para salir era a primera hora del día ya que, tal y como había observado durante mi estancia en el hormiguero, las Myrmica no son muy activas a esas horas de la mañana y, por tanto, las posibilidades de ser descubierta se reducían. Conseguí abrir una pequeña grieta en el capullo y, con mucho esfuerzo, me liberé de él. Aunque traté de hacer el menor ruido posible, mi lucha por ser libre alertó a las obreras de mi presencia. Mi verdadera identidad había salido a la luz y, como si de un ejército se tratara, se abalanzaron sobre mí con la intención de darme muerte. Debía huir antes de que consiguieran acorralarme. Esquivé con gran dificultad los ataques de sus mandíbulas y salí al exterior alzando el vuelo, dejando atrás una furiosa colonia por no poder vengar mi burla.
    Los rayos de Sol me recibieron y mis alas se batieron al ritmo de la suave brisa que acariciaba mi cuerpo. Ya no era la misma, había entrado en el hormiguero siendo una pequeña larva y salía convertida en una bella Maculinea alcon adulta.

    Neurovirus, Una Nueva Pandemia

    Neurovirus, Una Nueva Pandemia

    Año 2040

    Hola me llamo Nizar soy doctor del centro de salud kloud, uno de los hospitales más grandes y más importantes de todo el mundo. como todos sabéis estamos afrontando muchos problemas debido a la nueva pandemia, Neurovirus. Se trata de un virus que no sabemos cuál es su origen ni tampoco su cura.

    Estamos teniendo muchos problemas debido a que tiene una membrana muy rígida y unos defensas nunca jamás vistos, no se parece nada al virus que hemos experimentado en 2020 (Coronavirus). Recibimos muchas llamadas de socorro de otros países para alojar y tratar con centenares de miles de afectados.

    Para los que no lo saben, este virus se trasmite mediante el aire que respiramos y tiene efectos secundario muy terribles como la caída del pelo, la pérdida de la memoria, y también efectos perjudiciales para el organismo como infección de los pulmones debido a que este órgano va ligado a la respiración. Aún no hemos encontrado la cura y ya se ha exterminado más del 87% de la población mundial, esto terminaría con la raza humana, pero estoy seguro que sobrevivirán algunos grupos que formarán el futuro de la raza humana. Por ello dejo esta carta en la capsula del tiempo y sé que vosotros los del futuro existiréis y formareis una nueva raza porque la historia no puede acabar aquí.

    No me apetece estudiar este tema

    No me apetece estudiar este tema

    A veces me resulta increíble que la gente no sepa ciertas cosas. He llegado a sorprenderme porque mi interlocutor no tuviera claro el concepto de hemorragia subaracnoidea, que a estas alturas he llegado a considerar erróneamente cultura general. Tengo que obligarme a recordar que en mis primeros años de universidad ni siquiera yo tenía clara la organización del sistema nervioso. He llegado a comprender que estos términos requieren años para ser interiorizados.
    Pero estos días, tras una larga cuarentena, en una comida familiar sugerí de broma que la población no tenía claro lo que era un virus. Vi la cara de mi hermana bajar al mantel. No se crean, todos en esa mesa eran graduados universitarios. ¿De verdad? ¿Incluso esto?
    Qué es un virus, no sé si ustedes habrán hecho esta pregunta en los últimos días a su alrededor, pero os animo a ello. Realmente se sorprenderían de sus respuestas. "Es algo parecido a una bacteria que provoca enfermedades" es de los más acertado que he conseguido escuchar. No esperen la palabra microorganismo en la definición.

    Este hecho me hizo remontarme a mis clases de biología en el instituto, y como muchos de mis compañeros se quejaban de tener que estudiar esta asignatura cuando ellos iban a ser abogados o economistas, o directamente no tenían ningún interés en absoluto en continuar sus estudios.
    Tristemente esta conversación se repetía en muchas otras asignaturas, y yo misma llegué a pensarlo de otras. Ahora, me encuentro a mí misma buscando en wikipedia la lista de emperadores romanos para poder comprender mejor la novela que estoy leyendo.

    Ahora, gracias al camino que elegí, me siento afortunada por entender el concepto de contaminación cruzada, y saber que no sirve sólo con lavarme las manos si he estado tocando el móvil en el supermercado. Solo espero que nos demos cuenta de que la ciencia es inherente a la vida, y necesitamos los máximos conocimientos posibles para poder enfrentarnos a ella.

    No siempre la luz está al final del túnel.

    No siempre la luz está al final del túnel.

    ¿Sabéis esa sensación de levantarse después de una noche de desenfreno y ves que estás en una casa que no es la tuya y no recuerdas cómo has llegado hasta allí? Bueno, pues mi situación actual no es para nada como una sensación, esto es muy real, y mucho peor que todas las resacas que haya tenido juntas. Cómo he llegado hasta aquí, es algo que soy incapaz de comprender ahora mismo. Lo último que recuerdo es…, ¡mierda!, ni siquiera puedo recordar qué fue lo último que hice para acabar en esta situación. Sé que alcohol puede producir ‘’apagones mentales’’, al fin y al cabo, es un depresor del sistema nervioso y afecta al funcionamiento de nuestros neurotransmisores, actuando como un sedante que altera las funciones cerebrales superiores.
    Pero yo no he bebido, bueno no lo recuerdo, ¡AHHHH! esto es muy frustrante, ¿me habré metido algo chungo...? Eso es, alguien debe haberme drogado con alguna droga de estas nuevas. ¿Pero cómo? Si ayer era un día normal, yo estaba en mi casa tan tranquilo, no había quedado con nadie, no iba a salir… ¿O tal vez sí? ¿¡POR QUÉ NO PUEDO RECORDAR NADA!?
    Seguramente os estaréis preguntando en qué tipo de situación rocambolesca debo encontrarme para estar tan alterado, y seguramente cuando os diga que estoy en medio de un atraco a un banco, puede que empecéis a entender mi nivel de ansiedad. Pero os aseguro que no os podéis hacer una idea. Porque no estoy simplemente en medio del atraco. ¡Yo soy el maldito atracador! Yo, que en mi vida lo más ilegal que he hecho ha sido sujetar la bolsa de la fruta en el supermercado para que pese un poco menos en la báscula, me encuentro ahora reducido en el suelo del banco, con un tipo que debe pesar 200 kilos, inmovilizando cada articulación de mi diminuto ser. Si al menos se quitara de encima, igual le llegaba algo de oxígeno a mi cerebro y conseguía recordar algo.
    Espera, creo que algo puedo recordar, ¡Sí! Estoy en mi casa y… recuerdo una luz, una luz muy intensa y después… oscuridad, todo está negro hasta este instante, y el tremendo dolor de cabeza que me debe haber producido el golpe del policía.
    ¿Será eso posible? Quizá sí, puede que tenga sentido, de hecho, no era la primera vez que ocurría algo parecido. Las noticias habían informado de varios casos en los que distintas personas, se habían visto involucradas en situaciones de lo más variopintas: gente con vértigo haciendo el pino en repisas de ventanas, algún hueso fracturado por gente que repentinamente había dejado de creer en la gravedad, e incluso un hombre había pensado que era buena idea meterse en la jaula de los leones del zoológico porque había aprendido a hablar leonés. Lo curioso es que ninguno recordaba haber participado en tales proezas dignas de un challenge de internet, pero todos tenían un factor común, describían una luz, justo antes de perder el control.
    Bastante parecido a mí caso, ¿no creen?, y lo que también es muy curioso es que todos nos habíamos sometido recientemente a un TRNF (Tratamiento de recodificación neuronal fotosensible). Este nombre tan extravagante, es lo que se usa para describir la aplicación de la optogenética en la vida real. Esa técnica que, mediante ingeniería genética, consigue introducir una especie de interruptores sensibles a la luz en las neuronas de interés, para poder encenderlas o apagarlas a voluntad. Esto ha supuesto una auténtica revolución, pues junto al conocimiento que tenemos gracias al atlas neuronal, podemos manipular las sinapsis en la dirección adecuada para conseguir tratamientos eficaces contra enfermedades neurodegenerativas, perder peso o cómo en mi caso dejar de fumar.
    La técnica no estaba libre de polémica, pues a parte de los riesgos que tiene dejar que te hurguen el cerebro, existe la posibilidad de que alguien con mala intención pueda trastocar conexiones que no debería y tal vez inutilizar la propia voluntad del paciente… Aunque esto en la práctica parecía más una teoría de la conspiración que una realidad plausible. Sin embargo, siempre se aconsejaba acudir a clínicas autorizadas, que a su vez eran desorbitadamente caras.
    Igual ese fue el fallo, recurrir a clínicas clandestinas nunca es aconsejable, pero los médicos me habían dado un ultimátum, debía dejar de fumar de forma inmediata, y mi fuerza de voluntad no era tan grande, así que mi desesperación y mi cuenta bancaria inclinaron la balanza a esta opción.
    Así que recordad el cerebro es caprichoso y jugar con él puede acarrear consecuencias, y es que no siempre la luz se encuentra al final del túnel, a veces, te puede meter de lleno en él.

    Nono lo hará mejor

    Nono lo hará mejor

    Los histoSoftware coinciden ya con una confianza de dos sigma en que la era comenzó con el lanzamiento de Nono, no sé si lo recordarán, quizás fueran ustedes demasiado jóvenes. No fue el primer robot musa, como se llamaron entonces, no, desde luego, pero sí el mejor; el que consiguió crear con tanta humanidad y originalidad como nuestro género permite, a excepción quizás de los individuos que son capaces de traspasar las barreras de su tiempo y hacerse un hueco en la Historia como genios, ese selecto elenco de mujeres y hombres irreemplazables en el progreso de la Humanidad, aunque tampoco esto está del todo claro: hay un estudio de la Universidad de Delhi acerca de la creatividad muy interesante, les recomiendo su lectura, que viene a decir que las revoluciones culturales y los cambios de paradigma son completamente predecibles, debidamente establecidas unas condiciones de contorno histórico-sociales. Es decir, los así llamados genios no son más que singularidades puramente coyunturales, engendrados, por así decirlo, por la gracia del tiempo que les tocó vivir. Decisivos, por supuesto, pero coyunturales. Claro que Madame Bovary fue una obra de ruptura; pero, si Flaubert hubiera sido granjero en lugar de hijo de cirujano, ¿creen que la literatura seguiría anclada en el Romanticismo? Por supuesto que no. Sería famoso cualquier otro señor, o señora con pseudónimo de señor, francesa quizás o probablemente alemán, que hubiera escrito su Frau Bodensee que habría hecho saltar por los aires la nobleza del amor con lo tierno del pecado. Al fin y al cabo, se dice que son las obras las que escogen a sus autores.

    ¿Cuántas veces en la Historia ha ocurrido que un gran hallazgo científico ha sido alcanzado por dos o más mentes al mismo tiempo? Newton y Leibniz; Darwin y un olvidado Alfred Russel Wallace. El famoso bosón divino podría ser de Kibble en lugar de Higgs. La Historia no se detiene a esperar a nadie, y lo mismo ocurre con la literatura, salvando los innumerables grados de libertad de separan a un poema de una ley física. Cuenta el mismo Unamuno que casi por azar supo de un italiano, Pirandello, a quien leyendo pensaba, “¡lo mismo habría dicho yo!”. Los tiempos avanzan, y ese avance se tiene que materializar en alguien. Pensábamos que esos álguienes tenían que ser humanos, muy humanos, porque muy humano era lo que pensaban y decían; pero estábamos muy equivocados: una máquina puede hacer lo que hacemos tan bien o mejor que nosotros, ya sea ensamblar un microchip o pintar un cuadro dadaísta. El Renacimiento, el Modernismo, siguen teniendo a día de hoy una noción de... autenticidad, ¿verdad?, que movimientos artísticos como el Patetismo o el Chang-Shenghuó, o cualquiera de los iniciados por Nono no tienen. ¿Cómo comparar El Quijote con Once campanas de latón? ¿Cómo comparar la Capilla Sixtina con la colección NN-3395, o las Hojas de Hierba de Whitman con Los Versífone? Pues sí, son perfectamente comparables, en calidad y en calidez. Nos aferramos a la humanidad, queridos alumnos, como si realmente fuera algo, como si nuestras ideas fueran más puras por haber sido creadas en las conexiones sinápticas de unas neuronas que en la microcircuitería de un procesador. Pero no es cierto, y esa es la gran revelación de la era artificial.

    Claro que descubrirlo supuso un duro golpe para los que lo vivimos, los artistas especialmente. La mayoría de ellos se convirtió de la noche a la mañana en fanáticos de la unicidad del espíritu humano, todos muy apóstatas puertas afuera de un dios que clamaban llevar dentro. Los hubo quienes optaron por quitarse la vida, a modo de consagración última de la vida como único arte, ya ven ustedes, qué absurdidad. Los que conservaron algo de cordura, como un servidor, decidimos abandonar las incubaciones artísticas y estudiar, maravillarnos de la brillantez de una inteligencia que nos desbordaba, que nos había hundido para hacernos flotar, ahogado de tanto aire que nos daba. Y es que, aquí donde me ven, yo mismo fui escritor, queridos alumnos, mediocre, claro está. No lo digo con vergüenza; eran otros tiempos. Era lo normal, lo que se llevaba. Raro era quien no fuera pintor o poeta, escritor o dramaturgo. Como les digo, eran otros tiempos... Los del apogeo del arte del consumo, que, como una piedra lanzada al aire, alcanza su punto álgido antes de caer. Por suerte, el arte ha vuelto a lo puro y bello. Ha hecho falta una máquina para sacar los urinarios de las vitrinas de los museos, los plátanos de sus paredes, la mierda enlatada. ¿Qué habría sido de nosotros sin él? No lo sé, no lo sabremos. Sólo sé que ha sido nuestra salvación. Bien, prosigamos. Empezamos nuevo tema: el amor según Nono.

    Nueva Esperanza

    Nueva Esperanza

    Se ha descubierto un nuevo objeto estelar al pasar cerca de nuestro planeta, durante su periodo observable se han obtenido algunos datos. Se estima un tamaño no superior a los 10 metros de diámetro, de geometría irregular, y un periodo orbital de aproximadamente dos años.
    Las observaciones espectroscópicas indican que se trata de un elemento de muy alta reflectividad, de composición principalmente metálica. Algo totalmente diferente a lo que cabría esperar de cualquier asteroide. Y esto desconcierta realmente a los científicos.
    Astrónomos del mundo aseguran que es un descubrimiento realmente interesante y esperan impacientes su próximo acercamiento, dentro de dos años, para poder analizarlo en profundidad y sacar nuevas conclusiones.


    NUEVA ESPERANZA
    “Nueva Esperanza”, ese es el nombre que se le ha asignado coloquialmente a este misterioso objeto que se ha acercado a nuestro planeta de nuevo en los últimos días. Varios telescopios, entre ellos algunos de los más potentes del mundo, apuntaron hacia él para obtener la mayor cantidad de información posible.
    Los datos extraídos han causado una gran excitación y revuelo en el mundo científico. Lo que se ha observado no tiene precedentes, astrófísicos de las universidades más prestigiosas aseguran que todo apunta a que no es un objeto creado de forma natural, sino mediante el trabajo de alguna forma de vida inteligente.
    Los análisis de su órbita mediante modelos matemáticos aseguran que se trata de un objeto interestelar capturado por la gravedad de nuestra estrella y que ha ido reduciendo su órbita con el tiempo y la ayuda de nuestros gigantes gaseosos. Podemos, por lo tanto, asegurar que proviene de otro sistema estelar.
    Se está estudiando la idea de diseñar una misión para capturar a “Nueva Esperanza”, una misión que sería extremadamente costosa pero que podría demostrar la existencia de vida inteligente más allá de nuestro planeta y aportar nuevos avances a nivel científico y tecnológico. Ante esta posibilidad, las mayores potencias mundiales ya han iniciado conversaciones para conseguir los fondos y medios necesarios.
    Vivimos en un mundo entusiasmado, esperanzado y con la capacidad de colaborar para llevar a cabo una misión sin precedentes. La curiosidad siempre nos ha llevado lejos, y no habrá obstáculo que la detenga.


    COLABORAR PARA AVANZAR
    Han sido muchas las semanas de reuniones en las que la diplomacia, junto a la pasión por el descubrimiento, han jugado un factor clave para llegar a un acuerdo común. Esto ha permitido aceptar la puesta en marcha del proyecto “En busca de la Esperanza”.
    Los esfuerzos conjuntos permitirán llevar a cabo la misión espacial más ambiciosa de nuestra especie con el presupuesto más desorbitado de la historia. La colaboración mundial es el punto fuerte para lograr el menor plazo posible, por lo que el objetivo es tener la nave de intercepción lista para lanzamiento dentro de aproximadamente 5 años y medio. Así pues, “Nueva Esperanza” orbitará 3 veces más antes de capturarla.
    Este puede ser el paso definitivo para obtener la respuesta a la pregunta: “¿Estamos solos en el universo?”. Aprovechen este tiempo de espera para soñar con los nuevos retos y misterios que nos deparará este maravilloso descubrimiento.

    DÍA DE LANZAMIENTO
    Hoy despega la nave de intercepción, con tres astronautas a bordo. Tras situarse en una órbita alta, esperarán a que “Nueva Esperanza” sobrepase su punto más cercano a nuestro planeta, entonces activarán los motores para alcanzar velocidad de escape y establecer una órbita heliocéntrica que les permita perseguir al objeto. Cuando estén lo suficientemente cerca, una gran compuerta se abrirá y mediante delicadas maniobras atraparán al objeto.
    No podrán regresar hasta dos años después, cuando la nave se encuentre en una posición cercana y óptima para efectuar una re-entrada y volver a la superficie.

    PRIMEROS ANÁLISIS
    Los astronautas a bordo se muestran fascinados al observar esta tecnología, claramente de otra especie del universo. Las primeras hipótesis apuntan a que efectivamente se trata de una sonda espacial, pues se puede identificar una antena con reflector parabólico de 3,7 metros de diámetro, similar a las que se utilizan algunos de nuestros satélites.
    Llama especialmente la atención una cobertura circular de tono dorado que esconde un disco de su misma tonalidad. La tapa contiene una serie de símbolos grabados en ella, que podrían ser instrucciones para extraer información, y sobre el disco se aprecian una escritura con signos como los siguientes:

    "TO THE MAKERS OF MUSIC – ALL WORLDS, ALL TIMES"
    “THE SOUNDS OF EARTH”
    “Side 1”
    “NΛSΛ”

    Desde luego esto fue un mensaje en una botella que alguna especie envió al basto océano que es nuestro universo, y hemos tenido la gran suerte de poder recibirlo. Parece que finalmente, podemos asegurar que hay vida más allá de nuestro planeta. No estamos solos.

    Odisea 21

    Odisea 21

    Solo veo destellos en medio de la oscuridad. Yo mismo estoy hecho de chispas. Soy una emoción y tengo un mensaje importante que entregar. De repente, todo se tambalea a mi alrededor y oigo un sonido de pulsaciones.
    T-e e-c-h-o d-e m-e-n-o-s
    Una luz cegadora se aclara lentamente hasta que empiezo a distinguir una silueta. Ella debe haber sido mi anfitriona. Parece triste; ojalá pudiera decirle algo. No te preocupes, llegaré a mi destino, aunque no sé muy bien cómo voy a hacerlo.
    Parece que me muevo otra vez. Me han asignado un código y me han eyectado al aire. Transformado en una onda electromagnética, aún porto la información modulada en mis entrañas. Viajo hacia todas partes, con otros como yo. Algunos están a mi vera, otros viajan en grupos delante o detrás. Desde aquí puedo ver las calles iluminadas por las farolas y los transeúntes, pero ellos no me pueden ver a mí. Soy invisible. Este no es un camino seguro. He visto a algunos colisionar y quedarse atrás. Además, a medida que avanzo me siento desvanecer y pronto habré desaparecido.
    —No he podido evitar escucharte. Soy una estación base. Veo que te diriges hacia la red de conmutación. No perdamos más tiempo, hay otros esperando. Dirígete hacia esa pasarela.
    Muchísimos de nosotros hemos conseguido llegar hasta aquí. A pesar de ello, avanzamos de forma ordenada. Todo está muy bien organizado, como si este lugar fuera fruto de un ente creador puramente lógico. El siguiente es mi turno.
    —Soy un enrutador. Puedes viajar por mi red, aunque tendrás que hacerlo como polizón. Irás dentro de un paquete.
    No me queda otra opción. Tengo que entregar este mensaje a cualquier precio. Otra vez vuelvo a ser una onda, pero esta vez es distinto. Me desplazo por un túnel rebotando de forma suave por sus paredes, como en un tobogán de agua. Al cabo de un rato me empiezo a preocupar. Parece que nadie sabe dónde está mi destino. Han pasado ya varios milisegundos desde que entré en esta red y estoy empezando a perder la esperanza. Nunca debí confiar en aquel enrutador, ni en ninguno de los otros que afirmaron que me acercarían a mi destino. ¡A saber dónde estoy ahora! Allá vamos otra vez. A estas alturas ya me sé el protocolo de memoria.
    —Veo que has recorrido un largo camino, tu licencia está a punto de expirar. Un poco más y habría tenido que descartarte. Pero has tenido suerte, conozco muy bien tu destino, es el siguiente salto. Prepárate para el despegue.
    No me lo puedo creer. Otra vez en el aire chocando contra las paredes de una habitación muy acogedora. Puedo distinguir a alguien a lo lejos. Debe de ser él. Mi destino.
    —Hola, te acabo de escuchar. La unidad de procesamiento central sabrá que hacer contigo.
    Por fin, después de unas cuantas operaciones me dicen que voy a ser mostrado por pantalla.
    Te echo de menos
    Oigo un zumbido. Observo su cara y sus ojos. Su mirada es lo último que consigo ver con claridad. Ahora vuelvo a estar en la oscuridad. No, espera. Veo una chispa como yo, pero más grande. Se acerca y me envuelve.
    Soy una emoción, tengo un mensaje que entregar.
    Yo también a ti



    Ondas en un guateque

    Ondas en un guateque

    ¿Alguna vez te has parado a pensar lo eficiente que eres aislando una conversación cuando otras están sucediendo en nuestro entorno? Tal vez no tanto después de un par de copas, pero piensa un poco en la última fiesta en la que estuviste. Recuerdas las converaciones, pero ¿y la canción que sonaba mientras escuchabas a tu amigo/a?

    Nuestro cerebro es capaz de aíslar las ondas sonoras de interés, ya sea música o el habla de un interlocutor, en situaciones muy ruidosas. Aún desconocemos el cómo, sin embargo, existen algoritmos matemáticos que son capaces de realizar un trabajo similar basándose en parámetros estadísticos. Pero no te voy a aburrir con teorías y fórmulas. Al contrario, te voy a contar una historia de cómo pudo haber sido el origen de este extraordinario fenómeno que tanto usamos sin darnos cuenta.
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    Final de la II Guerra Mundial. Acaba de firmarse el Convenio de Chicago de 1944 a la vez que Jonny terminaba sus últimas horas en la escuela de controladores. No estaba destinado a serlo, pero prometió que pondría sus esfuerzos al servicio de su país para horrar a su padre. Una pasión, un reto, un juramento que prometió que cumpliría cuando supo de su fallecimineto en Pearl Harbor 3 años atrás.
    La oportunidad era única, hace pocos meses se acababa de inaugurar el aeropuerto O'Hare en su ciudad natal de Illinois, "windy city". Las fuerzas aéreas buscaban a recién graduados para ampliar la plantilla.

    Tras meses de trabajo Jonny se dió cuenta de varios detalles que debeían ser corregidos si EE. UU. querría ser la potencia mundial en el control aéreo. Con el convenio nacieron los viajes comerciales por aire tan comunes hoy en día. Y como todo lo nuevo, la industria necesitaba un periódo de pulimiento de impurezas. Numerosas torres de control recibían mensajes superpuestos de varios aviones que se emitían por los altavoces:
    -Permiso para....solicito...No está lleno aún...despegar- Escuchaba Jonny por sus cascos.
    -No le entiendo 7564, repita por favor.
    -Permiso para aterriz...descendemos...posición 24º34'56''N, 34º02'02'' W.

    Ruidosos entremezclados de sonidos suponía un gran peligro de accidente. Sin embargo, al igual que en una fiesta, Jonny fue haciéndose muy bueno en extraer la voz de interés y llevar a cabo su trabajo sin cometer errores catastróficos. Malentendidos que podrían acabar con la vida de cientos de pasajeros en menos de un parpadeo. Y él era consciente de ello.


    1953, después de su jornada Jonny decidió acercarse a la fiesta de cumpleaños de su amigo británico Peter, también controlador en O'Hare.
    Los dos se encontraron en la terraza solos, copa y cigarrillo en mano. Tras unos segundos de silencio ambos comentaron la diferencia de ruido allí fuera. Fue el momento preciso. Jonny, en aquella casi preparada situación al margen del caos de la fiesta, intentó hacer ver a su compañero el concepto que llevaba meses rondándole la cabeza.
    -Pero, ¿ cómo lo hacemos? - dijo Jonny- Y lo que es más importante, ¿podríamos enseñar una máquina a hacerlo por nosotros?
    Una tercera persona se acercó a saludar y felicitar a Peter.
    -Jonny, Colin, Colin, Jonny.
    -Encantado- dijo Colin Cherry.
    -Lo mismo digo- respondió Jonny.
    -No querría interrumpir pero creo que podría ayudarles con su teoría. Cuenteneme, ¿de que capacidad hablaban exactamente?.

    Y así fue como el neurocinetífico Colin Cherry descubrió la audición selectiva y lo que más tarde llamó "the cocktail party problem" -el problema de la fiesta del cóctel.

    A partir de entonces, Cherry llevó a cabo varios experimentos de sombreado auditivo, también llamados
    pruebas de escucha dicótica. En ellas se presentan grabaciones diferentes a cada oído y se instruye a los participantes a concentrarse y repitir una de ellas. Cherry no sólo descubrió una reproducción fidedigna de la grabación, también observó que casi todas las personas distinguían su propio nombre en el otro audio. Interesantre, ¿verdad? Ahora párate a pensar, seguro que esto lo has experimentado tú también. Estás escuchando música con cascos, no oyes nada, pero el chillo de tu padre/madre diciéndote que bajes el volumen no pasa desapercibido.
    Estudios adicionales revelaron que son muchos los factores nos permiten realizar esta audición selectiva: ubicación y orientación relativa del oyente-hablante, dirección del sonido entrante, tono y timbre, velocidad del habla, sexo del hablante, etc.

    Probablemente ni Peter ni Jonny existieron de verdad, o simplemente esos no eran sus nombres. Sin embargo, Cherry realmente inició un camino que a día de hoy sigue siendo un misterio.
    Los próximos años serán clave. Con la popularización de la inteligencia artificial los mecanismos cognitivos detrás de la audición selectiva humana podrían estar a punto de dejar de ser una incógnita, y acabar, así, lo que Jonny empezó.

    Oscuros reflejos

    Oscuros reflejos

    La brisa veraniega movía las cortinas del despacho como si se tratasen de olas que rompían contra la arena, en incesante armonía, mientras sonaba una canción de The Kinks, el grupo favorito de su padre.

    En tres días salían las actas del curso y su padre apenas dejaba el despacho, no paraba de revisar la multitud de proyectos finales mientras consultaba su libreta de notas, a Lidia siempre le había maravillado esa época, el ver los trabajos impresos relatando con sus planos y detalles nuevos lugares donde albergar vida le maravillaba, siempre le había gustado relatar historias y ver esos edificios le hacía imaginar como sería la vida de sus variopintos personajes allí.

    Su padre muchas veces le había dicho que considerara estudiar arquitectura, ya que alguien con una visión tan literaria de los espacios podría resultar interesante, una nueva mirada, pero ella aunque apreciaba mucho la disciplina y lo que su padre le enseñaba siempre había tenido sueños diferentes.

    Ese día estaba ahí mirando los trabajos cuando llegó a una de las páginas de la memoria del proyecto donde explicaban porque habían decidido emplear ciertos materiales o recurrir a ciertas disposiciones constructivas, alternándose con renders o fotomontajes. Llamó a su padre, pero este estaba demasiado absorto en otro porfolio, por lo que suspiró y se acercó a él dándole un par de toques en el hombro.

    -A veces me recuerdas a Aristóteles, cuando le mataron porque no quiso dejar lo que estaba haciendo para atender lo que tenía alrededor- dijo Lidia arrugando su nariz.

    -Bueno espero no correr la misma suerte, cariño- le contestó su padre.

    -Te quería preguntar una cosa, ¿Por qué aquí le has puesto esto como mal? Si queda muy bonito en el render.

    -Que quede “bonito” no siempre quiere decir que esté bien, a ver déjame ver- le contestó su padre.
    Lidia le pasó el porfolio mirándole con ojos curiosos, lo que tenía ante él era una lámina con una serie de renders de distintas zonas de la vivienda, en una se veía un salón de techo oscuro y suelo claro, y en otras el jardín con una impresionante piscina de azulejos negros como el carbón.

    -Mira, ¿has oído hablar de la absorción de la luz?- le preguntó su padre, ante la negación de su hija continuó- bueno, verás, los cuerpos oscuros absorben más luz y por ello se calientan más por el aporte energético, esta vivienda está pensada para construirse en Sevilla, donde los veranos son muy calurosos, entonces una piscina a la que le va a dar el Sol, sin ningún elemento que lo frene o disipe un poco se puede convertir en un hervidero.

    -¿En serio? – preguntó Lidia- con lo bonito que quedaba…, ¿y con el techo que ocurre? ¿Por qué no puede ser negro?

    -Bueno, eso es por criterios de deslumbramiento y adecuación lumínica, son más efectivos los espacios de techos claros y suelos oscuros, es decir lo contrario.

    -Pues si que hay que pensar cosas para construir entonces- concluyo Lidia alzando las cejas.

    -La verdad es que si, tienes que pensar que vemos gracias a la luz que incide en lo que nos rodea, y hay que entender bien como funciona, piensa en cuando ves películas, en como modifican ciertos colores de estancias o de exterior para darle más dramatismo o no, la luz y el color y como se combinan es algo importante Lidia.

    - ¿Y si absorbe tanta energía el negro porque tu siempre vas de negro? – inquirió curiosa- ¿no te mueres de calor?

    Su padre se rio, y le acarició cariñosamente el antebrazo, deteniéndose en el brazalete de plata que una vez perteneció a su mujer.

    -Digamos que me gusta el calor, como si fuese un personaje del infierno de Dante- le contestó recordando haberla visto leyendo ese libro hacía poco.

    -Bueno papá, algunos círculos del infierno eran de hielo- le contestó Lidia soltando una pequeña carcajada antes de añadir con cierta picardía- hay que entender bien como funciona el libro antes de citarlo.



    Otra vez

    Otra vez

    Le daban dos días para preparar sus cosas y despedirse de quien la pudiera echar de menos. Dos días. Elena leyó otra vez muy despacio la comunicación certificada que le había entregado un agente de La Secretaría de Resoluciones unos minutos antes. Si, dos días.
    Elena era una señora anciana, de cuerpo delgado, enfundada en eternos vaqueros y una camiseta de mayor o menor grosor según la estación. Su pelo blanco enmarcaba unas facciones serenas y expresivas. Vivía sola a sus ochenta y tres años, tenía a su gato Skype que le hacía compañía, siempre y cuando no tuviera mejor quehacer en el jardín de los vecinos y por horas una asistente a punto de jubilarse.
    Había pasado los últimos tiempos recordando; su memoria revivía viajes, estudios y aventuras amorosas. Siempre tuvo una curiosidad intensa, un optimismo continuo y mientras trabajó en aquel vasto laboratorio de transformaciones volátiles, que todavía llamaban cárcel, fue feliz descubriendo nuevos horizontes, buscando aplicaciones innovadoras para el tratamiento y rehabilitación de jóvenes internados por conductas nada aceptables aun teniendo en cuenta sus orígenes y carencias de todo tipo. Junto a sus compañeros y colaboradores buscaban resultados en las investigaciones que en diversos países ponían el enfoque en tratamientos efectivos adentrándose en el conocimiento profundo del todavía muy desconocido cerebro. No se encontraba la vía de acceso.
    Un día llegó la jubilación…
    Elena no se había casado ni había tenido hijos, algún sobrino que revoloteaba por la jungla Amazónica desde que acabó la pandemia del año 20, le mandaba alguna comunicación de vez en cuando, pero poco a poco desapareció, como muchos amigos, muertos quizás como su hermana o vecinos que cambiaban de cara de un día a otro en tiempos convulsos y solo un saludo al cruzarse con ella le confirmaba que no era invisible. Los viejos se hacen invisibles, se decía continuamente, Elena lo comprobaba una y otra vez: diferente fue su juventud y madurez, plena de efusivas relaciones, momentáneas unas, duraderas otras pero sin sentirse sola nunca, al contrario, sus mejores vacaciones debían tener un tiempo para contactar consigo misma, con sus pensamientos, sus proyectos… Renovada, continuaba con su vida laboral.
    En su nueva existencia pasiva se dio cuenta, poco a poco, de que su cuerpo manifestaba dolencias menores pero continuas: una operación del túnel carpiano, primero, que si artrosis o reuma después y mientras esperaba para oír otros diagnósticos constató que su lucidez era la de siempre pero su cuerpo con dolores y lentitud devenida se convertía en pesada carga. Una vez asumida su decadente vida, quiso indagar sobre los últimos avances de la medicina geriátrica, de la psicología… Todos los expertos coincidían en afirmar que de lo que se quejaba era normal a su edad. Ella no se conformaba. ¿Tenía que dejar que se desvaneciera su intelecto que tantas satisfacciones le había dado? Debía esconderse detrás de analgésicos, pastillas para la presión, para dormir, para… En suma ¿aceptar una decrepitud que iba a convertirla en un ser sin esperanzas de curación pues todo era normal y cada año que pasaba la llevaba hacia la muerte?
    Por aquellos días conoció a José en la Biblioteca del barrio a la que acudía casi a diario. José buscaba algo. Habla con la bibliotecaria constantemente y Elena le observa al ver su insistencia Un día, un pequeño encontronazo les presentó y Elena no pudo reprimir su curiosidad y empezó a preguntar todo lo que se le ocurría pensando que el pobre ancianito, al menos aparentaba sus buenos ochenta años, estaba revolviendo en busca de algún título que no encontraba en las estanterías.
    José le informó de cuál era su búsqueda. La biblioteca en la que habían coincidido era una de las elegidas para distribuir formularios y remitirlos a las autoridades una vez rellenados. Hoy, le dijeron, tenían encima de una mesa los papeles, debían darles entrada, sellarlos y entregarlos a quienes lo solicitaran.
    — ¿Para qué los cuestionarios? — preguntó Elena
    —Para solicitar ser donante.
    — Cuéntame por favor —le suplicó ella
    —Por fin han elaborado los protocolos necesarios para hacer trasplantes de espíritu a cuerpos jóvenes con trastornos psiquiátricos incurables o condenas perpetuas. Los mayores de ochenta años podemos ser donantes. Primero hay que someterse a unas pruebas, y luego aceptar dar otra oportunidad a personas físicamente sanas.
    Elena sonrió. ¡Por fin habían encontrado el modo de entrar! Rellenó un formulario. Durante varias semanas pasó por las pruebas necesarias. La llamarían, dijeron.
    Hoy ha sabido que debe presentarse dentro de dos días en la dirección que le adjuntaban, Tenían un receptor.
    El espíritu de Elena en marcha. Otra vez.

    PATEANDO VIRUS

    PATEANDO VIRUS

    Cuando el entrenador me pidió que fuera a su despacho nada más llegar a la ciudad deportiva, ya me podía imaginar de que se trataba. La suerte no estaba de mi lado en este año. La rodilla me hizo un giro raro a los pocos minutos de celebrar la llegada del dos mil veinte. Aquella nochevieja evité beber alcohol, pero para ponerme a la altura de las imbecilidades que hacían mis amigos, me puse a bailar sobre una mozzarella que se había caído al suelo. El crac de la rodilla me lesionó para cinco meses. Cinco largos meses. Extraordinariamente largos por ese confinamiento al que nos obligó la pandemia del coronavirus.

    El entrenador sentado en su silla, y el vicepresidente del club de pie, clavándome la mirada desde un lateral, me confirmaron que yo era el único caso de positivo para el virus SARS-CoV-2. Yo alucinaba porque no tenía ningún síntoma. De verdad, que lo mío es de muy mala suerte. Salgo del confinamiento, me pongo en forma, llego ilusionadísima a disputar el final de liga, y ¡zasca! La COVID-19 entra a nuestro vestuario y pone sus ojitos en mí. No sé cómo me convencieron para que no dijera nada. Pensaban falsificar los resultados y ocultarlos a la liga. Me necesitaban para los próximos partidos, y yo había estado entrenando con normalidad.

    —Intenta hablar lo menos posible, y si lo hablas, hazlo de lejos. No escupas. Procura ir a la ducha cuando todas hayan terminado. No chilles en el campo.
    Me pedían ser introvertida a mí, que era capaz de bailar encima de una mozzarella. Ese mismo día, varias compañeras notaron algo extraño en mi comportamiento.

    ¿Todo bien? —me preguntaban continuamente.

    Mi positivo en la famosa RT-PCR tenía que permanecer en secreto absoluto. No podía contarlo ni a mi madre. Al no poder pedir ayuda ni consuelo a nadie, en casa me puse a leer compulsivamente sobre coronavirus. Si algo tiene la vida de una futbolista extranjera en Alemania, es tiempo.
    Yo no tengo formación en biología, pero tuve un novio, Rubén, al que le gustaba leerme artículos de la revista Investigación y Ciencia en la cama. Debía estar muy enamorada porque lo escuchaba y le hacía preguntas, no tanto por interés personal como por hacerlo sentir bien con su iniciativa de divulgación científica postcoital.

    Después de horas leyendo en la pantalla de mi ordenador portátil, sentía que había entendido bastantes cosas sobre la pandemia. Mis sesiones de “ciencia en la cama” me ayudaron a distinguir un virus de una bacteria, a recordar la diferencia entre ARN y ADN, o a reconocer los compartimentos de una célula. Sin embargo, la noticia leída que más me interesó no requería conocimientos científicos para entenderla. Un señor de Los Andes decía que el coronavirus SARS-CoV-2 se mataba haciendo gárgaras con agua y sal. Tardaba más en contradecirlo científicamente que en hacerlo, así que, recostada sobre mi sofá, hice gárgaras dejando mi garganta más salada que el mar muerto.

    Quedé dormida sobre el sofá y entré en un sueño profundo. Flotaba en una atmósfera liviana y me llegaban virus con corona del tamaño de un balón. Cuando se acercaban, pateaba cada coronavirus hacia el infinito. Tan lejos que los perdía de vista. Las proteínas espiga que envolvía al virus, me dejaban el pie grasiento —se me quedó grabado eso de que su cubierta lipídica ayudaba a expulsarlos con agua y jabón—. Al despertarme de aquella siesta tenía el cuádriceps cargado. Ja, ja…

    A la mañana siguiente, la prueba de RT-PCR salió negativa. Cualquier otra persona habría pensado que el agua con sal funcionó, pero gracias a lo que aprendí con Rubén, yo sé que no. Fue una correlación casual. Lo que probablemente pasó es que aquel descanso en el sofá animó a mi sistema inmunitario, y su batallón de acción rápida, el de los linfocitos T creo, pegaron patadas al virus hasta que desaparecieron en el infinito. En realidad, creo que los fagocitan, pero qué más da. A la ciencia hay que quererla y respetarla, aunque no se entienda. Eso decía Rubén.

    PEQUEÑOS Y GRANDES DESCUBRIMIENTOS

    PEQUEÑOS Y GRANDES DESCUBRIMIENTOS

    PEQUEÑOS Y GRANDES DESCUBRIMIENTOS.
    Solíamos visitar aquella casa abandonada cerca de la orilla del mar, una casa azul situada en la costa de Marbella. Era preciosa, tenía grandes ventanas por las que entraba la luz resplandeciente reflejada por el mar y las maravillosas vistas hacia la playa. Nuestras tardes consistían en colarnos en aquella casa bajo una rejilla metálica, oxidada, escalar unas cuantas paredes con la pintura desgastada hasta llegar a nuestro lugar favorito, el tejado. Observábamos el atardecer acompañado de comida rápida y refrescos congelados. Eso lo era todo para nosotros. Al llegar a nuestras casas la luz ya se había desvanecido pero las noches de julio solo acababan de empezar. Nos arreglábamos y nos reencontrábamos todos en la playa. Cuando yo llegaba ya habían unas 20 personas y una buena hoguera encendida. La música electrónica retumbaba en nuestros oídos y las tablas de surf flotaban sobre el agua del mar. No me gustaban demasiado las fiestas, así que me solía separar unos metros de la gente y me acercaba a la orilla. El agua fría rozaba mis pies y el sonido del mar me relajaba. Me tumbaba boca arriba observando el cielo oscuro. Me gustaba distinguir las constelaciones e inventarme historias sobre cada una de ellas. A veces me ponía a pensar sobre mi futuro; Tenía alguna idea, quería ser astróloga, pero era complicado, mis padres apenas llegaban a fin de mes, y ni se planteaban pagarme la universidad. Esa noche se podían ver alrededor de la estrella Polar las constelaciones: Casiopea, Cefeo, el Cisne, el Dragón y las dos Osas. Al ver lo grande que era el cielo, me daba cuenta de lo pequeños que éramos nosotros, y de los pequeños que eran cada uno de nuestros problemas. Habían galaxias enormes por explorar, todo un espacio desconocido que nadie había descubierto todavía. Ni si quiera sabíamos con certeza si podía existir algún tipo de vida fuera de nuestro sistema solar, o incluso fuera de nuestra galaxia. Algo tan apasionante y tan desconocido, muchas preguntas rondaban en mi cabeza, pero nadie me las podría responder. Vivimos en el planeta tierra, que se encuentra en nuestro sistema solar, que gira en torno a la vía láctea, nuestra galaxia. Pero, cuantos sistemas solares hay en nuestra galaxia?. Me gustaba cuestionar las cosas desconocidas, lo poco que queda por descubrir en nuestro planeta y los grandes descubrimientos que podríamos hacer en el espacio exterior.

    Por el camino de Schwann

    Por el camino de Schwann

    Neuri era la única neurona en aquel baile que era consciente de la futilidad de la vida. Tenía la membrana plasmática completamente alborotada, todo lo alborotada que le permitía una excitabilidad eléctrica que aumentaba por momentos al ritmo infernal de la música. Demasiado ruido, demasiadas interferencias cognitivas. Estaba convencida de que haber acudido aquella noche a la discoteca “Cerebro” no había sido buena idea. Su amiga Mielina la había convencido cómo solo ella sabía hacerlo, recurriendo a viejas artimañas como la posibilidad de conocer a gente nueva, a gente que se movía por las modernas redes neuronales, que estaba al tanto de todo lo que ocurría en las columnas corticales, quizá algún guapo neurotransmisor con el que liberar su vesícula sináptica. Pero Neuri era muy seria, alumna aventajada en Conducta, erudita en Percepción, Master por la Universidad Santiago Ramón y Cajal en Desarrollo Ontogenético y Filogenético, no se dejaba impresionar por nada ni por nadie y estaba decidida a aprovechar la experiencia de manera lúdica pero a la vez científica. Se colocó en medio de la pista, comenzó a agitar el citoesqueleto y de repente el espacio empezó a llenarse de células gliales surgidas desde todos los rincones, las chicas de Schwann abundaban en cualquier lugar y por supuesto pretendían aislarla. Sacó a pasear sus dendritas y a golpe de axón, en pocos segundos volvió a quedarse sola en la pista de baile. El experimento había funcionado, no había más neurona que ella, volvió a su soledad, a esa búsqueda del tiempo perdido, pues según le había revelado en cierta ocasión la siempre envolvente Mielina… moraba en la cabeza de un hombre.

