Hilos de esmeralda

Jiyū abrió las puertas del armario de su cocina y observó los diferentes tipos de café que contenía. La inundó un gran miedo. Hurgó en sus bolsillos. Menos mal que lo encontró. Sacó aquella pequeña máquina, introdujo los datos y calculó una respuesta: aquel día iba a desayunar un café con dos tercios de leche hecho a partir de Coffea canephora. Jiyū se tranquilizó al saber lo que debía hacer. Desayunó y continuó con su rutina. Al llegar a su dormitorio tuvo que volver a correr hasta la cocina buscando su pequeña calculadora. ¡Tenía que vestirse! ¿Cómo iba a saber qué ponerse sin la ayuda de aquella maravillosa máquina? No podía correr el riesgo de equivocarse. Sin embargo, cuando ya notaba el metal de los botones entre sus manos, las frías y brillantes curvas de los botones bajo sus dedos, se dio cuenta de que quería ponerse aquel vestido verde que tanto le gustaba. ¿Debía hacerlo? ¿Y si se equivocaba? Quizá la máquina decía lo contrario. ¿Y si se equivocaba la máquina? No, las máquinas no se equivocan. ¿Y el humano que las programa? No, son números. Pero quería lucir su vestido verde. ¿Quería lucir su vestido verde?

Minada por las dudas, comenzó a recordar cómo era todo antes de aquellas máquinas que todo lo calculaban. Jiyū recordó cómo, desde pequeña, la habían enseñado que la Humanidad había querido describir la naturaleza en números, encerrar su esencia en fórmulas. Así lo habían hecho Arquímedes, Copérnico y Galileo. A estos les siguió Newton, que encerró entre sumandos el comportamiento de todo lo que se movía. Vinieron también otros como Maxwell y, por supuesto, Einstein, que consiguió ensanchar a la velocidad de la luz las dimensiones de aquellas prisiones. Entonces el ser humano creía que aquellos números conseguían hacerle comprender el mundo, los más osados decían que lo podían dominar. Finalmente, hacía sólo unos años, se publicó el hallazgo de Izanagi. Este explicó que todo lo que conocemos en el mundo físico responde a unas leyes. Por ello, toda situación es predecible de forma certera si se consigue determinar una ley lo suficientemente compleja para concordar con la complejidad de la realidad. Así que esto es lo que hizo: dejar atrás las fatuas probabilidades de Laplace. La ley de Izanagi permite responder a cualquier cuestión de modo que siempre se tome la mejor decisión. Rápidamente se incorporó la fórmula a unos pequeños aparatos que la ponían al alcance de todos.

Cuando aquello ocurrió, muchos se sintieron sorprendidos e indecisos, algunos, más seguros que nunca y unos pocos quedaron profundamente preocupados. Los más confiados comenzaron a regir sus vidas según lo que indicasen esas máquinas. Pronto empezaron a tener un mayor éxito y a ser más competitivos, y su número creció tanto que, finalmente, todos los que querían seguir teniendo una vida normal tuvieron que imitarles Todos dejaron de hacer lo que querían y comenzaron a hacer lo que la máquina les indicaba. Se ahogaba el hombre entre las máquinas, pues la celda de los números había crecido tanto que le había engullido a él también. Moría Dionisos entre las manos de Apolo. Nadie tenía ilusiones más allá de sus cálculos. El corazón de los hombres se llenó con el único deseo de la máxima eficiencia.

Así, entre el férreo oleaje de los números, creció en el corazón de Jiyū el deseo de lucir su vestido verde. Quería vestirlo aún si la máquina decía lo contrario. Aquellos números no eran más importantes que su deseo. Su deseo era tan profundo, su fuerza tan vivaz que ningún número podría interponerse.

Jiyū se ciñó con fuerza la tela esmeralda y, abandonando la pequeña máquina con desprecio, se dirigió hacia su lugar de trabajo. Recorría las aceras de la ciudad con más fuerza que nunca. Orgullosa de sí misma e incluso avergonzándose de quién era antes de abandonar aquel malévolo dispositivo. Así, volaba sobre la calzada, observando cómo todos los que la rodeaban, cabizbajos, revisaban las indicaciones de sus dispositivos a la hora de tomar cualquier decisión. Sin embargo, al atravesar una carretera, los focos de aquel coche le iluminaron el rostro. Los testigos contuvieron la respiración. Los frenos chillaron por su esfuerzo. Al coro se unió la alarma del dispositivo que había quedado abandonada en el hogar de Jiyū. Este exclamaba que no vistiera de verde, pues se cruzaría con un hombre con una enfermedad visual que le dificultaba percibir este color.

Jiyū murió, pero no lo hizo como el resto. Jiyū era la dueña de sí misma y el resto esclavos de unos números.
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