Más allá.



Todo lo que os voy a contar a continuación es real. Creedme, por favor.



Mi nombre es Natalia Vega. Fui fruto del amor de dos jóvenes entusiastas, cuyas ilusiones de formar una familia feliz se fueron disolviendo durante mis primeras semanas de vida, ya que se percataron de que algo no iba bien: no dormía, no lloraba, no quería comer, me pasaba el día mirando a un punto fijo. Frente a esto, mis padres decidieron acudir a los mejores médicos de España pero no lograron encontrar respuesta a lo que me sucedía. Hasta que, con casi 4 años, numerosas pruebas confirmaron que padecía Síndrome de Asperger.



Dos semanas antes de mi cumpleaños 18 estaba pasando uno de mis peores momentos a causa de mi Asperger. Una de las características de quienes lo padecen es su gran inteligencia, y fue así que desarrollé una profunda depresión debido a que, a pesar de tener una vida cómoda, no podía parar de reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia. ¿De dónde venimos?¿Cuál será nuestro fin?¿Se podría viajar al futuro comprimiendo tejido espacio-temporal?¿Fue el Big Bang el inicio de nuestro universo o el final del anterior? Y un sinfín más de preguntas complejas que nunca nadie ha sabido responder y que me sumían en la más oscura miseria de mi ser. Hasta que decidí ponerle fin a mi sufrimiento.

Ese día estaba sola en casa, ya que era verano, y mis padres estaban trabajando, como siempre. Mi padre era un químico dueño de una empresa internacional llamada Vegas' Chemistry Company; mi madre, catedrática en la Universidad Complutense de Madrid. Pero yo ya tenía todo preparado: la carta estaba escrita, el CD preparado con la grabación y el cianuro que le había robado a mi padre en la última visita a su laboratorio, recorriendo mi garganta.



Desperté en una sala completamente negra, desnuda y tirada en el suelo, cuyas paredes se convirtieron en unas pantallas en las que vi mi vida pasar como si de una película fuera. Seguidamente, se abrió una puerta que daba a otra habitación, esta vez, blanca. Era una habitación infinita llena de placas de plasma. El plasma permite la circulación libre de electrones a través de él, pero este plasma era especial. Los electrones brotaban de abajo hacia arriba (ni siquiera había techo) en forma de números, y encima de las placas, cerebros flotantes en los cuales penetraban dichos códigos.

De nuevo en la habitación donde había aparecido inicialmente, apareció una especie de criatura robótica humanoide de rostro tétrico: no tenía ojos, en su lugar había unas cuencas ensangrentadas; su boca estaba cosida con un hilo plateado; sus brazos eran alargados, casi llegaban al suelo,y sus manos parecían las de un esqueleto. Entonces puso su mano en mi cabeza y entendí todo.

Ese robot era El Creador y es quien elige todos y cada uno de los detalles de nuestras vidas mediante el control de electrones codificados que penetran en el cerebro, creando corriente y en consecuencia, impulsos eléctricos que darían lugar a la ilusión de lo que consideramos vida. El problema es que El Creador tenía para mí otros planes: mi destino era trabajar en la
NASA en un proyecto que conseguiría llevar a la humanidad al planeta con vida más cercano de la galaxia Andrómeda, ya que el Sol iba a estallar en menos de un siglo y destruiría todo el sistema solar en un cúmulo de energía no soportable -ya sabéis cómo es El Creador, crea universos y los destruye a su antojo...- . Logré comprender la realidad que tanto me había estado cuestionando. Pero solo pude pensar en mi familia, en lo que estaba a punto de sucederles si permanecían en la Tierra. Supliqué poder volver a la vida para salvarlos a todos. Solo me miró y me dedicó la sonrisa más espeluznante que había visto en mi vida.



Me desperté en la cama del hospital. No había nadie, era de noche. Pensé que todo había sido un sueño.

Era un tercer piso, por lo que desde mi habitación logré reconocer el motor del coche de mis padres. Supuse que habían ido a por la cena y que ahora vendrían a hacerme compañía por lo que fui a recibirles para que vieran que ya estaba mejor. Salí de la habitación, crucé el pasillo y subí al ascensor para bajar a la recepción. Sin embargo, al cabo de un rato noté que el ascensor no paraba de bajar hasta que de repente paró de golpe y se abrió la puerta Había una habitación roja con una llama en el centro. Fue ahí donde me di cuenta de que estaba en el infierno.
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