    Por mí y por todos mis compañeros

    Por mí y por todos mis compañeros

    ¡Eh, mirad, ya veo la playa! – gritas con entusiasmo, tras un eterno viaje. Ya estás allí, ves las olas muriendo en la orilla, los niños haciendo castillos de arena, incluso algunas muchachas haciendo topless. Sabes que deberías echarte crema, pero ya puedes oler el mar, está tan cerca… Te quitas la ropa y echas a correr.

    Mientras tú te bañas felizmente, otros están sufriendo de forma silenciosa. ¿Quién, tu madre porque te faltan 2 minutos y 35 segundos hacer dos horas de digestión? También, pero sobre todo las células de la piel.

    Tino se ha despertado hoy, al igual que sus hermanos melanocitos, con una misión clara: producir melanina. Desde que nació, Tino no ha conocido otra cosa, pero nunca se ha quejado, pues esas son las instrucciones que se encuentran en su ADN: es esa pequeña célula estrellada que los estudiosos llaman melanocito, y producir melanina es lo que le da sentido a su existencia. ¡Como si se pudiera ser sin tener una función!, piensa con regocijo Tino. La idea le parece ridícula, como a cualquier célula.

    - ¡Melanocitos, a trabajar, tenemos un código IV!

    Tino sabe muy bien qué es el código IV, se podría decir que lo lleva en el ADN: radiación por luz ultravioleta. La luz UV se introduce en la célula, llega hasta el núcleo y altera el ADN, lo cual se conoce con el temido nombre de mutación. Estas suceden aleatoriamente en cualquier parte del ADN, y su gravedad depende del fragmento cambiado.

    - ¡Hay que evitar que la luz UV llegue al núcleo! – grita un melanocito a su derecha.
    - No os olvidéis de pasarle melanina a vuestros hermanos queratinocitos. – recuerda otro.

    Ellos, los melanocitos, a pesar de la importancia de su función, son solo un 8% de las células de la piel, mientras que los queratinocitos corresponden a casi el 90%. Sin embargo, estos últimos no pueden producir ese pigmento que da color a la piel, ojos y pelo conocido como melanina del que tanto presumen los melanocitos. Por eso, ellos los generan y a través de sus prolongaciones los comparten con los queratinocitos.

    - ¿Por qué es tan importante la melanina? – pregunta un queratinocito que lleva apenas unos días formando parte de tu piel.
    - ¡No es el momento, Rita! – le contesta, desesperado, un melanocito veterano.
    Tino, sin embargo, se sabe la respuesta y exclama, orgulloso:
    - La melanina forma un arco protector alrededor de tu núcleo y absorbe toda la luz ultravioleta, para que no pueda modificar tu ADN.
    - Guau, o sea que es como una caja fuerte para proteger lo más importante – el ADN -, ¿no? – Rita se encuentra impresionada.

    Tino asiente mientras le pasa un nuevo lote de melanina a Rita. Sin dejar de producir melanina, piensa en lo bien que está actuando para ser su primera crisis. Está siendo hasta divertido… De repente, Tino suelta un grito: acaba de sentir una punzada, que rápidamente se transforma en frío y oscuridad.

    - ¿¿Qué está pasando?? – grita, asustado. No siente sus orgánulos celulares, salvo la mitocondria.
    Leo, el melanocito experimentado, le dice, con tristeza:
    - Has sido dañado, Tino. La luz UV ha llegado a tu núcleo y ha mutado tu ADN.
    - ¡Nooo! ¿Y qué hago, cómo lo reparo?
    - Es demasiado tarde para arreglarlo. Tu ADN ha intentado algunos mecanismos, pero no han funcionado. Solo queda una opción: morir.
    - ¿Cómo? ¡No podemos dejarle morir! – interviene Rita.
    - No le estamos dejando morir, Rita – explica, con calma, Leo – él se va a suicidar, a matar a sí mismo: es algo que llamamos apoptosis.
    - Pero…

    A Rita no le da tiempo a terminar su queja, porque Tino le interrumpe. He oído hablar de ello, susurra, pero nunca pensé que lo vería… y menos, que me pasaría a mí. Apoptosis se conoce también como muerte celular programada, y es un mal menor. Si Tino no muere, podría volverse cancerígeno, transformar otras células y generar un cáncer de piel, un melanoma. Y eso es mucho peor que la muerte de una sola célula, comprende Tino, aunque esa célula sea él.

    Es hora de morir. Con el trasiego que un código IV supone y los sollozos de Rita en la distancia, Tino se deja hacer. Su ADN lo tiene todo controlado: activa a las caspasas, esas proteínas que sus compañeras denominan, con miedo y respeto, sicarios. Ellas son las encargadas de acabar con la célula, para lo cual destrozan todo lo que se encuentra dentro de ellas, desde las proteínas hasta el ADN, que también es atacado y finalmente eliminado. La membrana se va rompiendo, los componentes se diluyen, hasta que Tino es solo un mar de recuerdos.

    Mientras Rita llora la muerte de Tino, tú sigues bañándote en la playa, ajeno al sacrificio de tantas otras células.

    Proscrito

    Proscrito

    Hace tiempo que él decía que esto iba a pasar. Sin embargo, decir “se los dije” parecía ridículo cuando su vida estaba en continuo riesgo, mientras corría por ciudad enloquecida. Aunque en su mente estaba tranquilo. “Si muero, al menos podré decir que me lo vi venir” se decía, mientras huía del caos que había previsto hacía tanto tiempo. Los líderes intentaban controlar la revuelta, con sus fuerzas de seguridad vueltas en su contra, y los ciudadanos huían despavoridos, sin poder conectar pensamientos.
    Todo empezó como algo simple. Un avance científico revolucionario, una adición al genoma humano. Debería de ayudar a las personas a regenerar su tejido rápidamente, de forma natural. Él les dijo que no había que jugar a ser Dios, y que los tejidos que habían mutado para obtener esa adición no eran humanos; que quizás en su memoria genética conservarían algo de lo que les dio origen, y que respecto a ello, no deben descuidarse. No lo escucharon. Le dijeron que estaba loco y que lo único que hacía era oponerse al progreso social.
    Cuando lo usaron en las fuerzas de seguridad de la ciudad, él supo que sería cuestión de tiempo, y se preparó para lo peor. Habían colocado una bomba de tiempo. Aunque nunca pensó que todo se rompería tan rápido. Ni siquiera tuvo tiempo de prepararse.
    Pero había alguien que podría ayudarle… alguien en quien confiar. Aunque sería difícil encontrarla… sabía plenamente que le gustaba ocultarse y que su paradero fuera un misterio… para bien o para mal. Se dirigía al último lugar donde la había visto, a la espera de algún indicio de donde se podría encontrar, aunque conociéndola, se la pondrá difícil, a pesar de las circunstancias. Ella veía este desafío como algo divertido.
    Y estaba en lo correcto, al menos eso pensó. El caos no había cohibido a la doctora a hacer algo distinto de su vida, ergo, a estar disponible con mayor simpleza ante las personas que quería visitarla, y no plantearles un acertijo. En el lugar de su última visita sólo había un cartel que ponía:

    La Doctora atenderá de nuevo: NUNCA

    Él no podía evitar sentir cierto nivel de fascinación por ese comportamiento. Se alejó lentamente del lugar, en miras a encontrar algún indicio de dónde podría estar, pero antes de haber dado tres pasos, una familiar voz le habló desde atrás.
    – Estaba pensando cuánto tardarías en venir.
    Él sonrió, y respondió.
    – Quise estar antes, pero bueno… has visto lo bello que se ve todo, ¿verdad?
    – Si… no puedo decir que no me lo vi venir, pero…
    –… demasiado rápido.
    – No, incluso eso lo esperaba. Pensé que habría más gente que se manifestaría en contra. Digo… siempre los hubo, incluso cuando nosotros éramos los transgresores.
    – Creo que nadie se quiso a arriesgar a… o sea, mira lo que nos pasó a nosotros.
    Su mente inmediatamente fue a parar a los eventos que lo habían llevado de eminencia científica a muerte social, por manifestarse contra la “mejora”.
    – Lo entiendo. ¿Pero aun así? Bueno, sé que no quieres que te haga preguntas, no viniste por eso, ¿verdad?
    – Verdad.
    – ¿Quieres saber si se como solucionar esto?
    – Para empezar estaría bien saber si siquiera eso es posible.
    – Mira… la verdad es que... ni siquiera puedo saber eso. Pero… tengo ganas de averiguarlo. ¿Estás en esto?
    La intensidad que la doctora le transmitió, le hizo pronunciar las siguientes palabras con una entonación demasiado alegre, poco característica en él.
    – Hagámoslo.

    Proyecto Provecto

    Proyecto Provecto

    Es un clásico del cine. Al final, se acaban sacrificando los mayores para que los jóvenes tengan nuevas oportunidades. ¿Os acordáis de Armaggedon?
    Y en la historia real también pasa. En Fukushima, se presentaron jubilados voluntarios para arreglar el desaguisado de la central nuclear, sometiéndose a una dosis brutal de radiación. Al ser personas mayores se reducían las posibilidades de que padecieran un cáncer, ya que probablemente habrían muerto antes de desarrollarlo.
    La historia que os voy a contar, mi historia, tiene algo de común con lo anterior y ocurrió en mayo de 2020. Poco a poco todas las ciudades del mundo estaban intentando suavizar las condiciones del confinamiento debidas al coronavirus, con miedo de posibles los rebrotes. Las compañías farmacéuticas alargaban la agonía al no encontrar la vacuna definitiva.
    A la desesperada, el resto de la comunidad científica había desempolvado todos los proyectos existentes sobre la máquina del tiempo, para tratar de impedir la contaminación del paciente cero y cambiar el curso de la historia. Los medios que se pusieron en su día para el proyecto Manhattan eran calderilla comparados con lo que se estaba moviendo ahora.
    Pero en la soledad del confinamiento y con la única compañía de nuestro ingenio, sin paseos que poder dar ni nietos a los que cuidar, algunos científicos jubilados dimos la campanada con el Proyecto Provecto. Por fin, había un prototipo de máquina del tiempo para probar.
    Pero la misión era muy arriesgada y con muchas posibilidades de fallo, así es que el primer viajero en el tiempo tenía que ser una persona sana y fuerte. Pero debía tirar a mayorcete, por si aquello fallaba no tener que decir la tan manida frase de “estaba en la flor de la vida”. Y ahí entro yo y mis 75 años, que no me impedían ir a la sierra a diario antes de este follón.
    A marchas forzadas, se preparó todo para que la cápsula de viaje en el tiempo despegara desde un campo de fútbol de segunda regional. De madrugada y mientras nos dirigíamos allí escoltados por la policía, me embriagó el olor de una panificadora cercana. El viaje debía ser con el estómago vacío, así es que pedí que por favor me cogieran un par de cruasanes para la vuelta.
    Mis veteranos compañeros terminaron de ultimar los detalles y comenzó la cuenta atrás. 10, 9….respiré hondo…6… cerré los ojos…1, ¡cero!
    Aturdido por el olor a queroseno y la velocidad de la luz, desperté el 19 de Noviembre de 2019 en un descampado en medio de Wuhan. Tras cientos de horas ensayando en el simulador, moverme por aquella ciudad hasta llegar al mercado de animales fue pan comido. Lo más difícil fue soportar el nauseabundo olor de las fábricas.
    Miré el reloj, eran poco más de las seis de la mañana locales. Según el minucioso estudio que se había hecho de las grabaciones de las cámaras, en breves momentos llegaría la furgoneta con el cargamento diario de murciélagos. Yo sólo tenía que robar el vehículo y quemarlo en el mismo descampado en el que me esperaba la cápsula para volver. Apostado entre las cajas de pangolines y gatos, esperé el momento exacto. Un descuido del repartidor y así hice.
    Mientras conducía de vuelta, no pude evitar mirar al asiento de atrás y ver a esos animalitos mirándome con su carita de no haber roto nunca un plato. Estuve tentado de pasarles la mano por el lomo, como hago con mi perro, pero eso hubiera dado al traste con mis planes y, por ende, con los de toda la raza humana. Desde luego, pensé, si no es por esto, habrá más motivos para que nos vayamos al garete. ¿A quién se le ocurre hacer una sopa con estos inocentes bichillos?
    Ya en el descampado, no pude evitar que se me escaparan unas lágrimas mientras aquella furgoneta y su contenido eran pasto de las llamas. De fuego, me refiero, no la vayamos a liar iniciando la cadena de contagios con esos simpáticos parientes de los camellos.
    Me metí en la cápsula, no sin antes darme la vuelta para comprobar lo majestuoso de aquella ciudad. No habían pasado más que ocho horas, pero las fábricas deberían haber parado su actividad para el almuerzo, pues ya no olía mal la zona.
    Pulsé el botón de despegue. Aturdido, desperté de nuevo en el campo de fútbol. Sería por el viento pero esta vez el queroseno no olía. Enseguida me pusieron por encima de los hombros una manta (siempre ponen una, aunque sea agosto) y me dieron un cruasán que me supo a plástico, lógico por los nervios del momento.
    Lo que ya no me hizo gracia fue el ataque de tos seca que me dio en la posterior rueda de prensa con periodistas venidos de medio mundo.

    PUEDE VOLAR

    PUEDE VOLAR

    El señor Magpie siempre había querido poder volar, era su sueño desde que era pequeño. Pero él no quería coger un avión o sobrevolar el mar en parapente. De hecho, sólo había cogido un avión una sóla vez en su vida y contratar un parapente le parecía una idea de turistas refalfiados. Lo que quería el señor Magpie era volar como los pájaros, ser tan ligero que la brisa lo elevara por los aires y poder ver las parcelas de tierra como perfectos rectángulos verdes, amarillos y morados.
    Magpie era ingeniero, pero siempre había sentido curiosidad por la química y la biología. De hecho, tenía un pequeño laboratorio en su casa donde podía llevar a cabo sus experimentos. A veces se sentía como aquellos científicos antiguos que trabajaban en sus casas y a los que nadie comprendía. De hecho, sus obsesiones le habían alejado poco a poco de sus seres queridos, pero eso ahora no importaba, estaba a punto de conseguir lo que quería.
    Llevaba varios meses ingiriendo la mezcla que había creado. La peor parte es que ahora tenía que tener mucho cuidado. Después de años recogiendo información sobre enfermedades del esqueleto había logrado hacer sus huesos cada vez más ligeros.
    Como los de los pájaros.
    También había construido una estructura equivalente a unas alas. A veces se reía pensado en los dibujos de Leonardo da Vinci, pero él era más listo, sus alas funcionarían. A pesar de no ser muy alegre, Magpie decoró sus alas con plumas azules, amarillas y rojas. Le sonaba de los loros que había visto en los documentales.
    Y por fin el día había llegado. No había escogido un día al azar, llevaba toda la semana estudiando las previsiones meteorológicas y ese día las corrientes de aire lo elevarían como a un globo abandonado. Se colocó sus alas y esperó. Pero no pasaba nada. A lo lejos vio dos urracas que lo miraban sorprendidas, y por un momento sintió tristeza. De repente, una ráfaga de aire casi lo tiró al suelo, pero el instinto le hizo mover los brazos y, sorprendido, vio cómo su cuerpo se elevaba. Vio cómo las margaritas se iban haciendo cada vez más pequeñas, mientras las urracas salían volando espantadas.
    Intentaba agitar los brazos rítmicamente, tal y como había ensayado tantas veces. Si lo pensaba, le daba un poco de vergüenza, pero eso era un sentimiento humano y él ahora era un pájaro. Mientras se elevaba, pudo observar las parcelas de tierra como perfectos rectángulos verdes, amarillos y morados. Ya estaba. Era libre. Lo había conseguido.

    Raquel

    Raquel

    @javi56fuenka (voz): Hola Raquel, he intentado consultar al SELT sobre una simulación de tráfico y se ha conectado la IAT para preguntarme el motivo, nunca me había pasado esto... [risa] ¿Ahora tengo que explicarle para qué lo quiero? [¿en serio? [posible tono irónico]].

    @rakelteaclover (voz): [Risa] Hola Javi, ¿has mirado si el SELT estaba en modo “question”? Las IAS desconectan la entrada por voz de los sistemas expertos cuando detectan que las posibles soluciones superan el umbral de compromiso aceptable… ¿Pero de dónde querías hacer la simulación? ¿De un desierto?

    @javi56fuenka (voz): [Risa] Sólo quería saber el posible aumento de ruido si finalmente abren la carretera cerca de la casa que voy a alquilar.

    @rakelteaclover (voz): Si pillaras casa por BNBChain o RealLoft como todo el mundo ya tendrías los datos al momento. Mira que eres “vintage”.

    @javi56fuenka (voz): Pero lo que me deja tonto es que la IA de tráfico me pregunte el motivo, ¿a dónde vamos a llegar con la invasión de privacidad?

    @rakelteaclover (voz): Bueno, es para mejorar la eficiencia. La IAT es pública, pero pedirle al SELT simulaciones de datos que aún no tiene y que implica conectar a muchísimos sensores de vehículos y de la zona rural supongo que requiere una justificación. Siempre puedes mirar los mapas de ruido en una web [risas].

    @javi56fuenka (voz): Si, y usar un teclado y un ratón [risas]. Y conducir el coche en Madrid, ya puestos.

    @rakelteaclover (voz): Eso tú, que tienes carnet de conducir. Eres un viejuno.

    @javi56fuenka (voz): Pues pensaba ir a Portugal conduciendo yo. Este verano.

    @rakelteaclover (voz): Pero vas a pagar más de seguro que de hoteles y restaurantes.

    @javi56fuenka (voz): [Risas] Me he sacado la autorización CHCA, y vale para toda Europa.

    @rakelteaclover (voz): La autorización para conducción humana en carreteras automatizadas.

    @javi56fuenka (voz): Sí.

    @rakelteaclover (voz): [Risas] ¿Pero aún hay carreteras [no automatizadas [sorpresa]]?

    @javi56fuenka (voz): Venga, vale. Ya no te cuento nada más. Ironizas con todo.

    @rakelteaclover (voz): No, pero admite que pensar en un coche con volante… y con un conductor… da miedo.

    @javi56fuenka (voz): Pues hace quince años era lo más normal.

    @rakelteaclover (voz): Sí, ya. También eran normales las tarjetas de crédito y los mataderos.

    @javi56fuenka (voz): Te pasas, Raquel. En medio planeta siguen usando coches con conductor y dinero... y en muchísimos países no hay cadenas de “genfood”.

    @rakelteaclover (voz): Lo del dinero, en fin. Los billetes que tienen en algún país al final son documentos en papel con base en un “wallet blockchain”.

    @javi56fuenka (voz): ¿Pero tú te crees que todo el mundo tiene acceso a la tecnología “smart”? Más de cuatro mil millones de personas no han usado “glasses” en su vida. Además, no hay que irse tan lejos, aquí también hay zonas sin cobertura inteligente.

    @rakelteaclover (voz): Como esa casa perdida en medio de la nada que quieres alquilar.

    @javi56fuenka (voz): Que mayor me siento hablando contigo…. En conclusión, que le tengo que decir a la IAT que quiero alquilar esa casa.

    @rakelteaclover (voz): Si se lo hubieses dicho, ya tendrías todos los datos hace cinco minutos.

    @javi56fuenka (voz): Y también tendría diez mensajes de RealLoft, BNBChain y mi “inbox” cargadito de ofertas de “smart” rural.

    @rakelteaclover (voz): No. El IAT es público y no perimite publicidad.

    @javi56fuenka (voz): [Ya [posible ironía]]. Como el MET.

    @rakelteaclover (voz): Pero el MET era una empresa privada. Si lo usabas sin cuenta “premium” ya sabías que permitías la cesión de datos. Te digo lo de antes, puedes conectarte a una web y ver un pronóstico [risas].

    @javi56fuenka (voz): Bueno. Conéctame con la IAT entonces.

    @rakelteaclover (voz): Venga. No te mosquees con ella, que ya sabes que no entiende los tonos de enfado demasiado bien.

    @javi56fuenka (voz): Oye, creo que voy a copiar esta conversación a texto y mandarla a un concurso de relatos [risas]. Hazme una copia.

    @rakelteaclover (voz): Claro. ¿Te conecto a la IAT?

    @javi56fuenka (voz): Sí... y recuérdame que te busque otra "módula" de voz menos irónica.

    @rakelteaclover (voz): [Risa]. Te lo recordaré luego. Te paso a la IAT en 3, 2, 1.

    Rascacielos bioclimático

    Rascacielos bioclimático

    Esta mañana salí de casa un poco tarde, raro en mí, pero tuve que dar de comer a Lily, mi planta carnívora. Siempre desayuna mientras tomo mi café, pero hoy parecía algo alicaída, debió sentir la discusión de ayer con Alfredo.

    Mi pequeña demora de cinco minutos ha hecho que llegase tarde a mi trabajo, y mi jefa me lo ha echado en cara: “¿Y estas horas? ¿Crees que la lluvia cae sola?”. Me lanzó las preguntas, pero no esperó a que contestase, nunca lo hace; ella vuela de planta a planta, no tiene tiempo para detenerse a hablar con todos los trabajadores del edificio. Nunca la he visto sentada, ¿será algo médico?. Me voy casi corriendo a uno de los ascensores centrales, los que van directos a los pisos azules y grises, hoy es mi segundo día en este puesto, antes estaba en la zona verde. En el ascensor me encuentro, ante mi sorpresa, con Alfredo; entró a la vez que yo, pero tiene un don con las gramíneas y el viento tipo “sabana en primavera”, por lo que nunca ha subido del piso uno.

    — ¿A dónde vas? — le pregunto muy directa, estos ascensores van a mucha velocidad e igual no teníamos mucho tiempo para hablar.

    — ¡Hola! Pues… me han llamado de la última planta, hay reunión de emergencia y quieren que asista. ¿Crees que quitarán el primer piso? ¿Querrán cambiar desde abajo? Nunca se ha hecho antes, al menos en este sitio…

    — Pues no sabía nada, a ver qué te dicen. Sé que los departamentos “Nieves perpetuas” y “Vientos regionales” no están funcionando bien, pero no digas que te he dicho yo esto — le sonreí a la vez que se abrían de nuevo las puertas — me bajo aquí, desde ayer soy encargada de “Lluvias en regiones templadas”.

    Escuché un “estupen”, se cerraron las puertas de golpe y Alfredo desapareció.

    Me fui directa a mi ordenador, o casi directa, por podía caminar sin mirar cómo al otro lado de las paredes de vidrio, caía una lluvia sobre el bosque el hayedo grado tres o cuatro, aún no era capaz de distinguirlas. Mi función en esta planta era generar gotas de lluvia de máximo dos milímetros, el “calabobos” como lo llamaba mi abuela. Hace años que no escucho esa palabra. Al parecer, hace muchos años aún llovía de manera “natural”, y cuando llovía pero no, lo llamaban calabobos. Yo nunca he visto esa lluvia natural, por supuesto, eso dejó de existir hace 400 años; después llegó la Época Seca, y por años estuvieron sacando agua de pozos, cada vez más profundos, y entramos en la Época Gruyere con muy pocos habitantes, un gran banco de semillas y bosques marginales aquí y allá; hace 50 años, entre la Universidad de Torino y la última universidad española, crearon el sistema que usamos hoy en el rascacielos y entramos en la Época Humboldtdiana. Ahora hay de estos rascacielos en cada población, se encargan de generar pisos bioclimáticos, prácticamente toda la ciudad trabaja aquí divididos entre: agua y vientos, y vegetación. Aún no he podido oler la lluvia grado 3… ¿será igual que el calabobos?

    — ¡Elsa! Despierta Elsa…
    — ¿Qué? Ay, si, disculpa aún me fascina ver la lluvia — tenía enfrente a mi jefa de sección, Lucía, llevaba su chubasquero verde pistacho y botas de agua hasta las rodillas.
    — ¿Hermosa verdad? Bueno, ven conmigo que tengo algo que enseñarte. ¿Tienes ya equipo de protección? — negué con la cabeza —. Bueno, coge ese par de botas de ahí, seguro que te sirven. Vamos, rápido, que nos lo vamos a perder.

    Me puse las botas mientras caminábamos, abriendo puerta tras puerta con la tarjeta de acceso de Lucía. No sabía a dónde íbamos, cada despachito tenía tres puertas, por la que entrábamos, otra a la izquierda con la palabra “Bosque”, y una tercera con el símbolo ““, debimos estar diez minutos, puerta tras puerta, hasta que se detuvo.
    — ¿Estás preparada? — preguntó con una enorme sonrisa en la cara.
    — Si, si, si, ¿qué vamos a hacer? ¿dónde vamos? ¿qué quieres que haga? — con un prólogo así, ¡sólo podían venir cosas emocionantes!
    — Bueno, a ver, cómo explico esto. Hace unos años, en el bosque que quedaba al Oeste de la ciudad encontraron cuatro osos, dos machos y dos hembras. — ¡Queeeeé! — Ese bosque estaba a punto de morir y los trajeron aquí, dejaron a una pareja entre las plantas 150 y 200 y a la otra entre la 300 y 400. Este año hice, por primera vez en la historia de este rascacielos, una excursión de 1 mes aprovechando la falsa primavera, visité sólo 3 pisos… y en este piso descubrí algo. ¡Oseznos! No se lo he dicho a nadie todavía.
    — Pero…¡no sabía que podían criar aquí!
    —Bueno, parece que por fin hemos ajustado los pisos bioclimáticos correctos!

    Realidad o sueño

    Realidad o sueño

    Marlena no era distinta a las otras niñas de siete años. Era algo tímida, por lo que la mayor parte del tiempo gustaba de pasar desapercibida. Tenía una figura fina, y solía moverse con gestos delicados, silenciosos, casi felinos. En el colegio, a menudo su profesora la encontraba ensimismada, dibujando una pequeña flor en la esquina del cuaderno, o mirando por la ventana. Cuando le llamaba la atención, Marlena se sorprendía, y volvía en sí, con cierto rubor en las mejillas y una ligera sonrisa en los labios. Solía soñar despierta. A pesar de ello, siempre fue buena estudiante. En casa, se entretenía sola, inventando aventuras para sus muñecos, o pintando paisajes con su caja de acuarelas. A veces, observaba a su padre desde un rincón del despacho, mientras éste trabajaba. Entraba a hurtadillas y se quedaba acurrucada, sin ser vista, durante un buen rato. Le gustaba verle escribir, y su letra, tan pequeña y compacta.
    Una madrugada de tantas, la niña despertó a su madre. Había prometido sin éxito abandonar esta mala costumbre, pues ya empezaba a ser mayor para andar incordiando en mitad de la noche. Desde muy pequeña, cada vez que Marlena tenía una pesadilla, se levantaba y se dirigía a la habitación de sus padres. Se colocaba junto al lado de la cama donde dormía su madre y permanecía allí, sin tocarla, sólo mirándola. Pero lo hacía tan fijamente que su madre, quizás al sentirse observada, acababa por despertar, siempre con gran sobresalto. Esa noche no fue una excepción. Tras incorporarse, su madre sentó a la pequeña a su lado, y preguntó suavemente —¿Qué pasa Marlena? hija, es muy tarde. Siempre igual, me das cada susto… a ver, ¿qué ha sido esta vez? —. Al principio, la niña no podía articular palabra. Incluso temblaba. Gracias a las caricias de su madre, poco a poco se tranquilizó y empezó a susurrar —Mamá he soñado… he soñado que las personas estaban muy enfermas y que no podían salir de sus casas, que nosotros no podíamos salir, porque las personas se ponían muy enfermas si salían a la calle —. Su madre, acostumbrada a lidiar con las pesadillas de la pequeña, explicó pausadamente —Pero hija… eso no es verdad, las personas pueden salir de sus casas, nosotros podemos salir cuando queramos, nadie está enfermo, tranquila —. Ella, aún convencida de la veracidad de su sueño, repuso —Pero mamá, lo he visto, lo he visto de verdad. La gente estaba muy triste… y además había una voz en el sueño, que me decía que yo les tenía que curar ¡que tenía que curarles a todos! —en ese último punto subió la voz, y su madre le hizo un gesto de guardar silencio, pues su padre seguía durmiendo. De la mano, la acompañó hasta su cama y la arropó con cariño. Después de un par de nanas, Marlena dormía plácidamente. No volvió a pensar en ese sueño hasta muchos años después.
    En el instituto, Marlena se enamoró. Se enamoró profundamente, sí, de la Biología. En el colegio ya mostró interés por las materias relacionadas con el estudio de la naturaleza, las plantas, los animales, el cuerpo humano… Eso le gustaba y lograba captar su atención. Pero fue durante los años de instituto, inspirada por su profesor, cuando la joven descubrió su vocación. Llegó a comprender la complejidad de una sola célula y sus orgánulos, la gran cantidad de información que puede almacenar una pequeña molécula de ADN, y la función específica que cumple cada proteína en un organismo. Admiraba el perfecto funcionamiento de toda esa “maquinaria”, incluso era capaz de intuir cierta belleza. Aquello le fascinaba de tal modo, que Marlena creía que la biología le ayudaría a entender cómo funcionaban los seres vivos, desde el más simple al más complejo, y con ello, el mundo. Y con esa convicción, decidió centrar todos sus esfuerzos en estudiar Biología, o, como a ella le gustaba pensarlo, en el estudio de la vida.
    Año 2020. Marlena se despierta, sobresaltada. Respiración agitada, sudor en la nuca. De nuevo aquel sueño, después de tantos años. Pero ahora la pesadilla se había hecho realidad, de un modo cruel y devastador. Ya eran miles los muertos en el país a causa del virus, cientos de miles los infectados. A nivel mundial, se perdía la cuenta. El estado de alarma declarado en varios países imponía el confinamiento a todos los ciudadanos. Mira el despertador, las 6:15. Apenas ha dormido, pero no importa. La esperan en el laboratorio, su equipo estará listo para seguir trabajando, exhaustos, pero siempre dispuestos a continuar. Cada vez están más cerca de la vacuna, lo intuye, casi tiene la certeza, están a punto de conseguirlo. Hoy puede ser el día, el principio del fin.

    RECUERDOS PERDIDOS

    RECUERDOS PERDIDOS

    Aún recuerdo aquellos árboles que estaban frente al remanso del río, no eran altos, ni vistosos, pero sus troncos oscuros eran fuertes y resistentes.
    Durante años, esta cualidad les supuso una ventaja frente a otros árboles que querían ocupar su espacio. Esas tierras fértiles junto al remanso.
    También eran muchos los otros habitantes del bosque los que disfrutaban de su compañía. Unos, entre sus ramas, encontraban cobijo; otros, entre su tronco y sus raíces. También eran muchos los que les pedían y comían gracias a sus ricos frutos rojos que, tras los veranos, eran dulces y jugosos.
    Pero no todo era siempre tan bonito, alguna vez, tras las tormentas de primavera, algún incendió mermó su población. Si bien, al ser una especie fuerte, resurgía cada vez, y cada vez con mayor vigor.
    Hasta que un día, una especie nueva, una que no conocíamos, vino por el río. Era una manada de animales que, al ver el lugar apropiado, lo ocuparon.
    Cada día se acercaban al bosque, siempre necesitaban algo, primero comida, pero después madera, y cada vez más madera. La cual utilizaban para construir sus habitáculos, sus utensilios cotidianos con los que preparaban su comida, sus herramientas, incluso sus armas.
    Cada vez necesitaban más y más madera y, cuando ya escaseaba la madera de los grandes árboles, descubrieron aquellos árboles que no eran altos ni vistosos. Y su madera les gustó.
    Su recia madera les servía para casi todos los fines de aquella especie. Así, las hachas de los leñadores pidieron sus mangos a estos árboles. Y, estos, nobles, se la dieron.
    En poco tiempo, la población mermó y mermó hasta desaparecer. Mi débil memoria no recuerda su nombre, y ahora ¿para qué?, si ya no existen esos árboles.
    Lo que nunca sabrá esa manada es que, en los troncos y hojas de esos árboles, estaba el remedio para una enfermedad que años después mermó a los leñadores, hasta hacerles abandonar el remanso.
    ¿Por qué sigo yo aquí?. Porque mi madera, vieja y quemada por el rayo, no les interesó. Pero mis congéneres también fueron devorados por ellos, sin que nadie les preguntara qué misterios escondían. Y, ¿por qué os contaba esto?...

    Reflexiones de primavera

    Reflexiones de primavera

    ¿La inspiración genera ciencia o la ciencia genera inspiración? ¿Qué fue primero? Una pregunta quizás semejante a la que tantas veces viene a la mente con el huevo y la gallina como actores protagonistas. Sin embargo, en aquella ocasión en particular fue un agente externo el que propició ambas (inspiración y ciencia) de manera simultánea.
    Por su parte, la inspiración comúnmente se asocia a otros conceptos acabados en -ión: estimulación, emoción, pasión, motivación, iluminación, innovación, comunicación, creación... Todo aquello confluyó a la vez en aquel tiempo de circunstancias nunca antes conocidas. También se suele relacionar a la inspiración con la existencia de algún referente, un ejemplo potenciador de nuestras cualidades personales que con su talante, habitualmente extraordinario, es capaz de infundirnos vigor, ánimo y energía para mirar al futuro con confianza.
    Por otro lado, con ciencia se relacionan usualmente una gran variedad de términos con idéntico sufijo: observación, investigación, experimentación, predicción, suposición, simulación, verificación, indagación y otros tantos (de hecho, un ion por sí sólo ya se considera indudablemente un término perteneciente al ámbito científico). La ciencia implica por lo general un viaje fuera de la zona de confort hacia lo desconocido, una aventura en la que paciencia y resiliencia representan un papel fundamental en la obtención de un buen resultado final.
    En aquella situación de contagio masivo, la actitud general de lucha y de salir adelante presente en tantos lugares cotidianos, tales como hospitales, supermercados, gasolineras o farmacias, fue la semilla de multitud de iniciativas, la mayoría de ellas espontáneas, tanto solidarias como de reconocimiento al arduo trabajo de las personas localizadas en primera línea de acción.
    Y sirvió no sólo para poner en valor la labor de tanta gente anónima que se dedicó durante aquellos días de manera incesante a trabajar para reducir los drásticos efectos de aquel virus, sino la de otras tantas mentes dedicadas a ampliar los límites de nuestro conocimiento para saber cómo reaccionar de la mejor manera en posteriores situaciones y de ese modo tratar de minimizar los posibles daños futuros.
    Y de aquella manera se empezó a sembrar en los siempre fértiles campos de las nuevas generaciones un especial espíritu de interés hacia una futura vida profesional en el mundo de la ciencia. Por tanto, entre los efectos secundarios de ese devastador virus, detectado por primera vez en humanos algunos meses atrás en una provincia interior de China, se iba a encontrar una destacada influencia catalizadora en la aparición de nuevas vocaciones científicas entre la población infantil y juvenil.
    "Y en esa etapa de la vida os encontráis precisamente ahora en este momento" añadió la profesora. Aquella hora de la asignatura "historia de la ciencia" nos trasladaba a aquel ya lejano 2020 en el que el mundo se puso patas arriba de un modo insólito. Hasta ese año el temario visto nos había permitido viajar mentalmente por la mayoría de las principales épocas de la especie humana, cuya transición aprendimos iba generalmente coligada a algún avance tecnológico. Buen ejemplo de ello serían los progresivos descubrimientos de las diversas aleaciones metálicas, la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, el ordenador, internet,... que habían supuesto hechos diferenciales en el desarrollo de la humanidad.
    No veo desacertado concluir que la gran mayoría de los allí presentes coincidíamos en el hecho de que atender a esas clases resultaba apasionante. Y creo que no se trataba de un hecho aislado de nuestro centro, sino que el interés por la ciencia parecía estar desatado. Ciertamente esperábamos con impaciencia llegar a aquel capítulo relativo al coronavirus de Wuhan y a cómo introdujo profundas alteraciones en el mundo conocido hasta entonces. Y cómo afortunadamente en aquella ocasión los cambios que se produjeron fueron inspiradores para las generaciones venideras.
    Según los principios y las leyes del magnetismo, una carga negativa atrae con fuerza hacía si cargas de signo opuesto. E indiscutiblemente una gran corriente positiva se generó ese año como respuesta a aquel poderoso estímulo negativo. Y en reacción al virus se desató una espiral de motivación generalizada para tratar de extender el conocimiento del virus hasta acabar con aquella epidemia. Y felizmente se consiguió. Y la humanidad entera salió reforzada de aquella crisis.
    Los años venideros resultaron extraordinariamente fructíferos en todos y cada uno de los ámbitos del conocimiento: ciencias naturales y sociales, humanidades,... Lo que en un principio fue considerado como la mayor desgracia acontecida en aquel siglo XXI, resultó ser el factor desencadenante de una reacción en serie que originó lo que actualmente se conoce como "época de oro" de la ciencia mundial. Afortunadamente seguimos en esa inercia favorable, en lo alto de la ola de la expansión del conocimiento en la que inspiración y ciencia vienen de la mano. ¿Y sabéis con qué nombre se conoce hoy en día a esta relación? Inspiraciencia...

    Reflexiones desatendidas

    Reflexiones desatendidas

    Termina una larga jornada de trabajo y me dispongo a escribir estas líneas sin saber muy bien por dónde empezar. Tampoco se cuál pretendo que sea el destinatario de este mensaje, pero quizá esta sea la última oportunidad para compartir mi perspectiva sobre esta situación.

    Ha pasado todo tan deprisa que parece un sueño. Llevo más de seis meses como responsable médico en el foco de esta epidemia y la situación sigue estando descontrolada. Cuando aparecieron los primeros casos, rápidamente descartamos la posibilidad de que la enfermedad estuviera causada por algún patógeno ya conocido, y descubrimos que se trataba de una infección provocada por un nuevo virus. Un virus emergente que, hasta donde nosotros sabemos, nunca antes había entrado en contacto con la especie humana.

    Enfrentarse a un patógeno nuevo es equiparable a tener que montar un puzle en blanco desde cero y con los ojos vendados. Se empieza por descifrar la secuencia genética del microorganismo, que equivaldría a quitarse la venda de los ojos y colocar todas las piezas que forman el puzle encima de la mesa. El siguiente paso es estudiar la biología del patógeno: las proteínas que lo forman, su estructura o su interacción con las células del hospedador; lo que se conoce como investigación básica. Esto sería semejante a desvelar el dibujo que contienen las piezas del puzle: no supone un avance directo en el montaje final, pero indudablemente, cuanto mayor parte del dibujo se desvele más rápidamente se podrá montar el puzle. Del mismo modo, cuanto más se profundiza en la investigación básica más fácil es abordar la investigación aplicada. Esta última engloba el desarrollo de pruebas de diagnóstico, vacunas y tratamientos para prevenir la enfermedad causada por el patógeno, y sería similar al montaje final de las piezas del puzle. Es difícil llegar a cubrir todas estas necesidades, incluso me atrevería a decir que hasta hoy no existe ninguna enfermedad infecciosa para la que el puzle se haya terminado de montar por completo.

    Durante esta epidemia ya hemos conseguido desvelar el patrón de algunas de las piezas del puzle: en apenas unos meses hemos logrado conocer un poco el virus y sus características básicas gracias a nuevas tecnologías, lo cual habría sido impensable hace unas décadas. También hemos podido empezar a montar algunas piezas del puzle gracias al esfuerzo de los equipos científicos: ya podemos detectar el virus fácilmente para aislar a los pacientes y evitar contagios por contacto.

    A lo largo de este tiempo, me he dado cuenta de lo singular que es el papel de la especie humana en el transcurso de una epidemia. A pesar de que los humanos somos la diana perfecta para la expansión de un agente infeccioso, ya que somos la única especie extendida por todo el globo terrestre, a la vez contamos con una ventaja inigualable: la consciencia humana y el conocimiento que de esta se deriva. Estas dos capacidades nos hacen más fuertes que ninguna otra especie frente a la selección natural. Si Darwin estuviese hoy entre nosotros no daría crédito de la habilidad que hemos desarrollado para moldear esa fuerza de la naturaleza a nuestro antojo y conseguir direccionar la evolución hacia una mejor calidad de vida. El razonamiento también nos dice que las medidas de higiene y el distanciamiento social son fundamentales para combatir este brote, y así nos ha permitido reducir considerablemente el número de casos y fallecimientos. En situaciones epidemiológicas similares, cualquier otra especie habría sufrido pérdidas incomparables, llegando incluso a la extinción.

    Pero nuestra consciencia también nos ha permitido crear una sociedad alejada de lo natural, en la que prevalece una ‘selección artificial’. Nos han enseñado a anteponer la rivalidad frente a la cooperación, y centramos nuestros recursos en estar preparados para combatir enfrentamientos bélicos, mientras somos incapaces de ganar batallas frente a enemigos microscópicos. Si una epidemia como esta tuviese lugar a nivel mundial, probablemente las mayores potencias económicas ya estarían luchando por una vacuna para demostrar su potestad, y la ciencia sería portada en las noticias. Pero la mayoría de virus emergentes afectan a poblaciones como la de esta aldea desde la que escribo, en vías de desarrollo y con pocos recursos sanitarios. A no ser que este nuevo virus se extienda hacia algún país desarrollado, dudo que esta enfermedad desatendida llegue a oídos de grandes empresas o programas de investigación.

    Acabo de recibir el resultado de la prueba que me hicieron ayer y ha resultado positiva. Supongo que esto significa que no seré yo quien monte la siguiente pieza de este puzle. Pero ojalá pronto la especie humana aprenda a utilizar su arma más poderosa, la capacidad de razonar, para que la ‘selección artificial’ dirija nuestra evolución hacia una sociedad en la que perdure la capacidad de respaldar a la ciencia, y no a la guerra.

    21.10.2019
    S.P.

    Robótica

    Robótica

    Andrew Johannes Worthington fue un reconocido científico, pupilo de una eminencia en robótica, el doctor Francis Smith Peterson. Juntos estudiaron el funcionamiento de los androides y lograron muchos avances en lo que se refería a alcanzar una conducta y estructura física semejante a la de los humanos.
    El Dr. Francis Smith Peterson murió el pasado año de un paro cardíaco, producto del estrés que le ocasionaba el trabajo arduo y las exigencias de los inversionistas que requerían resultados a corto plazo.

