Relato de una amistad

Era un día lluvioso. Las nubes cubrían al completo el brillo de nuestro astro, ni siquiera sé si era de día. Me encontraba aturdido, apenas podía sentir como mi cuerpo se tambaleaba. De pronto, tuve una fugaz memoria de la última noche que recuerdo. Bebí demasiado. Recuerdo demasiado poco. Me reincorporé en el suelo y entonces fui capaz de analizar el lugar en el que me encontraba. Estaba en una pequeña y solitaria celda. Solo tenía un agujero desde el que se podían ver las nubes y el mar. El ángulo de visión que tenía desde la ventana cambiaba, como si el paisaje se desplazara arriba y abajo. Me encontraba en un barco. Alguien entró apresuradamente en la oscura habitación. Era un hombre fuerte y calvo, parecía un criminal. Cogió una fregona y, una vez fuera, no dudó en anunciar mi estado de consciencia. Poco después entro otro hombre. Esta vez era alguien muy diferente, posiblemente un general o quizás el capitán de la embarcación.

- Me presento, soy Amaro Pargo, el pirata canario. Te encuentras en mi barco de camino a tierras españolas a petición de mi señor Felipe IV. Por tu bien, más te vale portarte bien y que me caigas en gracia.

- Encantado señor Pargo – dije – Lamento mi confusión, pero ¿qué busca un prestigioso rey en un solitario y marginal inglés? ¿A caso desea ejecutarme?

- No soy señor alguno, Isaac, simplemente un vulgar corsario sin código de honor. Y desconozco las intenciones de mi señor con un brujo como tú, yo solo cumplo con el trabajo sucio y, a cambio, obtengo mi libertad y poder en el mar. De todas formas, le ejecutará si lo desea, pero lo mimará si lo merece, depende de si tu magia le complace.

- Si tú no eres señor, entonces yo tampoco soy mago, ni mucho menos brujo. Soy alguien que se limita a observar, preguntar y comprender. Me autodenomino pensador.

Amaro sonrió en un gesto de aprobación y respeto. Luego, procedió a salir del calabozo. Estaba un poco confundido, pero tranquilo. Pensé en mis investigaciones. No sé cuánto rato estuve haciéndolo, no sé cuánto llevo haciéndolo. Ni me importa ni me arrepiento.

Empecé a escuchar ruido proveniente del exterior. La tripulación estaba muy alborotada. Pude escuchar al normalmente calmado e imponente Amaro Pargo dando órdenes. Parecía asustado. Tuvo que recurrir a mí. Me liberó temporalmente y me llevó fuera.

- Mira, Isaac. ¿Lo ves?
Amaro señalaba hacia el cielo. Allí se podía ver una figura ensombrecida en medio del, ya más ligero, cielo.

- Obviamente, capitán. Lo veo.

- Hemos escuchado leyendas sobre esto. Incluso algunos de mis grumetes dicen haber visto los monstruos que habitan en estas ciudades fantasma. Ciudades que flotan sin rumbo por el cielo en busca de tripulaciones para asaltar. Por favor, ayúdanos a sobrevivir.

- Ya, ciudades fantasma. Nos encontramos cerca de la costa de Norwich, ¿me equivoco? Ahora entiendo su fama de tener el agua más fría de nuestro mar. Y también puedo entender lo de la ciudad flotante.

- ¿Cómo que lo puedes entender? ¿Sabes cómo salvarnos? ¿Qué debemos hacer?

- Así es, sé cómo salvaros, pero no lo voy a hacer. Creo que preferís seguir viviendo en un mundo de fantasía en el que los fantasmas existen y ciudades enteras pueden volar. El primer paso en mi oficio, y en el camino de comprender el mundo que nos rodea, es cuestionarse todo, incluso aquello que damos por sentado.

- Entones, ¿tú no ves lo mismo que yo?

- Amaro, eres muy ingenuo. Claro que veo lo mismo que tú, solo que yo no lo considero. Yo cuestiono mis sentidos. Verás, durante uno de mis estudios con la luz, observé que según el lugar por el que se mueve, la luz cambia de dirección, y, con ella, la proyección del origen de la luz. Es decir, la bajísima temperatura del agua cambia las propiedades del aire cerca de esta, provocando que la luz que viaja desde la ciudad, que tenemos en frente, se desvíe ligeramente hacia abajo. Nuestro cerebro interpreta la visión recibida de forma diferente y produce un espejismo. Como conclusión, lo que estás viendo no es más que un fallo del cerebro, una ilusión generada por otra imperfección del ser humano.

- Entiendo. Es fascinante. Y lo es aún más que lo descubrieras y que lo hayas tenido en cuenta tan rápidamente. Muchas gracias, Isaac, me acabas de abrir las puertas a un mundo desconocido para mí. Quiero conocer más.

- Un mundo desconocido para ti y para todos, amigo. Ahí es donde reside la belleza y el interés.

- ¿Entonces, aún queda mucho por descubrir? – preguntó con un tono muy tierno e ingenuo.

- Tanto que no podemos ni imaginarlo – Finalicé.
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