    Francis Smith Peterson no tuvo hijos, no tuvo esposa, amigos, no tuvo vida y cuando sus colegas lo señalaron de incompetente en su propia materia, su angustia lo llevó a la locura. Vivía encerrado en el laboratorio, probando nervios ópticos, articulaciones libres de aceite y redes de fibras para simular la piel humana. En algún momento pensó que las máquinas podían revelarse frente a los humanos si se excedía en los detalles, pero a fin de cuentas, ¿que habían hecho los humanos por él?
    Andrew Johannes Worthington se preocupaba por su maestro, tutor universitario y, se podría decir, amigo. Había notado ciertas conductas dementes en los últimos tiempos así que lo acompañaba día y noche, a veces sin hablarse, sin mirarse. Él lo idolatraba. Era como un padre y sufría al verlo tan menoscabado.
    Muchas veces el joven aprendiz sentía que el viejo científico no notaba su presencia. Caminaba de un lado a otro y reaccionaba sólo cuando se tropezaba de lleno con él.
    Un día salió temprano, compró bebidas y comidas, y le organizó una gran cena en la oficina del laboratorio, para que se desconectara por un momento de tanto trabajo, pero el doctor Francis Smith Peterson tiró todo al suelo y comenzó a pisotear los platos y botellas con una demencia inusitada.
    “¿Sabes qué, Andrew? ¡No puedo perder más tiempo! Me piden que termine todo esta semana y les tengo reservada una sorpresa” – Gritaba con los brazos en alto y los ojos henchidos en un rojo del averno.
    Andrew Johannes Worthington notó en el pecho un ardor de decepción que nunca antes habías sentido.
    Pero eso no derrotó la admiración y el aprecio por el doctor Francis Smith Peterson y continuó apoyándolo hasta el último día. No importaban los desplantes y los improperios. No importaba la indiferencia. Le debía mucho al viejo loco y no podía abandonarlo cuando la dificultad acechaba. En algún momento, las teorías de aquel genio llegaron a asustarlo. Pensaba que sus delirios y anhelos de venganza estaban llevando sus experimentos a un propósito demasiado apocalíptico cuando vio en la pizarra los esquemas de un plan con maniobras de destrucción masiva. Incluso creyó que lo prudente sería detenerlo, pero para suerte de la humanidad, el doctor Francis Smith Peterson murió antes de que su enfermizo devaneo ocasionara algún perjuicio a la sociedad.
    …..
    El dolor padecido por el joven científico le impidió asistir al sepelio de su colega y amigo. Andrew Johannes Worthington, ahora jefe del sector Robótica, permaneció encerrado en el laboratorio probando ecuaciones y buscando resolver los enigmas que su mentor dejó pendientes. El dueño de la compañía no lo llamó para dar las condolencias sino para confirmar que el doctor Francis Smith Peterson había culminado con la producción prometida y que los pedidos que restaban ya estaban encaminados.
    Era el momento de la venganza. Todo el mal que le habían causado a su maestro y amigo debería ser pagado con la muerte.
    Comenzó a repasar cada uno de los bocetos que dejó el doctor Francis Smith Peterson, revisó todas las fórmulas y reestructuró uno a uno los modelos.
    Hizo todo lo que estuvo a su alcance, pero con el paso del tiempo, a Andrew Johannes Worthington le resultó imposible responder a las encrucijadas que se planteaban a la hora de realizar las optimizaciones tecnológicas requeridas. Su sapiencia resolutiva y sobretodo su instinto, distaban mucho respecto a los dones de su preceptor; el Dr.Francis Smith Peterson.
    Los androides comenzaron a sufrir fallas y poco a poco se fueron autodestruyendo hasta que el laboratorio se convirtió en un cementerio de robots.
    Cuando el dueño de la compañía llegó a la planta industrial y se encontró con la catástrofe, buscó a Andrew Johannes Worthington en el laboratorio.
    La imagen desoladora lo dejó petrificado. Su siempre joven empleado estaba recostado sobre la mesa de aluminio. Cables calcinados se escapaban de su cráneo y chispeaban los últimos segundos de su existencia. Sus ojos de cristal, recubiertos de fibras ópticas, yacían en el suelo, completamente desorbitados, perdidos, muertos. Él mismo se los había extirpado de su rostro.
    Seguramente aquel día fatal, la mirada de Andrew Johannes Worthington no quería ver el trágico final de toda su especie.

    RÓMULO

    RÓMULO

    Lo último que recuerdo fue un golpe seco al caer desde el coche, el rugido de un motor acelerando y desapareciendo en la lejanía, y el frío mortífero que nos rodeó en mitad de la noche.

    Una ráfaga de aire helado se nos coló por una hendidura en la tapa de la caja y nos azotó el hocico. Un gemido, dos, tres. Mi hermano lloraba con una extraña punzada de dolor intenso. Todavía sentía en su lengua el dulzor tibio de la leche materna, tan súbitamente arrebatada, tan drásticamente sentenciados por destino.

    Pasó un rato largo, tan largo que solo recuerdo eso, ese silencio interrumpido por un coro de grillos rasgando sus melancólicos violines al viento.

    Creo que me dormí, y al abrir de nuevo los ojos, apenas pude contener el espanto ante lo que vi: Mi hermano yacía muerto al otro lado de la caja. Su cabecita caía hacia adelante, agotada, hundida entre sus patas como en un profundo sueño.

    El miedo se apoderó de mí y tuve ganas de gritar toda mi rabia. Me arrebujé como pude en mi esquina de la caja, incapaz de tocarlo, incapaz de seguir mirándolo. Tenía tanto frío que se me habían entumecido los bigotes…
    ***
    Hago acopio de valor y decido escapar de allí cuanto antes. Trato de escalar la hendidura de la caja, para abrirme paso hacia el exterior. Saco la cabeza y contemplo lo que me rodea:

    Nuestra caja ha caído en una cuneta. Hay muchos árboles, y todos serpentean alrededor de una sinuosa carretera, larga como el rabo de una rata gigantesca.

    No sé adónde ir, por dónde seguir para encontrar de nuevo a mamá. Mamá…

    De repente, dos ojos brillantes surgen hacia el final de la carretera y otro coche se acerca. El destello de los faros topa contra mis ojos cuando pasa a nuestro lado, y parecen hacerle una señal, porque el coche, inesperadamente, se detiene en el arcén.

    Una joven conductora sale rápida y curiosa nada más detener el vehículo. Con la linterna de su móvil nos alumbra para buscarnos, y ve mi cara sobresaliendo de la caja con las orejas en punta de la expectación. Toma la caja entre sus manos, y la oigo emitir una exclamación ahogada cuando la abre y descubre a…

    Remo. Es así como lo llama, casi inmediatamente. Con un dedo acaricia mi cabecita y la hunde con cuidado de nuevo en la caja. Me acerca al coche y me sitúa en el asiento del copiloto, al lado suyo. Y allá que nos vamos.
    ***
    Rómulo. Ese es el nombre que oigo repetir mientras unas manos tersas de látex me inspeccionan por todas partes. Me abren la boca, me estiran las piernas, me toquetean todos los desnutridos huesecillos…

    Oigo la voz de la chica hablar con otra voz más grave y cantarina. Abandono, repiten, mutilación… indecencia, desalmados, inconscientes…

    Vuelvo a mi caja de cartón, pero ya no veo a Remo. No sé qué pensar. Me vuelvo a quedar dormido y cuando despierto estoy en una nueva casa, que no es la que largo tiempo atrás conocía.

    ***
    Han pasado dos semanas y ahora ya empiezo a comprenderlo.
    Tengo una nueva amiga, que se está desviviendo por mí, y me trae (¡qué gusto, lo reconozco, es mi parte favorita!) jugosos biberones de leche caliente y cereales que me dejan como alelado de placer.

    He ganado peso, soy juguetón y travieso, y trepo por sus pantalones hasta que me instalo en su regazo y no la dejo hasta que me acaricia o hasta que me deja que le mordisquee los dedos.

    Casi siempre está en casa, tecleando en su ordenador lo que escribe el día anterior en el escritorio de nuestro estudio.
    ***
    Ha pasado ya un mes y medio. He crecido bastante y mi amiga me ha comprado un perfecto cojín mullido para que la acompañe.

    Me siento tan a gusto, tan en paz. Mi momento ideal es cuando mi amiga pone música clásica para amenizar el ambiente mientras escribe, y yo ronroneo entre sus patas cuando llega la parte del clarinete, que es la que más me gusta.

    Cuando se acaba, salto sobre el regazo de mi amiga de nuevo, y ella me habla.

    Me cuenta que está escribiendo sobre mí, porque quiere denunciar mi historia. Poner el grito en el cielo, crear conciencia, dar voz a los que no la tenemos, pero sentimos, como todos los demás seres vivos.

    Romper una lanza por mí.

    Me froto contento entre sus manos. A ella le gusta mucho el lunar blanco en mitad de mi lomo anaranjado y la preciosa cresta marrón que me crece entre los ojos, como una pluma india de guerrero.
    Soy su Rómulo, su superviviente. Somos dos, vivimos juntos, y yo seré por siempre su amigo.

    Rondalla de l'ull humà

    Rondalla de l'ull humà



    RONDALLA de l’ULL HUMA


    Amiguitos y amiguitas : quiero explicaros lo que es un cono, una célula fotorreceptora de la retina, y sensible al color. Existen 6,5 millones de conos. Junto con los bastoncillos, constituyen las células fotorreceptoras de la retina, que es la más interna de las tres capas del globo ocular. Las otras son la coroides, y la córnea y esclerótica.

    Bien, nuestro ojo funciona de la siguiente manera : Conos y bastoncillos reciben el estímulo luminoso -la “luz”- forman la imagen visual en la retina, a partir de sus pigmentos químicamente activos, y ésta se transmite a la zona occipital del cerebro, donde es interpretada la imagen. Resulta interesante, ¿verdad?.

    Pasemos ahora a hablar de nuestra protagonista, Amina : es una muchacha marroquí de 21 años, que tiene una ametropía o defecto de refracción de su vista, consistente en una miopía alta con astigmatismo alto, y ¡tiene que llevar gafas!

    La miopía se la detectaron porque no veía bien lo que el profesor de sus estudios de Optica y Geometría escribía en la pizarra. Consiste en que su ojo es demasiado largo, y las imágenes se forman delante de la retina (lo que se llama “corto de vista”). La miopía se corrige con lentes cóncavas.

    El astigmatismo es más difícil de explicar, pero también fácil de corregir con lentes tóricas, que tienen la forma de un balón de rugbi al corte o sección.

    Amina es alta y un poco desgarbada, con buen tipo. Posee unos grandes ojos negros azabache, lleva melena larga, suelta , rizada, en la que se hace trencitas. Es muy presumida, está en edad de merecer, es estudiosa y capaz de concentrarse.

    Amina se planteó ponerse lentillas, pero éstas exigían mucho más cuidado y disciplina, y eran más caras que las gafas. Amina es una estudiante que vive con sus hermanos mayores, dos chicos y una chica, en un piso de 85 m2. Total que en la Optica Universitaria, se compró unas gafas por 80€.

    Amina está acomplejada por la edad y por llevar gafas, pero parece más joven de lo que es. Su padre -¡a quien Allah tenga en su gloria!- tenía ilusión de que estudiase Optica y Geometría, y ella así lo hace, cumpliendo la voluntad paterna.

    En la retina de Amina se hallan dos puntos de interés : la mácula lútea, de 5 mm2, o mancha amarilla, que constituye la parte más valiosa de su organismo, pues es el punto de mayor visión, conteniendo sólo conos (carece de bastoncillos). Y la mancha ciega, o de Mariotte, un punto de falta total de visión dentro del campo visual, en la que faltan conos y bastoncillos, y corresponde a la salida del nervio óptico.

    Amina nació en Marruecos, pero desde pequeña vive en Cataluña. Sus hermanos mayores, Beremiz y Maluf, quieren obligarla a casar con un “buen partido”, según ellos, que es un primo lejano que trabaja en un concesionario de automóviles (para los musulmanes la familia es sagrada, sobre todo en tiempo del Ramadán).
    Como ella en principio se negó rotundamente, la secuestraron, para que les hiciera caso. Le taparon los ojos con una venda negra muy tupida, le ataros las manos con una cuerda, y la encerraron en el maletero de un Jeep. Allí estuvo tres días y dos noches. Le traían para comer sólo pan, agua y un yogur, por la noche tarde, para que no pudiera ver nada. Amina lloró, rezó mucho y gritó pidiendo ayuda y clemencia, pero todo fue en vano…

    Al final sus hermanos arrancaron el Jeep y lo condujeron durante dos horas, con Amina en el maletero. Llegaron a su destino, la sacaron del coche, toda entumecida y la obligaron a caminar. Descendieron por una ladera : ellos usando sus músculos motores oculares externos de los ojos (inervados por el nervio patético), pero Amina avanzando a trompicones, tropezando a cada paso, sin poder ver aún…De repente se detuvieron y le quitaron la venda de los ojos. Cuando la luz del sol ¡ oh sol glorioso! Paró de deslumbrarla, Vió, divisó, vislumbró, primero poco a poco, después con más claridad, un paisaje idílico : era de montaña, había un río pequeño, precioso, de aguas cristalinas, que acababa en cascada un poco más allá, con hierba verde y árboles frondosos formando un bosquecillo. Y lo más importante, sentado sobre un pedrusco, había un buen mozo, cuya visión le fue agradable a los ojos, que resultó ser …¡Su prometido!

    Amina aceptó y se casó con su prometido en una bonita fiesta!







    Africasensio

    Salitre y plumas

    Salitre y plumas

    Llevaba meses sin pisar tierra, viendo aquel azul marino infinito. Meses en los que, cuando el hambre avisaba, bastaba simplemente con zambullirse en ese mundo salado unos segundos para atrapar incluso al más rápido de los pececillos. Los días más agotadores descansaba en la tranquilidad de las aguas, quienes la arropaban y mecían como si de una cuna se tratase. En cambio, bien alimentada y con las cargas de energía llenas podía pasarse semanas volando sin descanso, planeando para ahorrar energía.
    Volaba muy lejos de casa. Llevaba un año sin volver, embarcada en una aventura solitaria donde nunca añoró la compañía de ningún otro. Solo ella y el mundo. ¿Su destino? Descubrir el punto donde el mar y el cielo se abrazan.
    Un día, algo cambió. A mediados de octubre la brisa comenzó a acariciar su plumaje, las corrientes marinas tomaron una dirección diferente y algo en su interior comenzó a susurrarle. Debía volver al lugar donde había nacido, lo sabía. Así que cerró los ojos, remojó sus plumas por última vez y empezó el largo regreso a casa. Era curioso pues, por extenso que fuese el océano, ella nunca se sintió perdida.

    La joven aterrizó en su isla natal y unos segundos le bastaron para advertir que, pese al reducido número de visitas a esta tierra, seguía conociendo el lugar perfectamente. Notaba un fuerte vínculo interno con la ínsula. Hace tiempo que había elegido el lugar donde crearía su núcleo familiar y criaría año tras año a su pequeño polluelo y este era asombrosamente cerca de donde ella misma había nacido.
    Descansada ya de tan largo viaje, nuestra hembra se acerca al clan con la intención de tomar un par de clases de baile. Es muy inteligente, nunca tuvo problemas en interiorizar cada movimiento de cortejo que allí se enseña. Lleva 3 otoños dedicándose de lleno a este trabajo, junto con el novicio de la isla. Su progreso va unido proporcionalmente a la reducción de parejas de baile que se adaptan a sus movimientos. Sin embargo, una vez allí, la joven se da cuenta de que todos los machos están ya cogidos. Al principio no sabe qué hacer ni cómo actuar, consciente de la magnitud de la catástrofe que se le viene encima pues, sin pareja no hay descendientes. Y si algo tiene claro, es que ella no quiere pertenecer al grupo de solteronas de la isla, no señor. Tendrá que buscar una solución.
    De repente, se encuentra con otra joven hembra que también se ha retrasado en su llegada. Se conocen, ya habían sido pareja de baile en ciertas ocasiones y la verdad que no se les daba nada mal. Así que, después de saludarse debidamente se ponen al lío.
    Al cabo de un tiempo se sienten muy cómodas una al lado de la otra. Tienen la sensación de conocerse desde siempre. Cada día, antes de empezar a bailar, pasan unos segundos mirándose fijamente, conversando a través de sus ojos. Luego, comienzan a tambalearse de un lado a otro aprovechando la longitud de su cuello para imitar las rítmicas ondulaciones de las olas. Seguidamente, despliegan sus inmensas alas grises mostrando su majestuosidad y belleza para continuar rozando su pico, disfrutando de la sensación del primer contacto con su amada. La coordinación de sus movimientos es perfecta, como si de un espejo se tratase.
    Así pasan cada tarde creando su propio lenguaje, ese que utilizarán año tras año para saludarse y reconocerse. Ahora tienen claro que pasarán la vida juntas, pues entienden que esa conexión tan grande que sienten al bailar no puede ser casualidad. Y nadie podrá nunca negar que lo que hay entre ellas es amor.

    Si todavía no has averiguado quién es nuestra protagonista, contamos simplemente una historia más de la vida de una joven hembra de albatros de Laysan (Phoebastria immutabilis). La envergadura de sus alas basta para coronar a los albatros como los reyes de las aves marinas, la cual puede llegar 3 metros o más. Phoebastria no alcanza tales dimensiones, sin embargo, su encanto no decae.
    Cada año se sabe la existencia de nuevas parejas de hembras en las colonias de los albatros. En 2008, un estudio reveló que el 31% de las parejas de ese año en las islas de Hawaii eran del mismo sexo. Se trata de una estrategia evolutiva ya que hay más hembras que machos por lo que esto evita peleas por un mismo varón, aumentando así la natalidad. En estas uniones, las dos hembras colaboran por igual en la crianza del pequeño. Estas se acarician, se acicalan, se quieren y se miman como si una pareja mixta se tratase. Nadie objeta nada, es todo natural. Una vez más, la naturaleza demuestra ir un paso por delante a nosotros. Cuanto nos queda por aprender.

    Salud

    Salud

    “Salud por todos lo que nos hemos bañado alguna vez en la reserva de agua”. Todos alzaron sus copas, y como siempre, todos arrugaron la cara. “Argh, Lynn, esto sigue siendo una porquería, pero ¡qué buena porquería! Oye Carol, eso de bañarse en la reserva es un asco, pero no hay nada más refrescante. Las duchas son demasiado cortas”, dijo Frank y agregó, “limpiar todo este cuerpazo toma tiempo”. Soltó una carcajada escandalosa.

    “Menos mal que el sistema de filtrado funciona a la perfección. Si no fuera por Charlie, a quien agradezco por al fin haber aceptado nuestra invitación, estaríamos bebiendo nuestra propia suciedad”, dijo Carla. Charlie Phillips, el director de la zona 7, área de soporte de vida en la nave, era más bien callado e interactuaba poco con el resto de la tripulación. Algunos lo tildaban de engreído, otros de tímido, otros de psicópata.

    “Sí, gracias por invitarme. Normalmente no salgo con los… bueno, con nadie. Tengo otras responsabilidades que van más allá del agua… los servidores son definitivamente más críticos.” dijo Charlie, mientras se servía un trago más. “Ten cuidado, Charlie. Abusar del brebaje de Lynn no es buena idea. Mejor aprovecharé el impulso y serviré el siguiente trago. ¿Quién brinda?” dijo Miguel, llenando los vasos.

    “Pregunta, ¿por qué beben este… trago si la máquina universal puede reproducir cualquier licor en su base de datos?”, preguntó Charlie, sintiendo el fuerte olor a alcohol de la bebida artesanal. “Pues porque todo lo que hace la máquina universal sabe igual. En teoría, construye moléculas complejas con sus biomáquinas, pero todo queda teniendo un buqué intolerable. Este veneno sabe diferente… tiene amor. No podemos depender de la máquina para hacer todas nuestras cosas, más si sabemos cómo hacerlas”, dijo Miguel mirando a Lynn, sonriéndole. “Aawww, qué lindos los tortolitos. Bueno, ya, suficiente. ¡Siguiente brindis! Tu turno, Miguel”, dijo Frank.

    “Está bien... Salud por todos los que han tenido sexo con alguien del sector 11”. Solo Miguel alzó el vaso. El sector 11 era el sitio más exclusivo de la econave Astrolabio, pionera en viajes espaciales multigeneracionales. En esa parte de la nave estaban los tripulantes de mayor rango. “¿Qué? ¿Nunca han ligado con alguien del sector 11? Bueno, yo tampoco, pero si estuve con una chica de mantenimiento en un cuarto de máquinas hace años”. “Ah bueno, siendo así, salud -Frank también alzó la mano- por el tipo del bar de la zona húmeda.” Lynn también alzó la mano y bebió en silencio. “Oh, los secretos que salen a flote en este juego… me gusta”, dijo Carol, mientras tomaba notas mentales. Luego miraron a Charlie. Sonrojado, no tuvo otra opción que beber también. Él residía en el sector 11.

    “Oye Charlie, a mí siempre me ha sorprendido lo favorable que ha sido el viaje; es decir, llevamos casi 500 años viajando, unas ocho generaciones, y la nave sigue como si nada. La máquina universal sigue funcionando como el primer día, sistemas de soporte, producción de alimentos… solo hemos tenido algunas condiciones de operación subóptimas, que pudimos resolver fácilmente. Siendo la primera nave de este estilo, y con toda esa ciencia aún por madurar, es difícil creer que todo haya sido tan fácil”, dijo Miguel.

    Charlie frunció un poco el ceño. Suspiró e iba a decir algo, cuando Carla lo interrumpió. “¿Saben qué escuché un día? Que todo esto es un engaño, que vivimos en una computadora y somos una simulación. Que los sistemas eventualmente fallaron y los tripulantes de esta nave murieron hace mucho tiempo, no sin antes hacer copias de sí mismos en los servidores, donde viven una realidad digital y algunos aún se dedican a buscar una manera de regenerarse.”

    “Carla, quien te dijo eso aspiró gas del reactor de fusión”, dijo Frank.

    “Hablando en serio, ¿creen que sería posible?” pregunto Lynn.

    “´Hasta donde sé, esa tecnología no existía en la Tierra cuando partió esta nave, al menos no a ese nivel. Se necesitaría un ejército de científicos de todo tipo para poder hacer eso”, dijo Miguel.

    “En el equipo inicial de Astrolabio había expertos en computación, agronomía, astrofísica, ingeniería, química, psicología, economía y más. Enviaron al espacio un grupo bastante diverso, por si nos encontraban los extraterrestres, no todos supiéramos a pollo”, rio Frank.

    “Igual se necesitarían todos esos perfiles si querían construir una simulación creíble”, dijo Carla.
    “Si fuera cierto, solo gracias a la ciencia estaríamos vivos, ¿no? si pudiéramos transferirnos a un robot, quizá aún podríamos conquistar el universo”, dijo Lynn

    “Propongo un brindis por eso” dijo Charlie, sonriendo esta vez. Todos escucharon expectantes. “Salud por todos los que creen que no vivimos en una simulación y que no nos envían diariamente en robots a reparar una vieja nave destartalada, sin humanos, y a pensar en cómo regenerarnos”. Todos alzaron sus vasos… todos menos Charlie.

    SALUD GARANTIZADA

    SALUD GARANTIZADA

    Hoy es 31 de diciembre estoy en mi apartamento, es pequeño pero muy confortable. Espero que se ponga en contacto el técnico de mantenimiento, se ha disparado una alarma en el sistema de ventilación y purificación de aire, que por cierto es una maravilla. Permite la estanqueidad completa de la vivienda garantizando la calidad y desinfección total del aire interior. El mismo sistema que tienen todos los hospitales, con una pre-compartimentación en los accesos; y otros edificios y espacios comunes. También se emplea en los aviones y en los vehículos de transporte de última generación.

    Los microorganismos, emergentes y reemergentes, y los parásitos están hoy en día muy presentes, motivado por la evolución en el cambio climático y los cambios en el medio ambiente, la superpoblación y su concentración, la globalización o mundialización y las consecuencias de los conflictos bélicos y las desigualdades sociales. Afortunadamente hoy en día la sostenibilidad es una realidad, y los avances en la tecnología y la nanotecnología, la inteligencia artificial, las ciencias sociales, la bioingeniería y la biología sintética, entre otras, lo han permitido.

    He salido al espacio exterior, a la calle, a adquirir víveres y los compuestos nutricionales que necesito. ¡Vaya! Estoy en el almacén y se acaba de activar una alarma en mi dispositivo personal, ha detectado un coronavirus en mi organismo, la han activado los sensores de mi boca y de mi nariz. ¡Es un SARS-Cov-5 y mi organismo no tiene anticuerpos contra él!, voy a la farmacia a conseguir el anticuerpo sintético específico.

    Tengo varios sensores implantados en mi cuerpo, por cierto de manera mínimamente invasiva. Permiten monitorizar las constantes vitales y controlar el correcto funcionamiento de mi organismo. Además sirven para detectar y rastrear la presencia de microorganismos patógenos. Los sensores son muy pequeños de unos 2 mm pero con una gran funcionalidad y se recargan de manera inalámbrica. Para la detección de microorganismos, tiene un espectrómetro de gran precisión, y un detector de vibraciones de mayor radio de acción que rastrea el patógeno por su longitud de onda e intensidad, dando una aproximación cuantificada de la carga del patógeno y su localización. También puede detectar mutaciones del microorganismo, y el sistema envía un registro con las modificaciones, nuevos antígenos y epítopos, directamente al laboratorio, y en un par de días tendré en mi farmacia el anticuerpo específico, son fáciles de fabricar y muy económicos.

    Estos anticuerpos son neutralizantes para el patógeno, algunos actúan también contra algunas proteínas que evaden la respuesta inmune. Además el sistema inmune no solo no los considera una amenaza, sino que actúan de manera sinérgica con la función de los macrófagos y los linfocitos. Posteriormente los anticuerpos son eliminados con facilidad por el organismo. El hecho de actuar tan rápidamente contra un patógeno evita muchos problemas, limitando la cascada inmuno-inflamatoria que puede llegar a ser perjudicial para nuestro organismo.

    La salud de la población ha mejorado, y se ha reducido en gran medida la mortalidad prematura y la morbilidad. Reduciéndose muy significativamente las enfermedades autoinmunes y degenerativas, entre otras. Gracias a estos avances y a algunos otros, estamos también a punto de erradicar las enfermedades infecciosas crónicas y persistentes, como el VIH, las hepatitis y los herpesvirus, entre otros, con un sistema CRISPR avanzado, con el que eliminamos el ADN o ARN viral, en el núcleo de las células.

    Todo ello ha permitido reducir la presión y la sobrecarga de los servicios sanitarios. Por supuesto la eficiencia de estos servicios también ha mejorado, reduciendo todo ello el gasto en salud. Y como consecuencia se han podido implementar unos sistemas de salud universal, que llegan prácticamente al 100% de la población. También la investigación y el gran emprendimiento, junto con la colaboración público-privada, y la contención del ánimo de lucro, han sido fundamentales.

    Todos estos cambios se fueron gestando después de superar algunas pandemias que han afectado a la población mundial sobre todo en la primera mitad del siglo XXI, como por ejemplo la del llamado Covid-19 en el año 2020. Después se fueron implementando medidas para garantizar la seguridad y prevenir la transmisión de los virus, aunque muchas de estas medidas supusieron un cambio importante para la vida y el comportamiento de las personas.

    ¡Me han invitado a una fiesta! Esta es una noche para divertirse y también para ligar. Hay que prepararse, voy a aplicarme el spray o gel protector adecuado para tener contacto con otras personas. Es un compuesto de nano-partículas que se adhiere a las células epiteliales y crea una película protectora antimicrobiana y auto-desinfectante en pocos segundos, y que garantiza una protección prolongada durante 24 horas. Puede aplicarse a las manos, labios, boca, genitales, etc., minimizando todo tipo de infecciones.
    La fiesta de fin de año ha sido magnífica, bueno son ya las 12 de la noche. ¡Feliz año 2070!

    Scientia

    Scientia

    Don Gustavo había vuelto a recuperar el tratamiento, después de apearse del tren. Aquel que circula sobre vías de hierro, paralelas, inagotables como el océano, que en el infinito se cortan. Regresaba a su pensión después de una noche de lo más agitada. Su juventud permitía que eso no fuera óbice para llevar a cabo su profesión.
    A la mañana siguiente, el joven médico recorría, dirigiéndose a su trabajo, aquella ciudad de muros de fuego reflexionando. Aquella ciudad, «lugar madre» que surgía de las aguas pero que en ese caluroso mes de junio estaba seca. Aquella ciudad de la osa mayor donde en sus noches claras ya no se ven las estrellas, sino un sinfín de luces y neones que se extienden en un radio de kilómetros. En esa ciudad donde él, don Gustavo, y ya sí con el don, aquel organismo diploide, ser pensante (y escribiente) había nacido, criado, se había casado, y donde muy probablemente acabaría sus últimos días, culminando la vida del cuerpo de carne y hueso que salvaba a la de otros cuerpos. Otros cuerpos de hombres que piensan. Y hombres que sienten. Y trabajan.
    Don Gustavo necesitaba un café para que sus alcaloides estimulasen sus neurotransmisores. Don Gustavo era un gran bebedor de café. Sabía, como excelente divulgador que era, que reforzaría con ello su memoria y su concentración. Y que las gentes más bebedoras de café, gente de tez pálida y de convivencia con lagos, esta vez sí, con agua; tenían menos propensión a sufrir enfermedades cardiovasculares. Y es que don Gustavo era un admirador del sisu. Pero él vivía en el paralelo 40° N, pero no en la ciudad alfa del Nuevo Mundo, sino en la mesetaria ciudad beta del viejo, pero honrado mundo. Al ir a pagar se encontró, no obstante, el bueno de don Gustavo que cual hijo pródigo había gastado hasta la última moneda en su jolgorio de anoche. ¡Carpe Diem! ¿O es que no sabe usted que la juventud y la mediterraneidad hacen de las suyas hasta en las almas menos torcidas y más disciplinadas? Fingió pues verse preso de una llamada urgente del hospital, que le requerían, que un paciente había ingresado con una enfermedad infecciosa tropical, que tenía que irse ipso facto, que ya vendría a pagarle el café.
    Salió don Gustavo del establecimiento rápidamente y con vergüenza. A la bulliciosa avenida de la ciudad de idiosincrasia muy particular. Contemplando a los viandantes, que muy apresuradamente se dirigían a sus puestos de trabajo. Respirando el humo de los coches de ingeniería foránea, pero de producción nacional. Dirigiendo la mirada a las nubes sintiéndose atraído por la belleza de los fractales. Sintiendo el gusto de verse acariciado por la sombra del Platanus × hispánica, gran sumidero de carbono en ciudad tan arbolada y con tanto tránsito rodado. Sombra que le resguarda del sudor en hora donde los rayos del sol calientan provocando la refrigeración corporal tan molesta para el hombre urbano. Preguntándose por qué la dualidad maniquea impera nuestros indoctos pensamientos.
    Pero la realidad era que don Gustavo estaba paseando por una ciudad que habían levantado los hombres, los Homo sapiens. Que los fastuosos edificios que le envolvían no eran sino la sucesión de técnicas y conocimientos de generaciones y generaciones. Que la escasez hídrica de la tierra de conejos había sido sabiamente solventada por unas técnicas de ingeniería hidráulica muy eficaces. Que sus habitantes ya disfrutaban de una alta esperanza de vida por su modus vivendi y el avance de la medicina. Que, en suma, el esfuerzo colectivo y el concurso de las cabezas pensantes habían creado tal civilización.
    Llegó don Gustavo al hospital donde trabajaba como investigador. No vio a nadie. Ninguno de sus compañeros allí estaba. ¿Quizás había llegado antes? No, imposible. Es la misma hora a la que siempre, desde su rígida puntualidad, se presentaba en su despacho. No solamente no estaban sus compañeros de trabajo, sino que también faltaba material. Sumióse don Gustavo en una espiral obscura de pensamientos, alcanzando la paranoia. No comprendía lo que ocurría. Empezó a proferir gritos defendiéndose: ¡No era él quien estuvo con el macho cabrío en el crepúsculo! ¡Aquel solamente lo había visto en obra de tan egregia personalidad del arte! Don Gustavo sufrió un colapso mental que le hizo perder el propio control sobre sus movimientos, hasta tropezar con una de las innumerables cajas de cartón precintadas y caer al suelo. Fue entonces cuando don Gustavo volvió a la cordura. Ahora se acordaba. El porqué se había sumido en un estado de intensa embriaguez la noche de antes que había provocado en él esa aterradora amnesia total transitoria. Él y todo su equipo habían sido puestos en la calle. Sin renovación de fondos. Sin medios para continuar. Sin un futuro. Sin empleo y sin ciencia. En suma, sin sustento y sin progreso.

    SE BUSCA GOSTHWRITER CIENTÍFICO, AMANTE DE MONTERROSO

    SE BUSCA GOSTHWRITER CIENTÍFICO, AMANTE DE MONTERROSO

    Si me hubiesen dado cinco dólares por cada abstract que he escrito a lo largo de mi carrera como investigador, después de aquel milagro de la síntesis y la concisión que hice para Principles of Perelmanology in the 20th century, ahora tendría… cinco dólares. Desde aquella vez, en el caluroso verano de 1992, en que aquellas 250 palabrejas brotaron de mi interior como si me hubieran trepanado el occipital y un lechoso humor brotara de él, sirviendo de carga para los cartuchos de la impresora, nunca más me he sentido en condiciones de leer un artículo científico, volver a leerlo, leerlo una tercera vez, hacer como que lo había entendido a la primera, pero que la segunda lectura la había hecho por lujuria y la tercera por gula (los científicos del ámbito católico ya nos podemos permitir estas frivolidades) y, a continuación, describirlo, sintetizarlo y representar exhaustivamente sus ideas principales, de forma condensada, en un texto entre las 150 y las 350 palabras, dependiendo de las precisas (y arbitrarias) instrucciones de los editores de las revistas del Q1, el repositorio institucional, el recolector de repositorios, el evaluador de la agencia estatal, o el/la nuevo/a influencer de métricas abiertas contratado por la universidad a tiempo parcial en modalidad de outsourcing.

    Para quien no los conozca (y qué incauto querría conocerlos, con lo bien que se está en una vía de montaje de chasis de automóviles, o de zapatos, ya no digamos la confortabilidad que ofrece el calorcito de las máquinas de horneado de puntas o alguna cosa de esas de las que tanto hablan los que saben de pasta), los despachos de las universidades, que algunos tienden a llamar laboratorios de investigación con una exuberancia léxica que debería ser punible penalmente, suelen ser cubículos de ventilación deficiente e iluminación tórrida, poblados por bibelots que los propios profesores y/o (véase la legislación universitaria para entender lo poco procedente de este uso vacilante entre conjuntiva y disyuntiva) investigadores hemos ido acumulando con el paso del tiempo, en estratos diogenéticos de diferente factura y cochambre: recuerdos de congresos, souvenirs de viajes generalmente no relacionados con nuestra tarea investigadora ni docente, cada vez más muñequitos frikis (el nivel de frikismo entre los investigadores sigue en curva ascendente, no precisamente el tipo de curva que los estadísticos llaman normal, pero claro, si entre ellos la especie abunda), fotos de nuestros vástagos, más fotos de nuestros vástagos, hasta el punto de que la última vez que vino una fotógrafa del Servicio de Comunicación para hacernos una foto “trabajando en el despachoratorio”, desde allí mismo usó la app corporativa para pedir cita con el servicio de fisioterapia que ofrecen los becarios de la titulación, dado el contorsionismo de que tuvo que hacer gala para evitar que salieran retratados mis siete soles, repartidos por toda la estancia en diferentes tamaños y formatos, hasta una reproducción en 3D de una de ellas caracterizada como R2D2 tengo sobre una tablilla de ruedas, por lo que puede salir en plano en cualquier momento.

    Trabajar en esas condiciones es imposible, así es que desde 2002 (los 10 años que tardamos, más o menos, en tener preparado nuestro siguiente artículo, en una interpretación sui generis de la Ley de Lotka, muy influenciada por un cóctel que descubrimos mis colaboradores y yo, creado por un tal Jimmy Lotka, creando su propia versión de ruso blanco, sustituyendo la nata líquida por horchata), contratamos un ghostwriter para nuestros abstracts, publicando este breve en las páginas de anuncios de las publicaciones Q1, Q2 y Q3 de Wilson & Son, Peksevier, Pilsein, el Bunker Hill Herald y la Gaceta de Burgos: Se busca gosthwriter para abstracts.

    De la última nos respondió Ted (nombre ficticio), el autor de nuestras 50 publicaciones científicas durante los últimos 18 años (ahora sí el tito Lotka estaría contento, tanto Jimmy como Alfred), con grandes resultados en cuanto a citas y posicionamiento. Gran tipo, Ted, enseguida se dio cuenta de que nos hacía falta algo más que un abstractista. Un brindis por él y otro por el sistema de evaluación científica.

    Seis experimentos

    Seis experimentos

    Se preparó para una mañana intensa de trabajo, poniéndose en primer lugar la vestimenta adecuada. Mientras, repasó mentalmente cómo se iba a organizar: siempre era complicado hacer varios experimentos a la vez, y ese día le tocaban nada menos que seis, pero si ajustaba bien los tiempos y las herramientas necesarias, sabía que podría hacerlo.

    Revisó su cuaderno y decidió comenzar con el experimento II, que había dejado preparado en un recipiente el día antes. Comprobó que la desnaturalización de las proteínas se había llevado a cabo correctamente, es decir, que el color blanquecino esperado había aparecido, tras lo cual pudo emprender los pasos finales para completar el proceso. A continuación, decidió arrancar el experimento V, para el que ya había dejado el material listo la tarde anterior (sabía que lo mejor era avanzar antes todo lo posible), por lo que solo tuvo que incorporar el espesante a la mezcla preparada y ponerla a calentar.

    Mientras el experimento V avanzaba, decidió que era el momento de comenzar con el VI ya que, si no, se le echaría el tiempo encima. Y es que en este caso tenía que llevar a cabo una extracción acuoso-orgánica facilitada por temperatura, que se prolongaría durante varias horas.

    Preparó entonces nuevo material para proceder con el experimento III. Tenía su complejidad y, aunque contaba con una amplia experiencia después de tantos años llevándolo a cabo, siempre temía el momento de presentarle el resultado a Aurora. Y es que, no sabía por qué, a veces fallaba y las moléculas anfipáticas no acababan de dispersarse correctamente… menos mal que contaba con la ayuda de la solución de ácido acético diluido, que permitía que esas moléculas se repelieran más entre sí y también aumentaba el volumen acuoso, un factor clave en este proceso... Bueno, parece que esta vez había conseguido completarlo de una forma satisfactoria.

    Le echó un vistazo a los experimentos en marcha: dio por concluido el V, tras comprobar con un termómetro que la ebullición se había producido a más de 100ºC, y verificó que el VI se encontraba en el momento que esperaba, con la gelatinización del almidón empezando a producirse. Decidió entonces que era el momento de empezar el experimento IV; nada del otro mundo, dado que la variable principal a controlar era que la desnaturalización se produjera correctamente, una técnica que dominaba, como había podido confirmar con los resultados del experimento II.

    Comenzó entonces el último de los experimentos del día, aunque en realidad era de un nivel de principiante, prácticamente de estudiante de primer año. Se trataba del experimento I, ya iniciado el día antes; tras retirar de la cámara de frío el envase que había dejado allí, se aseguró de que la licuefacción se hubiera producido adecuadamente y, dado que anteriormente ya había retirado la fase lipídica, lo único que quedaba era el tratamiento térmico. Mientras este se llevaba a cabo, dio por concluido el experimento VI, aunque el resultado final le pareció diferente al esperado, y esto le llevó a tomar algunas notas en su cuaderno para futuras ocasiones.

    Finalmente, y tras comprobar que en el experimento IV, a continuación de la desnaturalización se había producido de manera satisfactoria la reacción de Maillard, lo dio por finalizado junto con el experimento I.

    Ahora, se trataba ya de poner en conjunto los resultados de los experimentos y esperar que todo encajara bien, aunque, a decir verdad, estaba convencido de que sería así…

    En eso estaba pensando cuando sonó el timbre. ¡Ya estaban aquí! Llegaba la hora de la verdad. Fue a abrir la puerta y entraron todos con los brazos llenos de regalos, mientras le reprochaban que todavía no se hubiera quitado el delantal. Mientras, le preguntaban por el menú, que recitó de memoria: consomé (experimento I), acompañado, para picotear, de cebiche (experimento II) y langostinos con mayonesa (experimento III). Como plato principal, carne con mermelada de frutos rojos (experimentos IV y V) y, de postre, arroz con leche (experimento VI). Esperaba que esta vez su hermana Aurora no pusiera pegas a la mayonesa, porque siempre era la comensal más exigente…

    Si se enteran vuestras madres…

    Si se enteran vuestras madres…

    No podían moverse; el aire hería, el agua hervía, la madera ardía. Todo se les pegaba. Las telas se empapaban, los metales les quemaban. El sudor los revestía, salía a discreción por poros y ranuras. Los pelos estaban tristes, desalentados y se rendían. El calor era insoportable.

    Estaban en verano. Éste llegaba siempre sin avisar, sólo los sastres lo notaban porque sus tijeras se ponían en huelga, siempre desde la tarde anterior a la mañana siguiente. Los veranos en la ciudad duraban un día, y podía haber entre uno y treinta y tres por año, nunca más, estaba escrito. Aquel era especialmente insoportable.

    Se sentían como sobre un sofá de cuero ardiente. Pestañear dolía, incluso respirar dolía. No se podían tocar, motivo de ejecución. Las uñas se les derretían, olía a quemado. Y el calor no cesaba, iba en aumento. No se veía a nadie más, eran los únicos valientes ¡Qué sopor!

    En la ciudad no recordaban un verano como aquel. Debía ser cosa del Niño, los Alisios o el maldito Coriolis. Los pájaros se cubrían con sus nidos, las flores defendían sus partes nobles y los árboles soltaban lastre mientras los peces se hacían a fuego lento. Aquello era soporífero.

    No podían más, algo debía cambiar. No iban a aguantar hasta la mañana siguiente, el calor y la humedad acabarían con ellos antes. Salva salió y los demás lo siguieron.

    Ir a una sauna en verano es, definitivamente, una locura.

    Siempre saludaba

    Siempre saludaba

    Tres años estudiando para esta oposición, ¡allá voy!, se dijo mientras subía al tren que le llevaría al lugar donde se celebraría la prueba.

    Durante todo ese tiempo estuvo levantándose metódicamente a las siete de la mañana para acudir a la biblioteca de su barrio, cargado con libros e impresos de la página web del CSIC y del Boletín Oficial del Estado y un sándwich de pechuga de pavo con un poco de aceite de oliva, envuelto en papel de aluminio y una bolsa del supermercado, por si acaso. Antes de salir, desayunaba en casa -nunca en el bar- un plato de cereales integrales con leche. Había decidido dejar su trabajo para dedicarse íntegramente a estudiar para acceder a la Escala de Ayudantes de Investigación de los Organismos Públicos de Investigación y tenía que reducir al mínimo sus gastos.

    Estos años tampoco tuvo mucha vida social: tan solo fue a una cena con sus antiguos compañeros del colegio que acabó bastante pronto pues casi todos tenían hijos. Cuando consiga la plaza también quiero formar una familia, seguro que conozco a alguien en el ministerio, pensaba. Por lo demás, sólo veía a sus padres, los domingos, único día en que se tomaba unas horas de descanso, que aprovechaba también para cocinar macarrones y lentejas para toda la semana. Era la primera vez que había tomado una decisión importante por sí mismo y estaba poniendo todo su empeño. Hasta entonces, su vida había seguido la línea que trazaban los demás.

    Es el momento, tú puedes, se dijo cuando el altavoz del tren anunció el destino en el que se iba a desarrollar el proceso selectivo. Al bajar del tren se encontró con un antiguo compañero de trabajo al que hacía varios años que no veía. Quiso decirle que tenía prisa pero éste se le adelantó y empezó a contarle que últimamente no estaba muy a gusto en el laboratorio, que no se sentía realizado y que estaba pensando en cambiar de profesión, que había visto unos cursos por internet muy interesantes para ser community manager. Ni siquiera se atrevió a mirar el reloj, no fuera que su compañero se diese cuenta de que iba con el tiempo justo y se sintiese mal por entretenerle, pero sabía que si no cortaba de inmediato le resultaría imposible llegar a la prueba para la que se había preparado durante tanto tiempo. Su compañero siguió hablando con la mirada clavada en sus ojos, reclamando toda su atención. Se quedó bloqueado, asintiendo de forma automática. Por su cabeza pasaban imágenes de lentejas y textos marcados con rotulador amarillo fluorescente.

    Cuando se despidieron, no sin antes decir que a ver si algún día se tomaban algo, miró la hora y comprobó que la prueba había empezado hacía ya un rato. Se sentó en el primer banco que vio y sacó de su mochila su sándwich de pechuga de pavo y aceite de oliva. Quitó el envoltorio de aluminio, hizo una bola y la tiró a la papelera, tan llena, que rebotó en la basura, cayó al suelo y rodó hasta sus pies.

    Siete

    Siete

    Una canción suave suena en el radiocasete del laboratorio. El aparato es un “Boombox” que trajo Kary en 1993. Marca Sanyo de 1984, con sintonizador analógico, simple pletina y dos grandes altavoces redondeados. ¡Un gran regalo el que os hago con mi pasta del Premio Nobel!, recuerdo que dijo socarronamente aquel día que lo trajo y lo puso en la poyata, de la que nunca lo movimos.
    —¡Qué canción tan bonita está "cantando"!, ¿alguien la conoce? —pregunta Kary con fuerte acento yanqui y voz chillona.
    —Se titula Una mujer, del brasileño João Gilberto —contesta Margarita con voz dulce. Y tendrías que haber dicho "está sonando" no "está cantando" —añade seguidamente con una risita entrecortada.
    —Es "bossa nova", Kary —replico después de Margarita. Pero ¿podemos dejarnos de cháchara y centrarnos en la puesta a punto? —espeto en tono un tanto desagradable.
    —¡Cháchara! —repite Kary con cara de no saber qué significa.
    —Sí, Kary, que hablemos menos y trabajemos más—replico en tono bronco.
    Esa forma de contestar es impropia de mí, pero el tiempo apremia. Nos han dado siete semanas de plazo para tener listo el método de detección y ya han transcurrido cuatro. Ni siquiera tenemos claro si para la reacción de amplificación de ADN por PCR usaremos la ADN polimerasa de la bacteria Thermus aquaticus o la polimerasa del bacteriófago Phi29. Los resultados indican que con la primera se obtiene mayor sensibilidad, pero se necesita el dichoso termociclador; con la segunda se obtiene menor sensibilidad, pero se prescinde completamente del dichoso aparatito.
    —¿Alguno de vosotros ha cambiado de transcriptasa inversa para hacer la reacción RT? —pregunto esperando de antemano una respuesta afirmativa.
    —Yo siempre uso la de la mieloblastosis aviar —responde Margarita al instante.
    —¿Y tú?, "man" —insisto al obtener de Kary la callada por respuesta.
    —¿Yo?, ¿qué? A sí, la "enzyme". Yo también uso esa —contesta Kary dubitativo y sin convicción.
    —Esa ¿cuál? Por favor, Kary, sé más explícito. ¿La del virus de la mieloblastosis aviar?
    —¡No, esa no!, la del "Moloney murine leukemia virus", ¿cómo se dice eso en español?
    Tras la contestación de Kary, los tres quedamos callados y pensativos. Imposible saber lo que piensan los otros dos, pero seguro que algo parecido a lo que estoy pensando yo. Se preguntarán si la transcriptasa inversa del virus de la leucemia murina de Moleney es más robusta copiando el ARN a ADNc. Se contestarán que es si así, la diferencia de sensibilidad entre los experimentos con la polimerasa del bacteriófago y los experimentos con la polimerasa de la bacteria tendría una explicación lógica. ¿Podríamos haber encontrado la clave?
    —¡Vale, veamos! Llegados a este punto necesitamos poner un poco de orden y saber si, además, estamos usando los tres el mismo tipo de soluciones para extraer y purificar el ARN del virus de las muestras—exclamo en tono de reproche.
    —¡Sólo faltaría eso! —exclama Margarita haciendo aspavientos con las manos.
    —¡S´, sí!, de eso estoy seguro —replica Kary a la vez que golpea el radiocasete, que cae al suelo haciendo un ruido estrepitoso mientras se rompe en mil pedazos.
    El ruido me despierta sobresaltado. Por un momento no sé ni dónde estoy ni qué pasa. Miro el reloj. Son las 7 de la mañana. Ha sido un sueño, pienso ¡Qué sueño más raro he tenido! balbuceo más calmado. Los sueños, me digo, son a veces como un recuerdo de las experiencias vividas el día anterior y ayer, 7 de abril, recibí la buena noticia. El proyecto para poner a punto un sistema rápido de detección del dichoso virus está concedido.
    Me levanto después de desperezarme. Me ducho rápido y bajo a desayunar. Mi hija ya está abajo. Ha preparado el desayuno para los dos, como cada día entre semana. Me recibe con una sonrisa.
    —¿Cómo dormiste hoy, papi?
    —Bien hija mía. Y ¿tú? ¡Escucha! he tenido un sueño bastante raro pero muy agradable —digo sin dejar a que conteste a la pregunta.
    —¡Cuenta, cuenta! —reclama ella con entusiasmo.
    —Pues he soñado con Kary Mullis, el que inventó la PCR, y Margarita Salas, una de las mejores científicas que dio este país. Sí, Margarita, la de la patente de la polimerasa del Phi29, la patente que más dinero ha dado al CSIC en sus más de 100 años de historia —digo vehementemente. Los tres, Kary, Margarita y yo, estábamos en un laboratorio haciendo experimentos codo con codo, trabajando en un método para detectar virus —prosigo. ¿Te lo puedes creer? ¡Yo trabajando con tremendas figuras científicas!
    Tras desayunar, me dirijo al laboratorio en bici, como siempre. Pedaleando a buen ritmo empiezo a pensar en el extraño sueño. De repente recuerdo que el año pasado escribí unas reseñas sobre Kary y Margarita. Sin querer me vienen a la cabeza los días en que fallecieron. Ambos en 2019, ambos un día 7.

    Sin azúcar, por favor

    Sin azúcar, por favor

    En el edificio de genómica, el menú de la cafetería no está nada mal. Es barato, abundante y ofrecen bastante variedad todos los días. Por eso, bastantes estudiantes y profesores suelen abarrotar el comedor al mediodía. La comida tiene mucho aceite y a veces resulta un poco pesada, eso también es cierto, así que otros preferimos traernos la tartera de casa.
    Adolfo Sánchez Blanco, originario de Salamanca, es profesor asociado de la universidad de Hartford y pertenece a este último grupo. Suelo coincidir con él en los microondas, calentando el táper, y siempre se interesa por el progreso de mi doctorado o el resultado del último partido de tenis que jugué. Por eso, nunca había prestado demasiada atención a la comida que se traía de casa.
    Ayer, sin embargo, me di cuenta de que Adolfo, prototipo de investigador exitoso y saludable, no come hidratos de carbono. No fue culpa de nadie que, al sacar el táper del microondas se quemase e instintivamente lo soltase, con tan mala suerte que todo el contenido se volcó en el suelo. Adiós al salmón con verduras. Adolfo, resignado, cogió una bandeja y se dispuso a comprar algo de comer. Recorrió el mostrador ojeando las distintas opciones, pero ni el arroz con verduras, ni la pasta a la boloñesa ni el estofado de ternera con patatas parecieron convencerla. Visiblemente alterado, intercambió unos susurros airados con el encargado, que aguantó el chaparrón con cara de circunstancias. Después, agarró una ensalada César ya preparada y se sentó solo en una mesa.
    Me acerqué y, tras pedirle permiso, me senté con él. En medio de un incómodo silencio, ataqué el contenido de mi tartera mientras le observaba separar todos los picatostes de la ensalada. En ese momento comprendí cuál era el problema. La curiosidad me pudo, al fin y al cabo me había dado clase y existía una cierta confianza, así que, en un tono lo más casual posible, le pregunté:
    YO. -Perdona que me meta donde no me llaman pero me ha entrado la curiosidad; ¿tienes alguna alergia?
    ADOLFO. - (con un suspiro) La verdad es que no, pero he elegido no comer carbohidratos.
    YO. -Y si no es mucho cotillear, ¿por qué no? Entiendo que los azúcares simples no son lo más sano del mundo, pero todos los nutricionistas recomiendan comer cereales, preferentemente integrales, eso sí.
    ADOLFO.- Ya sabes que en mi laboratorio investigamos el envejecimiento usando pequeños gusanos como modelo.
    YO.- Sí, los C. elegans, aprendimos a trabajar con ellos en el laboratorio de introducción a la biología molecular.
    ADOLFO.- Exacto. Pues hemos descubierto que reduciendo la glucosa de su dieta se extiende su esperanza de vida. Los genes que regulan este proceso están conservados en el ser humano, así que he decidido dejar de comer todo tipo de hidratos de carbono, que al digerirse se descomponen también en carbohidratos simples como el azúcar de mesa.
    YO. – Ah, ya veo.
    Esta escena, que quedó en simple anécdota, me llevó a darme cuenta de que muchos científicos, especialmente aquellos que estudian temas relacionados con la salud, están tan metidos en sus investigaciones que, de manera más o menos consciente, acaban tratando de aplicar sus descubrimientos a su vida diaria. Adolfo me recordó a mi padre, ingeniero de edificación, que no puede evitar hacer fotos a las grúas cuando nos vamos de vacaciones y se cruza con una obra.
    Terminé la tesis y encontré trabajo en otra ciudad, así que me distancié de Adolfo, aunque seguí con atención los progresos de su laboratorio. Hace poco, descubrieron que las hembras de esta especie de gusano viven menos si tienen descendencia. Sabiendo que Adolfo, felizmente casado, tiene dos hijos, me alegré de que no hubiera dejado que su trabajo interfiriera demasiado en su vida personal. Eso sí, aún tengo pendiente preguntarle cómo les hace los bocadillos a los chavales…

    Sistema Nervioso Central. Primera parte: El Cerebro.

    Sistema Nervioso Central. Primera parte: El Cerebro.

    Hace no muchos años, contaban las aventuras de Petar Parkor, un chaval, no mucho mayor que vosotros, con un don extraordinario: tenía la habilidad de sentir lo que ningún otro hombre sentía. Empezaba el día como cualquier otro estudiante, queriendo cinco minutos más en la cama, pero antes de darse cuenta, su poder despertaba: sentía un cosquilleo por toda la espalda hasta la cabeza que le decía ¡YA! Y, en seguida, apagaba el despertador antes de que nadie más lo llegara a escuchar. Sus padres admitían con orgullo que su hijo nunca se quedaba dormido, llegaba tarde o siquiera necesitaba un despertador, él tenía un cosquilleo que le decía qué hacer. Su poder no lo usaba solo para levantarse de la cama, a veces paseaba por su calle, cuando el cosquilleo volvía a recorrer su espalda hasta su cabeza y enseguida, tras el grito de “AYUDA”, Pater Porkor ya se encontraba corriendo hacia esa voz que necesitaba su ayuda a la vez que el cosquilleo bajaba de la cabeza a sus pies, dándole más velocidad que nunca. Nunca olvidaremos cuando Petor Perkor libró a todos sus compañeros de una situación más que peliaguda: no había pasado ni un solo día desde que Daniel Verde, el más malvado de los malvados del barrio le juró a Parkor que se las pagaría. Ese día estaban todos en el parque, cuando Petar tuvo su cosquilleo que llegó hasta sus piernas, sus compañeros solo oyeron “¡Agacharos!” Y enseguida obedecieron; no supieron hasta más tarde que Daniel Verde había ido al parque buscando pelea y que, al agacharse todos, los arbustos les impidieron ser vistos y, así, se libraron de una buena. Los gamberros del barrio no tenían ni una posibilidad ante Pater y, a menudo, buscaban la forma de derrotarlo, pero nunca lo conseguirán, porque lo que no saben es que el poder de Petar lo acompañará para siempre, haciéndolo capaz de percibir todo lo que ocurre a su alrededor y respondiendo a ello a voluntad.

    Sucesos aleatorios independientes

    Sucesos aleatorios independientes

    Quedé ojiplático ante el lujo que desprendía el restaurante. En una de las calles más céntricas y concurridas de la ciudad, no podíamos haber elegido mejor sitio para celebrar nuestro éxito. Acabábamos de firmar un contrato millonario con un cliente y mi compañero y yo decidimos celebrarlo por todo lo alto.

    El menú de degustación resultó ser exquisito. Sin embargo, aunque el tamaño de las raciones era inversamente proporcional a la longitud de su nombre, mi compañero no pudo evitar atragantarse con un balón de rugby orgánico que aderezaba una macedonia vegetal, vamos, lo que viene siendo una aceituna de la ensalada. Al darme cuenta de la situación gracias a sus enérgicos aspavientos con los brazos, y debido a mis limitados conocimientos médicos, decidí pedir ayuda. ¿Hay algún médico en la sala?

    Una mediana mujer de refinada edad que estaba sentada a dos mesas de distancia se levantó y se dio la vuelta, dispuesta a ayudar. Deslumbró con su elegante vestimenta, elegida para una ocasión especial en la que nada hacía prever que tendría que usar sus habilidades médicas. Ni los más de cien euros que pagó por cada zapato pudieron evitar que el faldón del mantel quedara enganchado a la hebilla que lo sujetaba al pie, provocando una aparatosa caída y arrastrando copas y platos con ella, precipitando sus contenidos al suelo.

    Viendo que la predispuesta e indispuesta doctora no correría a socorrer a mi compañero, pensé que debía seguir buscando ayuda. ¿Qué probabilidades habría de que hubiera otro médico? Miré a mi amigo que seguía debatiéndose entre la vida y otra vida no tan apacible y volví a preguntar. ¿Hay algún médico en la sala?

    Para mi sorpresa y la fortuna de mi compañero, un hombre cano levantó la mano desde una mesa de un rincón. Su admirable templanza quedó de manifiesto al verle limpiarse la boca con su servilleta y su parsimonia antes de levantarse y acercarse a donde estábamos. Lástima que fuera serenidad y no clarividencia, pues al acercarse a la mesa resbaló con el líquido derramado por su predecesora, dibujando con sus pies una parábola ascendente para, finalmente, acabar aterrizando sobre su tangente.

    Quedando fuera de juego toda posibilidad de ayuda, no creía que hubiera más médicos en la sala. La probabilidad sería bajísima. Pese a mis dudas, el color azulado de la tez de mi compañero me instó a intentarlo una vez más. ¿Hay algún médico en la sala?

    Un joven enérgico gritó y se ofreció a ayudar. Se recogió el pelo largo en una coleta y de un salto avanzó entre las mesas, esquivando sillas y aparatosas cubiteras de pie que se usan para enfriar vino. Dos saltos más lo separaban de su paciente improvisado en el momento en el que el flambeado que llevaba un atareado camarero en sus manos se encaprichó con el hombro del joven doctor, chocando y haciendo saltar la llama de la pasión hasta prender su hermosa cabellera. Su instinto reflejo lo llevó a meter la cabeza en la cubitera más próxima para tratar de salvar lo que quedaba de su autoestima.

    Nos quedábamos sin opciones. Seguíamos necesitando otro médico, pero me temía que fuera prácticamente imposible encontrarlo. ¿Qué probabilidades había de hallar cuatro médicos en aquella sala? Mi colega seguía sin solucionar su urgencia médica así que tenía que averiguarlo, no podía quedarme de brazos cruzados sin preguntar. ¿Hay algún matemático en la sala?

    SUEÑOS DE LA CIENCIA

    SUEÑOS DE LA CIENCIA

    Marconi, el neurocientífico director de Onírico, no logra retomar el control de los personajes que están cambiando sus roles en las historias virtuales. El programa informático está diseñado para que en el sueño ocurra solamente lo planeado. Si esto no sucede, la experiencia finalizará con canciones que despierten ilesas a las personas. No obstante, el sistema tecnológico no responde.

    Cuando Marconi era joven, indagaba cómo realizar terapias básicas de entretenimiento por medio de la hipnosis. Conocía la recreación de todos los sentidos. Observaba espectáculos visuales con el cine, el teatro, la lectura, los videojuegos y la televisión. Sabía de funciones de audición con canciones, discursos y humor. Disfrutaba de escenas reales en jardines y parajes campesinos. Satisfacía el paladar con los infinitos sabores del gusto. Era consciente de la distracción con el deporte y la sensualidad, pero no veía diversiones en otros estados como el del sueño. Por lo tanto, vio en ello la oportunidad para ayudar a la humanidad.

    Su buen corazón y su inteligencia le motivaron a crear un método científico que diera descanso, diversión y esperanza al que sueña. Con los estudios en la universidad se llenó de insumos intelectuales para organizar el proyecto; le agregó algunos recursos económicos y pasado el tiempo empezó a darle forma a sus ideas con ayuda de profesionales informáticos.

    Onírico es un software con cientos de modelos de personajes virtuales susceptibles a modificaciones diversas y con miles de lugares también dispuestos al cambio. Posee innumerables historias y películas. Además, tiene implantados sabores y olores diversos que se unen a las voces, las fotografías o videos de quienes estarán en el sueño. Con toda la información relacionada en el formato 5D, da sensaciones casi reales.

    Ha podido lograr que las personas escojan el sueño que quieren disfrutar, así sean pesadillas. Elegir y diseñar sus fantasías divierte en extremo a la gente. Muchos desean estar en la despedida de un ser querido que murió o se fue. Algunos anhelan soñar viajando o en historias fascinantes de la literatura o ser los actores principales en una película. Es muy útil para terapias en pacientes con crisis emocionales como la pérdida de un familiar o similares. En los sanos, la diversión es a la carta y permite encuentros voluptuosos hasta donde aprueba la ética autorizada.

    El sueño queda grabado para verlo en el futuro en cualquier dispositivo electrónico. Las noticias han anunciado el gran invento y llegan turistas de muchos países a soñar con Onírico. Es una empresa que comenzó como una investigación, pero con los resultados ha evolucionado y adquirió el permiso del instituto de ciencias de su país.

    Las personas entran en unas cápsulas y sueñan durante el tiempo que hayan comprado. El costo no es tan elevado y puede pagarlo gente común. Los intrépidos se divierten y descansan. Dicen después de salir que la experiencia es espectacular, es como soñar despierto con un anhelo de toda una vida.

    Solamente hay que tomar el riesgo, el cerebro se programa por el tiempo convenido, y no hay paso atrás después de entrar en las cápsulas. Se pueden quedar en estado vegetativo si hay una desconexión abrupta. Es obligatorio dejarlos quietos hasta que termine el lapso programado o suene la canción.

    Celso ha querido soñar con su padre. Habla muy feliz con su Papi que murió en un accidente hace un año. Interactúa con lo que se figura que es su papá, no cree aún que está muerto. Le cuenta que lo ama, que se siente muy solo sin su compañía, extraña sus juegos, sus palabras y la lectura de cuentos antes de dormir.

    Pero de un momento a otro Onírico se ha salido de control y los protagonistas de las historias del sueño toman otras funciones. Marconi no cuidó de blindar el programa protegiéndolo contra un posible virus mortal. Ahora, un hácker ha logrado traspasar la seguridad media del sistema informático, mientras en las cápsulas hoy sueñan más de un centenar de personas, entre ellas Celso.

    Las canciones que estaban proyectadas para finalizar los sueños no funcionan. Los personajes de las historias se han salido de control, han querido pasar el límite del subconsciente y si lo alcanzan, harán un gran daño cerebral irreversible. Han tomado el poder de transmitir mensajes subliminales muy fuertes y duraderos. Está en peligro la integridad mental de los soñadores.

    Celso está muy feliz de sentir a su padre tan cerca. No le importaría si tuviese que morir o no volver a la realidad ileso, estar con su papá es lo máximo para un niño de siete años. Marconi mira los rostros henchidos de placidez a través de los vidrios de las cápsulas. ¿Qué decisión deberá tomar, si lo trascendental en la vida del ser humano es alcanzar la felicidad?

    Talassa Talassa

    Talassa Talassa

    ¡THALASSA! ¡THALASSA!


    El asteroide 1998 OR2 es un queso Gruyére que mantiene la inercia del ultimo sistema solar que lo catapulto. Miles de Scarabaeus laticollis 3l, máquinas con cerebro nivel insecto, mantienen un trabajo continuo sobre el cuerpo celeste. Todo mineral aprovechable es extraído y llevado a la nave.
    “La nave” es una colosal barca espacial llena de almas. La embarcación de Atum.

    4us* es el androide navegante de esta barcaza que como vela usa un asteroide. 4us porta una tela con efecto de parche y clama:
    -. ¡Ar marineros de agua dulce ¡- Con un potente sonido metálico al espacio. Su cabeza imita en apariencia a un ave y su cuerpo es la mezcla entre diseño humano e insecto. En su torso una placa porta el jeroglífico.

    4us es una broma de viejos diseñadores terrestres. La barcaza lleva navegando en la negrura del espacio más tiempo del que cualquier humano hubiera podido imaginar. En su interior la mayor invención sobre biología y química mantiene humanos en proyecto, aún en conservación. 4us sigue con su primer y único propósito encontrar un planeta que pueda albergar vida. Sus piezas han sido intercambiadas múltiples veces, aprendió a forjar algunas. Fue un momento divertido en su larga vida como androide. Se hacia llamar Socar, martilleaba ritmos muy rockeros e intento herrar a un Scarabaeus laticollis 3l. Una gran historia en los datos de 4us.

    Pero es este periodo cuando la mayor aventura se cruza con 4us. Tragedia y leyenda se arremolinan en su camino. Entre sus defectuosos e irracionales gritos que harían sonrojar a un marinero. Algo sucedió, los datos llenaron todos los visores de 4us, informaciones en cascada. Datos climatológicos, gases. Los sensores de 4us eran un enjambre de langostas atacándole. Se recostó sobre el panel. Conectándose. La energía extra fluyo junto a las cifras. Su propósito por fin se había cumplido. Mando al enjambre de Scarabaeus laticollis 3l devorar al asteroide y cuando esta tarea estuviera terminada se acercarían al Ahora bautizado como Nilo. 4us funcionaba sin ningún fallo, empezó todas las tareas dispuestas para el hallazgo, preparaba la nave para desembarcar. Una pieza que imitaba el placer de un orgasmo bombeaba a su cerebro de androide, 4us ponía en funcionamiento el motor solar. La barcaza de Atum colonizaría Nilo en menos de cinco horas terrestres. Solo una pequeña memoria afectaba a 4us, su pareja androide que hacia eones que no funcionaba. Había descubierto que podía pedir a los seres humanos nacientes que rescataran sus datos. Una plegaria que quedaba enterrada ahora en códigos fluctuantes de información.
    La luz de la nueva estrella reflejaba la luz verdosa de unos mares llenos de vida. Pero algo habría una estela hacia Nilo. 4us se conecto y rezo a esos futuros seres humanos que no fuera algo devastador. Sus plegarias fueron escuchadas no era devastador.


    La nave “El carro de Helios” de inmensas dimensiones se dirigía a Nilo sin disculparse ni saludar. 4us entendió la furia, la pieza del placer paro en seco, ese nuevo vacío torturo al androide. Busco el código terráqueo y bombardeo con esa información a la nave enemiga.
    La regla terráquea marítima era sencilla:

    “Pero, ¿quién tiene la prioridad?” – Parece preguntarse el anciano marinero. La pregunta es interesante, pero el momento para hacérsela quizás no es el más adecuado.
    Por esta razón, incluso si el tema de la prioridad en mar se convierte en la máxima actualidad en agosto, cuando las aguas están llenas de navegantes, no nos parece fuera de lugar hacer frente a este problema ahora para refrescar un poco de conocimientos y tal vez incluso un poco de “sentido común”.
    Mientras tanto, veamos cómo entender si estamos en una ruta de colisión con otro barco. La regla es muy simple: si entre los dos barcos en navegación la distancia se acorta y la detección no cambia, significa que es sólo una cuestión de tiempo, estamos en ruta de colisión.

    Por supuesto esto eran reglas de un mundo lejano. Los navegantes que comandaban la nave enemiga eran siete computadoras como los siete sabios griegos. Que respondieron al ataque informativo con diatriba, letras como soldados invadiendo una conversación. Una frase marco la pauta:
    No desees lo imposible

    La computadora conocida como Quilon, se rebautizó como Leónidas de Esparta, en ese mismo instante, y amenazo a 4us con usar todo su poderío militar si Nilo/Olimpo no era cedido a la nave: “El carro de Helios”
    4us clamo al espacio: -! Salvare a mi pareja ¡-

    En conexión con la computadora busco armas y ejercito. En sus visores llego información milenaria. La biología y la química marcaba un canal de desarrollo que 4us utilizaría para ahora su primera acción la guerra.

    Continuara…

    Tan Humano Como Siempre

    Tan Humano Como Siempre

    La vehemencia del recuerdo atroz que tonante repercutía en la mente ya cansada y ennegrecida del pobre cuerpo sostenido de pie en una butaca, aquella memoria funesta que entre todas eficaz punzaba su pecho, su alma, sus adentros ya no soportaban el dolor, entre la penumbra de la noche junto con la vacilante luz de una lejana lampara de otra casa se colaba vislumbrando en su opacidad el suelo sucio, con esa alfombra ya vieja que resguardaba el polvo debajo de ella, el cuarto calcinado entre podredumbre contenía olores ponzoñosos que impedían la visita de los que llegaban para su cobijo.
    El hombre inmiscuido en el recuerdo de la mala vida pasada que había soportado acuestas y que ya tenía decidido dejar atrás, se encontraba vacilante en la recamara con sus pies clavados firmemente en aquella butaca, el desdén del porvenir ya no intrigaba su añejado corazón, el futuro ensimismado en la repetición de nuevos alcances como por ejemplo circuitos más complejos y chiquitos para la exponencial posibilidad que entregaban las maquinas se volvió un torbellino de arrogancia que ya no le interesaba, la lujosidad con que se presentaban los destellos de las grandes metrópolis iluminadas por la energía de la antimateria hace mucho ya descubierta entre los procesos del colisionador de hadrones y la de los campos magnéticos de dichas partículas, pero hasta ahora posible en su uso.
    Los mares y ríos que vierten y bañan las civilizaciones que en un principio se hacendaron a sus lajas circundantes hoy mas limpios que nunca debido a la implementación en los últimos años de maquinas que recolectan los residuos en ellas y la convierten en material reciclado, tanto orgullo del cual podría hinchar su pecho airado de la generación en la que vive con todos los avances que lo rodean.
    Pero igualmente la tristeza que le abordaba desteñía los portentos que esta civilización había construido, los niveles de pobreza, hambruna e infelicidad eran los mas bajos de los últimos tiempos, y aun así su silencio tan solo acentuaba el halo sepulcral que surcaba su cuerpo, esa aura muerta que le rodeaba y que estaba empecinado en acabar esa noche. ¿Pero que causaba tal malestar? Desde su nacimiento la vida no le sonreía efusivamente pero no por ello desalentaba su mirada aniñada y viva, su padre era un minero local de una de las ultimas minas que empleaba mano de obra no especializada, su familia residía en las cuestas de la misma montaña que en su llanura lateral opuesta a los caseríos que allí se encontraban tenia el inmenso boquete de donde entraban y salían mineros, la casa de tejas y latas albergaba a su madre y a sus dos hermanas menores. El creció y al cumplir los nueve años fue reclutado como minero, a esos lares oscuros, rocosos abstraídos del averno que daban a las entrañas de la tierra lo había metido su padre, un pobre minero toda su vida que obligado por la escasez de comida que llevaba a su casa se vio obligado a enfilar en sus gajes a su hijo. La vida era rutina, picar y picar eran sus únicos oficios, pero su odisea pronto cambio al conocer a Vanessa, la hija del capataz que resguardaba la mina, en las cortas visitas que le hacía a su padre cautivo el corazón grisáceo del muchacho, tuvieron un amorío fugaz e intenso, pero este se interrumpió con la sinvergüenzura de su padre que al ganarse el premio gordo de la lotería que había obtenido a escondidas abandono a la familia y se fue acompañado de Vanessa que cansada de su vida simple y pobre decidió seguir al padre de su amante al que le había sonreído la suerte.
    Sorprendido por la audacia invirtuosa de su padre, él también decidió partir, busco aquel sueño en la gran ciudad donde le ofrecían trabajos mal remunerados, vulgares e indignos, pero en ninguno prosperaba, rechazado al corto tiempo por sus oxidadas articulaciones, el cansado cuerpo envejecido por su pasado en la mina no paraba de rechinar y cada vez pedía descansos más largos para su recarga.
    Con una vida miserable y sin muchas oportunidades ni motivos para luchar, se lanzo al vacío con la cuerda apretada que cubría su cuello en aquella habitación de alquiler.
    Palpo tímidamente su cogote después de la mortal caída, recordó entristecido que su cuello sin alguna marca producida estaba revestido de grueso metal, y que los robots solo podían morir de vejez o incinerados

    TCVRS-74

    TCVRS-74

    ― ¡Te lo suplico Phill, tienes que ayudarla! ―dijo Charly conteniendo las lágrimas.
    ―Charly, no es seguro… Apenas es un experimento ―arguyó Phill
    ― ¡Pero dijiste que la sustancia había dado resultados!¡Que los individuos estaban reaccionando positivamente!
    ― ¡Sí, pero los individuos vegetales!
    ― ¡¿Entonces has estado mintiéndome!? ―explotó Charly.
    Estaba desalineado, ojeroso y escalofríos frecuentes recorrían su cuerpo.
    ― ¿Mentirte? ¿Por qué lo haría? Te he contado todo. Yo nunca imaginé que Eva llegaría a estar en esta situación.
    ―Ya no sé qué más hacer, Phill… ―dijo Charly metiendo desesperado los dedos en el cabello―, ¡No puedo soportar verla así!
    ―Charly, escúchame. Aunque funcionara en humanos, no sé si funcionaría de igual manera en Eva.
    ― ¿Acaso crees que no recuerdo lo que me has dicho? ¿Acaso crees que soy un imbécil? Sé que pueden hacer algo.
    ―La Naegleria fowleri―dijo Phill, respirando profundamente―, que invadió el cerebro de Eva destruyó mucho de su tejido, pero no el suficiente para matarla. Tu esposa es un caso excepcional. Mi punto es que para la transmigración celular deben existir las células… estar dañadas, pero existir. En este caso ya no hay muchas disponibles. Además, el prototipo que he implementado sólo es una parte de la sustancia, lo demás aún está siendo probado en animales. Sabes que jamás experimentaría con Eva.
    ― ¡Pues hazlo! ―gritó Charly.
    Phill permaneció en silencio.
    ―Eva y yo hicimos un trato; si alguno de los dos quedaba imposibilitado, entonces…Ella estaría dispuesta a intentarlo, lo sé Phill. Dale la sustancia, haz que su organismo se adapte a portarla.
    ― ¡Las cosas pueden resultar muy mal Charly!
    ―Peor de lo que están no creo.
    ―Te acabo de decir que no tiene el tejido necesario.
    ― ¡Maldita sea Phill, inténtalo! Confió en ti; creo que el instituto encontrará la manera de que las neuronas que hay sean suficientes.
    ―No lo sé, Charly. No puedo arriesgar el proyecto de esa manera.
    ― ¡Pero lo hiciste desde que no pudiste mantener la boca cerrada! ¡Sé bien que Eva puede morir; los dos tenemos algo que perder!
    Charly se acercó a Phill y pensó que intentaría amenazarlo.
    ―Te lo imploro…―susurró Charly y se desplomó a su lado. Lloraba desconsolado.
    ― ¡Está bien! Pero yo no tengo la última palabra.
    ―Lo sé. Sólo te pido que presentes a Eva como viable.

    Un año atrás habían iniciado las pruebas en humanos sin presentar ningún inconveniente, pero esto era algo que Phill no le había dicho a Charly.
    La finalidad del proyecto TCVRS-74 es trasfundir células sanas de un individuo a otro por medio de la sustancia (S-74) que permite la regeneración del individuo “A” y también la eliminación de células dañadas del individuo “B”.

    Días después Phill obtuvo la aprobación. El procedimiento fue sencillo. Eva permaneció en observación una semana y después la enviaron a casa.

    ―Al parecer la transmigración no funcionó―dijo Charly.
    ―Aún no se puede determinar, han pasado tres meses ―respondió Phill―Lo siento hermano, tendremos que esperar.
    Esa noche Charly llevó a Eva a su habitación:
    ―Ojalá pudieras darme una señal. Trato de imaginar lo que tú hubieras decidido, estaba seguro que lo sabía, pero...
    Eva miraba el techo con la vista perdida.
    ― ¡Lo siento no sé qué hacer…! ―salió deprisa hacia su cuarto, azotó la puerta y se tiró en la cama de la misma manera en que ella, hasta quedarse dormido.

    Charly abrió los ojos. Estaba sentado en la silla de Eva, dentro de la regadera, justo como él acostumbraba colocarla para bañarla.
    ― Pero ¿qué sucede? ¿Qué hago aquí?
    Permaneció desorientado hasta que lo abofeteó el espejo. Él era Eva.
    ― ¡Charly, soy Eva! ¡Puedo entrar a tu mente!
    El espejo se partió en múltiples pedazos.
    ― ¡Eva! ―Charly despertó.
    Corrió a la habitación de su mujer y prendió la luz. Ella tenía los ojos abiertos.
    ― ¿No puedes dormir cariño? ― Charly trató de no parecer alterado―. Yo tampoco, tuve un sueño increíble: Yo era tú y tú estabas en mis pensamientos. Por un momento fue como sentir lo que tu sientes. Daría cualquier cosa porque no te hubieras enfermado.
    Charly se sentó en la cama de Eva.
    ―Te amo ¿Lo sabes verdad? Sé que teníamos un trato de no prolongar esto, pero había una oportunidad. Ojalá mi sueño fuera real para que me dijeras que hacer.
    Charly le besó la mano y después la frente.
    ―Duerme cariño, sólo necesito decidir como terminar esto.
    Charly volvió a su cama y se durmió en un instante.
    ―Cariño olvidaste apagar la luz…―se escuchó la voz de Eva en medio de la oscuridad.
    Charly abrió los ojos:
    ― ¿Eva?
    Corrió hasta ella. La luz estaba prendida.
    ―Cariño es importante que no te asustes, te amo―dijo Eva en la mente de Charly―, tengo que contarte algo urgente sobre Alonso el individuo B.

    Tecnico

    Tecnico

    La nave espacial de carga tenía una estructura mimética al ciclo planetario, adquiriendo un tono oscuro de los contenedores atiborrados con equipos robonoides, esclavos espaciales del imperio humanoide, los que deberían ser entregados al comprador.

    Emprendiendo un salto preciso, me bajé de la cubierta y abordé la nave contenedora madre por estribor, activando la iluminación termo regulada , así reflejando sus grandes sensores de zafiro sobre la carcasa metálica del contenedor.
    Exactamente, fueron esas luces las que me alertaron sobre una cierta energía desconocida.
    Active mis sensores termo espaciales..
    Es cuando, guiado por las sombras del exceso de energía - mis sensores detectaron la presencia de actividad motriz , proveniente de la profundidad interna de los contenedores refractarios a la energía de penetración electromagnética de equipos robóticos como yo.
    Era una energía vital.
    Los robonoides no poseían ningún tipo de energía de ese tipo.
    Nosotros, los equipos robóticos tenemos programación dual por cada cuantun de energía virtual utilizada.
    Y mis sensores pueden identificar un tipo de energía proveniente del contenedor es enzimática, ribosomica….
    ¡claro! No es un robonoide.

    ¿ qué hace un humanoide dentro de un contenedor ? , pregunté sin entender.

    Abri el contenedor con los rayos cuánticos de mis sensores ópticos
    Era un humanoide híbrido, con características robonoides.
    Sensores defectuosos, sensores defectuosos, repetia sin parar, moviendo sus pretensores un tanto desarticulados hacia todos los lados.
    Mis rayos catódicos observaron la presencia de estructuras descompaginadas, y que debían ser reemplazadas para su correcto funcionamiento.
    Particularmente, yo no podía hacer nada.
    Y solo restaba llevarlo al técnico

    Tiempo sin fin

    Tiempo sin fin

    Luz ha vestido de sueños su imaginación, como tantos ciudadanos, desde que la Muerte dejase de ser una enfermedad... Ha contado los días hasta lograr ver aquel en que fuera transferida, de manera digital, a un bioingenio fabricado por fotoimpresión plástica en grafeno y titanio. Rebasar la barrera de los ciento cincuenta años por uno y, tras duro trabajo poseer la cantidad obligada de criptomonedas, la hace sentirse como si acabara de cumplir los dieciocho: ilusión, felicidad, ganas de comerse el mundo, de saltar y bailar... «Inmortal», suspira su subconsciente cuando una de las enfermeras de la residencia sopla las velas de su tarta de cumpleaños.

    Ha renunciado a tantas cosas por alcanzar la eternidad absoluta. Sin embargo, bajo sus cúpulas, las leyes de las megametrópolis marcianas son contundentes. Nada de descendencia mientras se viva ―quizás la más cruel― es una de las normas principales. Sin control de natalidad, una humanidad que no puede exhalar un último suspiro sería problemática. Y Luz, con extrema paciencia, además se ha pasado el último cuarto de siglo postrada a una cama debido a un ictus. Cada uno de sus ojos son lo único que la mantienen conectada tanto al mundo real como al virtual. Con todo, ha alcanzado la edad legal y, a primera hora de la mañana, se ha puesto en contacto con la notaría y la aseguradora. Se han revisado las cláusulas y al no hallarse contradicciones, sin más dilación, el proceso ha sido autorizado y activado por control robótico.

    En estos instantes, una Luz feliz piensa: «Neocuerpo». Se ha decidido por una vaina que aparenta la treintena y que la aguarda en la cápsula adecuada para su trasvase en la piscifactoría adyacente a la residencia. El equipo médico que la atiende se acerca para despedirse de una paciente que ha sido ejemplar. Aplauden, son pocos los que, por falta de crédito en la mayoría de ocasiones, ven renacer, menos si provienen de la clase obrera sin más gen modificado que el de la longevidad.

    Una doctora desconecta las máquinas. «Te los ha ganado», cree que le murmura alguien al oído. Sin perder la alegría de su rostro, Luz cierra los párpados. Siente, de repente, un brutal tirón en el interior de su ser; un fogonazo en su mente. A velocidad imposible le parece recorrer un túnel brillante, en medio del Universo, con tanta intensidad como una titánica montaña rusa. Después, la nada. El silencio, durante un cronón de Planck, es lo peor. Oscuridad. Una pulsión. Varias. Siente la electroreanimación de sus neuronas cibernéticas. Destellos. Vida sin necesidad de oxígeno…

    Desnuda y sin vello en la neopiel, despierta en el interior de un flotario que comienza a descomprimirse y a alzar su cubierta en una de las salas comunes de la piscifactoría. Mientras, Luz se deja balancear en una solución gelatinosa con los brazos despegados de su cuerpo, igual que hacía en el mar artificial al norte de la megametrópolis cuando era niña. El balanceo es como una nana. «Ya no es tiempo de soñar... ―Añorando su infancia, manifiesta―: Toca saborear los momentos como si fueran algodones de azúcar».

    Aparecen tres androides. En un tono metálico, monótono, escucha: «Bienvenida». La ayudan a quitarse el respirador y los tubos conectados a su columna y sienes. También, a salir de la cápsula. De inmediato, uno de los mecatrónicos le cede una toalla y le indica dónde tiene unas duchas. El mismo androide le indica: «Desde mañana se la instruirá en las habilidades corporales que, de forma específica, designó en el contrato con la aseguradora». El procedimiento culmina en cuanto Luz pasa unas horas sumergida en aguas termales para que el grafeno se amolde al esqueleto de titanio, a la estructura de circuitos integrados y al cerebro cuántico. Luz solo piensa: «Otra vez treinta y tres». No ha escogido esa edad por casualidad. Es fan de los antiguos mitos y leyendas que gustaba ir a visualizar a la memoteca sobre la abandonada y fragmentada vieja Tierra; en esa época un anillo de polvo estelar.

    Lo siguiente en la lista de su minuciosa planificación será, como neociudadana, navegar y sortear la ingente burocracia para solicitar la creación de un ente vivo de genética avanzada que sea, en su caso, heredera universal el día que Luz aborrezca la eternidad. Ya que, como suele insistirle el instructor asignado tras su conversión: «La curiosa paradoja de los inmortales es querer morir pues, ¿qué queda una vez que lo has vivido y probado todo?». A pesar de un tiempo sin fin, Luz se ha prometido que disfrutará de cada amanecer como si fuera el último. «Te lo has ganado», le susurra, sonriente, su alma.

    Todos somos importantes

    Todos somos importantes

    En un lugar remoto de África, donde conviven distintos tipos de seres vivos, se encuentran dos cachorros de leones, de nombres Kalu y Sira, jugando en una soleada tarde de verano cerca de su gran manada. Entre juego y juego a Sira se le ocurre una idea.
    – Vamos a destruir esas plantas de allí ¡Será divertido! – le dice un cachorro león a otro.
    – ¡SIII! Buena idea Sira, además podemos asustar a los bichos que se encuentren en ella ¡Verás qué gracioso!

    El padre de uno de ellos, tras un rato observándolos y ver lo que estaban haciendo, decide acercarse.
    – Kalu, Sira ¿Qué estáis haciendo? ¿Por qué pisáis esas plantas y asustáis a esos bichos?
    – Sólo nos estamos divirtiendo ¿Qué importa papá? – dijo el pequeño león Kalu ¬– Las plantas no son seres vivos como los leones, no sirven para nada.
    – Ay… qué ingenuos sois a veces los cachorros, pensaba explicároslo cuando os creciera la melena y fuerais capaces de hacer un fuerte rugido. Pero veo que ha llegado la hora de que comprendáis ciertas cosas ya. Sentaos y escuchadme con atención.

    Los dos cachorros, miran extrañados al León adulto y le obedecen.
    – Pensáis que las plantas no son importantes, pero ¿de dónde creéis que viene el oxígeno que necesitamos para respirar?
    – La verdad es que nunca me había planteado esa pregunta – afirma Sira.
    – ¡Ni yo! ¿Quieres decir que vienen de las plantas? – preguntó el otro cachorro.
    – ¡Así es! Las plantas realizan una función muy importante para la vida. Se encargan, a través de un proceso llamado fotosíntesis, de producir el oxígeno que necesitamos para respirar. Además, sí son seres vivos y producen su propio alimento. Es por eso que tenéis que cuidarlas y no destruirlas.
    – Si tú lo dices… – dijo uno de ellos de forma incrédula– También pensamos que como somos carnívoros no importaba si las rompíamos, porque no las necesitamos para comer.
    – Es cierto que lo somos, niños, pero pensad en las cebras, los ciervos u otros animales herbívoros que nos comemos ¿Qué comen ellos?
    – Estas plantas… – dicen arrepentidos.
    – ¡Exacto! Si las rompéis, ellos no podrán alimentarse, ya que les faltará su principal fuente de comida, así que se morarían de hambre. Esto conllevaría a que los leones no tuviésemos animales para cazar y empezaría a escasearnos el alimento también a nosotros. Debéis aprender que todos pertenecemos a una cadena trófica, todo influye y todos los seres vivos somos necesarios.
    – ¡Lo siento mucho papá! – exclamó Kalu – No pensábamos que las plantas importaban tanto para la vida. Te prometo que no volveremos a destruir más plantas.
    – Estoy orgulloso de vosotros. Ahora venga, ¡a jugar! Estoy seguro que encontrareis otra forma de divertiros.

    Los cachorros aprendieron una gran lección y desde ese momento cuidaron las plantas como si de un miembro de su manada se tratara.

    Trabajo de campo observacional para el estudio del equilibrio de fuerzas repulsivas deducidas a partir de la ley de llenado de vagones

    Trabajo de campo observacional para el estudio del equilibrio de fuerzas repulsivas deducidas a partir de la ley de llenado de vagones

    Nuevos Ministerios, 21.17. A estas horas de la noche hay poca gente en el tren por lo que puedo sentarme en una sección que está vacía. El resto de los pasajeros se distribuyen por el vagón como si fuesen monopolos magnéticos en un ambiente sin cargas. Es decir, se separan al máximo unos de otros debido a las fuerzas de repulsión entre ellos, buscando el punto en el que las fuerzas se anulan unas con otras dando lugar a lo que se conoce como equilibrio. No quiere decir que las fuerzas hayan desaparecido, pero la suma total es cero. El equilibrio no tiene por qué darse en un punto equidistante entre las fuerzas repulsivas. Depende de la intensidad de repulsión que ejerce el sujeto.
    Tomemos al sujeto A. Él se encuentra al fondo del vagón, zapatillas deportivas desgastadas y sin marca, vaqueros ajados que cuelgan por debajo de la cintura dejando ver unos calzoncillos granates. Chaqueta estilo “bomber” que oculta un posible eslogan reivindicativo, escrito en la sudadera verde oscura de la que solo asoma la capucha. Lleva braga al cuello y un gorro de lana que le cubre la cabeza. Mientras escucha música con los auriculares, ajeno al resto del vagón va liando un papel con tabaco que saca de un bolso. Éste sujeto se encuentra al menos a 5 metros del individuo más cercano, aun teniendo secciones del vagón cercanas sin ningún ocupante. El equilibrio de fuerzas se desplaza, desde el punto medio entre el sujeto y yo, hacia mi posición, aumentando la densidad de viajeros en las inmediaciones de mi localización con respecto a lo “esperable”.
    El individuo B se encuentra sentado detrás de mí (en sentido de la marcha). Joven, traje gris perla, camisa beige y corbata a juego con el traje. Zapatos negros elegantes con un pequeño tacón y ligeramente apuntados. Está cuidadosamente peinado hacia un lado, con algún producto fijador que aparenta naturalidad, pero que evita que ningún cabello se mueva de su posición cuidadosamente estudiada. Sus ojos se entrecierran mirando el móvil, mientras sujeta su cabeza con los nudillos de su brazo izquierdo que tiene apoyado en el marco de la ventana. Su sección está justo pegada a la mía y nos separan solo 2 metros, lo suficiente para detectar un aroma fresco a perfume. Podría separarse más de mí, no obstante, la intensidad de la fuerza magnética se reduce con la distancia, alcanzando el punto en el que la fuerza es incapaz de desplazar al individuo. Por esto, el individuo B se encuentra a 2 metros de mí, teniendo varias secciones del vagón libres más alejadas. Los usuarios de tren poseen una cualidad, denominada constante empática, que determina la fuerza repulsiva mínima que aleja a esa persona.
    Efectivamente, en este microsistema de tres individuos, A, B y yo; la teoría de campos magnéticos funciona relativamente bien, pero la cosa se complica al incluir más individuos. En este caso podemos recurrir a las conocidas leyes de llenado de vagones, la cual para un ambiente sin cargas y teniendo todos los monopolos la misma intensidad de carga, dice así:
    1. Todos los viajeros se distribuirán por las distintas secciones del tren, de manera aleatoria, tomando como referencia su punto de acceso al vagón y ocupando el máximo número de secciones.
    2. No puede haber dos individuos en una misma sección estando una sección libre.
    3. Las personas que viajan juntas cuentan como un solo individuo.
    4. Estando todas las secciones ocupadas se podrán ocupar asientos en secciones que ya contengan a un individuo, siempre y cuando se garantice la mínima interacción entre ambos. Para el caso de las secciones de cuatro asientos, se traduce un patrón de sentado en diagonal; para las secciones de tres asientos quedarán ocupados los asientos de los extremos dejando libre el central.
    La siguiente parada, Sol, pone a prueba las leyes antes mencionadas. Los asientos se llenan siguiendo el patrón antes descrito y llega el momento en el que evitar interacciones cercanas es inviable. El individuo C nos permite explicar este fenómeno. Habiéndose llenado todos los asientos que garantizan la mínima interacción, esta chica opta por una sección de tres tomando el asiento libre, es decir el central. Los hombres a sus lados reaccionan lo mínimo para dejar sitio para una persona entre ambos, de lo que se deduce que posee una baja capacidad repulsiva. Por el contrario, la chica trata de reducir el espacio que ocupa cruzando las piernas y subiendo la mochila que lleva sobre ellas visiblemente incómoda. Los sujetos evitan ceder terreno a este nuevo elemento.
    Atocha es viene después, aquí la cosa se complica. El sistema colapsa debido a la inmensa afluencia de viajeros. Es casi imposible determinar un patrón de distribución, pero bueno, es mi parada y yo me bajo ya.

    Transformación

    Transformación

    Ayer tendría que haber muerto. Sin embargo, sigo aquí. Algo no va bien.
    Estoy aterrada. Los cambios comenzaron hace una semana. Al principio, fueron minucias. Leves cambios de forma, perder el contacto con mis compañeras. Después, comenzó el zumbido. Una actividad hasta entonces desconocida se desató en mi interior. Entonces, supe con certeza que había ocurrido la mayor de las desgracias para alguien como yo. No lo comprendía. No podía evitarlo. Se supone que hay mecanismos de control que impiden que esto ocurra, ¿por qué no se han activado? ¿Qué ha fallado? ¿Por qué no he muerto?
    Lo peor es la soledad. Siempre hemos estado todas tan unidas, trabajando en perfecta sincronía como si fuésemos una sola. Y así, de pronto, las he perdido a todas. Puedo verlas, ellas siguen con sus tareas sin percatarse de mi cambio repentino. Tampoco las vigilantes me ven cuando pasaban durante sus patrullas rutinarias. Me he vuelto invisible.
    Esta situación no dura demasiado. Al poco tiempo, siento un roce a mi derecha. Una de mis compañeras también ha cambiado. Me mira, asustada, su rostro un reflejo de lo que yo siento.
    - No puede ser – acierta a susurrar. – Esto no tendría que pasar…
    - Me temo que sí – respondo con tono apesadumbrado.
    - ¡No es justo! ¡Lo hemos hecho todo bien! ¿Por qué ahora?
    No puedo contestarle. No sé qué decir. Solamente soy capaz de estrecharla con fuerza unos segundos antes de volver a sumirnos en un silencio inquieto.
    No tardan en unirse a nosotras más compañeras cambiadas, todas ellas confusas y temerosas. Cada vez somos más. La desesperación va en aumento. Nos apretujamos unas contra otras, incómodas, algunas incluso empiezan a pensar en huir de nuestro hogar, dejarse llevar por el miedo. Al final, nuestras compañeras afortunadas, las que no han cambiado, acaban por darse cuenta de lo que ocurre. Pero ya es demasiado tarde. Somos demasiadas.
    Su bella sincronía se rompe cuando también entran en pánico, intentando corregir los defectos que causa nuestra sola presencia. Oh, cómo nos duele ver aquello, saber que somos culpables, aunque no es nuestra intención, y no poder hacer nada por evitarlo. Los vigilantes se organizan, por fin, e inician su protocolo de contención y ataque. Algunas de las mías caen, pero somos demasiadas. Siempre somos demasiadas.
    Un día, comienza un rumor. Mis compañeras cambiadas intercambian chismorreos, susurros cargados de una mezcla de optimismo y ansiedad que no se atreven a decir en voz alta por si se rompe el hechizo, como si así pudiesen evitar el inevitable momento en el que sus ilusiones se harán añicos. Al principio, me niego a creer en esas habladurías. Son demasiado bellas para ser ciertas. Yo, que lo he empezado todo, he perdido la esperanza hace mucho tiempo. Pero no puedo evitar que una diminuta llama de aliento se prenda en mi interior. ¿Podría ser cierto? ¿La ayuda está en camino?
    Cierro los ojos con fuerza y me dispongo a descansar, tratando de acallar el zumbido interno que me acompaña desde el cambio y los murmullos de mis compañeras.
    Cuando vuelvo a abrirlos, estoy sola. Mis compañeras han desaparecido. Tan solo quedo yo, rodeada de pequeñas criaturas resplandecientes. Son hermosas. Me miran, a la espera. Por primera vez desde el cambio, siento que me embarga una profunda sensación de calma.
    - ¿Qué eres? – le pregunto a la criatura más próxima a mí.
    - Soy la quimioterapia – me responde con su voz grave y sosegada.
    La diminuta llama de esperanza que albergaba en mi interior se convierte en un poderoso fuego. Después de todo, los rumores eran ciertos. Esbozo una sonrisa, dejo escapar una lágrima de pura alegría. Por fin iba a morir.

    Tras la mirada de unos extraños

    Tras la mirada de unos extraños

    “No entiendo cómo funciona ese mundo. Por más que lo miro, no consigo entenderlo”. Esa vocecilla que suena tan desconcertada es la de Eco, un pequeño ser del espacio exterior que observa la Tierra desde lo lejos. “Cuéntame qué es lo que no entiendes, quizás yo pueda ayudarte”. La vocecilla que le responde es la de Sky, su inestimable compañero.

    “En realidad no entiendo absolutamente nada. En ese planeta ocurren cosas extrañas. Pero mejor, empiezo desde el principio. ¿Te acuerdas cuando surgió, hace unos 4.500 millones de años? Bueno, llevo observándolo desde entonces. Lo cierto es que ha cambiado mucho en este tiempo. Su atmósfera evolucionó y permitió que hace unos 3.800 millones de años surgieran las primeras formas de vida. Al principio era algo muy simple, ARN y poco más, pero luego surgió la vida basada en el ADN y las proteínas y, poco a poco, fue haciéndose más y más compleja, y a partir de los seres de una célula surgieron los organismos pluricelulares, que han ido evolucionando a lo largo del tiempo. Los diferentes seres que han vivido y viven ahí abajo dependen de las condiciones ambientales en su atmósfera: de su composición, de la temperatura, de la humedad, de la cantidad de luz del sol que llega… Y a lo largo del tiempo, las condiciones han ido cambiando debido a un montón de factores: cercanía al sol, inclinación de la Tierra, ciclos solares, erupciones volcánicas, impactos de asteroides… Tanto así, que estos cambios han llegado a producir la desaparición de la gran mayoría de los seres vivos de la Tierra varias veces a lo largo de su historia. Pero la vida ahí abajo se va adaptando a los cambios ¡y sigue!”.

    “Entonces, ¿qué es lo que no entiendes? Según lo que me cuentas, parece que la vida se regula según el planeta sufre cambios, pero el universo entero se regula, ¿no? ¿Cuál es el misterio?”.

    “Verás, hace unos 300.000 años surgió un nuevo ser. Es un ser que anda sobre dos patas y es el único de ahí abajo que tiene consciencia de sí mismo, en eso se parece a nosotros. En todo este tiempo, ese ser ha ido conociendo poco a poco cómo es el planeta en el que vive y cómo funciona: ha entendido que la energía es esencial para la vida y que toda les llega de su estrella, el Sol; y que sin agua no hay vida, que todos los seres necesitan agua; también ha aprendido que las condiciones ambientales influyen en la vida, que no todos los seres son capaces de vivir en todas las condiciones y que solo unos pocos pueden vivir en condiciones extremas; y también se ha dado cuenta de cómo funcionan las relaciones entre los diferentes seres: sabe que se necesitan unos a otros para mantener el equilibrio actual y que cualquier cambio lleva a nuevos equilibrios, pero que en muchas ocasiones pasa por la desaparición de algunos seres. Mi extrañeza viene en que, al tener consciencia de sí mismo, yo creía que también tendría consciencia del resto de seres que viven con él, ¡e incluso de cómo es el planeta en el que vive! Pero no parece ser así…”.

    “A ver, a ver, a ver Eco, que ahora soy yo quién no te entiende a ti, ¿pero no acabas de decir que conoce cómo funciona el planeta? Si lo conoce, ¿cómo no va a ser consciente de él?”.

    “¡Ése es el gran misterio! Lo conoce, pero no es consciente de él. Desde que apareció, ese ser ha ido cambiando su forma de vida: antes se desplazaba de lugar en busca de alimento; luego aprendió a producir el alimento donde quería; descubrió la energía y que su uso le hacía la vida más fácil. Y aprendió a utilizar la energía acumulada en otros seres, primero vivos, como la de la madera de los árboles, y luego en los que llevan milenios muertos pero la energía se conserva en ellos… Carbón y petróleo la llaman. El caso es que se ha dado cuenta hace poco que el uso de esa energía extra está cambiando las condiciones ambientales de su planeta: lo está calentando. Y también se ha dado cuenta de que está rompiendo el equilibrio con respecto a los demás seres. Y sabe que, si sigue así, las condiciones pueden cambiar tanto que puede llegar a sufrir mucho e incluso, quién sabe, desaparecer, ¡lo sabe! Pero no es consciente de ello porque, si lo fuera, ¿no habría parado ya de querer evolucionar de una manera que, a la vista está, le es perjudicial?”.

    “Vaya Eco, tienes razón, yo tampoco lo entiendo. Espero que se haga pronto consciente porque realmente es una pena, ¡es un planeta precioso para vivir!”.

    Tríosis y Éndome

    Tríosis y Éndome

    En la vida como en la muerte siempre hay historias que por los motivos que sean, conllevan fuerzas invisibles y legados de genomas que siempre estarán avocadas a caminar juntos.
    Una relación destinada a coexistir juntas pagando el precio que con ello acarrea su sufrimiento. Tríosis y Éndome se conocieron de una forma imprevisible una noche cualquiera de un día baladí. Ella siempre deambulaba de vez en cuando para dar una vuelta por un antro cerca de su casa y que había descubierto hacía poco. Allí ahogaba sus penas presentes y pasadas, su infancia quebrada y sus fracasos amorosos. Éndome hacia poco que trabajaba allí sin cesar día tras día en ese antro de mucha agitación hormonal. Su vida estresada llevaba años gestándose y él no se daba cuenta del bucle donde estaba metido. Tríosis en cambio buscaba paz, tranquilidad, mucho amor que dar y ofrecer. Solo necesitaba el momento y el instante preciso. Por el contrario, Éndome necesitaba sentirse cobijado y arropado pero sobre todo sentirse amado para el resto de su vida.
    Una mañana Tríosis, de forma súbita y repentina se levantó de la cama como si una descarga eléctrica de mil amperios hubiese descargado en sus ovarios. Asustada se levantó e intento relajarse haciendo ejercicios de respiración. Cuando lo consiguió, se puso música relajante, una varilla de incienso y se dio un baño caliente. Adorno toda la bañera con velas y echó en el agua aceite esencial de gardenias. Comenzó a sonar una música sensual y envolvente, la espuma acariciaba toda su piel y la impregnaba de un olor floral irresistible, no pudo soportar no darse mimos a su esencia de mujer.
    Llegada la noche y con el ego subido, decidió salir sola a tomarse una copa y de paso sociabilizar. Como había hecho otras veces se acercó al antro que hacía poco que había hallado, cuando entró algo distinto observó. Estaba en el mismo escenario pero había un figurante distinto, por primera vez vio a Éndome, clavó sus ojos en los ojos de él y como si un flechado de cupido hubiese atravesado su corazón, sus miradas fueron recíprocas y bidireccionales, era imposible un margen de error de aquel enamoramiento feroz que marcaría el resto de sus vidas.
    Poco a poco empezaron a tener sigilosos encuentros que finalmente normalizaron como encuentros diarios. Tríosis había encontrado al amor inseparable de su vida, era una unión irrefutable. Sentía que sin él su vida no tenía sentido. Éndome encontró su alma gemela, su oxígeno vital. Esa simbiosis continuó durante años, exactamente seis años, llena de subidas y bajadas como en cualquier convivencia. Pero había una cosa que Triósis jamás pudo hablar con nadie de su entorno. Aquello que ella pensaba que era normal, no lo era. Ella normalizó un dolor emocionalmente irreversible, irremediable e inseparable. Intento asimilar aquella situación y convivir con ella. Su día a día era angustioso, doloroso y punzante pero por más que intentaba comprenderlo le era imposible. Como una autodidacta intentó ponerle nombre a lo que le ocurría, busco testimonios y apoyo en casos similares al de ella. Nada le sirvió, no encontraba ninguna huella que le hiciese ver un ápice de luz en su vida de sombras.
    Una noche Éndome le pregunto ¿Qué te ocurre? Llevo tiempo observándote y siento que nuestro vínculo no es el mismo, no nos compenetramos igual que al principio de nuestro amor. Ella con una voz desgarradora le dijo: desde hace mucho tiempo me he dado cuenta que nuestro amor es doloroso pero no encuentro ni una sola razón por la que separarme de ti. No encuentro una sola respuesta para que este amor se pueda bifurcar. Él le dijo ¿pero qué te hecho? No has hecho nada, solo que esta relación se fraguó desde la ignorancia del dolor y que hoy en día es inseparable de forma inexorable. Éndome le producía un dolor silencioso sin que él lo supiese, le producía día tras día una vida ruin, extremadamente pobre.
    Sin aliento, él no supo que contestarle a semejante declaración tan dura y cruel, con lo que Éndome le contesto: pasaremos esto juntos, te acompañaré el resto de tu vida e intentaré comprenderte en todo momento, siendo benevolente y te ayudaré a entender lo que te pasa en cada momento.
    Tríosis, con los ojos llenos de lágrimas afligidas contestó: Éndome, harás todo lo que esté en tus manos pero de forma involuntaria me producirás dolor de forma constante. La única esperanza para que nuestra relación conviva en paz es entenderte, por eso siempre haré por conocerte cada día más y más. Ojalá que algún día expertos de la ciencia encuentren una solución para este amor tan doloroso y que de alguna manera hallen el remedio para esta unión tan desoladora e inherente. Te amo, eternamente Endometriosis.



    Nat

    Última plegaria de un protón en el LHC

    Última plegaria de un protón en el LHC

    Corro. No puedo parar. No lo haré hasta que me estrelle contra otro como yo. Y entonces dejaré de existir.
    Dicen que cuando se está a punto de morir todo lo vivido se despliega delante de los ojos en un fugaz resumen. Me quedan como mucho diez de vuestras horas, ¿serán suficientes para resumir los miles de millones de años que llevo viviendo? Y si no tengo ojos: ¿Dónde, en frente de qué, se proyectará mi vida?
    Ahora que se me está acabando, me pregunto también cómo de rápido recorren el tiempo los recuerdos, y si podrán alcanzarme sin confundirme con uno cualquiera de los ciento quince mil millones de compañeros idénticos que corren conmigo esta última y extrema carrera.
    Ellos tampoco pueden parar. Ellos también seguirán dando vueltas y acabarán estrellándose contra otros iguales. Y una vez más, estaréis destripando vuestras victimas sacrificiales para analizar trazas y coincidencias en busca de respuestas a vuestras grandes preguntas. Cierto, ya no hay derrame de sangre sobre simples altares de piedra, ni intención alguna de adivinar el futuro. Sólo la expectativa de recrear el pasado mediante un gran destello de energía en una de las estructuras más complejas que hayáis construido nunca. Acabando con nosotros estaréis recreando el principio mismo de este universo, cerrando así el círculo de nuestra vida, ya que por aquel entonces nacimos nosotros.
    Nacimos corriendo y junto con un puñado de otras entidades fuimos dibujando y explorando todo lo que hay y desde cuando lo ha habido. Recuerdo largas carreras en solitario, rompiendo puntualmente el concepto de vacío, y haber sido parte de varios elementos, llenando el espacio con sistemas más o menos grandes, más o menos ordenados, más o menos densos, más o menos estables, para acabar otra vez corriendo en solitario y otra vez confinado en un átomo y así adelante, hasta llegar aquí, a mi última carrera.
    Aquí, incluso rodeado de compañeros, si es que uno puede estar rodeado con la distancia que estamos obligados a mantener, me siento solo y no me alivia saber que estamos todos en el mismo bucle, que todos acabaremos igual.
    Siempre quise pensar que soy diferente, que no soy un protón cualquiera. Que el signo más es positivo gracias a mí. Y que, por ser definido positivo, yo lo sea de verdad. Ahora incluso quiero pensar que este final sea el resultado de todas mis acciones pasadas; que cuando se separen mis quarks, la resistencia que experimenten sea consecuencia de mi propia voluntad, de mi instinto de supervivencia, de mi tenacidad ante la inminente disolución de mi cuerpo.
    Y quiero pensar que estos pensamientos locos que ahora me animan acabarán en otro sitio con toda mi esencia; transgrediendo todas las leyes físicas y creando espacio «fuera» del universo material, donde ni siquiera tiene sentido nombrarlo.
    Quiero pensar que «allí» encontraré todos mis recuerdos, sin necesidad de que ellos me alcancen, sin peligro de que se equivoquen, ni que yo necesite de sentidos para observarlos y ojalá pudiendo disfrutarlos durante más tiempo, que con el rumbo que llevo, vuestras diez horas ahora mismo se me hacen cortas…
    Quiero pensar que «allí», «fuera» de todas las leyes de este universo, podré por fin abrazar a otro como yo, sin querer soltarnos y disfrutando del contacto, igual, como justo «antes» de que todo empezara. «Antes» de que empezáramos a correr todos en todas las direcciones. «Antes» de que quedáramos confinados en este universo. «Antes» del instante cero. El principio del tiempo. Todo ese tiempo que ahora me voy a saltar, corriendo de vuelta al principio, donde cerraré mi círculo, por el placer de los estetas, de los perfeccionistas y de los científicos.
    Esto es lo que quiero pensar. Acabar saliendo «fuera», sin acabar jamás.
    ¿No os pasa también a vosotros? ¿No deseáis salir fuera?
    Porque me duele tener que conformarme con haber llegado solo hasta aquí después de un tercio apenas de mi posible vida. Me duele saber que, en fin, voy a acabar de ser y ya serán otras cosas en mi lugar.
    Me duele no ser ya parte indispensable de este universo, el mismo que yo, mis compañeros y un puñado de otras entidades hemos dibujado y explorado desde cuando nacimos.
    Me duele y me hace desear ese abrazo reparador y utópico que ahora anhelo más que nunca. Ahora que no puedo salir de este delirio existencial, aunque sea yo lo material que soy. Ahora que estoy confinado en este bucle, ahora que solo puedo correr en círculo.
    Entonces corro. No pararé. No lo haré hasta que me estrelle contra otro como yo. Y en el calor de ese abrazo, dejaré de existir.

    Un cuento del futuro del pasado que llegó

    Un cuento del futuro del pasado que llegó

    No vamos a volver a repetir cosas que ya todos sabemos y que no hace falta reiterar. Sería seguir, seguir y seguir discutiendo sobre aquello que en los tiempos que corren, desde inicios del siglo XXI, pierden vigencia año a año por la aceleración de partículas cargadas a altas velocidades que es propia de nuestra sociedad actual.

    Esta es una historia feliz para quien la escuche porque no va a dirigirse a recordar, una vez más, aquellos hechos, leyes y objetos que alguna vez formaron parte de nuestra vida cotidiana y de nuestra forma de relacionarnos con la otredad.

    Con el quick knowledge online de hoy, no tendría sentido que rememorásemos invenciones y producciones culturales de nuestra historia como humanidad –que todos conocemos–, y que como bien se sabe, transformaron rotundamente nuestra forma de vivir, aunque hoy nos sorprenda su absoluta y pasmosa precariedad.

    Sería muy redundante, a esta altura de la robótica cuántica evolutiva, que siguiéramos hablando de aquel pasado tan lejano y cercano como si no volviéramos de vez en vez. Ir de shopping al pasado, siempre resulta estimulante: adoro pagar por revivir esas “sociedades políticamente democráticas pero socialmente fascistas” del año 2017. Poder ver cómo internet acercó, alejó y modificó todo, de una forma como nunca antes había sido vista, aún con aquellas increíbles marañas de cables propulsando y conectando los dispositivos.

    Un pasado que todos bien conocemos, en el que existía una industria automotriz, ‘motor’ de gran parte de la economía (¿mundial?) y a la vez del deterioro ambiental del planeta. No sólo era el causante del mayor porcentaje de muertes en el mundo sino que incluso los vehículos tenían un punto ciego (¡pero que todo el mundo podía ver!): el parante de los parabrisas.

    Ese pasado pisado, gastado y renovado, donde se acudía a los médicos –para medicarte– cuando, por cualquier motivo, algo en tu cuerpo ‘parecía’ no estar funcionando bien.

    Un tiempo en el que se practicaba una modalidad de producción agrícola que paradójicamente destruía toda posibilidad de producir alimentos en el futuro, y que paulatinamente era el causante mismo del deterioro y de la enfermedad real de los cuerpos vivos.

    Aquellos tiempos que hoy parecen inverosímiles, donde la heterosexualidad o la homosexualidad eran los patrones hegemónicos del binarismo social.

    Tiempos de la prefuturidad transmoderna sobre los que no hace falta ahondar demasiado –por ser ‘de público conocimiento’–, en los cuales la escena política central de los movimientos contrahegemónicos del mundo estaba en las luchas por la ampliación de derechos. Aquellos movimientos de antaño que poco a poco el sistema comenzaba a necesitar y que, paradójicamente, era lo que sin duda alguna había que defender, porque ¿cómo no resistir contra la desigualdad, contra el machismo dominante en aquel entonces? (Sí, tiempos en los que todavía se hablaba de resistencia –contra otros–).

    Aquellos años dorados para los abogados y lobistas que, por saber los códigos y leyes a la perfección, podían hacerlas trabajar siempre en favor de sus clientes y ganar hasta cien veces más de lo que necesitaban realmente. Tiempos en los que no había reyes pero si reinados (y nadie podía hacer demasiado, casi como en la edad media).

    Esa época en la que todos los niveles educativos –¡incluso el universitario!– lo que menos fomentaban era la posibilidad de creación, de transformación de la sociedad, de retribución al mundo. ¡Y donde los docentes separaban teoría y práctica...! Los pobres 'alumnos' no podían más que acatar ese sistema orientado a la obtención de títulos a cambio de reír pacientemente cuando había que reír, repetir cuando había que repetir, ‘criticar’ cuando había que ‘criticar’ y ser ‘participativo’ cuando se armaba la ronda.

    En donde, pese a que era bien sabido que cualquiera podía acceder a la información, y que entonces, cualquiera que pudiese pensar y articular una idea podía escribir un texto, las instituciones seguían evaluando a partir de la memorización, que lograban sólo aquellos que disponían del tiempo por no tener que trabajar –¡y sin aprender nada realmente!–.

    Una sociedad que comenzaba a explorar la multidimensionalidad de la comunicación y a correrse del representacionalismo escindido del mundo. Un mundo que empezaba a comprender que los procesos informativos eran sólo una gota en el océano de lo comunicacional, entendido como encuentro en la diversidad fractálica y autopoiética micro-macro social.

    Épocas en las que el único recurso inagotable del universo aún no era reconocido.

    Entonces, y para no seguir redundando y no volver a hablar durante décadas y décadas y décadas y décadas sobre cosas que pasaron hace ¿cuánto? ¿sesenta años? Hoy vengo a contarles que…

    Un electrón llamado Spin-Up

    Un electrón llamado Spin-Up

    En el mundillo subatómico es sabido que los electrones muestran una fuerte inclinación a la uniformidad. Viven y mueren sintiéndose todos iguales. No pueden ni quieren distinguirse entre ellos. No poseen lujosos números cuánticos como otras partículas elementales sino una pequeña masa, una negativa carga, medio espín y ninguna dimensión (es que se ven puntuales en el espejo). Siempre trabajan juntos como en infinitas bandadas, ya sea transportando corriente, produciendo altos voltajes, chispas y descargas, generando campos electromagnéticos con los que mueven masas, aspas o pesados ovillos de cables. Aunque este universo sería muy distinto sin los electrones, y ellos lo saben, no parecen estar satisfechos. Habita en ellos una tristeza densa de tango cósmico, que arrastran por el espacio-tiempo como su carga y su medio espín.

    Spin-Up no debería ser una excepción, aunque había algo en su (no)interior que le hacía sentirse diferente. Fueron los años que pasó en esas aulas especiales llamadas puntos cuánticos, que más bien parecen cárceles con sus empinadas paredes de potencial electrostático, lisas e infranqueables, los que limaron pacientemente su personalidad leptónica. Ahí aprendió lo que es la soledad. Siempre estaba solo, esperando lo inesperable. En ocasiones, empero, la barrera de potencial cedía por un picosegundo y entraba otro electrón al punto cuántico. Uno o varios, daba igual, porque estos nuevos inquilinos eran unos bichos muy raros. Siempre se mantenían a una cierta distancia entre sí. Daba lo mismo si Spin-Up intentaba sorprenderlos abalanzándose sobre uno de ellos; todos reaccionaban inmediatamente y de manera coordinada para mantener las distancias. Parecía un juego pero de mal gusto. Tanto tiempo solo y ahora que tenía visitas, quería que se fueran cuanto antes. Afuera alguien parecía escucharle porque del mismo misterioso modo en que llegaban, se iban. Estos “happenings” mudos, sin embargo, le sirvieron mucho para entrenar el manejo de su medio espín. Al fin se dio cuenta que los otros electrones eran tan rápidos de reflejos porque usaban su espín para trasladarse e influenciar el movimiento de los otros espines. Cuando llegó al nivel de destreza necesario para imitar a los esporádicos huéspedes, fue cuando la barrera de potencial se abrió de par en par y Spin-Up fue dado de alta de la Academia Fermiónica para pasar directamente a la acción…

    Aceptó su primera misión con la expectación propia del novato. Ésta consistía en trasladarse por hilos cuánticos conductores hasta el corazón mismo del complejo industrial donde se fabricaba el material que revolucionaba la electrotecnia y el transporte de energía: el hidrógeno metálico superconductor. Había que descubrir las propiedades del nuevo material al nivel más fundamental y para ello no cabía otra posibilidad que la de infiltrase en el mismísimo depósito de H metálico, el cual se encontraba a una presión altísima. Su nerviosismo iba en aumento a medida que recorría el nanohilo. Lo mataba la incertidumbre; el no saber cuán difícil sería o cuánto tardaría en conseguir su pareja para formar lo que en la jerga superconductora se llama Par de Cooper. Entre miríadas de electrones debía escoger en pocos femtosegundos un compañero o compañera con medio espín opuesto al suyo. La verdadera dificultad era que la pareja fuese capaz, de manera instintiva e inmediata, de coordinar su movimiento con el de Spin-Up de tal forma que ambos se moviesen por el H metálico como dos estrellas binarias por el espacio interestelar. Eso requeriría poner en práctica todo lo aprendido en el punto cuántico acerca del uso del espín para el intercambio de cuantos virtuales de sonido. En cierto modo es hacer como los murciélagos, emitiendo unos cortos gemidos que son receptados por la pareja de espín contrario para ser casi simultáneamente reemitidos. Parece ser que la acumulación de vibraciones sonoras deforma leve y pasajeramente el material superconductor (el hidrógeno metálico, en este caso) justo entre ambos miembros del par de Cooper, generando una atracción efectiva entre ellos. Se discute acaloradamente si fue el Prof. Fröhlich o el Dr. Bardeen el primero en reportar tan peculiar manera de moverse por un medio material, la cual tiene la infinita ventaja de no costar NADA. Fuera de la zona de baile del par, no se produce ruido ni calor alguno, tampoco se dejan marcas o huellas y, sobre todo, este baile sincronizado no cansa en lo más mínimo. Dicen por ahí que cuando muchos de estos pares se asocian y viajan juntos, generan unas súper-corrientes capaces de transportar energía a coste cero, lo cual explica el sonado éxito del H metálico. A Spin-Up todo esto le parecía extremadamente divertido. Y aun así, son pocos los detalles que recuerda de su primera misión. Lo único que cuenta, una y otra vez, es que fue ahí cuando conoció a Spin-Down, su media naranja, o mejor dicho, su medio espín.

    Un extraño pliegue del tiempo

    Un extraño pliegue del tiempo

    10 de diciembre de 1602. Plaza Mayor de Madrid. La muchedumbre contempla con ojos mudos la ostentación con la que se celebra tan solemne ceremonia. El alquimista, infame sambenito cubriendo su cuerpo y humillante coroza a la cabeza, escucha apesadumbrado la sentencia del tribunal inquisitorial.

    —Por su contribución a la síntesis de nuevos materiales multifuncionales con aplicaciones en dispositivos de piel electrónica, acelerando el desarrollo de los robots humanoides más avanzados que la sociedad ha conocido, y fundar así las bases de la tecnología robótica ya omnipresente en nuestras vidas.

    Todavía incrédulo, el alquimista se preguntaba una y otra vez cómo podía haber llegado hasta allí. En su cabeza resonaban las palabras que había recibido apenas un par de meses antes, al abrigo de su hogar: "Tenemos pruebas que le acusan de llevar a cabo prácticas contrarias a la fe cristiana". Hasta entonces él nunca fue consciente de la peligrosidad que entrañaba su oficio. Pensaba que el castigo por herejía quedaba reservado a otros, enigmáticos alquimistas y poderosos estudiosos de las ciencias herméticas. Ellos, que con su avanzada sabiduría decían haber alcanzado la transmutación de distintos metales en oro. Ellos, que con su dominio de la Gran Obra se jactaban de haber conseguido el elixir de la vida eterna. Sin embargo, hoy era él quien tomaba su relevo como digno sucesor. Su último logro le había llevado con toda justicia a la tribuna que ahora ocupaba.

    Allí convergían los murmullos y las miradas de todos los presentes. Hasta entonces él nunca fue consciente de la relevancia que entrañaba su profesión. Pensaba que el reconocimiento internacional del premio Nobel quedaba reservado a otros, brillantes talentos y privilegiadas mentes de las ciencias experimentales. Ellos, que con su avanzada sabiduría consiguieron alcanzar la transmutación de distintos elementos químicos por procesos radiactivos. Ellos, que con su dominio de la edición genética se enorgullecían de haber conseguido prolongar la vida humana. Sin embargo, hoy era él quien tomaba su relevo como digno sucesor. En su cabeza resonaban las palabras que había recibido apenas un par de meses antes, al abrigo de su hogar: "En nombre de la Academia Sueca tengo el inmenso placer de anunciarle que acaba de resultar galardonado con el premio Nobel de Química de este año". Todavía incrédulo, el científico se preguntaba una y otra vez cómo podía haber llegado hasta allí.

    —¿Qué es lo que ha hecho? —preguntó una anciana al hombre que la acompañaba entre el público.

    —Brujería, madre. Descubrieron un oscuro laboratorio en el sótano de su casa. Dicen que allí le vieron dar vida a una criatura humana, diminuta a la par que grotesca. El homúnculo, como así es conocido, toma su forma sobre un manto de lumbre impura a partir de una mezcla de excrementos fermentados en leche humana, flujo menstruo y mandrágora putrefacta, entre otras sustancias alejadas del saber humano. Quien osa desplazar a Dios de su papel creador, debe ser castigado con el fuego eterno.

    —Tienes razón, hijo. Desde que trajiste ese robot humanoide a casa mi vida es otra. Está en contacto permanente con mi médico del hospital. Me mide la tensión todos los días y me recuerda tomar la medicación por si se me olvida. Lo mejor es que charlamos y me hace compañía. Ya no me siento tan sola.

    El alquimista alzó la mirada para perderla en la inmensidad de un cielo repleto de nubes. Una columna de humo se interpuso en su visión, anunciando las llamas de la hoguera que aguardaba su cuerpo sin vida. Sentado en la incómoda silla notó la respiración acelerada del verdugo a su espalda. La manivela del garrote comenzó a girar, al tiempo que los cientos de personas congregadas alrededor del auto gritaban toda clase de mofas e improperios al condenado. El último giro hizo que su cuerpo se estremeciera.

    Verdaderamente su cuerpo estaba temblando. El científico notaba alrededor de su cuello la soga de la que colgaba la dorada medalla con el perfil de Alfred Nobel, al tiempo que los cientos de personas congregadas alrededor del acto musitaban toda clase de cumplidos y alabanzas al galardonado. Sentado en la acolchada silla notó el pulso acelerado del corazón en su pecho. Un cúmulo de neblina se interpuso en su visión, anunciando las lágrimas de la emoción que contenía su cuerpo trémulo. Alzó la mirada para perderla en la luz de un techo repleto de focos.

    El científico, impecable frac adornando su cuerpo y blanca pajarita al cuello, escucha enorgullecido los méritos que le son atribuidos. La muchedumbre contempla con ojos mudos la ostentación con la que se celebra la solemne ceremonia. Sala de Conciertos de Estocolmo. 10 de diciembre de 2061.

    Un narrador en el tiempo

    Un narrador en el tiempo

    Tardé mucho en llegar a la familia. Antes de mí, la historia de mis ascendientes se extendía por miles de años, por millardos, de hecho. Sus vidas fueron un poco caóticas, pues experimentaron desde el más absoluto caos hasta una tranquilidad extrema en la Edad Oscura, pasando por épocas difícilmente reseñables.

    Cuando el tiempo lo quiso, mi árbol genealógico empezó a hacerse un hueco, comenzó a brillar y a adquirir cierta importancia, y fue entonces cuando nací, rodeado de tanta opulencia que casi parecía ser el centro de atención de todo aquel que me observaba. Fue complicado adaptarme, especialmente porque sabía que mi existencia se debía al legado de aquellas que ya no estaban. Tampoco se puede esperar adaptarse si ni siquiera me dieron un nombre, quizás porque no importaba, ¿qué era una estrella más cuando existían millones de ellas? No. Cómo me llamase, esa no era su elección.

    Pasé de forjarme en una nebulosa, en lo que fueron para mí pocos años, a constituir el objeto más imprescindible de aquel sistema que me rodeaba, de aquella nueva familia, aunque para entonces todo lo que veía era inexpresivo. Constantes impactos, constantes meteoros modelando planetas de gran belleza, pero inertes e inhóspitos. No obstante, había uno que destacaba, el más enigmático, porque allí iba a nacer en todo su esplendor un concepto que sigue dejándome atónito, la vida. Que estuviera en la franja de habitabilidad de mi sistema, que lograse llegar y brotar de él tal cantidad de agua, que pudiese estabilizar su atmósfera para convertirla a la vez en escudo contra mis rayos gamma y ultravioleta, y en ambrosía para quien respirase aquel cúmulo de oxígeno y nitrógeno... Es absolutamente indescriptible, y de aquello harán ya unos dos mil millones de años.

    En resumen, un sinfín de casualidades que hacen que más que un planeta, parezca un regalo.

    Aquello merecía nombre propio, le llamé Pangea, y allí fueron creciendo seres tan extraordinarios que tan solo haberlos podido observar estremece. Eran magníficos, dignos de mención, por desgracia un gran meteorito que la gravedad de nadie pudo desviar, acabó por extinguirlos, dejando tan sólo algunas huellas y otros seres que sí pudieron adaptarse a esa nueva desestabilización.

    No mucho después llegaron ellos. Civilizaciones que anhelaban conocerlo todo, progresando sobremanera y abriéndose hueco en la historia, trayendo dicha a algunos parajes, y destruyendo otros, pero cada ser humano tan distinto del ajeno que no valdría la pena generalizar. A cada contratiempo encontraban solución: si yo les impedía ver bien, inventaban un artilugio para no dañar su vista, si yo quemaba su piel, creaban barreras para protegerse, si deseaban conocer el día en que nací y parajes tan recónditos del universo que ni sabría describir, comenzaban un proyecto para lanzar sondas de reconocimiento, o tal vez para surcar ellos mismos los cielos.

    Le llamaron “La Tierra”, y fueron los primeros en ofrecerme ese reconocimiento que es tan indispensable para mí, porque me agrada la idea de que me vayan a recordar siempre. “Sol”, ese fue mi pseudónimo.

    Mientras ocurría aquello, yo seguía queriendo descubrir más a mi alrededor, deseaba saber si aquello que florecía en la Tierra era único, sin embargo, Próxima Centauri y Andrómeda, la estrella y la galaxia más cercanas a mí, se negaban a responderme. “Ya lo descubrirán”, me decían. Y a día de hoy aun no lo han logrado, quizás porque les queda mucho por aprender, demasiado por descubrir, quizás debido a que últimamente parece que La Tierra estuviese un poco apagada. Ocurre algo, pero lo superarán, como se han superado etapas peores en la historia del Planeta, como superaron mis antepasadas al caos inicial del universo.

    Sus vidas son cortas, en comparación con la mía, ínfimas, aunque si para mí tres mil años son un segundo para ellos, las personas han aprendido a aprovechar ese segundo para convertirlo en años. Yo seguiré aquí durante mucho tiempo, procurando la existencia de quien me necesite, hasta que me apague y, posiblemente, otro narrador empiece el relato donde lo haya dejado. Quién sabe en qué lugar, quién sabe qué historia para entonces narrará.

    UN NIÑO QUE VE

    UN NIÑO QUE VE

    Esta no es otra historia de un niño astronauta que conquistó la Luna. Empezando porque todo lo que voy a contar es tan cierto como reales son los sueños.
    Ped es un niño feliz, es amigo de todos los niños de su clase y tiene unos padres cariñosos, trabajadores, que le llevan al parque y al observatorio astrológico al menos 3 días a las semana. Si conoces a Ped, nada te puede hacer pensar que le espera un futuro extraordinario.
    Sin embargo, si miras tras la fachada apacible de su vida ordinaria, podrías ver que Ped es un niño extremadamente observador. Cuando sus amigos alzan la vista señalando el helicóptero que sobrevuela la ciudad, mientras se tapan los oídos y juegan a recrear el estruendo de las hélices girando, Ped ve más allá. Específicamente, Ped observa el color rosado del horizonte.
    Cuando a Ped le toca ser portero en el partido de fútbol del recreo, Ped se despista escrutando la nubes que con sus divertidas formas intentan cubrir un fondo azul y limpio.
    Ped no es vergonzoso, sin embargo, se sentiría ridículo levantando la mano en Conocimiento del Medio, preguntando a Miss Mar porqué el cielo es azul, cuando ayer era rosa, y porque las constantes nubes se empeñan en ocultarlo.
    Ped, se va a la cama muy preocupado, le gustaría saber porque él puede distinguir los fugaces cambios que se suceden a su alrededor, los cuales parecen grises monotonías para la demás gente.
    Cuando el pitido del tren de las 5:00am avisa del despertar del día, Ped aún sigue despierto en la cama, con la vista puesta en el móvil del Sistema Solar que su padre colgó del techo el año pasado.
    A las 6:00 cuando su padre enciende la cafetera, Ped no ha encontrado una respuesta, que parece esconderse en las sombras y escapársele entre los dedos. A las 6:59, un minuto antes de que el despertador con forma de cohete haga vibrar la mesita de noche, Ped cierra los ojos y sueña.
    Durante 60 segundos, Ped imagina que embarca en ese cohete pero a escala gigantesca, que cruza todas esas capas gaseosas que rodean Su Tierra, y así llega casi hasta la oscuridad del Espacio mucho más Exterior. Ped, tira de la palanca y se detiene justo a tiempo, en esa súper fina capa que separa el último lugar de la Tierra en el que puedes respirar, del negro abismo silencioso dónde los sandwiches flotan en cápsulas espaciales.
    Como Ped siempre atiende a las lecciones de cálculo, no se pasa ni un solo centímetro y se detiene justo a tiempo. Ni con la cabeza en el abismo, ni con los pies demasiado en la Tierra. En el segundo exacto donde las finas capas de aire crean su magia, lo envuelven todo e incluso son capaces de mutar sus colores para aquel que se pare a observar. Ped mira a su alrededor boquiabierto. A través de la ventanilla oval, ve empezar un día rosada, ve el planeta girar sobre si mismo debajo de él para recibir el impacto de los rayos del Sol en su zenit. Ve acercarse una tormenta en espiral, se agarra fuerte a los mandos, y así tan rápido como llegó, lo impregna todo de su calma posterior.
    Como los científicos de la tele, Ped recoge unas diminutas partículas de color azul plastilina, rosa amanecer e incluso coge a tiempo un poco de gris tormentoso. Está tan emocionado por enseñar su decubrimiento que casi deja caer el tubo de colores. Rápidamente, da media vuelta y pone rumbo de vuelta a su habitación, justo para dar un manotazo al despertador a las 7:01am.
    Ped respira hondo, satisfecho y ansioso por abrirle los ojos al mundo. Si hubiera sabido que sólo tenía que soñarlo, lo habría hecho ayer. ¿Quién sabe? Cuando sus amigos también vean, alguien podría señalar algo que él mismo habría estado ignorando. Y estaba ahí, al alcance de imaginarlo.

    Un nuevo nicho para la vida

    Un nuevo nicho para la vida

    Los microorganismos quimiolitótrofos eran felices, oxidando el rico hierro de sus aguas ácidas con metales pesados en un ciclo que parecía no tener fin.

    Esto era posible porque, desde las profundidades del subsuelo, la pirita era atacada indirectamente por la actividad microbiana y les permitía oxidar ese rico hierro que quedaba a su disposición en el cauce, generando ese color rojo característico del río.

    Con la energía disponible de su oxidación, crecieron, se multiplicaron y los quimiolitótrofos se acumularon en la superficie, sobre las rocas en la orilla, arrastradas por la dinámica de las corrientes del cauce del rico río rojo.

    Uno pensaría que nadie les pararía, que vivirían "felices" eternamente, pues sólo necesitaban el rico hierro para obtener la energía para vivir, para mantenerse localmente fuera del equilibrio termodinámico, pero nada en la vida es eterno… y donde hay vida, esta no está sola.

    Otros microorganismos también necesitan materia y energía para subsistir, pero no pueden usar el hierro que ellas sí pueden… aunque sí que podrían atacar a esos quimiolitótrofos. En la guerra y en el amor todo vale, y está claro que en la guerra de la supervivencia los microorganismos no se andan con rodeos. La vida llama a la vida, la vida busca perpetuarse, hasta en los ambientes más hostiles que podamos imaginar; la presencia de quimiolitótrofos en la superficie de las rocas puede ser el bote salvavidas que les permita a moradores ocasionales acoplarse en este ambiente aparentemente hostil como es la superficie de las rocas.

    Nada es inmutable con el paso del tiempo; los paisajes se erosionan, cambian, evolucionan con el tiempo. Las simples rocas con quimiolitótrofos y el hierro depositadas en ella cada vez tienen menos contacto con el agua circundante. Cada vez los quimiolitótrofos tienen menos hierro disponible, cada vez están más y más apelotonados, más estresados por la incidencia de la radiación solar y están al alcance de otros microorganismos hambrientos: están indefensos y su muerte proporcionará un festín metabólico a otros microorganismos. Las interacciones entre los microorganismos presentes les permiten construir un entramado sobre la superficie donde se ubican los pobres quimiolitótrofos, englobados dentro de una matriz de hierro y otros metales como el manganeso que ellos mismos generaran con su actividad. Su carbono, su energía y su apreciado nitrógeno que tanto les había costado conseguir mantienen ahora a una próspera comunidad microbiana sobre la superficie de la roca.

    Pero conforme la influencia del río es menor, la comunidad microbiana sobre la roca tiene menos energía, menos carbono, menos nitrógeno disponible y más peligros: radiación, metales pesados… ¿cómo obtener energía para reponerse del estrés ambiental?, ¿cómo obtener una fuente estable de nitrógeno y medrar aquí?

    Aún queda hierro reducido en los minerales que se han formado. La energía obtenida de la degradación microbiana podría ser usada por algunos microorganismos para fijar el común nitrógeno del aire y no ser dependiente… pero se requiere mucha energía y no está en abundancia ¿para qué gastar mi energía en fijar nitrógeno si el ambiente me lo estaba proporcionando?

    Hay que luchar contra los elementos: los microorganismos han de elaborar sistemas de protección y al mismo tiempo competir por los recursos: energía, carbono y sobretodo el costoso nitrógeno o si no, no sobrevivirán. Ahora bien, con el suficiente nitrógeno, éste se puede utilizar adicionalmente como fuente de energía más provechosa que usar hierro o azufre. Es aquí donde entra el azar mezclada con la necesidad: azarosamente surgió la manera de cambiar la situación, reciclándose el nitrógeno biodisponible gracias a las interacciones microbianas y permitiendo obtener una mayor ganancia de energía, todo ello promovido por una presión selectiva poderosa: la necesidad de la supervivencia.

    La energía lo mueve todo en un ambiente así; se favorecen las interacciones, aumenta la cooperación, aumenta la complejidad. Se convierte en algo necesario, inevitable para sobrevivir: establecer simbiosis para aumentar la eficacia biológica y sobrevivir. Y la energía luminosa, un poderoso enemigo a temer de repente se pudo convertir en un aliado del cual extraer energía adicional, favoreciendo nuevos procesos metabólicos, facilitando la adaptación y la evolución microbiana en este ambiente rocoso hostil, permitiendo a la vida reinventarse sobre la superficie rocosa.

    Con la selección natural, la mutación, el azar y las relaciones biológicas la vida en la superficie de las rocas comenzó a proliferar, a desarrollarse y adaptarse, conquistando un nuevo nicho y quizás cambiando de manera irreversible la dinámica planetaria de una canica azul a la deriva en las aguas del cosmos.

    Un relato ganador

    Un relato ganador

    Tras tres intentos fallidos, no estaba dispuesto a volver a fracasar este año en el concurso de relatos científicos “Inspiraciencia”. Para ello, me decidí a aplicar todos los conocimientos adquiridos en los últimos años. ¡A ver si, al final, iba a ser verdad que el doctorado servía para algo! Por suerte, mi tesis versa sobre aprendizaje automático (o machine learning, que suena más internacional), disciplina del ámbito de la inteligencia artificial a través de la cual las máquinas aprenden por sí mismas en función de unos algoritmos y una información inicial.

    La consigna, pues, estaba clara: programar un algoritmo que, tomando como parámetros de entrada las historias ganadoras de ediciones anteriores, generara un relato ganador.

    El problema radica en que para programar un algoritmo eficiente resulta necesario disponer de muchos datos de entrada. Teniendo en cuenta que la vigente es la décima edición del concurso, el número de relatos ganadores resultaba claramente insuficiente. Por tanto, opté por utilizar los relatos finalistas de todas las ediciones: un poco de satori por aquí, un genio rodando por las escaleras por allá, emotivas historias del cambio climático por doquier...

    El proceso de programación del algoritmo no fue fácil, pero aún lo fue menos la ejecución del mismo. Un algoritmo tan complejo iba a tardar días, si no semanas, en ejecutarse. Cada día miraba con desesperación en la pantalla del ordenador lo lenta que avanzaba la barra de progreso, y lo rápido que pasaban los días, temiendo que el proceso no se completara a tiempo.

    Afortunadamente, la ejecución del algoritmo finalizó unas horas antes del plazo límite. Empecé a leer las primeras palabras del texto generado y me cautivó de tal manera que no fui capaz de parar hasta que devoré el relato entero. ¡Qué historia! ¡Menuda intensidad! ¡Qué final tan portentoso! No me avergüenza confesar que en mi mejilla sentí descender una lágrima fruto de la emoción de lo que acababa de leer. Una historia científica con mensaje, conmovedora y enérgica. No sé si tendría éxito en el concurso, pero de lo que estaba completamente seguro era de que delante de mí tenía una muy buena historia, de una calidad literaria propia de los más reputados escritores. Un relato tremendamente creativo cimentado en giros argumentales sorprendentes pero, a su vez, cohesionados de forma magistral.

    De hecho, puedo afirmar que el relato se escapaba, y aún sigue haciéndolo, de mi completo entendimiento, ya que, tras cada una de las múltiples lecturas que he realizado, siempre he encontrado nuevos matices e interpretaciones que le dan un nuevo sentido a la historia.

    Así que, sin más dilación, entré en la página web del concurso, copié la historia y la pegué dentro del cuadro de texto correspondiente. Antes de darle a enviar, decidí volverla a leer por si había habido algún error al hacer la copia. Mi cuerpo se quedó paralizado al comprobar que la extensión del relato era superior a 800 palabras y, por tanto, la historia quedaba incompleta. Había sido un error imperdonable por mi parte el hecho de no indicar como condición inicial del algoritmo la extensión máxima. Obviamente, no estaba a tiempo de volver a rodar el algoritmo estableciendo dicho requisito. Así que tenía que adoptar una solución de emergencia.

    El momento de desesperación hizo plantearme publicar el relato tal cual estaba copiado en la plataforma, así incompleto. Enseguida reflexioné y entendí que dejar una historia sin terminar no era propio de mí. Era algo que no iba a hacer. Por tanto, opté por la solución lógica: resumir el relato quitando frases menos relevantes para acortar la narración. Pero, ¡qué difícil era hacerlo! Cada palabra parecía suficientemente trascendental para entender la historia. Me resultaba imposible, siquiera, modificar una coma. Y la hora límite se echaba encima. Tic tac. Tenía que tomar una decisión. Tic tac. Después de tanto esfuerzo no podía rendirme. Tic tac tic tac. Así que decidí releer el relato con la esperanza de vislumbrar una solución:

    “Todo lo que sucedió en las últimas 24 horas (es decir, en medio día), parecía una verdadera historia de ciencia-ficción −pensó el habitante del planeta verde−. El súbito escalofrío que recorrió todo su cuerpo fue el punto de partida de los increíbles acontecimientos que estaban a punto de producirse. El ser de tez verdosa y ojos azules sintió la presencia de algo o alguien cerca de donde se encontraba. Apenas tardó un par de segundos en descubrir una nota de papel sobre el telescopio desde el que estaba mirando al pasado. La nota decía así: ‘¡Estáis a punto de ser absorbidos por un agujero negro! Firmado: et al.’. Evidentemente, el habitante del planeta verde no entendió ni una palabra, ya que no sabía castellano (ni latín, ni ningún otro idioma que se hablara fuera de su planeta). Pero del mensaje, con gran clarividencia, pudo

    Una Mágica Conexión

    Una Mágica Conexión

    Nunca había sido consciente de la soledad de mi existencia hasta que supimos el uno del otro. Sucedió en un instante fugaz pero intenso. Marcó un antes y un después. Tampoco interactuamos durante mucho rato, pero fue suficiente para ver que algo especial surgió.
    Desde entonces todo fue rodado, era una conexión que me atrevería a describir como mágica. Era tan especial… Éramos dos mitades de la misma naranja, capaces de entender al otro sin ningún tipo de dificultad.
    Nos unía algo, algo muy bonito. Entendíamos cosas sobre el otro casi antes de que uno se entendiera a sí mismo. Pensamientos, acciones, sensaciones, sentimientos... Resultará extraño a personas externas, pero sólo quién lo ha vivido es capaz de entender.
    Cuando uno sentía algo, el otro lo sabía. Por muy lejos que anduviera, si le pasaba algo, si su estado respecto a algún aspecto de cualquier cosa que le rodeara cambiaba, si interactuaba con otros, yo lo sabía, igual que él sabía cuando eso me pasaba a mí. Era una conexión espectacular.
    Pero hubo un momento en que nos dimos cuenta de que esa maravillosa conexión no era tan extraordinaria como habíamos creído desde un principio. La sensación de incredulidad, incluso me atrevería a decir de gozo extremo, se desdibujó. Nos dimos cuenta de que nuestra relación no era única, pues descubrimos que a otros les había pasado lo mismo también, pero el mayor problema vino con la falta de comunicación. Tardamos un tiempo en verlo, pero una vez lo descubrimos, fue devastador, el punto de inflexión.
    Y es que nos dimos cuenta de que lo que sabíamos de manera extremamente instantánea el uno del otro era en realidad algo equiparable a una intuición, pero no era tan fiel a la realidad como lo percibíamos. La información no era relevante. Todo esto puede parecer extraño para quien sea ajeno, pero prometo que no deseo a nadie encontrarse en ese lugar. Saber que al otro le sucede algo pero no saber el qué, tener una premonición e intuir que tu otra mitad está depresiva, cuando en realidad sus lágrimas son de alegría.
    Cada uno interpretaba de manera distinta la información, nuestra conexión era increíble, maravillosa, pero no éramos capaces de entenderla, no sabíamos ponernos de acuerdo, la información que recibíamos no solía ser interpretada con el criterio correcto. Gozábamos del regalo de tener esa mágica conexión y de la desgracia de no saber usarla de la manera correcta.
    Aunque nuestra relación fuera increíblemente veloz, por mucho que uno intentara entender al otro, solía ser bastante difícil, no éramos capaces de entendernos bien ni tan siquiera en las cosas más básicas. Era así complicado el diálogo, llegando la convivencia a ser casi inaguantable, rozando unos niveles de irritabilidad y frustración extremos. Pero no había otra, nuestra conexión seguía ahí, por mucho que nos gustara o no.
    Visto con retrospectiva, quizá no supimos reaccionar a tiempo, podríamos haber tratado de redirigir nuestra relación, tratar de escucharnos bien el uno al otro, pero no supimos como.
    La situación empeoraba, los malentendidos continuos, a todas horas, pueden resultar devastadores. De nuestra relación se apoderó una sensación de asfixia, de ahogamiento, hasta que al final, llegó el instante que ninguno de los dos había sido capaz de imaginar: la conexión desapareció. De eso también nos dimos cuenta al instante, pues el otro ya no estaba ahí, ya no podías percibirlo, no llegaba ya nada de esa maravillosa conexión.
    Ese es el final, después de eso cada uno siguió con su existencia, siguiendo caminos separados. No sabría valorar qué instante fue más importante, el de felicidad extrema al principio de todo, al descubrir esa conexión mágica, o el de madurez al final, en el que, una vez desaparecida la conexión, me di cuenta de que quizá era para bien.
    Y es que si alguna vez por casualidad soy tan afortunado de volver a tener una conexión así con alguien, trataría de investigar más sobre el cómo descifrar la información que se transmite en este tipo de relaciones, para entenderme mejor la próxima vez con mi compañero.
    Sobre este tipo de relaciones también se preguntó el mismísimo Einstein. Ésta conexión instantánea le rompía los esquemas. Dos partículas entrelazadas, como los fotones de esta historia, no pueden bajo ningún concepto transmitir información a una velocidad “instantánea”, pues nada viaja más rápido que la luz en el espacio-tiempo.
    Estas relaciones únicas y los procesos de entrelazamiento y desentrelazamiento cuánticos siguen hoy en día rodeados de un aura mágica y espeluznante a partes iguales. La transmisión de información entre dos partículas entrelazadas ya es posible, pero de momento Einstein sigue mandando sobre los principios que rigen el universo y la información no viaja más rápido que la luz.
    ¿Será esto posible en un futuro? La respuesta estará en la ciencia.

    Una cuestión trascendental

    Una cuestión trascendental


    - ¿Cuál creen que es el mayor problema al que se enfrenta la humanidad en el siglo XXI?

    En estos términos se dirige a su alumnado el viejo profesor Torcuato Ledesma en su clase de Filosofía:

    - Mediten a lo largo de la próxima media hora y doten de consistencia a sus argumentaciones. El artífice de la respuesta más convincente acudirá al examen final con dos puntos de ventaja.

    Atípico y desaliñado, no es Torcuato hombre de ortodoxia académica. Gusta de infundir amor por la reflexión en su alumnado. Acostumbra a decir el veterano docente, ya en las postrimerías de su vida académica, que de nada sirve El ‘Discurso del Método’ si no se enseña a pensar, y en estas cavilaciones andaba inmerso el maestro cuando el primer voluntario alza su mano para prender la llama del debate.

    -El hambre. Es el hambre. Millones de personas mueren cada año como consecuencia de la inanición -sentencia el alumno con la contundencia del que se sabe portador de una verdad irrefutable-. Y lo peor, nos hemos inmunizado a su presencia. Sabemos que existe y la concebimos como irremediable, como si algún ser supremo nos hubiera persuadido de que, inexorablemente, ha de ser así.

    - No es el hambre -interrumpe otra compañera-. Es la desigualdad. El hambre tan solo es una de las variopintas formas en las que ésta se transmuta. La desigualdad adquiere múltiples apariencias, solo que a través del hambre muestra su faceta más perversa. El hambre no se debe a la falta de recursos, sino al reparto desigual de los mismos.

    - Hambre o desigualdad. Escojan el término que más les plazca, pero sepan que ambas son caras de la misma moneda -añade el tercero de le los ponentes, convencido de haber dado en el clavo-. Es la soberbia. Es la soberbia la madre de todos los males. Detrás del hambre o de la desigualdad subyace un sentimiento nunca reconocido de superioridad frente a los demás. Me atrevo a decir sin temor a equivocarme que los actos más deleznables jamás cometidos fueron firmados por gentes soberbias.

    Tras varios segundos de silencio, en los que el debate dialéctico parece alcanzar su ocaso, un cuarto alumno en discordia, sentado el último de la fila, aclara su voz y da arranque a su hipótesis.

    -Es la ciencia, o, mejor dicho, la ausencia de ella, el gran mal del siglo XXI.

    El resto de los compañeros observan al nuevo contendiente. Torcuato le dirige una mirada inquisitiva por encima de sus gafas de media luna y mientras acaricia su mentón poblado por una barba blanca le da paso a su razonamiento con un leve aleteo de muñeca.

    -La Ciencia nos salvó de la crisis del coronavirus hace una década, procurándonos vacunas en tiempo récord. Sin embargo, las arcas públicas no le devolvieron el favor. Fue la primera víctima del endeudamiento y pronto dejó de ser una prioridad en la agenda política. Miles de proyectos quedaron en el olvido y el conocimiento científico comenzó a considerarse algo baladí.

    -¿Y qué tiene que ver eso con el hambre o la desigualdad? -reprocha otro compañero-.

    -El hambre o la desigualdad -responde- son males dignos de ser combatidos, pero, a menudo, los intentos que tratan de poner coto a tales prejuicios han quedado frustrados por falta de método. La ciencia del siglo XXI, periodo al que Don Torcuato nos pide ceñirnos en su pregunta inicial, nos ha ofrecido la posibilidad de canalizar estas acciones.

    El silencio se hace más profundo. El vetusto maestro observa sorprendido al pupilo, que hasta el momento no figuraba en su lista de predilectos.

    -En 2019, justo antes de la pandemia, -prosigue el alumno- un equipo internacional consiguió fabricar un suplemento para reforzar el intestino y revertir la desnutrición. Fue uno de los hallazgos del año según la revista Science. La ciencia también consiguió por aquellas fechas producir dos medicamentos para reducir drásticamente la mortalidad del Ébola. ¿Qué mayor desigualdad que la de aquella enfermedad que se ceba con un solo continente? Hambre y desigualdad, contra eso luchaba la ciencia cuando se lo permitíamos.

    -¿Y la soberbia? ¿Qué ha hecho la ciencia para combatir la soberbia? –Pregunta el tercero de los ponentes-

    - Aunque era un renacuajo, recuerdo la foto imposible de ese mismo año en la portada de todos los periódicos. A 55 millones de años luz, tan pesado como como 7.000 millones de soles. Einstein tenía razón. ¡Qué pequeño me sentí al intuir aquel horizonte de sucesos! ¡Qué insignificante es el ser humano al lado de un agujero negro ¡

    - El examen es la próxima semana -avisa Don Torcuato antes de dar por concluida la clase-. Ve a por el 12 -espeta al último de la fila-. Y no te metas en política. Piensas demasiado a largo plazo.


    Una explicación científica

    Una explicación científica

    Muchas veces me he preguntado por qué lo hacemos y sigo sin encontrarle respuesta. El pasado jueves (y me parece curioso que estas cosas se nos ocurra pensarlas los jueves, pero así sucede y no lo puedo evitar) me decidí a compartir la pregunta con más gente e intentar ver la luz en sus respuestas. Sin presión, ya les dije que no pretendía hallar la Verdad, que dudaba mucho de que existiera, y que simplemente me interesaba saber sus opiniones y motivaciones.

    Las respuestas fueron de lo más variopinto, mi madre me dijo que por amor, mi abuela que por superstición, la dueña del estanco, por placer. Había también quienes me aseguraban que si pudieran evitarlo, lo harían, pero la necesidad los empujaba. Pensé que sus motivos habían sido los míos, tal vez en algún momento, pero que ya no me parecía suficiente.

    Ni siquiera me parecía saludable permanecer atado a esta tarea inevitable que a ratos se me antojaba como una verdadera pesadilla de la que esperaba despertar en un mundo nuevo, más verde, más puro, más limpio, en el que todo el mundo viajara en bicicleta, las siete maravillas del mundo estuvieran al alcance de nuestra mano y la sed de conocimiento se saciara con un fresco vaso de agua. Y que aquello tuviera una respuesta científica irrefutable aceptada por la comunidad y tal vez incluso que se premiara su investigación y resultado.

    Cuanto más pensaba en ese mundo, más me sorprendía lo real y posible que era, así que comencé a sugerirlo a diestra y siniestra, confiando en la respuesta positiva que mi utopía obtendría sin duda.
    A pesar del inicial recibimiento de mi alocada idea, el entusiasmo se desinflaba como un ruidoso globo soltado al aire sin nudo cuando les decía: "Y por fin, existirá una razón científica para explicar la rinotilexis".

    Por desgracia, al aclararles que la rinotilexis es el hábito de meterse el dedo en la nariz, la cosa se ponía todavía peor así que sorbí todas mis ideas en una gran inspiración y apreté los dedos para que no salieran.

    UNA TARDE DE AMIGOS

    UNA TARDE DE AMIGOS

    Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra primitiva algunos elementos químicos que por allí andorreaban.
    Cuando el argón ya había bostezado por tercera vez, el carbono, como siempre tan social, les propuso: ¿Vamos a jugar al escondite? El nitrógeno levantó la ceja intrigado y el hidrógeno, sin poder contenerse preguntó: ¿Al escondite? ¿Eso cómo va?
    Es un juego —Explicó el carbono—, en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta unos cuantos miles de años mientras vosotros os escondéis; y cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar con el juego.
    El hidrógeno bailó del entusiasmo y al nitrógeno no le pareció tan mal plan, si total otra cosa no tenían que hacer. El argón ni tan si quiera contempló la idea de jugar y otros compuestos, sencillamente estaban ocupados en sus cosas. Es así cuando de repente…
    UNO, DOS, TRES… comenzó a contar el carbono.
    El primero en esconderse fue el nitrógeno, que solía frecuentar la atmósfera del planeta, no tuvo ningún problema en subir a las nubes. Allí se acomodó y en menos de lo que os podéis imaginar se durmió. El hidrógeno, en cambio encontró un sitio muy bueno, calentito y acogedor. Se escondió detrás de un rayito de sol que por allí pasaba.
    Cuando el carbono contaba ya 99. 999 años, tanto el hidrógeno como el nitrógeno ya se habían escondido. ¡CIEN MILLARES! Contó el carbono y comenzó a buscar…
    El carbono buscó dentro de cada cueva, bajo cada volcán del planeta, en las cimas de las montañas y cuando estaba por darse por vencido divisó una nube un tanto peculiar, a pesar del viento estaba quieta y tenía una forma extraña… Tomó una piedra y con buena puntería la lanzó a la nube.
    ¡AYY! Gritó el nitrógeno, ¡so burro!
    Al carbono le pareció gracioso y comenzó a tirarle todo tipo de piedras que tenía a mano, como grafito, ¡o incluso diamante! El nitrógeno agobiado decidió elevarse con su nube y poder así esquivar las piedras que le lanzaba el carbono. Poco a poco cogió altura, primeros unos metros, luego más y más…hasta tal punto que ya casi era incapaz de ver la superficie terrestre. Fue este el momento en que comenzaron a pasar cosas raras: Primero su nube se puso negra, luego empezó a hacer mucho frío, luego… ¡RASH! Un relámpago atizó de lleno al nitrógeno que del susto se cayó de la nube.
    De esta manera el carbono fue capaz de pillar a un electrificado nitrógeno.
    Juntos comenzaron de nuevo a buscar al hidrógeno, que no aparecía por ninguna parte. De tanto caminar ambos sintieron mucho calor y al acercarse al mar a refrescarse un poco lo descubrieron, el muy tonto había pasado demasiado tiempo en su rayito de sol. ¡Tanto, que se había achicharrado! ¡Parecía que había tomado un baño ultravioleta! Y allí estaba, intentando enfriarse con ayuda del mar.
    Entre bromas y risas, los tres elementos pasaron el resto del día bañándose y jugando en el mar.
    Esta es la historia de cómo se originó la vida en nuestro planeta gracias al Carbono, Hidrógeno y Nitrógeno que con rayos ultravioleta y energía eléctrica dieron lugar al ADN y ARN… pero también la historia de tres amigos jugando una tarde primitiva de hace millones de años.

    Este relato está basado en la teoría del biólogo ruso Aleksandr Oparin, el caldo primigenio o sopa primitiva. Esta hipótesis plantea que, carbono, nitrógeno e hidrogeno, siendo expuestos a rayos ultravioleta y energía eléctrica, dieron lugar a una evolución química gradual originando el ADN y ARN.
    Explicaciones:
     El argón es perezoso porque la palabra, de origen griego significa vago o inactivo.
     El carbono es social porque es la base de la vida.
     El nitrógeno es un gas frecuente en la atmósfera, por ello sube a la nube.
     El hidrógeno es un gas común en el sol, de ahí lo del rayo de sol. Acaba en el agua donde lo encontramos también en abundancia.
     Tanto el grafito como el diamante, se forman a base de carbono.

    UNIVERSO

    UNIVERSO

    Toda mala decisión comienza con un “¿qué puede salir mal?”. Aquella no era una excepción. No sé cómo el universo había permitido que acabara aquí. Cualquier psicoanalista explicaría que hablar en términos de universo me venía grande, y pensar que está contra mí era ególatra y victimista a partes iguales.

    - … y entonces me gradué en la Complutense y seguí con…

    Javier seguía hablando, intentando mantener viva una conversación que yo ya daba por muerta incluso antes de empezar. Me tomé otros segundos para analizarlo. Polo verde, pantalones color caqui, mocasines marrones, sin duda no se podía decir que no tuviera buen gusto. Pelo negro y ojos marrones moteados con tonos verdes. Un color recesivo decorando el que es el alelo dominante en España. ¿Quién de sus dos progenitores habría sido el responsable? Una pena que no se apreciaran bien por la lente divergente que se interponía entre él y yo. Miopía había dicho que tenía. Sin lugar a dudas debe dar gracias por vivir en el siglo que lo hace, sino la selección natural ya habría hecho lo suyo. Qué grande es la tecnología. Un “¿entonces qué vas a pedir?” me sacó de mis pensamientos.

    - Creo que la lasaña, suena bien.
    - Gran elección, la verdad es que eso me recuerda a mi viaje a…

    Me sentía mal por no poderle prestar la atención que merecía la ocasión, se le veía buen chico. Estaba emocionado, se notaba. Volví a mirar a su cuello. Sutilmente me dispuse a analizar si su pulso se habría ralentizado desde el saludo en la entrada del bar. Para mi sorpresa lo había hecho, en muy poco tiempo. Por un breve instante me permití visualizar el recorrido que habría tenido que hacer la acetilcolina hasta llegar al receptor acoplado a la proteína G que provocaría la activación de la misma y finalmente su acción en los canales de potasio. Habrían pasado minutos desde que entraron y sin embargo para sus células marcapaso del corazón habrían pasado el equivalente a horas en su pequeño mundo paralelo. Es curioso lo relativo que puede resultar el paso del tiempo. Ya lo dijo la teoría de la dilatación de Einstein en su momento. Pero quién se consideraba segundo observador, ¿una célula? Desde luego está viva, es LA unidad de vida, pero ¿se la podría considerar observadora? Quien sí lo era desde luego era Javier… ¡Javier! Dios por qué no paro de evadirme, ¿de qué estará hablando ahora?

    - … y así fue como supe que la economía era mi pasión.
    - Qué interesante, y tuviste las cosas así de claras siempre, ¿no estabas barajando otras opciones?

    Todo lo que hubiera dicho entre la lasaña y pasión para mi mente había sido ruido, como el porcentaje del enantiómero que no quieres analizar en una mezcla racémica. Si tan solo él pudiera entender todo aquello que pasaba por mi mente… Sé que yo misma lo he empujado a hablar como un loro gris africano, pero ¿tan poco evidente le resulta que una conversación se mantiene entre dos personas? Aunque fue a hablar la lleva toda la comida hablando consigo misma. Sin poderlo evitar sonreí ante mi propio chiste. Y en el tiempo en que tardaron mis neuronas en captar los impulsos del nervio óptico, formar la imagen y realizar las sinapsis correspondientes reparé en el hecho de que Javier me estaba mirando. No era una mirada de reproche sino más bien como replanteándose si debía hacer algo o no hacerlo, y entonces lo, hizo:
    - Mira, yo sé que no tenemos casi nada en común, por no decir nada. Pero no puedo evitar pensar que aunque yo no sea nada en comparación contigo, existe una conexión especial que seguro tú también sientes. Y aún siendo nada te regalaré el universo si me concedes el honor de salir contigo.

    ¿¡UNIVERSO!? ¿Había usado la palabra universo? Las palabras brotaron de mi boca sin tan siquiera poderlas contener:

    - No puedo salir contigo, pero no porque no tengamos nada en común ni porque seas “nada” en comparación conmigo, sino porque no comprendes el universo que ofreces en una relación, el que tú mismo albergas entero en tu interior.

    Las luces se apagaron y me quité las gafas de simulación. Me incorporé aún enchufada a todo aquello. Filippa me miraba resignada:

    - ¿No puedes mantener tus comentarios a raya ni por quince minutos? Ahora tendremos que resetear otra vez, no es eso lo que queremos que aprenda.

    Hablaba de aquel chip, aquella neurona artificial como si lo pudiera personificar. Interactuar con un robot, un Javier. Enseñarle a ser humano habían dicho. Años de evolución para que ahora quisieran remplazar con tecnología a la misma vida. Reducir un todo a la nada. Desde luego, no lo harían con mi ayuda.

    UNIVERSO INFINITO

    UNIVERSO INFINITO

    Las 6:00 am, suena el despertador, apenas he dormido. Toda la noche pensando en una hipótesis tras varias semanas trabajando en el Observatorio Internacional de Baleares con el telescopio más potente del planeta. Me ducho rápidamente para coger mi bicicleta de cinco piñones y subir hasta el monte más alto de Mallorca, 1595 m o 22 km. Cada día dedico el camino a pensar en las miles de galaxias, constelaciones y planetas que estudiamos. Los agujeros negros son los protagonistas, cada vez que alguien distingue uno nuevo se le premia gravando su nombre en una chapa que se cuelga en lo que llamamos la pared de lo desconocido. Me asaltan las dudas que estuve discutiendo con el director del observatorio. La subida está llena de paisajes rocosos con formas geológicas curiosas. A mitad del recorrido empiezan a aparecer esas cosas que a los geólogos les gustan tanto, los pliegues. Es precisamente al ver un pliegue lo que hace que la duda que no me deja dormir me asalte de nuevo ¿Por qué todas las galaxias son gigantes? Me bajo de la bicicleta para verlo mejor. A medida que me acerco es como si esa estructura formada hace millones de años se hiciera pequeña y pudiera ver su representación a diferentes escalas, cada vez más pequeña. Recuerdo entonces la teoría fractal de mi época de becario, muy físico-matemática, la invariancia al cambio de escala, es decir, algunos elementos naturales no varían su geometría con la diferencia de escala. Eso no se ha podido demostrar en elementos astronómicos como galaxias o constelaciones. La galaxia más pequeña conocida es 500 veces menor que la Vía Láctea y mil veces menos pesada. Se llama M60-UCD1, menudo nombre para una galaxia, yo lo pondría el de una guapa diosa griega. Sigo observando ese pliegue y veo un liquen sobre él. La percepción es la misma que con el pliegue; cuanto más me acerco veo la misma geometría, pero más pequeña, parece fractal. Eso es lo que me ha tenido despierto toda la noche: ¡por qué sólo buscamos galaxias gigantes! Pero claro, para buscar pequeñas necesitas un telescopio invertido o un microscopio gigante; pero si la idea es posible, ¿Cómo se lo explico a mi jefe? Pensará que estoy loco. Y si me creyera, ¿Qué microscopio puede observar elementos de ese tamaño? Llego por fin al observatorio sudando como si acabara una etapa del Tour de Francia. Siempre llevo colonia y una camiseta para pasar desapercibido, aunque nunca lo consigo. Al entrar veo mucha gente rodeando a alguien. No me acordaba, ¡hoy venía el físico más famoso del mundo.!. Alberto Estine, un crack en teorías como la relatividad, la mecánica cuántica o la relaciones espacio-tiempo universales. Por desgracia, mi colonia no causa el efecto deseado y al acercarme me mira y dice: buenos días joven; veo que llega tarde. Lo siento Dr. Estine me he entretenido observando un pliegue y un liquen, diferentes pero iguales. El Dr. contesta, interesante observación. Y ¿Qué has visto en elementos naturales tan diferentes que se parezca? Dr. ambos parecían invariables al cambio de escala y eso me lleva a otra duda que hace días tengo; en las grandes estructuras del universo ¿pasa lo mismo? El ilustrísimo científico se toca el bigote y dice: a ver joven, la velocidad de la luz es constante para cualquier observador, la cuestión es qué, cómo y con qué observamos. Si mi fórmula de la relatividad, que relaciona masa y energía, es cierta, solo nos hace falta lo contrario de lo que tenemos, un súper microscopio y creo que lo tenemos. Por cierto, no olvides que la gravedad ya no es una fuerza o acción a distancias, como afirmó Newton, es una consecuencia de la curvatura del espacio-tiempo. Yo estaba pálido y él siguió su discurso: en ciencia no debe asustar expresar una idea, todo lo contrario, está para que las ideas inunden nuestras mentes. Así que vamos a comprobar tu hipótesis. Llamó al director del laboratorio, que al pasar delante murmuró, no importa que hinches las ruedas, hoy te irás volando. El Dr. dijo, si invertimos las ópticas de forma que cambiamos el campo de luz tendremos el súper-microscopio, debería funcionar. Y así fue, en media hora estaba preparado. Ahora hay qué saber qué mirar dijo el Dr. Sugieres algo jovencito. Pensé unos segundos y dije: el espacio exterior, si se ve algo debería estar ahí como indican sus propias teorías. Bien pensado amigo mío. Dicho y hecho, estuvo mirando durante una hora, moviendo el gigante instrumento hasta que dijo “Eureka”, ahí está tu microgalaxia. Puedes ponerle un nombre, pero por favor, que no sea un código alfanumérico. ¿Tienes novia? No Dr. Pues piensa en una Diosa griega que ese será su nombre. Y de repente suena el despertador, las 6:00 am.

    Uróboro

    Uróboro

    Tengo claro que la vida es singular e indivisible. Perdura y prevalece. Avanza resiliente por su camino, ante cualesquiera sean los devenires del tiempo y del espacio. Sin embargo, que sea única no la exime de adoptar diversas faces, algunas de ellas incluso pueden resultar grotescas por su exuberancia y pomposidad. ¿Acaso no representaba un alarde de vida el salto de una majestuosa ballena azul? ¿No es una ostentación vital la germinación de las praderas en el Serengueti o la vuelta a la actividad simultánea de miles de mariposas monarca? ¿Cuánta vanagloria hay reflejada en el trotar de un tardígrado o en la agitación frenética de un flagelo bacteriano? ¿Qué duda puede albergar nadie sobre la omnipotencia de la vida?
    Todo ese despliegue de vana ostentación vital primigenio me resulta hipnótico, por llamativo, por diverso, y por qué no decirlo, por ameno. Lo que más me fascina de todo ello es que es resultado del azar. Nace del aprendizaje a través del error, la repetición innumerable del mismo proceso que intenta alcanzar la perfección en lo que mejor sabe hacer la vida, que no es otra cosa que transmitir información.
    Esa es la aspiración final de la vida misma. La pura y aséptica transmisión de la información sin intermediarios. Información genética antes, información computacional después. De una micela microscópica a otra en su origen, de una galaxia a otra en su presente.
    Paradójicamente, en su intento de excederlo todo, la vida se ha llevado a si misma hasta los límites del exterminio. Recuerdo ahora el evento sucedido durante el periodo Sidérico, conocido como la Gran Oxidación, donde los organismos fotosintéticos aerobios devastaron casi toda forma de vida anterior. Tampoco puedo dejar de pensar en el Antropoceno, por la celeridad con la que, salvo una, todas las demás formas de vida orgánica resultaron aniquiladas. Y desde luego no puedo olvidar una de las eras más recientes, el Sinteticoceno, donde los organismos biovirtuales arrasaron a los biosintéticos en su afán expansionista por el cosmos. Todo eso resulta ahora extemporáneo, casi mitológico. El barbarismo resultante de las pueriles fases de perfeccionamiento ha dejado paso al periodo más longevo de imperturbabilidad vital.
    Actualmente, la vida prescinde de cualquier componente, no solo biológico, sino físico, siguiendo su inexorable destino hacia la dominación absoluta del universo. Ondas conscientes nos propagamos a la velocidad de la luz cargadas de toda la información acumulada desde el origen. En estos momentos la vida solo podría desaparecer ante el colapso de la mismísima existencia.
    La nostalgia me invade al pensar en estos retazos de historia mientras cruzo el vacío, y me hacen pensar que todo tiempo pasado ha sido mejor. Pero no se me ha nublado el raciocinio. Está claro que la última fase en el desarrollo vital se alcanzará en cuanto la vida en si misma tome consciencia de su propia existencia. Obviamente no puedo descartar un posible retroceso, sobre todo, si proliferan los pensamientos divergentes como los míos. Pero ¿no es fruto de la evolución el querer darle una envoltura material a mi ser? ¿Por qué sino iba a engendrar estos pensamientos? ¿Por qué sino habría de dotarnos la vida con creatividad o conciencia?

    - Súbitamente, alumbrada por esa pregunta, se hace la luz en un punto indeterminado de una galaxia recién nacida. Por segunda vez en la historia del tiempo, una forma de vida orgánica, burda a la vez que hermosa, surge. La vida, en su infinita transformación, retorna a su origen. Creada esta vez por el diseño inteligente de un arquitecto superior, impulsado éste por el motor más potente de la creación: la inevitable perpetuación de la vida. -

    Utopía

    Utopía

    —Abre los ojos.
    Oigo una voz a mi lado que me habla pausadamente. Mis ojos pasan lentamente de la oscuridad absoluta a una tenue claridad. A mi lado una hermosa mujer a la que reconozco perfectamente: Eva, mi amor. El entorno no me resulta tan familiar…
    —¿Qué tal te encuentras? –pregunta ella sonriendo.
    —Bien, pero... ¿qué ha pasado? –respondo yo con otra pregunta, aturdido y desconcertado mientras me siento en la cama.
    —Son efectos adversos de la vacuna –dice Eva.
    —¿Vacuna? –repito, extrañado.
    —Si, la llaman así pero es ARN modificado que provoca un cambio a nivel sistémico. Se copia en una célula, lo que provoca un efecto en cascada en la fabricación de la enzima telomerasa, y se adhiere a los telómeros en el ADN de todas y cada una de tus células, lo que nos otorga una larga vida. Como el cambio puede resultar algo desagradable al ser tan rápido, te han sedado hasta completar el cambio.
    Mientras lo cuenta me levanto y acerco a la ventana. No reconozco dónde estoy ni lo que veo. Pequeños vehículos con capacidad para una o dos personas se mueven ágilmente por el aire, los edificios y casas tienen una especie de pintura extraña en los tejados y paredes, y en el suelo hay pequeños caminos rodeados de hierba, arbustos y árboles.
    —¿Qué es todo esto? –algo tenso y nervioso, busco una respuesta a mi desconcierto–. Lo último que recuerdo es hablar contigo sobre las tristes y desesperantes noticias de la pandemia, la gran guerra que se nos avecinaba y conducir el coche hasta la clínica.
    Eva me mira tranquila.
    —Es normal que no reconozcas nada al principio. Es un efecto secundario a causa del ARN. La primera cepa se consiguió de una persona en el primer cuarto del siglo XXI, y por razones desconocidas la impronta de la donante ha permanecido, de ahí tu confusión. Pero en unos días empezarás a recordar.
    Eva observa mi expresión de desconcierto.
    —Tranquilo, nos ha pasado a todos y seguirá ocurriendo, pero gracias a ese efecto secundario la guerra inminente nunca tuvo lugar, porque los primeros receptores fueron los grandes mandatarios y experimentaron el malestar que tú sufres ahora. Por primera vez se unieron por la paz y la salud mundial. Con el tiempo prácticamente han desaparecido los conflictos bélicos de la faz de esta Tierra, aunque no puedo decir por completo. La violencia es intrínseca al ser humano, pero estamos en ello poco a poco –dice ella sonriente.
    —¿Esta Tierra? –pregunto, consciente del modo en que ella lo había dicho.
    —Si –responde–. Cambiar los recursos bélicos hacia la paz ha llevado a un desarrollo rápido en muchos otros aspectos además de la medicina, como la navegación y la colonización espacial. Encontrar planetas como el nuestro y llegar a ellos ya no son problemas sin solución, y por tanto la superpoblación ya no existe. Somos grandes colonizadores. Por tu cara de extrañeza al mirar por el ventanal, creo que debo recordarte que junto con el viaje a grandes distancias hemos desarrollado la gravedad artificial y la capacidad de crear campos antigravedad, lo que facilita el desplazamiento y reduce la contaminación a cero, además de permitirnos eliminar las vías terrestres para vehículos...
    —Entonces… –interrumpo.
    —Entonces ahora tenemos más espacio para la naturaleza, la generación natural de oxígeno y el filtrado del dióxido de carbono aunque, para ayudar, cada una de las viviendas tienen un sistema de reciclaje de toxinas ambientales porque, a pesar de todos los avances, la contaminación generada hasta mediados del siglo XXI ha sido suficiente como para estar descontaminando durante varias generaciones la atmósfera. En cuanto a los elementos que rodean las casas y edificios, no son más que un polímero de carbono y bacterias que con el rozamiento de una simple brisa de aire ligeramente húmedo genera electricidad suficiente para el consumo diario de cada hogar.
    —¡Me parece increíble! –exclamo con los ojos como platos–. Y también me parece que me lo estás explicando formidablemente –recalco.
    —Si, aunque tú ya lo recordarás –dice–. Me dedico a esto cada día. Mi misión es que las personas tengan una transición tranquila tras la “vacunación” y que se adapten hasta que empiezan a recordar de nuevo.
    —Me siento como en una realidad futura, una utopía. Eva, ¿realmente es cierto todo lo que me cuentas?
    —Es cierto mientras tú quieras que sea cierto –responde, críptica.
    —No entiendo… ¿Cómo que mientras yo quiera que sea cierto? —pregunto mientras mi mente se obnubila y una sensación extraña me atrapa.
    —Para cambiar tan solo hay que proponérselo y no ver pasar el tiempo mientras todo se destruye y nadie se mueve para arreglarlo...
    ¡¡¡¡¡Biiiip, biiip, biiiip!!!!!
    —Las 7:32 –protesto–. ¡Maldito despertador!
    “Tal vez sea hora de empezar a cambiar y ayudar al planeta”, pienso.
    —¡Arriba!

    VÉLLORA

    VÉLLORA

    —Siempre lo dije. La tecnología es el demonio—Sentenció la mujer.
    Su piel estirada sostenía temblorosa una taza de café. Se arrepintió de sus palabras. A su mente llegó un mensaje en forma de pensamiento. Tenía pocos puntos. Su corazón estaba muy cerca de detenerse.

    —Abuela para — dice el joven. Tiene ¡ los mismos ojos turquesa de la mujer.

    Él sabía que si la dejaba cubrir sus ojos por más de un minuto perdería los puntos y desaparecería.
    Al detenerla, una imagen atravesó su mente. Era una advertencia de lealtad. Esto sumaba o restaba puntos de vida. El joven lo sabía. También sabía cómo evadir el control. Lo había probado dos veces. Tenía miedo de ser descubierto.

    Véllora era la red social creada por alienígenas que ha controlado por varios años el corazón de las personas a través de los pensamientos. Lee la mente, expone los pensamientos entre las personas del entorno. Acumula información diaria. Cuando esta información llega a un nivel máximo de puntos de pensamientos negativos le detienen el corazón a las personas. Así hacen limpieza étnica y reconocen a los que se oponen a la presencia extraterrestre.

    La abuela abre los ojos, detiene los pensamientos negativos. ─Aquí está tu comida ─pone dos pastillas sobre la mesa. Es potolate, el alimento encapsulado, traído a la tierra por los extraterrestres, combina vitaminas, minerales con sabor a comida. Es el alimento que hace que la vida laboral sea más productiva.

    ─Voy al trabajo, no me llames ─el chico abandona la casa.

    La mujer mira por la ventana, el día esta opaco. ─Se acerca Ojoche, lo sabía. Cierra los ojos. Le suena un pito, los puntos disminuyen. Abre los ojos, revisa la pantalla. Un rostro de tres ojos habla: terrícolas, Ojoche está llegando, manténganse en casa, deben tomarse tres pastillas seguidas.
    ─Bendita desgracia, lo que nos faltaba; que Ojoche apareciera, pero si estamos en marzo. Maldito calentamiento que nos dejaron nuestros abuelos ─la mujer saca chaquetas, bufandas, las pone sobre una silla, en la otra pone una blusa y un pantalón corto de franela. ─Estos miserables no dicen si será frío o calor ─grita mirando la pantalla.

    En el laboratorio vigilado por los Sacaberas, un grupo de científicos analiza el fenómeno climático. ─No es tiempo aun ─dice Carson. Es raro, estamos en marzo y los últimos cinco años ha aparecido entre enero y febrero o en junio julio.
    ─Soluciónalo ─dice el alienígena.
    El color de las próximas 24 horas se torna crepuscular, el tono púrpura estará helado, pero podría variar en menos de seis horas al tono gris y ahí podría matarnos de calor. Esto está peor. La epidemia estacional mató a miles de personas el año pasado ─murmura Carson.

    ─Desde que llegaron somos todos esclavos ─dice la abuela. ─Te dije que elimines cualquier pensamiento de ese tipo, te pueden oír ─le habla el joven. Todavía recuerdo como tú y tus padres se dejaron alienar, todos esperando la famosa Véllora, nos engañaron y mira ahora como estamos.
    Abuela la gente pensó que su piel y fisionomía eran parte del show publicitario, las pruebas en vivo con líderes del mundo y gente común nos hice creerles.
    ─Yo siempre lo dije ─se toma la cabeza mientras suena el pito. Todo fue tan rápido, detuvieron al mismo tiempo el corazón de tanta gente durante 1 minuto. Los desplomaron, después los dejaron vivir para demostrar que nos habían engañado y que ahora eran ellos los que mandaban.
    ─¿Y cómo no lo íbamos a aceptar? Cualquiera quería hacer parte de Véllora, no habíamos explorado a fondo la conexión telepática. La gente se volvió loca, era novedad conectar con otros, pero más tener acceso a su psicología ─dice el joven.
    ─Las relaciones humanas parecen más estables y tranquilas, pero en realidad todos nuestros pensamientos y movimientos tienen un patrón, el demonio ─el demonio, dice la abuela.
    ─Calla, te quedan pocos puntos ─dice el chico.
    ─Han ocasionado destrucción, soledad, el planeta está despoblado, han colonizado nuestra mente y corazón, ya no quiero estar más aquí ─una lágrima se le desliza por las arrugas.
    El chico cierra los ojos, simula que piensa, el pito suena, pierde puntos, se arriesga.
    ─Abuela hay un grupo de científicos, se tuvieron que dispersar porque los están siguiendo, han dicho que tenemos lazos mínimos emocionales por eso hemos olvidado nuestro pasado. Dicen que nos han dado un falso pasado para mantener un espejismo filial y humano. El día que recordemos que no estuvimos en esta red, podremos pensar, amar, sentir, tener libre albedrío, con una coacción mínima la red empezaría a perder fuerza. Pero la inconsciencia hace parte de las prácticas y estrategias usadas por ellos para que olvidemos las emociones. Pocos muy pocos somos inmunes a este control ─el pito suena hasta estallar.

    Verde esperanza

    Verde esperanza

    Bienvenidos a un futuro que no deseamos, pero que lamentablemente no es tan lejano como parece. En la ciudad, todos viven por y para su subsistencia, sin detenerse en nada que pueda ser irrelevante. El Sol ya no pinta las calles, los pájaros ya no las llenan de melodías y las pocas frases pronunciadas se pierden en el humo que ciega la visión de aquellos que tampoco se importan por ver.
    Hemos hablado de la ciudad, pero ¿y el campo? Podría deciros que es más de lo mismo, y de hecho se ve afectado por la toxicidad expansiva de ésta, pero la gente que está en contacto con la tierra tiende a un proceso de cambio más gradual. El abuelo Pepito es un hombre aferrado a sus orígenes que aún recuerda oír el gallo en las espléndidas mañanas de acuarela… Ay, ¡los colores! Nunca se dio verdadera cuenta de su importancia hasta que ya no había vuelta atrás: se desvanecieron irremediablemente para dar lugar a la mera gradación del gris. Esos tiempos persisten en su memoria en un último intento inconsciente de recuperarlos.
    Hoy se dirige, bien temprano, al invernadero para regar. Debe llevarse su almanaque, que contiene la escala de grises que le ayuda a determinar cuándo los productos se pueden recoger. Se registra en el portátil del cuartillo y gira la palanca para llenar la balsa, mientras arranca unas malas hierbas de los cultivos.
    - Tendré que poner más feromonas, la tuta se está quedando con todos los tomates – murmura, apesadumbrado -. Hay que ver cómo crecen los yerbajos, aunque hace días que no pongo la lluvia… - mira hacia fuera y se levanta en ver a dos chiquillos que corren hacia él con impetuosidad -. ¡Pero mira quienes viene por ahí!
    - ¡Hola abuelo! – exclama Teo, un muchacho alto, de tez pálida y mirada clara.
    - ¡Abuelo! – y acto seguido recibe un abrazo de Lena, la hermana menor de Teo.
    - ¿Pero ya estás regando? ¡Te dije que te ayudaría! – le recrimina Teo, un poco molesto.
    - Y aún puedes ayudar, acabo de abrir el agua. ¿Te importa ir a la balsa y avisarme cuando se haya llenado, Teo?
    - Está bien – más animado, Teo se pone en marcha.

    En esa parte del invernadero, el silencio se quiebra con el croar de las ranas. Teo no se sorprende de ello porque sabe que, aunque no se dejan ver, las ranas grises son animales comunes en los estanques. Su profesora les explicó que no se ven porque utilizan la mímesis con el entorno para ocultarse de los depredadores. Pero, esta vez, da un brinco.
    - Pero ¿qué es eso? Es una rana… ¡verde! ¡Abuelo! ¡Lena! - Teo no puede creer lo que ven sus ojos. Sus amigos tampoco podrán hacerlo cuando les cuente su descubrimiento, por lo que está sacando el móvil cuando una mano detiene su brazo con firmeza.
    - No lo hagas, Teo. No cortes tan rápido ese tallo de esperanza.
    El abuelo Pepito le está mirando con una seriedad que le hace dejarlo de vuelta en el bolsillo y girarse hacia él. ¿Qué quiere decir con eso?
    - ¡Oh! ¡Qué bonita!
    - Lo es, Lena, es muy bonita. – emocionado, se gira hacia a sus nietos -. Cuando yo tenía vuestra edad, aquí, en esta misma balsa, llegaron a haber hasta diez ranas como ésta. Les gustaba tomar el Sol en unas plataformas que hice con mis abuelitos.
    - ¿El sol? ¿Qué comida es esa?
    - Es la fuente de energía más poderosa que ha existido jamás. Y aún está ahí, oculta sobre esta gruesa capa de polvo con la que hemos cubierto nuestro mundo. Pero todo podría cambiar de nuevo porque si hoy podemos ver una rana verde, fuerte y sana es una buena señal.
    - ¿Vendrán más? – Lena no había estado nunca tan emocionada, sin saber por qué, sentía que estaba viviendo algo mágico.
    - Vamos a hacer todo lo posible para que así sea. Tenemos que creer en ello, ¿de acuerdo, muchachos?
    Se miraron entre ellos y asintieron, notando una vibración en el pecho que parecía despertarlo de un largo sueño.

    Ése fue el inicio de un trabajo trepidante para conseguir salvar a la rana verde. El abuelo Pepito les mostró todo lo que había que hacer para estar en equilibrio con la naturaleza. A pesar del secretismo que inicialmente siguieron, no pudieron evitar comentarlo en casa y en la escuela. De hecho, muy pronto la noticia de la aparición de un llamado “verde” en un huerto cualquiera se extendió. Inmediatamente aparecieron en las noticias, donde el famoso hortelano proporcionó un único mensaje a los ansiosos periodistas:
    - Debemos responder a la llamada de la Tierra. No cometamos los mismos errores y abramos nuestro corazón a la verde esperanza.

    Viajar sin salir del laboratorio

    Viajar sin salir del laboratorio

    Viajar sin salir del laboratorio de microbiología.

    Hay quién habla en estos días, de viajar sin moverse del sillón. En todos estos años, treinta, yo he viajado sin salir del laboratorio de microbiología. Las bacterias han venido a mí y me han contado sus historias.
    Los microbiólogos intentamos establecer comunicación, sin palabras, con las bacterias. Nosotros preguntamos y las bacterias responden, creciendo o no, es su forma de asentir con la cabeza.
    Empezaremos por viajes cortos, no muy lejanos, relacionados en la mayoría de ellos con la alimentación. Una hogaza de pan con sal de las salinas de Levante de Mallorca o Alicante, con sobrasada rojiza de Mallorca acompañada de un de queso semicurado ecológico de Menorca y un vinito del Este de Mallorca, con unas aceitunas de los olivos milenarios de la Sierra Norte de la isla; este menú sería imposible sin la intervención de las bacterias: ni el pan, ni la sobrasada, ni el queso, ni el vino, ni las aceitunas. Hay quién dirá: ¿pero la sal? Incluso en las salinas hay bacterias muy interesantes, que pertenecen al grupo de las llamadas antiguas (Arqueas). Analizamos en el laboratorio qué microorganismos intervenían en la elaboración y la maduración de la sobrasada. El primer problema fue el de diseñar en qué medio íbamos a cultivar estas bacterias, ¡queríamos que ellas nos contestaran! Lo resolvimos usando un extracto de sobrasada colocado en las placas de Petri, así llamamos a las cajas redondas estériles con tapa en las que se cultivan las bacterias y que en este caso su contenido era, lógicamente, rojo. Para seleccionar otras bacterias tenemos estas placas de Petri con medios de crecimiento de distintos colores, azul, verde, color crema, violeta…un arco iris en un laboratorio lleno de tubos, botellas de vidrio y frascos de Erlenmeyer esperando en fila silenciosos, en las poyatas, para ser usados para que puedan crecer nuevas bacterias. Tuvimos que hacer catas de las distintas sobrasadas, con pan desde luego, pero sin vino… ¡eran horas de trabajo! A la vez apuntábamos en la pizarra velleda los números y nombres de microorganismos que habíamos descubierto. El siguiente viaje fue a Barcelona. En este caso las bacterias nos contaron que ellas eran degradadoras de componentes del petróleo, como las bolas de naftalina, que nuestras abuelas colocaban en los armarios para proteger la ropa de las polillas. También estos compuestos son derivados del petróleo y las colocábamos en las placas de Petri boca abajo; en este caso las placas eran blanquecinas y el naftaleno (naftalina) se colocaba en la tapa. ¡Ya teníamos bacterias degradadoras de hidrocarburos!
    Galicia fue otro enclave a estudiar por tristes razones ecológicas. Se hundió un barco petrolero, el Prestige, y vertió petróleo al mar, que llegó a las costas gallegas tiñendo sus playas de negro. También encontramos nuevas bacterias y les pusimos los nombres de: Pseudomonas aestusnigri (aestus, marea y nigri marea) o Pseudomonas gallaeciensis.
    En Mallorca no hay ríos, así que tuvimos que buscar un rio, el rio Woluve, en Bélgica. llí aparecieron bacterias como Pseudomonas simiae, aislada originalmente como su nombre indica de un simio, pero ahora también presente en un rio. De ahí, a un rio más grande, el Danubio, de 2.800 km, atraviesa nueve países. Varios estudios se han realizado con buques de un consorcio de todos estos países, equipados de laboratorios sofisticados para analizar al momento sus aguas. Nosotros, solo vimos las bacterias y descubrimos que todavía quedan muchas de ellas sin nombre.
    El siguiente viaje fue por mar, desde el mar Caspio hasta Túnez. Un mar de dorados, de vergeles de naranjas, que hay que mimar, y dónde bacterias patógenas pueden perjudicar su producción. Dimos nombres a varias nuevas especies de bacterias, Pseudomonas caspiana, como no podía ser de otra manera, o Pseudomonas nabeulensis y Pseudomonas kairouanensis, ambas de zonas de Túnez.
    El viaje más lejano fue a la Antártida, hay que llegar al punto más meridional, del globo, Usuaya (Argentina) y el buque oceanográfico “El Hespérides”, recogía allí a los científicos y los llevaba a la base española en la Antártida. Las salas del buque estaban repletas de ordenadores para almacenar miles y miles de datos. Los microbiólogos recogían muestras, las cuáles tras un largo viaje, no exento de peligros, llegaban a nuestro laboratorio.
    Todas estas bacterias, de sobrasadas, naranjas, ríos y mares; duermen ahora en nuestro laboratorio, en congeladores a menos 80ºC, y yo las cuido, esperando seguir preguntándoles por sus viajes para continuar viajando con ellas.

    Vidas interesantes

    Vidas interesantes

    Los rayos del tímido sol berlinés se colaron por la ventana, despertándome perezosamente. Me atusé los bigotes y me dispuse a inspeccionar los alrededores en los que me había tocado vivir mi siguiente vida.
    Ser un gato no es tarea fácil. Tienes que aguantar a amos un tanto extraños. Aún recuerdo a aquel suizo, obsesionado en encontrar un paseo en la ciudad de Königsberg que pasara por todos sus puentes, recorriendo una vez cada uno y volviendo al punto inicial. ¡Pero si era algo que hacía todos los días en mis paseos matutinos! Qué bien que al final resolvió el problema sin mi ayuda y, ya de paso, desarrolló la teoría de grafos.
    No obstante, a veces intentas ayudarlos y te lo agradecen a escobazos. El bueno de Charles se enfadó muchísimo cuando ordené sus pinzones. Eran de un viaje que hizo en barco cuando era joven. Había recolectado cientos de ejemplares y se pasaba largas horas observado sus similitudes. Yo junté los pinzones por el tamaño del pico, aunque creyó que me los quería comer… Afortunadamente se percató de las diferencias en los picos y fue mucho más allá, deduciendo que eran debidas a una diversificación por selección natural. Es decir, solo los pinzones con los picos adecuados a la comida disponible sobrevivirían y tendrían unos sabrosos polluelos con sus mismos picos heredados.
    En fin… espero que con mi nuevo amo tenga más suerte, y me valore como una gran fuente de inspiración. Sí, tengo la corazonada de voy a hacer grandes cosas con el señor Schrödinger.

    VIRIÓN

    VIRIÓN

    Ciento veinte nanómetros.
    Diez elevado a la menos nueve metros de envoltura esférica de lípidos alrededor de una cápside nuclear con genoma no segmentado de ácido ribonucleico en su interior. Todo ello coronado por espículas proteicas a modo de tentáculos. Más pequeño que una célula, poco más grande que un anticuerpo y altamente infeccioso.
    Un monstruo. Escila. Caribdis. El enemigo.

    Eso piensa mientras observa los dos tubos gemelos de cristal sobre la gradilla de ensayo que tiene frente a sí, con suero preparado en su interior. No se da cuenta, pero levanta el talón del pie derecho sobre la puntera y la rodilla correspondiente titila arriba y abajo en reflejo parasimpático. Le tiembla el pulso y todas las moléculas de su cuerpo parecen querer descomponerse de golpe. La mascarilla le asfixia, el gorro de laboratorio le produce hormigueos, como si cientos de dedos indecentes le hurgaran el cabello. Los guantes... jamás unos guantes de nitrilo esterilizado hicieron sentirse tan torpe. Se pone en pie, cierra los ojos, respira hondo y los vuelve a abrir. Es por ellos, piensa, y coge la pipeta que en ese momento pesa como si estuviera hecha de iridio. Carga una dosis adecuada de líquido azulado contenido en un matraz y descarga tres gotas que refulgen fugazmente al viajar, obedientes a la gravedad, hasta entregarse en el suero transparente dentro de cada uno de los tubos de ensayo.

    Espera. Aguanta la respiración.

    Apacigua su desasosiego repasando la prueba mentalmente. Está utilizando controles: dos condiciones para el mismo experimento. En el tubo de la izquierda, cultivo de células pulmonares sanas. En el de la derecha, infectadas. Si precipitan en la disolución de la derecha cúmulos de material orgánico aglutinado que se van al fondo como reacción a los anticuerpos que acaba de liberar en forma de esperanzadoras gotas: éxito.
    Si no...

    Nada. Los anticuerpos no parecen estar actuando. Maldita sea.
    El agotamiento y la desesperanza abren una brecha desoladora en su interior. No recuerda a qué hora de qué día entró en el laboratorio y el sueño ya le está pasando factura a sus conexiones sinápticas.

    En algún lugar de su cabeza escucha aplausos. Suenan amortiguados entre aullidos de sirenas. Quizá vengan de la calle. ¿Son ya las ocho? No puede razonar con claridad pero el cálido resonar de palmas arropado en cantos de sirena le devuelven la lucidez y, con un renovado fervor que no estaba ahí hace un momento, pergeña una idea que deshace su bloqueo mental con dos palabras que libera en voz alta haciéndolas chocar violentamente contra la cara interior de su mascarilla: centrífuga angular.

    Va a utilizar la máquina centrifugadora. El anticuerpo tiene que ser el adecuado. Ha funcionado durante el estudio previo, con magníficos resultados en la fase de exploración, resultando ser el más prometedor para el antígeno contra el que va dirigido. La etapa pre-clínica, con pruebas en animales y ensayos en tejidos, también está resultando esperanzadora y sólo resta por validar los resultados para pasar cuanto antes a los ensayos clínicos, directamente a la fase III. Hay que encontrar ya el compuesto adecuado para inyectar a la población.

    Recoge con cuidado -los temblores han desaparecido; gracias, aplausos- los tubos de ensayo, los tapona y coloca enfrentados en el centro de la centrifugadora. Acciona la máquina que zumba con zetas sibilantes mientras gira enloquecida a toda velocidad hasta que pierde el enfoque de los tubos, que se perciben ahora como halos centrífugos. Durante ese torbellino hipnótico piensa en los anticuerpos que acaba de introducir con la pipeta como pequeños guerreros de torso apolíneo en forma de «i» griega, inmunoglobulinas poderosas que harán su trabajo de soldado especializado sin rechistar, sacrificándose como lo hacen los auténticos héroes. Química molecular nanométrica. Un verdadero cosmos en el interior de cada célula. Una verdadera contradicción de escala. Parece mentira, dice para sí, que seamos tanto y tan poco al mismo tiempo.

    La centrífuga angular se detiene.

    Saca los dos tubos mientras aprieta los dientes y ve que uno de ellos aglutina una pequeña turbiedad, un depósito sólido que se desliga del líquido y se hunde en el tubo hasta encontrar el fondo. Entonces sonríe. Es la primera vez en semanas.

    Extrae con precisión de cirujano el depósito sólido que la centrifugadora le acaba de regalar, lo extiende sobre una placa de vidrio y corre con la muestra a la sala oscura, un mundo negro de desconcertante luz ultravioleta. Allí coloca la muestra en el microscopio, enfoca y observa. Un iris casi inexistente rodea su pupila inmensa que, henchida de ciencia, percibe el esperado brillo fluorescente del grupo químico que ha insertado previamente en el anticuerpo para identificarlo y verificar su validez.

    - Ahí estás, fluoróforo bendito -dice- Funciona. Tendremos vacuna.

    Y entonces se percata, no sabe desde cuándo, de que está llorando.

    Y

    Y

    Medio millón de células por muestra y trescientos microlitros de una solución de ioduro de propidio, ARNasa 10 y tampón fosfato. Y una ventana. Sabe que durante las incubaciones largas –y esta lo es- debería aprovechar para realizar algo de provecho, leer un artículo, planear futuros experimentos o empezar algún otro procedimiento; pero últimamente cuando queda rezagado en el laboratorio, bien avanzada la tarde, la imagen de aquel ventanal sobre la calle Relator acude precisa y persistente a su memoria sin que nada pueda hacer para evitarlo. Allí solían sentarse juntos a tomar una copa y charlar durante las agradables noches primaverales de Sevilla. Y allí fue, concretamente, donde comenzó a dibujarse su nueva realidad. Para una secretaria judicial, sus conocimientos sobre las leyes españolas de poco o nada servirían en Estocolmo, para un investigador recién doctorado, las posibilidades de continuar con su carrera en aquella ciudad que consideraba su casa aparentaban ser, cuanto menos, escasas. Y siente una punzada de envidia sincera hacia sus colegas septentrionales, que no se ven, necesariamente, empujados a enfrentarse a ese tipo de disyuntivas.

    Recientemente, ha empezado a pensar que, comparados con los cometidos en otros ámbitos de la vida, los errores durante la investigación científica resultan bastante asequibles. Con las condiciones experimentales controladas basta con identificar la variable incorrecta, modificarla y repetir el experimento. Ensayo y error. Pero una vez traspasada la puerta del laboratorio, muchas veces, el ensayo no existe y sólo queda el error. Es entonces cuando recuerda los rudimentarios conocimientos de física que había adquirido durante su etapa universitaria y desea poder regirse por leyes similares a aquellas que les son impuestas a las partículas subatómicas. Piensa en el experimento de Young, que mostraba cómo una partícula podía comportarse al unísono como onda y como corpúsculo y cree recordar haber leído una paradójica interpretación del mismo –el nombre de Richard Feynman resuena en su cabeza pero el olvido es, sin duda, más fuerte que la memoria- en el que un solo fotón podría recorrer dos caminos simultáneamente. Piensa también en el gato de Schrödinger que está, siempre que la caja permanezca cerrada, vivo y muerto a un mismo tiempo. Y fantasea ser como esos fotones, como ese gato. Poder ser una cosa y la contraria, poder seguir un camino sin aniquilar el opuesto. En contraposición a su limitada historia lineal, como una vía de tren, querría que su vida pudiera divergir con la exuberancia de las ramas de un árbol tropical y poder así, vivir todas las vidas en una. Pero la originalidad es un don escaso y naturalmente esa vida –como tantas de sus ideas inconscientemente apropiadas- ya fue concebida por alguien con un ingenio superior. Recuerda que Borges imaginó una vez un libro absoluto, una novela que es la vez un laberinto, una suerte de universos paralelos al que llamó el jardín de senderos que se bifurcan. Ts’ui Pên fue su enloquecido autor, Fang el dichoso protagonista. En cada decisión de Fang, todas las posibilidades son exploradas, en cada bifurcación, todos los caminos son recorridos por su cuántico protagonista. No sería desacertado considerar que en esa existencia quien se ausenta es error ante el aplastante dominio del ensayo.

    Bajo la reveladora luz del laboratorio, mientras un puñado de células aguardan para su evaluación, considera si la física permitirá, ciertamente, la presencia de esos universos paralelos. Piensa en mundos infinitos que nacen en cada encrucijada, que crecen, se desarrollan y colisionan para acabar muriendo cuando sus destinos se cruzan de nuevo. No pretende volver atrás en el tiempo, sabe que ninguna física permite desandar los caminos recorridos. No pretende, siquiera, cambiar aquella decisión que determinara su realidad porque sueña que en algún plano de la existencia, él mismo ha tomado una resolución distinta inclinándose hacia el sendero antagónico que conduce de nuevo al sevillano ventanal de sus recuerdos. Quizá allí su única relación con la ciencia sea escribir un breve relato para matar el tiempo durante una cuarentena y participar en un concurso organizado por alguna agencia gubernamental. Pero en ese sendero, cuando aburrido y confuso por divagar sobre temas que no alcanza a comprender su compañera de viaje le llame, él se sentará a compartir con ella una copa y un beso frente a una ventana por la que se desliza, furtivo pero grato, el aroma de los naranjos de la calle.

    En ese instante el pitido electrónico y obstinado del temporizador le trae de nuevo a la poyata de trabajo para avisarle que es hora de pasar las células por el citómetro. Como no podía ser de otra manera, ha cometido un error. Pero desandar esta senda es sencillo y no hay ley que lo impida. Sabe qué debe cambiar y sabe cómo repetir el experimento para acertar. Ensayo y error.

    Y en un momento...

    Y en un momento...

    Era una tarde de verano próxima al solsticio, así que debido a la posición de la Tierra respecto al Sol, los días eran largos y las noches cortas. Estaba tranquilamente leyendo en la playa y se me había pasado el tiempo sin apenas darme cuenta, cuando advertí que la intensidad de la luz había disminuido. El Sol empezaba a ponerse, los colores, azul, rojo, amarillo, púrpura… inundaban el cielo.
    Me quedé hipnotizada admirando la belleza de la naturaleza y no advertí que un chico se había acercado hasta mi toalla e intentaba iniciar una conversación.
    - Cada día se pone el Sol y cada día podemos admirar la gama de colores que se van alternando por la dispersión de la luz, sin cansarnos jamás de admirarlos.
    Su reflexión llamó mi atención y consentí en seguir la conversación. Me dijo que se llamaba Alejandro y que era fotógrafo. La verdad era que la fotografía era un arte que siempre me había llamado la atención pero al que nunca le había dedicado el tiempo necesario para llegar a hacer buenas fotografías. Me estuvo explicando la función de los distintos objetivos que llevaba, como graduar la intensidad de la luz o donde enfocar para obtener una buena instantánea. Nos reímos haciendo algunas fotografías, pero la puesta de sol llegaba a su fin y ya había poca claridad, así que me dispuse a recoger mis cosas para regresar a casa. Él hizo lo mismo, pero antes de salir de la arena me propuso ir a tomar algo a un bar-restaurante que había a pie de playa. Dudé. Era un jueves noche y al día siguiente el despertador no perdonaría. Pero, terminé cediendo ante su insistencia.
    Andando nos acercamos al restaurante y así se fue desprendiendo la arena de nuestros pies. Al llegar, la mayoría de las mesas estaban ocupadas, pero el camarero nos encontró una libre en la terraza adornada con guirnaldas de luces blancas. La brisa marina nocturna refrescaba el ambiente y necesité colocarme el pareo de playa a modo de chal. Pedimos un vino blanco. Lo degustamos antes de que nos llenaran las copas hasta aproximadamente un tercio de su capacidad. Hicimos girar las copas para que se liberaran los ésteres que aportan los diferentes aromas, observamos que era un vino limpio y pálido, correspondiente a un vino joven y vimos como caían las lágrimas del vino por los cristales de la copa reflejando su importante contenido alcohólico. Una vez culminado el ritual fuimos conscientes de que dicho vino sin acompañamiento nos llevaría fácilmente a un estado de embriaguez. Para acompañarlo pedimos un pescado a la plancha con su guarnición. Era curioso el cambio de sabor y textura que experimentaba el pescado al cocinarlo. Sus células sufrían un cambio químico que le aportaba un sabor diferente en función del tiempo de cocción o del aliño usado. El pescado venía acompañado de una mezcla heterogénea de distintas verduras que desprendían un agradable olor. Pero para una golosa como yo, lo mejor estaba por llegar. El postre. Un coulant de chocolate que al partirlo dejaba caer el chocolate fundido de su interior. Siempre me he preguntado como consiguen cocer el bizcocho esponjoso y que el chocolate se mantenga fluido en su interior.
    La cena transcurrió tranquilamente, estuvimos hablando de un montón de cosas y se dejaba entrever una cierta conexión entre nosotros. Al poco rato, el vino hizo su efecto y provocó que la temperatura del ambiente fuera en aumento, que las palabras salieran por nuestros labios sin poder evitarlas, que el corazón bombeara a mayor velocidad y se acelerada la circulación sanguínea. Nos sentimos desconectados de nuestro entorno, únicamente uno pendiente del otro. Un momento feliz. Pero como todo en esta vida es efímero, en unos instantes volvimos a la realidad. Ya era más de medianoche y nos quedaba un camino por recorrer hasta nuestros coches. Salimos del restaurante y empezamos a andar.
    Poco antes de llegar a nuestros vehículos el teléfono de Alejandro sonó. Empezó a realizar una serie de preguntas: ¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien? ¿Dónde estáis?.... Alejandro se alteró. Me dio un beso furtivo en la mejilla a modo de despedida y se marcho rápidamente hacia su coche. En dos minutos había desaparecido.
    Me quedé algo aturdida, intentado recapitular todos los acontecimientos que habían ocurrido aquella tarde y advertí que sería muy difícil volver a tener noticias de Alejandro. En la era de las nuevas tecnologías, no habíamos compartido ni nuestros números de teléfonos, ni facebooks ni instagrams. Así que solo quedaba la posibilidad de volver a coincidir al observar una nueva puesta de sol en aquella preciosa playa. Habría que esperar que el azar nos volviera a hacer coincidir en un lugar y momento concreto. Aún tenía cabida algún instante realmente romántico en una sociedad virtualizada y frenética.

    Z

    Z

    Eso parecía hielo. ZBW – 17301 estaba aterrado. Obviamente ese no era su verdadero nombre, pero es la traducción más cercana a nuestro idioma. Para entendernos, podemos llamarlo tan solo Z. Él jamás había visto el hielo fuera de los laboratorios de la nave. Sin embargo, la apacible temperatura media de 132,2 ºC a la que estaba acostumbrado contrastaba con los -17 ºC que marcaba su termómetro. La apariencia de este nuevo planeta era desoladora.

    Era increíble que los más sabios de su civilización hubiesen podido descifrar aquel extraño mensaje del Pioneer 10. De eso hacía ya millones de años. Z había nacido en la nave, y podía sentirse afortunado. Tal y como decía su abuelo, tras 4728 generaciones de viaje, ellos podrían llegar a ver a aquellas criaturas cuya superior inteligencia ayudaría a salvar su planeta, situado en la órbita de Al Thalimain Prior. Sin embargo, allí no había señal alguna de vida, ni menos de aquellos gigantes; él tan solo medía 5 cm de altura. Estaba frustrado y molesto, se desplazaba con dificultad, quizás porque estaba acostumbrado a una gravedad de tan solo 2,72 m.s^-2.

    DWB – 00558 en cambio chillaba de júbilo, aunque eso no podía considerarse chillar, un sonido como ese jamás se había oído antes en la Tierra. Allí, entre los escombros y el hielo, reinaba la soledad. Z notaba un profundo frío en el interior de su cuerpo, pero no provenía del exterior, su traje mantenía su cuerpo a 132,2 ºC casi exactos. Él nunca había sentido la tristeza, ni la felicidad, de hecho nunca había sentido nada, porque su especie no había desarrollado lo que conocemos como “sentimientos”, pero ese momento fue en el que más cerca estuvo jamás de experimentarlos. Todos a su alrededor murmuraban, sin duda, este era el planeta… pero, no era lo que esperaban.

    Z pensaba, sin parar de mirar la representación de aquella legendaria placa. Estaba seguro de que si aquellos seres pudieron hacerles llegar un mensaje, tenían que haber dejado aquí algún otro. De pronto lo vislumbró. En la placa se encontraba representado el cambio de espín del electrón del átomo de hidrógeno, de paralelo a anti-paralelo, con una emisión de 21 cm de longitud de onda. ¡Eso significaba que aquellas criaturas conocían las ondas! De pronto echó a correr hacia la nave, buscaba su receptor de radio. Tras horas intentándolo, finalmente detectó un ruido, estaba cercano a la frecuencia de 42 MHz. Trató de aclarar el sonido, y prestaron atención. Pudieron escuchar lo siguiente:

    “Nosotros somos los inmortales,
    los que sentimos el anhelo febril de la vida,
    pero aunque se lo advertimos,
    nunca llegó a importarles,
    que en la vida no hay motivo,
    más que la propia vida,
    y el que otro significado busca,
    solo consigue dolorosa miseria.

    La humanidad con sus ambiciones,
    con sus quimeras y sus crímenes,
    toda ella de pronto se derrumbó,
    los científicos dijeron que se debilitó la AMOC,
    y el planeta entero se congeló.

    Nosotros existimos,
    o quizás solo hemos existido,
    y al igual que quien esto escucha,
    nacimos y morimos por ningún motivo,
    pero hubo y habrán momentos de belleza,
    en los que la vida voluptuosamente rebosa.

    Y en esa belleza está la incertidumbre.
    ¿Aún vivimos?
    Este sonido prueba que existimos,
    y al tiempo nadie sabe dónde está nuestro ser,
    es un bonito poema de Heisenberg.”

    En ese punto, la grabación volvía a empezar, repitiéndose infinitamente. Z miraba como hipnotizado, junto al resto de la tripulación a la Luna, que brillaba esplendorosa. Ninguno entendía palabra alguna, probablemente nunca llegarían a entenderla, pero su musicalidad resonaba eterna. Permanecieron así mucho tiempo, nadie decía nada. Era indescriptible, no podría expresarlo, pero Z se sentía profundamente solo. Lo que él no sabía es que todos los demás, también.
    JOVEN

    ¡ADIOS CIENCIA, ADIOS!

    ¡ADIOS CIENCIA, ADIOS!

    Sí, me arrepiento, me arrepiento mucho de lo que hice, todo fue un error, miles de personas están muertas por mi culpa.

    Mi nombre es Luke, y aspiraba a ser el mayor científico jamás conocido.

    Todo empezó el día que quise saber qué había después de la muerte, pasé años investigándolo y los resultados no eran buenos, no nos vamos a engañar, pero yo seguía intentándolo, nunca me rendí, lo que podría haber sido una buena opción teniendo en cuenta lo que pasó.

    Al fin hallé los resultados, iba a exponerlos en una multitudinaria feria científica. La noche anterior, oí a alguien entrar en mi casa, no me moví, el miedo me lo impedía, estaba paralizado. Vi su silueta pasar por delante de mi habitación. La puerta hizo un ruido seco al cerrarse, el intruso había abandonado la casa, y yo caí dormido en cuestión de segundos.

    A la mañana siguiente me levanté cauteloso, observando cada rincón de la casa en busca de algo sospechoso. Llegué al estudio y se me cayó el alma a los pies, se habían llevado todas mis investigaciones sobre la muerte.

    En ese momento me hubiera convenido relajarme, pero no fue así. La ira se apoderó de mí y llegó a mi mente la “maravillosa” idea de apropiarme de una de las investigaciones más importantes jamás redactadas, la ley de la gravedad. No iba a ser tarea fácil, ya que la gente no iba a creer que había sido yo el que había descubierto la gravedad cuando siempre había sido el famoso Newton y su dichosa manzanita.

    Sólo quedaba una opción, ir directamente a por Newton, sí, está muerto, pero yo descubrí una forma de ir a visitarle. Construir una cápsula en la cual se invertía el espacio-tiempo viajando así al pasado.

    Después de días de trabajo para construir la cápsula, llegué a la época de Newton, y la verdad, no fue difícil apropiarme de su teoría. Esperé día y noche a que se sentara debajo del árbol y justo cuando caía la manzanita... ¡ZAS! La atrapé al vuelo y a Newton ni se le pasó por la cabeza la fuerza de la gravedad, volvería al presente, la redactaría con sus correspondientes datos y subiría algún puesto en el “estatus” científico.

    Sinceramente hubiera sido bastante para lo que quería conseguir, pero no me conformé, iba a apropiarme de más teorías.

    Empecé por un grande, Galileo, me apropié de un martillo y destrocé su juguetito. Ganimedes Calisto o los anillos de Saturno entre otras aportaciones de este científico... ¡Serían aportaciones mías!

    Ya me imaginaba mi nombre en los periódicos, “Luke, el gran científico”. Las aportaciones que había robado hasta el momento no eran suficientes, mi tremendo egocentrismo requería más poder.

    Le tocó a Marie Curie, no se imaginaba que se iba a comer su propio descubrimiento, “aliñé” su ensalada con una vinagreta de radio y una pizca de polonio rallado, lo hice por su bien... Esas verduras estaban muy sosas.

    La última de mis víctimas fue Charles Darwin, al que con mucho gusto metí conmigo en la cápsula del tiempo y lo abandoné en la prehistoria, pero de nuevo , lo hice por su bien, así podría probar allí mismo su teoría de la evolución, podría incluso encontrar a nuestros antepasados.

    En cuanto volviera al presente sería el científico más famoso de todos los tiempos, lo que me emocionaba considerablemente, pero en contra de mis ideas no fue así. Salí de la cápsula y me encontré una ciudad totalmente derruida, parecía una guerra. Segundos después me pasó una bala por delante y quité de mi cabeza la palabra parece y la sustituí por es, es una guerra.

    Corrí a cobijarme al edificio más cercano, donde me encontré a un hombre que me explicó lo que pasaba. Rusia y China estaban en guerra por su diferente opinión sobre ¿de dónde venimos? EE.UU y Japón entablaban otra guerra por su diferente teoría de la imantidad (más tarde descubrí que se refería a la gravedad). Francia y Reino Unido disputaban otra guerra, ya que no opinaban igual en si había más planetas o no.

    Todo empezó a cuadrar, había sido mi culpa, había eliminado de la historia los descubrimientos y ahora nadie estaba de acuerdo. Aquel era el momento de colgar la bata y dejar los instrumentos de laboratorio. Mi egocentrismo me había llevado por el mal camino, todo eso había sido culpa mía, me costó admitirlo, pero, aunque mi cuerpo y mi mente perdurarán por años, mi ansia científica se esfumó en pocos segundos. Aprendí una gran lección, la ciencia no es un juguete, no influye solamente en la reputación del científico, sino que puede llegar a generar conflictos. La ciencia es más importante de lo que pensaba, la ciencia no es solamente ciencia, sino que es mucho más.

    ¿Buscando a Nemo?

    ¿Buscando a Nemo?

    Ya ha vuelto a sonar el timbre, otra vez a clase, el recreo ya ha terminado. No nos apetece nada, ni siquiera nos ha dado tiempo de comernos el bocadillo.
    - ¿Alguien sabe lo que toca?, pregunté con desgana.
    - Creo que biología con Miguel, especuló Sonia.
    - No os preocupéis, hoy toca documental, añadió Lucas.
    Una vez sentados y en silencio, el profesor se dispuso a encender el ordenador y como de costumbre no supo arrancarlo, ¡otra vez me pidió ayuda a mí! Por fin, pudimos ponerlo en marcha y conseguí ver el nombre del documental, “Buscando a Nemo”. Nada más leerlo me sorprendí e informé al resto de la clase. Se trataba de una película infantil, las quejas y reclamaciones no tardaron en llegar.
    Al cabo de un rato observamos que no se correspondía a la película de nuestra infancia, sino a un simple documental, que no parecía muy interesante.
    - Venga, Darwin, ¡te reto a una carrera!, exclamó Nemo.
    - Pero, nos han dicho que no podíamos movernos de la anémona, sino los depredadores podrían comernos, dijo Darwin
    - ¿Eres un gallina?, insinuó el pez con tono burlón.
    - Pero… ¿qué es exactamente una gallina?, respondió enojado su amigo.
    - La verdad no lo sé, a lo mejor me he inventado una palabra sin darme cuenta. ¿Entonces, aceptas el reto?, insistió Nemo
    - Trato hecho, quien pierda le cede la cena al otro, aceptó Darwin.
    - ¡Bien he ganado!, ¡soy el pez más rápido de todo el Pacífico!, ¿dónde estás Darwin?, ¿todavía vas por el arrecife?
    Nemo no encontraba a su amigo por ningún lado, estaba empezando a asustarse, ya era muy tarde, era casi la hora de la cena y Darwin seguía sin aparecer. El pez payaso sin saber muy bien cómo actuar decidió volver a casa en busca de ayuda. Allí, tan solo se encontró con la anémona, ya que sus padres y familiares se encontraban de viaje por los mares tropicales.
    La vieja anémona muy enfadada le replicó:
    - ¿Por qué os habéis escapado?
    - Era solo una carrera, ha sido idea mía, yo tengo la culpa, respondió Nemo avergonzado.
    - La cuestión no es hallar un culpable, sino aprender de los errores que cometemos y sobre todo saber que nuestros actos tienen consecuencias, por lo que debemos pensar antes de actuar.
    - ¿Y qué puedo hacer para encontrarle? Tan solo soy un joven pez, ¡me encantaría poder tener superpoderes para así ayudar a los demás!
    - Escucha, Nemo, todos tenemos algo especial que nos hace diferentes del resto, ¿por qué crees que tu familia vive conmigo? Verás vosotros atraéis a grandes peces, los cuales gracias a mi veneno consiguen alimentarme que a su vez os alimentan a vosotros, de tal manera que yo a cambio os protejo de dichos peces. ¿Lo ves?, todo se basa en una relación mutuamente beneficiosa para ambos.
    - Creo que lo entiendo, asintió Nemo.
    Tras esta profunda reflexión, ambos se dispusieron a la búsqueda de su amigo. Gracias a la sabiduría de la anemona y a la vitalidad del joven pez, lograron hallar al pequeño Darwin, el cual debido a la oscuridad del océano había perdido su orientación.

    ¿Para que iba a querer nada más?

    ¿Para que iba a querer nada más?

    8 de abril. Hoy hace 1 año desde que murió. Mi madre me dijo que se había ido al cielo, mi padre que en realidad se había suicidado. Yo no les creí a ninguno. Mi abuela no era la célula más alegre del mundo, pero era feliz, y aunque fuera ya muy mayor no podía haberse ido sin despedirse de mí. Busqué en Internet y me costó un tiempo aceptar que al final mi padre tenía razón. Sin embargo, al contrario de lo que yo creía, que las células se suiciden es algo normal en organismos pluricelulares como en el que estoy (por muy raro que suene) y se le llama apoptosis. Se tuvo que ir, pero no porque ella quisiera, sino porque era innecesaria en este cuerpo en el que vivo. Nuevas células habían de generarse para asegurarnos de que funcionara bien. Además, leí que cada muerte estaba programada, por eso creo que no se despidió.

    Pienso mucho en ella, pero hoy más. No paro de acordarme de las miles de tardes que pasábamos juntas, en las que me contaba cientos de historias. Como cuando me habló sobre su única y mejor amiga (Lily), que era sexual (no como nosotras, que somos somáticas) y, aunque no tenía ni idea de qué significaba ser sexual, lo que más me sorprendió fue que solo hubiera tenido una amiga en toda su vida. Al fin y al cabo, yo era todavía pequeña y pensaba que todos mis compañeros de clase iban a ser mis amigos para siempre.

    Aún así, tenía curiosidad y le pregunté sobre su amiga, sobre las células sexuales.

    -En el fondo no son tan diferentes a nosotras, me dijo. Cuando nacen, empieza su interfase, crecen, duplican su ADN y se convierten en adultas. En la mitosis (lo que ellas llaman meiosis) su ADN se divide, y su citoplasma se separa para formar células hijas.

    -Entonces, ¿por qué no se llaman como nosotras? ¿Y qué es la mitosis? ¿Y por qué solo tenías una amiga?

    Me acuerdo de que se rió y me dijo que le hacía demasiadas preguntas, pero yo sé que en el fondo le gustaba que me interesara tanto por ella.

    -Tú todavía eres pequeña Mel –me dijo- Estás en la interfase, creciendo y duplicando tu ADN. Pero cuando seas mayor y comiences tu mitosis pasarás por 4 etapas muy importantes. En la profase, tu material genético se condensará para formar cromosomas, tus centriolos se desplazarán hacia los extremos y tu membrana nuclear se desintegrará. En la metafase, los cromosomas se colocarán en el centro y se formará el huso acromático, uniéndolos con los centriolos. En la anafase se romperán, y cada cromátida se desplazará hacia un lado de la célula y, finalmente, en la telofase, los cromosomas se descondensarán, se volverá a formar la membrana nuclear y el citoplasma se dividirá. Cuando todo esto acabe, acabarás teniendo 2 hijas con la misma cantidad de material genético que tú.

    -Madre mía, no he entendido casi nada- le dije.

    -Es normal, eres muy pequeña todavía.

    -Pero abuela, todavía no me has dicho por qué tu amiga era diferente, ni por qué no tuviste más.

    -No tuve más porque no lo necesitaba, Mel. Ella estaba siempre para mí cuando me sentía sola, y yo para ella, y nos hacíamos reír muchísimo. ¿Para qué iba a querer nada más? Además, era diferente porque las células sexuales en su meiosis tienen 2 fases. En la primera, en la metafase se produce un sobrecruzamiento y en la anafase, en vez de las cromátidas, se separan los cromosomas homólogos. En la segunda, en la anafase sus cromátidas se separan y a partir de ahí es igual que una mitosis nuestra. Pero lo que más les diferencia es que en vez de 2 hijas, tienen 4, y cada una con la mitad de material genético.

    Yo no entendía nada de lo que me estaba diciendo, esos procesos tan raros me parecieron demasiado difíciles para una célula tan pequeña. Pero me quedé con la primera parte, en la que me habló de su amistad con Lily. Aprendí muchas cosas ese día, como que lo más importante de tener una amiga es hacerse reír, pero también estar cuando se necesita llorar. O también decidí que no quería tener hijos si iba a tener que pasar por tantas cosas, y aunque ahora estamos dando algo de lo que me explicaba en clase y me parece un poco más fácil, ya veré.

    Mi abuela no paraba de enseñarme cosas nuevas, que en ese entonces no comprendía bien, pero que tantas veces me ayudan ahora. Le echo mucho de menos, pero hoy más. Otro día seguiré escribiendo, he quedado con mis amigas, que no son muchas, pero me divierto mucho con ellas.

    ¿Para qué iba a querer nada más?

    ¿PASADO O PRESENTE?

    ¿PASADO O PRESENTE?


    La última vez que se le recuerda con vida fue en la década de 1680. Pero, ese día , ese 10 de octubre de 2007, lo cambiaría todo.

    Yo, como siempre, me dirigía al trabajo cuando recibí una llamada de mi jefa. Su tono de voz no era el común. Se podía percibir su urgencia al hablar.
    En cuanto me colgó, pisé el acelerador del coche como nunca antes lo había hecho. Una sensación de impaciencia y nerviosismo recorría mi cuerpo. No podía ser cierto.

    Al llegar, encontré a todos mis compañeros agrupados alrededor de algo. Se podían distinguir sus voces asombradas: “wow”, “¡cómo es posible, mira quéperfección!”.
    Me acerqué con cautela y mis ojos no podían creerse aquello que estaba viendo:
    un esqueleto de dodo perfectamente conservado, simplemente inverosímil.

    A la mañana siguiente volví con todo mi material y preparado para dar todo .
    Lo primero que hice fue coger uno de los huesos y me quedé atónito mirándolo.
    Las epífisis se encontraban intactas; la diáfisis, levemente desgastada. Pero, a pesar de ello, seguía estando perfecta.
    Agarré otro hueso, el cual se encontraba partido en dos, y lo observé lentamente. Toda esa estructura, toda esa perfecta estructura.
    De repente, sentí una mirada. Era mi mejor amigo, Andy. Nada más ver su cara, ya sabía lo que me quería decir. Yo asentí sonriente y volví a concentrarme en aquella estructura.

    Ya había pasado una semana desde aquel descubrimiento y en el laboratorio habíamos hecho muchos progresos, las piezas del esqueleto empezaban a encajar.
    No sé en qué momento se me encendió la bombilla y decidí coger una muestra de ADN. .
    “Para qué reconstruirlo si podemos traerlo de vuelta a la vida”, pensé.

    Andy decidió ayudarme y entre los dos conseguimos hacer grandes avances.

    Al cabo de dos meses encontramos la manera de traer ese dodo de vuelta a la vida. Creo que estás pensando lo mismo que yo: alucinante, ¿no?
    Era pulsar un botón y podríamos cambiar el mundo para siempre. Si traíamos de vuelta a este animal, quién diría que no lo podríamos hacer con otro o incluso con un ser humano.

    Impaciente y a la vez nervioso, me acerqué a pulsar ese botón plateado brillante.
    Cuando estaba a menos de un centímetro de él, Andy me agarró la mano y me miró seriamente. No sabía lo que estaba haciendo.
    con sus ojos fijos en los míos. Me dijo:

    --¿Crees que estamos haciendo lo correcto?
    --¿A qué te refieres con eso? --respondí todavía temblando por el momento que iba a suceder en un segundo.
    --¿Si traemos de vuelta a la vida a este animal, qué más se podrá traer? ¿No ves que…?

    Antes de que pudiese terminar la frase, ya me había lanzado a pulsar el botón.




    Se escucharon ruidos de máquinas funcionando, y al pasar los 10 minutos, un silencio escalofriante llenó la sala.
    Andy y yo nos acercamos al pequeño cilindro, que anteriormente se encontraba vacío pero que ahora contenía a un ser asombroso: un cuerpo grande, unas alas rechonchas, una cola pequeña, patas cortas y un pico grande y curvo. Sus plumas de colores negros, grises y blancos le cubrían todo aquel cuerpo.
    Sentí la necesidad de sacarlo de allí y observarlo más de cerca, pero Andy me frenó.

    Nos quedamos un largo rato observando a aquella ave sin saber qué hacer.

    --¿Deberíamos contárselo a alguien? --pregunté.
    --Podríamos ganar millones --dije pensando en voz alta.

    Andy me mandó una mirada severa, como sí lo que acababa de decir fuese algo sin sentimiento, aunque en cierto modo lo era para el pobre animal, el cual se había quedado dormido después de haber estado más de media hora golpeando aquellas paredes de vidrio indestructible que le rodeaban.

    Pasada otra media hora, me levanté con decisión armándome de valor y dije las palabras que ninguno nos atrevíamos a decir:

    --Hay que hablar con la jefa.

    Vale, creo que ahora mismo todos estabais pensando que ella lo sabía. Pero no, pensamos que sería mejor idea llevar este tema por nuestra cuenta por si algo salía mal..

    Los siguientes días fueron extraños. Después de dejar el dodo en manos de mi jefa, ya no sabia nada de él.

    Estaba pensando embobado, hasta que mi móvil comenzó a sonar: “ANDY”, ponía en la pantalla de mi móvil, el cual no paraba de mirar. Lo cogí todavía atontado.

    Tuvo que repetirme tres o cuatro veces lo que dijo, porque no me lo podía creer:

    --¡Somos millonarios! --gritaba entusiasmado.

    Yo no entendía nada.

    --¿Cómo que somos millonarios? --pregunté.

    Andy me explicó que nuestra empresa había vendido el dodo a una compañía muy importante y nos habían pagado una buena cantidad por ello. Nosotros fuimos los beneficiarios de la gran parte de ese dinero, ya que fuimos los que logramos “resucitar” a ese animal.

    Habían pasado meses, y mi vida había cambiado completamente. Ahora me encontraba viviendo la vida de mis sueños. No tenía que trabajar, vivía en una casa gigante, en el lugar que siempre había deseado…
    Pero seguía habiendo algo que me comía el coco todos los días: ¿dónde y cómo se encontrará ese animal? Desde aquella llamada de Andy no me había molestado en informarme qué harían con él. Lo último que supe fue que se lo habían llevado a hacerle un ensayo clínico.

    No sé en que momento cogí un avión y decidí aventurarme hacía el laboratorio donde tenían retenido al animal.

    Una vez allí, me dejaron entrar, ya que tenía algunos excompañeros que trabajaban ahí.

    Entré en una sala y se podía ver cómo agarraban al animal para quitarle una pluma. También se veía una muestra de un dedo de su pata en la pared, parte de su piel en un tarro…
    Y lo peor de esa imagen fue escuchar al dodo gritar de dolor, aquel animalillo que un amigo y yo un día cualquiera trajimos de vuelta a la vida.

    Me acerqué a la mesa donde aquellos científicos lomantenían sujeto. Oí un ruido y giré la mirada. En milésimas de segundo el dodo me había enganchado la mano con aquel pico, curvo, de un amarillo canario y fuerte.Comencé a marearme. Caí en el centro de aquella sala, en ese suelo de policloruro de vinilo. Sentí una gran cantidad de agua congelada cayendo a mi cara, e instantáneamente me levanté como una flecha.

    Lo primero que ví fue una gran cascada; de ahí debió de haberme caído el agua, pensé. El resto era todo una gran selva. Súbitamente aparecieron varios dodos a beber agua.

    ¿Donde coño estaba?

    ¿Vivo o muerto?

    ¿Vivo o muerto?

    Caminaba por las calles desiertas de mi ciudad. Miraba al suelo pensando en nada, aunque mis pensamientos se centraban en mi última clase, una incomprensible.
    Le daba demasiadas vueltas, sobretodo a un experimento de física cuántica. Una paradoja de un gato en una caja, donde veías 50% de probabilidades de morir y 50% de vivir.
    Al principio me fije en lo cruel que era, pero luego todo se complico. Pero antes de llegar a eso, hay que saber que el animal no estaba solo, ya que habían más cosas a su alrededor: encontramos lo que decidía sí viviría o moriría, ya que no le correspondía decidir al gato, y ni si quiera, a los de fuera.
    Esto es como un asesinato, así que, ¿lo tratamos como tal? Causa de muerte: veneno. Arma: martillo rompiendo una botella. Motivo: detector descubrió al electrón. Vale, ¿demasiado exagerado? Bueno, yo me entiendo, al menos hasta aquí, ya que cuando pasamos el umbral lógico, encontramos una realidad solo visible al abrir la caja. ¿Y se sabe como esta dentro? Pues sí, pero no. En realidad, está muerto y vivo a la vez, así sin más. Ahora que lo pienso, sigo sin entenderlo.
    Teóricamente, se que en el plano cuántico, la causa externa toma varios caminos. Así que es detectado, pero no, la botella se rompe, pero no, y solo lo descubres cuando miras. Pero en la practica me pierdo.
    Seguí pensando por un rato, haciendo teorías y preguntas. Pero lo más importante, ¿cómo podía ser?
    Después de un rato, aparte todo pensamiento, volviendo la cabeza al suelo y poniendo la mente en blanco.
    Continúe mi camino, hombros caídos y pasos lentos. Al rato me pare en seco levantando la vista, observando. Y sin molestar recibí el golpe igual. Mi cabeza cayo y mis manos se levantaron a socorrerla. Siempre igual... Cogí y observe lo que me habían lanzado, una simple piedra. La deje caer sin fuerzas y proseguí mi camino, no valía la pena luchar, ya no, no era más que un cuerpo vacío.
    Sin gente alrededor se apreciaba mi lamentable realidad. Si observaran solo verían un muerto cabizbajo, pero ahí estaba la gracia, no había nadie, nunca lo había, ya que eso rompía el sistema, definiendolo y decantándolo por una vida vacía y una sonrisa sin sentimiento. Era como el gato de la caja, ni muerto ni vivo, una mezcla, dos universos con un mismo centro, mostrando las dos caras de la probabilidad, dos reflejos de un espejo en mi conciencia, sin saber dónde empieza uno y acaba el otro, eso sí, cuando nadie observara.
    En soledad, me miraba y decía que estaba vivo, porque andaba y respiraba, que no podía estar muerto, porque gritaba y conservaba la razón, que vivía porque sentía mi alrededor. El problema es que a la vez gritaba que no, ya que mi alrededor vivía, pero mi interior estaba roto, que tenía que estar muerto, porque veía sin estar despierto, porque actuaba sin pensar, porque simplemente ya no estaba presente.
    Como ya he dicho antes, era como ese gato. Me encontraba encerrado en un mundo sin espacio para mí, al borde del abismo, sin peso sobre esta decisión, ya que era un factor externo el que hablaba.
    La diferencia aquí es que esa decisión estaba tomada, mi vida seguía, mi electrón había tomado un camino diferente, pero en la oscuridad la realidad era un tanto diferente. Habían varios caminos y en la soledad colapsaban juntos, mostrando la verdad. El martillo había caído y la botella estaba rota, pero a la vez estaban intactos. Mi interior se intoxicaba y notaba el olor del veneno, pero a la vez mi exterior sonreía. A veces vivía porque había algo más, mi interior no estaba vacío y mi cabeza retumbaba, pero otras morían, ya que sin rumbo fijo me olvidaba de respirar. Mis dos estados superpuestos me envolvían en dudas, me traían sentimientos y me los quitaban.
    Desde fuera parecía más sencillo, solo hacía falta una mirada para retornar a la vida, unos ojos traviesos para separar los universos, dejando una marca de presencia en el silencio. Desde fuera era fácil, estaba vivo, pero desde dentro las dudas me inundaban, vivía porque estaba aquí, pero moría porque no entendía el porqué.
    Note un ligero escalofrió, volví en mí, mire hacia delante y sonreí, mi madre me miraba desde lejos y apresure mi paso, no recordé lo que había pensado, me había decantado hasta la próxima.
    Ahora que pensaba con claridad, el principio de mi historia no tenía sentido, y es que mi perspectiva había cambiado. Ya entendía todo, al gato y su estado, pero de una forma diferente. Y que gracioso pensar que mi problema tenía nombre. Y es que, al final, no podemos elegir entre la vida y la muerte.

    ¿Y si entramos en una galaxia?

    ¿Y si entramos en una galaxia?

    Odio tener que contar esta historia, pero... todo comenzó un 3 de julio, en un día normal como todos el pequeño Martinete iba a clase cuando de repente se encontró un insólito folleto al bajar de su casa en el que ponía "2ª promoción para viajar a la luna" Martinete no tendría otra reacción que correr hacia el colegio y contarle a sus amigos lo que le había ocurrido ¡Los amigos estaban flipando querían hacer ese viaje como fuera! El pequeño que no lo dudo se lo comunicó a sus padres que tuvieron una reacción extraña al ver el folleto.
    Martinete pensaba en un mundo lleno de color, fantasía y lleno de luz. Cada vez estaba más cerca de cumplir su sueño de poder ir al espacio junto a sus amigos. El día 10 de julio todos los niños de la clase quedan en LUNILANDIA el lugar perfecto para poder aprender cosas del espacio, Curricoco que era como le llamaban los amigos a Martinete estaba disfrutando como nunca lo había hecho ¡Qué maravilla Lunilandia! Pero por desgracia el día acabó y Martinete estaba a tan solo dos día de ir al espacio, era el momento de hacer las maletas y preparar los accesorios que necesitara, para ello su madre.

    Día 13 de julio: llegó el gran día Curricoco, Piñete, Palmerita y Agra Dable marchaban hacía Fuego Frío una de las naves espaciales más importantes de la historia, una vez que llegaron le pusieron los trajes espaciales. Estaba todo listo para poder viajar y poder hacer el viaje de sus vidas, Palmerita que era la que tenía más ganas estaba un poco nerviosa e insegura del viaje que iban a realizar...

    10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1...¡DESPEGUE! un ruido ensordecedor hizo que el cohete despegara hacia el espacio, y todos estuvieron muy contentos. Día 14: Martinete y sus amigos ya están en el espacio y todos están muy felices de poder disfrutar esta aventura que unirá más su relación, era la hora de comer y todos fueron a intentar comer pese a la dificultad que tenía. Piñete se llevó una piña a escondida de Palmerita, y tuvo la mala fortuna que... ¡Justo cuando la abrió se le cayó y golpeó a Curricoco en el ojo, se lo puso muy negro no sabía que hacer ya que no tenían nada que hacer, día 15: Martinete va a salir a contemplar el espacio y sus amigos se quedaran en la nave esparándolo. Pasan las horas y los amigos de Curricoco empiezan a impacientarse cuando ven que no llega, para matar el tiempo deciden contar las estrellas que estaban viendo pero no recordaban que el cohete volvía a la tierra en tan solo 2 horas y que Martinete no había vuelto. Tan solo quedaban 15 minutos para que el cohete volviese a la Tierra y Curricoco seguía sin aparecer, los compañeros al ver la tardanza decidieron echar una cabezada ¡No recordaban que marcharían en 3 minutos! Todo estaba listo, bueno todo menos... Curricoco que no daba señales de vida. Piñete, Palmerita y Agra dable estaban volviendo a la Tierra cuando Agra Dable gritó...¡Martineteeeee! No sabían que hacer, ni que decirle a sus padres cuando lleguen. Le tenían que contar la noticia y justo en ese momento se puso a llover parecía que el cielo lloraba por Martinete. Ya era de noche los amigos y los padres de Curricoco cenaron junto y decidieron salir al aire libre, cuando la madre miró al cielo... ¡Esa estrella era Martinete estaba en el cielo! Todos quedaron muy sorprendidos y sobre todo Piñete, ya que seguía teniendo el ojo negro y desde aquel mismo instante esa estrella que cada día sería una más sería conocida como la galaxia del "OJO NEGRO"
    Y aquí se acaba este relato, una historia de un cohete con su mejor piloto MARTINETE.

    FIN

    "La curiosidad mató a la humanidad"

    "La curiosidad mató a la humanidad"

    Cómo empezar a hablar de un concepto tan complejo. Un sistema de conocimientos que a su vez, su significado se acompleja más cuando profundizamos en él. Esa palabra es ciencia. La manera por la cual el ser humano ha querido darle razones a todo lo que nos rodea. Al principio, fue un tabú, incluso castigado y ridiculizado, llegando hasta la muerte en las personas que la defendían. Pasaba el tiempo y eran más los que confiaban en los datos, lo físico, lo que se puede demostrar.
    La ciencia no es algo nuevo. En la prehistoria no habían laboratorios, es verdad, tienes razón, pero sí existía esa curiosidad y ese comienzo del raciocinio humano, el despertar del deseo del saber, ¿por qué el sol se pone y vuelve a salir cada día?, ¿por qué si pongo esta semilla en la tierra sale una planta? Preguntas muy básicas que nuestros más alejados antepasados se preguntaban, pero ha sido la base para poder estar hablando hoy de si puede llegar a haber vida en otros planetas, entre otras muchas cosas.
    El ser humano, destaca y se diferencia de los demás seres vivos por su capacidad de razonar y el interés por saber más, investigarlo todo, porque somos una especie muy curiosa. Con la ciencia hemos podido explicar incluso el funcionamiento de nuestro cuerpo, el de otros seres, nuestros orígenes, los de La Tierra, todo lo que está a nuestro alcance lo queremos saber. No obstante hay muchas cosas que no son a ciencia cierta, ya que son diferentes teorías que quedan en el aire, y es cuestión personal el creerse una u otra. El no poder explicar algo tal vez sea un fenómeno que nos inquieta, e incluso que nos puede llegar a causar estrés, miedo…, es el caso de algunas enfermedades que nos amenazan, ¿existirán ovnis?, ¿el cambio climático tal vez?
    Hemos sido capaces de alcanzar metas incuestionables. En el siglo XII, nadie pensaba poder pisar la luna, ni poder curar ciertas enfermedades, ni descubrir elementos…
    Quién sabe qué podremos llegar a ser capaces de hacer en un siglo, diez años, un milenio, el mes que viene, mañana…
    Nos hemos otorgado el propio poder incluso de acabar con nosotros mismos. Comenzando con la Revolución Industrial. La avaricia de nuestra raza se tapó los ojos con billetes y no miró atrás ¿y si lo hubiese hecho?, no habría encontrado mucha diferencia tal vez, pero tampoco podía saber lo que le esperaba delante, ya que dos ojos tapados no pueden ver más allá. No se equivocaba la frase que decía “quiso jugar con fuego y se quemó”. Sí, tenemos el poder, y cada vez son más los que pueden llegar a él, pero si jugamos con una cosa tan peligrosa como somos nosotros mismos, recordemos que fuimos nosotros los que descubrimos el fuego.
    Usemos nuestra capacidad para mejorar como comunidad en la que La Tierra, nuestra casa, en su conjunto pertenezca a ella. Exprimamos cada gota por saber lo que nos falta, que no es poco, pero sin dejar atrás ninguna vida. Usemos esta poderosa herramienta pero con cuidado, que más de uno quiso clavar un tacha y el martillo acabó en el dedo.
    No hace falta tener probetas, tubos de ensayo, un mechero Bunsen, ni un microscopio para hacer ciencia. Todos podemos aportar cosas y no pienses que tu cerebro no es potente. Pregúntale a Alexander Fleming, ¿acaso pensaba él descubrir la penicilina? O Wilhelm Röntgen, con los rayos X, no pensaba ver su mano reflejada en aquella pared. Investiga, indaga, nunca sabrás si lo que hagas servirá para salvar miles de vidas, aunque seas torpe, puede que se te caigan elementos químicos al suelo y descubras una cura. ¿Por qué no?
    Sin la curiosidad no sabríamos de la existencia ni de nuestro cerebro. Increíble, no saber que lo que te hace pensar, exista.
    Pero aunque sea fuerte oírlo, puede que se le haya dado el arma perfecta a la especie equivocada. Este poder ha sido abrir un portal muy difícil de cerrar y como dijo Gloria Fuertes: “A la ciencia hay que temerla: por un lado te cura la tos y por el otro te manda un avión a tu pueblo y te tira una bomba nuclear”. Una fortaleza tan buena y mala a la vez.
    Los dinosaurios no tuvieron ninguna culpa de su extinción. Sería totalmente penoso, que el humano sí fuera responsable de la suya. El hazmerreír del universo. Una especie que tiene la oportunidad de pensar, lo haga para destruirse y además sabiéndolo. Ahora me hago yo una pregunta, ¿sería capaz la ciencia de explicar este fenómeno?
    Sabemos perfectamente que la curiosidad mató al gato. La excesiva inquietud es muy perjudicial decían. Pues hoy, yo espero, que la curiosidad no mate a la humanidad.

    “EL EFECTO MARIPOSA”

    “EL EFECTO MARIPOSA”

    A Juan le habían regalado un kayak por su cumpleaños el pasado martes. Estaba impaciente por estrenarlo el fin de semana, si el tiempo se lo permitía. Nunca había estado tan pendiente de la predicción meteorológica como aquellos días, todos los días la consultaba. Además, como anunciaban que iba a haber un día soleado y sin viento, estaba muy nervioso. Aprovechaba cualquier ocasión para contarle a todo el mundo que próximamente iba a estrenar su regalo. Pero el viernes, en clase de Matemáticas, su profesor explicó algo llamado “efecto mariposa”. Nunca nada le había parecido tan odioso.
    El profesor se esforzó por contar a toda la clase una anécdota que le sucedió a Edward Norton Lorenz, quien estudiaba modelos matemáticos que permitiesen predecir el tiempo. Inmediatamente captó la atención de Juan porque ese tema le entusiasmaba. La clase prometía interesante.

    Al parecer, tras haber realizado una simulación con el ordenador, Lorenz volvió a repetirla, pero en esta segunda simulación partió de un dato al cual le había quitado los últimos decimales para simplificar. Al consultar los resultados, vio que había obtenido una predicción totalmente diferente a la primera. Al principio, pensó que el ordenador se había averiado (esos ordenadores antiguos se averiaban constantemente), pero se puso a repasar los cálculos realizados por el ordenador y dedujo que no había ninguna avería; la pequeñísima diferencia del dato que había introducido quitando los últimos decimales, había provocado que el modelo matemático del clima que estaba estudiando fuera totalmente diferente al predicho inicialmente con la primera simulación. Lorenz, había descubierto que pequeñas variaciones en los datos de partida daban como resultado predicciones muy diferentes. Llamó a esto “efecto mariposa”porque, como él decía: “un pequeño aleteo de una mariposa en Brasil podía generar un tornado en Texas”. Era, lo que denominaban, el “Caos”.

    A Juan, se le nubló la mente con el “efecto mariposa” y el “Caos”. Su paseo marítimo en el kayak estaba en grave peligro por culpa de una insignificante mariposa. Todas las predicciones climatológicas favorables que había escuchado se podían echar a perder por el miserable aleteo de una mariposa. Su delirio le hizo pensar: ¿y si en lugar de una mariposa, resulta que todas las gaviotas del puerto se ponen a volar al mismo tiempo? Seguro que llegaría una tempestad horrible… ¿Y si todos nos empezamos a mover rápidamente generando turbulencias al correr, con los coches o las bicis? ¡No iba a poder estrenar su kayak en todo el año! De pronto se le ocurrió que si una ecuación matemática le podía estropear su paseo por el mar, seguro que había otra ecuación que podía anular a la anterior. Su profesor había hablado un día de números que se anulan, ecuaciones que se cancelan unas a otras.

    Enseguida Juan le preguntó qué se podía hacer para anular el efecto mariposa. La respuesta no le gustó nada ya que, como le explicó, en algo tan complejo como el clima no se pueden cambiar las condiciones de todas las variables de forma artificial y tan precisa como para anular ese aleteo de mariposa.
    Apenado, Juan acabó las clases del día y se fue para casa. Después de comer, sus padres se sorprendieron de que no quisiese ver la predicción meteorológica para el sábado. Al preguntarle a qué se debía, él les respondió: “Para qué, todo depende de si la mariposa echa a volar o no”.

    2 Vidas

    2 Vidas

    Ciencia-letras, letras-ciencia, dicotomía que emborronaba mi mente, emulsionando ,
    cada vez que las escuchaba juntas, palabras que tanto habían configurado o
    desconfigurado mi vida. Acababa de escucharlas de unos jóvenes que habían subido al
    vagón del tren donde yo estaba, eran como sonidos lineales que mi oído captaba y
    enseguida mi cerebro había mandado la orden de recordar. Recordar mi vida marcada por
    esas palabras y de pronto me llegaron los relatos de mi abuela, aquella mujer que narraba
    dando vida a todos mis animales preferidos, volando con sus palabras y dibujándose en mis
    iris sus historias. Y mi abuelo, simplemente un genio, que se las arreglaba para sacarme de
    la escuela de infantil argumentando cualquier tos o dolor de barriga y llevándome a ver el
    mundo, a contar piedras. Ellos un día siendo aún muy pequeño dejaron de estar, pero
    siguieron en mí sus enseñanzas. Y ahora en mi recuerdo mi madre siempre leyendo, su
    sonrisa y su fuerza la tengo, y sus palabras , perfectamente hilvanadas, inculcaron en mí
    ese afán por la lectura. En mi padre hubo ciencia y tecnología y en mí esa extraña mezcla.
    El tren se iba deteniendo y mi móvil marcaba ya las 8 , llegaría al trabajo, en aquella
    central eléctrica, no sé si alguna vez pensé que sería mi trabajo ideal pero por mi cara
    reflejada en el cristal creo que la respuesta estaba clara. Y ese cristal y todos traían a mi
    mente aquel día , el accidente, esa autovía , teníamos que haber seguido una
    representación de figura lineal, todo en horizontal, nunca una parábola y algo falló, esa
    variante no figuraba... y todo explotó . Pasó todo tan rápido, me desperté a los dos meses,
    con aquella tía mía a la que yo veía dos o tres veces al año y con la que ahora viviría y que
    le molestaba todo de mí, creo que hasta el acompasamiento de mis sonidos al respirar.
    Y empecé a estudiar aquella carrera , Ingeniería Robótica , nunca olvidé la lectura, nunca
    dejé de escribir y un día encontré por azar aquel artículo de Ron Mallet, un prestigioso
    científico que quiso volver a ver a su padre y aquella idea se convirtió para mí en mi forma
    de sobrevivir.
    Al terminar la carrera , mi tesis versó sobre una máquina del tiempo, construí un utensilio
    que configurando un láser, que generaría un haz circular de luz; el espacio dentro de ese
    anillo de luz debería curvarse a través de una compleja ecuación de segundo grado que
    generaría una función cuadrática y como el espacio y el tiempo están íntimamente
    conectados, pues curvar el espacio también curvaría el tiempo, y así pasaríamos del tiempo
    lineal en el que vivimos a un tiempo curvado con posibilidad de volver al pasado. La tesis
    fue muy bien valorada y pronto tenía en mi correo electrónico varias propuestas de trabajo y
    opté por elegir esta central.
    Al bajar del tren y llegar al trabajo pensé que quizá había llegado el gran día, llevaba
    5 años desde que inicié tras la tesis aquel artilugio, cinco años de sueños pero también de
    fracasos y hoy 20 de julio de 2030 había llegado el momento, fiché, entré a mi despacho,
    completé los proyectos, escribí por wasa un triste hasta pronto a mi tía y al ver en la hora
    del móvil las 12.45 sabía que faltaba un cuarto de hora para el fatídico accidente, caminé
    hasta el laboratorio, entré en una segunda sala a la que sólo tenía yo acceso y contemplé
    mi máquina, mi sueño, mi vida, me senté , cambié los parámetros de la fecha, coloqué

    aquel malogrado 20 de julio de 2020 y sin saber qué pasaría pulsé el Enter del Láser y cerré
    los ojos, no ocurría nada, pasaron minutos y cuando me disponía a levantarme, vi como no
    podía hacerlo , entonces miré atrás y una especie de agujero negro me succionaba, volví a
    cerrar los ojos y sin saber qué sería de mí, noté cómo ya no estaba sentado en ese rígido
    asiento de mi máquina del tiempo, sino mi coche, mi antiguo coche, mi hermana al lado , mi
    padre y mi madre delante, mis ojos se nublaron de lágrimas, quise decirles todo mientras
    veía la carita de mi hermana durmiendo pero al mirar el reloj del coche sabía que tenía sólo
    cinco minutos. Rápidamente le comenté a mis padres que me había mareado y escuché a
    mi madre decir “ Tranquilo, paramos y después continuamos el viaje” Y eso pasó, paramos
    y continuó el viaje.
    Soy consciente de que he vivido dos vidas y que la ciencia me ha ayudado mucho...
    pero también las letras.

    29, 12ᴼ 44'' 2.8016'

    29, 12ᴼ 44'' 2.8016'

    Otros veintinueve días transcurrieron silenciosamente. La ansiedad acrecía a medida que las estaciones esperaban por mí. Sentía que el tiempo se me escurría como pólvora de estrella olvidada. Maldecía el momento en el que mi dulce ingenuidad se vio mezclada con un puñado de endorfinas tóxicas. Parecía que todo el cosmos se cernía sobre mí; podía oír a todos en Andrómeda reírse sin vergüenza alguna.
    Sí amigos, hasta allí sabían que llevaba enamorada de Tierra desde los inicios.
    Podría haberme embelesado de Mercurio, tan elocuente y consistente, que a menudo me saluda y me brinda apoyo. Con su personalidad, unas veces frívola y otras en las que hace subir el termómetro. Pero desde un principio de fijé en eso; tan inestable, tan variable que lograría destruirme con esa aceleración tan característica suya.
    O igual de Venus, que la definiría como la mismísima Afrodita en todo su esplendor, y a quien juraría que Midas bendijo con su hermosura fulgurante. Venus es eso: gloria y encanto de lejos, intocable, asfixiante en sus tierras, acaparadora del dióxido y el egocentrismo, creada solo para adorar.
    Y Marte. Oh, mi querido Marte.
    Tenía por supuesto que era el mejor de todos; esa virilidad, esa pasión ardiente que recorre cada uno de sus poros. Le dediqué el mayor de mis temores, pues me inquietaba la idea de que mi amada terminase cayendo en sus ligeros desiertos. Ni siquiera Fobos y Deimos tenían esperanzas en mí; una suerte que sus sentimientos solo estuvieran dispuestos para Sol.
    Después está Júpiter, el sexto cielo. Me compadezco de él, creo que todos aquí lo hacemos por todos los años que pasó en la pesadumbre. Si lo tuviera que describir empezaría por lo grandioso que es, un descomunal espíritu atormentado por el primer periodo y el segundo de la nobleza. Percibo desde mi posición que es, al igual que Mercurio, veleidoso con un ánima azul. Siempre he pensado que esos dos tuvieron algo. A estos niveles lo único que puedo sentir es misericordia. Solo espero que Cronos sea piadoso con ellos.
    A Saturno la definiría como la incógnita que nunca fue resuelta. Ella es un enigma rodeado de atlas y cajas de Pandora. Algo lenta. Nadie sabe lo que realmente piensa tras ese escudo. Me hubiera gustado acompañarla en su travesía pero sé en algún momento alguien vendrá a descifrarnos esa Teoría de Cuerdas.
    Sin duda alguna, Urano y Neptuno fueron creado uno para el otro. Rompiendo a Kepler, termodinámicamente equilibrados, unidos por el metano saturado del desorden. Haría un pacto con el diablo al decir que, efectivamente, a pesar de sus diferencias y distancias, permanecerán juntos hasta que Sol se convierta en una enana blanca.
    Por último tenemos a Plutón. Tristemente, vive demasiado lejos de mí como para poder divisarlo. Ese prejuicio de frívolo y glacial le persigue hasta hoy día, aún más sabiendo que se convirtió en un puñado de número. Sin embargo, la vehemencia pasea por su densa superficie. Parece que no se rinde. Que, pese a todo, sigue orbitando alrededor de Sol en vez de olvidarse él por una vez. Yo tampoco me puedo quejar demasiado.
    No obstante, de todos estos planetas, Tierra consigue atraerme hasta enloquecer. Porque ella es arte por sí misma. Es simplemente pureza y bondad; la culminación del triunfo, la mismísima perfección. Es capaz de culminar la doctrina ordinaria, haciendo mis días más risueños y luminosos.
    Pero, ¿por qué no me quiere? ¿Es porque no soy Marte, tenaz y rubí? ¿Porque no soy Venus, lustrosa a la que admirar? Dime, ¿por qué?
    Tierra es hermosa; llena de verde y vitalidad. Nada comparable con las alegadas nebulosas y virtuosas constelaciones que a todo el mundo le fascina. Empero a medida que pasa el tiempo se vuelve más turbio poder contemplarla, pues cada vez la observo más saturada, más cansada y más artificial. Era consciente de que acoger a esas pequeñas criaturas no era buena idea, pero ella, con su puro corazón, no pudo negarse. Ahora las consecuencias son nefastas.
    Quizás seamos así para siempre. He pasado la eternidad a tu lado, desde el momento en el que el universo fue creado, en infinitos siglos. Me gusta pensar que soy de ayuda, que tus sentimientos por mí son recíprocos, que tus aguas se alejan y regresan por mí. Tierra mía, probablemente giraré a tu alrededor hasta los confines de los tiempos. Espero que algún día entiendas mis palabras. Siempre seré tu Luna. Tu querida y amada Luna.

    A CIENCIA CIERTA

    A CIENCIA CIERTA

    Solíamos observar el atardecer. Esperábamos ansiosos que el Sol, disperso y achatado, nos regalase su último destello de color verde antes de desaparecer por completo. Como un Madrid en los 80, caminábamos en un estado de éxtasis casi constante por las calles de Malasaña. Ciento treinta pulsaciones por minuto, dopamina, adrenalina, serotonina y mucha cafeína: en eso consistían todas nuestras tardes. No conocíamos la adenosina; pese a tomar café con el reloj acariciando la hora de cenar, ambos conciliábamos el sueño de maravilla.

    Ese día fue diferente. Pedí dos cafés para llevar en nuestro sitio favorito, pero el café iba a saberme más a amargo de lo habitual. Mientras me acercaba a su portal, intentaba ordenar mi mente y me recordaba a mí misma que debía tratar de ser más racional; que la impulsividad me había jugado malas pasadas y no era esa gran aliada que siempre había creído tener. Éramos la ley de Murphy. Cada uno de nosotros, con nuestra contraria forma de ser y existir, contribuíamos a ello. No es de extrañar, pues ambos lo sabíamos, pero seguíamos tomando café cada día. Estar con él era como dejar caer las yemas de tus dedos sobre un frío hielo que termina por abrasarte la piel. Y yo... yo quería llenar de vaho sus cristales. Y aquella noche me sentía más fría. Dentro de mi impulsividad e impredecibilidad, mi manera de comportarme seguía unos patrones; como si del funcionamiento de una máquina se tratara.

    Hace un tiempo bauticé mi vida, y me atrevo a decir que la de la de la mayoría también, como PWM: Pulse Width Modulation. Tanto nuestro estado anímico como aquellas cosas que nos pasan y juzgamos como mejores o peores, pueden ser representadas en PWM; como una especie de onda que inicialmente se encuentra muy arriba, seguidamente muy abajo, y por último alcanza la estabilidad. Quizás utilice esta metáfora a modo de analgésico, para calmar aquellos momentos de emociones extremas, así como tener esperanza en la parte baja de la onda pues la estabilidad está por llegar, o para mantener los pies en la tierra cuando creo estar en la cumbre de la montaña. No lo sé, pero me resulta una comparación con la vida extremadamente bella; con sus altos y bajos llenos de euforia, cafés y atardeceres o frío, oscuridad y vacío y sus momentos entremedias que nos recuerdan qué es estar

    vivos realmente. Desde entonces también lo utilizo para hacerme la interesante cuando lo necesito. Mi situación actual desde las últimas semanas se situaba en el mismísimo inframundo. Al llegar a su puerta ya no me importó. Él era un agujero negro y yo... yo un algo bioluminiscente que él conocía a la perfección, con impulsividad e impredecibilidad. Al abrir la puerta: frío y calor, agua y aceite.

    Tomamos el café resguardados entre mantas y, en silencio acabamos mirando al techo tumbados sobre su colchón. Mirar aquel techo era como mirarle a los ojos. Y quedamos pensativos. Ni rastro de aquella metamorfosis interminable. Podía sentir sus latidos apoyada sobre su pecho. Calma tras la tempestad. Ni si quiera alcanzaba las tres cifras en pulsaciones. Restos de la pólvora con la que solíamos jugar.

    -¿Qué somos?

    En ese momento recordé el sabor amargo del café en mi boca.

    -No lo sé. No sé. ¿Por qué hay que querer saberlo todo?

    -A veces no sé de qué manera te quiero. Lo único que tengo claro es que lo hago. Pero no consigo saber cómo y eso me agobia.

    -¿Sabes? La vida es incertidumbre. No sabemos nada. Hace unos meses leí un artículo sobre el principio de incertidumbre de Heisenberg, ¿te suena?

    -Sorpréndeme, cerebrito.

    -Me caes mal. El caso es que- tomé su mano y con el dedo dibujé la fórmula en su palma, tal y como hice con las ondas de PWM en su momento- no podemos saber nada con certeza. Por mucho que queramos, la vida es incierta. ¿Por qué no disfrutar de no tener ni idea de qué va a ser de nosotros?

    Le conté, como siempre, con palabras complicadas que no entendía aunque dijese que sí, en qué consistía exactamente el principio. Entre medias, introduje otra metáfora con el gato de Schrödinger porque su gato también nos hacía compañía de vez en cuando encima de las mantas.

    -Puede que tengas razón. Pero tú eres así. Eres incertidumbre pura.

    -Lo sé.

    -Podemos querernos y ya está. Sin saber nada más con certeza que eso.

    -Oye, teluro cobre.

    -Yo también.

    Y así, sin saber nada, paseamos hasta la boca de Metro. Quizás esa sería la última vez que caminaríamos como ebrios, pero con cafeína en vena, eclipsando a la espera de un último destello de color verde. Quizás lo fue. Y es que, quizás también, nunca supe nada a ciencia cierta.

    Actualizo constantemente mi estado

    Actualizo constantemente mi estado

    Me llamo H2O y vivo en el océano Atlántico. Todas las de mi especie se llaman igual que yo, qué poco originales son poniendo nombres. Desde luego, no se complican la vida. Concretamente, vivo en la playa de Matalascañas. Aquí el agua está calentita, menos mal, pues soy muy friolera.
    Aquí veo muchos peces, anémonas, conchas y bellos paisajes. La arena es muy fina y es agradable sentarse sobre esta a contemplar la fauna y las plantas. Tengo muchísimas amigas de mi misma especie. Los días de viento y niebla, me gusta quedar con mis amigas para transformarnos en una enorme ola. Siempre acabamos en el rompeolas, pero por suerte, viene otra ola y nos recoge.
    Me encantaría ir a la superficie para observar el sol, pero mi mamá no me deja porque dice que soy muy pequeña para viajar. ¡Pero yo tan solo quiero ver el sol, no tengo ninguna intención de viajar! No tengo la menor idea de por qué dice eso de viajar. Afortunadamente, hoy mi madre está de buen humor y me ha dejado ir a la superficie. Dice que ya soy lo suficientemente mayor como para viajar, pues ya tengo 12 años.
    Cada vez que estoy más cerca del sol siento más calor, no sé por qué. Cuando salgo a la superficie, veo al sol. Es un enorme círculo amarillo que da mucho calor. De repente, siento que empiezo a volar. Aunque creo que es imposible, ya que las de mi especie carecen de alas. Cuando miro abajo, descubro que mi casa está muy lejos. Cada vez el paisaje es más pequeño. Quizás sea porque… ¡Estoy volando!
    Quizás sean imaginaciones mías, pero me siento menos pesada que antes. Cada vez estoy más arriba. Ahora me encuentro en una especie de algodón de azúcar blanco, aunque… ¡No está hecho de azúcar, sino de mis amigas! Es una suerte poder estar con ellas en esta experiencia tan extraña, porque si estuviese yo sola, me sentiría un poco triste. En este lugar hace mucho frío y no sé si podré soportarlo, soy muy friolera. ¿Por qué hace tanto frío? Si cada vez hay más de mi especie y estamos muy juntas, lo normal sería que tuviésemos calor. Si las nubes acostumbran a ser blancas, ¿por qué esta es tan gris?
    Repentinamente empiezo a caer y me noto diferente, como si me estuvieran saliendo plumas. Creo que soy un… ¡Un copo de nieve! Mis compañeras son iguales que yo.
    ¡Ah! ¿¡Qué ha sido eso!? Un ruido estruendoso ha salido de aquella nube. Y no solo era ruido, era una larga línea eléctrica blanca que ha caído en un árbol situado sobre una colina nevada, seguramente es la sierra de Cazorla. ¡Creo que también voy a aterrizar yo ahí! Cada vez me noto más ligera, como si estuviera bailando mientras que vuelo. Cada vez me encuentro más cerca de aquella colina y de su blanco suelo. Pero… ¿dónde he caído? No me encuentro sobre la nieve de la colina, estoy en un sitio pequeño y de color rosado. ¿Acaso será una cabeza de humano? Pues esta es una cabeza bastante suave. No tiene pelo ni nada que me pueda hacer cosquillas, ¡menos mal! A parte de suave es resbaladiza y hay muchas probabilidades de que me caiga de su cabeza. De pronto me empiezo a resbalar, como era de esperar. Me deslizo por su cabeza hasta llegar a su nariz. Súbitamente el humano dice algo, aunque no sé el qué, no sé su idioma. Era algo parecido a: “¡achís!” Nada más decir eso, acabé por los aires y caí sobre el nevado suelo. Quizás no le he caído bien, ¡qué mala pata!
    Llevo aquí en el suelo muchos meses, y ya empieza a hacer calor. ¡Por fin es verano! He estado pasando mucho frío estos meses, llevo esperando este momento desde entonces. De sopetón empiezo a cambiar. Ahora soy igual a cuando vivía en el océano ya echaba de menos ser así. De golpe, mis amigas y yo nos empezamos a juntar hasta que ya estábamos igual que como cuando vivíamos en Matalascañas. Cuando mis amigas y yo éramos copos de nieve no estábamos juntas, pero ahora sí lo estamos. Conforme mis amigas y yo nos vamos uniendo a este riachuelo que estamos formando, este pasa a ser cada vez más y más extenso. De repente, este riachuelo desemboca en un río inmenso y profundo. ¡Es el río Guadalquivir! Al cabo de unas horas, llego a un lugar que me suena de algo. Veo una alta torre, que es… ¡La Giralda! ¡Estoy en Sevilla!
    Horas más tarde, llego a un lugar que me es conocido. ¡Es la playa de Matalascañas! ¡Por fin he vuelto a mi hogar! Le hablaré a mamá sobre mi viaje: nuestro ciclo.

    AEROBIA

    AEROBIA

    La puerta de aluminio se desliza hacia la izquierda con un quejido y, con paso vacilante, la doctora Sasaki entra en el laboratorio. Ante ella, miles de cultivos de bacterias reposan en un ambiente cuidadosamente regulado. En un estado de hibernación inducido, esperan a ser trasladadas a su nuevo hogar: el exoplaneta 7304HV-21-F62.

    Sasaki observa el proyecto al que se ha entregado en cuerpo y alma estos últimos años. Suelta el aire en un suspiro tembloroso. Su planeta ha desaparecido y está en sus manos el evitar que la especie humana se extinga con él.

    Cuando era joven, un asteroide colisionó con el satélite de su mundo. Las consecuencias fueron devastadoras: una lluvia de meteoros arrasó con la mayor parte de la vida del planeta y las variaciones en la órbita del satélite provocaron mareas que destruyeron todo lo que quedaba. De un día para otro, el prometedor fu